The Dragon of Wantley: His Tale
Chapter 1
A mi amigo el artista Francisco Laso
CANTO PRIMERO
Entre cuantas beldades, ora en prosa han sido celebradas, ora en rima, fue la mayor Doña Cristina Llosa, flor la más bella del jardín de Lima; que esta insigne ciudad, madre famosa de hechiceras beldades de alta estima, nunca engendró ni engendrará ninguna que tantas gracias y atractivos una. Breve boca de perlas y de grana; reluciente mejilla que púrpura con sus pinceles la Salud lozana; frente de lirios y de nieve pura: hermosura ninguna circasiana la igualara en las rosas blancura, que cierto no es que pálida o trigueña sea por fuerza la beldad limeña Díganlo mil a quienes Lima hoy debe el no perder su fama gloriosa, y en cuya faz, entre la blanda nieve, arde perenne la purpúrea rosa: dilo, tú, copia de la joven Hebe, de cuya tez fresquísima y lustrosa la imagen fiel contemplará quien eche hojas de rosa sobre blanca leche. Y dilo, ingrata, tú cuya cadena ha tanto tiempo que cautivo arrastro, con quien se ennegreciera la azucena y se ebanificara el alabastro: ni tan blanca su faz, tranquila y llena, muestra en verano de la noche el astro, citando la noche, con la luz que envía, es un segundo, pero fresco día. Tú, cuya pura virginal mejilla carmín delicadísimo colora, que al encendido rosicler humilla que tiñe las mejillas de la Aurora, por quien de envidia tornase amarilla la hija más bella de la bella Flora, cuando en campos que pinta primavera es reina de las flores altanera. Mas, aunque hablar de ti me sea grato, y pintar tu hermosura peregrina, preguntará el lector si acaso trato, en lugar del retrato de Cristina, de hacer en estos versos tu retrato; y como ella es ahora mi heroína, es bien que vuelva el verso de contado a seguir el retrato comenzado. Tuviera envidia a su flexible cuello el ave dulce que su muerte canta: su copioso larguísimo cabello hollarle puede su pequeña planta Dejárase por pie tan breve y bello hollar Amor gustoso la garganta: mas ya estoy en los pies ¡grave descuido! Cuando el semblante aún no he concluido. Su nariz (que es facción que vez muy rara se halla buena, de modo que nos mueve a rabia ver en tina hermosa cara luenga y corva nariz, o chata y breve) ni un punto de la línea se separa que una nariz perfecta seguir debe, y no fuera, a compás y a cincel hecha, ni más proporcionada ni derecha. Hasta la negra Envidia, a su despecho, la linda mano de marfil alaba, y el brazo hermoso y más hermoso pecho: mas ¡ay! que lo mejor se me olvidaba: sin ojos ¿qué retrato habrá bien hecho? mas, como ésta concluyo, en la otra octava sus ojos, buen lector, podré pintarte, que bien merecen una octava aparte. mas no atino a pintar, te lo confieso, esas oscuras vívidas centellas, y conozco que anduve bien sin seso en, prometerte la pintura de ellas; que es poco, aunque parezca grande exceso, decir que soles son, que son estrellas; y así nada diré, pues que me agrada mas que poco decir, no decir nada. En fin ella era tal, que dificulto que otra tan bella en todo Lima hoy halles, y esto aquí sea dicho sin insulto de tantos bellos soberanos talles: a verla y dar a Dios ardiente culto se paraban las gentes en las calles, exclamando: Bendito el Señor sea, ¡que tan divinas hermosuras crea! Mas, como no hubo ni hay nada perfecto en este bajo mando, borrón era de tantas perfecciones un defecto: ser la mujer más vana y altanera y más contraria al amoroso afecto que se ha visto jamás o verse espera, pues quien le dio de la beldad la palma olvidó darle un corazón y un alma. Y así, por dentro despiadada y cruda, la aparente beldad engañadora era estatua, de espíritu desnuda, era flor, si bellísima, inodora; pintura hermosa, pero inerte y muda, rico palacio donde nadie mora, suntuoso templo, de su dios vacío, bello cadáver, insensible y frío. Ansiaba merecer su blanca mano de galanes un número