Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)
Part 16
Algunas veces los dardos van provistos de petardos, que, merced a una pólvora detonante, explotan en el momento que se clavan en el cuello; por eso se les llama _banderillas de fuego_. El sufrimiento del tostado y torturado animal le hace saltar y brincar como un cordero juguetón, con gran alegría del populacho, mientras que el fuego, el olor del pelo chamuscado y de la carne asada, que nuestros gastronómicos vecinos llamarían un _bifsteck à l’espagnole_, les recuerda débilmente a muchos morenos y ceñudos curas las altas atracciones de su antiguo anfiteatro, el _auto de fe_.
Por fin suena la última trompeta, la plaza se despeja y el _matador_, el ejecutor, el hombre de la muerte, queda solo con su víctima: al aparecer dirige un discurso al presidente y tira la montera al suelo. En la mano derecha lleva un estoque toledano; en la izquierda flamea la _muleta_ o _engaño_, que no debe ser (así se lo oímos decir a Romero) ni tan grande como el estandarte de una hermandad, ni tan pequeño como el pañuelo de una señora, sino que debe tener, aproximadamente, una vara en cuadro. Es siempre encarnada, porque es el color que más excita al toro y disimula la sangre. Siempre hay un matador de reserva, para caso de accidente, cosa que puede suceder en la corrida de toros mejor organizada.
Al quedarse solo el _matador_ concentra sobre sí toda la atención de la multitud, que antes compartía con los demás combatientes, como ocurría con los antiguos espectáculos de gladiadores en Roma. Se adelanta hacia el toro con objeto de atraerle hacia él o, hablando en buenos términos técnicos, para _citarlo a la jurisdicción del engaño_; en buen inglés, emplazarlo, o, como en nuestros partidos se diría, «meter la cabeza en el Supremo»[37]. Y este juicio es casi tan horrible, pues el matador está en careo con su enemigo, en presencia de testigos inexorables, curia y jueces, que preferirían ver al toro matarle dos veces, que no que él matase al toro contrariamente a las reglas y prácticas de los precedentes judiciales y taurómacos. En estos breves, pero penosos momentos, el _matador_ aparece generalmente pálido y ansioso, y no es para menos, pues su vida pende de un hilo, pero presenta una fina imagen de firme voluntad y de concentración de energía moral. Séneca dijo muy bien que el mundo ha visto tantos ejemplos de valor en los gladiadores como en los Catones y Escipiones.
El matador procura darse cuenta rápidamente del carácter del animal, y examina con ojo más perspicaz que Spurzheim sus protuberancias de combatividad, destructividad y otros órganos amables, y no tiene mucho tiempo que perder en esta investigación, en la cual un error sería fatal, pues uno de los dos ha de morir, y puede suceder que ambos. Aquí, como dice Falstaff, no hay azotes, excepto en la cabeza. A menudo, aun el bruto parece comprender que ha llegado el último momento, y se detiene al verse cara a cara en mortal duelo con un solo adversario. Como quiera que sea, el contraste es sorprendente. El matador va vestido con un traje propio para un baile, sin más escudo que su habilidad, y como si aquello fuera un entretenimiento. En él todo es sangre fría; en el animal, todo furia; y hay que aprovechar el tiempo, porque entonces el conocimiento es poder, y si el bruto pudiera razonar, el hombre escaparía difícilmente. Mientras tanto, los espectadores se hallan poseídos de más furor aún que el pobre toro, que ha sufrido una larga tortura y se ha visto excitado continuamente. En este instante, es un magnífico modelo para Paul Potter; los ojos echando fuego, las hinchadas narices rugiendo furiosamente, el cuerpo cubierto de sudor y de espuma o cubierto de un sangriento barniz que brota de sus abiertas heridas. _¡Mira qué hermoso cuerpo lleno de sangre!_--exclamaba la digna vieja, que, como antes dijimos, era lo bastante amable para hacer resaltar ante nuestra vista inexperta los más escogidos trozos del festín, las perlas de mayor precio.
