Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI

Part 12

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En el valle longitudinal del Atlántico, donde las sinuosidades correspondientes á las dos orillas están ocupadas hoy en gran parte por la civilización europea, el Antiguo Continente se acerca dos veces y casi á la misma distancia (de 510 y de 542 leguas marinas) á las costas del Continente americano. El valle tiene el mínimum de anchura en una dirección SSO.-NNE. cerca del Ecuador entre Africa y el Brasil. Desde el cabo Roxo (entre la desembocadura del Gambia y los Bissagos) al cabo de San Roque, sólo hay diez leguas marinas[264], menos que desde este último cabo á Sierra Leona. En Europa el promontorio de la Irlanda Occidental, entre Tralee y Dingle Bay, es el que más se aproxima á la extremidad SE. del Labrador, un poco al Norte de Terranova. El Atlántico tiene en este paralelo (y entre los dos puntos sólo hay una diferencia de latitud de 9′) una anchura de 542 leguas[265]. La diferencia de distancias entre Europa y la América continental del Norte, entre Guinea y la América del Sur, no es, pues, á pesar del aumento de más de 40° de latitud, sino de 94 millas, de 60 al grado ecuatorial.

Las relaciones de proximidad de ambos mundos cambian considerablemente cuando se considera como parte del Nuevo Continente la extensa isla de Groenlandia, cuya prolongación hacia el Noroeste más allá del mar de Baffin y del estrecho de Barrow, es completamente desconocida. Esta comarca septentrional parece, en efecto, corresponder á América por la identidad de dirección (SO.-NO.), y sus costas orientales desde Georgia á la tierra de Edam, desde los 30 á los 77 grados y medio de latitud.

La Groenlandia Oriental en las tierras de Scoresby se aproxima de tal modo á la península escandinava y al Norte de Escocia, que desde esta última al cabo Barclay (grado y medio al Sur del paralelo de la isla volcánica de Juan Mayen), sólo hay 269 leguas marinas[266], lo cual es casi la mitad de la anchura del Atlántico entre Africa y el Brasil. Con viento fresco y continuo del NO. se atraviesa este espacio en menos de cuatro días.

La aproximación de todas las masas continentales hacia el círculo polar ártico, y más allá, se revela también, según lo demuestran las investigaciones más exactas acerca de la geografía de las plantas, en el gran número de vegetales que son propios de la Europa, el Asia y la América boreal[267]. La América del Sur, y en general toda la parte tropical del Nuevo Mundo, tiene distinto carácter. La gran ley de la Naturaleza, reconocida por Buffón en la desemejanza de la creación animal propia de estas regiones y de Africa, puede aplicarse con ciertas restricciones al reino vegetal. Las excepciones de la ley son raras, pero existen, no sólo en las plantas monocotiledóneas, especialmente en las gramíneas y en las ciperáceas[268], sino también en las dicotiledóneas arborescentes, que no son de las especies litorales[269] ó acuáticas.

Es notable sin duda que, según los trabajos de M. Roberto Brown sobre la flora del Congo y las discusiones de los Sres. Perrottet y Guillemin sobre la flora de Cabo Verde y de la Senegambia sean principalmente las costas africanas y las del Brasil y la Senegambía las que presentan estas analogías con el Africa equinoccial. Basta, para probarlo, citar las especies del Río Zahir y del Senegal, cuyos nombres específicos indican los lugares donde los viajeros botánicos las han recogido por primera vez: Schwenkia americana, Urena americana, Cassia occidentalis, Ximenia americana, Waltheria americana, que es idéntica á la Waltheria índica[270].

Las corrientes se dirigen desde el Congo al O. hacia el Brasil, mientras que en la desembocadura del Senegal y más allá hasta la bahía de Biafra, el movimiento de las aguas es al S. y SE., y, por tanto, completamente contrario al transporte de frutos y semillas á las costas americanas. Lo que sabemos de la acción deletérea que ejerce el agua del mar en un trayecto de 500 ó 600 leguas sobre la excitabilidad germinativa de la mayoría de las semillas, no es favorable al sistema demasiado generalizado de la emigración de los vegetales por medio de las corrientes pelásgicas.