infinito: pero siempre su afán les salió vano; que al que el imperdonable atroz delito de pintarle su amor ciego y tirano osase de palabra, o por escrito, anhelando a los vínculos nupciales, colérica negaba sus umbrales. No valía con ella cosa alguna para que depusiera su dureza: buen nombre y opinión, ilustre cuna, valor, ingenio, honores y belleza, y hasta los mismos bienes de fortuna todo lo despreciaba su altiveza: ni ya más circunstancias enumero, dicho que despreciaba hasta el dinero. Nada puede vencer su horror secreto a Cupido, a quien teme al par que a Marte; no fue el dios niño de más odio objeto a la insensible bárbara Anaxarte; ni la cruda beldad de quien Moreto, con tan vivo pincel y feliz arte, pintó el desdén en la española escena, fue a la amorosa llama más ajena. Una vïuda ya y anciana tía, que de madre en lugar siempre ha tenido, de continuo, a elegir la persuadía entre tantos amantes un marido; mas la doncella con tenaz porfía a su prudente voz negaba oído: oigamos cómo la habla y aconseja, algunas veces la sensata vieja: «¿Por qué la edad de los amores tierna así malogras, y eximirte quieres de aquella ley universal y eterna que encadena varones y mujeres? Amor es el monarca que gobierna con blandísima ley todos los seres: amor, después de Dios, es el segundo conservador del venturoso mundo. »En aire, tierra y mar, pez, bruto y ave sienten de Amor las fecundantes llamas; plantas y árboles aman, en süave lazo uniendo las ramas a las ramas; amar la dura piedra también sabe, ¡y sola tú en el universo no amas, y tú monstruosa indiferencia sola la eterna ley del universo viola! »Ansiosa de lograr tu blanca diestra, la nobleza de Lima te visita, y a porfía su amor cada cual muestra, y agradarte a porfía solicita: pero tú, a todos a la par siniestra, con la crueldad más negra e inaudita, fieros desdenes sin cesar les haces, despreciando el honor de sus enlaces. »Pero, al eres discreta, dime ¿dónde, aunque le busques por el mundo entero, hallarás un esposo como el conde don Fabricio de Zúñiga y Guerrero? Lo galán y discreto, corresponde en él a lo valiente y caballero: por él suspiran todas las limeñas, y tú sola le esquivas y desdeñas. »Mas al tiempo veloz, que no reposa, el persuadirte a costa tuya dejo: cuando tan fea cuanto es hoy hermosa tu cara mires en el fiel espejo, sin esperanzas ya de ser esposa, dirás arrepentida: buen consejo me daba cuerda mi difunta tía, ¡y yo, necia de mí, no la creía!» Pero la interrumpía su sobrina diciendo: «Será acaso devaneo, mas la naturaleza no me inclina al amor, ni a los lazos de himeneo: deja que goce libertad divina que a toda costa conservar deseo: que viva deja, déjame que muera en el feliz estado de soltera. »Si del placer es para ti la fuente y el alma de la tierra y de los cielos, Amor es para mí tan solamente padre de las rencillas y los celos; él es del llanto el manantial ardiente, él cría las sospechas y desvelos, y en fin él es la causa y el origen de cuantos fieros males nos afligen. »Fuera de esto, a tu gusto en todo cedo; mas te digo, por mucho que te asombres, que vivo, ni pintado sufrir puedo al odioso linaje de los hombres: todos ellos me causan odio y miedo: si me amas, ni siquiera me los nombres, que es cual si me nombraras los demonios, ni me propongas nunca matrimonios. «¡Tener yo amor! ¡yo de un tirano fiero que marido se llame ser esclava! ¡Yo ser vasalla del Amor! primero que me hiera una flecha de su aljaba, mi pecho rasgue matador acero!» Y tanto enojo y furia demostraba, que la anciana callábase prudente, compadeciendo su furor demente. Mas llegó un tiempo en que, de ver corrido que a domar tal soberbia nada alcanza, bien como suya, imaginó Cupido una feroz y bárbara venganza, sacándola de tino y de sentido con un extraño amor sin esperanza, en el cual escarmiente el mundo, y huya de ofender tal deidad como la suya.
