Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Part 6

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Después de tratar de los _venteros_ españoles, nos fué cosa fácil hablar de los _ladrones_, y no es más difícil pasar de este tema al de los médicos. Aquéllos, al menos, ofrecen una cortés alternativa, puesto que piden «la bolsa o la vida», mientras que los médicos, en la mayor parte de los casos, se quedan con ambas; pero por no vestirse de modo tan pintoresco, ni ejercer su oficio de manera tan dramática, no gozan de tanta reputación en Europa como los bandoleros. Por el contrario, mientras todos los que han escrito y escriben sobre la Península nos advierten que debemos guardarnos de los ladrones que se ocultan en las encrucijadas de los caminos, nadie nos pone en guardia contra el _Sangrado_, cuyo arte es más mortífero que la insolación, tan corriente en Castilla. ¡Desgraciado del que caiga en sus manos! Ya puede ir previniendo que tomen medida de su sepultura, pues, como suelen decir, _tomar el pulso es pronosticar al enfermo la losa_. Probablemente, por conocer bien a esta clase de gente, vino, o fué enviado a Madrid, desde París, monsieur Orfila, cuando se casó Montpensier con la _Infanta_, con la esperanza de librar a su hermana mayor la reina, a la «inocente» Isabel, de la lanceta, de las fatales lancetas indígenas--una bienintencionada interferencia del extranjero, dicho sea de paso, que ofendió a la facultad española y que rechazó unánimemente; y tampoco fueron recibidas con el agradecimiento que se merecían las previsoras advertencias de este eminente _toxicólogo_, o investigador de materias venenosas, con respecto a la administración de medicinas.

Aunque en otro tiempo los hospitales y casas de misericordia de España estuvieron magníficamente dotados, hoy no queda nada del antiguo esplendor para la pobre y doliente humanidad. Administradores y mangoneadores entraron a saco en sus bienes, y han acabado con todo. Los depositarios de las rentas para beneficencia se ven sin defensa alguna contra la avaricia oficial, y, siendo cuerpos _sociales_, carecen de la santidad de los intereses _privados_, que todo el mundo defiende. De aquí vino que el codicioso privado, Godoy, empezara la expoliación, apoderándose de los fondos y dando, en cambio, garantías gubernamentales que, naturalmente, pronto no tuvieron valor alguno. Luego vino la invasión francesa y la conspiración de los déspotas militares. La guerra civil hizo lo restante, y ahora que se han suprimido los conventos, la falta se nota mucho más, pues antes, en las comarcas arrinconadas, los frailes socorrían a los pobres y procuraban medicinas a los enfermos. En general, y salvo raras excepciones, los hospitales y las _Casas de Misericordia_ están muy lejos de ser un modelo en España, y las de locos y de expósitos, a pesar de algunas mejoras introducidas recientemente, dan poco crédito a la ciencia y a la caridad.

Los bajos, brutales y feroces _Sangrados_ de España han sido objeto de las burlas de escritores del país y extranjeros, que han dicho muchas verdades. La expresión vulgar para indicar la gran mortalidad de sus clientes es decir _mueren como chinches_. Esta indiferencia por la vida, esta falta de atención al sufrimiento humano y este atraso en la ciencia de curar son enteramente orientales; pues aun cuando la ciencia, en general, haya salido de Este a Oeste, la Medicina y la Cirugía no tienen ese origen. En Oriente, como en España, han sido ciencias de segundo orden, y los que se dedicaban a ellas eran considerados como gente de condición inferior, obstáculo enorme en la Península, donde el hombre prefiere morir a ejercer una profesión que pueda enturbiar el brillo de su honor personal. El cirujano de los moros españoles solía ser un despreciado y aborrecido judío, lo que creaba una tradicional repugnancia hacia la profesión. El médico era de casta algo superior, pero, lo mismo que el botánico y el químico, era más fácil hallarle entre los infieles que entre los cristianos. Así Sancho el Graso tuvo que ir a Córdoba en busca de asistencia. Y todavía en España, como en Oriente, todos aquellos cuya profesión es condenar a muerte a seres vivientes, están casi excomulgados socialmente: el carnicero, el torero, el verdugo, por ejemplo. El soldado, que acuchilla, ocupa puesto preeminente en aquella sociedad; el médico, que cura, el más bajo. El doctor en Medicina, a quien el infalible Papa consulta y el Rey autócrata obedece, sólo tiene entrada en las buenas casas en caso de enfermedad, y vuelven a cerrársele las puertas en el momento en que la salud se recupera; pero él sabe vengarse de los que le desprecian; y si todos los españoles son temibles con el cuchillo, el cirujano lo es muy especialmente. Madrid puede llamarse con razón la Corte de la Muerte, y el Escorial es muestra palmaria de ello con la prematura muerte de las personas reales, y eso que es de suponer que ellas congreguen en torno suyo la más refinada y escrupulosa asistencia, tanto médica como teológico-terapéutica, que la capital puede proporcionar; pero el tránsito de la realeza es breve, especialmente en el caso de las mujeres e _infantes_, y el _resultado_ es innegable en estas estadísticas de la muerte; la causa de ello está en el clima y en el doctor, que, como se ayudan mutuamente, puede honradamente dejárseles que decidan entre sí la cuestión de la relativa excelencia de cada uno.

