Cosas que fueron: Cuadros de costumbres
Part 7
Primeramente: hay _fea-natural_ y _fea-accidental_.
_Fea-natural_ es la destinada y preparada _ab-initio_ por el Creador para mártir.
_Fea-accidental_ es la que, por resultas de las viruelas, de una epilepsia, ó de cualquier otro accidente, se vuelve _fea_ después de nacer.
Por consiguiente, la _fea-natural_ es la genuina, dado que trae en el alma todo lo que no trae en el cuerpo: es decir; dado que la naturaleza, siempre próvida, la ha dotado de un alma de _fea_.
En cuanto á la _fealdad accidental_, ya comprenderéis que no imprime carácter. ¡Es un error de la fortuna, como la riqueza de ciertos hombres!
La _fea-natural_ se subdivide en _graciosa_ y _sin-gracia_.
La _fea-graciosa_ no tiene tampoco mérito alguno. La _gracia_ es una segunda belleza, que suple por la primera, y que á veces la aventaja, neutralizando los efectos de la fealdad.
La _fea-natural-sin-gracia_ se acerca ya á la perfección del tipo, y todavía se divide en _discreta_ y en _tonta_.
La _fea-natural-sin-gracia-tonta_ no existe en realidad; mas, cuando se da este fenómeno, acontece que las cualidades se desvirtúan mútuamente, produciendo un resultado neutro.
Lo probaremos en pocas palabras.
La tontería de la _fea_ no es más que un velo de ilusión colocado ante sus ojos, mediante el cual se ve bonita y atribuye á _respeto_ el desvío de los hombres, propalando que no quiere casarse: ¡cosas todas que la infeliz se cree á puño cerrado!--Esta _variedad_ híbrida, estéril y pedantesca, en que no obra el espíritu corrosivo de la fealdad, y que pasa la vida en un anticipado Limbo, abunda poco en las _naturales_, siendo muy común en las _accidentales_.
Por el contrario, la _fea-natural-sin-gracia-discreta_; la _fea consciente_; la _fea_ lúcida; la _fea_ convencida de que lo es, casi realiza ya el ideal trágico y sublime que vamos buscando.
Pero aún puede perfeccionarse más la especie, haciendo una cuarta clasificación en _rica_, _pobre_ y _de la clase media_.
La _fea-natural-sin-gracia-discreta-rica_ no existe para la fisiología moral.
_Fea_ y _rica_ no puede ser.--El oro es la luz, y la luz disipa las tinieblas.--La fealdad, ceñida con la aureola de D. Felix Utroque, se convierte en hermosura: quiero decir, es adulada, festejada, mimada, acariciada por los codiciosos...--La _fea-rica_ se casa, y por lo tanto degenera, se frustra, se malogra.--Convengamos en que no hay _ricas-feas_.
_Fea-natural-sin-gracia-discreta-pobre_ es ya demasiado decir.--_Pobre_ equivale á _fea_.--(Hablo de las pobres de solemnidad).--Los harapos, la suciedad, el mal olor, la miseria en todos sus dolorosos aspectos, constituyen _fealdad_ por sí mismos.--Además, las bocas con hambre nunca son bellas.--La lástima es enemiga del amor.
Esto, en cuanto al que las ve.--Por lo que hace á las mismas _pobres_, no padecen casi ninguno de los especialísimos dolores inherentes á la deformidad.--Cuando se piensa en el estómago, se olvida el resto.
Por otra parte: la fealdad evita tormentos á la pobreza, dado que libra de ciertos pretendientes y de ciertas ambiciones á las doncellas indigentes, privándolas también de los peligrosos refinamientos de gusto que proporciona la educación.--O, lo que es lo mismo: les evita la infamia, la envidia y hasta mucha parte de la conciencia de su desgracia.--De consiguiente, queda el tipo desnaturalizado.
¡Henos, pues, ya enfrente de nuestra heroina, ó sea de la _fea-natural-sin-gracia-de-la-clase media_!
¡De la clase media!...--¡Pesad esta última circunstancia!--¡Ni noche ni día!--¡Siempre crepúsculo!--¡Agonía eterna!
II.
