Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI

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Los recuerdos de las expediciones al Vinland, denominación geográfica tan vaga como lo ha sido la de _Terranova_ á fines del siglo XV, abarcan tan sólo un período de ciento veinte á ciento treinta años. El último viaje de que se ha conservado tradición cierta es el del obispo groenlandés Eric, que fué al Vinland á predicar el Evangelio. Los establecimientos de la Groenlandia occidental, muy florecientes hasta la mitad del siglo XIV, fueron arruinándose progresivamente por los monopolios destructores del comercio, por la invasión de los Esquimales (_Skræellinger_) en 1349 ó 1379 (porque no se sabe ciertamente el año), por la peste negra (_schwarze Tod_) que asoló el Norte desde el año 1347 hasta el de 1351, y por el ataque de una flota enemiga cuyo punto de partida se ignora. No se cree hoy en la fábula de un cambio súbito de clima, en la formación de una barrera de hielo que causó la separación total entre las colonias establecidas en Groenlandia y su metrópoli.

Como las colonias sólo ocupaban la parte más templada de la costa occidental, no es posible lo que se ha dicho de que un obispo de Skalhot viera en 1540 en la costa oriental, más allá del muro de hielo, pastores llevando á pastar sus rebaños. La acumulación de hielos[290] en el litoral frontero á Islandia depende, como antes hemos indicado, de la configuración del país, de la proximidad de una serie de montañas paralelas á la costa y de la dirección de las corrientes. Este estado de cosas no data de fines del siglo XIV ó principios del XV, y el mito de la formación de una barrera de hielo en los tiempos históricos, parécese bastante al de la supuesta destrucción de esta barrera en 1817, destrucción que debía cambiar por segunda vez el clima de todo el Noroeste de Europa.

XIV.

Colón no supo los viajes de los escandinavos á la América septentrional.

Referidos los sucesos que impulsaron al descubrimiento del continente americano, por las estaciones intermedias de las islas Færoë, la Islandia y la Groenlandia, resta examinar si Cristóbal Colón supo algo de este descubrimiento, ó si pudo comprender la relación que tenía con sus proyectos.

La única base de esta cuestión es un párrafo mal interpretado de la _Vida del Almirante_, escrita por su hijo don Fernando. Al dar á conocer las ocupaciones del grande hombre, antes de su llegada á España, cita don Fernando el _Tratado de las cinco zonas habitables_, cuyo autor (Cristóbal Colón), á fin de probar la posibilidad de la habitación por la experiencia de sus propios viajes, dice lo siguiente: «En el año de 1477, por Febrero, navegué más allá de Tyle cien leguas, cuya parte austral dista de la equinoccial 73 grados, y no 63 como quieren algunos, y no está sita dentro de la línea que incluye al Occidente Ptolomeo, sino es mucho más occidental; y los ingleses, principalmente los de Brístol, van con sus mercaderías á esta isla, que es tan grande como Inglaterra; cuando yo fui allá no estaba helado el mar, aunque las mareas eran tan gruesas que subían 26 brazas y bajaban otro tanto. Verdad es que Tyle, de quien Ptolomeo hace mencion, está en el sitio donde dice y hoy se llama Frislanda.»

Este párrafo es doblemente notable á causa del nombre de Frislanda, célebre por los viajes de los venecianos Nicolás y Antonio Zeni, que fueron al Norte en 1388 y 1404. Colón no conoció seguramente el Diario manuscrito de Antonio Zeno, que, como sabemos, quedó olvidado en poder de su familia hasta 1558, en que vió la luz[291] la edición de Marcolini, cincuenta y dos años después de la muerte del Almirante y diez y ocho después de la de su hijo D. Fernando, que, por tanto, nada pudo tomar de él[292]. No fueron, pues, los hermanos Zeni quienes inventaron el nombre de Frislanda, que no debemos confundir[293] con la isla de los Bacalaos (isla de Stockfich, _Stokafixa_), del septimo mapa de Andrés Bianco, dibujado en 1436.

