Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)
Part 9
Las Reinas e Infantas de España gozan de especiales ventajas. El Paladio de la ciudad de Tortosa es la _cinta_ que la Virgen, acompañada de San Pedro y San Pablo, trajo ella misma bajando del cielo a un sacerdote de la Catedral en 1178, acontecimiento en honor del cual se dice todavía una misa el segundo domingo de octubre. Este gracioso presente fué declarado auténtico en 1617, por Pablo V, y para justificar su infalibilidad, obra toda clase de milagros, principalmente en casos de obstetricia. También se saca para defender a la ciudad en cualquier momento de calamidad pública; pero no valió de nada cuando el ataque de Suchet. Esta cinta, más famosa que el ceñidor de Venus, fué llevada en 1822, en solemne procesión, a Aranjuez, por orden de Fernando VII, con objeto de facilitar el parto de las dos infantas; y así como Lucina, cuando se la invocaba debidamente, favorecía a las mujeres que estaban con los dolores de parto, Sus Altezas Reales fueron igualmente saliendo felizmente del caso, y uno de los niños que entonces nacieron es el marido de Isabel II. Para las mujeres humildes de Castilla, cuando estaban embarazadas, procuraron un remedio espiritual los canónigos de Toledo, que tomaban el más vivo interés en la mayor parte de los casos. La entrada principal de la Catedral tenía trece escalones, y toda mujer que los subiera y los bajara, podía estar segura de que llegaría al final de su embarazo pronto y bien. No es maravilla, por lo tanto, el que, cuando el número de escalones se redujo a siete, todas las mujeres, solteras y casadas, lo tomaran muy a mal. Todas estas cosas de España tienen un sabor marcadamente oriental; hoy los moros tienen un cañón en Tánger, con el cual fué hundido un barco cristiano, y las mujeres deben pasar sobre este artefacto guerrero para salir bien del paso. En todas las edades y en todos los países en que la ciencia de la obstetricia no ha hecho mucho progreso, es natural que se recurra a medios espirituales para contrarrestar los peligros inevitables del momento del parto. En Italia la panacea era el cinturón de Santa Margarita, una cosa parecida a la _cinta_ de Tortosa, que sacaban los frailes siempre que se presentaba un caso difícil. Y se suponía que beneficiaba al bello sexo, porque cuando el demonio quiso comerse a Santa Margarita, la Virgen le ató con su faja y se amansó como un cordero. Esta faja dió también a luz otras fajas, y en el siglo XVII se habían multiplicado tan extraordinariamente, que un viajero afirmaba que «si se uniesen todas unas a otras, llegarían hasta Londres»; pero la historia natural de las reliquias es demasiado conocida para que insistamos sobre ella.
Hacer referencia a médicos españoles sin tener que apuntar alguna muerte, sería tan raro como una cacería con buenos sabuesos en la que no se cobrara ninguna pieza, bien que en el momento crítico no gusten los médicos de estar presentes, al contrario de lo que les ocurre a los cazadores. El médico, en el momento en que las terribles Parcas se mezclan en el asunto, escurre el bulto dejando el campo libre al cura; de aquí el dicho español: «cuando empieza el cura, acaba el médico». En el _Quijote_ se dice que tan pronto como el barbero tomó el pulso al pobre caballero, le advirtió que atendiera a su alma y enviara por el confesor; y hoy, cuando un hidalgo castellano se mete en la cama, sus amigos le persiguen con la misma tonada, y a menudo no se hace esperar la catástrofe. Lord Bacon, grande en sabios ejemplos y sentencias, pedía que su muerte le viniese de España, porque así tardaría en el viaje; pero no sabía que el caballero vestido de negro era una excepción en las proverbiales lentitud y tardanza, característica de sus compatriotas. Como los enfermos se mueren pronto, la ley del país[16] condena a la multa de diez mil maravedises al médico que no dispone en su primera visita que el paciente se confiese, pues el principal objeto en la enfermedad es, como dice el preámbulo, curar el alma; y así ocurre en Italia, donde Gregorio XVI publicó en 1845 tres decretos, uno condenando los ferrocarriles, otro prohibiendo las reuniones científicas, y un tercero ordenando a todos los médicos abandonar la asistencia de los enfermos que no hubieran enviado a buscar al cura y comulgado después de su tercera visita. En España, la primera pregunta que en nuestro tiempo se dirigía a un enfermo no era si, realmente, se arrepentía de sus pecados, sino si había adquirido la bula; y si la respuesta era negativa o si su vieja nodriza se había olvidado de comprar una, se le negaban los últimos sacramentos al infeliz moribundo.
