Cosas que fueron: Cuadros de costumbres
Part 13
A las dos menos cuarto nadie ve más allá de sus narices.--Se ha bebido, se ha perdido la cabeza á fuerza de bailar, se ha dado el alma al diablo, se ha obtenido la cita, se han marchado las tapadas _decentes_, se han confundido en un vértigo febril la mentira y la verdad, y las caretas son inútiles, y los respetos sociales una farsa, y los desconocidos se tutean, y las feas parecen hermosas, y todos gritan, todos bailan, todos sueñan, todos reducen el pasado y el porvenir á aquel instante pasajero de locura y fascinación.
--¡Huyamos, amigo mío: huyamos de esta jaula de monos!
II.
LOS BAILES DEL TEATRO REAL.
Las tres noches en que estos bailes presentan su caracter propio,--el segundo día de Carnaval, la noche de Piñata y la consagrada á los Establecimientos de Beneficencia,--el regio coliseo ofrece un aspecto moral y material enteramente distinto del de Capellanes.
En él no hay trajes pintorescos ni aparatosos disfraces. Las mujeres van cubiertas de largos dominós ó mantos negros: los hombres vestidos de media sociedad.--Casi nadie baila: los que se dedican á este placer, ó son tránsfugas de Capellanes ó provincianos inespertos.--Al teatro Real se va más que á nada á desenlazar dramas y poemas ó á empezar novelas sumamente interesantes.
Hay, pues, algo de lúgubre y melancólico en estos bailes de máscaras; algo de serio y de imponente. Allí se dan ciertas quejas, y se hacen ciertas recriminaciones. Allí hablan los que se amaron durante mucho tiempo, riñeron después y dejaron de verse al cabo... De allí salen á veces reconciliados los novios, los amantes y hasta los esposos... Allí tropieza uno con los amigos secretos, con las simpatías ignoradas, con las desconocidas entusiastas que no se ponen en balde la careta... Consejos, noticias, censuras, declaraciones, desengaños..., salen como un vendabal de labios de las mujeres, yendo á turbar la mente de los hombres... La infidelidad, los celos, la venganza, la calumnia, los recuerdos de amor andan encarnados, por decirlo así, en aquellas sombras negras cuyos funerales chillidos van sembrando la desolación y la muerte.
Por lo demás, el local es lujosísimo, la orquesta maravillosa, la concurrencia innumerable. A cierta hora los palcos se llenan, ó de parejas que siguen el drama _tête á tête_, sin que la protagonista se haya quitado el antifaz, ó de familias pacíficas que han arrojado la inútil máscara y contemplan desde allí el animado espectáculo del salón, como los que ven desde un balcón artificial la catarata del Niágara.
De las tres á las cuatro hay una hora de sosiego, en que ni se baila ni suena la música.
Es que cenan los alegres de corazón.
Pero más excitan la envidia de los tristes y de los solitarios algunas parejas que se pasean por los corredores ó por las escaleras.--Muchos toman un coche y se marchan..., y luego vuelven.--No pocos se sientan á filosofar, y acaban por dormirse.
A última hora, á las seis de la mañana, se alumbra el teatro con luces de Bengala, que le dan un aspecto fantástico: báilase la _galop infernal_, perfectamente llamada así; condénsase en vivísimas expresiones, en tumultuosos pensamientos, en rápidos compases, en frenéticos giros, toda la poesía diabólica de la noche, y entonces, los que se han reunido por casualidad, los que sólo pueden hablarse con el rostro cubierto, los que no esperan verse ya lo menos en un año, sienten un hondo vacío en el corazón, como si les faltase la vida, como si se acabase el mundo...
Entretanto, la aurora se abre paso en el horizonte, alumbrando calles y tejados cubiertos de nieve, de escarcha ó de ceniciento lodo.
III.
EL CARNAVAL EN EL PRADO.
La decoración ha cambiado completamente.
Las damas llevan la cara descubierta. Los hombres más elegantes van vestidos de mujeres y con la cara tapada. Ellas pasean en coche, ó á pié, ó están sentadas en las sillas del Ayuntamiento. Ellos se hallan á un mismo tiempo en todas partes.
Desde la Fuente Castellana hasta la iglesia de Atocha, esto es, en un espacio de media legua, fluye incesantemente un río de carne y trapo. Los más lujosos trajes de nuestras madrileñas sirven de disfraz á los jóvenes más traviesos y distinguidos.
Ha llegado la hora del desquite. Los embromados del teatro Real se cobran con usura de todo el daño que allí recibieron del bello sexo.
El pueblo, por su parte, acude con danzas, estudiantinas y mojigangas. Entonces aparece también la mascarada política, la filosófica, la epigramática en el orden moral. Trajes fantásticos, ingeniosas caricaturas, burlas sangrientas, tipos cómicos, biografías en acción, nada falta en el gran escándalo de esos días.
Uno pronuncia discursos, otro os dirige á voz en grito apóstrofes que os ponen colorado; quién os nombra, quién os señala con el dedo; cuál os adula, cuál otro os manifiesta todo lo que os conviene saber.
Estas máscaras pregoneras, que son las más terribles, suelen ir hasta en coche, ó asaltar el que primero encuentran: á veces van á caballo: hablan con las gentes que ven en los balcones; penetran en algunas casas; acuden á los cafés; paran á los transeuntes; nada perdonan, en fín, de cuanto puede contribuir á su tremenda incontrastable soberanía.
Tal es el Carnaval en Madrid, donde, á consecuencia de nuestras revoluciones y áun de nuestro caracter nacional, la sociedad se compone de un solo vastísimo círculo que incluye todas las clases cultas y en que todos se conocen y tratan.
No: no es el Carnaval entre nosotros la desaforada orgía de otras capitales de Europa, en que millares de individuos que no se han visto nunca, convierten las plazas y los teatros en otras tantas casas de locos: es una innumerable tertulia de personas que se aman, se temen, se odian ó se necesitan, en la cual se ha apagado la luz y andan las gentes á tientas diciendo verdades como puños y relajando en lo posible los vínculos estrechos de las conveniencias sociales.
1859.