Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Part 7

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Los españoles, de acuerdo en esto con muchos otros habitantes del continente, tienen la creencia de que a todo inglés intrépido le falta un sentido, y fundan esta creencia en varias observaciones, alguna de las cuales no deja de ser razonable. Ven que en todo caso prefieren los usos, dichos y hechos ingleses a los suyos, y esto, ante los ojos de un español y de un francés, es señal evidente de chifladura. Además, nuestros compatriotas dicen la verdad en sus boletines, usan toallas y rasuran a diario los pelos superfluos. Y aparte detalles de excentricidad de menos importancia, ¿no son los naturales de Inglaterra, Escocia e Irlanda los reos de tres actos, que cualquiera de ellos les calificaría como locos de atar, si el ministro de Justicia diese un decreto de _lunatico inquirendo_? ¿No se han desangrado en dinero y hombres por España en el campo de batalla, en la Bolsa y en los ferrocarriles?

«¡Oh Anticyris tribus caput insanabile!»[11]

Pero volvamos a los locos españoles y a los manicomios. Su aspecto era tristísimo y desagradable para el cuerdo, y degradante para el loco. Los locos furiosos imploraban una «limosna» de los extranjeros, pues sus compatriotas no les daban más que piedras. No deja ciertamente de haber una especie de locura en la furiosa energía y el intenso anhelo de todos los mendigos españoles; y en los que están en los manicomios, aun cuando hayan perdido todas sus facultades, queda viva y despierta la natural propensión a pedir, sin duda alguna porque es la más indestructible y como el «sentido común» del país.

Por lo general, en los manicomios había algún enfermo cuyo estado de miseria agravada le hacía objeto de una curiosidad malsana. En Toledo, en 1843, los _guardianes_ (palabra que también se usa para los que guardan fieras), siempre llevaban a los extranjeros a la jaula o cubil de la mujer de un célebre capitán general de Cataluña, categoría superior a la de Lord-Lieutenant de Irlanda. Se le permitía revolcarse desnuda en lodo, y aquello se enseñaba como un caso raro. Los moros, por lo menos, no encierran a sus inofensivas locas, que pasean desnudas por las calles, y a los locos los encierran como santos cuya inteligencia ha volado al cielo. Los antiguos médicos iberos, de acuerdo con Plinio, creían que la locura se curaba con la hierba _vettonica_, y la hidrofobia, con un cocimiento de _cynorrhodon_ o escaramujo, por ser inadecuado al paladar canino. Los españoles modernos parece como que sólo desean, por ignorancia, obscurecer todo momento de lucidez en un delirio uniforme.

Los hospicios estaban, en la época en que los vimos últimamente, tan mal dirigidos como los manicomios. Se les llama _Casas de expósitos_ o la _Cuna_, como si fuera la cuna y no el sepulcro de los pobrecitos niños. En casi todas las capitales de provincia hay uno de estos asilos; los principales se asientan en las ciudades levíticas, pues ellos son el resultado natural del celibato del clero rico, tanto regular como secular. La _Cuna_ en nuestros tiempos podría definirse como un lugar donde los inocentes son martirizados y al que los padres desnaturalizados llevan a sus hijos para que los vayan matando de hambre lentamente. El primer hospicio lo fundó en Milán, en 787, un sacerdote llamado Dateo. El de Sevilla, que vamos a describir, fué fundado por el clero de la catedral, y lo dirigían y administraban doce individuos, seis clérigos y seis seglares, de los cuales pocos se ocupaban de él como no fuera para aumentar el número de sus asilados. El hospicio está situado en la calle de la Cuna; junto a una ranura, preparada para los donativos de la caridad, hay un mármol con una inscripción en latín, que dice este verso de los Salmos: «Cuando mi padre y mi madre me abandonen, me recogerá el Señor».

Hay un pequeño postigo en el muro que se abre cuando llaman a él para admitir a los inocentes hijos del pecado, y, durante la noche, vela siempre un ama para encargarse de los niños cuyos padres ocultan su culpa en la obscuridad.