Digamos una palabra sobre esta maravillosa bula, que desarma a la muerte de su aguijón, y que, aun cuando la mayoría de nuestros lectores no tengan la menor noticia de ella, juega un papel más importante en la vida española que el toro en la plaza. En ninguna parte se observa el ayuno con más rigor que aquí, donde la Cuaresma representa el Ramadán del mahometano. Para evitar contravenciones, los creyentes de buen apetito acudieron a la paternal indulgencia de su Santo Padre en Roma, que en consideración a que era necesario que los cruzados españoles estuviesen lo bastante aguerridos para aplastar más eficazmente a los infieles, concedió a San Fernando el permiso para que sus ejércitos pudieran comer carne durante la Cuaresma, con tal de que hubiese alguna, pues dicho sea en honor de la administración militar española en general, pocas tropas hay que ayunen más regular y religiosamente. El día feliz en que se proclama la llegada de esta grata bula que anuncia la comida, se celebra con repique de campanas, como si se tratara de una boda. En provincias, los alcaldes y las corporaciones van a la Catedral con toda solemnidad, asombrando a la multitud y divirtiendo a los señores con la resurrección de las carrozas, las mazas y atavíos antiguos y abigarrados, con los que estas sombras de un antiguo poder y dignidad tienen la esperanza de subrayar su insignificancia individual y colectiva. Una copia de esta preciosa bula no puede, naturalmente, conseguirse de balde, y como hay que pagarla, y al contado, constituye una de las rentas públicas más saneadas. Aun cuando lo que se recauda por este concepto debería ser aplicado a las cruzadas, Fernando VII, el rey católico y único soberano poseedor de una renta semejante, nunca contribuyó con un ochavo para ayudar a los griegos cristianos en su reciente lucha con los infieles turcos.
Estas bulas o, mejor dicho, esta clase de papel moneda se preparan con el mayor cuidado, y constituían uno de los artículos más provechosos de manufactura española. Se temía una guerra marítima con Inglaterra, no tanto por atención a las ayunadoras almas trasatlánticas, como por el temor a perder, como ha demostrado el doctor Robertson, los varios millones de dólares y de plata enviados desde América a cambio de estos tesoros espirituales. Se imprimían en Sevilla, en el convento de dominicos de _Porta Cœli_; pero Soult, que ahora parece que está volviéndose beato, quemó esta puerta del cielo con sus pasaportes y sus imprentas. Las bulas sólo sirven para el año en que se expenden; doce meses después, quedan anticuadas e inútiles. Hay, entonces, dice exactamente Blanco White, porque muchas veces lo hemos visto, «una prodigiosa prisa de comprar las nuevas por todos los que quieren la felicidad de sus almas y no descuidan la holgura y satisfacción de sus estómagos». Todos los años hay que tomar una nueva, como si se tratase de una licencia de caza, antes de que los españoles se aventuren a recrearse con ave o cuadrúpedo, y con razón pueden estar contentos de que no les cueste tres libras y pico, como las licencias, pues por la suma de _dos reales_, hombre, mujer y niño, pueden obtener la gracia del clero y de la cocina; pero al cazador furtivo puede acontecerle grandes males, pues la cadena perpetua es una broma al lado de la perdición que aguarda a su alma. Este certificado es pedido por el confesor o guardador de conciencia cuando le coge en la trampa de la enfermedad, y si no la tiene, el fallo es seguro, pues no puede alegar ignorancia de la ley, ya que hay fijada una postdata y requisitos en todas las noticias de jubileos, indulgencias y demás ventajas para el purgatorio, que están fijadas en las puertas de las iglesias; y su lenguaje es tan cortés y perentorio como el de nuestros papeles de contribuciones: _Se ha de tener la bula_ si se espera conseguir algún alivio mitigando las penas del purgatorio, cosa que la mayor parte de los españoles muy vivamente desean; de aquí viene la frase corriente usada por cualquiera al cometer un _pecadillo_ en otras materias: _tengo mi bula para todo_. La posesión de este documento actúa sobre todas las comodidades corporales como la soda en la indigestión, pues, realmente, lo neutraliza todo, excepto la herejía.
Como es barata, un vecino protestante, aunque no crea por completo en sus salvadoras cualidades, hará bien en comprar una en obsequio a la tranquilidad de conciencia de sus débiles hermanos, pues en esta religión de formas y de prácticas externas se siente más horror por los rígidos españoles al ver comer carne a un inglés durante un día de vigilia, que si hubiera quebrantado los diez mandamientos. La cantidad que la nación cobra por estas bulas es muy importante, aun cuando quedan muy mermadas antes de que al final se paguen a la Hacienda, pues algo de la miel libada por tantas abejas se le pega a las alas. Y el puesto de jefe encargado de la bula es más productivo que el de aduanas o impuestos de los países infieles.
