Part 10
Algunas veces los marinos europeos permanecieron durante más de un año entre los indígenas y aprendieron su lengua, siendo recogidos por otras expediciones que frecuentaban las mismas localidades[221]. Ya hemos visto que ocho años antes de que Magallanes y Faleiro vinieran á España á exponer sus proyectos, Pinzón y Solís habían visitado ya la desembocadura del río Colorado, que está á 5° al Norte de ese golfo de San Jorge, llamado por los españoles en el siglo XVII _Bahía sin fondo_, en la persuasión de la posibilidad de un paso al mar del Sur. Paréceme probable que en el intervalo de 1509 á 1517 continuaron los descubrimientos algunas expediciones clandestinas más lejos de donde llegó Solís. Recientemente han ilustrado mucho el conocimiento de la tierra de Patagonia los excelentes trabajos del capitán Phillip Parquer King y las expediciones científicas inglesas de 1826 y 1830. No hay _estero_ profundo en el golfo de San Jorge, como ya lo demostró la expedición de Malaspina; pero en Port Desiré[222] (latitud 47° 42′), en el puerto de Santa Cruz[223] (latitud 50° 18′) y en el río Gallegos en la bahía de los Nogales (lat. 51° 40′) hay _inlets_ cuya anchura es aún desconocida. El río Gallegos especialmente ha podido dar ocasión á vagas conjeturas sobre comunicación entre los dos mares _al norte_ del estrecho de Magallanes; porque después del cabo de Santa Isabel, que avanza en el Océano Pacífico, algunos brazos de mar penetran al través de la costa pedregosa, muy lejos hacia el E. y el más oriental de estos brazos (_inlets_) termina en la bahía que el capitán King llamó del Desengaño, á distancia de 2° 45′ de longitud oriental del meridiano del cabo de Santa Isabel. Desde este punto hasta la extremidad más occidental del curso del río Gallegos, á donde hasta ahora se ha llegado, hay treinta y dos leguas marinas. El istmo de río Gallegos es, por tanto, la mitad menos ancho que aquel donde se ha formado el estrecho de Magallanes[224] ó estrecho de la Madre de Dios, de Sarmiento[225].
Debe presumirse que las nociones vagas de la configuración del continente hacia su extremidad austral se reflejaron antes de 1517 en las cartas marinas, y que Magallanes vió una de esas cartas en los archivos del Rey de Portugal.
En Pigafetta encuentro un indicio directo de que la gran sinuosidad de la costa á la desembocadura de Río de la Plata fué lo que hizo situar primeramente el estrecho tan deseado á los 36° de latitud austral; pero cuando Solís, en su segundo viaje (1515), reconoció que esa abertura y ese _mar dulce_ eran la desembocadura de un río, los geógrafos buscaron el estrecho más al Sur. He aquí el pasaje del Diario de Pigafetta, al que no se ha prestado la debida atención: «Cerca de este río está el cabo de Santa María; se había creído una vez que estaba allí el canal que conduce al mar del Sur, pero ahora se ha descubierto que no es aquel el fin de la tierra (del continente), sino sólo la desembocadura de un río, que tiene 17 leguas (ó 68 millas) de ancha.»
Los cabos Santa María y San Antonio, que forman la desembocadura al Norte y al Sud, están situados de modo que el primero avanza 2° 40′ más que el segundo hacia el E. Su distancia oblicua en la dirección SSO. al NNE., es de 65 leguas marinas, mientras la verdadera anchura interna del río sólo es, entre Montevideo y Punta de Piedras, de 18, y entre Sacramento y Buenos Aires de 9 á 10 leguas. Por esta disposición de las tierras el cabo Santa María podía aparecer á un barco procedente del Norte como la extremidad del continente, es decir, de la Tierra de Santa Cruz, porque, en el meridiano del Cabo no se veía ninguna tierra hacia el Sur. Además la violencia de una corriente que sale por esta abertura de la costa (_current of the Plata_, Rennell, página 137) debía contribuir mucho á la idea de la existencia de un estrecho. La corriente (_outfall of the Rio Plata_) adquiere una velocidad de 24 á 32 millas en veinticuatro horas, y se hace sentir á 80; y aun en algunas circunstancias domina á la corriente brasileña (NNE.-SSO.), según el capitán Beaufort, hasta á 200 leguas de distancia.
