Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)
Part 18
Pero en España a cada momento se encuentra uno transportado a la antigüedad, y así tenemos que en las mismas orillas del Betis se ven aún aquellas bailarinas de la libertina Gades, que se exportaban a la antigua Roma, con el atún en escabeche, para delicia de los malvados epicúreos y horror de los buenos padres de la Iglesia primitiva, que las comparaban, y quizá con justicia, con las cabriolas ejecutadas por la hija de Herodías. Sus danzas fueron prohibidas por Teodosio, porque, según San Crisóstomo, en ellas nunca le faltaba al diablo una pareja. La conocida estatua del museo de Nápoles llamada la Venus Calípiga, es la representación de Telethusa o alguna otra danzarina de Cádiz.
Sevilla es hoy en esto lo que en la antigüedad fué Gades; nunca falta allí alguna venerable bruja gitana que prepare una _función_ como se llama a estos bonitos espectáculos, tomando la palabra de las ceremonias pontificales, pues en tiempos, Italia era la que ponía la moda en España, como hoy la impone Francia. Estas fiestas son de pago, pues la raza gitanesca, como dice Cervantes, sólo vino a este mundo para ser anzuelo de bolsas. Las _callis_ de jóvenes son muy bonitas, y además son muy zalameras y trafican en negocios muy apetitosos, pues profetizan oro a los hombres y maridos a las mujeres.
La escena del baile es generalmente el barrio de Triana, que viene a ser el Transtevere de la ciudad y cueva de toreros, contrabandistas, pilletes y gitanos, cuyas mujeres son las _premières danseuses_ en estas ocasiones, en las que los hombres nunca intervienen. La casa elegida es usualmente una mansión medio árabe que es un verdadero cuadro donde la ruina, la pobreza y la miseria se mezclan con columnas de mármol, higueras, fuentes y parras; la compañía se reúne en algún soberbio salón, cuyo dorado artesonado árabe--salvado del saqueo--descansa sobre paredes blanqueadas; hay en el recinto algunos, pocos, bancos de madera, en donde se sientan las dueñas e invitados, en los cuales se atiende más a la cantidad que a la calidad; probablemente ni el público ni sus trajes serían admisibles en _Mansion House_[41]; pero aquí el pasado triunfa sobre el presente; el baile, que es muy semejante al _ghowasee_ de los egipcios, y al _nautch_ de los indios, se llama el _olé_ entre los españoles y el _romalís_ entre sus gitanos; el alma y la esencia de él consiste en la expresión de cierto sentimiento, que no es ciertamente de carácter muy sentimental o correcto. Las mujeres, que parecen no tener huesos, resuelven el problema del movimiento continuo, disfrutando sus pies relativamente de un privilegio, pues todo el cuerpo toma parte en la pantomima y tiembla como la hoja del álamo; la flexibilidad y la figura de Terpsícore de una joven andaluza, sea gitana o no, ha sido designada, según dicen los entendidos, por la naturaleza como el marco adecuado para su voluptuosa imaginación.
Sea ello como quiera, el comentador clásico y erudito citará a cada momento a Marcial, etc., al contemplar el inalterable balanceo de los brazos, levantados en alto como para recoger una lluvia de rosas, el taconeo y los movimientos serpentinos y tremolantes. Una excitación contagiosa embarga a los espectadores, que, como los orientales, llevan con medida cadencia el compás con las manos, y, en las pausas, aplauden con gritos y palmoteos. Las damiselas, animadas con los aplausos, continúan sus violentos movimientos hasta que tienen que suspenderlo completamente rendidas; entonces se reparte vino, anisado y _alpisteras_, y la fiesta, que dura hasta la madrugada, muchas veces termina con alguna cabeza rota, que se llama aquí «la cuenta del gitano». Estas danzas, para muchos de los habitantes del frío Norte son más notables por la energía que por la gracia, y no tienen en ellas menos trabajo las piernas que todo el cuerpo, las caderas y los brazos. La vista de este inalterable pasatiempo de la antigüedad, que excita a los españoles hasta el frenesí, producen más bien disgusto a un espectador inglés, probablemente por alguna mala organización nacional, pues como Molière dice: _L’Angleterre a produit des grands hommes dans les sciences et les beaux arts, mais pas un grand danseur--allez lire l’histoire._--Aun cuando estas danzas puedan parecer indecentes, las ejecutantes son inviolablemente castas, y por lo menos, en cuanto toca a los huéspedes no gitanos, son más frías que el granizo; y estas muchachas bailan ante los aprobadores ojos de sus padres y hermanos, que estarían dispuestos a matar a quien atentase contra la virtud de sus hermanas.
