Cosas que fueron: Cuadros de costumbres

Part 14

Chapter 143,283 wordsPublic domain

Cinco eran allí los castigos ó sanciones penales de la enseñanza: 1.º, ponerse de rodillas; 2.º, correazos _sobre_ la ropa; 3.º, palmetazos; 4.º, llevar colgado al cuello ¡todo un día! cierto cartón en que estaba pintado un _burro_; y 5.º, azotes, ó sea disciplinazos que llamaré _pajareros_, por ir este adjetivo pegado al _innominable_ (por no decir _inefable_) sustantivo con que se designaba allí, y áun suele designarse en la vida doméstica, la parte del cuerpo... infantil que los recibía. La correa ó correas (pues había dos) eran de lo más recio que se conoce en materia de pieles, y una tenía D. Carmelo y otra el Sr. Frasquito.--La palmeta, primorosamente tallada y torneada en madera de álamo negro, que es de las más fibrosas y menos quebradizas, ostentaba los cinco agujeros de rigor, en recuerdo de las cinco llagas del Salvador del mundo, y su manejo correspondía exclusivamente al Jefe de la clase. El burro había sido dibujado por la señora de Sarmiento. Y, en fín, los azotes se administraban, tomando á cuestas un adulto al _recipiente_ ó _receptor_ (pues no cabe llamarlo _recipiendario_), bajándole los calzones y dándole otro adulto con las disciplinas... Ambos oficios, el de picota y el de verdugo, eran muy codiciados, y sólo se concedían al mérito notorio. Las disciplinas se diferenciaban muy poco de las que usan los ascetas; pero tenían la desventaja de no ser esgrimidas por mano propia.

No tacharé, sin embargo, de cruel al maestro Clavijo... ¡Mucho más lo era el pasante! El antiguo sargento distinguíase, por el contrario, como hombre sensible y cariñoso, y recuerdo innumerables rasgos suyos de ternura... verdaderamente maternal (que no paternal) con los muchachos, sobre todo con los pequeñuelos. V. gr. Cuando alguno de estos era víctima de también _inefables_ ó _innominables_ descuidos propios de la infancia, él mismo lo metía en la pila, sacaba agua del pozo, lavábalo como una niñera, enjuagábale luego la ropa, tendíala al sol para que se secara, y, en el ínterin, acostábalo entre las dos zaleas que hacían veces de alfombra en la Presidencia y en la Vicepresidencia, si era invierno, y, si era verano, cubríalo con su moquero de seis cuartas...

Las tardes de Canícula presentaba la escuela un cuadro digno de los pintores flamencos de costumbres, ó de que entonces hubiera habido fotógrafos. Debía de ser cosa convenida entre el maestro y el pasante que cada uno de ellos dormiría la siesta una de las dos horas que duraba la clase vespertina; el maestro, de tres á cuatro, y el pasante, de cuatro á cinco. Mas, para ello, requeríase ante todo que callaran los ciento veinte muchachos durante aquellas dos horas..., y he aquí cómo se lograba este milagro. Recostábase D. Carmelo en su sillón de vaqueta, y el Sr. Frasquito comenzaba á dar paseos de tigre enjaulado, rápidos y de puntillas, por el único y vastísimo salón (antiguo alhorí) que servía de aula. _¡A callar!_ gritaba en cuanto el dómine bajaba los párpados, y ya no permitía á ningún niño ni mojar la pluma, ni volver la hoja del libro en que leía, ni rebullirse, ni mirar á nadie ni á nada... Dormíanse todos, por consiguiente, ó aparentaban dormirse, y si alguno abría los ojos ó la boca, ya estaba encima el Sr. Frasquito, amenazándole con la correa hasta que los cerraba. Libres y aseguradas de impunidad las moscas, su largo y monótono zumbido era entonces la única voz que sonaba en la escuela, aparte de los ronquidos del benemérito asturiano, cuya alma, en aquel momento, recorría los campos de batalla de Talavera, Ciudad-Rodrigo y Vitoria... Daba luego la recíproca el maestro al pasante, y á las cinco en punto acabábanse, simultáneamente, la clase y las siestas.--No podían empero llamarse á engaño los padres de los chicos, puesto que también habían logrado que estos les dejasen dormir, y no para otra cosa obligaban tiránicamente al sargento Clavijo á que tuviese escuela las tardes de Canícula, contra la antigua y buena práctica andaluza.

