Cristina, o sea Venganza y perdón de amor
Part 2
En aquella sazón llegó de España con el nuevo virrey un caballero, de belleza tan grande y tan extraña, que contentara el gusto más severo: ningún lunar su perfección empaña, y ni la misma Envidia le halla pero, junto a él de Belveder fuera el Apolo sombra y bosquejo de beldad tan sólo. Pintártelo, lector, me proponía; pero no es bien que retratar presuma con mi descolorida poesía su noble gracia y su belleza suma: para pintarlas, menester sería que se cambiara en un pincel mi pluma, aunque hay plumas también que son pinceles que igualan los del Sancio y los de Apeles. Y plumas suele haber tan superiores, que, al pintar una cosa, linda o fea, convierten las palabras en colores: ¡Lástima que la mía no lo sea! Y así no puedo dar a mis lectores sino una vaga o imperfecta idea, bosquejo débil y no fiel traslado, del hermoso Español recién llegado. Con el retrato a quien Cristina adora mi admiración tan sólo le compara; y del uno y del otro, a lo que ahora se puede ver, la semejanza es rara: mas, si hay tal semejanza asombradora, yo te diré que la razón es clara, pues es muy natural, lector sensato, que un hombre se parezca a su retrato. Que, al pintar al adúltero Troyano, el artista le tuvo por modelo; y para hallar modelo más cercano a suma perfección, con vano anhelo no sólo recorriera el reino hispano, sino también el ámbito del suelo; y, si hermoso el retrato parecía, él era más hermoso todavía. Más de una carta de favor traía para la que madre es de la cuitada, y a señora tan noble y de valía fue solícito a ver a su llegada; t, como ni un instante se desvía Cristina de la imagen adorada, al pie del cuadro, y en la sala sola, el extranjero joven encontrola. No notó ella su entrada, que a la puerta la espalda daba, el cuadro de hito en hito mirando: llama aquél por que lo advierta la que niega a sus ojos el palmito; ella, al cabo, de su éxtasis despierta, y volviendo la cara, lanza un grito, viendo al retrato que ama al otro lado en un hombre bellísimo encarnado. Y un sueño le parece, una mentira que le finge su mente alucinada, y ahora al vivo, ahora al pintado mira, devorando a los dos con la mirada; de verlos juntos más y más se admira, y no sabe cuál es quien más le agrada, aunque a creer que agrádale comienzo mas el hombre de carne que el de lienzo. Y ¡qué ansias vivas y qué impulsos siente de correr desalada al joven bello, y estampar en su boca un beso ardiente y con sus brazos enlazar su cuello! Mas se reprime, que, aunque eternamente al retrato acaricia, pasa aquello con un retrato o una estatua hermosa; mas con un hombre vivo, es otra cosa. Aunque habrá muchas que me arguyan que eso hacerlo con un cuadro, es manifiesto indicio de simpleza y poco seso, y que es más natural y en razón puesto a algún hombre abrazar de carne y hueso, aunque no sea de tan lindo gesto, que al lienzo más hermoso bello busto, los cuales ni reciben ni dan gusto. El Español en tanto la saluda y dice: Bella niña, Dios os guarde: ella va a hablarle de su pena aguda y del amor en cuyas llamas arde; pero la lengua se mantiene muda, y el natural pudor la hace cobarde, y le detiene a la mitad la planta que presurosa al joven se adelanta. Y, cuando advierte que hacia el joven iba, sí el pudor celeste profanando, Tiñe la blanca faz en grana viva, al suelo las miradas humillando; al fin de allí se escapa fugitiva, al hermoso Español maravillando que, al ver tal porte, con razón no poca la califica rematada loca, Mas, quedándose solo, al fin repara en lo que representa la pintura, en que antes, claro está, no reparara por mirar a la viva criatura; en ella al punto conoció su cara y su propia persona y apostura, hallándose tan fiel en el cotejo, como si se mirara en un espejo. Entonces algo a sospechar comienza de la verdad de tan extraño caso y a entender la atención y la vergüenza de