Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Part 4

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Pero aun en aquellos tiempos de más peligro, los robos eran la excepción y no la regla, a pesar de las detalladas y precisas relaciones de indígenas y extranjeros, tan exageradas las unas como las otras. En realidad, esas conversaciones son el plato obligado, el tópico común de todos los viajeros de la clase baja, cuando charlan y fuman alrededor del fuego de la venta, y constituye la natural y agradable _religio loci_, la natural compañía en los lugares salvajes y llenos de asesinos. Y aunque el placer de los narradores va mezclado de miedo y de dolor, se complacen en esas historias como los niños con las de duendes. Su imaginación oriental corre parejas con su credulidad, y concluyen por creerse sus propias invenciones, a fuerza de repetirlas. Cuando en realidad se comete un robo, la noticia se extiende por todas partes y va ganando en lujo de detalles y de feroces pormenores, pues no hay cuento de arriero o andaluzada de marinero que pierda al correr de boca en boca, y la misma horrenda historia (aunque sólo hayan variado los nombres, las fechas y los lugares) se cuenta en otros muchos sitios, como ocurría en los tiempos medievales con un milagro frailuno, multiplicándose así infinitamente. Y se habla del suceso por meses y meses en todo el país, y, en cambio, nadie recuerda los miles de viajeros que recorren diariamente aquellos parajes sin que les ocurra nada. Ocurre con esto como con la lotería: que todo el mundo se fija en el premio gordo sin prestar atención a la infinita mayoría de los no premiados. Las historias de ladrones llegan a las ciudades y a oídos de gentes respetables que nunca se movieron una legua más allá de las murallas y que simpatizan con todo el que se expone por obligación a los grandes peligros y penalidades de un viaje, esforzándose con la mejor buena fe en disuadir de su propósito a los temerarios aventureros que intentan afrontarlos, dando como seguras las aprensiones de su credulidad y su imaginación.

Los arrieros, _venteros_ y la masa de españoles vulgares, advierten en las caras ansiosas de su tímido auditorio que está en vena de escuchar y de creérselo todo, y como son gárrulos y egoístas por naturaleza, se agarran a un tema en el que están fuertes, sintiéndose satisfechos de ser considerados en él una autoridad, con la superioridad que presta a esta clase de gentes el poder dar datos precisos y amedrentar a los oyentes. Su vivo ingenio, en el que pocas naciones les gana, pronto advierte el género de información que el «corresponsal» necesita, y, como las palabras no cuestan dinero, el voraz papanatas hace buen acopio de las noticias que desea. Estas historias aparecen luego impresas y se las cree por estar en letras de molde; y así tenemos que las jugarretas hechas al pobre míster Inglis y su libro de notas fueron el hazmerreír de la Península entera. Alguna gente seria se dejó influír por el contagio, y los chistes de bandidos de míster Mark se imprimieron y se les dió tanto crédito como si el autor fuese un apóstol en vez de un cónsul.

Como fué nuestro destino el viajar por la Península cuando Fernando VII era rey de las Españas y José María (a cuyo solo nombre aun tiemblan allí los viejos y las mujeres) era el amo de Andalucía, nos encontramos en un momento muy propicio para estudiar la filosofía de los bandidos españoles, y nuestras especulaciones se beneficiaron por haber tenido la fortuna de conocer al mismo temible jefe, del cual, como de muchos de sus inteligentes compañeros, sólo podemos contar amabilidades y valiosas informaciones, a las que quedamos profundamente agradecidos.

Históricamente hablando, España nunca ha gozado de buena fama en este asunto de los caminos; en la antigüedad, realmente, no tiene una reputación definida, pero en toda época los extranjeros son los que la han acusado. Los romanos, a quienes no costó gran trabajo invadirla, fueron hostilizados por los guerrilleros indígenas, esas bandas indisciplinadas que sostenían esa lucha de guerrillas que siempre ha hecho Iberia. Molestados por estos tiradores sin disciplina llamaron a todos los españoles que les resistían _latrones_, como más tarde los invasores franceses, por las mismas razones, los llamaron _ladrones_ o bandidos, por no llevar uniforme, como si el usar un casco impuesto por un general que se dedique al saqueo, pudiera convertir a un pillo en un hombre honrado, o el no llevarlo significara que era un ladrón el noble patriota que defendiera su propia hacienda y su país, sin tener en cuenta que, como dicen los franceses _l’habit ne fait pas le moine_, y que _aunque la mona se vista de seda, mona se queda_, replican los españoles.