«Toi que l’amour fit par un crime, et que l’amour défait par un crime à son tour, funeste ouvrage de l’amour, de l’amour funeste victime».

Muchos de los niños que llevan están moribundos, y los dejan allí para evitarse los gastos del entierro; otros van casi desnudos, y muy pocos son los que llegan vestidos con todo lo necesario. Estos últimos suelen ser vástagos de gente de clase alta que quieren ocultarlos por algún tiempo. Con ellos suelen llegar cartas rogando al ama que tenga cuidado con un niño que seguramente será recogido en su día, y también acompañan algún distintivo o señal por el que pueda ser reconocido e identificado, siguiendo en esto las costumbres de la antigüedad. Todos los detalles referentes a los niños expósitos se consignan en un libro que es un triste recordatorio de los crímenes y remordimientos humanos.

Aquellos niños que son reclamados pagan unos seis peniques por cada día que han estado en el hospicio; pero no se presta mucha atención a las recomendaciones de cuidado, ni a la promesa de reclamación, porque los españoles no se fían mucho unos de otros. Como no lleve el niño la indicación del nombre que ha de ponérsele, se le bautiza generalmente con el del santo del día en que fué admitido. El número de expósitos en este hospicio era muy grande, aumentando a medida que la pobreza se extendía, mientras que los fondos destinados a su sostenimiento disminuían por la misma razón. La Semana Santa y la Navidad tienen un gran influjo en la población de estos establecimientos, pues nueve meses después de estas fiestas, en que la gente se pasa la noche arrodillándose ante reliquias e imágenes, es decir, en enero y en noviembre, el número diario de entradas aumenta en una proporción de quince a veinte.

Siempre hay un exceso de amas de cría en la _Cuna_, pero, por lo general, son las de malas condiciones, que no pueden encontrar colocación en casas particulares; usualmente cada una tiene a su cargo tres niños. Algunas veces, cuando una mujer decente quiere ponerse a criar y, por lo tanto, tiene interés en que no se le retire la leche, se va a la _Cuna_; el pobre niño a quien amamanta engorda un poco; pero luego, cuando le falta aquel plus de alimento, vuelve a estropearse y se muere. Las amas que hay fijas alimentan a los niños, no con arreglo a las necesidades de éstos, sino teniendo en cuenta el número. Algunos niños son enviados a madres que han perdido sus hijos, para que los críen, y cobran unas diez pesetas al mes; los niños así criados son los que tienen más probabilidades de vida, pues ninguna mujer que ha sido madre y ha dado el pecho a su hijo, sería capaz de dejar morir de hambre a un niño que tuviera a su cargo. Las amas de la _Cuna_ conocen el hambre muy de cerca, y aun cuando no se quedaran sin leche, o ésta no se les volviera de malas condiciones con la alimentación que reciben, nunca podrían satisfacer a los hambrientos pequeñines. La proporción de los muertos era terrible: parecía aquello un sistema organizado de infanticidio. La muerte es un bien para el niño y un ahorro para el establecimiento; y si la vida de un hombre no tiene mucho valor en España, menos la ha de tener la de un niño abandonado. La manera que tenían los griegos y los romanos de exponer a los niños a una muerte inmediata, era menos cruel que la muerte lenta de estos osarios españoles. Esta _Cuna_, cuando la visitamos por última vez, estaba dirigida por un sacerdote vulgar, que, como buen español, era un mal administrador y malversaba los fondos. Se hizo rico, como el visitador de _Gil Blas_, en Valladolid, mirando por la hacienda de los pobres y huérfanos. Sus departamentos bien alhajados y su rollizo aspecto, hacían un triste contraste con la condición de sus consumidos administrados. Éstos estaban en grupos, separados los enfermos de los sanos; aquéllos colocados en una gran estancia, en un tiempo salón de actos, cuyo techo dorado y de hermosas proporciones contrastaba con la presente miseria. Los niños estaban echados en filas en sucios colchones, a lo largo del suelo, sin asistencia y sin cuidado alguno. Sus cabezas grandes, sus cuellecitos flacos, sus ojos hundidos y sus caritas amarillas, tenían el tinte de la muerte. Traídos al mundo sin culpa ni deseo por su parte, su vida se extinguía apenas empezada, mientras su madre estaba lejos pensando: «Cuando haya llorado bastante por su nacimiento lloraré por su muerte».