la doncella de juicio escaso; otra vez llama, y antes que le venza el tedio de aguardar, con presto paso salió, y con la mayor cortesanía le recibió la cariñosa tía. Sin quedar de su trato enamorado, el joven de la vieja no se aparta: venir con el virrey, ser su privado, causa es de agrado y de atenciones harta; y a tantas cartas de favor añado la que fue de favor la mejor carta: el gentil parecer y la belleza, carta que da al nacer naturaleza. A todos se dirige el sobrescrito, cual primitivo universal lenguaje, y por ella el viajero y el proscrito hallan más blando y fácil hospedaje; no hay pueblo alguno de tan fiero rito que al extranjero hermoso no agasaje: ¡Irresistible magia que conquista los corazones a primera vista! Mas ya la triste enamorada espera y a confortarla empieza la esperanza, esa maga tan dulce y lisonjera que todo mal a suavizar alcanza: bastó que entre retrato y hombre viera una grande perfecta semejanza, y aguarda ya, por mucho que le cueste lo que de aquél no pudo, lograr de éste. Y torna nuevamente a amar la vida, y la muerte espantosa no desea, ni a venir con instancia la convida para que en trance tal su alivio sea: ya la tiene de nuevo aborrecida y ya de nuevo le parece fea, y considera que es aún muy joven para que penas el vivir le roben. Y se imagina con terror y espanto verse envuelta en la fúnebre mortaja, y, de los monjes al solemne canto, ser conducida en la mortuoria caja a la eterna mansión del Camposanto; y le parece con horror que baja al hondo seno de la oscura tierra que ya sobre ella sus abismos cierra. Y como ya no es tanta su tristeza, y como el alma admite algún consuelo, ya su salud a florecer empieza, y el ayuno ya cesa y el desvelo; a retoñar principia su belleza, cual planta, muerta con el crudo hielo del invierno, en la nueva primavera día a día sus galas recupera. El hermoso Español la extraña historia de Cristina infeliz bien pronto sabe, (que en Lima hasta a los niños es notoria) y entiende que la abruma el peso grave de la cruda venganza y la victoria del dios que tiene en su poder la llave de todos los humanos corazones y envuelve lo creado en sus prisiones. Primero el tierno corazón se apiada del infeliz estado de Cristina, y el verla de su imagen tan prendada a justa gratitud después le inclina: no era además de su beldad pasada, cuando él la llegó a ver, tal la rüina, que no pudiese conocer cualquiera que igual no tuvo su beldad primera. Y torna a ver a la afligida presto y la halla menos triste y más bonita, y más le va gustando por supuesto: cada vez es más larga la visita: ella entre tanto con rubor honesto calla del pecho la amorosa cuita, mas la dicen sus ojos mal su grado, que son lenguas que nunca se han callado. Cuando, ausente el que adora, mira atenta de su retrato la beldad divina, no como antes el verle la atormenta, porque su amor en él ya no termina, sino que pasa a aquel que representa y a quien ver en el lienzo se imagina: ya no ama la pintura en ella propia, sino en aquel cuya belleza copia. Ya con primor se toca y atavía, y vuelve a usar de femenil adorno, y en públicos paseos extasía la muchedumbre que se apiña en torno: cobra una nueva gracia cada día; ya parecen de nuevo hechos a torno los blancos brazos, y la mano blanca compite ya con el jazmín que arranca. Torna el pecho turgente a ser cual onda de mar tranquilo que en la blanda orilla va y viene, y la garganta ya redonda se muestra, y purpurina la mejilla; mas no encuentro expresión que corresponda a tan perfecta hermosa maravilla, que a la Cristina de otro tiempo excede es lo más que mi verso decir puede. Que, si cual hoy, entonces la doncella. más perfecta y hermosa fue de Lima, entonces fría estatua se vio en ella, y hoy es belleza que el amor anima; pues, para que una bella sea bella, es necesario que el amor le imprima esa expresión de espiritual dulzura que él sólo puede