El médico español es rehuído no solamente por prejuicios antiguos, y porque es considerado peligroso como una serpiente de cascabel, sino también por los celos que la gente de iglesia siente hacia una profesión rival, creyendo que, si fuesen bien mirados, podrían tener que partir con ellos los legados y secretos que tan fácilmente se obtienen en el lecho de muerte, cuando el cuerpo y la inteligencia han perdido su vigor. Además, un médico y un confesor españoles miran al enfermo desde diferentes puntos de vista: el médico sólo piensa o debería pensar en salvarle en este mundo; el confesor trata de librarle de los tormentos del otro; ambos emplean todos los medios a su alcance para conseguir su objeto, aun cuando, en muchos casos, no es aventurado asegurar que ni uno ni otro tienen mucha fe en ellos: la práctica espiritual no cambia, porque la misma novedad, que es una herejía en religión, no se cree sea favorable en ninguna otra cosa. Así, las Universidades, gobernadas por eclesiásticos, convencieron al pobre fanático de Felipe III para que dictara una ley prohibiendo el estudio de todo sistema nuevo de medicina y exigiendo los textos de Galeno, Hipócrates y Avicena. Letrados y hombres para quienes el sol había detenido su carrera, rechazaron las ciencias exactas y la filosofía experimental como peligrosas innovaciones que, según ellos, hacían de cada médico un Tiberio que, por ser aficionado al estudio de las matemáticas, en donde todo necesita demostración, era poco respetuoso con los dioses y diosas del Panteón; y así, en 1830, atemorizaron al tímido Fernando VII (cuya semejanza con Tiberio nada tenía que ver con Euclides), diciéndole que las escuelas de Medicina formaban materialistas, herejes, ciudadanos reyes, liberales, insurrectos y revolucionarios. Convencido el amado monarca, cerró las Universidades, si bien, en cambio, y como compensación, fundó una escuela de tauromaquia: los hombres pueden ser destrozados impunemente, pero es muy conveniente que los toros mueran con todas las reglas del arte y los honores de la ciencia.

La poca consideración social al médico es muy clásica: en Roma eran esclavos libertos, y sólo fueron elevados a la categoría de ciudadanos en tiempo de César, que quiso _atraerse_ a estos ministros de las terribles Parcas cuando la población de la capital era muy reducida a causa de la excesiva emigración: acto de favor que puede tener dos fines, pues Adriano VI (maestro del español Carlos V) aprobó que hubiese en la Ciudad Eterna quinientos individuos que practicasen la Medicina, pues, de lo contrario, «la _multitud_ de seres vivientes se hubiera devorado entre sí». Con todo, cuando le llegó a él su turno de ser eliminado, el pueblo, agradecido, obsequió con una serenata a su cirujano, llamándole el «salvador de la patria». En nuestros días sólo un médico era admitido en Sevilla entre la gente de _sangre azul_, o buena sociedad, cuando gozaban de salud fuerte y antiflebotómica; y a todos los extraños les informaba a manera de excusa el exclusivista anfitrión, de que el doctor era de _casa conocida_, dándole así entrada en el mundo su persona y no su profesión. Y mientras hay una porción de aventureros que ostentan un título, ni al más liberal dispensador de mercedes se le ocurre dar un título a su médico, honor que es algo más que el de par de Francia y menos que una baronía médica de Inglaterra. Estos prejuicios de casta hacen que los médicos no frecuenten más sociedad que la suya, que, como no se recetan unos a otros, no es ni desagradable ni peligrosa. En Sevilla se reunía una _tertulia_ de ellos en la botica de _Campelos_, y puede decirse que era una bandada de aves de mal agüero que graznaban sobre la salud general que afligía a la ciudad y que rogaban a Dios, como Sangrado en _Gil Blas_, que por favor divino sobreviniesen pronto muchas enfermedades. El que este nido de cornejas estuviese atestado o vacío era el mejor barómetro para conocer la salubridad de la bella capital de Bética; y mientras nosotros vivimos allí lo consultamos a menudo con ansiedad, pues por mucho que la gente se burle de los médicos cuando están rebosantes de salud, cuando la enfermedad trae al médico se acaban todas las bromas, y entonces todo el mundo les hace mucho caso, aun en España, por preferir ese mal a otros y por miedo al confesor y al sepulturero.

