Cosas que fueron: Cuadros de costumbres
Part 5
Supongamos que digo á los habitantes del Planeta:--«Señores: yo soy adivino. Yo sé qué día va á acabarse el mundo; y la prueba de que lo sé, es esta, y esta, y la otra... Sin embargo, yo no se lo diré á nadie, á menos que cada habitante de la Tierra me pague cuatro maravedís adelantados. ¿Quién, por un cuarto, no querrá saber con anticipación la terrible fecha del día del Juicio?--Pues bien: vosotros, europeos, mandaréis ese cuarto á Madrid, calle de tal, número tantos, para lo cual podéis reuniros por Municipios, enviar vuestro contingente á las Capitales de provincia, de las Capitales de Provincia á las Metrópolis, y de las Metrópolis á mi casa; ó bien podrá partir la iniciativa de los Gobiernos, adelantándome cada uno la cantidad que corresponda á su Nación, con arreglo á los habitantes que ésta cuente, imponiendo luego una capitación de á cuarto por persona, ó inventando un arbitrio nuevo sobre cualquier operación inocente é imprescindible de la vida.--Vosotros, africanos, haréis lo mismo en Ceuta: vosotros, asiáticos, podréis reunir vuestra cuota en Bombay: vosotros, americanos, en la Habana; y vosotros, habitantes de la Oceanía, girad sobre Manila, que es ciudad española.»
Esto diría yo á los habitantes de la Tierra.
Con el contingente de Europa, que, según te he indicado, podría cobrar en mi casa, emprendería el viaje á Ceuta, á Cuba, á Filipinas y á la India, y al cabo de un par de años me encontraría poseedor de todo mi dinero y autor de un viaje de circunvalación.--Entonces, ó ya se les habría olvidado á todos que me habían dado la despreciable cantidad de un cuarto, ó diría yo para cumplir: «El mundo se acaba dentro de dos siglos.» ¡Y que fueran á buscarme al terminar el plazo!--Queda, pues, reducida la dificultad á probar y hacer creer que soy adivino.
--Eso es facil...--murmuró Pepe con acento filosófico.
--¡Y tan facil!--repliqué yo.
--La dificultad... (prosiguió mi amigo aún más filosóficamente): la dificultad consiste en otras muchas cosas.
--¿En qué cosas?
--Primeramente, en la concurrencia, ó sea en la competencia.--Tan luego como tú echases á volar el anuncio ó reclamo, y viesen tus prójimos que el negocio prometía, en cada ciudad del mundo aparecería un prospecto ofreciendo una edición económica de tu noticia: es decir, que los kurdos, los mongoles, los japoneses, los hotentotes, los franceses, los italianos, todos y cada uno de los pueblos á quienes pidieras el _cuarto_, darían de sí un industrial que ofreciese revelar el día del fín del mundo _por un ochavo_, ó sea con un 50 por 100 de rebaja. En segundo lugar, muchos pueblos del globo no tienen todavía moneda. En tercer lugar, carecen de periódicos y demás medios de publicidad, de modo que tu proyecto tardaría cuarenta ó cincuenta años en llegar á conocimiento de todos los hombres. En cuarto lugar, para entenderte con el género humano entero, necesitarías poseer todos los idiomas del mundo, ó buscar personas que los poseyeran, lo cual es prácticamente imposible. En quinto lugar, como tú no tendrías medios de declarar la guerra á la Nación que te estafase, resultaría que muchos Gobiernos, sobre todo en los pueblos incultos, harían la cobranza y _se comerían tu sangre_, como el otro que dice. En sexto lugar...
--¡No te canses, Pepe! (interrumpí yo). Estoy convencido. ¡Ni el hombre ni la humanidad me darán los cien millones! ¡El hombre, ó sea el inglés, será sordo á mis argumentos! ¡La humanidad, hostil á mis intereses!--¡Oh! ¿Dónde está la familia humana? Si todos los pueblos de la Tierra hablasen una misma lengua y tuviesen tratados aduaneros mancomunes, ó (lo que sería mejor) no tuviesen aduanas; si en todas partes fuesen iguales los pesos, las medidas, la moneda, las costumbres, la forma de gobierno, las modas y las creencias, ¡qué especulaciones tan grandes, qué negocios tan gigantescos podrían hacerse! ¡Desde luego, yo les sacaría sin sentir á los hijos de Adán esos cien millones de reales!
