Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)
Part 19
El estímulo que se preste a la manufactura y contrabando de cigarros en Gibraltar es inagotable manantial de encono y ojeriza entre los gobiernos españoles e ingleses. Este serio daño es contrario a todos los tratados igualmente injuriosos para España e Inglaterra y sólo beneficia a extranjeros de la peor especie, que son la verdadera plaga y úlcera de Gibraltar. Los americanos y otras naciones importan su tabaco, bueno, malo y regular, en la fortaleza libre de aduanas, sin comprar en cambio productos ingleses. Lo convierten en cigarros los genoveses, lo pasan de contrabando a España los extranjeros, en barcos que llevan el pabellón británico, al que se afrenta con ese tráfico y se le expone a ser insultado por los guardacostas españoles, sin que en justicia se pueda pedir satisfacción. Los españoles hubiesen hecho la vista gorda para la introducción de ferretería y algodones ingleses, objetos necesarios y que no tienen relación alguna con ésta, que es su principal manufactura y uno de los más productivos monopolios reales. Hay una gran diferencia entre fomentar el verdadero comercio británico y este contrabando de cigarros extranjeros, y no se pretenderá que España observe los tratados que con nosotros tiene, cuando nosotros los infringimos tan escandalosa e inútilmente por nuestra parte.
Muchos epicúreos del tabaco, que fuman regularmente su docena o dos de puros, colocan el daño suficiente para el día entre hojas frescas de lechuga que humedecen la hoja externa del artículo y corrige sus efectos narcóticos; _nota_: el interior, _las tripas_, como lo llaman los españoles, debe conservarse completamente seco. El desordenado interior de los reales cigarros está disfrazado por una buena hoja que le sirve de envoltura, del mismo modo que los harapos españoles van cubiertos de una decente _capa_, pero _l’habit ne fait pas le cigare_. Salvo los ricos, muy pocos pueden permitirse el lujo de fumar buenos cigarros. Fernando VII, a diferencia de su antecesor Luis XIV, _qui_--dice La Beaumelle--_haïssoit le tabac singulièrement, quoiqu’un de ses meilleurs revenus_, no sólo era un gran productor, sino también consumidor. Se permitía el real derroche de fumar unos enormes cigarros hechos expresamente en la Habana para su gracioso uso, pues era demasiado perito en la materia para fumarlos de su propia manufactura. Y aún de éstos, rara vez se fumaba más de la mitad; las colillas eran un gran gaje, como las bujías de nuestros palacios[44]. El cigarro era una de las señales de su amor u odio: cuando estaba de buenhumor daba alguno a sus favoritos; y, a menudo, cuando meditaba un golpe traicionero, despedía a su inconsciente víctima dándole un regio _puro_; y cuando el feliz mortal llegaba a su casa para fumárselo, era recibido por un alguacil que le intimaba la orden de salir de Madrid en veinticuatro horas. La «inocente» Isabel, que no fuma, los sustituye por confites; le ofreció a Olózaga ese dulce regalo, cuando le estaba «rematando», por mandato de la camarilla cristina. Parece como si los Borbones españoles, cuando no son idiotas, son criaturas hechas de astucia y de cobardía. Pero «los que no pueden disimular no sirven para reinar», era el axioma de su ilustre antecesor Luis XI.