No debo terminar esta reseña del gran valle del Atlántico, en el punto donde presenta menos anchura entre masas de tierra completamente continentales, sin añadir á las líneas generales del cuadro físico la indicación de un hecho, ó mejor dicho, una creencia del siglo XVI que los modernos historiadores del _Nuevo Mundo_ han desatendido completamente. Colón supo cuando su segundo viaje que la isla de Haïtí era atacada algunas veces por una raza de hombres negros (_gente negra_), que vivía hacia el Sur ó Sureste.

Distingue estos negros de los Caribes de las Pequeñas Antillas, á quienes, en una carta á los monarcas, fechada en el mes de Octubre de 1498 llama _Caribales_[271], y los pinta armados de azagayas, cuya composición metálica llamó singularmente su atención. Los indígenas de Haïtí llamaban esta composición _Guanin_. Colón la envió al rey Fernando, y refiere Herrera (sin duda por lo que vió en los manuscritos de Las Casas, porque D. Fernando Colón no habla de ello), que el análisis hecho en España dió á conocer en el _Guanin_ para 32 partes 18 de oro, 6 de plata y 8 de cobre[272]. Era, pues, oro de baja ley (_oro baxo_), notable por la doble aleación (0,44) de cobre y plata, producida sin duda en aquellos pueblos bárbaros por la naturaleza especial de un mineral aurífero.

La dirección meridional que el Almirante dió á su tercer viaje tuvo por único motivo el deseo de llegar al país del _Guanin_. «Dixo Colón que por aquel camino pensaba experimentar lo que decían los Indios de la Española de la gente negra que traía los hierros de las azagayas de un metal que llamaban guanín.»

Vasco Núñez de Balboa, el primero que atravesó el istmo para llegar al mar del Sur, encontró efectivamente negros en el Darien. «Este _conquistador_, dice Gomara (_Historia de las Indias_, fol. 34), entró en la provincia de Quareca, donde no encontró oro, sino algunos negros esclavos del señor del lugar. Preguntó al señor de dónde había sacado aquellos esclavos negros, y le respondió que las gentes de aquel color vivían cerca de allí y estaban constantemente en guerra con ellos.»

«Estos negros, añade Gomara, eran iguales á los _negros de Guinea_, y en las Indias yo pienso que no se han visto negros después.»

A Pedro Mártir de Anghiera (_Ocean._ déc. III, lib. I, página 45), que observa todo lo que atañe á las razas americanas, sorprendió este hecho referido por Gomara, y lo explica, con alguna ligereza, suponiendo algún naufragio de africanos en las costas de América. Estos esclavos son, sin duda, dice, descendientes de _negros etíopes_, que, después de infestar la mares como piratas (_latrocinii causa_) los arrastró alguna tempestad á naufragar en el Darien.

No puede negarse (y, según antes dije, los mapas del mayor Rennell dan fe de ello) que desde las costas del Congo y de Benguela, las corrientes africanas, mezcladas á las aguas del _Gulf-Stream_, impulsan hacia el Oeste, hacia el Brasil, la Guayana y el fondo del mar de las Antillas; pero ¡qué largo trayecto para negros africanos que jamás fueron piratas de alta mar, y sólo usan canoas pequeñas apropiadas para la pesca en el litoral!

Estos _negros_ de Quareca habitaban las mismas comarcas donde los naturales suponían primitivamente una raza blanca, suponiendo que algunos negros albinos eran una raza especial. En mi concepto eran Papus del mar del Sur, que fueron del Oeste, aprovechando algunas contracorrientes en el aire y en el mar, y no negros de Etiopía. También puede suponerse que fuera alguna tribu de indígenas de color más obscuro que las demás, porque Gomara al decir que los _negros_ de Quareca se parecen á los _negros de Guinea_, no menciona especialmente el cabello rizado.