IV.
Ahí tenéis los dos únicos medios que se me han ocurrido en toda mi vida para lograr la susodicha cantidad.--Ambos han sido declarados ineficaces por personas competentes; y yo, aunque no convencido del todo ni de la competencia de éstos ni de la ineficacia de aquéllos, la verdad es que he renunciado á ponerlos en planta.--¡Graduad mi desesperación!
Sin embargo, como el que no se contenta es porque no quiere, heme dedicado últimamente á buscar la equivalencia de esa cantidad dentro de mí mismo, y dentro de mí mismo _la he encontrado_...
¿Qué no encontrará el hombre en su corazón ó en su cabeza, en sus sentimientos ó en su fantasía, si sabe sondearlos?
El alma humana es un reflejo del infinito, y hasta quizás el infinito mismo. El alma es como una reducción fotográfica de la Creación, y en ella están condensadas todas las obras de Dios; pero tan condensadas, que á primera vista sólo vemos un punto negro. Un punto negro es también el mundo exterior, cuando lo velan las tinieblas, y dentro de ese punto están comprendidas, sin embargo, todas las cosas. Sólo falta un rayo de luz que disipe las sombras, para que las cosas se esclarezcan y el punto se convierta en el universo. Y para que la reducción fotográfica de nuestro espíritu descubra todos los tesoros que guarda, basta que le apliquemos el vidrio de aumento de la fé ó de la inspiración.--_Tienen ojos y no ven_, dice el Evangelio.
¡Sí! ¡yo he encontrado dentro de mí, en los bolsillos de mi imaginación, esos cien millones de reales!
¿De qué manera?--De una manera muy sencilla, que está al alcance de todos: dedicándome en cuerpo y alma á hacer castillos en el aire, como los muchachos de trece años; partiendo del principio, ó sea del punto matemático, de que poseo los cien millones, y poniéndome á pensar muy seriamente, durante muchas horas seguidas, en las cosas que yo haría con ese dinero.
A este fín me acuesto al ponerse el sol; apago la vela; meto la cabeza entre las almohadas, y me estoy así (procurando no dormirme) hasta la madrugada del día siguiente, que me duermo... y sigo soñando que soy millonario.
Todo este tiempo, que equivale á la mitad de mi vida, lo paso disfrutando con la imaginación los placeres de la riqueza, bien esté despierto, bien esté dormido.
Nada falta á mi ilusión. Yo toco el oro; yo veo los billetes de Banco; yo giro letras sobre las primeras casas de Europa; yo recorro mis fincas; yo taso mis coches, mis cuadros, mis muebles, mis libros, mis estátuas, mis caballos, mis músicos, mis bufones, mis caridades, mis placeres, todos mis gastos; yo soy rico, en fin, y pienso en lo que piensan los más opulentos; y duermo poco, como á ellos les acontece.
--«_Si yo tuviera cien millones_... (me digo cien veces cada velada.) Si yo tuviera cien millones, compraría esto, lo otro y lo de más allá; echaría por este camino, evitaría el otro; viviría de tal suerte; pensaría en tal sentido, etc., etc., etc., etc., etc., etc.
Y es la verdad que, durante esta fantasmagoría, pasa ante mis ojos la vida entera; formo mil novelas en la imaginación, hago la crítica de todos los afectos, de todas las personas, de todas las virtudes, de todos los vicios; desentraño cuestiones muy profundas de moral, de filosofía, de gobierno, de arte, de economía..., y todo sin intención de ello, como quien lee libros en un idioma que no comprende.
Quizás algún día escriba una obra compuesta de muchos volúmenes, con el mismo título de este artículo. En ella referiré todas mis cavilaciones de una noche de esas fantásticas, y enumeraré las cosas portentosas que haría yo en el mundo, si tuviese cien millones de reales...
Desde ahora hasta entonces, salud, y acostarse temprano.
Madrid Junio de 1859.