Cosas que fueron: Cuadros de costumbres

Part 6

Chapter 61,710 wordsPublic domain

¿Qué era aquello?

Acostumbrado á los simulacros de los llanos de Armilla de Granada y del Campo de Guardias de Madrid, creí que iba á asistir á un _ensayo de guerra_..., ¡y me alegré!

Pero ¡ah! esta vez no se trataba de un _simulacro_.

He de advertir que, merced al anteojo, distinguía yo hasta las caras de aquella muchedumbre, como si las viese á dos pasos de distancia.

Estaba, pues, en medio del gentío..., tocándolo con la mano...

De pronto ví salir de la ciudad y caminar hacia aquel sitio una hilera de _Niños_... _de la Providencia_, como dicen allá.

Iban con sus saquitos negros, con su melancólica apostura, con su triste condición en la frente.

¿Qué representaban allí aquellos parias de la humanidad?

Llegaron al fín, y penetraron en el cuadro, donde quedaron inmóviles, con las manos cruzadas...

Una punzante idea bajó de mi cabeza á mi corazón...

¡Las oraciones y las armas sólo van unidas delante ó detrás de la Muerte!

El día se iba ennegreciendo á mis ojos.

Poco después entró un hombre en el cuadro de tropa, llevando un mueble, que dejó en tierra.

La interposición de su cuerpo no me dejó clasificar aquel mueble; pero, en cambio, advertí que lo clavaba en el suelo.

Apartóse el hombre en seguida..., y ya lo comprendí todo.

Era una silla cenicienta, sin más espaldar que un palo, y con un solo pié.

Iban á fusilar á alguien.

III.

Espectáculo nuevo para mí, que solo había visto dar garrote cuantas veces había podido.

Hace cuatro años, emprendí un viaje expresamente por ver una ejecución.

¡Qué queréis! Yo gozo en eso.

Me gusta ver á la sociedad entera, representada por el Clero, la Magistratura, el Ejército y la muchedumbre popular, reunir sus fuerzas--mandando, no prohibiendo, consintiendo y no protestando--para matar á un hombre, solo, inerme, atado, enfermo, suplicante...

Me gusta, sobre todo, considerar allí varias cosas.

Y, cuando muere el protagonista, cuando cae el telón, me gusta también escuchar, ó creer escuchar, este grito, que sale, ó parece salir, de la boca de todos aquellos millares de verdugos:

--¡ALLELUIA! ¡La sociedad se ha salvado!...

Mientras que cada corazón va murmurando sordamente:

--¿Qué hemos hecho?

A lo que responde la conciencia:

--¡Dios lo sabe!...

Y contesta la naturaleza:

--¡Algo muy horrible!

IV.

Algunos minutos después salió de la ciudad y dirigióse hacia el cuadro, entre otra gran masa de gente, el esperado lúgubre cortejo.

Componíanlo un hombre, que llevaba un estandarte morado; diez ó doce guardias civiles; unas veinte personas vestidas de frac (hermanos de la Paz y Caridad, sin duda); cuatro clérigos, y un soldado raso.

Un soldado (yo lo veía entonces por detrás) de mediana estatura, enjuto de carnes, con el hueso occipital estrecho y alto (señal de estupidez), el pelo lacio, negro, lustroso, las orejas pequeñas y muy encarnadas, y el cuello delgado, moreno, erguido, amoratado por la fiebre.

Vestía el tosco capote del soldado de infantería; pero suelto, desceñido..., innoble, y una gorrilla de cuartel cubría su cabeza.

Aquel degradante _negligé_ era espantoso.

Llevaba atadas las manos, cruzadas sobre la espalda.

Un carabinero asía la punta de la cuerda.

Carabinero debía de ser también el reo; pues en todo el aparato de la ceremonia descollaban los uniformes de color de castaña.

Aquel capote de infantería era una especie de hopa militar.

Detrás del sentenciado iban dos hombres.

El de la derecha era portador de una gran cesta con viandas, _por si la víctima quería comer antes de morir_...