Los sábados en la tarde dirigía siempre el maestro un ligero sermón á sus regocijados discípulos, momentos antes de darles suelta por treinta y nueve horas. Ya se había cantado la Salve, y cada arrapiezo tenía su gorra en la mano (soñando con todo lo que iba á diablear el domingo, desde que Dios echase sus luces hasta bien entrada la noche), cuando D. Carmelo daba un correazo sobre su mesa, en señal de atención, y decía: «Señores: mañana es domingo, día de misa de precepto: no hay clase. Oigan Vds. misa mayor en su respectiva parroquia, y además todas las que puedan, pues las almas del Purgatorio no reciben otro consuelo que el que nosotros les enviamos. Traten con respeto y obediencia á sus padres, á los mayores en edad, saber y gobierno y á las personas de suposición. Besen la mano á los sacerdotes que encuentren en la calle, y socorran á los pobrecitos con los cuartos que hubiesen de gastar en dulces. Por la tarde, vayan Vds. á la novena... tal, y al oscurecer, al Rosario. Y, en fín, vengan el lunes con muchos ánimos de hacerse pronto hombres útiles á sus familias y á la Patria.--Vayan ustedes con Dios.»

Algunos sábados añadía en tono confidencial: «Señores: se está acabando la tinta; traigan Vds. el lunes un cuarto, los que puedan, y los que no, procúrense caparrosa y agallas. En el jardín del Marqués de Tal hay un hermosísimo ciprés, y el jardinero les permitirá que cojan los gálbulos que haya derribado el aire.»

El penúltimo día de cada mes, aunque no fuera sábado, pronunciaba también algunas frases monitorias. «Señores (decía): recuerden Vds. á sus padres que este mes _trae treinta_ (ó veintiocho ó veintinueve, ó bien que mañana es 31), y que, por lo tanto, hay que venir á la escuela con el dinero del pobre maestro, el cual celebraría mucho ser rico y poder enseñar á Vds. de balde.»

Y, en fín, desde 1.º de Noviembre comenzaba á pregonar este otro bando: «Señores: se acerca el día de la Purísima Concepción, patrona de las escuelas. Hay que traer colgaduras, cera, flores de trapo, candeleras, cornucopias, dulces, castañas, frutas secas, garbanzos tostados y demás, para la gran función religiosa, con refresco y todo, que habrá aquí dicho día, y á la que vendrán únicamente aquellos de Vds. que sean buenos y aplicados. También les exhorto á que vayan reuniéndose los domingos en la noche y ensayando los coros á María Santísima, cuya letra y música conoce todo el mundo. ¡Es menester que nuestra función eclipse la de todas las escuelas de Astorga..., donde se hacen con especial magnificencia!»

¡Astorga! ¿Qué nos importaba á nosotros eclipsar á gentes de un país tan distante del nuestro? Pero á D. Carmelo le importaba mucho. ¡D. Carmelo tenía sus pasiones en el particular! ¡D. Carmelo no olvidaba nunca ningún capítulo de su pasada historia! ¡D. Carmelo era un hombre esencialmente retrospectivo!

III.

Pasemos ahora revista, como anunciamos antes, á las asignaturas y textos de aquella famosísima Academia de primera enseñanza, donde aprendieron á leer y medio escribir muchos que han sido luego jueces, promotores, médicos, boticarios, canónigos, catedráticos y hasta periodistas.

Comenzábase por el _Jesús_ ó _Abecedario_. (JESÚS era entonces la primera palabra que profería el niño al comenzar á civilizarse. Después seguía la primera letra del alfabeto.)

Pasábase luego al _Silabario_ y á aprender de viva voz, y hasta con música, todo el _Catecismo_ del Padre Ripalda. Por cierto que al llegar á la pregunta: «_Decid niño: ¿Cómo os llamais?_,» costaba á algunos mucho trabajo responder al tenor del libro: «_Pedro_, _Juan_, _Francisco_, _etc._,» y respondían: _Valentín_, _Manuel_, _Bonifacio_, ó como quiera que se llamaban.

Entrábase á continuación á leer en el _Libro de obligaciones del hombre_; en seguida, en _El Amigo de los niños_, y finalmente, en _El Fleury_ (sic), tres obras notables, que nos enteraban de lo poco ó mucho que contenían, sin que Don Carmelo se metiese nunca á poner ni quitar, ni á explicar ó comentar cosa alguna.--¿Qué tenía él que ver con tantas cosas del Antiguo y del Nuevo Testamento como trae á colación, en su célebre _Catecismo histórico_, el preceptor de los hijos y nietos de Luis XIV?