Pero volvamos al moribundo: si tiene la bula se le da el viático con toda solemnidad. Se conduce al Señor en procesión, con gran acompañamiento de personas que llevan luces, cruces, campanillas e incienso, y, como la casa queda abierta al público, se unen a la comitiva todos los desocupados que la encuentran al paso. El espectáculo es siempre imponente, como debe ser, considerando que se cree que el mismo Dios está presente. Y es particularmente llamativo el Domingo de Resurrección, cuando se lleva el Sagrado Viático a todos los enfermos que no han podido ir a comulgar a la parroquia. Este día el sacerdote va bajo un vistoso palio y en el mejor carruaje de la ciudad; y mientras todos, al pasar él, se arrodillan ante la hostia que conduce, él sonríe interiormente, pensando en el dominio que tiene sobre sus prosternados vasallos; las calles se adornan como para el paso triunfal de un rey vencedor; las ventanas se cuelgan con terciopelo y tapices, y los balcones están ocupados por el bello sexo, adornado con sus mejores galas, que arroja bellas flores al paso de la procesión y más bellas sonrisas durante todo el resto de la mañana a sus adoradores de la calle, cuya múltiple adoración está embargada por las divinidades femeninas.
Morir sin sacramentos es la mayor calamidad que puede suceder a un español, puesto que no puede salvarse mientras que se le enseña que hay en esos actos una propia virtud protectora independiente de ninguna diligencia por parte suya. El viático se suele dar cuando se han perdido ya todas las esperanzas humanas, y la excitación, el calor, el ruido y la confusión, rara vez dejan de matar al ya exhausto paciente. Después, cuando la vida ha salido perezosamente con la última boqueada, se coloca el cuerpo en la _capilla ardiente_, que es un cuarto dispuesto como una capilla, y despojado de todos los adornos y muebles. Cuando se trata de una familia rica, se habilita para este momento una habitación del cuarto bajo, y en ella se coloca un altar y varias filas de candelabros con velas alrededor del féretro. Entonces se permite entrar a la gente en la cámara mortuoria, aun cuando se trate del rey: así vimos a Fernando VII, en su lecho de muerte, completamente vestido, con el sombrero puesto y el bastón en la mano. Esta exposición pública es una especie de pesquisa judicial; antes, como hemos podido observar en varias ocasiones, se vestía al difunto con un hábito de fraile, con los pies descalzos y las manos cruzadas sobre el pecho; la sombra sepulcral que la capucha daba a las muertas y plácidas facciones, producía casi siempre un solemne e indefinible sentimiento en el corazón de los espectadores, y era como si hablasen a los vivos un lenguaje que no podía ser incomprendido.
Los hábitos de lana de las órdenes mendicantes eran los más populares, por la idea que había de que si eran viejos, estaban demasiado saturados de olor de santidad para las viles narices del demonio; y como uno andrajoso valía a menudo al fraile más de media docena nuevos, la venta de los hábitos viejos era negocio para el piadoso vendedor y comprador; los de San Francisco eran siempre los preferidos, porque en las visitas trienales de este santo al purgatorio, conocía su enseña y se llevaba al cielo a los que lo ostentaban. Por una idea semejante pobló Milton su sombrío limbo con lobos cubiertos con pieles de oveja:
«Who to be sure of Paradise, Dying put on the robes of Dominick, or in Franciscan think to pase unseen»[17].
A las mujeres, en nuestra época, las vestían de monjas, llevando también el escapulario de la Virgen del Carmen, que ella dió a Simón Stock, asegurándole que ninguno que muriese con él podría nunca sufrir las penas eternas. Estas graves costumbres, tan generalizadas en España, indujeron a un extranjero de espíritu muy exacto a observar que no moría en España nadie más que los frailes y las monjas. En este cálido país, el entierro sigue inmediatamente a la muerte, y no puede ser de otro modo, pues la descomposición de los cadáveres es muy rápida. Los oficios de difuntos se suelen hacer de una manera un poco indecorosa. Antes se enterraba en las iglesias o en los patios anejos a ellos; pero esta costumbre se suprimió por razones de higiene. Entonces se edificaron unos cementerios públicos, que producen, por lo menos, un cuatro por ciento de interés, en las afueras de las ciudades, donde se ven largas filas de sepulturas abiertas ansiosamente para los que pueden comprarlas, y una fosa grande para los pobres. En este _camposanto_, la muerte nivela a todos, cosa que no deja de ser dura para los que han construído y dotado capillas, con objeto de asegurarse una sepultura entre sus antepasados. Y, sin embargo, no protestaron de la medida ni se preocuparon gran cosa de los sepulcros arruinados y de las rotas efigies de sus «abuelos tallados en alabastro»; la verdadera oposición la hicieron los curas, que perdían ingresos, y, en consecuencia, aseguraron a su grey que no había resurrección posible para unos cuerpos enterrados en esos nuevos depósitos.