En España, la mayoría de sus infelices súbditos, no pueden soportar, o el gasto de tabaco, que les cuesta caro, o la _ganancia_ de tiempo, que es muy barato, fumándose el cigarro entero de una vez, y hacen que uno les produzca ocupación y recreo durante media hora. Aunque hay pocos españoles que se arruinen en las librerías, no hay uno que no tenga cierto librito de papel no impreso, que se fabrica en Alcoy, Valencia. En un momento cualquiera de parada todos dicen a la vez: _¡Vamos, señores; echaremos un cigarrito!_, y todos se ponen seriamente a la obra. Cada uno, además de ese librito, va armado de una cajita con un pedernal, un eslabón y un trozo de yesca. El hacer un cigarrillo de papel, lo mismo que el ponerse la capa, es una operación mucho más difícil de lo que parece, aunque todos los españoles, que apenas si han hecho otra cosa desde su niñez, realicen las dos con extremada limpieza y facilidad. Se hace de esta manera: se saca la _petaca_ (del árabe _butak_, o pequeño estuche finamente trabajado con la teñida fibra de la pita, en donde se guarda la provisión de cigarros), arranca del librillo una hoja, que se coge con los labios o colgando del reverso de la mano, entre el dedo índice y el medio de la mano izquierda; se pica una tercera parte del cigarro y se estrega lentamente en la palma de la mano hasta reducirla a polvo; se echa entonces en la hojita de papel, que se arrolla en forma de tubito, doblándole las puntas, una de las cuales se muerde y se escupe, y la otra se enciende. El cigarrillo se fuma lentamente; la última chupada es la _bonne bouche_, la _pechuga_. Las colillas se tiran, y son verdaderamente pequeñas, porque el pulgar e índice de los españoles están requemados e insensibles, aunque algunos refinados exquisitos usan argénteas tenacillas; esas colillas son recogidas por los golfos, que transforman en nuevos cigarros las sobras de miles de bocas. No falta el fuego en España; por todas partes, los que nosotros llamaríamos «hacheros» andan de un lado para otro con una cuerda que arde lentamente para beneficio del público. En muchos de los cobertizos donde se vende agua y limonada, una de las cuerdas, enroscada alrededor de un poste como una serpiente, y encendida, está puesta como la mecha de un artillero sitiado; mientras que en las casas opulentas hay, generalmente, sobre una mesa, un pequeño anafe de plata con carbón de leña encendido. Mr. Henningsen cuenta que disponiéndose Zumalacárregui a fusilar a algunos cristinos en Villafranca observó que uno de ellos (un maestro de escuela) miraba a su alrededor, como Raleigh, buscando lumbre para su última chupada en esta vida, y entonces el general se quitó el cigarro de la boca y se lo alargó al prisionero. El maestro encendió su cigarro, devolvió el otro con respetuosa reverencia y se alejó fumando y reconciliado con su suerte. Esta urgente necesidad nivela todos los rangos, y es cosa permitida parar a cualquier persona para pedirle fuego; lo cual prueba la práctica igualdad de todas las clases, y el democrático despotismo que existe en la fumadora España como en el tórrido Oriente. El cigarro es un lazo de unión, un istmo de comunicación entre los más heterogéneos contrastes. Es el _habeas corpus_ de las libertades españolas. El soldado toma fuego en la boca del cañón y la obscura faz del humilde labrador se emblanquece por el reflejo del cigarro del holgazán noble. Las clases más bajas tienen un tosco rollo o cuerda de tabaco, con el que consuelan sus penas, y que es su calumet de paz. Se dice que algunas personas del bello sexo se permiten fumar a escondidas _un cigarrillo_, _una pajita_, _una reina_, pero el recurrir a estos placeres prohibidos no está bien visto en una señora o en una persona de costumbres impecables, pues, como dice el proverbio, quien hace un cesto hace ciento.
Nada crea mayores dificultades a un viajero que el llevar mucho tabaco en su equipaje; pero todos deben recordar que nunca deben ir sin algunos cigarros, y mientras mejores sean, tanto mejor. Es un gasto insignificante, pues aun cuando cualquier cigarro es aceptable, uno que sea verdaderamente bueno es un regalo regio. Cuanto mayor sea el placer del fumador, mayor será su respeto por el donante; un cigarro debe ofrecerse a todo el mundo, sea alto o bajo; así la _petaca_ se ofrece, del mismo que un pulido francés de _La Vieille Cour_ (una raza ¡ay! perdida) ofrecía su caja de rapé, a manera de preludio para la conversación y la intimidad. Es un acto de urbanidad que no implica superioridad alguna y no hay la menor humillación en aceptarlo; y es dos veces bendito, pues «bendice al que lo da y al que lo toma». Es el hechizo con que se encanta a los naturales, que son sus prontos y obedientes esclavos, y como una palabrita amable dicha a tiempo, opera milagros. No hay país en el mundo donde el extranjero y viajero pueda comprar por medio duro la mitad del afecto y buena voluntad que su inversión en tabaco le asegurará, y por tanto, el hombre que escatima o descuida eso no es ni filántropo ni filósofo.