CANTO SEGUNDO
Es de saber que a Lima entonces vino para la noble tía una pintura, obra maestra de pintor divino, de tal celeste gracia y hermosura, tan natural y viva, que no atino, por mucho que mi ingenio lo procura, su mérito a expresar remotamente, ni lo lograra pluma más valiente. Representaba a aquel que la manzana dio a Citerea; y nunca tan hermoso pareció ante la adúltera Espartana que, turbando a dos mundos el reposo, huyó ciega con él a la troyana ribera, abandonando al rey su esposo, su patrio Eurotas y su infante prole, cuanto hermoso allí el arte retratole. Y es, tanta la verdad del colorido, y tal bulto aparenta y tal relieve, que, del fondo del cuadro desprendido, parece que respira y que se mueve: espera las palabras el oído; y para que a la vista su error pruebe y la convenza de que es lienzo plano, preciso se hace el aplicar la mano. Apenas le miró la humana fiera, cuando, sin saber cómo, en un instante, siente ablandarse y convertirse en cera el pecho de durísimo diamante; cual si echado raíces allí hubiera, enclavada detiénela delante del cuadro que figura al Pastor Frigio la fuerza irresistible del prodigio. Fija la vista en él, no pestañea, y ni un punto los ojos dél aparta, que, mientras más le mira, más desea mirarle, de mirarle jamás harta: mas en verle, pintado, se recrea, que, vivo, un tiempo la beldad de Esparta, cuando el ofendido Menelao los alejaba voladora nao. Y por mirar a Paris, no repara en Citerea, en Juno y en Minerva que hacia él avanzan con nobleza rara a hacerle juez de su contienda acerba. Su gran belleza diosas las declara; pero Cristina su atención reserva, sin hacer caso del divino grupo, para aquel solo que hechizarla supo. Y sin color, y sin aliento, y muda, tanto en mirar al cuadro se extasía, que de si vive o de si muere en duda quien la viera en tal acto quedaría: su propio ser en el que mira muda, e, inmóviles entrambos a porfía, la creyeras inánime escultura, o pintura mirando otra pintura. Un amor desde entonces infinito de su alma y sus sentidos se hace dueño: le es tósigo el manjar más exquisito, y en blandas plumas la desoye el sueño: ya el lozano frescor se ve marchito del semblante purpúreo y marfileño: ya no es más que la sombra ¡ay Dios! de aquella tan vana y desdeñosa cuanto bella. Pendiente del retrato noche y día de ella le pide que por fin se duela, y tanto se afervora y desvaría, que lo abraza y lo besa, muda tela hallando solo, indiferente y fría, en vez del hombre que encontrar anhela; como, en vez de mujer, hallaban antes una insensible estatua sus amantes. «¡Qué leo! ¡enamorarse de un retrato! (No faltará lector que esto me diga) ¡No, no es posible amor tan insensato!» Mas es bien considere que castiga el corazón durísimo o ingrato de su vana o indómita enemiga El vengativo Dios, que bien pudiera castigarla con pena más severa. A más, tan imposible no es la cosa como parece, pues contino vemos a mil prendados de una necia hermosa hacer los más ridículos extremos por el cuerpo sin alma de una diosa; y tú, lector, y yo tal vez estemos enamorados de mujeres fatuas que más bien que mujeres son estatuas. Todo lo pueden el amor y el oro; y en las historias de otros tiempos hallo que Pasifae se prendó de un toro y Semíramis quiso a su caballo; con otros casos mil que, por decoro y por huir prolijidades, callo; y harto de Amor las fuerzas testimonia la reina de la antigua Babilonia. Y si ella amó al corcel, y Pasifae se enamoró de la cornuda fiera, en rareza menor Cristina cae, que el