Part 14
Desde la primera llegada de los aventureros normandos á Salerno y á la Pulla, hasta la destrucción del poder de los árabes en España, es decir, desde el principio del siglo XI hasta fines del XV, sufrió sin duda Europa cambios considerables en el estado de su civilización; sin embargo, las revoluciones ocurridas en América durante esta misma época son mucho más asombrosas.
Los Imperios contra los cuales lucharon Cortés y Pizarro no existían cuando los escandinavos llegaron á las costas de Vinland. El pueblo azteca no apareció en la meseta de Anahuac hasta 1190; la ciudad de Tenochtitlán (Méjico) fué fundada en medio de un lago alpino en 1325, es decir, unos setenta años antes del viaje de los hermanos Zeni.
Lejos de mi ánimo suponer que en el Anahuac, antes de los aztecas, y en el Perú, antes de la misteriosa llegada del primer Inca, no había habido nunca cultura intelectual ú orden social. Los grandes monumentos piramidales de Teotihuacán, de Cholula y de Papantla son más antiguos que los aztecas; y de igual modo en los alrededores del lago Titicaca, en la meseta peruana, las ruinas de Tiahuanaco son señales de una civilización anterior á las construcciones de los Incas de Cuzco. Pero el Nuevo Mundo ha tenido sin duda, como el antiguo, vicisitudes de barbarie y de civilización.
Sabemos con certidumbre que los pueblos del Perú vivían muy embrutecidos antes de la legislación teocrática de Manco Capac; sabemos que la población industriosa de los toltecas que habitaba en Méjico quinientos años antes que los aztecas, que empleaba como éstos la escritura jeroglífica y que tenía una medida del año más exacta que los pueblos de Europa, decayó desde el siglo XI, hasta llegar á gran envilecimiento. Estos datos bastan para probar que la Europa escandinava hubiera encontrado las hermosas regiones alpinas de la América tropical muy distintas de lo que eran en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro.
En la primitiva época acaso hubo otros centros de cultura parcial en Guatemala, Utatlán, Copán, Petén y Santo Domingo Palenque; al norte de Méjico, en Quivira (el Dorado del rey barbudo Tatarrax), célebre por las fábulas de fray Marcos de Niza; y al norte de la Luisiana, entre las orillas del Ohío y los lagos del Canadá, desde los 39° á los 44° de latitud.
Compréndese que haya frecuentes cambios de lugar en la cultura por efecto de grandes emigraciones de pueblos á quienes rodean hordas bárbaras.
Los rastros de algunos progresos en las artes son indudables hasta en las regiones más boreales; pero es imposible hasta ahora asignar fechas de origen á los _túmulus_ y á las circunvalaciones polígonas de la Alta Luisiana, como á los edificios de Palenque, adornados con tanta riqueza de esculturas[313].
Propio es de sana crítica histórica detenerse donde faltan los datos precisos, sin desdeñar por ello las ingeniosas combinaciones que pueden ocasionar probables conjeturas. Lo que se trata de probar aquí es que América, entre las épocas de Leif y de Colón, cambió de aspecto, sin influencia alguna del Antiguo Mundo, y que estos cambios en el orden social modificaron esencialmente en muchos puntos del Nuevo Mundo el estado de las sociedades europeas que se establecieron en medio de pueblos indígenas que de muy antiguo eran agrícolas.
XVI.
Viajes de los árabes Almagrurinos, de Madoc, de los hermanos Vivaldi, de Gonzalo Velho Cabral y de Juan Szkolny.
Al analizar el conjunto de los hechos que á fines del siglo XV determinaron y condujeron al descubrimiento de América, debo aún exponer corto número de observaciones, que por el ensanche de nuestros conocimientos en geografía física é historia de la navegación, pueden tener algún interés.
Conviene ante todo distinguir las tentativas que, según se cree, fueron hechas con el propósito de encontrar tierras al Oeste, y la influencia que ejercieron en las opiniones de algunos navegantes la atrevida interpretación de varios fenómenos naturales ó las fantasías de los constructores de mapas y el duplicar en éstos la colocación de algunas tierras.
