Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Part 8

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And, doctor, do you really think that asses’ milk I ought to drink? It cured yourself, I grant, is true but then’t was mothers’s milk to you[12].

Además, aun cuando los médicos sepan y quieran recetar con arreglo a los adelantos de la ciencia, es casi imposible que encuentren los medicamentos, como no sea en las ciudades más grandes, pues las boticas suelen estar como la famosa de Romeo, con los estantes llenos de frascos vacíos. El comercio de drogas no es libre, y no puede haber más que un número limitado de farmacéuticos, examinados, por supuesto, y con su licencia, aun cuando ésta puede obtenerse por dinero. Ninguno de ellos expenderá una medicina fuerte sin una receta firmada por un médico _local_; todo es un monopolio. Las drogas corrientes están adulteradas en la mayoría de los casos, o no las hay; pero, como ocurre con sus arsenales y su despensa, nunca lo confesará el boticario, pues en su casa _hay de todo_, y si no tiene lo necesario para componer la receta que se desea, finamente lo substituye por otra cosa, y, como las indicadas son inofensivas en el noventa por ciento de los casos, no pueden producir grandes trastornos.

Esto no es cosa nueva: Quevedo, en las _Zahurdas de Plutón_, presenta a un juez de faz amarillenta que azotaba a los boticarios españoles por hacer exactamente lo mismo. Porque «sus tiendas--decía el juez amarillento, sermoneando al mismo tiempo que les zurraba--, no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma la daga de los lamedores, el montante de los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo». Pero éstas y otras cosas parecidas se han hecho siempre impunemente, pues, como Plinio dice, ningún médico ha sido nunca ahorcado por asesino. Una ventaja del poco crédito de médicos y boticarios, es que la masa general de la gente no se preocupa mucho de sí ni de sus dolencias, y así, escapan a las puramente imaginarias, que son las que más atormentan y las más difíciles de curar; porque ¿quién puede dar con la medicina apropiada para un mal que no existe? De esta poca fe en los remedios resulta el que se toman poquísimos, y, por lo tanto, las boticas son tan escasas en España como las librerías. No se ven por las noches globos encarnados, verdes o azules, que iluminen los escaparates, pudiendo asegurarse que en una ciudad poco importante de Inglaterra se encontrarían más farmacias que en la capital de España. Bien es cierto que en Madrid no es corriente el comer _plum pudding_, diluído con sidra agria y crema coagulada.

Muchas de las recetas de España se refieren a cosas de la localidad, como un manantial, una hierba, un animal, los aires de determinada comarca, los baños éstos o aquéllos; todo lo cual, sin embargo, se dice que es muy peligroso, si no se consulta previamente al médico del lugar en que radica el remedio. Baste con un ejemplo entre mil: cerca de Cádiz está Chiclana, donde invariablemente envían los médicos a todos los enfermos que no pueden curar, es decir, al noventa y cinco por ciento de ellos, para que tomen los baños de mar, que es la gran receta después de una tanda de días de leche de burras; y si esto falta, entonces se le da al enfermo un caldo hecho con una larga e inofensiva culebra, que abunda en los aromáticos desiertos cercanos a _Barrosa_. Hemos olvidado el nombre genérico de estos valiosos reptiles de Esculapio, uno de los cuales debería coger vivo uno de nuestros naturalistas y criarlo en el Regent’s Park, o por lo menos, comparar su anatomía con la de las exquisitas víboras que contribuyen, como ya dijimos, a que sean tan sabrosos los cerdos de Montánchez.

No podemos abstenernos de hablar de otra prescripción. Muchos de los asesinatos que se cometen en España, pueden llamarse más propiamente homicidios, pues rara vez son premeditados, y dependen muy especialmente de la facilidad que tienen las gentes para sacar la navaja, que las clases bajas siempre llevan consigo, como las avispas su aguijón. Siempre la tienen a mano cuando la sangre se calienta y antes de que empiece ningún proceso refrigeratorio. Así, en los casos en que un inglés desarmado _cierra_ el puño, un español abre su navaja. Este instrumento ruin es fatal en pendencias de celos, cuando las clases bajas encienden su cólera en la antorcha de las Furias, y no atienden a más razón que la navaja. Y entonces la puñalada va a su sitio, pues así como los _Sangrados_ son torpes y desconocen casi en absoluto la anatomía y el modo de manejar el escalpelo, el común de las gentes sabe a la perfección maniobrar con la navaja y el sitio en que debe asestar el golpe; y no suelen errar, pues la herida, aunque no sea tan profunda como un pozo ni tan ancha como la puerta de una iglesia, «lleva lo suyo». Generalmente, las dan a la manera traicionera de sus antepasados los iberos y orientales; y si es posible un navajazo «por bajo de la quinta costilla», es lo suficiente. La hoja, como su congénere el cuchillo de Arkansas o de Bowie de los yanquis, puede perfectamente sacar las tripas de un hombre, o atravesarlo de parte a parte, de modo que se pueda mirar a través de su cuerpo. El número de muertos en romerías y ferias excede, seguramente, del que arroja la mayor parte de las batallas españolas, aunque no se suela decir una palabra en los periódicos, porque son considerados como cosa corriente, y aun los crímenes, que harían que se publicara hoja doble en nuestros diarios, en el continente apenas se mencionan, pues los extranjeros ocultan lo que nosotros publicamos sin rebozo.