retrato de un hombre ama siquiera, la semejanza fiel es quien la atrae, que del pincel la magia es de manera, que tal vez, al copiar, ya no es distinta de la viva figura la que pinta. Y si el efecto o ilusiones raras que obran las realizadas fantasías de las artes, lector, dificultaras, te diré que en Madrid por muchos días (y eso que hay en Madrid muy buenas caras) me enamoré de la hija de Herodias, que viva al lienzo trasladó Ticiano, y no es pintura, sino rostro humano. Y aunque debiera darme horror y espanto verla con la cabeza del Bautista infame premio de su danza tanto supo hermosearla el inmortal artista, que a su beldad y voluptuoso encanto no hay duro corazón que se resista; y de ella me prendé, como pudiera de alguna mujer viva y verdadera. Y todas las mañanas al Museo íbame a devorarla con los ojos: aún me parece que ante mí la veo con esos entreabiertos labios rojos; aún contemplar esa garganta creo y aquella espalda, del amor antojos; aun es de mis deseos acicate la fresca carne que, cual viva, late. Y del Corregio y del pintor de Urbino amé también las hijas hechiceras, y tendrás por mayor mi desatino, si el que están en el suelo consideras que el mar circunda y parte el Apenino, y en donde el sexo hermoso lo es de veras, no como en otras partes donde creo que debiera llamarse sexo feo. Prendome sobre todo la divina hermosura de aquella Galatea que ostenta la orgullosa Farnesina, y que en su concha en triunfo se pasea por la extensión pacífica marina: copiola el Sancio de su propia idea, cuando, de perfección en tanto anhelo, no le bastaba terrenal modelo. Pero, ¿qué corazón la más que humana beldad, no dejará de amor cautivo, de alguna, o Venus, o Minerva, o Diana, marmóreas hijas del cincel Argivo? Y de ti, oh de las Venus soberana, Venus de Milo, enamorado vivo, sintiendo que en el mundo las mujeres no sean tan hermosas cual tú lo eres. Ni olvido a Pigmalión que, no contento de terrena beldad, estatua labra a quien da cuanto finge el pensamiento, y a quien falta tan sólo la palabra: y al contemplar tan mágico portento, es fuerza que el Amor el pecho le abra, y que, prendado de su propia hechura, ciñan sus brazos una piedra dura. Y a Venus sin cesar sus preces manda para que anime estatua tan hermosa; hasta que, oyendo su tenaz demanda, compadecida la potente Diosa le da que el mármol duro en carne blanda se cambie, descendiendo amante esposa, el tálamo dichoso la reciba, esculpida mujer, estatua viva. Mas del arte apartándonos ahora, si a amar empieza una mujer cualquiera, ¿de qué es de lo que el hombre se enamora? No ya de su belleza verdadera; el propio parto de su mente adora, enamorado está de una quimera, que perfecta y divina se figura y más hermosa aún que la Hermosura. Si pues es nuevo Pigmalión cada hombre que se enamora de su propia idea, ¿quién habrá que se admire y que se asombre del amor de Cristina y no lo crea, y a mí me dé de mentiroso el nombre? Mas Cristina me llama y me desea, por que tanto su duelo no dilate, y dél la libre o de una vez la mate. ¿Qué fue de esa Cristina tan hermosa, altiva reina de sumisa corte, la mujer mas altiva y desdeñosa que se pudo encontrar del Sur al Norte, la que, cual ángel o celeste diosa, despreciara un monarca por consorte? ¡Ah! que hoy suspira, de un retrato esclava, la que a todos los hombres desdeñaba. Ardía todo Lima en sus amores; do quier seguían sus esquivas huellas más amantes que Mayo cría flores o noche de verano enciende estrellas; pues la que ansiaban tantos amadores, la