El Diario de Pigafetta y los documentos que Herrera nos ha conservado, prueban que el navegante portugués estaba incierto respecto al punto donde encontraría el estrecho, cuya existencia anunciaba de un modo tan seguro. Dice sencillamente que se encontrará bajando al Sur del cabo de Santa María, que marca la desembocadura de Río Juan de Solís.
Al llegar á los 40° delante de una bahía, á la cual dió el nombre de San Matías (la bahía de Todos los Santos, muy cerca del sitio donde Pinzón y Solís llegaron en 1508), Magallanes determinó examinar atentamente la costa[226] «para ver si había en ella algún estrecho». Después de hacer inútiles reconocimientos, descuidando el del golfo de San Jorge, la expedición se vió forzada á invernar durante cinco meses en el puerto de Río San Julián (según San Martín, piloto de Magallanes, en latitud 49° 18′; la verdadera es 49° 8′). Quejábase la tripulación de que, en tan largo trayecto (desde la desembocadura del río de la Plata) nada se hubiera visto que pareciera un estrecho, y Magallanes respondió: «Que no puede faltar el estrecho más adelante, y que irá, si es preciso, hasta los 75° de latitud, donde durante el invierno casi desaparece la luz del día.»
La ingenuidad de esta última expresión, conservada en el Diario de Pigafetta[227], prueba que Magallanes estaba persuadido de la existencia de un paso más allá del Río de la Plata, pero que la _Carta de los archivos_, atribuída á Behaim, no indicaba en manera alguna la posición del estrecho. Vémosle enviar al capitán Juan Serrano al río de Santa Cruz (lat. 50° 18′) «para que descubriera si había allí un paso» y todavía, cuando llega al cabo de las Vírgenes (lat. 52° 20′), á la entrada del estrecho, «sólo reconoce allí una gran _cala_, y sospecha que esta _cala_ pueda encerrar algún misterio».
Todo demuestra, pues, la incertidumbre del verdadero sitio del paso, y aunque no cabe negar la posibilidad de que Martín Behaim, que habitó constantemente en Fayal desde 1494 á 1506, haya podido adquirir muchas nociones verdaderas ó conjeturales acerca de la configuración de las costas orientales de la América del Sur, nada prueba que llevara á Lisboa, donde llegó en 1507, poco tiempo antes de su muerte, la carta que Magallanes dice haber visto en los archivos del Rey de Portugal. Quizá las meditaciones[228] de este gran cosmógrafo dirigíanse más bien á Africa, cuyas costas había recorrido en parte, que á la costa descubierta por Yáñez Pinzón, por Lepe y por Cabral.
Me he detenido tanto en el examen de estas relaciones que se suponen entre Magallanes y los cosmógrafos de su época, porque en un siglo en que la energía individual del marino tenía vasto campo que recorrer, la convicción de un éxito, una sencilla opinión geográfica, convertíase en acontecimiento apropiado para influir en la dirección del comercio y en los destinos de tantos pueblos esparcidos en la inmensidad de los mares, fuera del contacto de la civilización europea.
En la ciudad de Nuremberg, tan rica en recuerdos de la Edad Media, hay, además del globo de Martín Behaim, que data del año 1492, otro globo construído en 1520 por Juan Schoner[229], célebre discípulo de Regiomontanus. Estos dos globos han sido frecuentemente confundidos, y el error ha llegado á ser tanto más grave, cuanto que Schoner, que emprendió su obra en Bamberg, por cuenta de su rico protector Juan Seyler, separa América en dos grandes masas continentales y figura en el globo el estrecho en el sitio donde Colón lo buscó inútilmente.