Por la íntima relación que existe en todo lo que cae bajo el dominio de la inteligencia, hasta los mismos errores de las edades lejanas han cooperado con frecuencia á la investigación de la verdad.
Si comienzo por citar el viaje de los árabes Almagrurinos y el del irlandés Madoc ap Owen Guineth, que se suponen el primero antes de 1147 y el segundo en 1170, ambos, por tanto, entre el descubrimiento del Vinland y la expedición de los hermanos Zeni, es á causa de la importancia que les han dado algunos geógrafos célebres.
El scherif Edrisi y Ebn-al-Uardi describen casi con las mismas palabras las aventuras de estos ocho árabes, que saliendo del puerto de Aschbona ó Lisboa, navegaron hacia el SO. durante treinta y cinco días, para descubrir la _isla de los Carneros_ (Dgezirat alghanam). Ebn-al-Uardi indica claramente el objeto de la expedición. «Los navegantes, dice, parientes todos ellos, reunieron las provisiones necesarias para un largo viaje, jurando no volver antes de _penetrar hasta la extremidad del mar Tenebroso_ (el Atlántico).» Edrisi se limita á añadir, según la versión de Gabriel Sionita, «Tenebrarum aggressi sunt mare, quid in eo esset exploraturi».
No pudiendo comer la carne demasiado amarga de los carneros de la isla Gana, bogaron aún doce días en dirección al Sur, y llegaron á una isla habitada por hombres de piel roja, gran estatura y cabellera no espesa, pero larga hasta los hombros. Estos rasgos característicos hicieron creer á Mr. Guignes, padre, quien nos ha dado los extractos de Ebn-al-Uardi, que los árabes llegaron, si no á la costa oriental de América, al menos á islas muy próximas á ella.
Ya hemos visto antes, al hablar del Fusang, que este mismo sabio creía descubierta por los chinos la América _Occidental_ á fines del siglo V; pero esta hipótesis es tan cierta como la anterior.
El rey de la isla de los hombres rojos tenía á su servicio un intérprete que hablaba árabe, y esta circunstancia, unida al aserto de que los hombres rojos habían explorado el mar hacia el Oeste durante más de un mes, sin encontrar tierras, parece confirmar la opinión del sabio orientalista de Göttinga, M. Tychsen, repetida por Malte Brun, de que donde llegaron los Almagrurinos fué á alguna isla de la costa de Africa, por ejemplo, á las islas de Cabo Verde.
Edrisi dice que la tez de los habitantes era «una mezcla[314] de moreno y blanco». Acaso fuera la raza de los guanches, que me parece indicada por este carácter de la piel y la forma de los cabellos.
La objeción de que los árabes conocían demasiado las islas Canarias con el nombre de Khaledat, para que los aventureros navegantes de Lisboa no adivinaran á dónde habían llegado al término de su viaje, no la creo de peso. Seguramente el recuerdo de las islas Afortunadas no se borró nunca por completo en la Europa occidental desde los tiempos de griegos y romanos; no dudo que los árabes las hayan visitado algunas veces, pero la descripción vaga y confusa que de ellas hacen Edrisi, Ebn-al-Uardi y Bakoui (escritores de fines del siglo XII y principios del siglo XIII), prueba bastante bien cuán raras fueron las comunicaciones entre estas islas y el mar Mediterráneo.
Bakoui habla solamente de la amenidad del país y de la fertilidad del suelo; pero ni él ni sus antecesores conocen la colosal montaña del Pico, los fuegos de los volcanes de Canarias y el pueblo pastor de los guanches. Únicamente hacen mención de algunas estatuas simbólicas, de que trataré después, y de ese Alejandro (Dulcarnaïn) Bicornio que viajó más allá de las columnas de Hércules, hasta las islas Mesfahán y Lacos.