En los intermedios lúcidos entre el baile y el anisado, la _caña_, que es la verdadera _gaunía_ o canción árabe, se administra como un calmante por algún hirsuto artista, sin faralaes, botonaduras, diamantes o guantes de cabritilla, cuyas coplas, tristes y melancólicas, siempre empiezan y terminan con un _¡ay!_, un suspiro o grito en tono muy elevado. Estas melodías morunas, reminiscencias de otros tiempos, se conservan mejor en pueblos serranos de cerca de Ronda, donde no hay caminos para los miembros del _conservatorio napolitano_ de la Reina Cristina; pues donde quiera que la Academia impone su autoridad e impera la ópera italiana, ¡adiós canciones populares! Hoy en día, la ópera exótica se cultiva en España por la clase alta, porque como está de moda en París y Londres, se mira como una muestra de la civilización de 1846. Aunque el público, en el fondo de su honrado corazón, se aburra en la ópera más que en otro sitio, la cosa se da por maravillosa, por ser tan cara, tan selecta y tan fuera del alcance del vulgo. Evitadla, sin embargo, en España, bellas lectoras, pues estos cantantes de segundo orden no son dignos de sostener la partitura a los de vuestro querido Haymarket.
La verdadera ópera de España está en la tienda del _barbero_ o en el patio de la _venta_; en realidad, la buena música, sea armoniosa o científica, vocal o instrumental, rara vez se oye en esta tierra, a pesar del eterno cantar y del arañar de guitarra en que allí se está. Las mismas misas, tal como se cantan en las catedrales, desde la introducción del piano y del violín, tienen carácter muy poco solemne y devoto. El violín desilusiona, pues el mismo Murillo cuando planta las tripas de un violín bajo el mentón de un querubín en las nubes estropea el sentimiento angélico. Pero que nadie desprecie las canciones e instrumentos típicos de la Península, pues la excelencia en música es multiforme, y mucha de ella, tanto en nombre como en substancia, es convencional. Prueba de ello es una melancólica balada cantada por un coro de sin trabajo ante las entusiasmadas masas callejeras de la vieja Inglaterra, o un aire de gaita, tocado en el Ross-shire, que encanta a los montañeses de Escocia, que repiten a gritos la melodía, pero espanta a los milanos. Déjese, también, a los españoles disfrutar de lo que ellos llaman música, aunque los extranjeros melindrosos la condenen como ibérica y oriental. A ellos les gusta así y la quieren a su manera, con su compás y su tonada, a despecho de Rossini y de Paganini. Ellos--no los italianos--son escuchados por una encantada audiencia semi-mora, con atención profundamente oriental y melancólica. Como su amor, su música, que es su sustento, son asuntos serios; a pesar de lo cual, la canción melancólica, la guitarra y el baile, son, en este momento, la alegría de la pobreza indolente, el reposo del que trabaja bajo un sol abrasador. El pobre olvida sus fatigas, _sans six sous et sans souci_; y hasta llega a olvidarse de comer, como Claro, el amigo de Plinio, que perdió su cena--_aceitunas y gazpacho_--por correr tras una bailarina gaditana.