que envidia causaba a las más bellas, hoy en profunda soledad se mira y sólo triste compasión inspira. Así a veces se queja en mal tamaño, mientras vierte de lágrimas un río; «¿cuándo un amor se ha visto tan extraño, tan vano o imposible como el mío? ¡Ay! que yo soy la causa de mi daño: yo con mi orgullo y mi desdén impío merecí del Amor este castigo y esta venganza atroz que usa conmigo. «Oh tú que así de amor me tienes loca, ¡Quién pudiera infundirte el alma y vida! ¡Quién amores oyera de tu boca que a besos que no vuelve me convida! ¡Quién en tu pecho, que hoy en vano toca mi ardiente pecho en que el amor se anida, pusiera un corazón cuyos latidos vibraran con los míos confundidos! « ¿Por qué no mueves hacia mí tus plantas, cuando te buscan las ansiosas mías? ¿Por qué nunca a mi encuentro te adelantas, cuando te vengo a ver todos los días? ¿Por qué tu eterna cárcel no quebrantas? ¿De tu inmovilidad nunca te hastías? Baja, baja por fin, baja al momento a la vida, al amor, al movimiento. «¿Por qué me miras con tan dulces ojos, si nada sientes, ni me pides nada? ¿Por qué sonríen esos labios rojos, si está la voz en ellos sepultada? ¿Por qué, sin que te apiaden mis enojos, ni tu dureza mi pasión invada, te miro, a mi dolor indiferente, en el mismo ademán eternamente? «Baste ya, baste, y con mi ardor despierto, oye por fin la voz con que te llamo; ese labio que ríe entrëabierto de abrir se acabe, y me repita: te amo; anime un corazón tu pecho muero, que responda al anhelo en que me inflamo, y al fin abiertos tus inertes brazos mi cuello ciñan con amantes lazos. «Mas, aunque sé que eres un vano lienzo que con sombra y color animó el arte, y aunque me asombro siempre y avergüenzo, conociendo lo que eres, de adorarte, con nada mi pasión combato y venzo; nada ha podido ser, ni será parte a que, aunque tengan vida verdadera, mi amor a los demás no te prefiera. «Pero ¿qué digo? acaso fiel traslado, copia de un hombre verdadero fuiste, ¡y vive de beldad ese dechado, y aquella gracia celestial existe! Y no sospecha que de mí es amado, y que por él yo me desvivo triste; que, si mis ansias y mi amor supiera, también me amara, por piedad siquiera. «Mas, ¿dónde, dónde vives, alma mía? ¿Qué dichosa región tal joya encierra? ¡Ah! ¡yo, sin descansar noche ni día, pasando mar, desierto ardua sierra, a pie, mendiga, sola, llegaría, a las extremidades de la tierra, si al fin supiera que en alguna parte del ancho mundo me era dado hallarte! «Mas ¡ay! es imposible que en aqueste planeta vil tanta belleza exista, y del Levante hasta el extremo Oeste jamás la hallara la anhelante vista; subió inspirado a la mansión celeste el alto numen del sublime artista, vio al más bello ángel, y al volver al suelo, fiel le copió para mi eterno duelo. «¡Ay! que así delirando, el fiero dardo ahondo más en la enconada llaga, y, tanto apeteciendo, nada aguardo que mi ardiente deseo satisfaga! acelera hacia mí tu vuelo tardo, oh tú, consoladora dulce maga, porque de tanto mal en el asedio, eres, oh Muerte, mi único remedio». Y así diciendo, pronto a las usadas caricias torna, y a los vanos besos y a los llantos y quejas no escuchadas y a todos sus inútiles excesos: sólo le puede hablar con las miradas, los miembros todos en la tela presos, la idolatrada imagen, y con esta habla muda tan sólo le contesta. Pero tú, pero tú, que desconoces mi sincera pasión, ni con el habla de los ojos respondes a mis voces, más insensible que pintada tabla a mis tormentos duros y feroces: mi amor en vano