Los aventureros de Lisboa volvieron por la costa de Marruecos, llegando al puerto de Asfi ó Azaffi, en la extremidad occidental del Magrab; siendo no poco notable que, según Edrisi (páginas 72 y 78), la isla ó las islas de los Dos Hermanos, que el antiguo y excelente corógrafo de Canarias, el navegante escocés Jorge Glas y, en nuestros días, M. Hartmann[315] han tomado por las islas de Madera y de Porto Santo, estén situadas frente á Asfi, circunstancia que parece apoyar la idea de que los Almagrurinos volvían de la tierra de los guanches.
La expedición de los árabes á la isla de los carneros amargos y de los hombres rojos adquirió tanta celebridad, que á una de las calles de Lisboa se le dió el nombre de _Calle de los que se engañaron_, traducción exacta que Guignet da de la palabra _almagrurino_, mal interpretada por los traductores maronitas y los escritores modernos, quienes llaman á los Almagrurinos hermanos _errantes_.
Habiendo evacuado los árabes á Lisboa en 1147, la tentativa de descubrir el fin del Atlántico hacia el Oeste, necesariamente ha de ser anterior á esta época, y muy anterior, porque Edrisi, cuya obra fué terminada en 1153, no habla de ello como de suceso reciente.
A fines del siglo XVI, y, por tanto, poco antes de que el geógrafo Ortelio creyera encontrar, no en los viajes al Vinland, sino en los de los hermanos Zeni, el primer descubrimiento de América, un historiador inglés, el Dr. Powell, y el útil compilador Ricardo Hakluyt[316], dieron alguna celebridad á las aventuras de Madoc, hijo segundo de un príncipe de North-Wales, Owen Guineth ó Guynedd.
Cansados de una guerra civil por causa de cuestiones de legitimidad y de sucesión al trono, Madoc y sus partidarios «buscaron aventuras en el mar, bogando hacia el Oeste y dejando las costas de Irlanda tan al Norte que arribaron á una tierra desconocida é inhabitada, donde vieron cosas rarísimas». De vuelta á su patria, persuadieron á algunos colonos para que dejaran el suelo pobre y pedregoso del país de Galles y fueran á la buena y fértil tierra nuevamente descubierta. Partió por segunda vez Madoc con diez barcos y aunque prometió volver no se supo más de él.
No cabe duda de que este suceso, vagamente referido, fué celebrado en 1477, quince años antes de la expedición de Colón, en unos versos del poeta Mereditho.
Hakluyt considera el viaje de Madoc «como el primer descubrimiento de las Indias occidentales, hecho por los bretones, antes que por los españoles», y quiere que las cruces que López de Gomara (lib. II, cap. 16) afirma eran adoradas en Acazunil[317] se deban á la influencia de estas antiguas colonias de habitantes del país de Gales, fundadas en 1170.
Ya en la época del caballero Ralegh corrió en Inglaterra confusa noticia de la sorpresa con que se había oído en las costas de la Virginia el saludo de Gales _hao, houi, iach_, de igual suerte que los misioneros franceses escucharon con tanto asombro como alegría el canto de _Alleluia_ á los salvajes del Canadá. El capellán inglés Owen se había salvado en 1669, de manos de los indios Tuscaroras, que querían arrancarle el cuero cabelludo, pronunciando algunas palabras del dialecto del país de Gales. Benjamín Beatty descubrió un pueblo que conservaba (desde hacía quinientos años) la tradición de la llegada á América de Madoc ap Owen Guineth.
Todas estas fábulas se han renovado periódicamente; y aun en nuestros días se han discutido con seriedad[318] los «pergaminos, libros célticos y títulos de origen», que un capitán, Isaac Stewart, encontró en Red River de Natchitoches.
Ya he recordado en otra obra (_Relación histórica_, tomo III, pág. 159) que desaparecieron todos estos rastros de colonias del país de Gales tan pronto como viajeros menos crédulos, cuyas relaciones se comprueban unas por otras, Clark y Lewis, Pike, Drake y los editores de la nueva _Arqueología americana_, recorrieron el interior del país ó sometieron el estudio de la filiación de las lenguas indígenas á una crítica más severa.