dar a la hermosura. Que, cuando un crudo pecho el amor doma y en sus fuegos lo abrasa, de repente animada expresión el rostro toma, en vez de la primera indiferente: hablan los ojos silencioso idioma como el que hablan los labios elocuente, y, sin que el labio a los acentos se abra, iguala la sonrisa a la palabra. Ya es cual la flor que a su belleza junta la fragancia más pura y exquisita, es la hija de Jair, cuya difunta beldad la voz de Cristo resucita, la estatua a quien la diosa de Amatunta traslada el fuego que su pecho agita; palacio donde mora un rey potente, templo que anima la deidad presente. Mas creció su belleza, si incremento tanta belleza recibir podía, de ser amada con el gran contento y la felicidad y la alegría; del cuadro a vista, el Español el cuento a la atenta Cristina refería de haber él sido (que amistad lo ordena) vivo modelo del raptor de Elena. Y añadió: «¿Quién entonces me dijera que, atravesando un día el océano, y que, viniendo a Lima la hechicera desde el distante suelo castellano, antes que su modelo, conociera vuestro divino rostro soberano, y en vuestros lares mereciera abrigo, la obra dichosa del pintor amigo! «Si copia fiel de la hermosura, vuestra, sol cuya luz ni leve nube empaña, hecha por mano primorosa y diestra, llevado hubiera a la feliz España la más divina y portentosa muestra de la tierra gentil que el Rímac baña, y las beldades mágicas que cría ¡esta nueva mejor Andalucía! «Si anticipado hubiéranme los fieros hados, conmigo tanto tiempo avaros, el celestial placer de conoceros, y la inefable dicha de adoraros, en copia sólo me bastaba veros, ¡oh divina belleza, para amaros, y a vuestras plantas con fervor rendiros del alma los más íntimos suspiros!» Dice, y cayendo ante sus pies de hinojos, la de Cristina con su mano toca: ella, encendidos los claveles rojos de las mejillas, calla con la boca, hablando sólo con amantes ojos, que toda voz a declarar es poca lo que sintiendo están entrambos pechos, al gran tumulto del amor estrechos. Con miradas de imán vence y fascina y atrae el uno al otro dulcemente, y el uno al otro más y más se inclina; ya se junta una frente a la otra frente; de la joven la boca purpurina toca del Español el labio ardiente, y atados quedan en un largo beso, de amantes brazos cada cuello preso. ¿Quién dulzura dará a mi pobre verso con que la dicha de sus almas cante? Un día de otro día no es diverso: es todo el tiempo un venturoso instante. Ante ellos desparece el universo; para cada feliz amado amante es el otro feliz amante amado el solo ser que existe en lo creado. ¡Dulcísimos coloquios donde suena sin cesar el tan dulce: «yo te adoro», bien a Cristina le pagáis su pena, y su cruel desesperado lloro! No envidia ya, de regocijo llena, del cielo santo al más dichoso coro, que no ha dicha mayor en lo creado que la dicha de amar y ser amado. Y Cristina a su amante dice a veces: «puesto que el cielo el bien me ha concedido que no le osaban demandar mis preces, mi tormento feroz echó en olvido; y, aunque he apurado del dolor las heces, no siento el haber tanto padecido, pues del pasado mal me recompensa de amar amada la ventura inmensa. «Cuando miro el placer que mi alma endiosa, oh dulce dueño, cuando estoy contigo, el tiempo de soberbia desdeñosa, en que he vivido sin amar, maldigo... Mas fue mejor mostrarse de amorosa pasión el pecho entonces enemigo, porque así, de tu amor cual adivina; para ti sólo se guardó Cristina. «Si tanto te adoré sin conocerte; y sólo por imagen y traslado, cuando te reputaba tela inerte y vano ser por el pintor ideado; ¿cómo habré de adorarte, hoy que la suerte me da mirarte vivo, aquí, a mi lado, y que tú, agradecido a mis amores, con igual frenesí también me adores? «Y pues el amor tanta dulzura, y sin amor la vida no comprendo, y es el mundo desierta sepultura de cuantos sin amor viven muriendo, mientras aquí