¡Oh caridad sin ejemplo! ¡Ved la hiel y el vinagre!

El de la izquierda llevaba sobre sus hombros un ataud.

Esto ya consolaba algo.--En aquel ataud descansaría el pobre reo.

Había otros hombres dignos de mención.

Por ejemplo:

Un espendedor de bollos, tortas y merengues, que aprovechaba aquella solemnidad y aquel concurso para hacer una ganancia loca.

Varios espectadores, que amenizaban el rato comiendo á dos carrillos.

Y el _Entierro_, que esperaba en el río á que hubiese _cadaver_ que enterrar...

V.

Retiré el anteojo con ira.

El espectáculo se desvaneció como un sueño.

Y me hallé solo.

Allá percibíase una mancha negra sobre el campo... Parecía la sombra de una nubecilla, y, en realidad, era un hormiguero humano.

He aquí todo.

¡Qué diminutos somos los hombres mirados desde una elevación de cien piés, ó á mil pasos de distancia! ¡Qué cómicas son nuestras seriedades, qué inciertas y risibles nuestras justicias é injusticias!

Calmóse súbitamente mi indignación.

El horror que iba á verificarse parecíame, desde tan lejos, un juego de niños, una danza de muñecos movidos por resortes, una lucha de insectos sobre la superficie de un lago.

¡Oh! sí... ¡Cuán mezquino, cuán insignificante era todo lo que había visto, todo lo que iba á ver, comparado con el sol, con el mar, con el cielo, con aquellos tres grandes reflejos de Dios que embelesaban mi alma!

Entonces exclamé, como si pudiera ser oido por la distante muchedumbre:

--¡Miserables! ¿Qué vais á hacer? ¿Qué entendéis vosotros de _fuerza_, de _justicia_, ni de _leyes_? ¡Si rodara un trozo de esa montaña, os aplastaría á todos, jueces, soldados, criminal y verdugos! ¡Si avanzasen un poco las olas de ese mar, os sorberían como á granos de arena! Figuráos que Dios desencadenase á cualquiera de los ejecutores de su cólera, á la tempestad, á la peste, al terremoto... ¿Creéis que sólo mataría á ese llamado _reo_? ¡Vosotros, que os llamáis _inocentes_, moriríais al par del culpable!--Esa muerte, ese hecho de _matar_ que tenéis en tanto, porque no sabéis hacer otra cosa, ¿no os recuerda ¡imbéciles! que todos estáis sentenciados á morir, y que, si respiráis, si vivís, si tenéis acción para matar á nuestro hermano, lo debéis á la clemencia de un insecto que no emponzoña vuestra sangre, ó á la piedad de un soplo de viento que no os borra de la superficie de la tierra?

VI.

Cogí de nuevo el anteojo, y en un momento me hallé otra vez en medio del teatro del suplicio.

El reo, entregado ya á los sacerdotes, marchaba atónito por el centro del cuadro.

De vez en cuando alzaba la cabeza y miraba la luz, el día, el sol, el cielo...

Aquello, hecho maquinalmente, significaba sed de libertad.

Luégo, parándose, miraba á su alrededor...

¡Estoy seguro de que veía mil millones de hombres y de bayonetas!

Entonces, los clérigos le presentaban un Crucifijo.

Y el reo andaba.

Se comprendía que el afán de los Ministros de Jesucristo era extirpar en el moribundo aquellos deseos de libertad (última, loca y suprema esperanza de la desesperación), y hacerle ver apetecible el martirio, aceptable aquel banco, gloriosa aquella muerte.

Yo no oía, ni podía oir... Pero veía la enérgica y elocuente gesticulación de uno de los sacerdotes; veía sus inspirados y santos ademanes, la noble llama que brotaba de sus ojos, las tiernas caricias que hacía al insensato reo...

Veía esto, y veía á la víctima caminar con paso firme, resuelto, decidido... ¡Estaba ansiosa de entrar en aquella otra vida que le ofrecían, vida donde ya no sería juguete de tantos lobos sanguinarios, vida en que no habría capitanes, ni soldados, ni fusiles, ni nada de lo que había caido sobre él como una montaña de plomo!

