Cosas que fueron: Cuadros de costumbres
Part 4
Es el caso que recordáis la cita...
Pero no la hora...
Y la niña espera entre tanto..., y tanto espera, que de todos modos llegáis á tiempo...
¡Ah... jóvenes! ¡Con _pañuelo_ y todo, no merecéis los ratos que hacéis pasar!
En cambio, los pasáis bien tristes.
* * * * *
Y, á propósito: ¿Habéis llorado alguna vez á solas? ¿Os habéis perdido en ese desierto de veinte palmos, muy más desconsolado que las arenas del Zahara, y llamado á pesar de todo _Casa de huéspedes_? ¿Habéis luchado á brazo partido con la sociedad, con las necesidades de la vida, con una ambición sin objeto, con un amor sin esperanza y con la dueña del _establecimiento_? ¿Os habéis convencido, al cabo de muchos días de prueba, de que el _patrón_ es enemigo de su _huésped_, de que el pupilero está en abierta lid con su pupilo? ¿Sabéis lo que es esa lucha á muerte, en que vuestro antagonista ruega á Dios que enferméis, á fín de que no comáis? ¿Os han llamado alguna vez _El de la sala_... _El del gabinete_... _El número_ 18? ¿Habéis estado solo en una casa habitada por cien inquilinos; solo, como el enterrador que se pasea por un cementerio? ¿Os han despedazado como al tártaro que amarran á cuatro potros salvajes, el deber por un lado, la pasión por el otro, la ira y la generosidad arrastrandoos en opuesto sentido? ¿Habéis echado de menos en esas horas de amargura á la mujer que ofendisteis, á los padres que abandonasteis y á los amigos que colmasteis de favores, alejándolos así para siempre de vuestra antesala? ¿Os habéis arrepentido entonces del bién que hicisteis, del mal que dejasteis de hacer, de no haber seguido engañando á la una, de no haber adulado al otro, de haber guardado, en fín, consideraciones á un mundo que tan ingrato os abandona en vuestro dolor?
¿Sabéis, sabéis lo que es llorar á solas?
Mas ¡qué digo á solas! ¡Esa misma _soledad_ sale á vuestro camino, como la Verónica salió al encuentro de Cristo en la calle de la Amargura, y os pone un lienzo en la cara para enjugar las lágrimas que la inundan!
Sí; el _pañuelo_, sólo el pañuelo, viene entonces á consolaros. Él seca vuestro lloro, él sofoca vuestros gritos; él guarda (como nadie lo guardaría en un caso semejante) el secreto de vuestra miseria y debilidad...
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¡Oh!... ¡Bendito sea el _pañuelo_!
Cantemos las alabanzas de ese cuadrado de batista, que nunca se separa de nosotros; que nos acompaña á todas partes; que, como Júpiter y Proteo, adopta todas las formas, pero no en provecho suyo, sino en provecho nuestro, dándonos contínuas muestras de una caridad verdaderamente sublime.
Él se dobla en forma de cabestrillo, y sostiene vuestro brazo lastimado.
Él se hace tiras para serviros de vendaje.
Él se deshace completamente para convertirse en hilas.
Él se transforma en tacos cuando váis de caza.
Él se extiende en el suelo para que os sentéis encima.
Con él se presenta al pié del cadalso el mensajero del perdón.
Con él os limpiáis el polvo de las botas.
Él hace el principal papel en el _Otelo_ de Shakspeare.
Él acaba de ingresar en el ejército, representando el amor de cincuenta mil novias de otros tantos quintos, sin contar los quintos que tendrían más de una novia y de un _pañuelo_.
* * * * *
Cuando silban las balas, y los hombres caen como espigas sobre el campo del honor; cuando cada detonación que suena deja á una madre sin hijo, á un hijo huérfano, á una esposa viuda ó á un hermano sin hermano..., él luce en la punta de una bayoneta en señal de _parlamento_, y la naturaleza respira alborozada, como cuando sale el sol, después de la tempestad.