En casos menores de flirteo en los que el culpable no quiere hacer un castigo ejemplar, sino solamente dejar un recuerdo, suelen dar un navajazo en la cara del contrario, diciendo al mismo tiempo, _ya estás señalao_. Esto recuerda el _winkel quarte_, la herida en la cara, que es la única salida de un estudiante alemán para salvar su honor cuando le llaman _ein dummer junge_, un pollo estúpido:

«Und ist die quart gesessen So ist der touche vergessen»[13].

Las expresiones: _Mira que te pego, mira que te mato_, son bromitas cariñosas de las que dice una _maja_ a su _majo_, y, cuando sólo amenazan con la señal en la cara, dicen en Sevilla: _Mira que te pinto un jabeque_ (que es también el nombre del afilado falucho mediterráneo). «Se burla de las cicatrices el que nunca sintió una herida»[14], pero aquellos o aquellas que han recibido un _jabeque_, avergonzados del estigma y no atreviéndose a mostrarse en público, sienten la natural ansiedad por recobrar la fama y la piel, cosa que sólo puede lograrse con un cosmético, panacea universal. En tiempos de Felipe IV se decía que lo mejor para hacer desaparecer esas superfluas señales era la grasa de gato, y Don Quijote afirmaba que solamente se curaban los arañazos hechos por las mujeres o los felinos con aceite de Apariccio.

Con los adelantos de las ciencias se sustituyeron aquellos medios por el _unto del hombre_ o grasa humana. Nuestro amigo don Nicolás Molero, cirujano muy práctico de Sevilla, nos decía que antes de la invasión francesa preparaba él este específico, vendiéndolo a peso de oro; pero que habiendo sido después adulterado por empíricos sin conciencia, se había desacreditado. La receta del bálsamo de Fierabrás ha hecho romperse la cabeza a los comentaristas del _Quijote_, pero a nosotros nos ahorró trabajo la amabilidad de don Nicolás que puso a nuestra disposición la fórmula de esta _pommade divine_ o, mejor dicho, mortal. «Cójase a un hombre de buena salud que haya sido muerto violentamente (cuanto más reciente la muerte, mejor), quítesele el sebo que envuelve el corazón, el cual se derritirá después a fuego lento, y clarificándolo se le coloca en un sitio fresco hasta el momento de usarlo. Los numerosos días de fiesta y ceremonias religiosas de España, que reunen a multitud de personas, combinados con el sol, el vino y las mujeres, han asegurado siempre una provisión de sujetos escogidos.

En España, como en otras partes, la manía del médico es una diversión muy cara, que las clases pobres y más numerosas, de los distritos rurales especialmente, se permiten con rareza. Las gentes, lo mismo que las mulas, están rara vez enfermas y sólo se meten en la cama para morirse. Claro está que en el partido hay un médico con el que están igualados, y cuando muere, su vacante se anuncia en los periódicos oficiales y va otro a reemplazarle. Sus modestísimos honorarios les son pagados en dinero y en especie, tanto en trigo, y tanto en metálico; el principio a que se atiende es al de la baratura y, como en nuestra nueva ley de pobres, es preferido el que contrate al mayor número de personas por la cantidad más pequeña. Sus igualados declinan a veces el prestar entera confianza en su ciencia o en su maña y consultan con más frecuencia al barbero o _curandero_, porque en la ortodoxa España siempre hay algún charlatán donde quiera que se trate de manejar la espada, la pluma, la lanceta o el rosario. Los hechizos, conjuros, reliquias, encantamientos, etcétera, etc., a que se recurre, son si no medievales, por lo menos muy poco cristianos. Pero la farmacopea espiritual de esta patria de Fígaro es demasiado interesante para que vaya a la cola de ningún capítulo.