En las ventas y en los patios, a pesar de la ruda labor del día y de la escasa comida, en cuanto se oye el rasgueo de la guitarra y el repiqueteo de las castañuelas, parece como si la gente sintiera nueva vida correr por sus venas. Lejos de notar la fatiga pasada, la del baile parece que les refresca, y muchos cansados viajeros lamentarán los nocturnos retozos de sus ruidosos y saltarines compañeros de pupilaje. Apenas terminada la cena, cuando _après la panse la danse_, algún musculoso ejecutante masculino, verdadera antítesis de Farinelli, vocea sus coplas, chillando sus prosaicos versos con toda la fuerza de sus pulmones, o arrastrando melancólicamente su balada como el zumbido de una gaita del Lincolnshire, y tanto en uno como en otro caso, con inminente peligro para su tráquea y para todos los órganos acústicos no españoles. Porque, verdaderamente, repitiendo la áspera crítica que hace Gray de la Gran Opera francesa, diremos que consiste sólo en _des miaulements et des hurlements effroyables, mêlés avec un tintamare du diable_. Pero, lo mismo que en París, también aquí, en España, el auditorio está enajenado, los oídos de todos los hombres se ponen a tono, como si hubiesen tragado coplas, y todos hacen coro al final de cada verso; esta «banda particular», como entre los de sangre azul, suple la falta de conversación y convierte un silencio estúpido en atención científica--_ainsi les extrêmes se touchant_. En toda reunión de españoles--militares, paisanos, arrieros o ministros--siempre hay alguno que sepa tocar la guitarra, mejor o peor, como Luis XIV, a quien, según Voltaire, sólo le habían enseñado esto y bailar. Godoy, el Príncipe de la Paz, uno de los peores de la multitud de ministros malos que han desgobernado España, cautivó primero a la real Mesalina por su habilidad en el rasgueo de la guitarra; así, González Bravo, editor de _El Guirigay_, de Madrid, llegó a la Presidencia del Consejo y se atrajo a la virtuosa Cristina, que, apaciguada por la dulce música de este averiado Anfión, olvidó sus libelos contra ella y el señor Muñoz. Puede predecirse de las Españas, que cuando estos rasgueos enmudezcan todo habrá acabado, pues la expresión hebrea por la _nec plus ultra_ desolación de una ciudad oriental es «la cesación de la alegría de la guitarra y del pandero».
En España, en donde quiera y como quiera que se oyen los tentadores acordes, en seguida se reúne un grupo de todos sexos y edades, al que atrae la musiquilla como a un enjambre de abejas. La guitarra forma parte integrante del español y de sus canciones; se la echa a la espalda con una cinta, lo mismo que se ve en las pinturas egipcias de hace cuatro mil años. Los ejecutantes, casi nunca son músicos expertos: se contentan con tañer la guitarra, rasgueando las cuerdas con toda la mano, o floreando, y golpeando la caja con el pulgar, en lo cual son muy expertos. Alguna vez, en las ciudades, surge un individuo que domina más este ingrato instrumento, pero el intento resulta mal.
La guitarra no se presta bien a las palabras italianas y a las melodías primorosas, que nunca hacen felices ni a los oídos ni a los corazones españoles; pues a semejanza de la lira de Anacreonte, por muy a menudo que cambie la cuerda, el amor, el dulce amor, es su único tema. La gente ajusta la tonada a la canción, que muchas veces son improvisadas tanto la una como la otra. Balbucean la cadencia, por no decir los versos; pero su espléndido idioma se presta a una gran prodigalidad de palabras, trátese de verso o prosa, y ni uno ni otro son muy difíciles, ya que el sentido común no es un expediente necesario para su composición; de manera que el lenguaje ayuda al fértil ingenio de los indígenas; las rimas se pasan por alto a voluntad o se mezclan caprichosamente con asonantes, que sólo consisten en la repetición de las mismas vocales, sin cuidar de las consonantes, y aún eso, que difícilmente contenta a un oído extranjero, no siempre se observa; un cambio de entonación o unos golpecitos de más o de menos en la caja, hacen el avío, vencen todas las dificultades, constituyen una ruda prosodia e inducen a la música, del mismo modo que los ademanes llevan al baile y a las coplas _que se cantan bailando_, y que cuando se oyen inspiran recíprocamente el deseo de castañetear los dedos y de bailar el zapateado, como si se tuviera el mal de San Vito; y no nos dejarán mentir los que aun tengan en los oídos las _habas verdes_, de León, o la _cachucha_, de Cádiz.