Que el _pañuelo_, aunque sea blanco, tiene las propiedades del _arco-iris_.
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Pero vamos á otra cosa.
Yo he visto á una niña de diez y siete años pasar horas y horas doblada sobre un bastidor, bordando cierto nombre en el pico de un _pañuelo_...
Según me contaron, al otro día partía su amante para la _Universidad_... ó para otra parte...; que no todo se ha de decir.
¿Qué pensaba la niña cada vez que añadía un rasgo á aquellos adorados caracteres?
¡Cuántas historias, cuántos castillos en el aire fundaría sobre cada letra! ¡Cuántos recaditos, cuántos encargos daría á cada punto! ¡Qué ventura para la niña! ¡Pronunciar de una vez para siempre el nombre del dueño de su alma; esculpirlo, grabarlo, eternizarlo...!--¡Quizás era aquella la primera y última carta de amor que le escribía!
Los amantes de la Arcadia dejaban su nombre escrito en la corteza de los árboles...; pero aquellos alcornoques crecían tanto con el tiempo que la inscripción se borraba...--¡En cambio, un _pañuelo_ dura miles de años!
¡Dichoso mortal el que recibiera el bordado por la niña! ¿Qué le importarían ya el olvido y la inconstancia?... Aquel _pañuelo_ podrá acreditarle eternamente que hubo un día en que fué idolatrado; ¡el día en que la niña levantó aquel monumento á la gloria de su amor!
¡Bienaventuradas las niñas que han amado siquiera una hora, porque ellas han visto el reino de los cielos!
Y ¡ay tristes de los maridos de esas niñas, si esas niñas llegan á casarse con hombre á quien no hayan bordado ningún _pañuelo_!
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¡Pues nada os digo de la consolación que nos brinda el _mouchoir_ cuando la ira ruge en nuestro pecho y las lágrimas se niegan á acudir á nuestros ojos!
¡Dulce es entonces despedazarlo con uñas y dientes, cebar en él toda nuestra furia, maltratarlo sin piedad..., y echarlo de menos al cabo de un momento, cuando el achaque nasal viene á decirnos: _¡aquí estoy!_
¡Y, áun entonces, veréis que, abofeteado y todo como se halla, presenta la otra mejilla á vuestros ultrajes!
¡No son tan mansos los poseedores de pañuelos! Los maltratamos hoy sin razón; los buscamos mañana para servirnos de ellos, y nos repiten aquel siniestro cantar:
Cuando quise, no quisiste; ahora que quieres, no quiero...
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Por lo demás, hay diputado que no hilaría tres palabras seguidas, si no tuviese un _pañuelo_ en la mano; cosa que sucedía también antiguamente á los aficionados que declamaban en los bailes.
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Paso por lo alto la tos, el estornudo y el bostezo, en que tan indispensable es nuestro protagonista, y entro á hablaros de varios _pañuelos_ en particular.
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Sé de quien posee el _pañuelo_ que le echaron encima al tiempo de nacer.
Y de quien conserva otro, empapado en el último sudor de una virgen que murió amándole.
He visto á miles de caballos caminar tranquilos hacia la muerte, en las plazas de toros, sólo porque llevaban sobre los ojos un _pañuelo_.
Fiel imagen de los enamorados, que, como todos sabemos, llevan también una venda sobre los ojos...
--_¡Morituri te salutant!_ pudieran exclamar unos y otros héroes, dirigiéndose al Presidente de la plaza ó al Cura de la parroquia.
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Y ahora que hablo de vendas:
¡Dulce es entrar, vendado con un _pañuelo_ por dueña quintañona, en tal ó cual torre, aunque no sea de Nesle, donde nos aguarde alguna Margarita de Borgoña, de Fernández, ó de Martínez!
¡Dulce es también jugar á _gallina-ciega_ con muchachas de quince á veinte!