Los que gusten de las matemáticas (que nosotros aborrecemos) podrán hacer un cálculo de la pérdida de tiempo y de dinero que representa para los pobres españoles este prodigioso consumo de tabaco. Esta importación, que según se dice hizo Raleigh del tabaco, es un beneficio para la Península, aun más dudoso que el de las patatas para nuestra parienta Irlanda, donde fomenta la pobreza y la población. Supongamos que un español respetable fuma sólo durante cincuenta años; concédasele la moderada asignación de seis cigarros diarios (se dice que el Regente consumía cuarenta al día); calcúlese en dos perras el coste de cada cigarro, precio muy barato en cualquier sitio para un cigarro decente, y admítase que de la mitad de ellos se hacen cigarros de papel, lo cual requiere doble tiempo: ¿cuánto tiempo y cuántas rentas se gastan en España en humo? Esa es la pregunta que nosotros nos declaramos incapaces para responder.
Y aquí ¡ay! tenemos que colgar nuestra pluma porque un propio de Albemarle-Street[45] nos comunica que este pliego tiene que entrar en máquina la próxima semana, en que los aprendices de la imprenta celebran Nochebuena con la más religiosa abstinencia de trabajo. Hay, pues, que dejar muchas cosas de España en el tintero, rebosante de buenas intenciones. Tuvimos la esperanza, al arrancar, de haber esbozado retratos del carácter regional y general de los españoles, y haber tratado de los soldados y hombres de Estado españoles; del periodismo y de la empleomanía; de los mendigos, ministros y mosquitos; de las cartas fundamentales, fraudes y constituciones; de las Bellas Artes; de la política francesa e inglesa; de las leyendas, reliquias y religión; de los frailes y los modales; y por último (y no lo último o de menos valor, sino reservado al contrario, como la _bonne bouche_), de los ojos, los amores, los vestidos y otros pormenores sobre las damas españolas. Pero no puede ser; es más, aun como está, (pues las historias se alargan un poco cuando se empiezan, especialmente si están tejidas con hilo español, que da para largo), aun así debemos haber ya agotado la indulgencia de nuestras bellas lectoras con esta muestra de las COSAS DE ESPAÑA. Como quiera que sea, podemos asegurar que la más ligera sombra, tan halagadora para nosotros, del deseo contrario, que se dignen expresar, será obedecido como una orden por su agradecido y humilde servidor el autor de este libro, que (como todo buen hidalgo español, concluye correctamente en ocasión similar a ésta o en otra cualquiera) «besa sus pies».
* * * * *
_Postdata._--En el primer tomo de estas COSAS DE ESPAÑA (véase capítulo IV), se daban algunos detalles de los valores españoles, tomados, así se creía, de las más oficiales y auténticas fuentes. La misma noche que se publicó el volumen, demasiado tarde por tanto para hacer en él correcciones, recibimos la siguiente y atenta carta de un anónimo corresponsal, la cual transcribimos al pie de la letra:
«Londres, 30 de Noviembre de 1846.
Sr. D. Ricardo Ford.
Muy señor mío:
Acabo de leer su estimable y divertido libro COSAS DE ESPAÑA; pero debo confesar que me ha molestado algo el ver tan gran tergiversación en el informe que usted da de la deuda nacional de aquel país. Dice usted que ha aumentado a 279.083.089 libras esterlinas, y es demasiado. Daré a usted la cifra exacta. El cinco por ciento sólo sube a 40.000.000 de libras; los cupones sobre esa suma, a 12.000.000 de libras, y el actual tres por ciento, a 6.000.000 de libras; en total, 58.000.000 de libras, más su deuda interior, lo que es insignificante. Todo lo cual difiere bastante de sus datos, y además perjudica usted mucho a su libro hablando tan mal de los valores españoles, tanto más cuanto que no hay duda de que se hará una liquidación final antes de que aparezca su segundo tomo [?]. El país está muy lejos de encontrarse, como usted dice: en bancarrota. Es muy rico y completamente capaz de cumplir sus compromisos, que son insignificantes; en cambio, si usted hablase mal de nuestros ferrocarriles, le tendría por hombre sensato, pues son la mayor engañifa después de la del mar del sur. Pero los valores españoles son una riqueza para el afortunado mortal que los posea ahora. Tengo y he tenido durante algunos años muchos de ellos y ahora espero ver la realización de todos mis planes con el actual ministro de Hacienda, señor Mon, y la subida de esos valores a su verdadero precio, que es aproximadamente 60 ó 70.
