Cosas que fueron: Cuadros de costumbres
Part 9
Levantóme á las mil, como quien soy. Me lavo. Que me vengan á afeitar. Traigan el chocolate; y á peinar. Un libro... Ya leí... Basta por hoy. Si me buscan, que digan que no estoy... Polvos... Venga el vestido verdemar... ¿Si estará ya la misa en el altar? ¿Han puesto la berlina?... Pues me voy. Hice ya tres visitas; á comer... Traigan barajas: ya jugué. Perdí. Pongan el tiro. Al campo; y á correr... Ya Doña Eulalia esperará por mí... Dió la una. A cenar y á recoger. ¿Y es esto un racional?...--Dicen que sí.
¡Ah! ¿Qué es la vida?... me preguntaba hace poco, contemplando la eterna luna.--Y en verdad que no he sabido responderme.
Heme con un día menos... ¿En qué lo he pasado?--¡Vive Dios que me avergüenzo cuando lo medito!
¡Y si pienso en que esto es ser feliz; en que ocho mil días como el de hoy constituyen todo mi tesoro; en que la magestad del hombre se reduce á tan mezquinas tareas; en que el porvenir es una multiplicación de vanidades que desprecio, de placeres que ya conozco y de dolores mayores que los que he sufrido!...
Decididamente, yo necesito tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol.
VIII.
LOCOMOCIÓN.
Viernes 6 de Agosto, al amanecer.
Son las cuatro de la mañana.
De hoy no pasa sin que me marche.
Pero, ¿á dónde?
Esto es lo que no sé todavía.
Tengo hecho el equipaje, la carta de vecindad en el bolsillo, la bolsa de viaje pendiente del cuello, el dinero... donde yo me sé, las pistolas en la faltriquera, un guante puesto y el otro quitado, el libro de memorias debajo del brazo izquierdo, el mapa de Europa en la mano derecha, cuartos para los pobres en el bolsillo del pantalón, cartas de recomendación... no las quiero ni las necesito; provisiones de boca en un cesto muy grande, pasaporte para el extranjero en la cartera, espolines en su estuche, y agujeros para ellos en las botas.--Nada me falta: puedo marchar inmediatamente...
Pero ¿á dónde? (vuelvo á preguntarme). Cómo? ¿En qué forma? ¿Hasta cuándo? ¿Para qué?
Pláceme mucho hacer cosas nuevas; de modo que, por mi gusto, este viaje, que emprendo en busca de árboles, de frescura y de agua en qué meter el cuerpo, lo llevaría á cabo, si pudiera, de un modo raro y extraordinario.
Recapitulemos, á ver si doy con algo original.
Yo he viajado ya en barco de vela, en barco de vapor, y en barco de remo...
Por consiguiente, no es cosa de embarcarme en el Canal de Manzanares.
Tambien he viajado en ferro-carril, en diligencia, en posta, en coche particular..., ajeno, á caballo, en galera, en calesa, en carro de bueyes, en mula, y en asno.
(De todo lo cual me alegro mucho, yo el editor de el _Diario de un Madrileño_, porque, escribiendo así, en parrafitos tan cortos, cunden mucho los artículos literarios).
He patinado y andado en trineo.
He sido llevado á cuestas para pasar algunos ríos.
Me han conducido en brazos, primero mis once nodrizas, y en cierta ocasión las masas populares.
He bajado á varias minas colgado de una cuerda.
He trepado por escalas de nudos.
He andado sobre zancos de madera.
Me he arrastrado, como una serpiente, por cañerías morunas, buscando tesoros.
He andado á cuatro piés por los tejados.
He cabalgado cuando niño en carneros merinos, perros de Terranova y cerdos en pelo, es decir, cerdos en cerda.
También he nadado; lo que me gusta más que andar.
Porque se me olvidaba decir que he andado.
He volado en sueños.
Me he mecido á mi sabor en campestres columpios, recibiendo el impulso de manos hermosísimas.
He dado vueltas en el _tío Vivo_.
He resbalado voluntariamente de espaldas, apoyado en un bastón ferrado, desde heladas cumbres á nevados valles.