Los de alguna más salud estaban en cunas, apareados a lo largo de una gran habitación, con el hambre retratada en sus mejillas y en sus ojos. Al penetrar en aquel recinto hería los oídos el grito agudo de las infelices criaturas, que, como estaban mal alimentadas, lloraban siempre y no tenían un momento de tranquilidad. Su existencia empieza con el primer _sollozo de la cuna_, como dice Rioja; pero todos lloran al venir al mundo y muchos se marchan de él sonriendo. Algunos, los que acababan de ingresar y no habían mamado de sus madres lo suficiente, estaban alegres y de buen color y dormían tranquilos, inconscientes de su suerte y de lo que les reservara el porvenir.

De doce, uno solía sobrevivir para holgazanear por el hospicio, mal vestido, mal alimentado y peor enseñado. Los chicos eran destinados al ejército; las chicas, al servicio doméstico, o a algo peor si la voz pública no calumniaba al cura director. Se criaban egoístamente y sin ningún afecto; sin noción de lo que es amabilidad y cariño, sus jóvenes corazones se cierran apenas abiertos: «el mundo no les protege, ni las leyes tampoco». En sus cabezas aprendía el barbero a afeitar, y todos eran visitados por los pecados de sus padres. No teniendo a nadie que los quiera y que se ocupe de ellos, se vengan de su abandono odiando a la humanidad. Su única preocupación consistía en pensar quién pudiera ser su padre y en si serían reclamados algún día y llegarían a ser ricos. Algunos, por excepción, eran adoptados por personas cariñosas que no tenían hijos, y que se interesaban por uno de los desgraciados cuneros; pero si uno de estos niños adoptados era reclamado por sus padres, tenían que entregarlo. Townshend cita una costumbre completamente oriental que se conserva en Barcelona: cuando las muchachas están en edad de casarse se pasean en procesión por las calles, y todo el que desee elegir a alguna de ellas para su mujer puede hacerlo «tirándola su pañuelo». Esta costumbre española se conserva todavía en Nápoles.

Así era la _Cuna_ de Sevilla cuando la visitamos la última vez. Ahora, según hemos oído decir, con gran placer por nuestra parte, está admirablemente dirigida bajo un patronato de señoras que, aquí como en todas partes, son las mejores guardianas del hombre en su primera o segunda infancia, por no decir nada de todas las edades intermedias.

Nuestros lectores tendrán que convenir con nosotros en compadecer a los desgraciados que se ponen enfermos en España, pues la dolencia que tengan irá seguida de peores síntomas en la persona del médico del país, y si la opinión que de éstos tienen sus compatriotas es cierta, no les salvará ni el mismo Esculapio. Los facultativos de Madrid llevan poca ventaja a sus colegas de provincias, y aun son a veces más dañinos que ellos, puesto que siendo médicos de la mismísima corte, el paraíso en la tierra, son, según corresponde, superiores a los médicos del resto del mundo, de los que, como es natural, no tienen que aprender nada. Están, pues, un siglo atrasados, por lo menos, con respecto a sus congéneres de Inglaterra. En las naciones y en los individuos suele haber una idea falsa de las excelencias propias cuando no se tiene suficiente conocimiento de los méritos de los demás y, por lo tanto, se carece de términos de comparación; y esto es tanto más fuerte entre los menos informados y los que menos salen de su rincón. Así ocurre que, a pesar de todas las deficiencias de que iremos hablando, la presunción de la clase médica española es aún mayor que la de la militar, si es que esto es posible; unos y otros han matado a millares. Se consideran los mejores _espadachines_, médicos y cirujanos del mundo y los más indicados para manejar las tijeras de las Parcas. Sería una pérdida de tiempo el tratar de disipar esta fatal ilusión, y seguramente al consejero mejor intencionado se le tomaría por envidioso, malévolo e imbécil, porque ellos creen que su ignorancia es la suma perfección. Los extranjeros tienen muy pocas probabilidades de éxito entre ellos, y ni aun los mismos del país que han hecho fuera sus estudios encuentran facilidades para implantar sistemas nuevos. Sus compañeros formarían liga contra ellos por considerarles innovadores perjudiciales, no los llamarían nunca en consulta (la rama más lucrativa de la profesión), y entretanto, los confesores envenenarían los oídos de mujeres (que son las que gobiernan a los hombres), previniéndolas del peligro que correrían sus almas si sus cuerpos eran curados por un judío, o hereje, o extranjero; términos sinónimos para ellos.