Sea ello como quiera, el cuerpo es conducido en un ligero féretro, acompañado de sus amistades masculinas y colocado luego su nicho sin ninguna otra oración o ceremonia. Las mujeres que mueren poco tiempo después de su boda y antes de que las horas nupciales hayan terminado su danza, suelen ser enterradas con el vestido de novia y cubiertas de flores, como en las recomendaciones que para la hora de su muerte daba la reina Catalina de Aragón a su doncella, en la obra de Shakespeare _El rey Enrique VIII_:
«When I am dead, good wench, Let me be used with honour; strew me o’er With maiden flowers, that all the world may know I was a chaste wife to my grave»[18].
En estos entierros se abre la caja al ir a ponerla en la sepultura, para satisfacer la indecorosa curiosidad de la gente, y luego, por toda la ciudad, se habla del modo cómo iba vestido el cadáver, y se discute si el entierro fué o no _muy lucido_. El sitio reservado para los niños que mueren antes de los siete años está aparte del de las personas mayores. Su temprana muerte debe mirarse en España más bien como una alegría que como una pena, pues los amados de los dioses mueren jóvenes, y los epitafios son una mezcla de dolor y de satisfacción. _El párvulo fué arrebatado a la gloria_:
«There is beyond the sky a heaven of joy and love, And holy children, when they die, go to that world above»[19].
Pero como la naturaleza es en todas partes la misma, hemos visto a más de una madre sollozando junto a la tumba de su hijito, y adornándola con rosas y limpiándola de los hierbajos que crecieron en ella. El cuerpo de los pequeñuelos suele ser llevado al cementerio por niños de la misma edad del muerto, vestidos de blanco, y se arrojan sobre el cadáver flores, bellas como ellos, y que, también como ellos, se marchitan y mueren pronto. Los padres vuelven a casa suspirando por el hijo perdido, su cuna queda vacía, no se oye más su llanto, sus juguetes están donde él los dejara, y todo recuerda el cruel vacío que el dolor no puede llenar aunque
«Stuffs out its vacant garments whith its form»[20].
Los cadáveres de la gente pobre, vestidos con los trajes que usaron en vida, son llevados al cementerio en angarillas, a hombros de cuatro individuos, en la manera que describía Marcial: «no van encerrados en inútiles ataúdes», sino que los conducen como al hijo de la viuda de Nain. Algunas veces hemos visto las horribles angarillas a la puerta de una casa, y tenían en la madera la huella de un cuerpo humano, impresa seguramente por los cientos de cargas que se habrían llevado anteriormente. Estos cadáveres son sepultados en la fosa como los de los perros, y muchas veces, desnudos, pues los supervivientes o sepultureros les despojan de sus andrajos. Aquellas gentes tan pobres que no pueden pagar ni los derechos más baratos, cuando pierden un hijo suelen colocarlo en un cesto a la puerta del cementerio. Una vez vimos a un español embozado que paseaba tristemente por el camposanto de Sevilla, y, cuando abrieron la fosa común, sacó de debajo de su andrajosa capa el cadáver de un niño, lo echó al hoyo y desapareció. Y así, medio mundo vive sin saber cómo muere el otro medio.
En las clases acomodadas la verdadera ceremonia del entierro comienza después de dar tierra al cuerpo. El primer paso es hacer una visita _para dar el pésame_ dentro de los tres días de ocurrida la desgracia. La familia está reunida en la mejor habitación de la casa y sentados en sillas, colocadas al fondo de ella, a un lado los hombres y a otro las mujeres. Cuando entran una señora y un caballero, aquélla da la mano a todas las otras señoras, una tras otra, y después se sienta junto a ellas en la silla vacante más próxima; el caballero se inclina ante cada uno de los hombres presentes, los cuales se levantan de su asiento y le devuelven la cortesía con gran gravedad y dando muestras de profunda aflicción. Al saludar a los más interesados en la desgracia, cada uno de los visitantes le saluda con esta frase: _Acompaño a usted en su sentimiento_, y, mientras tanto, todo el mundo permanece silencioso como si fuera una reunión de enterradores. Después de estar sentados con ellos el tiempo adecuado, se retiran cada uno en la misma forma en que han entrado.