Las letras destinadas a poner toda esta zambra en movimiento no están escritas para los fríos críticos británicos. Lo mismo que los sermones, sólo son para hablados, y nunca debe sometérselas a la desencantadora prueba de la letra de molde; y aun las que son francamente serias, y no sólo para pretexto del baile, son escuchadas por los presentes, acordándolas a lo que les pide el oído, anticipándose al asunto y respondiéndole, e influídos en todo momento por sus prejuicios. Lo mismo ocurre con un público británico alucinado por la ópera, que, siendo sensible para otras cosas, tolera, no obstante, los dislates que en ella se dicen:
Where rhyme with reason does dispense, And sound has right to govern sense[42].
Para poder sentir todo el encanto de la guitarra y de las canciones españolas han de oírse a una vivaracha andaluza, esté o no adoctrinada en el arte; ellas manejan el instrumento como la mantilla o el abanico; dijérase que forma parte integrante de su sér y que tiene vida, pues realmente todo ello requiere una _gracia_ y un _abandono_ que no es fácil hallar en las mujeres de climas del Norte o de zonas más encorsetadas. Así no es extraño que uno de los padres de la Iglesia dijera que prefiriría oír cantar a un basilisco que a una de estas mujeres. En cambio, no tienen gracia ninguna para el piano, que muy pocas españolas tocan ni medianamente, y lo mismo les ocurre con el canto: cuando se lanzan con _Adelaida_ u otra cosa sublime, bella y seria, el fracaso es absoluto, mientras que si no salen de su terreno triunfan por completo; las palabras de sus coplas se les ocurren, como a Teodoro Hook[43], en un santiamén y aluden a incidentes y a personas presentes; algunas veces están llenas de intención y _double entendre_; y a menudo cantan lo que no debe hablarse, y por los oídos roban los corazones, como las sirenas, o como Cervantes dice: _cuando cantan, encantan_. Otras veces sus canciones son poco más que aleluyas sin sentido, con las cuales los oyentes también quedan tan satisfechos, pues como Fígaro dice: _ce qui ne vaut pas la peine d’être dit, on le chante_. Es muy raro encontrar una buena voz, lo que los italianos llaman _novantanove_, noventa y nueve por ciento; nada hay que haga peor impresión al viajero que las voces chillonas de las mujeres; pero, a pesar de eso, estas canciones, desde la más remota antigüedad, han sido el encanto del pueblo, han templado el despotismo de la Iglesia y del Estado y han mantenido la resistencia nacional contra las agresiones extranjeras.
En España hay muy poca música impresa; casi todas las tonadillas y coplas se venden manuscritas. A veces, para los más ignorantes, las notas se representan por números, que corresponden al número de las cuerdas.
Las mejores guitarras del mundo son las hechas en Cádiz por la familia Pajez, padre e hijo. Como es natural, un instrumento tan en boga ha sido siempre en la bella Bética objeto de la más grande atención; en el siglo XVII las guitarras sevillanas se hacían de la forma del pecho humano, pues decían los arzobispos que las cuerdas correspondían a las pulsaciones del corazón: _a corde_. Los instrumentos de los mozos andaluces estaban encordados según esas significativas fibras cardiarias; Zariab reformó la guitarra añadiéndole una quinta cuerda de brillante rojo, que representaba sangre, mientras que la prima era amarilla, para representar la bilis; y hoy en día, en las orillas del Guadalquivir, cuando el manto de la noche atrae al embozado galán, el carmíneo corazón femenino se liquida con más seguridad que si estuviera puesto a la parrilla, y si la serenata se alarga no hay marido que no trague bilis.