Recordando la permanencia del Almirante en Lisboa desde 1470 á 1484, llama la atención la fecha de su viaje á _Tile_ en 1477, sobre todo de un viaje á las regiones árticas en el rigor del invierno. Haré observar primero que su estancia en Portugal fué mucho menos permanente de lo que se acostumbra á suponer. No cabe duda de que Colón tomó parte en cuatro expediciones antes de 1484, á saber: á Túnez, al archipiélago griego, á Islandia y á la costa de Guinea, sin contar los frecuentes viajes á Porto Santo, donde residía su mujer D.ª Felipa Muñiz Perestrello y donde nació D. Diego Colón. Lo incierto no son los acontecimientos mismos, sino su orden cronológico, y esta incertidumbre alcanza también á la prioridad de los ofrecimientos que el Almirante hizo á varias potencias, por ejemplo, á la República de Genova[294] y á los Reyes de Portugal y de Inglaterra.

Los biógrafos modernos (exceptuando á Spotorno y al juicioso Washington Irving) han ordenado los hechos de la manera más arbitraria, mientras el mismo D. Fernando Colón confiesa que la época del viaje de su padre «á la Mina ó á Guinea le parece bastante dudosa»[295]. «Yo he pasado veintitrés años en el mar, dice el Almirante; he visto todo el Levante y el Occidente y el Norte; he ido muchas veces de Lisboa á la costa de Guinea, pero en parte alguna encontré tan excelentes puertos como en esta tierra de la India (el Nuevo Mundo).» Como esta comparación prueba que el párrafo citado por don Fernando es posterior á 1492, y como el Almirante asegura, según su mismo biógrafo, que navegó «desde la edad más tierna», á los catorce años, el cálculo de los veintitrés años pasados en el mar puede ser exacto[296] suponiendo, como lo afirma Navarrete, que Colón nació en 1436.

Las aventuras de este grande hombre en el Mediterráneo se reducen á un viaje á Chío, que poseían entonces los Giustiniani de Génova, «donde vió coger el almáciga»; al mando de unas galeras genovesas en las cercanías de la isla de Chipre[297] durante la guerra con los venecianos; á una expedición á Túnez por cuenta del rey Renato de Anjou y á los viajes que parece hizo con un marino célebre en su época, que Fernando Colón llama Colón _el mozo_, para distinguirle de un tío de éste, que fué capitán de las armadas navales del Rey de Francia en 1476.

La expedición á Túnez tuvo por objeto capturar una galera (probablemente napolitana), la _Fernandina_, estacionada en las costas de Africa. Colón refiere, en una carta (escrita á los Reyes Católicos desde la Española) fechada en el mes de Enero de 1495[298], cómo por un ardid, «cuando el difunto rey Renato (_Reinel_) le envió á Túnez», apaciguó una insurrección de marineros cerca del islote de San Pedro, en la costa occidental de Cerdeña. Se coloca este hecho en 1473[299], acaso porque en 1472 guerreaba con los turcos Fernando, hijo natural del rey Alfonso de Nápoles, y podía bloquear el puerto de Túnez; pero en esta época el bueno y poético rey Renato ocupábase tranquilamente de pinturas y fiestas pastorales en Provenza, perdidas ya todas sus esperanzas de hacer valer sus derechos sobre Sicilia y Aragón, desde que murió en Barcelona, en 1470, su hijo Juan II, duque de Calabria.

La expedición que Colón hizo por cuenta del rey Renato debió corresponder necesariamente al intervalo entre los años de 1459 y 1470, y creo que fuera desde 1461 á 1463, cuando, con ayuda de los genoveses, procuró Juan II, duque de Calabria, conquistar á Nápoles, donde reinaba Fernando, de la casa de Aragón. Esta circunstancia es, en mi concepto, un motivo más para considerar exacta la opinión de los que sostienen que Colón nació en 1436 y no en 1446; porque á la edad de diez y siete años no se tiene el mando de un buque de guerra, ni se representan los intereses de un soberano extranjero.