Los hombres armados han sido siempre la plaga de España, tanto en tiempo de paz como en guerra: el estar en contra de la humanidad parece como que es instintivo en todos los descendientes de Ismael, y, particularmente, en esta rama quijotesca, cuyos caballeros andantes o reformadores a caballo han sido no pocas veces ladrones disfrazados. Durante la guerra contra Buonaparte, la Península hervía en insurrectos, muchos de ellos impulsados de un sentimiento de lealtad a su rey, de indignación por su religión ultrajada y de odio arraigado al _gabacho_. Buenos servicios prestaron los Minas y Compañía a la causa de su legítimo rey; pero otros utilizaban sus patrióticos oficios como capa para cubrir su instintiva pasión por el saqueo y el libertinaje, y antes de que el país se viera libre de invasores, eran ya un enemigo formidable para todos los partidos. El duque de Wéllington, con su sagacidad característica, vió desde luego, al concluír victoriosamente la lucha, lo difícil que sería arrancar este «fruto nacido de un árbol injerto en patriotismo». De matar a un francés, a saquear a un extranjero, no había más que un paso para estos verdugos patriotas, entre los cuales se contaban todos los descontentos y los que no pudiendo cavar la tierra se avergonzaban de mendigar. El mal disminuyó bastante en los últimos años del reinado de Fernando VII; primeramente, porque murieron muchos de los viejos, y, además, por las mejorías introducidas en la sociedad, que hicieron desaparecer, o poco menos, estas ocupaciones fuera de la ley, del mismo modo que el cultivo del campo ahuyenta a las alimañas. Estos males, que quedan anulados por la tranquilidad interior y los continuos esfuerzos de las autoridades, aumentan en los tiempos de revueltas, los cuales, como la tormenta, hace levantar el vuelo a los petreles, prestan actividad a la parte peor de la sociedad, creando una especie de caquexia civil, como está ocurriendo en Irlanda.

Otra fuente era, por no decir es, Gibraltar, este foco de contrabando y cuna del contrabandista, que es la _prima materia_ del ladrón y el asesino. La absoluta ignorancia financiera de los gobiernos españoles les llama para corregir los errores del ministro de Hacienda: _trovata la legge, trovato l’inganno_. Los reglamentos fiscales son tan ingeniosamente absurdos, complicados y vejatorios, que el honrado comerciante encuentra molestias y entorpecimientos allí donde el estafador halla mil facilidades. Los excesivos derechos sobre las cosas necesarias a la gente puede compararse, en el caso del tabaco en Andalucía, con lo que ocurre con éste y otros artículos en las costas de Kent y de Sussex; en ambos países el azote del fisco conduce a perturbaciones de orden público, perjuicios al comerciante honrado y pérdida de renta al Tesoro, haciendo al mismo tiempo perezosos, feroces y rateros a campesinos que, con otro sistema más prudente, serían trabajadores y virtuosos. En España el eludir estas leyes se considera como un engaño a quienes tratan de engañar a la gente; los campesinos favorecen con toda su alma al contrabandista, como hacen en Inglaterra con el cazador furtivo. Hay curas montañeses cuyos rebaños son todos de esa casta, que en sus sermones hablan del contrabando como un crimen convencional, no moral, y, como otras personas, decoran las rinconeras de sus casas con una figura de barro pintada del pecador con un traje completo de _majo_. El mismo contrabandista, lejos de considerarse rebajado, goza de la reputación que corresponde al éxito en las aventuras personales ante un público orgulloso de las proezas individuales: es el héroe del escenario español, y cuando aparece vistiendo todas sus galas y trabuco al brazo cantando la conocida romanza _Yo, que soy contrabandista..._, causa las delicias de todos los espectadores, desde el Estrecho al Bidasoa, sin exceptuar a los mismos empleados de Aduana.

El _prestigio_ de tales representaciones teatrales, al igual de _Los Bandidos_, de Schiller, es bastante para que todos los estudiantes de Salamanca deseen echarse al camino. El contrabandista es el Turpin, el Macheath de la realidad y algo semejante a aquellos héroes de las viejas baladas y teatros ingleses, que han desaparecido a causa de los cercados, las comunicaciones rápidas y el empedrado (pues nada más odioso para un salteador de caminos que el gas y las barreras de portazgo) más que por miedo a la cárcel. Los escritos de Smollet y los relatos de los peligros corridos por muchos que aun viven en Hounslow Heath y Finchley Common, pintan costumbres que hace poco han desaparecido de entre nosotros y que en España se han modificado más recientemente aún. El verdadero contrabandista es bien recibido en todos los pueblos; es como el noticiero y el medio de entenderse unos con otros: lleva té y charla para el cura, cigarros y dinero para el juez, cintas e hilos para las mujeres; va vestido espléndidamente, lo cual es siempre un atractivo para los ojos moroiberos; es valiente y resuelto--«nadie más que el bravo merece la hermosa»--; buen jinete y tirador; conoce palmo a palmo los rincones del país, tanto los bosques como los ríos, los montes como las llanuras; en una palabra, está admirablemente educado para andar por los caminos, para hacer la vida que Froissart llamaba, hablando del celebrado Amerigot Tetenoire, «hermosa y santa», y para él no es mucho más difícil quitarle la bolsa a un individuo en medio de la carretera que robar las rentas del rey.