En las misiones del Orinoco, los Otomaques y los Guamos forman la variedad más obscura, los Guaharibos del Gehette y los Guainares, la variedad más blanca entre los indios cobrizos. Debe esperarse á que algún viajero instruído, recorriendo parajes tan inexplorados como los que median entre las fuentes del Atrato, el Darien y el golfo de Mandinga, aclare la cuestión de quién era esta _gente negra_ conocida á la vez en Haïtí y en Caribana; porque conviene precisar los hechos antes de intentar explicarlos.

Verdad es que hay otros indicios para creer que aquel rincón de la tierra fué antiguamente visitado por razas extranjeras. Entre los Caramaris, que decían ser de la grande y poderosa familia de los pueblos Caribes, encontráronse rastros de una cultura importada, como entre los Caribes de Uraba[273] que tenía alguna noción de libros y de signos gráficos.

XIII.

Viajes de los escandinavos al Nuevo Mundo en los siglos XI y XII.

Existe en los mudables destinos de la civilización y del estado social de los pueblos algo permanente y estable que se relaciona con la configuración de las tierras, su aislamiento mayor ó menor, las influencias del clima y los agentes físicos en general. Acabamos de ver que el estado de barbarie en que se encontraban las costas opuestas de los continentes de Asia y América donde más se aproximan, excluía, al parecer, cualquier empresa de emigración ó de navegación lejana en tiempos remotos. Reservado estaba á la parte más septentrional del Atlántico, donde la Escandinavia insular de América (la Groenlandia) se aproxima á una distancia de ochocientas á novecientas millas marinas á Escocia y á Noruega, dar ocasión al descubrimiento de América por el lado oriental.

Dos circunstancias favorecieron este descubrimiento, que coincide con el principio del siglo xi de nuestra era. La primera corresponde á la geografía física. Entre los paralelos de 58°½ y 64°, el canal del Atlántico, ya bastante estrecho, está sembrado de muchos grupos de islas (las Orcades, las Færoë, Islandia) que presentan una serie de estaciones intermedias, y conducen, por los antiguos levantamientos volcánicos (las doleritas y las traquitas)[274] á las costas de la América insular del Norte. La segunda se refiere á la actividad del espíritu de empresa en los pueblos de Europa próximos, en la Edad Media, á esa misma región de un mar boreal cubierto de islas, que fueron teatro de sus expediciones.

La unión de ambas causas físicas y morales produjeron el descubrimiento del Nuevo Continente por los escandinavos.

Los normandos y los árabes fueron las únicas naciones que, hasta principios del siglo XII, compartieron la gloria de las grandes expediciones marítimas, la afición á aventuras extraordinarias, la pasión del pillaje y de las conquistas efímeras. Los normandos ocuparon sucesivamente la Islandia y la Neustria, saquearon los santuarios de Italia, conquistaron á los griegos la Pulla, y hasta escribieron sus caracteres rúnicos en los flancos de uno de los leones que Morosini quitó al Pireo de Atenas para adornar el arsenal de Venecia.

En todo lo que á la historia se refiere, preciso es distinguir las fechas de los acontecimientos, y las diversas épocas en que empezaron á combinarse aquéllas y éstos y á estudiar sus relaciones con descubrimientos mucho más recientes. En medio de tantos acerbos debates producidos por envidiosa malignidad y por las aficiones á una falsa erudición clásica entre los contemporáneos de Cristóbal Colón, acerca del mérito de este grande hombre, nadie pensó en las navegaciones de los normandos como precursores de los genoveses. Esta idea no se mostró sino sesenta y cuatro años después de muerto Colón. Sabíase por sus propios escritos, sobre todo por su obra acerca de las _zonas habitables_ «que había ido á Thule», pero entonces este viaje al Norte no engendró sospecha alguna sobre prioridad del descubrimiento, y preferíase, para atacar á Colón, recurrir á algún manuscrito[275] que un bibliotecario del papa Inocencio VIII debió enseñar á un miembro de la rica familia de los Pinzones.