Muy erróneamente[319] se ha acusado á Hakluyt de haber inventado las aventuras de Madoc para servir los intereses de la reina Isabel y legitimar los proyectos de Ralegh sobre las dos Américas[320], cuando se temía que ambas llegaran á ser presa de los castellanos.
La política de la reina Isabel no necesitaba esta clase de apoyo. Cuando Felipe II se quejaba en 1580 de las depredaciones de Drake en las costas americanas, la Reina, según Camden, respondió noblemente: «que el Océano era libre como el aire, y que una costa cualquiera no se convierte en propiedad de quien le da su nombre.»
Por lo demás, en punto á legitimidad por causa de una primera ocupación, los castellanos tenían derechos que, según la _Historia de las Indias_, de Oviedo, databan de algunos miles de años antes de la colonización del príncipe Madoc. Oviedo, como paje de aquel infante D. Juan (hijo único de Fernando el Católico), cuya prematura muerte cambió la faz del mundo, asistió á la entrada de Colón en Barcelona. Tan viva fué la impresión que le causó este imponente espectáculo, que durante treinta y cuatro años ocupóse en las comarcas nuevamente descubiertas, de las producciones y de la historia de América.
Participaba de la extraña opinión de Colón «de que las Nuevas Indias eran las islas Hespérides, que Stacio Seboso[321] sitúa á cuarenta días de navegación hacia el Oeste de las Gorgonias, ó islas de Cabo Verde».
Oviedo sabe «que Hesperus, duodécimo rey de España, hermano de Atlas, gobernaba, como Carlos V, lo mismo las Indias que la península hespérica ó ibérica, 1658 años antes de nuestra era; de suerte que, por el descubrimiento de Colón, la justicia divina no había hecho otra cosa que reintegrar á España en sus antiguos derechos. Muy difícil sería dar más antigüedad de la que tienen los mitos de Hesperus y Atlas á los derechos de la metrópoli para dominar las colonias.
No puede negarse que los vascos y los pueblos de origen céltico, practicando la pesca en lejanas costas, rivalizaron constantemente en el norte del Atlántico con los escandinavos, y que á estos últimos precedieron en el siglo VIII, en las islas Færoë y en Islandia, los marinos irlandeses; pero, á pesar de estas pruebas de actividad náutica, es verdaderamente extraordinario que el citado príncipe Madoc, «dejando á Irlanda al Norte», y no tocando, por tanto, en las estaciones intermedias, que habían favorecido los descubrimientos escandinavos, pudiese llegar en su viaje de aventuras hasta la costa de los Estados Unidos, y volver desde allí al país de Gales en busca de nuevos colonos.
Sería conveniente hoy, que la crítica es severa sin ser desdeñosa, hacer en los mismos sitios nuevos estudios, tomando de las tradiciones y de los antiguos cronistas del país de Gales todo lo relativo á la desaparición de Madoc, apellidado Owen Guineth. En manera alguna participo del desdén con que frecuentemente son tratadas las tradiciones nacionales[322], y tengo, al contrario, la firme persuasion de que, empleando más asiduidad, esclareceríanse mucho, por el descubrimiento de hechos completamente desconocidos hoy, estos problemas históricos relativos á las navegaciones en la Edad Media, á las notables analogías que presentan las tradiciones religiosas, las divisiones del tiempo y las obras de arte en América y en el Asia oriental, á las emigraciones de los pueblos mejicanos á esos antiguos centros de civilización de Aztlán, de Quivira, de la Alta Luisiana, y de las mesetas de Cundinamarca y del Perú.