Sea ello como quiera, las melancólicas armonías de estas orientales cantinelas producen aún efecto, a pesar de su antigüedad, y es que ciertos sonidos tienen una misteriosa aptitud para expresar ciertos estados de ánimo, en relación con cierta simpatía inexplicada que existe entre los órganos sensitivos y los intelectuales, y cuanto más sencillos son esos sonidos puede afirmarse que son más antiguos. Las melodías aderezadas son una invención italiana moderna, y aun cuando en países de mayor tráfico y melindrería lo convencional haya arrinconado a lo nacional, en España la moda no ha hecho desaparecer las viejas tonadillas. Estas no las enseñan las orquestas, sino que, lo mismo que el canto de los pájaros, se aprenden en la cuna. Los españoles son músicos sin tener idea de la armonía, del mismo modo que son guerreros sin ser militares, y bailarines sin ser garbosos; son la primera materia de hombre producida por la naturaleza y se tratan a sí mismos como tratan a los productos en bruto de su suelo, dejando al extranjero el cuidado de pulirlos y darles forma artística.
El día en que el español sea un violinista científico, o un buen fabricante de hilados, perderá todo su encanto; por lo tanto debe cerrar los oídos a los moralistas y a los sociólogos que tratan de abolir la guitarra, por que pretenden que ella ha causado más males a España que el pedrisco o la sequía, por haber fomentado prodigiosamente la pereza y los amoríos, con lo cual han mandado a su tierra el azote de una mayor cantidad de expósitos que de hombres acaudalados; pero, ¿cómo pueden evitarse estas calamidades, si el diablo cuelga de un clavo en todas las casas ese fatal instrumento? Nuestros inarmónicos labradores y sosegados artesanos son presentados por los misioneros de Manchester como ejemplo de laboriosidad ante los ojos de los _majos_ y _manolas_ de España: «Ved cómo trabajan doce y catorce horas diarias», les dicen. Pero estos filántropos deben recordar que son muy distintas las circunstancias, pues nuestros obreros no tienen ninguna distracción, fuera de la taberna o capilla, y, por lo tanto, no saben qué hacerse cuando están _ociosos_, situación que para la mayor parte de los españoles es un goce anticipado de la bienaventuranza celestial, mientras que el trabajo, que se piensa en Inglaterra que es la felicidad, es para ellos como una condena a trabajos forzados. Ni puede negarse que la facilidad que hay en la Península de andar de francachela, y las uvas, la guitarra, los cánticos, bailes y demás facilidades para divertirse que proporciona el hermoso clima, conspiran contra la laboriosidad tenaz, resuelta y violenta de que dan ejemplo en el mundo nuestros obreros en todo lo que emprenden, si se exceptúa el baile y la música.
Capítulo XXIV
Pero esté en los toros o en el teatro, sea clérigo o seglar, todo español que tiene medios para ello se consuela constantemente con un cigarro, exceptuando solamente las horas de sueño, no de cama. Este es su placer soporífico, que como el Souchong, calma pero no embriaga; es para él su: _Te veniente die et te decedente_.
La fabricación de cigarros es lo que mejor se lleva en la Península. Los edificios dedicados a ella son palacios; ejemplo los de Sevilla, Málaga y Valencia. Como quiera que el cigarro es una cosa sin la cual no se concibe la boca de un español, pues de otro modo se parecería a una casa o a un vapor sin chimenea, es preciso dedicarle algunas páginas en todo libro que trate de España, pues como uno de los más ilustrados autores del país decía: «Quizá se me trate de pesado en mis detalles sobre el tabaco, pero estoy seguro de que a la gran mayoría de los lectores les satisfará más esto que si les hiciera una descripción de las mejores pinturas del mundo». Todos ellos opinan que un buen cigarro (cosa difícil de encontrar en este país de la contradicción) proporciona a un hidalgo cristiano más fresco en verano y más calor en invierno que su mujer y su capa; y en todos los tiempos y estaciones ahuyenta las penas y duplica las alegrías, como en la Gran Bretaña ocurre a los hombres con sus medias naranjas».