Si se quiere seguir con precisión la serie de hechos que han conducido á las costas boreales de América, conviene no olvidar que en las islas situadas entre Escocia, Noruega y Groenlandia las expediciones de los misioneros irlandeses rivalizaron con las de los normandos. La preciosa obra de Dicuil _De Mensura Orbis terræ_, cuya edición _princeps_ debemos (y solamente desde 1807) al Sr. Walckenaer, ha llegado á ser de grandísima importancia para esclarecer la historia de esta rivalidad.

Los anacoretas cristianos en el norte de Europa y los piadosos monjes budhistas en el interior de Asia, exploraron y pusieron en relaciones con la civilización las comarcas más inaccesibles. El espíritu de propaganda y el deseo de extender las creencias religiosas prepararon igualmente las vías para las invasiones hostiles y para el cambio pacífico de ideas y de productos. Este fervor propio de las religiones de la India, de la Palestina y de la Arabia, y extraño á la _indiferencia_ del politeísmo de los griegos y de los romanos, dió especialísimo aspecto á los progresos de la geografía en la primera mitad de la Edad Media.

Comentando dos importantes pasajes de Dicuil (capítulo VII, párs. 2 y 3), M. Letronne[276] demuestra ingeniosa y satisfactoriamente que «las islas Færoë, habitadas desde hacía un centenar de años por ermitaños de Scottia (Irlanda tuvo este nombre hasta el reinado de Malcolm II), fueron abandonadas por ellos desde el año 725, época de la primera invasión de los escandinavos en las Islas Británicas; y que la Islandia fué visitada y acaso colonizada por los irlandeses en el año 799, es decir, sesenta y cinco años antes de que lo fuera por los escandinavos.»

El _Landnamabok_, publicado de nuevo[277] recientemente en una colección de los Sagas históricos por la Real Sociedad de Anticuarios del Norte, en Copenhague, refiere textualmente que los noruegos encontraron en Islandia libros irlandeses, campanillas y otros objetos que los _Papæ_ (Papas), «hombres de Occidente que profesaban la religión cristiana, habían dejado allí, especialmente en los dos cantones de Papeya y Papyli, en la costa oriental». Ahora bien; se sabe por los Sagas de las Orcades[278] que estas islas estaban habitadas á fines del siglo IX por «dos naciones, los _Peti_ (probablemente descendientes de los Pictos) y los Papæ (los _padres_[279], _sacerdotes_, _religiosos_, sin duda los _clerici_ de Dicuil).» Snorro-Sturlæson dice que hasta la misma Escocia se llamaba entonces _Pettoland_.

Las islas Færoë y la Islandia convirtiéronse en estaciones intermedias, en puntos de partida para llegar á la Escandinavia americana; de igual suerte que el establecimiento de Cartago sirvió á los Tyrios para llegar al estrecho de Gadira y al puerto de Tartesus, y desde Tartesus fué este pueblo de viajeros, de estación en estación, hasta Cerné, el _Gauleón_ (isla de los barcos) de los cartagineses.

Cuando se puede seguir una misma costa, el agrupamiento y la proximidad de las islas determinan frecuentemente la dirección de los descubrimientos geográficos. Los de los escandinavos se han referido con tanta prolijidad en estos últimos años, que basta recordar aquí las épocas.

La Islandia, visitada después de los monjes irlandeses y de los _Peti_, por el pirata Naddoc, hacia el año de 860, no tuvo colonia noruega estable hasta el año 874, y entonces sólo por los cuidados de Ingulf y de Hiorleif. Se enseña todavía al Sur de la isla la tumba del primero de estos fundadores, en la cima de una montaña que se llama Ingolfsfiæll. Cerca de Kielarnäs están las ruinas de la casa de un hijo de Ingulf[280] construída el año 888.

Desde la Islandia pasó Eric Rauda á Groenlandia, ó en el año de 932 ó en el de 982, porque los Sagas difieren en las fechas. La verdadera colonización de Groenlandia no es más antigua del año 986, próximamente en la época en que los noruegos llevaron el cristianismo á Islandia, durante el reinado de Olaf I.