En ningún país son los pobres muy aficionados al hospital, y en España, además del orgullo natural, que hace retraerse en todas partes a muchos enfermos de establecimientos admirablemente montados, aquí un fundado temor aleja al paciente, que prefiere morir de _muerte natural_. Además, por el hecho de ser pobres, es menos evidente para los directores que para los pacientes la necesidad que en absoluto tengan éstos de vivir, pues, como dicen los maltusianos, no hay en la mesa de la naturaleza sitio vacante para los que no pueden pagar; y así ocurre que los directores del hospital no se apresuran a ofrecer mesa y cama a los solicitantes; la muerte de un paciente es ahorro de dinero y trabajo, cosa muy digna de tener en cuenta en un país en donde el primero escasea y el segundo tiene muy pocos partidarios, y en donde un hombre sano vale poco y uno enfermo, aun menos. Por otra parte, los médicos no siempre adquieren fama por obrar curas, como podríamos demostrar con varios casos de mujeres y herederos en general; así, si en los hospitales de la Península sólo mueren la mitad de los enfermos, se piensa que es una gran suerte; además, los muertos no abren el pico, y los vivos cantan grandes alabanzas por haber escapado milagrosamente: _El médico lleva la plata, pero Dios es el que sana_. Los sepultureros, en cambio, viven atareados y satisfechos, como los de Hamlet y como, en general, lo están todos los enterradores cuando tienen entre manos un trabajo que les producirá ganancia. Cavan profundamente en la silenciosa tierra la profunda fosa, de la cual no volverá a salir el viajero. Cantan y bromean mientras echan polvo sobre el polvo y entierran el _corpus delicti_, y con él los desatinos del médico. En este momento todos quedan satisfechos, excepto el difunto: el hombre de la lanceta queda contento, porque la desagradable prueba del delito desaparece de la vista; los obreros de la pala y el azadón, porque aquello les proporciona el sustento, y, una vez terminado el entierro, unos y otros ponen en práctica el proverbio español: _Los muertos a la huesa y los vivos a la mesa_.

En ninguna época han dado los españoles gran importancia a su vida, y mucho menos a la de los demás, pues no es pueblo de buenas entrañas. La familiaridad con el dolor hace insensibles aun a las personas empleadas en nuestros hospitales, porque todo el que vive por la muerte sólo siente por los vivos cariño de sepulturero, y le importa tanto la poesía de la salud inocente como a míster Giblet un cordero domesticado. Y son cosas estas muy difíciles de mejorar en España, donde todo contribuye a educar a hombres y mujeres en una gran indiferencia hacia la sangre: las heridas, la sangre y la carnicería de los toros, los gritos de _muera_ de las multitudes y de _pásele por las armas_, los decretos draconianos y mil otras prácticas de los poderes públicos; por esta razón, el bisturí o puñalada fatal del cirujano son mirados como _cosas de España_. La filosofía de la indiferencia general por la vida en este país, que es casi el fatalismo oriental, en la multitud de ejecuciones y la general resignación ante el derramamiento de sangre, dependen en gran parte de que para muchos la vida no es en el mejor caso sino una lucha por la existencia, y así, al jugársela, sólo arriesgan moneda pequeña, y cuando uno desaparece, los demás viven mejor en cierto modo; de aquí el que cada uno mire sólo por sí y por el día presente, y _après moi le déluge: el último mono se ahoga_; o como decimos nosotros: que el diablo cargue con el último.