Capítulo XVIII

El reverendo doctor Fernando Castillo, estimable autor y maestro español, hace notar, en su luminosa vida de Santo Domingo, que, como España ha sido tan espléndidamente dotada por el cielo con un hermoso clima, un suelo fértil y un número extraordinario de santos, sus habitantes sienten inclinación a la pereza y hacen poco aprecio de tan raras ventajas. Ciertamente, no se dedican con tanto afán como en otras tierras menos favorecidas a cavar y labrar la tierra; pero el reproche de que nunca se sienten Hércules en ningún trabajo y de que no sacan el mayor partido posible de Santiago en cualquier importante dilema, es excesivamente severo; pues en caso de enfermedad no hay sitio en que más se confíe en las salvadoras virtudes de las reliquias y en los conjuros de los benditos frailes.

Como de sobra saben nuestros cultos lectores, la práctica de la medicina en la antigüedad, como ocurre hoy entre los orientales, tenía más de exótica que de científica. Cuando en las enfermedades se veía un castigo divino por los pecados, era tenido por un malvado el que solicitaba el auxilio humano; por esto se vituperó a Asa, y, por la misma razón, los musulmanes y los españoles se resignan con su suerte, desconfiando, y con razón, de sus médicos: «¿Soy yo un dios para matar o para dar la vida?» En las ciudades grandes hay ya gentes que en estos días de progreso se someten a la curación según el sistema europeo; pero en los pueblos pequeños y escondidos--y hablamos por repetidas experiencias personales--no ha desaparecido ni con mucho la antigua y buena confianza en las reliquias y en los conjuros, y aun cuando el doctor Sangrado y Felipe III, cuyos decretos sobre materia médica adornan aún las ordenanzas españolas, deploren la introducción de la perturbadora química, la terapéutica mineral es aún letra muerta en muchos sitios, pues la Iglesia ha trasladado la eficacia de la fe de los asuntos espirituales a los temporales y a las heridas de fusil. Aun Ponz, el Lysons de España, se aventura a asombrarse (y aun no estaba la Inquisición abolida) del número de imágenes de San Lucas, que, según él, no fué un escultor, sino un médico, de donde probablemente provenía su eficacia curativa. Los antiguos iberos eran grandes herbolarios y consideraban que todo el que tenía en su casa una planta determinada estaba a salvo de ciertas enfermedades, como el que tiene hoy una palma bendita está libre del rayo. También empleaban una bebida compuesta de cien hierbas, que llamaban _centum herbæ_ o _bebida de cien hierbas_, con la cual, lo mismo que con las píldoras vegetales de Morison, se curaban todas las enfermedades, y era tan agradable al paladar, que se bebía en los banquetes, cosa que no ocurre ciertamente con las medicinas de hoy; además, según Plinio, curaban la gota con harina y las inflamaciones de la garganta colgando al cuello verdolagas. Hoy en España los _curas_ y _curanderos_ hacen conjuros y maleficios, del mismo modo que Ulises detenía cantando la salida de sangre; una medalla de Santiago cura la fiebre; un pañuelo de la Virgen, la oftalmía; un hueso de San Magín sirve para todos los casos en que está indicado el mercurio; un huesecillo de San Justo suple en Segovia la pérdida del sentido común; la Virgen de Oña acabó con las lombrices de los Reales Infantes, y la faja de la de Tortosa ayudó al parto a las Reales Infantas. Todo aldeano murciano cree que no le alcanzará ninguna enfermedad a él, ni a su ganado, si lo toca con la cruz de Caravaca, que los ángeles bajaron del cielo y la pusieron sobre una vaca colorada. Cuando visitamos Manresa la última vez, el digno individuo que enseñaba la cueva en que Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, hizo penitencia durante un año, se procuraba una rentita vendiendo piedras pulverizadas de la cueva, que los fanáticos tomaban en los casos en que un médico inglés recetaría polvos de Dover[15]. Cada provincia, por no decir cada pueblo, tiene su santo y su reliquia particular, altamente venerados en la jurisdicción y muy poco fuera de ella, pues, al parecer, su eficacia le ha sido concedida por Santiago, como la Reina Victoria concede autoridad a sus magistrados, para ejercerla solamente dentro de los límites de la provincia. Zaragoza está muy bien dotada de favorecedores: a un pedazo del hígado de Santa Engracia acuden los pacientes necesitados de píldoras mercuriales; el aceite de sus lámparas, que no ennegrece los techos, cura los _lamparones_, o sea los tumores en el cuello, mientras que el que arde ante la _Virgen del Pilar_, o imagen de la Virgen que bajó del cielo sobre un pilar, restituía las piernas perdidas. El cardenal de Retz cita en sus _Memorias_ el caso de un hombre con piernas de palo que las tiró porque le crecieron las suyas cuando se frotó con el aceite de la lámpara; y este portentoso milagro fué durante largo tiempo celebrado por el deán y el capítulo, tal como se merecía, con un día especial de fiesta, pues el aceite de Macasar no puede hacer mucho más. Esta imagen esculpida es en este momento un objeto de adoración popular, y la veneración que despierta puede aun disputársela con la que experimentan por el tabaco y el dinero: son innumerables los mendigos cojos, ciegos, lisiados de toda especie que se apiñan alrededor de su altar, como la triste humanidad antigua, para la que los médicos no encontraban remedio, se apretaba alrededor del de Minerva; y hay que confesar que se ven curas verdaderamente maravillosas.