Le aconsejo amistosamente que corrija su libro antes de tirar más ejemplares, si desea venderlo como una verdadera exposición del presente estado del país. Su libro podía haber pasado hace diez años, pero a la gente no le gusta ahora que la engañen; demasiado sabemos que casi todos nuestros diarios están sobornados (y quizás los libros) para hablar mal de las finanzas españolas, recogiendo toda clase de historias: de partidas carlistas apareciendo por todas partes, etc., etc., lo cual no puede ser más absurdo, porque la causa carlista está muerta.
Espero, señor, que no le ofenderán estos renglones, sino que más bien los tomará como una amistosa advertencia, puesto que admiro mucho su libro; y espero que usted mismo verá la falsedad de lo que ha dicho en un libro de recreo, y que lo rectificará en seguida.
Quedo de usted atento y seguro servidor,
_Un amigo de la verdad_.»
Es un poquito molesto el verse así acusado por nuestro cortés corresponsal de haber inventado estos alarmantes hechos, números y «falacias», puesto que los verdaderos, completos y exactos detalles pueden encontrarse en las páginas 85 y 89 de las _Tarifas comerciales de España_, de Mr. Macgregor, presentadas ante las dos Cámaras legislativas en 1844 por orden de Su Majestad. Y como había alguna discordancia en las cantidades, el autor citó las sumas hechas por otros, y habló dudosamente y por aproximación, poco deseoso de tener que ver ni que cargar con nada relacionado con deudas españolas. No tiene el menor interés en estos asuntos, pues no tiene la fortuna de poseer ni un céntimo ni de fondos españoles ni de ferrocarriles ingleses. Tan amigo de la verdad como su amable amonestador, solamente deseaba prevenir a sus bellas lectoras, que pudieran de otro modo invertir de mala manera (erróneamente, al parecer, él se lo figuraba) los ahorros de su dinerillo para alfileres. Si sin querer ha declarado lo que no es, sólo puede renunciar a sus citas, sentirlo muchísimo y administrar el antídoto de sus errores. Desea sinceramente que todas y cada una de las bellas fantasías de su anónimo amigo se realicen. Si él mismo, ¡lo que el Cielo no permita!, hubiese sido enviado a descubrir si los ministros madrileños estaban o no fabricados de materiales concusionarios, considerando que Astrea aun no ha devuelto a España, con los buenos Gobiernos, la edad de oro, ni aún un arancel, su primer paso hubiera sido engrasar las ruedas con ungüento de peluconas; y con objeto de que los ministros y cajeros no le dijeran que volviese mañana, abriría el negocio ofreciendo a cualquiera el veinte por ciento de cada duro efectivo que se pagase; así es posible que se economizasen esfuerzo y tiempo, y que se evitasen algunos pequeños contratiempos.
FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO
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_ADVERTENCIA DEL EDITOR_
El editor de esta traducción viene sintiéndose inclinado a dar a conocer al público de lengua española los relatos que los extranjeros distinguidos han escrito sobre España. Asistido desde el primer momento (al editar _La Biblia en España_, de Borrow) por el favor del público, se anima a publicar nuevas narraciones, que ya tiene anunciadas en sus catálogos.
Busca en ellas no sólo lo que alaba, sino lo que vitupera, y aun aquellos conceptos equivocados, clave de ciertas preocupaciones del autor, que llevan a éste a errar en sus juicios; así, creyéndolo más ejemplar e instructivo, no omite frase ni palabra, por duras u ofensivas que puedan sonar en oídos españoles. Sin contar con que siempre debe esto exigirse de la probidad del editor.