El abandono de los hospitales que habían estado bien dirigidos y administrados, ha repercutido en los españoles. Los que se dedican a la carrera de Medicina carecen de las ventajas de estudiar clínica y observar los casos difíciles resueltos por maestros expertos. Recientemente se ha procurado en algunas ciudades de importancia, sobre todo en las costas, introducir reformas y mejoras; pero la socaliña oficial y la rutina ignorante figuran aún entre los males que no tienen cura en España. En 1811, cuando el ejército inglés estaba en Cádiz, un médico llamado Villarino, empujado por algunos de nuestros indignados cirujanos, llevó a las Cortes el asunto del mal estado de los hospitales españoles. Se nombró una comisión, y ésta redactó un lastimoso informe, aún existente, en el que se puso de manifiesto que los fondos destinados a sostenimiento y asistencia de los enfermos se quedaban entre las manos de los administradores y demás empleados. El resultado de ello fué el que podía esperarse: que las autoridades se unieron y persiguieron a Villarino, tachándole de _revolucionario_, consiguiendo que no se hiciere caso de sus palabras. El superintendente de ese establecimiento era el famoso Lozano de Torres, que mató de hambre al ejército inglés después de Talavera, y que, según las palabras del duque de Wéllington, era «un ladrón y un mentiroso». Después de este escándalo la regencia le nombró gobernador de Castilla la Vieja, y Fernando VII, en 1817, le hizo ministro de Justicia.

Como edificios, los hospitales son, por lo general, muy grandes, pero el espacio está en ellos tan poco habitado como en las vastas llanuras de Castilla. En Inglaterra se necesitan salas para los enfermos; en España, enfermos para las salas. Los nombres de algunos de los hospitales mayores están muy bien elegidos; el de Sevilla, por ejemplo, se llama de _La Sangre_ y de _Las cinco llagas_, que están esculpidas en el arco de entrada como racimos de uvas. Sangre es un nombre fatal para este reino del Sangrado, cuya lanceta, lo mismo que la navaja española, no da cuartel. En materia de vida o de muerte, este establecimiento se parece a los arsenales de España, en donde en el momento preciso siempre falta de todo. Su dispensario presentaba, como la tienda del boticario de Shakespeare, una colección de cajas de píldoras vacías.

El gran hospital de Madrid se llama _el general_, y la asistencia médica en él corre parejas con la ayuda de algunos generales españoles, tales como Lapeña y Venegas, que en el momento preciso abandonaron en absoluto a Graham en Barrosa, y al Duque en Talavera. Por supuesto que en ello no hay nada nuevo, pues, como el viejo proverbio dice, _socorros de España, o tarde o nunca_. En casos de batallas y muertes repentinas, en paz y en guerra, los españoles profesionales, militares y médicos, son muy buenos para _asistir_ a ellas, dando a esta palabra únicamente la acepción de estar presentes, sin mezclarse para nada en su marcha. Y esto ocurre cuando se reparten golpes, no sólo con los médicos, sino con toda la nación española: si un hombre cae herido en la calle, se desangrará seguramente, a menos que las autoridades lleguen a tiempo de levantar el cuerpo y curar las heridas; los demás--excepción hecha de los ingleses, y hablamos por experiencia--pasarán de largo, y no ciertamente por miedo a la sangre ni odio al asesinato, sino por el horror que el español siente a la sola idea de verse mezclado en las redes de _La Justicia_, cuyos funcionarios detienen a todo el que interviene o está presente, como sospechoso o como testigo; y cuando uno cae en las garras de la justicia española puede estar seguro que no saldrá de ellas hasta dejarse el último céntimo.

Las escuelas y los hospitales, especialmente en las ciudades del interior, carecen de toda clase de adelantos mecánicos y modernos descubrimientos, y los pocos que los tienen, son de manufactura francesa y de segundo orden. Cosa parecida ocurre con los libros de medicina y las obras técnicas: todo lo que hay es copiado y malo; se ha visto que es mucho más fácil traducir y copiar que inventar, y por eso en la medicina española, lo mismo que en arte y literatura, hay muy poca originalidad: todo es adaptación de las ideas de otros, o una adaptación de la ciencia antigua y de la ciencia árabe. Muchos de sus términos médicos, así como muchas de sus drogas, son puramente árabes (_jalea_, _elixir_, _jarabe_, _rob_, _sorbete_, _julepe_, etc.) y denuncian el origen de los conocimientos, pues no hay nada tan seguro para averiguar las fuentes de donde se ha tomado una ciencia como estudiar su lenguaje y fraseología. Cuando los españoles se apartan del camino seguido por sus antepasados es para adoptar un tímido velo francés. Las pocas publicaciones modernas de medicina son traducciones de sus vecinos, y la escasa existencia de medicamentos de sus boticas se ha hecho más peligrosa e inútil con los productos de los cúralotodo de París. Es una verdadera desgracia para la Península que todo lo que se conoce de los trabajos que hace la pensadora y escrupulosa Alemania y la decidida y práctica Inglaterra haya de pasar por el alambique de la traducción francesa, y el original queda así doblemente estropeado, y la sagrada causa de la verdad y de los hechos es demasiado frecuentemente sacrificada a la gálica manía de suprimir los dos por el honor de su propio país. No es de extrañar, pues, que los médicos españoles desconozcan casi en absoluto las obras, las operaciones y los inventos modernos, y que sus textos de consulta se limiten a Galeno, Celso, Hipócrates y Boerhaave. Los nombres de Hunter, Harvey y Astley Cooper les son tan desconocidos como los últimos descubrimientos de Herschel: la luz de estos planetas tan distantes no ha podido aún llegar hasta ellos.