He rodado sin querer, como una pelota, por la ladera de cierto abismo.
Me he arrojado desde una Montaña rusa.
He botado con _b_, pues con _v_ no he podido (tal estaban las listas electorales...)--he _botado_, digo, siendo presa de una convulsión que suele visitarme.
He caido, de piés, de una respetable altura.
He saltado más de cuatro arroyos.
Y he hecho la _belica_.
Hasta aquí lo que conozco.
Veamos ahora lo que no conozco.
No he viajado en globo aereostático.
Ni en ataud.
Pero tengo esperanzas de viajar de una y otra manera, porque yo soy de los que saben que han de morirse y de los que creen y esperan que se dará dirección á los globos.
Tampoco he caminado sobre la joroba de un camello, como los árabes.
Ni sobre el lomo de un elefante, como los indios.
Ni en litera, como las damas del siglo XVI.
Tampoco he sido llevado _todavía_ en andas.
Y digo _todavía_, no porque entre en mis proyectos ir á la China (sobre todo desde que ya va todo el que quiere, gracias á los cañones de Inglaterra y Francia), sino porque puedo llegar á ser Santo y salir en procesión,--que Santos hubo, ó, por mejor decir, hay en el almanaque, que á mi edad eran mucho más malos que yo, como pueden atestiguar San Agustín, San Pablo, San Francisco de Borja y otros.
Tampoco me han paseado en la punta de una pica como á la Princesa de Lamballe; pero todo me lo temo...; y eso que no soy príncipe _todavía_...
(De este _todavía_ digo lo mismo que del anterior).
¿De cuál de estas maneras emprenderé mi viaje?
De ninguna.
Recurramos, pues, á lo ya conocido.
Me marcho en diligencia.
El _dónde_ no lo sé; pero ello dirá. Por lo pronto me dirijo al Norte, cosa muy natural en quien busca _fresco_.--Mañana á estas horas estaré en Valladolid.
No siento pena por lo que dejo en la corte. Tengo la seguridad de que, yéndome, no me privo absolutamente de nada agradable. De aquí al otoño, que pienso volver, todo seguirá como se encuentra hoy,--dormido, asfixiado, muerto, y enterrado en polvo por añadidura.
¡Dios mío, que me salgan ladrones; que volquemos; que encuentre alguna compañera de viaje muy bonita; que pasemos hambres y tormentas!--¡_Emociones_, Dios mío, _emociones_ á toda costa!
¡Conque esto es hecho!--¡Adios, Madrid! Te dejo ensayando zarzuelas y discursos parlamentarios; disponiéndote á levantar la Puerta del Sol y á reunir un nuevo Congreso de diputados; esperando la del cielo, esto es, agua llovediza que temple el rigor de tu caliginoso ambiente, y confiando en la venida del Lozoya y de una buena compañía de ópera italiana.--¡Que Dios escuche tus votos!
¡Adios, noches del Prado, tardes de la Fuente Castellana, mañanas del Retiro! ¡Adios, sol de la Mancha, luna de Julio, horchata de chufas, pretendientes que concurrís á los cafés, bailes del _Tíboli_, baños del ex-Manzanares!--¡Hasta las Ferias, si el tiempo lo permite!
Pero no creo haberme despedido lo bastante de la _Puerta del Sol_, y retrocedo sobre mis pasos para decirle:
--¡Adios, nueva Palmira; fruto precioso de la revolución de Julio; cascajal perdurable; Proteo geográfico, tan pronto laguna como pantano, hoy montaña si ayer derrumbadero; Maelstrom de los coches; digno atrio del ministerio de la Gobernación de España; moderna Troya, en cuyo centro mueren los Ministros demasiado arrogantes; barricada eterna, en que los menestrales acechan á los ministriles; manzana, no de casas, sino de la discordia, entre académicos, ingenieros y capitalistas; Puerta Otomana, que has dado margen á toda una guerra, que empezó por donde concluyó la de Oriente (por la demolición de algunos edificios), y terminará Dios sabe cómo!--¡Adios!--¡Quieran los cielos que, cuando yo vuelva, te hayas convertido en un lago como Pentápolis!