Ahora bien, en 1520 no se podía tener en Europa noticia alguna del descubrimiento de Magallanes, que no desembocó del estrecho hasta el 28 de Noviembre del mismo año de 1520. El paso del Mar de las Antillas al Océano Pacífico, indicado por Schoner[230], era, pues, producto de un espíritu sistemático y de las falsas ideas acerca de la expedición de Balboa. Sorprende ver que este error que indicamos durara tanto tiempo, pues lo hallo en un mapamundi del año 1546, que forma parte de una obra rara, _Circuli Sphæræ_ cum quinque zonis, y que en nuestras bibliotecas públicas encuéntrase con frecuencia anejo al libro titulado _Rudimentorum cosmograficorum Joan. Honteri Coronensis libri tres_ (Tig. 1578). En este mapamundi á Méjico se le llama _Parias_, y el repetir dicha falsa denominación en un globo muy antiguo de la biblioteca de Weimar, me hace creer que éste tiene alguna analogía de origen ó de época de redacción con la obra de Schoner ó el mapamundi de 1546. Acaso todos estos trabajos gráficos no sean más que copias de un mapa más antiguo sepultado en algún archivo de Italia ó de España.
El globo de Weimar, que figura en el catálogo como más antiguo que otro que lleva la fecha de 1534, presenta á _Parias_ ó la masa septentrional de América separada á los 42° de latitud Sur por un estrecho de la tierra antártica á que da el nombre de _Brasiliæ Regio_, y que rodea una gran parte del polo austral. Además de este estrecho meridional, hay otro en el istmo de Panamá, á los 10° de latitud al norte del Ecuador, bastante ancho para que las olas de ambos mares sean figuradas sin interrupción. Un gran buque, saliendo del mar del Sur, ha atravesado felizmente el estrecho y viene de Zipangri (_ubi auri copia_), situado á unos 10° al Oeste del estrecho, y formando una isla entre los 12° y los 30° de latitud.
Estas fantasías llegaron hasta la China, como lo prueba el curioso mapamundi, cuyo conocimiento debemos á M. Klaproth[231], y que se funda en el Tratado de la esfera de un jesuíta portugués, el Padre Manuel Díaz (Yang mano). El autor del mapa publicado en Cantón en 1820, combina las nociones actuales de los europeos con lo que se conocía de cosmografía en la época de las dinastías de los Yuan, de los Ming y de los Mandchus. Figura tres pasos entre el Atlántico y el mar del Sur, á saber: el estrecho de Magallanes, y dos estrechos en el istmo de Panamá. Este istmo forma una isla llamada isla de San Andrés (Ching Ngan te tao), y deja, por tanto, dos pasos; uno al norte separado de la Vera Paz (_Tching phing ngan_, la verdadera paz) y otro al Sur, separado de Darien (_Ta lian wan_) y de Castilla del Oro. Véase, pues, un error en la denominación del estrecho (terrestre ó pelásgico) figurando hasta en los mapas chinos modernos; error antiguo, porque en Grecia ἰσθμὸς por catacresis significaba también algunas veces un brazo de mar[232].
XI.
Motivos que impulsaban al descubrimiento de América á fines del siglo XV.
Los detalles de la historia de las ciencias sólo son útiles cuando se los reune y sistematiza, porque la acumulación de hechos aislados sería de una aridez fatigosa, si la investigación de los hechos no se hiciera con algún propósito de generalizar respecto á los progresos de la ciencia ó á la marcha de la civilización.
Los gérmenes que hemos descubierto en las obras de los escritores antiguos fueron fecundados por corto número de sabios de gran talento que brillan en la Edad Media.
En cada siglo existe un trabajo oculto, cuyo resultado en ideas, convicciones y esperanzas acrece insensiblemente el poder del hombre, y se manifiesta en acción cuando circunstancias aparentemente accidentales (coincidencias que revelan una necesidad en los destinos del mundo) favorecen el movimiento exteriormente.