La fealdad es necesaria: sin fealdad no hay belleza: donde todo es igual, nada es sublime: de la comparación brota el mérito; si todas las mujeres que hay sobre la tierra fuesen Helenas, Frines ó Cleopatras, se buscaría una _fea_ como inapreciable joya, ó, mejor dicho, lo _feo_ sería entonces lo _hermoso_.
Á más de esto (ya lo hemos indicado), la _fea_ nata, que es como si dijéramos la _fea innata_, recibe en el vientre de su madre un alma hermosa, sensible, rica de ingenio y de abnegación.
No desconocemos que después estas _almas_ de _fea_ son torcidas, escépticas, lúgubres, desconfiadas...
¡Pero es que la sociedad las vicia! ¡La _fea_ que no sea santa tiene que ser diablo!
¡Mas conseguid meteros alguna vez en el corazón de una _fea_: atravesad con vuestro afecto ó vuestra compasión aquellas cortezas de desengaños, aquellas cicatrices de desprecios, aquellas escorias de decepciones horribles, y encontraréis el más puro oro, las más celestiales lágrimas!
III.
Nace la _fea_. Todos le ponen mala cara: el padre retrocede: la madre se abochorna: después la compadece...: finalmente la oculta.
¡No está orgullosa de su hija!... Acaso teme también que diga alguna comadre:--_¡Vecina! ¡Cómo se parece á usted!_
A la hijastra de la naturaleza se la cree indigna de un nombre francés ó italiano: se llamará (nada de Julia, nada de Eduarda, nada de Isolina, nada de Amelia) Anselma, Bonifacia, Cuasimoda ó cosa de este jaez.
Los primeros años de la _fea_ están descritos admirablemente por Honorato Balzac en aquellos tipos relegados, encogidos, tímidos, dolientes, víctimas de la doméstica tiranía y juguetes de la cruel hermosura que figuran en muchas de sus obras.
Y aquí debemos advertir que hay feas de _¡Jesús!_, de _¡Jesús María!_ y de _¡Jesús, María y José!_
Esta última (que es aquella que no tiene nariz, ó que la tiene de á tercia, y que es bizca, y jorobada, y coja, y cuyos dientes cuelgan fuera de los labios como los colmillos del elefante) vive libre y exenta de las mortales dudas, de los crueles engaños y de otros sinsabores propios y privativos de _la fea perfecta_, de _la fea_ por antonomasia.--Un monstruo no es mujer.--Su desventura causa general compasión, y esto le basta al triste aborto que hemos descrito.
La primera (que, sin ser hermosa, ni tan siquiera _pasable_, llega á _pasar_ alguna vez, ó porque tropieza con un hombre de gusto revesado, ó porque un filósofo dispensa lo grotesco del dibujo por la buena calidad, ó buenas cualidades, del género); la _fea_ de _¡Jesús!_, digo, no merece tampoco que hablemos de ella.
¡La de _¡Jesús María!_, la de _en medio_, es la fatal, la predestinada, la elegida del dolor, la víctima de los dioses!
¡Otra vez el _término medio_!
Desgarbada, verde, larga de piernas y brazos, con el cuello de agarrotada, las manos huesosas, la mirada repugnante, aunque impregnada de cierta melancolía, la boca inútil para la risa,--meteoro fisonómico que en ella es una atroz descomposición,--sin armonía en las facciones, con la boca algo distante de la nariz, con la nariz demasiado cerca ó demasiado lejos de los ojos, con los dientes dislocados, con las orejas un poco grandes...--¡Hela ahí!
Es hábil, ingeniosa: ella sola se ha enseñado á leer, á escribir, á coser, á bordar, á hacer calceta, á picar papel y á fabricar dulces, flores de trapo y otras manufacturas primorosas.
Sabe religión y moral; tiene todo el almanaque en la memoria y el _Flos sanctorum_ en la punta de los dedos; conoce muchos cuentos de vieja y es muy beata.
No hay para qué deciros que todas estas habilidades son nuevas ridiculeces á los ojos de sus hermanos, de sus amigos y de todo el mundo, excepto á los de su madre.