Muchas son las circunstancias que concurren a hacer popular esta profesión entre las clases bajas. El atractivo del poder, la demostración de osadía y valor, la idea de llegar a hacerse rico fácilmente, tan sugestiva siempre para las naciones medio civilizadas, que prefieren exponer su vida una hora para obtener alguna ganancia que trabajar penosamente durante años; el aparato, el lujo, las canciones, las francachelas, las sonrisas de las bellas y todo el encanto de la vida de libertad y de camaradería son cosas que tienen un encanto irresistible para los pueblos enérgicos, luchadores y de rica imaginación.

El contrabando fué el origen de la profesión de José María, que llegó a los más altos puestos en ella, ni más ni menos que «Napoléon le Grand» y «Jonathan Wild the Great» en las suyas respectivas, y, principalmente, como dice Fielding de su héroe, por su capacidad para el mal y por creer que la honradez es una corrupción de _honosty_, las cualidades de un asno (ονος). Pero es un gran error creer que hay siempre hombres capaces de ser capitanes de una cuadrilla formidable: la naturaleza no es pródiga en la producción de tales ejemplares de peligrosa grandeza. Y así como pueden pasar siglos antes de que caiga sobre el mundo el azote de otro Alarico, Buonaparte o Wild, también pueden pasar años antes de que España tenga otro José María.

El _ladrón en grande_ es un aristócrata de primer orden en su clase: es el capitán de una cuadrilla metódicamente organizada, de ocho o catorce hombres, bien armados y montados en buenos caballos, que le siguen y obedecen sin discutir. El mando y la disciplina son formidables, y como son fuertes y rara vez atacan si no están seguros de su superioridad, y con emboscada y por sorpresa, cuando tienen todo en su favor, es inútil generalmente la resistencia, que sólo conduce a resultados fatales. Nunca se debe, por salvar un maletín, correr el riesgo de ser enviado al Erebo; por lo tanto, lo mejor es someterse desde luego y de buen talante a la intimación, que no admite negativa, de _abajo, boca a tierra_. Los que puedan disponer de una veintena de duros, cuya pérdida no arruina a nadie, rara vez serán maltratados; la entrega franca y de buen grado previene los malos tratos y hasta asegura ciertas consideraciones durante la desagradable operación; porque, después de todo, como solía decir míster Cribb, las pistolas y los sables son poca defensa comparados con las buenas palabras. El español, por naturaleza bien educado y _caballero_, responde siempre al llamamiento de cualidades que él cree son el orgullo de su nación; respeta la sangre fría, con la cual los valientes, aun cuando sean bandidos, siempre simpatizan. ¿Y por qué un hombre ha de perder su presencia de ánimo y quizá la vida a causa de unos cuantos duros? Estas grandes figuras del bandidaje no dejan de tener cierta magnanimidad, como sabía perfectamente Cervantes; prueba de ello, su pintura de Roque Guinart, cuya conducta con sus víctimas y su proceder con sus camaradas cuadra perfectamente, como sabemos con certeza, con la observada por José María, y era completamente análogo a los mismos rasgos de carácter del bandido italiano Ghino de Tacco, inmortalizado por Dante, así como los de nuestro Robin Hood y los guardabosques de Diana. Como eran fuertes podían permitirse el lujo de ser generosos y compasivos.

No obstante estas seguridades morales, y aun cuando sólo sea para una mayor seguridad, un inglés, cuando viaje por comarcas expuestas, hará bien en llevar una provisión decente de duros que llenen una buena bolsa, que pese bien en la mano, y que es la suma aproximada que el bandido español piensa que un natural de nuestro proverbialmente rico país debe llevar consigo en sus viajes.