Más difícil es determinar la época que Colón navegó en las galeras de _Colón el mozo_. Muñoz es el primero en probar, por medio de los anales de Marco Antonio Coccejo (Sabellico), que la novelesca aventura descrita por Fernando Colón para explicar la llegada de su padre á Lisboa en 1474, no pudo realizarse hasta 1485, es decir, cuando éste había salido ya de Portugal. Fue, pues, en otra época cuando Colón navegó («durante largo tiempo») con _Colon el mozo_, cuyo parentesco estimaba en mucho, porque, hijo de un fabricante de paños (su padre vivía aún en 1494, y su nombre figura entre los testigos en un testamento de esta época, _textor pannorum_), dice con orgullo en un fragmento de sus escritos que ha llegado hasta nosotros. «Yo no soy el primer almirante de mi familia.»

La expedición á la costa de Guinea y «_al fuerte de San Jorge de la Mina_» del Rey de Portugal, necesariamente es posterior á 1481, porque hasta entonces, según dije antes, no se construyó esta fortaleza.

Cualquiera que sea el año en que Colón hizo su viaje al Norte (Muñoz y Barrow[300] lo suponen antes de la llegada del Almirante á Portugal), «nada indica que este viaje le haya conducido á la costa de Groenlandia, más allá del limite occidental del mundo conocido por Ptolomeo, y que llegara al Nuevo Mundo, sin advertirlo, quince ó veinte años antes del descubrimiento de las Antillas»[301]. Se ha interpretado muy mal el único párrafo de las _cinco zonas_ en que se trata de la expedición al Norte y que copié anteriormente. Colón distingue con gran sagacidad dos islas de Thulé (para nombrarla usa la ortografía de muchos manuscritos antiguos que escriben Thyle, Thile y Tyle)[302], una mas septentrional situada al NO., grande como Inglaterra, y otra más meridional y más pequeña, llamada Frislanda. Considera esta última como la Thulé de Ptolomeo, y añade que está situada donde Ptolomeo indica, á los 63° de latitud. Yo creo que lo que distingue es la Thulé de Dicuil (Islandia), y las Færoe ó Mainland, la isla principal del archipielago de las Shetland la Thulé de Plinio de Tácito, de Solino, y verosímilmente de Pytheas, si Solino no tomó los datos de dos relaciones, una de las cuales se refería á Islandia[303]. Podría decirse que Colón había adivinado lo que las investigaciones geográficas han hecho cada vez más probable en los tiempos modernos.

Cierto es que las latitudes que Colón atribuye á las dos islas de Thulé no convienen ni á la costa meridional de Islandia ni al grupo de las islas Shetland. La primera se encuentra á 63½° y no á 73°; las Shetland están á los 60½° y no á los 63°; pero las posiciones que el Almirante indica no son resultado de observación propia de las alturas meridianas del sol durante una navegación invernal en climas brumosos. Al identificar Frislanda con la Thulé de Ptolomeo, adopta también Colón la latitud de este geógrafo, y supone Islandia 10° más al Norte que Frislanda, mientras que desde Mainland á la costa más boreal de Islandia apenas hay 6½°. Esta exageración no es extraña respecto á la _última Thulé_.

Tampoco se debe pedir cuenta á Colón de las cien leguas que se alaba haber navegado más allá de la Thulé más septentrional, y que le llevaron, según su cálculo, hasta los 78° de latitud, bastante más lejos de los paralelos de las tierras de Scoresby y de Edam. La vaguedad de estas valuaciones numéricas no debe obligarnos á rechazar el hecho de una expedición á los mares de Islandia, á una isla muy grande donde el comercio y la pesca atraían á los comerciantes de Bristol. Olafsen nos enseña que, desde la primera mitad del siglo XV, los ingleses frecuentaban mucho los puertos meridionales de Islandia, sobre todo Thorlaks-Hafn, y que los obispos del país favorecían el comercio británico.

Un antiguo poema inglés (_The policie of keeping the sea_), que Hakluyt nos ha dado á conocer, confirma la frecuencia de las comunicaciones entre Brístol é Islandia, en la época de los primeros viajes de Sebastián Cabot.