Esto no obsta para que, como en los tribunales de justicia y otras muchas cosas en España, todo resulte admirablemente en el _papel_, pues las formas, reglas y sistema son perfectos en teoría. Los colegios de médicos y cirujanos dirigen la vida científica; los profesores son miembros de infinitas academias y sociedades; se dan conferencias, se sufren exámenes y se expiden certificados de suficiencia debidamente sellados y firmados. El _Galeno_ de nuevo cuño sale provisto de una licencia para matar; pero lo que falta desde el comienzo hasta el fin, al paciente y al médico, es la vida. El médico sabe, no obstante, de memoria todos los aforismos antiguos, y _discursea_ tan elocuente y plausiblemente sobre cualquier caso como los ministros puedan hacerlo en las Cortes. Ambos improvisan magníficas teorías y opiniones, para las que su espléndida lengua les proporciona palabras que parecen llenas de pensamiento. Pero lo que es deficiente es la educación clínica, en que el caso se trae ante el estudiante aplicando el tratamiento conveniente, y, como consecuencia, las muertes _casuales_ son más frecuentes que las curas.

La disección es repulsiva y contraria a sus prejuicios, totalmente orientales, y, por tanto, los alumnos, en vez de hacer experiencias en individuos, estudian con grabados, diagramas, preparaciones y esqueletos. En España, lo mismo que en todos los pueblos de la antigüedad, y hoy en Oriente, está muy generalizada la creencia de que el tocar un cuerpo muerto contamina; y, además aun no está vencida la objeción levantada por el clero de que huele a impiedad el mutilar un cuerpo hecho a imagen y semejanza de Dios. Si me lee algún médico podrá recordar que Vesalius, el padre de la anatomía moderna, fué condenado por la Inquisición, a la hoguera, en tiempo de Felipe II, por haber hecho una operación. El rey lo envió en peregrinación a los Santos Lugares para que expiase su pecado; en el camino naufragó y murió de hambre en Zante.

No es de extrañar, pues, que con una educación semejante, la práctica de la medicina esté anticuada y conserve todos los prejuicios clásicos y orientales y sea necesariamente muy limitada. En casos de fracturas graves, heridas de bala, los médicos suelen desahuciar al paciente casi al momento, aun cuando sigan visitándole y cobrando honorarios, hasta que la muerte le libra de sus muchos sufrimientos. En los males crónicos y de menos importancia, son menos peligrosos; porque como los remedios no hacen daño ni provecho, la naturaleza obra sola y en muchos casos cura. En enfermedades e inflamaciones agudas rara vez tienen éxito, pues aun cuando son aficionados al empleo de la lanceta, la utilizan con miedo y se asombran de la decisión de los ingleses en ciertos casos en que a ellos sólo se les ocurre encogerse de hombros, invocar a los santos y pronunciar un pedantesco discurso sobre la imposibilidad de emplear en la Católica España, donde el sol es brillante y el aire templado, el mismo sistema que en la fría, húmeda, brumosa y herética Inglaterra.