Es admirable la facilidad que tienen para calcular por el equipaje y el aspecto del individuo el dinero que puede llevar encima el que viaja. Si la suma no es tan crecida como suponen, se ofenden grandemente, al verse robados de los gajes regulares a que se consideran con derecho, según tradicionales costumbres de los caminos. A la persona que va completamente sin dinero se hace, generalmente, en ella un buen escarmiento, _pour encourager les autres_, dándole una buena paliza o dejándole completamente en cueros, según la antigua costumbre de los ladrones de Jericó. El viajero tiene que llevar algún reloj; uno con una brillante cadena dorada y colgantes es lo más indicado; y no llevarlo, le expone a más indignidades que la bolsa vacía, porque el dinero puede haberlo gastado, pero la ausencia del reloj supone la intención premeditada de que no se lo roben, y esto es para el _ladrón_ la más injustificable tentativa para defraudarle de sus derechos.

Los _ladrones_ españoles van armados por lo general con un trabuco que cuelgan del arzón de la silla, de perilla muy alta, que lleva una cubierta de lana azul o blanca, como un símbolo de su deseo de esquilar al prójimo. Quizá se haya concedido la orden del Toisón de Oro a algunos extranjeros como recompensa a haber aliviado a España del peso de su independencia y de algunos Murillos. El traje que usan la mayoría de ellos es muy rico y de lo más fantástico que puede imaginarse; por la indumentaria son la envidia y el modelo de las clases bajas, que van ataviadas a la moda de los contrabandistas o de los toreros; en una palabra, como el _majo_ o elegante de Andalucía, región que es la cuna y asiento de todo el que aspira a ejercer alguna de las profesiones indicadas. La segunda clase de bandidos--omitiendo otras menos importantes, como los _salteadores_, que se reúnen en grupos de tres o cuatro para acometer de improviso al viajero desprevenido--son los _rateros_. No están especialmente instruídos en la profesión, ni organizados de modo regular, sino que aprovechan las ocasiones que se les presentan para dar un golpe; y como _la ocasión hace al ladrón_, después de haber realizado alguna ratería vuelven tranquilamente a la ocupación u oficio que antes ejercieran.

El _raterillo_ es un salteador en pequeño que nunca ataca más que al individuo que va solo y sin defensa, y el cual, después de todo, si le roban, debe culparse a sí propio, pues no se debe nunca hacer caer a un español en la tentación de realizar una hazaña de esta clase. El pastor que guarda un rebaño, el labrador que va arando la tierra, el viñador en su viña, todos llevan su escopeta, al parecer para protegerse a sí mismos, la cual les proporciona medios sobrados de ataque contra los que no llevan más defensa que sus piernas y su buena fe. Estos ladronzuelos de ocasión son extremadamente corteses con los viajeros que van armados y apercibidos: les saludan quitándose el sombrero con mucho respeto y los obsequian con un «Buenos días tenga su merced», o «Vaya usted con Dios», tan sencillo e inocente como podría oírse en una bucólica, en un bailable de ópera o en cualquier otra exacta representación de la vida rural. Estos rateros son despreciados profundamente por los ladrones de alta categoría, como ocurría con los políticos de su clase antes de que los partidos fuesen traicionados por los tránsfugas que, con colas o sin ellas, desertaban al campo enemigo. El _ladrón en grande_ desprecia a su vil competidor de igual manera que un doctor en Medicina y miembro del Colegio de médicos desprecia a un curandero que se atreve a cobrar honorarios y a matar sin licencia. Aun cuando despreciables, estos rateros son muy peligrosos, pues, careciendo de la nobleza de sentimientos que llevan consigo el poder y la fuerza, tienen la cobardía y la crueldad de los débiles, y de aquí que muchas veces asesinan a sus víctimas, porque los muertos no hablan.

La diferencia entre estos bribones de alta y baja estofa se puede comprender mejor comparando al Napoleón de la guerra con el Napoleón de la paz. El Corso era el _ladrón en grande_: guerreó con la Humanidad, permitió a sus secuaces el pillaje y el saqueo, haciendo la cueva y el almacén de todos los bienes del continente; pero lo hizo abierta y valerosamente, ganándolo con su brazo y con su espada, y el valor y la audacia son cualidades demasiado bellas y raras para no inspirar admiración, siquiera en algunas ocasiones no está bien aplicada. Luis Felipe es un _ratero_ que, escondiendo sus intenciones con el disfraz de la amistad y la buena fe, trabaja callada y astutamente para conseguir sus avarientos y ambiciosos fines, y valiéndose de malas artes, mientras besa a la reina, la saca del bolsillo una corona.

Conviene hacer constar, para los efectos de la Historia, que en la época en que España estaba, o se decía que estaba, plagada de rateros y bandidos, había, como es natural, remedio para ello, pues, según dicen los españoles, todo tiene arreglo menos la muerte; y claro está que, como el mal era muy grande, es natural que existiesen igualmente medios para combatirlo. Si las cosas hubieran llegado al extremo que puede deducirse de algunos exagerados relatos, hubiese sido imposible toda clase de tráfico de mercancías y viajeros en la Península. Las diligencias, protegidas por el Gobierno, eran atacadas muy rara vez, y los que se valían de otros medios de comunicación, y lo pedían a las autoridades, rara vez dejaban de llevar la suficiente escolta. Había un cuerpo organizado para este objeto que se llamaba de _Miqueletes_, derivado, según se dice, de un Miguel de Prats, satélite armado del famoso o infame César Borgia. En Cataluña se les llama _Mozos de Escuadra_, y son la moderna _Hermandad_ que constituían la antigua policía rural armada de España. Se componía de jóvenes escogidos y activos, que hacían el servicio a pie, a las órdenes de los poderes militares, e iban ataviados con un traje entreverado de militar y de _majo_. Llevaban polainas negras, en vez de amarillas, y chaquetas azules ribeteadas de rojo. Iban bien armados, con escopeta, y una canana a la cintura donde llevaban las municiones (cosa mucho más práctica que nuestra caja de cartuchos); una espada, una cuerda para poder atar a los presos y una pistola, que llevaban en la espalda, metida en la faja. Este cuerpo hacía perfecta pareja con los ladrones, entre los cuales se escogían algunos de sus individuos, pues la condición usual para obtener el indulto es alistarse a fin de extirpar a sus antiguos compañeros: poner a un ladrón para coger a otro ladrón; y así los renegados, en unión de los _Miqueletes_ honrados, perseguían a la mala gente, como los guardabosques a los cazadores furtivos. Los ladrones los temían y respetaban: una escolta de diez o doce _Miqueletes_ podía aventurarse a resistir no importa qué número de bandidos, quienes, por otra parte, rara vez atacan cuando saben que han de resistirles; y al atravesar lugares sospechosos, estas escoltas tomaban, con arte especial, todo género de precauciones, enviando destacados individuos al frente y a los flancos. Ocupaban al marchar un buen trecho de terreno, teniendo cuidado de no ir nunca más de dos juntos, y no alejándose unos de otros a mayor distancia de un tiro de fusil; regla que bueno será que recuerde todo el que viaje, para obligar a observarla en caso de sospecha. Los raros ejemplos en que ingleses, especialmente oficiales de la guarnición de Gibraltar, han sido víctimas de robos, han tenido por causa el olvido de esta precaución. Si todo el grupo camina unido, es mucho más fácil sorprenderlo y cogerlo como en una red.

Hay que advertir que los ladrones españoles han sido muy tímidos para atacar a los viajeros ingleses, sobre todo si han visto que estaban prevenidos. Los bandidos no gustan de luchar, y mucho menos sin ventaja; pues como tienen la cabeza poco segura, odian el peligro que puede conducirles a mal lugar; no tienen valor caballeresco, ni más nociones abstractas de lo que es una lucha leal que las que pueda tener un turco o un tigre, que son bastante poco civilizados para desperdiciar una ocasión. Por lo tanto, no se aventuran si suponen que su enemigo ha de defenderse, como suele ocurrir con los ingleses. Aborrecen con especialidad los fusiles y la pólvora ingleses, que, sin disputa, son infinitamente superiores a los españoles. Aun cuando tres o cuatro ingleses no tuvieran, en realidad, nada que temer, yendo una señora era mejor llevar una escolta de _Miqueletes_, que tenían mucha vista y conocían, por las huellas de los caballos y otras señales que escapan a los observadores superficiales, la presencia del peligro.

Además eran infatigables, y marchaban junto a un carruaje día y noche, desafiando el frío y el calor, el hambre y la sed. Como estaban pagados por el Gobierno no tenían derecho, en rigor, a ninguna remuneración de parte de los viajeros a quienes escoltaban; pero era costumbre dar a cada uno un par de _pesetas_ diarias y un duro al que hacía de jefe. Se les regalaban algunas fruslerías, como unos cuantos cigarros, una _bota_ o dos de vino, un poco de arroz y bacalao para la cena; el ejercicio avivaba su apetito, y ellos estaban siempre dispuestos a hacer honor a sus amos, bebiendo a su salud y a su bolsa, y protegiendo ambas.