Entre las tentativas hechas antes de Colón para llegar á la India por la vía directa del Oeste, pone Malte Brun[323] el viaje de Vadino y de Guido de Vivaldi en 1281. Otros geógrafos han creído que la expedición de los dos hermanos, repetida en 1291 por Ugolino Vivaldi y Teodosio Doria, era pura y sencillamente una exploración del Atlántico, idéntica á la expedición de los Almagrurinos; pero, si se examina atentamente el manuscrito encontrado por M. Graberg, se ve que los Vivaldi («volentes ire _in Levante_, ad partes Indiarum») siguieron la costa de Africa. Su tentativa, escrita en latín bárbaro, realizóse entre los viajes de Ascelín y de Marco Polo; pero, por las relaciones de comercio que había entre sus compatriotas, los genoveses, y los árabes, acaso tuvieron alguna idea de la posibilidad de dar la vuelta á Africa.
Un tal Antonio Usodimare (Usus maris), compañero de Cadamosto (Alvise da Ca Da Mosto), dice en una carta, fechada en 12 de Diciembre de 1455, «que después de comprar esclavos, que le vendió un _nobilis dominus niger_, encontró muy cerca de la zona, donde perdió de vista la estrella polar, en una costa próxima al dominio del Preste Juan, un hombre blanco, que decía descender de uno de los marineros de la tripulación perdida[324] de las carabelas Vivaldi. La genealogía puede no ser cierta; pero el documento de los archivos de Génova, debido á las curiosas investigaciones de M. Graberg, probará siempre que en el siglo XV considerábase la expedición de los hermanos Vivaldi como una expedición á Africa, tanto más interesante, por ser anterior en unos 65 años al viaje del catalán D. Jaime Ferrer[325] á Río de Oro.
Más parecido á la expedición de los Almagrurinos que la de los Vivaldi es, sin duda, el viaje que el infante D. Enrique mandó hacer en 1431 á Gonçalo Velho Cabral. Fué ésta una verdadera exploración del Atlántico, «una tentativa--dice el biógrafo del Infante (el Padre del Oratorio José Freire)--para descubrir tierra al Oeste» (_Vida do infante D. Henrique_, pág. 319). En esta tentativa fué Velho Cabral primero hacia los escollos de las Hormigas, al sur de la isla de San Miguel de las Azores, y en 1432 á la isla Santa María.
Terminaré la lista de los navegantes que se ha supuesto intentaron, antes de Cristóbal Colón, descubrir alguna parte de América, citando al piloto polaco Juan Szkolny (Scolnus), en quien recientemente ha hecho fijar de nuevo la atención la sabia _Historia de la Geografía_ de Mr. Lelewel[326].
Szkolny estaba en 1476 al servicio del rey Christián II de Dinamarca, y se asegura que llegó á las costas del Labrador después de haber pasado por delante de Noruega, de Groenlandia y de la Frislanda de los Zeni.
No me atrevo á formar juicio alguno sobre esta afirmación de Wytfliet, de Pontano y de Horn[327]. Una tierra vista _después_ de la Groenlandia, en la dirección indicada, puede haber sido el Labrador, y me sorprende que Gomara, que imprimió su _Historia de las Indias_ en Zaragoza, en 1553, conociera ya al piloto polaco[328]. Acaso se sospechó, cuando la pesca de los _bacalaos_ empezaba á hacer más frecuentes las relaciones de los marinos de la Europa meridional con los escandinavos, que la tierra vista por Szkolny debía ser idéntica á la que visitaron en 1497 Juan y Sebastián Cabot, y en 1500 Gaspar Cortereal.
Gomara dice, y por cierto no con gran exactitud, que á los ingleses agradaba mucho la Tierra de Labrador porque en ella encontraban la latitud y el temple de su país natal, y que los hombres de Noruega fueron allí con el piloto Juan Scolbo, como los ingleses con Sebastián Gaboto. No debe olvidarse, sin embargo que, al tratar Gomara la cuestión de los que precedieron á Colón, no cita al piloto polaco, á pesar de ser intencionado hasta el punto de asegurar[329] que, en el fondo, no puede decirse á quién se debe el descubrimiento de las Nuevas Indias.
XVII.
La cosmografía en la Edad Media.