La mayor parte de los españoles acomodados que pueden permitirse ese lujo, tienen su _médico de cabecera_ y su confesor, pareja que cuida de los cuerpos y de las almas de todos los de la casa, les dan conversación y comparten con ellos el _puchero_, la bolsa y el tabaco. Ellos dominan al marido por medio de la mujer y los hijos, no permitiendo que sean infringidos sus privilegios exclusivos. La etiqueta es la vida de los españoles, y algunas veces su muerte, como todos sabemos (aunque los españoles juren que todo es una mentira de los franceses) después de haber oído decir de Felipe III que se dejó morir antes que alterar la etiqueta de la Corte. Cuentan que una vez estaba sentado muy cerca del fuego, y aun cuando se quemaba materialmente, no se le ocurrió ni por un momento cometer la inconveniencia de que el rey de España se moviese sólo de su sitio, y al rogar a los que estaban presentes que le separaran el asiento, ninguno se permitió la libertad de hacerlo hasta que llegó el encargado de este servicio. En el caso de una enfermedad repentina en cualquier familia, a menos que el médico de cabecera se halle presente, ningún otro se atreverá, aun cuando haya sido llamado, a tomar iniciativa alguna hasta que el Esculapio de la casa llegue. Un médico inglés, amigo nuestro, tuvo ocasión de salvar la vida de un señor, por llegar en el momento en que sufría un ataque de apoplejía, con la boca llena de espuma y luchando con la muerte, con la particularidad de que en el cuarto inmediato estaba otro médico sentado tranquilamente en la camilla fumando al lado del brasero y charlando con las señoras de la casa, pero sin asistir al enfermo, porque no era el médico de la familia. Nuestro amigo sacó instantáneamente 30 onzas de sangre del brazo del paciente, sin que ninguno de los presentes se moviese de su sitio. ¡Apolo le salvó la vida! El mismo médico fué llamado casualmente para ver a una persona que tenía una inflamación en la córnea; preguntando, supo que el individuo había consultado a varios médicos y que por todo remedio le habían recetado baños de mar, leche de burras y caldo de culebra de Chiclana. Nuestro amigo, el hereje, trató la enfermedad con cáusticos, y cuando en la consulta que se celebró dió cuenta de su sistema, los médicos indígenas se horrorizaron y asombraron, y más aun creció su asombro cuando vieron que el enfermo se puso bueno en una semana.

Es regla general que, al ser llamados por primera vez para ver a un enfermo, le miren con mucha atención, muevan la cabeza delante de las mujeres y aumenten la importancia del mal; procedimiento muy acertado para todo el mundo, pues, como todos los médicos, si no curan, matan al enfermo; si se da el primer caso, su mérito es tanto mayor cuanto más grave sea la enfermedad, y en el segundo, su responsabilidad es menor, pues el mal se considera superior a la ciencia humana. Los médicos prolongan con la mayor naturalidad la asistencia, y, como cosa rara, puede observarse que sienten la necesidad de obrar unidos; así que, en cuanto el de cabecera considera la dolencia un poco grave, pide una _junta_. Todos sabemos lo que es una junta española en asuntos de paz o de guerra, y una de esta clase no tiene por qué ser mejor ni peor que las demás: en ellas no se hace nada, y si se hace algo se hace mal. En estas juntas, en las que se suelen reunir de tres a siete médicos, según el bolsillo del paciente, cada uno de ellos ve al enfermo, le toma el pulso, le dirige algunas preguntas y luego se retira al cuarto inmediato, donde se reúnen todos para discutir el caso, proporcionando en muchas ocasiones al enfermo la satisfacción de oír lo que dicen. El _Protomédico_ preside; y mientras todos encienden los cigarros, el médico de cabecera explica la enfermedad, comenzando su relato por la historia del enfermo, su constitución, la dolencia y las medicinas que se le han propinado. Después, cada uno de los presentes, por orden de edades, expresa su opinión, hablando a menudo durante media hora, y, por último, el que preside hace un resumen y algunos comentarios a lo dicho por todos. El final suele ser que se sigue con el mismo tratamiento, o se introducen ligeras modificaciones; pero lo seguro es que al día siguiente se celebre una nueva junta, en la que los honorarios son caros, pues cada uno de los que acuden en consulta cobran de tres a cinco duros. A menudo la consulta dura muchas horas, convirtiéndose al fin en una enfermedad crónica.