Su madre le tiene un rencoroso amor, una profunda lástima: comprende su situación, y adivina su porvenir... La esconde, pues, la proteje, y la quiere más que á todos sus hijos... al cabo de cierto tiempo.--¿Sabéis por qué?--¡Porque la hermosura no llega nunca á la abnegación santa de la fealdad, y la abnegación de los hijos es la delicia de los padres!--Fuera de que ya ha dicho Luis Eguílaz, con muchísima razón, que
siempre el padre quiere más al hijo que vale menos.
Una _fea_ no tiene _amor propio_. ¡He aquí la fuente de mil virtudes!
Pero no adelantemos los sucesos.
Entre su niñez de angel y su mayor edad de santa, nuestra heroina tiene que pasar algunos años de demonio, ó más bien algunos años de infierno.
Durante su niñez, la sin ventura no cambiaría sus habilidades y su talento por la estúpida belleza de sus hermanas...
¡Aún no sabe lo que le espera!
Aún no conoce el amor...
Así llega á los catorce años.
Y aquí principia el poema del alma: aquí principia la tragedia del corazón: aquí principia el martirio de la _fea_.
V.
Es de noche.
Estamos en un baile de confianza de cualquier ciudad subalterna; en uno de esos bailes improvisados que empiezan los domingos por la tarde, después de tal ó cual procesión religiosa.
Un velón de cuatro mecheros, fabricado en Lucena, alumbra la sala principal de la casa del alcalde.--El barbero de éste toca la guitarra en un rincón, y diez ó doce señoritas, vestidas con trajes de lana, y sin guantes ni prendidos, forman la femenil constelación del sarao.--Son hijas de lo mejor, de lo principalito del pueblo.--Quince ó veinte jóvenes las están bailando hace dos horas. El júbilo es inmenso; la media luz favorable; el wals loco, rápido, juguetón...--Ya se atropellan, ya se caen...--Las esteras de esparto tienen esta ventaja.
Las madres, sentadas al brasero en un gabinete contiguo, velan por la inocencia de sus hijas.
Casi todas las muchachas allí reunidas son agradables: algunas... hasta bonitas.
Hay una de estas que sobresale entre las demás por su gracia y por su gallardía tanto como por su hermosura.--Todos desean bailar con ella.--Es una de esas beldades que donde quiera reinan, donde quiera dominan...
En cambio hay en un rincón cierta joven que todavía no ha bailado ni una sola vez.
¡Es la _fea_!
Desde allí acecha, mira, devora.
¿Por qué no _la sacan_ á ella? ¿Por qué no le dicen aquellas tonterías tan deliciosas que alegran á las demás? ¿Por qué no se sientan los galanes á su lado?
¡Qué bello es aquel joven! ¡Qué grato será ir en sus brazos, empujada por la música!
¡Ah! Se acerca á ella... La mira con lástima...
¡Oh, nuevo puñal! ¡La compasión solamente lo impulsó hacia aquel sitio!...
Ya llega...
¡Qué milagro! ¡La ha sacado á bailar!
¡Pero cuán levemente coge su talle! ¡Su talle que tiembla de placer!--Apenas toca su mano...--¡Qué frialdad! ¡Está haciendo una obra de misericordia!
¡Y, sin embargo, ella tiene quince años y encierra más amor en su alma que olas amargas el Océano!
Y, á pesar de esto, ella agradece aquel nuevo insulto. ¡Ella ama á quien la ha compadecido!...
¡Si se atreviera á hablarle!
Pero él está distraido... tal vez fastidiado...
Se acaba el wals. ¡Todas se han reido de ella!
El que _fué_ su pareja huyó sin saludarla.
Ahora todas tienen á su lado un galanteador... un enamorado...
Ella está sola y callada, crispada y lúgubre, como el reo en el banquillo después de la ejecución.
¡Y aquí terminan los placeres de su juventud!--Ya no volverá á bailar en toda su vida.--¡Esta _vez_... ha sido la primera y la última.
V.
¡Qué amable, qué política, qué complaciente es una fea!
¡Y qué cruel es el hombre!
¡Ni una palabra, ni una mirada, ni un consuelo para la hijastra de la naturaleza!