La costa oriental de Groenlandia dista del cabo Straumsnæs (cabo NO.) de Islandia, según el gran mapa del capitán Graah[281], cincuenta y dos leguas marinas en la dirección de SE. á NO., entre los 67° y 68° de latitud. Se ha supuesto, por la corta distancia, que poco antes de la gran catástrofe del Scaptar-Iokul, en 1783, se vieron durante muchas horas desde la costa septentrional de Islandia, sin duda por reflejo de las nubes, «fuegos volcánicos en la costa de Groenlandia»[282]. Se sabe hoy que no ha sido esta costa oriental, tan próxima á Islandia, la que, durante tres siglos, sirvió de asiento á colonias escandinavas, como Cranz, Torfæus y sus antecesores lo afirmaron erróneamente.

Cuanto Eggers[283] dijo en 1793 sobre la situación de establecimientos cristianos en la Groenlandia, está confirmado y apoyado con pruebas aún más convincentes por el viaje de Mr. Graah y por las sabias investigaciones acerca de las antigüedades escandinavas de Mr. Rafn. Las colonias, más antiguas Œster y Vesterbygden, están situadas en la costa occidental en el _Inspectorat meridional_ de Julianshaab, donde los bosquecillos de abedules anuncian un clima más templado. Toda esta costa hasta el _Inspectorat boreal_[284] de Uppernavik (lat. 72° 50′), está cubierta de ruinas de las antiguas colonias escandinavas, mientras en la costa oriental no hay rastro alguno de habitaciones europeas, y muestra, como todas las costas orientales, un rigor de clima contrario al desarrollo de la vida orgánica. Las heleras bajan de las montañas como dique continuo hacia el litoral: las corrientes que al Norte del paralelo de 64½° se dirigen al SO., contribuyen á amontonar los témpanos de hielo arrancados en las regiones polares[285].

El capitán Graah estuvo mas de diez y ocho meses expuesto á grandes sufrimientos en las costas desiertas de la Groenlandia oriental. Llegó en sus exploraciones hasta los 65° 20′, y reconoció que la descripción que los Sagas hacen de la costa habitada por los islandeses no conviene en manera alguna á la localidad del litoral oriental. Los estrechos canales (fjord) que recortan la costa habitada, sólo son frecuentes en la parte occidental, lo mismo en Groenlandia que en Noruega y en la América boreal.

El atento examen del camino seguido por los antiguos navegantes escandinavos para llegar á las colonias de Osterbygde, demuestra la exactitud de las primeras nociones de Eggers que Mr. Malte Brum ha reproducido y enriquecido con muchas observaciones nuevas en su _Precis de l’histoire de la Géographie_. Según las investigaciones de Mr. Graah[286] se iba de Islandia primero al O., despues al SO. hasta un _hvarf_ ó _vendeplads_ (punto en que la costa cambia de dirección); desde allí la navegación se dirigía, como la costa misma á NNO. El _hvarf_ estaba, por tanto, colocado entre el cabo Farewell, designado con el nombre de _Hvidsærken_, y el cabo Egede en la extremidad de la península groenlandesa, donde hay un archipiélago de islotes parecido al del cabo de Hornos y la Tierra del Fuego.

La prueba más irrecusable del emplazamiento de las colonias scandinavas, la ofrecen las inscripciones rúnicas descubiertas desde hace diez años en la costa occidental de Groenlandia. Se ha reconocido que muchas de estas inscripciones, por ejemplo las que han sido encontradas en 1831 en Igalikko (lat. 60° 51′), y en 1832 en Ikigeit ó Egegeit (lat. 60° 0′) al norte de Fridriksal, que corresponden á los siglos XI y XII por la forma de los runos, comparados con los runos de Noruega, cuya fecha se sabe con exactitud; pero ha fijado ademas grandemente la atención de los anticuarios otro monumento de la parte más septentrional de la península groenlandesa que el capitán Graah ha traído á Europa. Este monumento tiene, al parecer, la fecha de 1135, y es una marca, una señal erigida en la parte más elevada de la isla de Kingiktorsoak (lat. 72° 55′), una de las Womans Islands, un poco al norte de Uppernavik.

