Cosas que fueron: Cuadros de costumbres
Part 2
Así como las personas se diferencian, no por las partes de que están compuestas, sino por la fisonomía general, así, á mi modo de ver, los idiomas congénitos se distinguen por su sintaxis y su prosodia, más que por su etimología. Conste, pues, que es arriesgado tildar de galicismo el uso de una palabra, que por no existir ó por haber caido en desuso, deja de representar una idea de necesaria emisión, al referir un concepto.
Con lo expuesto basta para deducir que, así como España necesitaba unirse por su política y por sus costumbres al ideal de la civilización de que había estado separada, hacía falta al idioma esa libertad de acción, esa _moralidad_, esa honradez con que la forma debe servir á la idea, no como esclava sumisa ni como señora imperante, sino como hermana dulce y bondadosa compañera.
A poco que se examinen los escritos de Alarcon, vése en ellos una genialidad propia, una felicidad de expresión, una tan natural y suave manera de ir sirviendo con el lenguaje á las ideas más espirituales ó á las transiciones más bruscas, que, aparte de lo que se dice en ellos, sus artículos vivirán siempre como una nueva eminencia que señala moderno adelanto en el idioma. No conocemos escritor compatriota que disponga de una forma más ductil y exacta para expresar de pronto y con rapidez pensamientos más distintos. Si la pereza del trabajo material no se apoderase de nuestra mano, citaríamos en montón trozos de riquísima prosa, en que con la rapidez del relámpago pasa una idea brillante, una observación cáustica, un gemido seco, una alegría infantil, sobre el tranquilo reposo de un periodo, ajeno á tales sensaciones por el objeto que describe ó el sentimiento que analiza.
Son, pues, estos trabajos, no sólo museo exquisito de _cosas que fueron_, sino expresión exacta del modo mejor de escribir, más artístico y más en consonancia con su tiempo y con la prosa castellana en mitad del siglo XIX: si defectos tienen son los de su época, como sus bellezas y sus giros. Habrá escritores más correctos que Alarcon, pero no más contemporaneos; que, si mérito tiene hoy quien esculpa una estatua de Júpiter Olímpico, no le vá en zaga el escultor que logre representar fielmente la grandeza de un Washington, de un Nelson ó de un Cavour.
Si se me tacha de exagerado, responderé con Chanford: «Acúsaseme de alabar á mis amigos; ¡como si antes de ser amigos mios no se hubieran conquistado mi amistad con esas mismas cualidades que en ellos alabo, y que no conocía!»
Lo que sí puedo asegurar, sin temor á que la experiencia me haga arrepentirme, es que el lector puede abrir este libro por cualquiera de sus páginas, sin miedo á hallar una vulgaridad de pensamiento ó una grosería de estilo.
Al frente de la obra del Sr. Alarcon podría estamparse el siguiente verso de Horacio, tan de común aplicación en la época presente
_¡Odi profanum vulgus et arceo!_
si en ella no figurase, á guisa de protuberancia escrita, este baladí prólogo mío.
RAMON RODRIGUEZ CORREA.
1871.