Naturalmente que todo lo dicho es un resto de la superstición y el obscurantismo medievales, y es muy probable que la clase médica de Madrid y otras grandes ciudades, y sobre todo los que han hecho sus estudios en París, no tengan una gran fe en estos remedios espirituales, ni probablemente en ningunos otros puramente españoles; pero su eficacia médica está probada en docenas de historias de provincias españolas que felizmente poseemos, todas las cuales han pasado por la prueba escrutiñadora de la censura eclesiástica, y han sido aprobadas como no conteniendo nada contrario al Credo de la Iglesia de Roma, ni a las buenas costumbres; ni puede permitirse que una Iglesia que declara ser siempre una la misma, y la única verdadera, pueda, cuando le convenga, volverse la espalda a sí misma y negar sus propias drogas y doctrinas. Todo lo que se cuenta aquí era perfectamente evidente bajo el reinado de Fernando VII, y cualquiera que sea la idea que los doctores en Medicina o Filosofía puedan tener acerca de España, lo cierto es que, sobre todo en los distritos rurales a los que no ha llegado aún la civilización extranjera, se tiene mucha más fe en los milagros que en las medicinas.

Nosotros hemos visto muchas veces en las calles a niños pequeños vestidos de frailes franciscanos--Cupidos con cogulla--, cuyos piadosos padres habían hecho la promesa de llevarlos vestidos con el hábito de la Orden, con tal de que su santo fundador protegiese a los angelitos contra el sarampión o los trastornos de la dentición. Es corriente ver a mujeres y aun señoras de la mejor sociedad que hacen promesa de llevar, durante un año, un traje religioso, que se llama el _hábito_, o con una insignia en las mangas en señal de idéntica protección. En nuestra época ocurrió un caso que divirtió a todas las tertulias de Sevilla, que maliciosamente atribuían la rápida mejoría que una paciente, soltera y muy bella, de la alta sociedad, experimentó de una aparente hidropesía, a causas no por entero sobrenaturales. _Don Ricardo_, decían a menudo sus amigos de igual edad y rango, «usted que es extranjero, vaya y pregúntele a la querida _Esperanza_ por qué lleva el hábito de la Virgen del Carmen; y luego vuelva a contarnos lo que le dice, y sabrá por nosotros la verdad». _¡Vaya, vaya, don Ricardo, usted es muy majadero!_, contestaba la penitente si sospechaba quiénes eran los autores y cuál el motivo de la embajada.

Entre los antiguos, la gente piadosa erigía templos a Minerva médica o a Esculapio, del mismo modo que los españoles levantan altares a _Nuestra Señora de los Remedios_, o a San Roque, cuya intervención pone «más fuerte que una roca», proverbio inventado en su honor por nuestros antepasados, quienes, antes de la Reforma, confiaban igualmente en él; y ambos pensaban, si hay que dar crédito a Cicerón, que estos patronos hacían tanto, _por lo menos_, como el médico. ¡Pobre humanidad, tan paciente y crédula que aun se traga charlatanerías médicas como éstas, y que continuará haciendo lo mismo, aunque uno de los difuntos se levantase de su tumba para condenar el absurdo tratamiento que le costara la vida a él y a otros muchos!

Sin embargo, a manera de compensación, la salvación del _alma_ ha sido considerada en España tan importante como en Inglaterra la salud del _cuerpo_. Estas reliquias, conjuros y amuletos, equivalen a nuestras medicinas, y es maravilloso que nadie en la Gran Bretaña sea condenado a muerte en este mundo, o que en la Península se condene nadie a perder el otro: probablemente las penitencias no han sido en ninguno de los casos completamente específicas. Sea como quiera, es lo cierto que en España los conventos e iglesias son mucho más numerosos y mejor acondicionados que los hospitales; los almacenes de reliquias están mucho más provistos de huesos y ensalmos que los museos anatómicos y las boticas; y _después_ que un español ha sido herido, matado de hambre o ejecutado, acude a su lado un tropel de santos médicos, que, seguramente, no hubieran dado un paso para salvar todo un ejército de compatriotas cuando están en vida; en cambio, ¡cuántas monedas se recogen ahora para pagar misas que libren su alma del purgatorio!