El de este libro recuerda unas palabras (discretísimas, como suyas) escritas por Azorín tratando de la famosa _Guía_ o _Manual para viajeros en España_, de Ricardo Ford--de la que, como es sabido, están entresacados los temas de que trata COSAS DE ESPAÑA--, y se honra haciéndolas suyas:
«No ha sido escrito en el extranjero un libro más minucioso, más exacto, más sagaz, más analizador sobre España; pero tampoco más acre, más tremendo... No protestemos. El verdadero patriotismo debe desear estos libros.»
ÍNDICE
_Páginas_
CAPÍTULO XV
Albergues españoles: por qué son tan medianos.--La fonda.--Mejoras modernas.--La posada.--Posaderos españoles.--La venta: llegada a ella.--Preparativos.--El ajo.--La comida.--La noche.--La cuenta.--Semejanza con las posadas de los antiguos. 7
CAPÍTULO XVI
Ladrones españoles.--Una aventura de ladrones.--La guardia civil.--Relatos exagerados.--La cruz del asesinado.--Bandidofobia francesa.--Historia de los bandidos.--Guerrilleros.--Contrabandistas. José María.--Bandidos de primera clase.--El ratero.--Los miqueletes.--Escoltas y escopeteros.--Pasaportes, protección y talismanes.--Ejecución de un bandido. 41
CAPÍTULO XVII
El médico español: su posición social.--Abusos médicos.--Hospitales.--Educación médica.--Manicomios.--Hospicio de Sevilla.--Pretensiones de la clase médica.--Disección.--El médico de cabecera.--Consultas.--Traje del médico.--Las recetas.--Los boticarios.--Caldo de culebra.--Remedio para las puñaladas. 86
CAPÍTULO XVIII
Remedios espirituales para el cuerpo.--Reliquias milagrosas.--Aceites curativos.--Filosofía de los remedios religiosos.--Las comadronas y la Cinta de Tortosa.--La bula. 126
CAPÍTULO XIX
El fígaro español.--Los mostachos.--Las patillas.--La barba.--Las sangrías.--Sangre héraldica.--Sangre azul, encarnada y negra.--La barbería.--El baratero.--Barbero y sacamuelas. 160
CAPÍTULO XX
Lo que debe observarse en España.--Cómo debe observarse.--Suspicacia española y falta de curiosidad.--Espías franceses y saqueadores.--Dificultades de tomar apuntes en España y manera de vencerlas.--Eficacia de los pasaportes y del soborno.--Carencia de datos y falsedad de ellos. 177
CAPÍTULO XXI
Origen de las corridas de toros y carácter religioso de las mismas.--Fiestas reales.--Carlos I en una de ellas.--Variación del sistema antiguo.--Corridas de toros simuladas.--Plaza de toros.--Lenguaje típico.--Toros españoles.--Razas.--La ida a los toros. 212
CAPÍTULO XXII
La corrida.--Comienzo del espectáculo.--Primer acto y aparición del toro.--El picador.--Toro apaleado.--Los caballos y la crueldad con que son tratados.--Fuego y perros.--Segundo acto.--Los chulos y sus banderillas.--Tercer acto.--El matador.--Muerte del toro.--Final y filosofía de la fiesta.--Su efecto en las señoras. 236
CAPÍTULO XXIII
El teatro español.--El drama antiguo y el moderno.--Disposición de los teatros.--El gallinero.--El fandango.--Bailes nacionales.--Un baile de gitanos.--Ópera italiana.--Canciones nacionales y guitarras. 268
CAPÍTULO XXIV
Fabricación de cigarros.--Tabaco.--El contrabando por Gibraltar.--Los cigarros de Fernando VII.--Echando un cigarrito.--Zumalacárregui y el maestro de escuela.--Tiempo y dinero empleados en fumar.--_Postdata_ sobre los valores españoles. 297
Advertencia del editor. 313
FOOTNOTES:
[1] La biografía del pensador inglés Samuel Johnson, por James Boswell, publicada en 1791, está considerada como la mejor escrita en lengua inglesa; una especie de poema heroico: La Johnsoniada, la llamaba Carlyle, la Odisea adecuada a nuestra época.--_N. del T._
[2] La misma palabra _novedad_ se ha hecho en el lenguaje corriente sinónima de un peligro, de cambio, al que todos los españoles tienen verdadero espanto; y en religión es considerada como herejía. La amarga experiencia, por otra parte, les ha enseñado a todos que todo cambio, toda promesa de una nueva era de bendición y prosperidad ha acabado en un desengaño, y, por lo tanto, no solamente prefieren soportar los males a que ya están acostumbrados, sino que no quieren de ninguna manera exponerse a otros mayores por tratar de mejorarlos. _Más vale malo conocido que bueno por conocer_--dice el adagio.--_¿Cómo está mi señora su esposa?_--dice un caballero. Y el otro le replica:--_Sigue sin novedad._--_Vaya usted con Dios_--dice otro al despedir a un amigo que va de viaje--_y que no haya novedad_.