nuestra existencia dura, gocemos en amarnos, y no siendo sino un alma en dos cuerpos, ni la muerte consiga desatar lazo tan fuerte». Y el amoroso joven respondía: «no más recuerdes, adorado dueño, el tiempo de tu loca idolatría, y el vano ardor y el insensato empeño con que, prendada de la imagen mía, te consumiste cual ardiente leño, la gran belleza reduciendo a sombra que Lima entera su ornamento nombra. «¡Ah! cuando pienso en el horrible duelo que te hice padecer, aunque inocente, de haberte amado el imposible anhelo el corazón me abrasa vanamente. ¡Quién entonces a tu amor diera consuelo, adelantando nuestro bien presente! ¡Cuántas veces, en vano, he deseado que cambiar se pudiera lo pasado! «¡Y consumiendo tal belleza estuve, sin yo saberlo! ¡y el divino rostro, que fiel retrata el de inmortal querube, y a cuya vista, idólatra, me postro, por mí velaba del dolor la nube, amortecidos el jazmín y el ostro! ¡Y por mí se quejó la dulce boca que el beso de los ángeles provoca! «¡Y fue por mí por quien de amargo llanto desperdiciaron cristalinos mares los grandes ojos que me abrasan tanto, que sufriera peligros a millares y arrostrara mil muertes sin espanto, para que ni el menor de los pesares, ni la pena más leve y pasajera, una lágrima sola les bebiera! «Mas, pues ni el mismo Dios cambiar pudiera los días que pasaron, yo te juro que horas de amor y dicha placentera solo habrá de brindarte lo futuro: adorarte será mi vida entera, y de la tumba ni en el seno oscuro podrá nunca extinguirse el amor mío, que alma será de mi cadáver frío! «Del dilatado y hórrido tormento que el cielo vengador enviarte quiso será mi amor el inmortal descuento: yo tu esclavo seré, tierno y sumiso, y obedecer tu oculto pensamiento en la tierra será mi paraíso». Así la adora, y entre tanto extática oye Cristina la amorosa plática. Con silencio expresivo le contesta, ni consiente su gozo que más hable; y le mira entre amante y entre honesta, con celeste expresión inenarrable: es para ambos la vida eterna fiesta, una ilusión divina y perdurable, un sueño celestial y permanente, el mismo siempre y siempre diferente. ¿Quién dirá cuál se alegra y regocija la tan discreta cariñosa anciana, al ver a la que siempre amó cual hija de una y otra locura por fin sana? Alegres ojos en los novios fija, y los bendice con la diestra ufana, rogando que el Eterno les conceda una vida tan larga como leda. Al fin lució la aurora en que el divino Himeneo encendió la pura tea, uniéndolos con lazo diamantino que hasta la muerte duradero sea. Es el virrey el ínclito padrino; Lima toda en las fiestas se recrea, siendo alegres y ricas entre todas aquellas nobles venturosas bodas. Guardaron sus afectos amorosos, en paz viviendo nunca interrumpida, aquellos felicísimos esposos los años todos de su larga vida; hijos tuvieron más que el padre hermosos, hijas por quien la madre fue excedida, pues cada uno es fuerza y cada una que de ambos padres las bellezas una. Y entre puros seniles regocijos, de grato amor y reverencia objetos, y de cuidados tiernos y prolijos, en sus últimos días, siempre quietos, gozaron a los hijos de sus hijos, y a los hijos gozaron de sus nietos: y su vejez postrera parecía tarde serena de sereno día. ¡Oh tú a quien este ejemplo hago presente, el leerlo, oh ingrata, te acobarde; de Cristina el castigo te escarmiente; y pues fuerza es amar temprano o tarde, tu claro ingenio y tu temor prudente el castigo de Amor no es bien que aguarde, y a su venganza y punición tremenda adelanta solícita la enmienda. Pídele ya perdón de tanta ofensa; y, pues bien sabes que te adoro ciego, mis constantes ardores recompensa, y tu diestra a mi fe concede luego. ¡Ah! no retardes mi ventura inmensa; y de amor, de placer y de sosiego el hado blando nuestra vida teja, cual la de aquella tan feliz pareja.
(1863)
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