En punto á _Aritmética_, no era el maestro, sino el pasante, quien nos enseñaba hasta cuentas de _proporción_ y de _compañía_, y recuerdo que, para sacar esta última, había que llenar de rayas y guarismos todo un pliego de papel de barbas...--¿De qué me han valido los laureles que alcancé en este punto?--Pero ¿qué sabía entonces nadie, ni yo mismo, si mi porvenir era ó no de banquero?--¡Hicieron, pues, divinamente en enseñarme á manejar ó contar millones, billones y trillones!

Nuestro muestrario para escribir debíase á la pericia caligráfica del propio D. Carmelo, á cuya letra sigue pareciéndose mucho la mía y la de todos los que frecuentaron su escuela. También nos enseñaba á _reglar_ papel con un plomo sobre las _pautas_ de madera y alambre; mas, por lo que toca á _Ortografía_ y _Gramática castellana_, nos dejaba en el estado de la inocencia y dueños absolutos de nuestras acciones. ¡El héroe de Bailén y de los Arapiles no había sospechado siquiera que existiesen reglas y trabas para la escritura, después de tanta sangre como les había costado á los españoles su _independencia_!

En compensación; algunas tardes de invierno (indudablemente en los grandes aniversarios de aquella gigantesca lucha), el antiguo soldado sentía como nostalgia de los campamentos y de las lides, y, después de referirnos varios combates, y sobre todo aquel en que lo hirieron y ganó la cruz, nos decía:

--¡Vaya, caballeros, de todo conviene saber un poco! Voy á dar á Vds. otra leccioncita de equitación.

¡Era de ver entonces la escuela! Todos los muchachos soltábamos plumas, libros y papeles, y nos colocábamos de un lado de las extensísimas y achaflanadas mesas de escribir, muy parecidas á largos caballos, y que de tales servían en semejantes ocasiones.

--¡Pié en el estribo!...--gritaba el maestro.

Todos poníamos la mano derecha sobre la mesa correspondiente, y el pié izquierdo sobre el banco que de ella nos separaba.

--¡Una!--seguía mandando D. Carmelo.

Todos nos alzábamos hasta quedar enhiestos sobre el pié apoyado en el banco-estribo y con la pierna derecha colgando al aire...

--¡Dos!

Todos extendiamos la pierna derecha á lo largo del lomo de aquel prolongado y doble pupitre...

--¡Tres!

Todos pasábamos la pierna derecha al lado opuesto, y quedábamos á caballo sobre la mesa.

--¡Magnífico!--exclamaba fuera de sí el veterano, blandiendo la palmeta sobre invisibles enemigos.--¡A ellos, muchachos, á ellos! ¡A paso de carga! ¡Viva Dios! ¡Viva España! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la independencia española!

Entonces haciamos todos como si cabalgáramos en un corcel á galope; principiábamos á mecernos de atras para adelante, golpeando la mesa con las posaderas, y manoteando como si blandiésemos espadas ó lanzas, y excusado es decir que libros, papeles, plumas, tinteros, todo rodaba ó saltaba que era una bendición de Dios, hasta que el sargento Clavijo, asustado de su propio triunfo, daba la orden de

--¡Alto la carga!

Figúrese cualquiera qué habría sido, entre tanto, de los pantalones claros de color, y el asombro y furia de las madres al ver llegar á sus hijos con toda la horcajadura llena de tinta...--Felizmente, tales escenas ocurrían en invierno, como dejo dicho, y casi todos los escolares llevábamos pantalones de paño oscuro.--¡Y, de un modo ó de otro, los franceses habían sido pulverizados!

Réstame hablar un poco de la asignatura de _Geografía_.

Dos textos, guardados como oro en paño, tenía D. Carmelo para instruirnos en esta ciencia, y éranse dos _listas manuscritas_, no sé por quién ni cuándo, que se nos leían todos los viernes para que las aprendiésemos de memoria.

Comenzaba la una diciendo:

«_Tiene este Reino de España ciento cuarenta_ CIUDADES, _que son_: _En el Reino de_ CASTILLA LA NUEVA, _tal y cual; en el_ REINO DE NAVARRA, _esta y la otra_,» etc., etc., y que concluía (lo recuerdo perfectamente) por este rabillo: «_En el_ SEÑORÍO DE VIZCAYA, _Orduña_.»

¡Y nada acerca de ríos, ni de montañas, ni de límites, ni de ninguna otra particularidad física del territorio español! ¡Nada tampoco de la actual división por provincias, ya realizada entonces! ¡Ni tan siquiera se nombraba á Madrid! ¿Para qué, si no era _ciudad_? En cambio, justo es decirlo, los que allí estudiamos sabemos hoy perfectamente y podemos lucirnos en cualquier tertulia diciendo de golpe qué poblaciones de España son _ciudades_ y cuáles no. ¡Hemos cantado la lista tantas veces!