Debemos decir, para hacer justicia a estos hábiles doctores, que, como cuerpo, son muy cuidadosos en el vestir: el aspecto exterior, por no decir la elegancia en el vestir, encumbra a los ojos de muchos una profesión que es de crédito moral muy incierto. Y por la misma razón, ¡qué cuidado en el traje, qué brillante la botonadura de la camisa de los violinistas extranjeros cuando vienen a Inglaterra! El digno doctor andaluz de nuestra familia española, hombre de mucha ciencia, como podrían atestiguarlo dos de sus pacientes que ahora descansan en paz, no hacía visitas si no iba vestido de punta en blanco. También el _matador_, cuando sale a la plaza, se atavía con su mejor traje de _majo_. Este cuidado especial de la persona se debe en parte a la moro-ibera afición a la ostentación, y en parte, a profundos principios de Galeno y a un alto concepto de los deberes de su cargo. Las autoridades de la antigüedad recomendaban a los doctores que se presentaran ante los enfermos rodeados de todo aquello que pudiese hacer buena impresión para ser recibidos a la cabecera del enfermo como mensajeros de buenas nuevas y como ministros de la salud, no de la muerte, pues consideraban que un atavío solemne despertaba ideas tristes en el enfermo. Un traje color de ala de cuervo, unido a un aspecto académico y lúgubre, son nuncios de tristeza y luto que nadie, ni en plena salud, gusta de contemplar, y el efecto que tales _facies hippocratica_ produce en un desgraciado enfermo cuyo estado es desesperado, puede ser fatal.

Las recetas de estos elegantes caballeros suelen ser más anticuadas que sus levitas, siendo la más corriente de todas no hacer nada, sino devengar honorarios, y que la naturaleza obre por sí sola; y así, los que son jóvenes y fuertes y no sufren dolencias muy graves, son mimados por la Naturaleza y se curan por su _vis medicatrix_, que, cuando no se la estorba, suele producir curas maravillosas.

El _Sangrado_ puede atestiguar que un español, de cualquier sexo que sea, está mejor hecho que un reloj, puesto que su maquinaria tiene dentro fuerza y condiciones para regular sus propios movimientos y reparar los accidentes; y por esta causa, el relojero no tiene necesidad de desarmarlo, bastándole en la mayoría de los casos con ponerle un poco de grasa o limpiarlo para que marche perfectamente. Los remedios que se suelen emplear, cuando llega el caso, son sencillos, y son buscados más bien entre los vegetales de la superficie de la tierra que entre los minerales en sus entrañas. Las recetas externas se reducen a cataplasmas en el vientre, sinapismos en los pies, fomentos de agua de malvavisco y de manzanilla, y el cura. Los internos, tisanas, leche de almendras o de burras, cocimientos de arroz, etc., etc., se siguen unos a otros con tanta regularidad, que el novato no tiene más que repetir los pasajes médicos de las sátiras de Horacio. En ningún país, sin embargo, se puede esperar mejor que se curen las enfermedades, por aquello de que _todo tiene remedio menos la muerte_. Si, por desgracia, el enfermo muere, se culpa a la enfermedad y al médico. Es posible que la costumbre de los antiguos iberos fuese, después de todo, la más atinada: sacaban al enfermo a la puerta de la calle, y a todo el que acertaba a pasar le preguntaban su parecer, y las recetas que daban podían surtir tanto efecto como los santos, las reliquias, el caldo de lagarto o la leche de burras: