Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)
Part 5
Aquellas personas indígenas o extranjeras que no podían conseguir o permitirse los gastos de una escolta, podían aprovechar alguna oportunidad para unirse a otros viajeros que la llevaran. Es admirable la rapidez con que corría la noticia de que había una escolta para una partida, y cómo se engrosaba ésta con individuos sueltos que aprovechaban la ocasión. Como todos iban armados, cuanto más numeroso era el grupo, era a la vez más fuerte y, por lo tanto, los riesgos menores. Si no se tropezaba con nadie que viajase escoltado, entonces se aguardaba el paso de tropas que protegían los envíos que hacía el Gobierno, de dinero, tabaco o cosas semejantes. Si no se presentaba ninguna de estas oportunidades, se unían todos los que pensaban viajar, formando verdaderas caravanas, costumbre muy oriental y que tomó carta de naturaleza en España, con tanta más facilidad cuanto que era y es casi imposible viajar solo, pues los otros se unen a uno: los grupos pequeños se unen a los mayores y más fuertes, que siguen el mismo camino sin consultarles y sin preocuparse de que les parezca bien o mal. Los arrieros son los más sociables y aficionados a la compañía y no tienen inconveniente incluso en variar de itinerario, con tal de ir en unión de unos o de otros. La caravana va engrosando como una bola de nieve, aun cuando suele ser siempre considerable en el momento de partir, pues los arrieros y dueños de coches, conocidos todos, se comunican unos a otros el número de los que han de ir con cada uno de ellos.
Viajar por caminos extraviados en un _coche de colleras_, y especialmente si se lleva un carro con equipajes, es cosa muy expuesta a los robos. Cuando la caravana llega a los pueblos pequeños, en seguida corre la voz, y si se dice que van extranjeros, suponen que van cargados con el oro y el moro.
La llegada de un convoy de esta naturaleza es un acontecimiento cuya noticia se extiende como la pólvora, y congrega a toda la «gente maleante», holgazanes y vagabundos, que ejercen de espías y están al habla con sus cofrades; además, la balumba del equipaje, el ruido de las colleras y el charlar de los hombres, se ven y se oyen desde lejos, y no se escapa a los ladrones, si los hay, que estarán escondidos en alturas o escondrijos, bien provistos de anteojos y de largas y finas narices, que, como dice Gil Blas, huelen las monedas en los bolsillos de los viajeros, mientras que la lenta marcha y la imposibilidad de la fuga hacen de un convoy semejante una fácil presa para jinetes bien montados.
Todo lo anteriormente dicho respecto a los peligros reales o imaginarios se refiere, naturalmente, a viajes por caminos de herradura, o a través de provincias poco visitadas y por las cuales no cruzaban los coches del servicio público. Sin embargo, siendo tales comarcas reputadas como las peores, tenían la ventaja de verse libre de las partidas organizadas, por la misma razón de que era poca la gente que pasaba por ellas, y, por lo tanto, no iban a estar ocupadas por bandidos, los cuales son como las arañas, que sólo tienden sus telas donde hay una buena provisión de moscas. La masa de la gente humilde en España se preocupa poco de los bandoleros ni de los revolucionarios, pues tienen poco que perder y pasan inadvertidos, tanto para los unos como para los otros. Sus andrajos son su salvaguardia: un hermoso clima los cobija, un fértil suelo los alimenta; dormitan tranquilamente en medio de su pobreza (la mejor protección que siempre hubo en España), o rasguean la guitarra entonando coplas en alabanza de la bolsa vacía. Los mejor acomodados tienen que mirar por sí mismos; pues como la ley es insuficiente, han de protegerse a sí o sus propiedades, o administrar la justicia por su mano para obtener satisfacción de entuertos, lo cual, en castellano neto, se llama vengarse. Un propietario irlandés arma a sus servidores y levanta altas paredes que rodeen su _demesne_--un señor inglés emplea guardas para proteger a sus faisanes--; del mismo modo, en las comarcas sospechosas, un hidalgo español protege su persona alquilando hombres armados, que se llaman _escopeteros_, nombre que puede aplicarse a casi todos los españoles. Esta costumbre de ir armado en el campo y de trabar conocimiento con el fusil desde muy pronto, es la razón principal de que a la menor alarma se formen con toda facilidad numerosas agrupaciones de hombres, que los españoles llaman soldados: en todas partes se encuentra la materia prima: un hombre con un mosquete. Bagajes, comisariado, pagos, raciones, uniforme y disciplina, cosas más bien europeas que orientales, podrán encontrarse en cualquier ejército mejor que en el español. Esto explica la facilidad con que la nación española se levanta tan magnánimamente en armas y que, después de ataques aislados y una lucha de guerrillas, desaparezcan de pronto al experimentar un revés: cada hombre en su casa como es tradicional que ocurra en Oriente, y eso con o sin proclama previa. Estos _escopeteros_, ladrones en ocasiones también, viven del robo o de evitarlo, porque también hay su honor entre los bandidos; _los lobos no se comen unos a otros_, como no estén muy a la cuarta pregunta. Estos individuos, naturalmente, tratan de alarmar a los viajeros en exagerados relatos de peligro, y de ogros y de antros, con objeto de que no prescindan de sus servicios. Y no faltan inocentes que se traguen todas las invenciones, y anoten, como cosa verídica, los mil embustes que les cuentan mientras los presentes se burlan de ellos a sus espaldas; pero, como dice el refrán, _en luengas vías, luengas mentiras_.
Como estamos haciendo historia, habremos de añadir que los grandes bandidos, como José María, facilitan pasaportes en muchas ocasiones. Este verdadero soldado de la raza de Deloraine estaba mal avenido con las letras, pero, aun cuando apenas sabía poner su nombre, _rubricaba_[6] como cualquier otro español que ejerciera algún mando, o el mismo Fernando VII. Su rúbrica, verdadero salvoconducto, era una colección de garrapatos que hubiera podido dar crédito a Alí Pachá. Un íntimo amigo nuestro, alegre gastrónomo y dignidad de Sevilla, que se dirigía a los baños de Carratraca para reponerse del abuso de las ricas ollas y del valdepeñas, y que no tenía maldita la gana, como el abad gotoso de Bocaccio, de verse sometido al régimen médico bandolero, se procuró un pase de José María y tomó uno de sus secuaces para que le sirviese de escolta, y nos le describía como su _santito_, como su ángel guardián.
A propósito de esta creencia en la protección espiritual y sobrenatural, diremos que casi todo el mundo usa, con gran fe, alguna reliquia, un rosario, un escapulario o una medalla de la Virgen. La duquesa de Abrantes, no hace mucho tiempo, colgó del cuello de su torero favorito una medalla de la _Virgen del Pilar_, escapando aquél, por tanto, ileso. Pocos son los soldados españoles que van a la guerra sin llevar amuletos de esta clase, a los que suponen el poder de detener las balas y desviar el fuego como un pararrayos, y quizá lleven razón, en vista de los pocos que mueren en el campo de batalla. En los tiempos románticos de España no se podía verificar un duelo o un torneo sin que precediese una declaración de los combatientes de que no llevaban encima reliquia ni amuleto alguno. Nuestro amigo José María atribuía su constante buena suerte a una imagen de la Virgen de los Dolores de Córdoba que llevaba siempre junto al peludo pecho. Entre la clase baja de España puede ser frecuentemente conocido el pueblo de origen de cada uno por los adornos piadosos que lleva consigo. Escogen sus amuletos entre los santos o reliquias más venerados en la comarca y que se estiman más milagrosos. Así, tenemos que la imagen del «Santo Rostro», de Jaén, se usa en todo el reino de Granada, así como en toda Murcia, la Cruz de Caravaca; y el rosario de la Virgen es común a toda España. La siguiente prueba milagrosa de sus salvadoras virtudes estaba frecuentemente pintada en los conventos: Un ladrón fué muerto por un viajero y enterrado en el campo mismo; algún tiempo después, pasando sus compañeros por aquel sitio, oyeron una voz que les llamaba; abrieron la fosa y, con gran sorpresa, lo encontraron vivo y sano. Y era que, al ser muerto, llevaba un rosario colgado al cuello, y, entonces, Santo Domingo (fundador de esta devoción) intercedió con la Virgen para que lo salvara. Esta confianza en la Virgen no es sólo española; los bandidos italianos llevan siempre un pequeño corazón de plata de la Madonna, y esta extraña mezcla de ferocidad y superstición es uno de los rasgos más terribles de su carácter. San Nicolás, el inglés «Old Nick», es en todos los países el patrón de los estudiantes, ladrones, o como Shakespeare los llama, «escribanos de San Nicolás». «Guarda tu cuello del verdugo, pues sé que adoras a San Nicolás como lo haría un hombre falso»; y como el _Santu Diavolu_, _Santu Diavoluni_, que es el santo apropiado para los bandidos sicilianos.
San Dimas, «el buen ladrón», es un santo muy conocido en Andalucía, donde, según dicen, tiene muchos discípulos. Una escultura muy célebre de Montañés, en Sevilla, es la llamada _El Cristo del Buen Ladrón_, de Sevilla, en cuyo título se subordina al Salvador. Los ladrones españoles han sido siempre muy buenos católicos. En _Rinconete y Cortadillo_, de Cervantes, cuyo Monipodio parece haber servido de modelo a Boz para Fagin, se coloca un platillo delante de una imagen de la Virgen, en el que cada ladrón va depositando su óbolo, y uno de ellos dice que «roba para servir a Dios y a los hombres honrados». Sus mendicantes confesores de las montañas, animados de un piadoso amor a los duros cuando han de ser gastados en misas expiatorias, consideran el acto de pagarles en buenos doblones como una devolución tan loable, un arrepentimiento tan sincero, que dan derecho al contrito culpable a una amplia absolución, a la indulgencia plenaria y a toda la protección de la Santa Iglesia. A pesar de lo cual se sabe que estos desagradecidos «buenos ladrones» no tienen el menor escrúpulo en desvalijar a sus directores espirituales si los encuentran en un camino.
Pero volvamos al poder de estos talismanes. Nosotros mismos nos colgamos, en nuestra zamarra, una medalla de plata de Santiago de las que se venden a los peregrinos en Compostela, y llegamos a Sevilla después de una larga excursión sin que nos ocurriera el menor contratiempo, ni tuviéramos que sufrir más robo que el de los _venteros_ y el de nuestro fiel escudero, cosa que fué completamente atribuída por el dignatario de que hablamos antes a la protección que el patrón de las Españas otorga siempre a todo el que lleva su insignia, la cual protege al portador de ella de la misma manera que el distintivo de un barquero del Támesis le libra de una leva forzosa.
El relato de la ejecución de uno de la partida de José María, que nosotros presenciamos, será un final propio de todo lo que llevamos dicho sobre este asunto, y un acto de justicia hacia nuestras bellas lectoras por estas noticias sobre la perturbación del orden público y por la mala compañía en que las hemos introducido. José de Rojas, más conocido (pues generalmente tienen un apodo) por el mote de _El Veneno_, a causa de sus virtudes viperinas, fué sorprendido por unos cuantos soldados; les resistió desesperadamente; y cuando cayó al suelo con la pierna herida por una bala, mató al soldado que corría a prenderle. Cuando le llevaron a la cárcel ofreció denunciar a sus compañeros si le prometían no ahorcarle. Se aceptó la oferta y se le envió con bastante fuerza a buscar a sus compañeros; y era tal el terror que le tenían, que todos se rindieron, _pero de ningún modo a él_, y fueron _perdonados_. El _Veneno_ fué después encausado por todos sus crímenes anteriores, juzgado y condenado, sin que le valiera de nada alegar que había hecho indirectamente lo que prometió para que le dejaran vivo; pues tales juicios son en España una pura fórmula para dar un aire de legalidad a una sentencia de antemano pronunciada. Las autoridades se mostraron conformes con la condena.
Kept the word of promise to the ear But broke it to the hope[7].
Y como _El Veneno_ no tenía ni amigos ni dinero, con lo que Ginés de Pasamonte untó la mano de la justicia y salió libre, la sentencia tuvo naturalmente que cumplirse. Los tribunales de justicia y la cárcel de Sevilla están situados cerca de la plaza de San Francisco, que ha sido siempre el sitio de las ejecuciones públicas. El día anterior al que debía verificarse, nada indicaba lo que había de ocurrir allí a la mañana siguiente; todo lo relativo a estas lúgubres ceremonias es visto con repugnancia por los españoles, y no precisamente por el horror abstracto al derramamiento de sangre--que en otras naciones induce a las gentes de humilde condición a aborrecer a los ejecutores de la justicia, como las tribus aladas pequeñas aborrecen a las aves de rapiña--, sino más bien por un antiguo prejuicio oriental de contaminación, y porque todos los empleados en estos menesteres se les considera como infames, y pierden su casta y limpieza de sangre. El patíbulo se levanta siempre por la noche, silenciosa y ocultamente, y al día siguiente aparece tétrico y aislado para afrentar al sol y entristecer el despertar de Sevilla. Cuando el reo es noble, la plataforma, que de ordinario es de tabla, se cubre con bayeta negra. La operación de ahorcar en un pueblo tan poco mecánico y con ninguna patente de invención especial para el caso, se solía hacer de una manera grosera y cruel. Los miserables culpables eran arrastrados por la escalera del patíbulo, por el verdugo, el cual se montaba sobre sus hombros y se lanzaba al espacio con sus víctimas, y mientras los dos se balanceaban en el aire, se ocupaba aquél, con dedos de araña, en manosear el cuello de los desdichados, hasta que le parecía que estaban bien muertos, y después, deslizándose por los cuerpos, se dejaba caer al suelo. La horca fué graciosamente abolida por Fernando VII, _El Deseado_; este padre de su pueblo decretó que en lo sucesivo los que se hicieran acreedores a la pena de muerte fueran ejecutados por el garrote, modo de hacer pasar a un mundo mejor a aquellos de sus súbditos que lo mereciesen, que está más en consonancia con el dogal de los orientales.
_El Veneno_ fué puesto _en capilla_, como es costumbre, el día antes de su ejecución, lugar y momento en que se le procuran al reo todos los últimos consuelos de la religión. La capilla era una habitación reducida de la cárcel, y de un aspecto por todo extremo melancólico en aquella mansión del dolor, que tal es una cárcel en España, hoy lo mismo que cuando la describiera Cervantes, que la conocía por triste experiencia. Una verja de hierro partía el corredor que llevaba a la capilla. El paso estaba cubierto con individuos de una caritativa hermandad que se dedica a asistir a los ajusticiados y que pedían limosna a todos los presentes para aplicar luego misas en sufragio del alma del criminal. Allí había grupos de oficiales y de rollizos padres franciscanos que fumaban y charlaban, y, de tiempo en tiempo, lanzaban ansiosas miradas a la suma recolectada que había de beneficiar a sus cuerpos tanto como al alma del condenado. La frivolidad de aquellas gentes formaba un gran contraste con la melancolía del interior. Una pequeña puerta se abría en la capilla, sobre la cual se podían escribir las palabras de Dante:
Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate!
En este recinto había una mesa con un crucifijo, una imagen de la Virgen y dos velas de cera. Junto a ella hacía centinela un soldado, con un sable desenvainado, y otro guardaba la puerta con su fusil al brazo. En un rincón de esta habitación obscura había un jergón, donde _El Veneno_ estaba echado, encogido como una serpiente y cubierto hasta la boca con una manta a rayas, que no dejaba al descubierto más que su encrespada cabellera y sus ojos chispeantes, que se movían sin cesar en sus órbitas. Cuando se acercaron a él, se levantó de un salto y se sentó en una silla. Estaba casi desnudo; un rosario de cuentas le colgaba sobre su descubierto pecho y contrastaba con las cadenas que oprimían sus miembros. La superstición le puso sus grillos al nacer, y al morir le ponía sus esposas la ley. La expresión de su rostro, aun cuando baja y vulgar, era de las que, una vez vistas, difícilmente se olvidan: una mirada cabizbaja de criminal empedernido; su cetrino color parecía más cadavérico aún con la media luz, y la barba negra sin afeitar, creciendo vigorosamente sobre la cadavérica faz, le hacía más imponente. Se mostraba conforme con su suerte y repetía como una máquina algunas frases que le decían los frailes. Su situación, probablemente, era más triste para el espectador que para él mismo, pues en él había cierta indiferencia ante la muerte, nacida más bien de ignorancia de su terrible significación que de un alto valor moral; era una especie de Bernardino de Shakespeare, «un hombre que recibe la muerte con la misma frialdad que un profundo sueño, sin cuidado, sin preocupación, sin temor a lo pasado, a lo presente ni a lo porvenir, insensible a la mortalidad e irremediablemente mortal».
A la mañana siguiente la triple fila de los viejos balcones, azoteas y todo el área de la mora y pintoresca plaza estaban ocupados por gente de la clase baja; los hombres, arrebujados en sus capas--era una mañana de diciembre;--las mujeres, con sus mantillas; muchas, con niños en brazos, que llevaban a que en los comienzos de su vida presenciaran el fin de ella. Las clases altas no sólo no asisten a las ejecuciones, sino que evitan toda alusión a ellas, pues las consideran como una prueba de barbarie; pero los humildes, para quienes las conveniencias sociales tienen poca importancia, no pierden la ocasión de satisfacer su curiosidad malsana contemplando estas escenas de terror, que indudablemente tienen una influencia especial en las mujeres, pues se sienten impelidas de modo irresistible a ser testigos de escenas repugnantes y de sufrimientos que no soportarían por nada del mundo. Ellas, como los niños, tienen gran afición a lo espeluznante, lo mismo en la realidad que en la ficción. Para los hombres era como una tragedia que acaba con la muerte, muerte que llama la atención de todos, que antes o después han de seguir el mismo camino[8]. Ellos desean ver cómo se porta el criminal, simpatizan con él si se muestra sereno y animoso y le desprecian al menor síntoma de debilidad. Alrededor del patíbulo se abrió un cuadro con filas de soldados formados, en el que se permitía la entrada a los oficiales y a los religiosos. Conforme se iba aproximando la hora fatal, la multitud empezaba a dar muestras de impaciencia, quejándose de lo lentamente que el tiempo pasaba; este tiempo que para ellos no tenía importancia alguna y que tan precioso era para el desgraciado cuyos momentos estaban contados.
Cuando al fin el reloj de la catedral dió la fatal hora, la multitud, en un general movimiento de expectación se alzó de puntillas, y todos se empujaban unos a otros para colocarse mejor. Aun transcurrieron diez minutos, pues el reloj de la cárcel iba atrasado de intento, con objeto de que, dado el caso de que se concediese indulto al reo, pudiese llegar a tiempo. Por fin, también sonó este reloj y todas las miradas se dirigieron a la puerta de la cárcel, por donde salió el reo acompañado de algunos franciscanos, pues había elegido los de esta Orden para que le auxiliasen en sus últimos momentos, privilegio que se concede siempre al criminal. Iba éste cubierto con una hopalanda de bayeta amarilla, color que indica el crimen o el asesinato, y es siempre con el que se representa a Judas Iscariote en las pinturas españolas. Marchaba penosamente en su último viaje, medio sostenido por los que le rodeaban y deteniéndose muchas veces para besar el crucifijo, que un fraile sostenía, aunque más bien, para prolongar la existencia--¡amada vida!--siquiera fuese un momento. Cuando al fin tuvo que llegar al patíbulo se arrodilló en los escalones, umbral de la muerte; los reverendos que le auxiliaban le taparon con sus mantos, y su última confesión fué oída en lo invisible. Después subió a la plataforma acompañado por un solo fraile, se dirigió a la multitud con desfallecido aliento y palabras entrecortadas, y le dijo que moría arrepentido, que merecía el castigo que se le imponía y que perdonaba al verdugo. «Mi delito me mata y no _ese hombre_». «Ese hombre» es una expresión despreciativa, casi un insulto: el sentimiento dominante del español se mostraba a la hora de la muerte contra el degradado funcionario. Después, el criminal exclamó: «¡Viva la fe!» «¡Viva la religión!» «¡Viva el rey!» «¡Viva el nombre de Jesús!», gritos a los que no contestó ninguno de los que lo oían. En el momento de la muerte, gritó: «¡Viva la Virgen Santísima!», y, entonces, de todas las bocas salió la misma exclamación. ¡Tan profunda es la devoción a la Virgen y tan tibia su relativa indiferencia hacia su rey, su fe y su Salvador! Mientrastanto el verdugo, un hombre joven vestido de negro, se ocupaba en los detalles de la fúnebre operación. El fatal instrumento es muy poco complicado: el reo se sienta en un banquillo, con la espalda apoyada en un poste alto y fuerte, al cual se sujeta una especie de collar de hierro, que le rodea el cuello y está dispuesto de modo que se junte con el poste al apretar un potente tornillo. El verdugo ató tan fuerte los desnudos brazos y piernas de _Veneno_, que se le hincharon y pusieron negros--precaución que no está de más, pues el padre de este funcionario fué muerto por un criminal en el momento de la ejecución. El fraile que asistía a _Veneno_ era un hombre corpulento y finchado, que se ocupaba más de quitarse el sol de la cara que de su misión espiritual. El bandido se sentó con un retorcimiento de agonía y castañeteando los dientes. Cuando todo estuvo dispuesto, el verdugo tomó con ambas manos la palanca del tornillo, reunió todas sus fuerzas para un vigoroso esfuerzo muscular, y, a una señal convenida, apretó el férreo collar, en tanto que el ayudante cubría con un negro pañuelo la cara del ajusticiado; un crispamiento de sus manos y una palpitación de su pecho fueron los únicos signos visibles del tránsito del alma del ladrón. Después de una pausa de algunos momentos, el verdugo miró cautelosamente por debajo del pañuelo, y después de dar otra vuelta a la palanca, se lo quitó, lo dobló, se lo metió en el bolsillo y se dispuso a encender un cigarro.
--with that air of satisfaction Which good men wear who’ve done a virtuous action.»[9]
La cara del muerto estaba ligeramente crispada, la boca abierta, los ojos desencajados y vueltos. Al pie del cadalso colocaron un féretro negro, con dos faroles colgados de unos palos y un crucifijo; y también una mesa pequeña y una bandeja, en la que se seguían depositando limosnas para pagar a los curas que dijesen misas por su alma. El populacho, después de haber discutido sobre los crímenes del muerto y haber criticado a las autoridades, a los jueces y al verdugo, por su manera de ejecutar (era la primera vez que lo hacía), se fué dispersando poco a poco, con gran contento de los plateros de la vecindad, que empezaron a atreverse a abrir los escaparates, porque hasta aquel momento habían confiado más en las barras y los cerrojos que en el ejemplo que las gentes estaban presenciando. El cadáver permaneció en el patíbulo hasta la caída de la tarde, hora en que, metido en un carro de la basura, fué conducido por el _pregonero_ fuera de la jurisdicción de la ciudad, a una explanada llamada «La mesa del Rey», donde los cuerpos de los ajusticiados son descuartizados--«buen plato para la mesa del Rey»--. Allí el verdugo y sus secuaces tajaron y picaron al difunto con ese inimitable desprecio de la anatomía, por el que tanto ellos como los cirujanos españoles son igualmente famosos:
«Le gambe di lui gettaron in una fossa; Il Diavol ebbe l’alma i lupi l’ossa.»[10]
Capítulo XVII