Pero vamos al segundo texto geográfico de D. Carmelo.

Decía así literalmente, y creo que no era poco decir:

«_Lista de las_ CÓRTES _de los más principales reinos y soberanos europeos_:

»MADRID, _de España_.--PARÍS, _de Francia_.--LISBOA, _de Portugal_.--LÓNDRES, _de Inglaterra_.--VIENA, _de Alemania_.--ROMA, _de Italia_.--NÁPOLES, _de Nápoles_.--VARSOVIA, _de Polonia_.--BERLÍN, _de Prusia_.--CONSTANTINOPLA, _de Turquía_.--COPENHAGUE, _de Dinamarca_.--ESTOKOLMO, _de Suecia_.--SAN PETERSBURGO, _de Rusia_.--PRAGA, _de Bohemia_.--HAYA, _de Holanda_.--BUDA, _de Hungría_.»

Tal era la división política de Europa que se enseñaba en aquella escuela el año de gracia de 1838, y que, según mis noticias, siguió enseñándose otra docena de años.

Salí yo, pues, de manos del sargento Clavijo con una Europa casi fantástica dentro de la cabeza, y sin conocer las reglas de mi lengua patria; y, cual si ya no necesitara estudiar más acerca de lo presente, pasé á una clase de latín á estudiar lo pasado, á aprender una lengua muerta, á enterarme de las guerras púnicas ó de las maldades de Catilina, y á divertirme traduciendo liviandades de la poesía romana.

¡Figuráos, por consiguiente, mi asombro, y también mi admiración al _tupé_ moral del buen D. Carmelo, cada vez que oyese decir y sostener, y probar hasta la evidencia á tal ó cual lectorcillo de _El Eco del Comercio_, las siguientes verdades: 1.ª que desde 1805 Viena no era la capital de Alemania; 2.ª, que existía en Europa un imperio de Austria, de que yo no tenía noticia; 3.ª, que ni en Roma vivía el Soberano de Italia, ni había tal _Italia_ en el mundo político, como lo demostraba aquello mismo de «NÁPOLES, _de Nápoles_;» 4.ª, que Polonia fué despedazada en 1792 y 1793, y dejó de existir en 1795, sin que le hiciese resucitar, como Estado, su heróica lucha en 1830; 5.ª, que Bohemia, desde 1556, no pasaba de ser una de tantas provincias austriacas, y que, por consecuencia, todo lo relativo á tal reino, á su corte y á su soberano, caía por su base; 6.ª, que no otra cosa pasaba con la pobre Hungría, sierva también entonces del emperador austriaco, á pesar de todos los magyares antiguos y modernos..., y 7.ª, que, en cambio, existían en Europa, aunque no en la _lista_ del sargento Clavijo, un reino de Piamonte, otro de Grecia y otro de Bélgica, dignos ciertamente de ser mencionados en las clases de Geografía de las escuelas públicas!

Pues ¡aún hay más!--A modo de posdata de aquella galería de nacionalidades muertas y ensangrentadas, leíase este singularísimo apunte, que mucho me dió que pensar por entonces:

«NOTA.--Se ha descubierto una nueva _Parte del mundo_, á la que se ha puesto el nombre de OCEANÍA.»

¡Qué enormidad de apéndice! ¡Qué majestad en la incongruencia! ¡Qué lisura, qué desenfado, y qué embuste tan delicioso!

Porque lo cierto es, como sabrán todos los que hayan estudiado en escuelas menos peregrinas, que ni en 1838 acababa de descubrirse ninguna _Parte del mundo_, ni tampoco fué entonces cuando se puso el nombre colectivo de OCEANÍA á las islas del gran Océano que no cabía asignar al Asia ó á la América. Inventaron tal _nombre_ los geógrafos á principios del siglo actual, y entre las tales islas figuraban muchísimas descubiertas por Magallanes, Van-Diemen y otros navegantes de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Pero, áun así y todo, ¡qué naturalidad, qué frescura salvaje, qué gracia bucólica había en aquella errónea y trasnochada _posdata_, referente á toda una PARTE DEL MUNDO! ¡Ah! yo me enorgullezco de haber aprendido algo en semejantes condiciones, de haber tenido tantas ideas falsas, de haber estado en tantos errores! Figúraseme, cuando pienso en ellos, como que he vivido en dos planetas ó en dos siglos muy apartados el uno del otro; que he estado en dos mundos, que he existido dos veces, como acontecerá al que cambia de religión ó al que se casa en segundas nupcias! Por lo demás, permítaseme decir desde ultra-tumba, que me parece mucho más poético aquel modo de ser, en que no sabían las gentes por dónde andaban, ni lo que ocurría más allá del anillo de su horizonte, que este otro en que cualquier mocosuelo es capaz de decirle á uno cuántos lunares tiene en la rabadilla el Primer Ministro del celeste Imperio.