a tus oídos habla un idioma ardentísimo de fuego: vencer no logro tu fatal despego. Vano es mi dulce lisonjero halago, vana de amor toda patente prueba: tú miras de mis lágrimas el lago, sin que su vista a compasión te mueva; y en vano el gusto te adivino, y hago en cada día una fineza nueva: nada te infunde el alma y sentimiento: soy cual la triste cuya historia cuento. Y tanto fue creciendo su manía, que, privada de sueño y de sustento, consumiendo se fue de día en día, y se quedó cadáver macilento que el más crüel a compasión movía era sólo su vida un morir lento, un doloroso agonizar constante, un arrancarse el alma a cada instante. Acongojada la amorosa dama, mirando adolecer a su sobrina, facultativos, numerosos llama, insignes por acierto y por doctrina, para que den salud a la que ama: mas, ¿qué maravillosa medicina, o qué ignorada yerba el pecho cura de la amorosa pertinaz locura? ¿Qué específicos raros, qué cordiales podrán curar del alma la dolencia, cual se curan dolencias corporales? ¿Cuándo los hombres lograrán la ciencia que sane del espíritu los males y del dolor aplaque la violencia, y que corte del alma el amor fiero cual corpóreo tumor corta el acero? ¡Ay! que ni hierro tajador, ni fuego, de un alma arranca, en el dolor sumida, el obcecado amor, rebelde y ciego, que se arraiga en las fuentes de la vida; y, aunque es para el Amor frívolo juego, con nada cierra la profunda herida que abre su aguda envenenada flecha, cuando la asesta al corazón derecha. La rica anciana que jamás fue avara vanamente ofreció toda su hacienda al que a Cristina la salud tornara, guardando a su vejez tan dulce prenda: mas de dolencia tan profunda y rara no hay quien la causa ni el remedio entienda, y de curar tentados cuantos modos enseña el arte, la desahucian todos. Se desespera la infeliz señora viendo que su Cristina se le muere, y noche y día sin consuelo llora, y con ella morir a un tiempo quiere; triste contempla a la que tanto adora mirar al cuadro que de amor la hiere con tan viva atención, cómo si fuera cada vez que le mira la primera. Y tal vez a su pecho la estrechaba, y en sus labios mil besos imprimía, y consuelo infundirle procuraba, y los nombres más dulces le decía; lágrimas con sus lágrimas mezclaba suspiros con los suyos confundía, y los más crudos pechos que las vieran en lágrimas también se deshicieran. Y así en tan crudas ansias veladoras y en penas y congojas tan impías, vio Cristina lucir tristes auroras, vio Cristina cerrar noches sombrías; hasta que el mudo vuelo de las horas y sucesión eterna de los días, el término cumpliendo de dos años, puso fin a tormentos tan extraños. Pues el Amor, al cabo satisfecho de horrible castigo que le ha dado, y del estrago en sus encantos hecho compadecido, y de su triste estado volver resuelve al dolorido pecho, que ya purgó bastante su pecado, la paz perdida, y fue de la manera que saber puede quien saberla quiera. Pues conocer el fin de su congoja no te puede costar mayor trabajo, lector querido, que voltear la hoja, si es que un instante el cuento te distrajo y mi estilo al contarlo no te enoja, que encumbro a veces y que a veces bajo y si esta parte entristecer te hace, espera un venturoso desenlace. Mas, si en esta mi historia lo que enfada son tantas digresiones por ventura, cual río, que, vecino a su llegada, al inmenso océano se apresura, así mi narración acelerada irá al cercano fin en derechura; y si en más digresiones tú reparas, serán, lector, tan cortas como raras.
CANTO TERCERO