Lo que Colón dice de grandes mareas y del mar libre de hielo al Norte de Thulé, refiérese sin duda á lo que había leído en las compilaciones geográficas de la Edad Media, sobre la concreción de los elementos ó el _pulmón marino_ del Océano boreal, como acerca del _æstus supra Britanniam octogenis cubitis intumescentes_. Era costumbre de entonces tener siempre á la vista los asertos de los antiguos para confirmarlos ó rectificarlos según se presentaba la ocasión.

La hipótesis enunciada por Malte Brun de que Colón hubiera sabido en Frislanda ó en Islandia el viaje de los hermanos Zeni y el descubrimiento de la América septentrional por los escandinavos, es muy poco probable. Colón buscaba el camino de la India para llegar por el Oeste al país de las especias, y aunque supiera que los colonos escandinavos de la Groenlandia habían descubierto el Vinland, y que los pescadores de Frislanda habían llegado á una tierra llamada Drogeo, no creería seguramente que tales noticias tuvieran relación alguna con sus proyectos. Vinland y Drogeo tuvieron interés para nosotros cuando se adquirió la certidumbre de la continuidad de las costas desde el cabo de Paria hasta la desembocadura del San Lorenzo.

Además, en la segunda mitad del siglo XV, cuando hacía ya trescientos cincuenta años que toda navegación al Vinland estaba interrumpida, el recuerdo de los descubrimientos groenlandeses no podía permanecer tan vivo en Islandia que llegara la noticia á conocimiento de un marino genovés, al cual seguramente le importaban tan poco los _Sagas_ del país, como los manuscritos de Adam de Brema.

Este célebre canónigo geógrafo, que describe la Curlandia y una parte de Prusia como formando islas en el Báltico[304], conoció sin duda el Vinland desde el siglo XI; pero su _Historia eclesiástica_ y su _Corografía escandinava_ fueron impresas por primera vez setenta y tres años después de muerto Colón.

El mérito de haber reconocido el primer descubrimiento de la América continental por los normandos, pertenece indudablemente al geógrafo Ortelio, que emitió esta opinión desde el año 1570, casi en vida de Bartolomé de las Casas, el célebre contemporáneo de Colón y de Cortés[305]. «Lo único hecho por Cristóbal Colón, dice Ortelio, es poner el Nuevo Mundo en comunicaciones estables de comercio y utilidad con Europa»[306]. Este juicio es mucho más severo. Por lo demás, las opiniones del geógrafo no se basaban en las expediciones al Vinland, que para nada menciona (quizá porque las obras de Adam de Brema no fueron impresas hasta 1579,) sino en los viajes de Nicolás y Antonio Zeni, 1388-1404, á pesar de haber sido siempre problemática la localidad á donde llegaron[307].

Nada diré de este asunto, acerca del cual se han agotado ya, según parece, todas las combinaciones posibles[308]. Hablar de una isla Icaria donde reina un rey Icarus, hijo de Dædalus, rey de Escocia, parece á primera vista que es comprender estos viajes entre los mitos geográficos; pero el ejemplo mismo de Cristóbal Colón, que creia oir en boca de los indígenas de Haïtí, de Cuba y de Veragua los nombres de las ciudades citadas por Marco Polo, nos prueba cuánto desfiguran los viajeros los sonidos de las lenguas que ignoran, sobre todo cuando dirige sus interpretaciones una falsa erudición.