¡Ah! ¿Quién sino la Religión, convencería á ese hombre de que la muerte es la felicidad?

¿Quién, sino ella, le haría asir el cáliz con mano tranquila y llevarlo mansamente á los labios?

¿Quién, sino tú, divina Religión de los cristianos, quitaría su ignominia, su horror y su ferocidad á esa muerte arbitraria, _evitable_, no decretada por Dios, ni conforme á las leyes de la naturaleza?

¿Quién, sino tú, apagaría el instinto de la carne, de la sangre, de los nervios, que lo retraen, que lo apartan de aquel sitio, que le impulsan á que se resista, á que luche, á que rabie, á que muerda, á que patee, á que diga, en fín, que no, que no quiere morir..., que no quiere, que no puede, que no debe?

Ved aquí el más grande triunfo del espíritu sobre la materia, del alma sobre el cuerpo.

* * * * *

El sacerdote se sentó en el banquillo.

Y el patíbulo dejó de ser infame.

¡El ministro de Dios no habría olvidado decir á aquel manso cordero, que Jesucristo sufrió la misma afrenta!

El reo se arrodilló á los piés del sacerdote, y empezó la confesión...

¡Reo! ¡acúsate de que eres hombre y que vives entre los hombres!

Ya diré antes de concluir cuál era el crimen de aquel pobre hermano nuestro.

El reo se sentó á su vez en el banco...

¡Ni un movimiento de repulsión!

Yo lo veía ya de frente.

Era joven; había regularidad en su semblante; tenía la barba algo crecida, los ojos vagos, la tez cárdena y lustrosa.

Atáronlo, y no se resistió...

Ni tembló siquiera.

Sin duda estaba ya imbécil.

Le vendaron los ojos...

¡Ay!... quedaban pocos minutos.

Él lo sabía..., y no botó sobre el patíbulo; y no dió un grito espantoso; y no exclamó, reventando: «¡mi vida! ¡mi vida!»

¡Él, un hombre tosco, sin reflexión, sin ideas, sin capacidad para el heroismo, sin condiciones de mártir!

¡Oh Religión! ¡Qué inagotables son tus consuelos! ¡Cuántos bienes derramas todavía sobre la Tierra!

Cuatro compañeros de aquel hombre atado, vendado, inmóvil, agonizante y lleno al mismo tiempo de vida, de robustez y de salud...; cuatro carabineros, cuatro amigos suyos tal vez, se destacaron de una fila, avanzaron al centro con paso acelerado, alevoso, maldito, y se pararon en frente del condenado.

Este debió de oir _preparar_...; debió de oir la voz de mando...

Los cuatro soldados se echaron las carabinas á la cara...

Pero, en esto, se enturbiaron los cristales del anteojo..., y no ví más.

¡Acaso eran mis ojos los que se enturbiaban!

Levantéme á impulso de un rapto de ira; me golpeé la frente con las manos, y miré al sitio fatal...

Allí estaba el hormiguero.

Encima de él oscilaba un poco humo...

Era lo único que se distinguía á la simple vista.

La Naturaleza continuaba entre tanto esplendorosa, risueña, palpitante bajo las caricias del sol, como una mujer enamorada...

El mar, el campo, la atmósfera, todo había permanecido indiferente ante la ridícula soberbia del hombre.

VII.

Después supe que aquel infeliz, _pasado por las armas_, se llamaba Juan Perez Fernandez, y que era soltero, natural de Boal (Asturias), carabinero, de 31 años.

Su delito consistía en haber dado un ligero golpe á su sargento, en ocasión que éste lo insultaba por cuestión de amores!!!

En la legislación civil, semejante falta se corrige con cinco días de arresto.

En la legislación castrense, tamaño crimen se castiga con la última pena.

En la legislación de Dios... ¡Dios juzgará á su vez!

1854.