Sabido es que el estado de los conocimientos geográficos en la Edad Media y el deseo de indicar las tierras vagamente descritas por los autores antiguos, indujeron á los dibujantes de mapas á llenar el vacío del Océano con islas cuya posición es más variable aún que su nombre. Estos dibujantes han contribuído sin duda á aumentar el número de creaciones fantásticas; aunque la persuasión íntima de la existencia de tierras en el espacio desconocido de los mares es muy anterior á la construcción de los mapamundi: tan natural es al hombre imaginar la existencia de alguna cosa más alla del horizonte visible, de suponer otras islas y aun otros continentes semejantes al que él habita.
En el Atlántico los grupos de Canarias y de las islas Británicas dirigían la imaginación con preferencia hacia determinados parajes. Agradaba multiplicar, por conjeturas, lo que sólo se conocía de un modo confuso. Al Suroeste de las columnas de Hércules, la dificultad de conocer con precisión el número exacto y la posición relativa de las islas Afortunadas daba lugar á vagas ficciones. El _Apropósitos_ (Ptol. IV, 6) no justificaba su nombre (de inaccesible) sino porque era una tierra inhallable: no existía en el sitio donde estaba indicada á los marinos. Las dos islas de Porto Santo y de Madera--(_l’Isola dello Legname_ del portulano genovés ó _mediceo_ de 1351)--que los buques debían haber encontrado por acaso en su travesía á Cerné, aumentaban la confusión de las ideas geográficas.
Hacia el Norte, Albión y Jerne, rodeadas de numerosas islas más pequeñas, ofrecían desde remotos tiempos vasto campo á las conjeturas. Ya hablamos antes de los mitos del mar Cronieno. La importancia dada á islas que eran, si no la fuente, al menos el depósito del comercio del estaño; las opiniones erróneas largo tiempo subsistentes acerca del yacimiento de las costas y de la configuración ó articulación de la Europa peninsular; finalmente, el agrupamiento de las islas y su disposición en serie casi continua desde las Cassitérides hasta las Orcades y las islas Shetland y Færoë, dieron ocasión, desde los primeros siglos de la Edad Media, á hipótesis y á mitos respecto á la naturaleza de las regiones boreales. Llegóse hasta situar (como lo prueba uno de los mapas de Sanuto Torsello, año de 1306)[330] al Oeste de Irlanda un _gullfo de issolle_ CCCLVIII _beate e fortunate_.
Cuanto más imperfectos eran los medios de valuar la dirección de las rutas y la longitud de las distancias recorridas, más fácil era desconocer[331] la identidad de las tierras á que se había arribado. El uso irreflexivo de itinerarios ficticios ó mal redactados, originó procedimientos dobles en la construcción de los mapas.
El estado de la antigua geografía del mar del Sur y la multitud de _vigías_ que cubren la superficie del Atlántico en los mapamundi de hace sesenta años[332] recuerdan plenamente esa misma fuente de errores. Durante largo tiempo, cada nuevo mapa reprodujo las ficciones de los anteriores, porque no hay tenacidad que iguale á la de los geógrafos, cuando se trata de conservar, de estereotipar, por decirlo así, un islote de antiguo nombre, una cordillera que figura ser divisoria de las aguas ó un lago de donde sale un gran río.
Las ilusiones geográficas tomaron especial carácter en las dos direcciones que hemos indicado al N. y al NO. de las islas Orcades, y al SO. de las islas Afortunadas. Dicuil[333] y Adán de Brema, aquél de principios del siglo IX y éste de la segunda mitad del XI, prueban con sus escritos que en el norte del Atlántico el celo religioso de los misioneros de Irlanda y de Frisia dió á conocer nuevas tierras.
La geografía de la Edad Media bebía en una fuente que, no por ser fecunda, era menos peligrosa, porque los viajeros cristianos desfiguraban sus escritos por la exageración tan común á los cronistas monásticos. Encontramos, por decirlo así, al frente de la larga serie de islas imaginarias, ó para decirlo con más corrección, de islas vagamente situadas en los mapas, la que lleva el nombre de San Borondán, abate irlandés que hizo sus viajes desde el año 565.