IX.
EL OTOÑO EN LA CORTE.
(Carta que el «Madrileño» recibió, ó más bien _supuso haber recibido_, estando en el campo.)
¡No nos escribas más cartas acerca de los valles y montañas de Santander!--¿Qué pueden interesar ya á los suscritores de _La Epoca_ las delicias del campo, ni los baños de Ontaneda, ni los de mar, ni los saltos de los pasiegos, ni las apuestas de los barreneros de esas minas, ni las proezas de los tiradores de _barra_, ni los triunfos de los jugadores de _bolos_, si el verano puede darse por concluido, si pasado mañana principia el otoño, si nadie piensa ya en los placeres de la naturaleza, si todos suspiran ya por los placeres del arte, si no hay quien desee salir de Madrid; si, por el contrario, los que salieron están preparándose á volver, y si tú mismo comienzas á aburrirte y á echar de menos la vida de la sociedad?
¡Vente, pues, mi querido _amigo_! ¡Vente á este _mare-magnum_, que ya principia á encrespar sus olas! ¡Ven, que ya amanece _el año madrileño_ de 1859!... ¡Ven, y lánzate á este torbellino de ambiciones, de novedades, de espectáculos, de peligros, de grandezas, de miserias y de locuras, fuera del cual no podemos vivir un año entero los que ya lo conocemos á fondo!--Y es que Madrid se parece á esas coquetas encantadoras que despreciamos tanto como las apetecemos, y que abandonamos _para siempre_ todas las noches, sin perjuicio de volver á buscarlas todos los días.
A la hora en que te escribo, ya se empiezan á hacer los preparativos de la feria, y da gusto andar por el paseo de Atocha entre pilas enormes de exquisitas frutas.
Me dirás á esto que tú las tienes ahí más exquisitas, y colgadas de los árboles como su madre las parió, y yo te replicaré que aquí las frutas sirven de fondo á un cuadro animadísimo de muchachas _como se preciso_..., ya que no muy _comm' il faut_; pero muchachas, al fín, muy bonitas y elegantes, entre las que figuran A... E... I... O... U... y otras varias y diversas, que ya han regresado de Chamberí, el Molar, Carabanchel y demás residencias veraniegas... de tercera clase.
¡Oh! ¡sí! Las diligencias y los correos vienen atestados hasta los topes, es decir, hasta los cupés...
El Prado se puebla de emigrados que ostentan las últimas modas de París, Lóndres y Viena...
Los teatros ensayan...
Los conciertos preludian...
En las horchaterías se venden esteras de esparto...
Sacúdense y tiéndense algunas alfombras...
¡La resurrección, la rehabilitación, la restauración cortesana es ya un hecho consumado!
El uno llega con los bolsillos llenos del oro que ganó en el garito europeo llamado Baden Baden.
El otro nos trae noticias de los hombres de órden que gimen en un ostracismo espontáneo, allá _en las tristes márgenes del Sena_...
Quién ha hecho acopio de salud que derrochar;
Quién de dinero, arrancado á su patriarcal familia;
Quién de libros, para emprender otro año universitario;
Quién de novias, _en el primer grado del amor_, ganadas á punta de lanza en el Cabañal de Valencia ó en las orillas del lago de Enghien; en los Pirineos ó en Andalucía.
D. G... tiene en cartera un drama, que piensa hacer representar.
D. H... trae una máquina para aprender el idioma chino sin necesidad de maestro.
D. J... un discurso contra la Situación, que ya le quita el sueño á los siete ministros.
D. X... hace gárgaras, preparándose á contestar á D. M.
Los cantantes del Teatro Real asoman por Chamberí vestidos de invierno, á fín de no constiparse hasta que les convenga.
En fín: los templos de la gloria, del amor, del dinero y del poder entreabren ya sus puertas: la cucaña de la dicha se levanta otra vez en medio de la corte, y cien mil combatientes esperan la señal del asalto.--¡Ven á las filas!--La inteligencia, la hermosura, la intriga, el valor, los billetes de Banco y hasta la honradez son las armas del combate...--_Acude, corre, vuela_; elige tu sitio; esgrime el arma que debas al cielo; cierra los ojos y baja la cabeza; envuelve tu corazón en un frac, como en una mortaja, y ¡adelante!...; que, según dijo un _sprit fort_ de la antigüedad:--_Vitæ summa brevis spem nos vetat inchoare longam._
X.