A los pocos días se envía una esquela, en nombre de todos los parientes, participando la muerte a los amigos de la familia y rogando la asistencia a los funerales; estas invitaciones van encabezadas con una cruz, que se llama _El Cristus_. Antes de la invasión francesa, que no sólo derribó los muros de los conventos, sino que también atacó a las creencias religiosas, se imprimían muchos libros y se escribían muchas cartas encabezadas con este signo. En nuestra época, muchos médicos de Sevilla lo ponían en sus recetas, pues el Cardenal Arzobispo había concedido un cierto número de años de indulgencias a todo los que santificaran con esta señal sus recetas, aunque fueran de sena y ruibarbo. En las esquelas mortuorias, debajo de la cruz, se ponen las letras R. I. P. A., que significan «Requiescat in pace. Amén». El día indicado, y a la hora precisa, se reunen las personas que acuden al duelo en la _casa mortuoria_, y, desde allí, se dirigen a la iglesia. Todos van vestidos de riguroso luto, y antes de los progresos de la civilización y de los paletos, no llevaban capas; y como esto les hacía estar a todos más incómodos que a San Bartolomé sin la piel, era considerado como una prueba de verdadero dolor a los manes del difunto. El quitarse la capa en España es una muestra de respeto, equivalente a quitarse el sombrero entre ingleses. Cuando la comitiva llega a la iglesia es recibida por los sacerdotes, y se celebra la ceremonia con toda solemnidad ante un catafalco cubierto con un paño mortuorio, colocado ante el altar y rodeado de candelabros con velas de cera. Cuando termina el oficio, todos los concurrentes saludan al duelo, que está siempre colocado en sitio aparte, y así termina la tragedia. Los padres no llevan luto por los hijos pequeños, lo cual es una reminiscencia de la superioridad patriarcal romana del cabeza de familia, al cual, si muere, se le rinden todas las muestras de respeto imaginables. La forma y el tiempo del luto están escrupulosamente prescritos y son observados rigurosamente, incluso por los parientes lejanos, que se retraen de toda clase de diversiones:
«None bear about the mockery of woe To public dances or to private show»[21].
Recuerdo la muerte de una amable y venerable marquesa en Sevilla, precisamente días antes del Carnaval, cuya principal preocupación en sus últimos momentos era el pensar en las muchas jóvenes de su familia que se verían privadas de asistir a los bailes y mascaradas, y ellos, por su parte, estaban interesadísimos en su salud y rogaban ansiosamente a la Virgen que prolongase la vida de la señora siquiera sólo fuese por unas pocas semanas.
El triste noviembre trae consigo otras solemnidades fúnebres, muy en armonía con la caída de las secas y amarillas hojas, que Homero compara con las generaciones de la humanidad mortal. La noche antes del 1.º de noviembre, o sea de la fiesta de Todos los Santos, en España se pasa en vela, y es la indicada para los misterios y adivinaciones, pues en ella las impacientes mozas casaderas acostumbran sentarse en el balcón para ver si pasa o no pasa la imagen de los destinados para maridos suyos. El primero del citado mes se dedica a todos los santos, y el 2 a las almas del purgatorio, llamándosele el _día de los difuntos_, y es rigurosamente observado, en particular por los que han perdido algún pariente o amigo durante el año, ¡y cuán pocos se exceptúan! Desde el amanecer todas las campanas lanzan al viento un lúgubre tañido para recordar a los que no han de acudir ya a sus llamadas, y se visitan los cementerios. En Sevilla se solían ver largas procesiones de mujeres vestidas de negro, que, con lámparas encendidas, montadas en unos palos, andaban lentamente dando vueltas, musitando rezos melancólicos, y volvían al anochecer, formando una larga hilera de brillantes luces. Las sepulturas son visitadas durante el día por los que toman un triste interés en los ocupantes, y se colocan lámparas y coronas de flores en testimonio de cariño, y se rocían con agua bendita, cada gota de la cual tiene la virtud de librarles de alguna de las llamas del purgatorio. Estas pintorescas costumbres recuerdan a la vez el _Eed es Segheer_ del Cairo moderno, el _feralia_ de los romanos, el Νεμεσια de los griegos; aquí están las ofertas de flores de Electra, el _funes assensi_ de los griegos, y las antorchas funerales de los paganos, en vano prohibidas a los cristianos españoles por su antiguo Concilio de Illiberis. En Navarra y provincias del noroeste de España se hacen ofertas de pan y de trigo, que se llaman _robos_ y que son lo mismo que los dones ofrecidos por el descanso de las almas de los difuntos por la gente piadosa de la antigua Roma.