Examinando imparcialmente la relación de los Zeni, encuéntrase en ella ingenuidad y descripciones detalladas de objetos de que por nada, en Europa, podían tener idea. Si, como pretende Torfæus en el prefacio de su obra sobre el Vinland, el libro de los Zeni fuera una ficción destinada á empañar la gloria de Colón, el editor hubiera procurado sin duda relacionar los descubrimientos venecianos, si no con los del marino genovés, al menos con los descubrimientos boreales de los _Bacallaos_ de Cabot ó de Gómez. Hubiera además insistido en la prioridad de la expedición de los Zeni hacia las costas del Nuevo Mundo; hubiera dicho que los viajes posteriores á la Florida y Méjico habían probado cuán exacto era lo que los pescadores de Frislanda supieron al arribar al «mundo nuevo» de Drogeo acerca de la riqueza y de la civilización de los pueblos (americanos) situados hacia el Sur y el Sureste. El aislamiento de los hechos y la falta de recriminaciones disipan la sospecha de impostura; pero la confusión extrema que reina en los datos numéricos de las distancias y de los días de navegación, parece probar el desorden con que fueron redactados y el deplorable estado de unos manuscritos que, en parte, debieron destrozar los herederos de los viajeros Zeni, ignorando su valor.

Según ya he recordado, ni Andrés Bianco, ni su maestro Fra Mauro en el mapamundi trazado en la misma Venecia desde 1457 á 1470, nombran la Frislanda que Eggers, Buache y Malte Brun toman por el grupo de las Færoë. Esta proximidad á Escocia hace probable la facilidad con que vemos que en 1391 Nicolás Zeni se reune con su hermano Antonio; pero el silencio de Fra Mauro[309], geógrafo veneciano de inmensa erudición, y la ignorancia absoluta del nombre de Frislanda en los _Sagas_ y en los anales de Islandia[310] y de Noruega, son dos circunstancias muy difíciles de explicar.

Pero resulta siempre cierto que Colón no aprendió en su viaje á Thulé nada que pudiera favorecer sus vastos proyectos.[311] Ni en el pleito entre el fisco y D. Diego Colón, en el cual todas las inculpaciones acerca de la novedad del descubrimiento fueron discutidas y estimadas en su verdadero valer, ni en los primeros cincuenta y cinco años que siguieron al pleito, se ha hablado nada de descubrimiento de la América septentrional anterior á 1492.

La Groenlandia, que se creía tan inmediata á Noruega que en el mapa de los Zeni todavía figura como una prolongación peninsular de la Escandinavia, fué considerada en toda la Edad Media como perteneciente á los mares de Europa, y la idea de relacionar la historia de su primera colonización con la del descubrimiento de las _Nuevas Indias_, no pudo ocurrírsele ni á los más crueles enemigos de Colón.

XV.

Estado social de América antes del descubrimiento.

Imposible es hablar del primer reconocimiento de las costas de América por los normandos, á principios del siglo undécimo, sin exponer antes algunas graves consideraciones acerca de los destinos de la especie humana. Si este reconocimiento hubiera sido algo más que un suceso pasajero; si le hubiera seguido una conquista permanente y progresiva, avanzando de Norte á Sur, el estado moral y político del Nuevo Mundo fuera muy distinto del que ha llegado á ser por la conquista de los españoles en los siglos XV y XVI. No fundo esta afirmación en hechos generalmente conocidos; en el contraste entre las rudas costumbres de la Europa escandinava y la floreciente civilización de los Estados del Mediodía; en los cambios que la sociedad europea ha experimentado en el espacio de cuatro ó cinco siglos; pero deseo que el lector fije su atención en el carácter individual impreso á las diferentes partes de América por los matices de barbarie ó de civilización más ó menos avanzada que distinguen á los indígenas, en la época del primer establecimiento de las colonias españolas, portuguesas ó inglesas.

En la región de los pueblos cazadores, por ejemplo, en los Estados Unidos y en el Brasil, las hordas errantes, fácilmente vencidas, huyeron de la vecindad con los europeos. Rechazadas poco á poco detrás de la cordillera de los Alleghanys y después más allá de las márgenes del Mississipí y del Missouri, sufriendo á la vez un desmejoramiento en las costumbres y en la constitucion física, al aislarse, se empobrecieron y casi se extinguieron.

Los indígenas no intervienen para nada en el cuadro político de esta parte del Nuevo Continente, frontera á Europa, porque evacuaron el país en todas aquellas comarcas donde, por su primitiva barbarie y su manera de entender la libertad, les fueron odiosas las instituciones de nuestro orden social.