Por lo general, la historia sólo conserva la tradición de las empresas afortunadas, de los grandes éxitos obtenidos en la serie de los descubrimientos; pero lo que prepara el movimiento y el éxito pertenece á combinaciones de ideas y de pequeños sucesos que obran simultáneamente y cuya importancia no se conoce hasta que se consiguen los grandes resultados, como los que se deben á Díaz, Colón, Gama y Magallanes. De esta suerte de descubrimientos, que llaman poderosamente la atención de los hombres, preséntanse al principio como aislados é independientes del impulso de los siglos anteriores, y sólo cuando pasan las primeras impresiones de admiración y entusiasmo empieza la investigación de las causas que abrieron el camino á las grandes conquistas de la inteligencia. En este trabajo, los odios de nación á nación, el maligno placer de desacreditar y, sobre todo, la falta de buena crítica histórica dan frecuentemente importancia á hechos no comprobados, á creaciones de pura conjetura, que en ningún razonamiento científico se fundan.
Por lo dicho en el capítulo anterior puede apreciarse en su justo valor lo que nos resta examinar respecto á sucesos y opiniones que, según se cree, condujeron al descubrimiento del Nuevo Mundo, y creo que este examen puede llegar á ser fuente fecunda de útiles datos de relación, esclareciendo los hechos con nociones de historia y de geografía física, poco atendidas en estudios de esta índole.
Los hechos son la base principal de toda discusión sometida á una sana crítica, y su indicación es indispensable para que el lector pueda juzgar el grado de confianza que merecen los resultados obtenidos; especialmente cuando su interpretación tiene por objeto formar ideas generales acerca de las varias causas que han determinado la dirección de los descubrimientos y de los progresos del comercio marítimo.
Procuraré, en lo que voy á exponer, no extenderme inútilmente en puntos que han sido tratados hasta la saciedad, limitándome á lo que puede conducir en el actual estado de nuestros conocimientos á esclarecer de nuevo los hechos ó á nuevas combinaciones de datos históricos.
La aventura de Cabral, que en su viaje de Europa á la India, por la via del cabo de Buena Esperanza, fué sin querer arrastrado por las corrientes hacia el Oeste y llevado el 22 de Abril de 1500 á las costas del Brasil (tierra de Santa Cruz), ha hecho decir á Robertson, que en los destinos del género humano estaba el descubrimiento del Nuevo Continente á fines del siglo XV. Dejando á un lado la idea vaga del destino, cuando el mutuo encadenamiento de tantas causas y efectos no es difícil de reconocer, la filosofía y la historia nos muestran en todas las épocas grandes acontecimientos, de largo tiempo atrás preparados; pero lo que constituye el carácter distintivo de cada siglo manifiéstase en acción y somete los sucesos al imperio de una necesidad moral.
La expedicion de Alejandro á Persia y á la India, y la audaz energía de Lutero, favorecieron sin duda, la primera, el contacto del Occidente y del Oriente; la segunda, la emancipación del pensamiento. Pero era tal la situación de las cosas humanas en estas dos épocas memorables de la vida de los pueblos, que la caída del imperio de los persas y la aminoración del poder pontificio no podían retardarse. El contacto de las dos civilizaciones y la reforma religiosa, preludio de las reformas políticas, probablemente se hubieran realizado sin el héroe macedonio y sin el fraile de Wittemberg. Indudablemente, la grandeza de alma y la individualidad de los hombres superiores aumentan las probabilidades del éxito y aceleran y vivifican el movimiento; pero estos hombres superiores que parece inspiran su ideal á los siglos en que viven, obran bajo la influencia de las ideas dominantes en una época fecundada y engrandecida por otra época anterior. En la especial dirección del movimiento intelectual, en la simultaneidad de la voluntad, en la urgencia irresistible de necesidades verdaderas ó ficticias, fúndase la fuerza de impulsión, la necesidad y el poder de los acontecimientos que se realizan.
Fácil es comprender el carácter distintivo de la segunda mitad del siglo XV, de la época que precedió inmediatamente al descubrimiento de América. El progreso del lujo y de la civilización en el Mediodía de Europa produjo necesidades más apremiantes de los productos de la India. Los viajes por tierra, alentados por el fervor religioso de los sacerdotes budhistas y cristianos, por la política y por el interés comercial habían ensanchado el horizonte geográfico y la esfera de las ideas. Al mismo tiempo, el uso más frecuente de la brújula, debido al contacto de los árabes con la India y la China; y el perfeccionamiento del arte naval y de las ciencias que con él se relacionan, facilitaron los medios de emprender navegaciones lejanas.