Un groenlandés llamado Pelinut, halló esta piedra rúnica en 1824 encima de una roca, y el misionero Kragh tuvo el mérito de ser el primero en darla á conocer[287]. La versión latina de Rask, que me ha sido comunicada por M. Rafn, dice: _Erlingr Sighvati filius et Bjarn Thordi filius et Eindridi Oddi filius feria septima ante diem victorialem extruxerunt metas hasce ac purgaverunt_ (locum), MCXXXV. Esta fecha, trescientos cincuenta y siete años anterior á Cristóbal Colón, no es inverosímil, conforme á las opiniones generalmente admitidos hoy respecto á la época de los descubrimientos escandinavos. Preciso es recordar, sin embargo, que la interpretación del valor numérico de los seis runos en que se cree encontrar un millar, una centena, tres decenas y un cinco, conforme á la analogía de las cifras romanas, ha dejado dudas en el ánimo de sabios muy versados en el estudio de los signos gráficos de los noruegos[288].

Las estaciones intermediarias de Islandia y de la Groenlandia dieron lugar acaso, desde el año 985, al descubrimiento del Vinland, cuando con el intento de reunirse con su padre, recientemente establecido en la Groenlandia, el islandés Biarn Herjolfson conoció toda la violencia de los vientos de Noroeste y fué llevado hacia una tierra que, por la frondosidad de la vegetación, parecióle al primer aspecto muy distinta de las que hasta entonces había descubierto.

De vuelta á donde residía su padre, unióse Biarn con Leif Ericson (hijo de Eric Rauda, el fundador de los primeros establecimientos islandeses en la Groenlandia), y emprendió con él una expedición lejana, en la cual tocaron el año 1001 ó 1005 sucesivamente en Hallyland, Markland[289] y Vinland. Sabido es que á esta última comarca le dió dicho nombre, por la abundancia de vides silvestres que allí había, un alemán, Türker, que acompañaba á los normandos y les hablaba de la posibilidad de hacer vino.

Examinando atentamente las indicaciones de la longitud del día en los distintos Sagas, se ha deducido que los parajes visitados entonces por los escandinavos estaban situados entre los paralelos de 41° á 50°, lo cual corresponde á la costa que se extiende desde Nueva York á Terranova, costa en que vegetan más de siete especies de Vitis.

Mr. Rafn, que prepara una extensa é importante obra sobre la historia de los descubrimientos americanos, cree que los escandinavos llegaron hasta la Carolina del Norte, pero que la principal estación de estos intrépidos marinos fué la desembocadura del San Lorenzo, sobre todo la bahía de Gaspe, frente á la isla Anticosti, donde la abundancia y facilidad de la pesca podían atraerles. Afortunadamente la sociedad de anticuarios de Copenhague está reuniendo los materiales relativos á esta época tan memorable de la Edad Media.

Todo lo escrito fuera de Dinamarca acerca de los descubrimientos escandinavos en América, aumenta muy poco nuestros conocimientos; sólo cuando el conjunto de los hechos sea comprobado y sometido á sabia crítica, podrá intentarse con éxito el artificio de las opiniones y de las conjeturas.

En esta clase de acontecimientos, como en otros de antigüedad más remota, conócense, por decirlo así, las masas, la realidad de las comunicaciones entre la Groenlandia y el continente americano; pero el detalle de los sucesos es vago y á veces, en la apariencia, extraordinario. Sólo los sabios dinamarqueses y noruegos pueden hacer desaparecer las contradicciones de fechas y de distancias, y las dudas respecto á la dirección y duración de las navegaciones y al aspecto de las comarcas descritas por los Sagas.

Hay investigaciones y trabajos que sólo pueden realizarse junto á las mismas fuentes de conocimientos. Tales son las ventajas de la América española para el estudio de la historia de la civilización primitiva de Méjico, Guatemala y el Perú, y las de Italia para las cartas de marear de la Edad Media, que permanecen olvidadas en las bibliotecas públicas y privadas.