[3] El tenedor es una invención italiana: el viejo Coryate, que introdujo este refinamiento en Somersetshire, en 1600, fué apellidado _furcifer_ por sus amigos. Alejandro Barclay, describe así la antigua manera inglesa de comer:
_If the dishe be pleasaunt, eyther flesche or fische,_ _Ten hands at once swarm in the dish._
«Si el plato agrada, sea carne o pescado,--diez manos a la vez se dirigen al plato».
[4] La mayor parte de ellos con capas, en las cuales se echan a dormir.--_N. del T._
[5] EDGAR QUINET: _Mis vacaciones en España_, publicado por la COLECCIÓN GRANADA.
[6] Los reyes de España rara vez usaban otra firma que la antigua gótica _rúbrica_. Este monograma, a veces, es igual que un nudo rítmico. Los españoles se ejercitan con mucha maña en estos floreos, que colocan al pie de sus nombres como mayor señal de autenticidad, y se afirma que una rúbrica sin nombre vale más que un nombre sin rúbrica. Sancho Panza dice a Don Quijote que sólo su rúbrica vale no uno, sino trescientos burros. Los que no saben escribir rubrican. «No saber firmar» es considerado en España, en broma, como uno de los atributos de la grandeza.
[7] Cumplieron su promesa en las palabras, pero faltaron a lo que de ellos se esperaba.--_N. del T._
[8] «Chacun fuit à le voir maître, chacun court à le voir mourir!»--MONTAIGNE.
[9]
Con el aire de satisfacción, que es propio del hombre que ha hecho una buena acción.
[10]
Las piernas del bandido echaron a una fosa. El alma fué para el diablo, los huesos para los lobos.
[11] Cabeza incurable aun con el eléboro de tres Antíciras, _Hor._ (Antícira, ciudad de la Fócide, famosa por el eléboro, remedio contra la locura.)--_N. del T._
[12] ¿Doctor, cree usted realmente--que debo tomar leche de burras?--Ella le curó a usted, es verdad--pero para usted era leche de madre.
[13] Y hecha la herida, la afrenta queda olvidada.
[14] He jests at scars that never felt a wound. (Palabras de Romeo al oír las bromas de sus amigos. Escena II del acto II de _Romeo y Julieta_ de Shakespeare.)--_N. del T._
[15] Un sudorífico (que lleva el nombre de su inventor) compuesto de raíz de ipecacuana, polvos de opio y sulfato de potasa.--_N. del T._
[16] _Recopilación_: libro III, tít. XVI, ley 3.
[17] «Los cuales, para asegurarse el Paraíso, se visten al morir el hábito de dominico, o con el de franciscano piensan pasar inadvertidos».
[18] Deja, querida, cuando muera, que se me hagan honores y que me cubran de blancas flores, para que todo el mundo sepa que fuí hasta mi tumba una casta esposa.
[19] Hay más allá del firmamento un cielo de amor y de alegría, y los puros niños, al morir, van a ese lejano mundo.
[20] Rellena con su sombra los ociosos trajes.