Ahora, el _Colegio de San Carlos_, o sea la Escuela de Medicina de Madrid, confía mucho en poder enseñar la obstetricia por medio de figuras de cera: bien es verdad que aprender una ciencia práctica sobre el papel no es exclusivo en España de la clase médica. La gran escuela naval de Sevilla está dedicada a San Telmo, el cual, reuniendo en sí los atributos de Cástor y Pólux, aparece en las tormentas en el palo maestro en forma de luces para socorro de los marineros, y en cuanto empieza a sentirse el viento, sople de donde quiera, ya están las tripulaciones de rodillas rogando a este Hércules marino, en vez de recoger las velas y empuñar los remos. Nuestros marineros, que sienten afición al mar con todas sus consecuencias, como no tienen ningún San Telmo que les socorra en el mal tiempo (aun cuando aquel artillero algo irreverente del Victoria llamara al héroe de Trafalgar San Nelson), arriman el hombro y realizan el milagro por sí mismos: _aide toi, et le ciel t’aidera_. En nuestros tiempos, los guardiamarinas aprendían el arte de la navegación en una sala con un modelo de navío de tres puentes que estaba sobre una mesa, con lo cual tenían la gran ventaja de no estar expuestos al mareo. El infante don Antonio, almirante de la Marina española, estaba paseando en el Retiro, junto al estanque, cuando alguien le propuso embarcarse en una lancha, y él respondió excusándose: «Desde que vine de Nápoles a España no me he arriesgado nunca a embarcarme». Por contado que en esto, como en otras muchas cosas, hay un criterio distinto a orillas del Támesis y a las del Betis; y así ocurre que junto al Hospital de Greenwich, una gran fragata flotante, grande como la vida, es la escuela de la que salen los que a diario recuerdan que los veteranos del Cabo de San Vicente y de Trafalgar supieron «cumplir con su deber», siendo la evidencia de las victorias de ayer una garantía para la realización de sus esperanzas, basándose el futuro en el pasado.

Con los cuarteles, cárceles, arsenales y fortalezas, los establecimientos dedicados a las miserias corporales, son poco dignos de verse, y el extranjero que pueda hará bien en evitarlos, pues, seguramente, encontrará en su país ejemplares mejores. Para dar más fuerza a esta afirmación, presentaremos una ligera descripción de alguno que tuvimos ocasión de ver hace unos pocos años. Los manicomios en España se llaman casas de _locos_, palabra que se deriva del árabe _locao_; y, como sus congéneres del Cairo, estaban tan mal dirigidos, que no parecía sino que los directores hacían méritos para ingresar en ellos. La locura, indudablemente, trastornaba al mismo tiempo la inteligencia de los enfermos y endurecía las entrañas de los que les cuidaban, y la inversión absurda de los escasos fondos producía un resultado verdaderamente desastroso. No había ni asomo de _clasificación_, cosa por cierto nada corriente en España. El maniático, el loco furioso y el tranquilo estaban revueltos en confusión de suciedad y miseria: allí gritaban dirigiéndose insultos los unos a los otros, se les encadenaba como a fieras y se les trataba peor que a criminales, pues las pasiones de los más furiosos eran exacerbadas con el salvaje látigo. Ni siquiera había una cortina para excusar las necesidades de aquellos seres humanos reducidos a la condición de animales: todo era público, hasta el trance de la muerte, dándose el caso de que el último suspiro de algún sin ventura se mezclase con la risa histérica de los espectadores. En casos especialísimos, el cuerpo de alguno de aquellos cuya inteligencia estaba perdida, se encerraba en una celda aislada, sin más compañía que su aflicción. Algunos de éstos, al entrar allí, llevados por sus parientes para quitarlos de enmedio, no estaban locos; pero tardaban poco en estarlo, pues la soledad, la pesadumbre y el hierro acaban con los cerebros. Estos establecimientos, que los naturales del país deberían ocultar por vergüenza, eran los que primeramente enseñaban a los extranjeros, en particular a los ingleses, pues como nos consideran a todos como locos, creen que es una cosa muy natural que nos encontremos a gusto entre nuestros iguales.