En tales circunstancias debían nacer casi á la vez dos series de ideas que conviene distinguir cuidadosamente y que se relacionan ambas[233] á las tradiciones y á las conjeturas de la antigüedad clásica, cuyo interés reanimaban las íntimas relaciones de Sicilia, la Pulla y la Calabria con Byzancio, la provechosa influencia de algunos grandes hombres de Italia, por ejemplo, Petrarca, Boccacio y Juan[234] de Ravena, y la emigración de algunos sabios griegos, antes de que fuera destruído el Imperio de Oriente.
Comprendiendo en la denominación de _India_, por seguir el ejemplo de los Helenos, primero la Etiopía troglodítica y la Arabia, después las regiones ecuatoriales más lejanas de Africa, al lado de allá del _cabo de los Aromas_ (las regiones _cinamomífera_ y _mirrífera_)[235]; juzgando situadas, desde la dominación de los romanos, las riquezas de la India en las _extremidades de la tierra_, y, por tanto, en las costas meridionales y occidentales de Asia, la Edad Media alimentó la esperanza de llegar á esta afortunada zona, sea por la circunnavegación de Africa, sea por el camino directo del O., indicado por el conocimiento de la esfericidad de la tierra. Como era posible conseguir el mismo objeto por dos distintas vías, debieron nacer á la vez y nacieron dos direcciones de ideas y se desarrollaron progresivamente hasta la segunda mitad del siglo XV en que Toscanelli y Colón, Usomare y Díaz, abrieron, con igual certidumbre del éxito, los dos opuestos caminos.
El axioma de Herodoto, de que «las extremidades del mundo han obtenido (en el reparto de los bienes de la tierra) las producciones más bellas», no expresa únicamente la triste y, por lo mismo, natural idea en el hombre de que la felicidad está lejos de nosotros; fundábase también en la observación directa de lo distante que estaban las comarcas de donde los Helenos «habitantes de una zona templada» recibían el _electrum_ y el estaño, el oro y los aromas.
A medida que fueron conociéndose las costas del Asia meridional por el comercio de los fenicios, de los Edomitas del golfo de Acaba (d’Elath y de Ezion-Geber) y del Egipto, bajo la dominación de los Ptolomeos y de los romanos, recibiéronse los productos de primera mano, y en la imaginación de los hombres, las extremidades del οἰκουμένη con sus riquezas avanzaron al parecer hacia el Este.
Es digno de atención que hayan sido los árabes quienes han mostrado el camino de la India en dos épocas memorables en la historia del comercio de los pueblos, en tiempo de los Lagidas y de los Césares y en el siglo XV, en la época de los rápidos descubrimientos de los portugueses. Ophir y el Dorado de Salomón extendíanse hasta el Este del Ganges, y allí fué situada la famosa tierra de Chrysé que tanto preocupó á los viajeros en la Edad Media, y que unas veces aparece como isla y otras como parte del Quersoneso de Oro[236]. La abundancia de este metal que el archipiélago de la India, sobre todo, Borneo (Montradok) y Sumatra, dan todavía al comercio[237] explica la celebridad de esta región.
En la geografía sistemática de las comarcas lejanas, cerca de Chrysé, la isla de Oro, debía estar simétricamente colocada Argyré, ó la isla de Plata: así se reunían los dos metales preciosos, las riquezas de Ophir y de Tarsis (Tartessus) de Iberia.
Para los geógrafos árabes Edrisi y Bakui, los límites orientales del mundo conocido están marcados por la isla de arenas de plata, Sahabet y las islas auríferas Vac-Vac y Saïla (que no debe ser confundida con Ceylán ó Serendive) (Bakui, pág. 399; Edrisi, pág. 38), donde los perros y los monos llevaban collares de oro. Considerábanse estos grupos de islas como próximos de una parte á Sofala de Africa y de otra á los Sines (al Cathay), lo cual sólo puede comprenderse teniendo á la vista el mapamundi de la biblioteca Bodleyana en el que el mar de Hind se extiende de Occidente á Oriente, limitado por las costas paralelas de Africa y de Asia.