La deja consumirse de amor, de sed, de desesperación..., y no le dice:
--«¡Generoso corazón, ensánchate! ¡Toma mi alma, que vale menos que la tuya!»
Así se pasan los días de la juventud de la _fea_.
¡Cuántas quimeras habrá forjado en su imaginación!
¡De cuántos hombres se habrá enamorado!
¡Cuántas veces se habrá consentido!
¡Cuántas otras habrá querido morir!
--«¡Doquier hay amor, goces, casamientos, hijos!... (habrá exclamado, loca de dolor). ¡Para mí, nada!»
Y luego las novelas... ¡las novelas!
Vedla hecha una poetisa.--Pero ¡qué poetisa!--Vedla sí, envenenada, mordaz, perversa, diabólica, esgrimir una pluma y una lengua comparables á dos aguijones.
¡Venganza! ¡Venganza!--¡Su corazón ha muerto!
¡Infeliz lunar, infeliz defecto, infeliz debilidad, infelices todas las faltas que tenga la hermosura!
La crítica, la murmuración, la calumnia levantan sus cabezas de serpiente...
He aquí su grito de guerra: «_¡Desprecio á los hombres! ¡Guerra al amor!_»
¡Desdichada!
«_¡Viva la libertad, la independencia, el celibato!_»
¡Qué ironía!
¡Sarcasmos sangrientos de un orgullo despedazado!
Tiene treinta años: ¡treinta siglos de amargura!
A su alrededor todo es luz; ella sombra: todo melodía; ella silencio: todo vida; ella muerte.
¿Cómo no ha de renegar del mundo?
¿Qué le debe, sino dolor?
¡Cuántos ríos de lágrimas habrá derramado la infeliz en la soledad de su lecho!
¡Qué fiebres habrá sofocado en su corazón!
¡Qué horrorosas envidias habrán mordido las túnicas de su cerebro!
¡Qué violencia para disimular!
¡Qué torrentes de amor habrán corrido ocultos en lo más recóndito de su alma!
¡La mujer tiene que callar!--El hombre ansía, y busca: la mujer ansía, y sufre...
La hez de la sociedad es á lo menos un refugio para el _feo_ ávido de placeres.
Pero la _fea_ no encuentra postor en Constantinopla, ni lances de amor y fortuna en ninguna parte.
VI.
¡Respiremos!
Estamos en los cuarenta años.
La _fea_ ha vuelto á ser un angel.
Es capaz de los sacrificios más heróicos.
Como no se agrada, se desvive por agradar.
Como no se ama, es toda abnegación.
¡Es la mejor amiga... hasta de las mujeres!
El mejor consuelo de los ancianos...
La mejor confidente de los niños...
¡Y la mejor protectora de los mozos! A la edad que ya tiene, cobra un maternal afecto á los galanes de las muchachas nuevas; se deja llamar _fea_ por ellos, y les ayuda en sus empresas amorosas, con tal que sean lícitas y honestas.
Llora en los duelos de todo el mundo.
Vuelve á amar su talento, y explota sus habilidades de niña para subsistir.--¡Sus padres han muerto! ¡Sus hermanos _se han casado_!
Se hace querer por su docilidad, por su amable trato, por sus buenas costumbres, por su bondad exquisita.
Se vuelve filósofa; pero filósofa cristiana.
Aspira al cielo, donde no hay feas ni bonitas.
Ama á Dios, porque sabe que para Dios su fealdad es un mérito.
«_¡Bienaventurados los que lloran!_» dijo el Salvador del Mundo.
Visita mucho las iglesias.
Va á misa mayor á la catedral, si hay catedral, y, si no, á la colegiata, y, si tampoco hay colegiata, al templo más concurrido.
Es jugadora.
Casi siempre avara.
Algunas veces maestra de miga... (_de amiga_ dicen los que hablan en toda regla.)
Viste muy oscuro.
Cuenta mil aventuras amorosas de su juventud.
Es muy atendida de los clérigos y de las madres de familia.
Va de tertulia á la oración, á casa de las vecinas, y nadie va á su casa.
Da días, y no los recibe.
Envejece sin haber vivido, como otoño sin primavera.
Muere, y nadie la llora.
El Evangelio le promete el cielo.
Guadix 1853.