«El hecho es, señor--dice Sam Slick--, que en el momento en que un hombre coge su pipa se convierte en filósofo; es el amigo del pobre; calma la imaginación, suaviza los nervios y hace a un hombre paciente ante la adversidad». ¿Puede extrañarnos que los pueblos orientales y el español se acojan a este consuelo de los desprecios y azotes que sufren de sus malos gobiernos, o que ahoguen en dulce y somnoliento olvido su miseria excitada e irritada por el espectáculo de sus vacías despensas, sus viciosas instituciones políticas y un clima demasiado cálido? Piensan que el tabaco amortigua su sobreexcitada imaginación y aplaca su demasiado exquisita sensibilidad nerviosa; están de acuerdo con Molière, aun cuando no le hayan leído nunca: _Quoi que l’on puisse dire, Aristote et toute la philosophie, il n’y a rien d’égal au tabac_. El divino Isaac Barrow acudía a esta panacea cuando quería recoger sus pensamientos; sir Walter Raleigh, el defensor de Virginia, fumó una pipa momentos antes de dirigirse al suplicio, de lo cual mucha gente sensata se escandalizó; «pero--añade Aubrey--yo creo que lo hizo precisamente para levantar el espíritu». El pedante Jacobo, que condenaba a Raleigh y al tabaco, decía que la lista de los platos que daría en un banquete a su Satánica Majestad, sería: «un cerdo, una cabeza de bacalao y mostaza, más una pipa de tabaco para ayudar la digestión.» Tan cierto es que «lo que a un hombre le alimenta al otro le envenena»; pero en todo caso, en la hambrienta España es a la vez comida y bebida, y la mayor parte del humo relacionado con las cosas de la bucólica, puede asegurarse que sale de las chimeneas de los labios, y no de las de las casas.
El tabaco, que es un anodino para la irritabilidad de la razón humana, está gravado, como las bebidas espirituosas que la ponen enferma, con grandes derechos en toda la sociedad civilizada. En España, la dinastía de Borbón (como en otras partes), es la estanquera general hereditaria, y el privilegio de venta se arrienda generalmente a algún contratista; así es que la ganga de tener un buen cigarro casero es difícil de conseguir, ni por amor ni por dinero, en la Península. Más fácil le sería a Diógenes encontrar un hombre honrado en cualquiera de los ministerios. Como no hay camino real para la ciencia de hacer los cigarros, el artículo está mal elaborado, con malos materiales, y, para colmo de desdichas, se vende a precios exorbitantes. Con objeto de beneficiar a la isla de Cuba, está prohibido en la Península el cultivo del tabaco, que se da muy bien, sobre todo en la provincia de Málaga; pues el experimento se hizo, y habiendo salido perfectamente, el cultivo fué prohibido inmediatamente. La maldad y carestía del tabaco real hace la fortuna del bien intencionado contrabandista, que siendo aquí, como en todas partes, el gran enmendador de los desatinados ministros de Hacienda, proporciona tabaco mejor y más barato de Gibraltar.
La mejor prueba de la extensión de los negocios de contrabando se dió en 1828, cuando hubo que aumentar en muchos miles de obreros las fábricas de Sevilla y de Granada, para responder al aumento de demanda ocasionado por la imposibilidad de proveerse de Gibraltar, a consecuencia de la fiebre amarilla que se desarrollaba intensamente allí. No hay delito que se castigue más terriblemente en España que el contrabando de tabaco, que ataca al bolsillo de la reina. A los demás robos no se les da importancia, pues sólo sufren de ellos sus vasallos.