Todas las mediocres composiciones geográficas de la Edad Media, mezclando constantemente una falsa erudición clásica con algunas nociones tomadas de los itinerarios más modernos, presentan casi estereotipada la configuración extraordinaria y ficticia dada por Ptolomeo ó por sus inhábiles _continuadores_ (lib. VII, capítulos 2 y 3) al Quersoneso de Oro, un poco prolongado hacia el Sur; al _Sinus Magnus_ y á esa inmensa península de los Sines, en la cual están situadas Thinæ y Catigara.
Lo que hasta nosotros ha llegado de Diarios y cartas de Cristóbal Colón está lleno de reminiscencias bíblicas del Ophir y de recuerdos de Ptolomeo. Al elogiar pomposamente la utilidad y el valor moral y religioso del oro («con el qual se hace tesoro, y con el tesoro, quien lo tiene, _hace cuanto quiere en el mundo_ y llega á que _echa las ánimas al paraíso_»), Colón recuerda á la reina Isabel cómo el historiador Josepho nos enseña que el rey Salomón sacó su oro (666 quintales) de la _Aurea_ (quiere decir del Quersoneso de Oro) y afirma que la tierra de Veragua (al noroeste del istmo de Panamá), que en dos días le ha dado más signos de riquezas que la Española en cuatro años, es esa _Aurea_ de las Indias. «El oro que tiene el _Quibian de Veragua_ y los otros de la comarca, bien que segun informacion él sea mucho, no me pareció bien ni servicio de Vuestras Altezas de se le tomar por via de robo: la buena orden evitará escandalo y mala fama, y hará que todo ello venga al Tesoro, que no quede un grano»[238]. Anteriormente he hablado de «el misterioso fin del Oriente, donde está la _montaña_ Sopora[239], á donde para llegar tardaban los barcos de Salomón tres años, y que SS. AA. poseen hoy en la isla de Haïti.»
Durante el tercer viaje, en el que descubrió la costa de Paria, las ideas bíblicas dominan el ánimo de Colón. El sitio del Paraíso que acaba de hallar, y las riquezas del «país montañoso de Ophir (_Monte Sopora_), agitan su imaginación». En el cuarto y último viaje vuelven á preocuparle el Quersoneso de Oro, y las ideas de Ptolomeo aprendidas en las obras de Pedro d’Ailly y de Nicolás de Lira.
Un cambio de ideas de bastante importancia, que data del tiempo de la topografía cristiana de Cosmas, y que favorecieron los viajes por tierra en la Edad Media, es la opinión sistemática de llevar las riquezas de la India, las especias, los aromas, los diamantes y los metales preciosos á la parte más oriental del continente asiático. El Indicopleustes había dado á conocer las costas de los Tzines, bañadas por un mar oriental; los Sinæ de Ptolomeo estaban, al contrario, más alejados del Sinus Magnus. El mapamundi de Behaim pone á Chrysé (Crisis) y Argyré á la desembocadura del Ganges, más allá del meridiano de Java Mayor (Borneo?) hacia Zipangu, el Japón[240]. Hasta en el _Opúsculo geográfico_ de Myritius, dedicado á un comendador de Malta, el barón de Riedesel-Kamberg (Ingolst. 1590, pág. 128) encuentro «Zipangri olim Chryse dicta»; indicación tanto más notable, cuanto que, por la relación de Barros sabemos que á la vuelta de su primer viaje, el 4 de Marzo de 1493, vióse obligado Colón á entrar en el Tajo y á presentarse al Rey y á la Reina de Portugal, que de seguro no le tenían grande afecto, y parecióle oportuno hacer correr la noticia de «que venía de _Zipangu_, trayendo de allí[241] oro en abundancia».
En el globo de la biblioteca del Gran Duque de Weimar, que ya hemos citado como anterior al año de 1534, y en el que figura el istmo de Panamá atravesado por un estrecho (como se ve también en un mapamundi chino muy moderno de Lismingtchhe, publicado en 1820), Zipangu está 5° al Oeste de Veragua con la inscripción: _Zipangri ubi piper et auri copia_.