LA APERTURA DEL TEATRO REAL.
El mundo madrileño _se constituyó_ al fín la noche del sábado pasado.
Estamos en pleno 1859, aunque todavía no haya terminado 1858.
Tanto correr por esos caminos, los billetes del correo y de la diligencia tomados con anticipación, la confluencia espantosa de viajeros que vió Madrid á fines de Setiembre, la actividad que se notaba en el comercio y en casa de los sastres y modistas, los encargos hechos por telégrafo, las mil disputas en las aduanas, aquel afán porque todo estuviese concluido y por hallarse todos presentes en la corte para un día fijo, para un día dado, para el 1º de Octubre, no significaba otra cosa (puerilidad parece, pero apelamos á la conciencia de cada uno) sino que en ese día se inauguraba la temporada del Teatro Real.
Y, pues el Teatro Real abrió ya sus puertas, dicho se está que ha principiado un nuevo _año madrileño_.
Esto que digo no es opinión exclusivamente mía, sino proverbio ya, que corre de boca en boca: «_hasta que se abre el Teatro Real, Madrid no es Madrid_.»
En vano es que deje de hacer calor; que truene y que llueva; que se abran otros teatros; que se haga la vendimia; que aparezcan algunos abrigos; que dé la oración á las seis y media; que se cuajen de noticias los periódicos; que empiecen ó acaben las ferias; que vengan los estudiantes y los pretendientes; que se caigan las hojas de los árboles, y que el Prado, el Casino y los salones estén llenos de gente...--Parece que hay un convenio tácito en no dar importancia á estos hechos hasta que se entra _oficialmente_ en Madrid; esto es, hasta que se aparece en el Teatro Real.
Esta es la gran cita, el gran congreso, la hora solemne en que se toma posesión del cargo de _madrileño_ y se abre la legislatura de la sociedad elegante.--Después de esta sesión inaugural, ya puede uno decir en voz alta que _ha llegado_. Ya recibe: ya visita: ya está en la corte.--Decirlo antes, fuera exponerse á hacer sospechar que _no se ha salido_, y esto es imperdonable.
Por lo demás, la apertura del regio coliseo ha sido este año tan solemne como de costumbre.
Desde ocho días antes no se encontraba un billete ni por un ojo de la cara, y la Contaduría y la casa del empresario hallábanse sitiadas por filarmónicos de ambos sexos que mendigaban hasta una delantera de palco.
¡Tratábase de la _Traviata_, ópera popular como pocas, que tiene el privilegio de sacar de sus palacios y de sus casillas (entiéndase buhardillas) á los habitantes de Madrid, sobre todo á las señoras de medio pelo!
A las siete de la noche, ya batían las puertas del suntuoso teatro las oleadas de la muchedumbre, que, habiendo de conquistar su asiento por derecho de prioridad, se disponía á subir de seis en seis los doscientos escalones que conducen al _paraiso_.
A las ocho, esta marea creciente había ya inundado aquel sotabanco del templo de la música; y rugía, silbaba, reñía, gritaba _¡sentarse!_, reía, golpeaba en la madera y palmoteaba á compás, como en la plaza de toros, mientras que la orquesta templaba y concertaba los instrumentos...
Entretanto, en palcos y butacas salían de entre los pliegues de sus capuchones mil elegantísimas damas, como otras tantas flores que abrían su caliz al primer gorjeo de los pájaros (alusión á los violines), para tomar el sol (alusión al gas) revelador de su hermosura.
Y todo fué durante aquel cuarto de hora reconocimientos, sorpresas, saludos, apretones de mano y miradas de azúcar derretido...
El uno venía de Alemania, la otra de Suiza, fulana de París, mengano de los Pirineos...
En esto comenzó el preludio de la _Traviata_.
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1858.