IV.

Ni una palabra más acerca del sargento Clavijo, considerado como profesor de primeras letras, y ¡bien sabe Dios que no ha sido mi ánimo zaherirlo en estos renglones, sino hacer su elogio hasta cierto punto!--¿Tenía él la culpa de no ser un sabio? Y ¿podía enseñarse más y mejor, sabiendo menos? ¿Llegaría nadie á ser maestro de escuela con tan cortas luces y pocas humanidades?--¿Qué digo pocas? ¡Él no tenía más que una, la que manda Cristo, la _humanidad_ que también se llama _amor al prójimo_!--Y ¿cabe negar mérito á la hercúlea tarea de meterse á enseñar sin saber nada? ¿No revela esto, cuando menos, grandísima fuerza de voluntad, conocimiento del corazón humano, ó profundo y filosófico desdén á la sabiduría? ¿Desconocerá alguien que Sócrates, el ilustre, el insigne, el incomparable maestro de Platón y Antisthenes, _acabó_ por donde _empezó_ el sargento Clavijo, esto es, reconociendo que _no sabía nada_, ó, por mejor decir, que en el mundo _no había nada que saber ni que enseñar_?

¡Descanse, pues, tranquilamente mi respetable y querido maestro, el aliado de mi inocencia, el cómplice de mi ignorancia!--A la edad de setenta años, y cuando yo tenía ya veinticinco y rodaba por el mundo, dejó la instrucción pública y se retiró á la vida privada. Un verano, que fuí á mi siempre grata ciudad natal (Jaen), á desaturdirme de las vanidades de la córte y á visitar los pobres majuelos que heredé de mis padres, topé con _él_ en un solitario camino. Iba caballero en la más alegre y lustrosa borrica que haya podido nunca reemplazar sin desventaja á un trotón de guerra. Llevábala enjaezada con estribos, bocado y todo, como si fuese el más brioso corcel, y la ilusión habría sido completa, sin el cesto de uvas y de higos, cubiertos de pámpanos, que sujetaba sobre el arzón con el brazo derecho...

¡Muy viejo estaba!... pero risueño y tranquilo. Lo reconocí en el acto, y él lloró de júbilo al enterarse de quién era yo. Dióme á probar sus higos y uvas, y nos separamos para siempre.

Murió tan digna y feliz persona pocos meses después, y de seguro que inmediatamente subió al cielo, donde, como ya he dicho, no podrían menos de colocarle entre los grandes héroes de á caballo, sin tener para nada en cuenta la parte literaria y pedagógica de su vida.--Mientras tanto, había yo vuelto á la córte, ó sea á mis cuarteles de invierno, y hasta dos ó tres años más tarde, que regresé á mi pueblo á vender unas viñas, no supe que el antiguo maestro de primeras letras sólo vivía ya en la memoria de sus discípulos.

NOTAS:

[1] Este artículo y el titulado _Mapa poético de España_, que se cita más adelante, han pasado á formar parte de otro tomo de obras del Sr. Alarcon, que publicaremos en breve, bajo el nombre de VIAJES POR ESPAÑA.--_N. de los E._

[2] Estos seis artículos, como todos los de crítica, han pasado al tomo que publicaremos más adelante, de _Juicios literarios y artísticos_, del Sr. Alarcon, según explicamos en la _Advertencia_ que se verá después de este prólogo.--_N. de los E._

[3] Bajo este título publicó el autor en LA EPOCA, los años de 1858 y 1859, una serie de «REVISTAS DE MADRID,» que suponía estar copiadas del «_Diario de un Madrileño_.»--De ellas descarta hoy los pronósticos, anuncios, noticias y alusiones que sólo pudieron tener valor en aquellos días, así como las reclamaciones de mejoras públicas que después se han realizado, dejando únicamente los juicios, pinturas, observaciones y reseñas que, por referirse á asuntos permanentes ó constantes, puedan interesar todavía al que leyere.--Con ello, y con las «Visitas á la Marquesa,» que van después, se completa un cuadro de costumbres cortesanas que abarca y constituye lo que el autor llamaría en su lenguaje de folletín «_Un año madrileño_.»--(Nota de la primera edición.)

[4] Hacía poco tiempo que había subido al poder aquel Ministerio O'Donnell que duró cinco años.

[5] Se publicó en el _Almanaque agrícola_ del Ministerio de Fomento.

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