No sucedió lo mismo en los pueblos montañeses de los Andes y en el litoral frontero al Asia, centro de la civilización más antigua de la especie humana. Méjico, al sur de Río Gila, Teochiapán, Nicaragua, Cundina, marca, el imperio de los Muyscas, Quito y el Perú estaban ocupados á fines del siglo XV por pueblos agrícolas que gozaban una civilización más ó menos avanzada, unidos por comunidad de culto y de creencias religiosas, formando sociedades políticas, sencillas unas por efecto de larga tiranía, raras y complicadas otras en su organización interior; favorables en algunos puntos á la tranquilidad pública, á la prosperidad material, á una civilización en masa, pero contrarias á todo desarrollo de las facultades individuales[312].

En Méjico la corriente de los pueblos montañeses verificóse de Norte á Sur; mientras en la América meridional, en la teocracia de los Incas, el movimiento civilizador se realizó en todas direcciones. Desde la meseta de Cuzco se propagó casi al mismo tiempo hacia los Andes de Quito, los bosques del Alto Marañón y las Cordilleras de Chile.

En esta región, que era desde antiguos tiempos agrícola, los conquistadores europeos se limitaron á seguir los rastros de una cultura indígena. Los indios no se apartaron de la tierra que cultivaban desde hacía tantos años, y algunos pueblos tomaron nombres españoles.

Méjico solamente cuenta 1.700.000 indígenas, de raza pura, cuyo número aumenta con la misma rapidez que el de las otras razas. En Méjico, en Guatemala, en Quito, en el Perú, en Bolivia, la fisonomía del país, á excepción de algunas grandes ciudades, es esencialmente india; en los campos, la variedad de las lenguas se ha conservado con las costumbres y los usos de la vida doméstica. Allí sólo hay de nuevo algunos rebaños de vacas y de ovejas, algunos cereales y las ceremonias de un culto mezclado con las antiguas supersticiones locales.

Preciso es haber vivido en las altas mesetas de la América española ó en la Confederación anglo-americana para comprender bien lo que este contraste entre los pueblos cazadores y los agrícolas, entre los países desde largo tiempo bárbaros y los que gozaban de antiguas instituciones políticas y de una legislación indígena muy desarrollada, ha facilitado ó detenido la conquista, é influído en la forma de los primeros establecimientos de los europeos y como ha impreso, aun en nuestros días, carácter propio á las diferentes regiones de América.

El P. José Acosta, que estudió sobre el terreno el drama sangriento de la conquista, comprendió ya estas diferencias notables de la civilización progresiva y de la completa ausencia de orden social que presentaba el Nuevo Mundo en la época de Cristóbal Colón, ó poco tiempo después de la colonización española, y dice (según la ingenua traducción de Roberto Regnauld, hecha en 1597) «ser cosa bien demostrada que lo que mejor prueba la barbarie de los pueblos es el gobierno que los rige y la forma en que se dejan mandar; porque cuanto mayor es el número de los hombres que se aproximan á la razón, tanto más humano y menos insolente es su gobierno y más tratables los reyes, y se acomodan mejor con sus vasallos, reconociendo que la Naturaleza les hizo iguales. Por ello muchas naciones de estos indios no han querido, en sus comunidades, reyes ó señores absolutos; porque, entre los bárbaros, los gobernantes tratan á los súbditos como bestias y quieren ellos ser tratados como dioses.» El jesuíta, quizá intencionadamente, atribuye á sabia previsión lo que sólo se debía al imperio de las circunstancias y de los intereses.

Acabo de exponer cómo el estado social en que Europa encontró á América á fines del siglo XV modificó profundamente la marcha de la conquista, la forma de los primeros establecimientos y, lo que es más importante y no ha sido bien apreciado en las discusiones de la política americana, el carácter que hoy conservan los diferentes estados libres del Nuevo Continente. Pero este estado social era distinto cuatro siglos antes de la conquista. De ir los europeos á América tras las huellas de los marinos escandinavos, hubieran encontrado allí un orden de cosas totalmente diverso.