¡Dulce es, á los diez y ocho años, teñir un _pañuelo_ con sangre de las encías, y creerse _traviato_, digo, tísico!
¡Dulce es, sobre todo, cuando se encuentra uno solo en el campo, cansado de perseguir mariposas, en el mes de Julio, á la hora de la siesta, tenderse sobre un haz de espigas y sentir que un _pañuelo_ pasa por nuestra frente y nos enjuga el sudor!
Pues ¿y prestarlo á una señorita á la salida de un baile, para que preserve su encantadora cabeza del húmedo relente de la noche?
¿Y regalarlo lleno de confites, el día de San Antonio Abad, á una aldeana inocente, de esas que se ponen coloradas sin saber por qué?
¿Y atarlo á una reja...?
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Pero este artículo sería interminable si me detuviera á enumerar todos los méritos y servicios de ese nuestro camarada de glorias y fatigas.
Recordad el _cottillon_ en que una dama os elige por pareja, entregándoos su _pañuelo_ de nipis.
Recordad el que vela la faz del agarrotado, no bien llenó el verdugo su cometido:
El que cubre los ojos del prisionero que van á fusilar:
El que deja caer al suelo una joven, para daros ocasión de decirle ciertas cosas al presentárselo:
El que os saluda desde un balcón á las cinco de la mañana, cuando dobláis la esquina de tal calle, oliendo todavía en vuestras manos un resto del perfume favorito de la mujer que acabáis de dejar:
El que dobladilló vuestra hermana cuando visitasteis el hogar doméstico:
El que envuelve dos pistolas, una de ellas vacía y la otra cargada:
El que enjuga vuestros labios después que bebisteis agua... ó vino:
El que llenáis de violetas en el campo:
El que ata vuestro pié izquierdo al de vuestro enemigo en un duelo á navaja:
Y el que cela vuestra sonrisa burlona...
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Y, finalmente, pensad en una despedida eterna; en una de esas separaciones que mutilan el alma, que acaban con unos amores, que tuercen en sentido contrario el rumbo paralelo de dos existencias: pensad en el relój que suena como la campana de agonía; en el silencio de los dos _condenados_, que, careciendo de tiempo para decirse todo lo que sienten, no quieren ofender su mutua desesperación diciendo demasiado poco: pensad en la mirada intensa, profunda, atónita, desconsolada, que dirigís por última vez á la persona querida; en el ronco _¡adios!_ que abre un abismo entre vosotros; en el postrer apretón de manos que consagra el pacto de vuestra eterna desdicha.
Ya os habéis separado, y aún tendéis los brazos el uno hacia el otro para acortar así la distancia que media entre lo pasado y el porvenir...
Surca las ondas el barco que os arrebata vuestro bien, vuestro tesoro, vuestra delicia...
El _adios_ hablado se pierde ya en el aire, sin llegar á los oidos...
Las oscilaciones de las olas rompen la cadena magnética de las miradas...
¡Ya no distinguís el rostro que habéis contemplado tantas y tantas horas!
Ya confundís el contorno de su adorado cuerpo con los objetos que la rodean...
Ya la creéis perdida... ¡perdida para siempre!...
El corazón se desploma helado en el fondo del pecho, como un cadaver en la sepultura... Prorumpe al fín la fuente de un inacabable llanto... La soledad os ahoga entre sus brazos de hierro... Vais á morir...
Entonces veis ondear á lo lejos un _pañuelo_ blanco...
¡Es _ella_! ¡Es _ella_! ¡_Ella_ otra vez! Es su voz, es su mirada, es su beso, es su corazón, es su alma que os visita de nuevo...
Así vivís otros fugitivos instantes...
Pero cuando el _pañuelo_ blanco se reduzca, se achique, desaparezca completamente en alta mar... ¡perded toda esperanza! ¡Las puertas del paraiso se han cerrado detrás de vuestros pasos!
Mas, si tenéis otro _pañuelo_, él será vuestro paño de lágrimas.
1857.