Procura, sin embargo, amable lector protestante, no morirte en España, como no sea en Cádiz o en Málaga, donde, si quieres ser enterrado cristianamente, hay acomodo para los herejes; y si estimas la vida, evita el estar aun enfermo en Madrid; pero si te echa la mano la Facultad, haz testamento a toda prisa, pues si la opinión que sobre sus propios médicos tienen los españoles es cierta, no te salvará de los cuervos ni el mismo Esculapio; huye, pues, de los médicos españoles como de perros rabiosos, y tira sus medicinas apenas vuelvan la espalda.

En España todos tienen sus patronos y protectores a quienes acudir en momentos de apuro. Los reyes--que Dios guarde--tienen la prerrogativa de una patrona especial: la Virgen de Atocha de Madrid, a la cual visitan, con el resto de la real familia, cada domingo del año, cuando están en buena salud. Apenas caía el soberano gravemente enfermo y los médicos de la Corte no sabían lo qué hacer, como algunas veces ocurre aun en Madrid, se llevaba la imagen a la cámara real; de esto puede dar fe el caso de Felipe III, descrito por Bassampièrre: «Los médicos desesperan desde esta mañana, en que se ha acudido a los _auxilios espirituales_ y se ha trasladado a palacio la imagen de Nuestra Señora de Atocha». El rey murió tres días después de llevar la imagen.

Aun cuando ni el médico ni el cura crean completamente en la eficacia de amuletos y reliquias, acuden gustosamente a ellos, por que si la cosa marcha mal, ¿cómo puede esperarse que un simple mortal triunfe si fallan los remedios sobrenaturales? Todos los cargos que en un caso desgraciado se podrían hacer quedan destruídos, atribuyendo la muerte a la voluntad de Dios. Además, si una reliquia no cura, tampoco puede matar, como se sabe que puede ocurrir con los calomelanos. Este principio interruptivo, distinto de los remedios humanos, está admitido por la Iglesia en las rogativas por los enfermos; y donde la fe es sincera, aun las reliquias deben ofrecer un poderoso cordial médico-moral, obrando sobre la imaginación y prestando confianza al enfermo. Este consuelo le está negado al pobre protestante, ni aun a un recién convertido anglicano, porque, realmente, para creer en la eficacia de un hueso monjil, se necesita haber aprendido la lección en la misma cuna. Su substitutivo en los países luteranos _in partibus infidelium_ se encuentra en el láudano, las novedades y la chismografía, siendo esta última el gran específico, por medio del cual sir Henry mantenía la vida de innumerables señoras, con gran desesperación de los hijos, que pagaban su pensión de viuda, desde marquesas hasta baronesas. ¡Y qué profundo agrado produce el amable cuchicheo! «No tiene idea Su Señoría del interés que Su Alteza Real la... se toma por la salud de Su Señoría». La _forma_ del restaurativo moral puede variar según el clima, las creencias, las costumbres, etc., etc., pero sólo a la _substancia_ es a lo que el médico filosófico debe mirar. Debe tocarse aquella cuerda, sea la que fuere, a la que el pulso del paciente responda; y si se consigue curarle, poco importan los medios que para ello se hayan empleado.

Una palabra sobre la obstetricia española. En este país no hay afición a los médicos para asistencias a partos, y la _comadre_ trae generalmente al mundo a los españoles dejando obrar a la naturaleza, y con la ayuda de _manteca de puerco_, botadura muy apropiada para un niño, que, si sobrevive hasta la edad de la razón, gustará seguramente del tocino. Se envuelve luego al recién nacido como si fuera una momia egipcia y se tiene un cuidado especial en preservarlo del aire, del jabón y del agua; se le cuelga al cuello un amuleto contra el mal de ojo, o una medalla de la Virgen, para asegurar la buena suerte; y así, desde la cuna, se inculcan ideas en los niños sobre los errores que deben evitar y sobre las defensas en que debe resguardarse, que no olvidarán después en toda su vida. Sin entrar en más detalles acerca de los niños, puede decirse que este sistema de asistencia contribuye mucho a la escasa población de la Península. Los partos son también con frecuencia desgraciados. En casos normales la _comadre_ sirve perfectamente, pero en cuanto surge la menor complicación pierde la cabeza y también a la parturienta; en estos difíciles momentos, como en las operaciones críticas de la cocina, es cuando un artista varón es preferible.