Hay varias clases de _toros_, cuyo carácter varía casi tanto como el de los hombres: unos son bravos y codiciosos; otros, tardos y pesados; otros, recelosos y cobardes. El _matador_ juega y entretiene al toro hasta que descubre su disposición. El principio fundamental consiste en la manera de atacar del bruto, en cómo agacha la cabeza y cierra los ojos antes de cornear; el secreto para dominarle está en distinguir si toma la ofensiva o si está a la defensiva. Los que no tienen miedo y se lanzan al trapo de repente, cerrando los ojos, son los más fáciles de matar; los que son marrulleros y casi nunca atacan rectamente, sino que se paran, escurren el cuerpo, y se tiran al bulto y no a la muleta, son los más peligrosos. El interés de los espectadores es más vivo cuanto mayor es el peligro.
Aun cuando no es corriente que ocurran desgracias (nosotros no hemos visto matar a ningún torero a pesar de haber presenciado la muerte de varios centenares de toros), la cosa no es imposible. En Tudela, un toro que había matado diez y siete caballos, a un picador llamado Blanco y a un banderillero, saltó la barrera y allí mató a un campesino e hirió a varios. Los periódicos encabezaban sencillamente la noticia: «Ocurrieron _accidentes_». Pepe Hillo, que había sufrido treinta y ocho cogidas, murió, como Nelson, una muerte heroica. Le mataron el 11 de mayo de 1801. Tuvo el presentimiento de lo que le iba a suceder, pero dijo que tenía que cumplir con su deber.
El _matador_ tiene que ser decidido y ágil. No debe dejar que el toro vaya al trapo más de dos o tres veces: la tensión moral de la multitud es demasiado fuerte para soportar una faena larga; y demuestra su impaciencia con exclamaciones y ruidos, tratando por todos los medios posibles de irritarle, haciéndole perder la presencia de ánimo y quizá la vida. En circunstancias parecidas, a Manuel Romero, que había asesinado a un hombre, le gritaban: _¡A la plaza de la Cebada!_, pues el populacho aborrece a todo el que da la más pequeña muestra de miedo y no afronta la muerte con serenidad.
Hay muchos modos de matar un toro: el mejor de todos es cuando se le mata recibiendo, y la espada, que se mantiene quieta y sin avanzarla, entra justamente en la cruz; para ello son esenciales una mano firme, vista y nervio, pues para nada es la verdadera afición tan exigente como para la exactitud y primor de la colocación de esta herida mortal. No siempre cae el toro a la primera estocada, pues si no está bien puesta, da en hueso y es lanzada al aire al sacudir el bicho el testuz. Cuando el golpe es certero, la muerte es instantánea, y el toro, vomitando sangre, cae a los pies de su vencedor. Es el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta; todo lo que era fuego, furia, pasión y vida, cae en un instante, inmóvil para siempre. Entonces aparece el alegre tiro de mulas, vistosamente enjaezado con banderitas y resonante de cascabeles, y el toro muerto es arrastrado a un rápido galope, que siempre hace las delicias del populacho. El matador limpia entonces la sangre caliente del estoque y con admirable sangre fría saluda al público, que le arroja los sombreros (generalmente bastante viejos) a la plaza, cumplido a que contesta devolviéndolos. Cuando España era rica, caía a la plaza una lluvia de oro o a lo menos de plata, pero _ces beaux jours là sont passés_, gracias a sus amables vecinos. Sin embargo, el indigente español da todo lo que puede y deja al torero añorar el resto. Como los sombreros en España representan la grandeza, estos castoreños, carne y hueso de ellos, se arrojan como símbolos de sus generosas almas y corazones; y nadie que no sea un mercachifle se fija en menudos detalles de valor o de condición.
Cuando un toro no acude al trapo fatal, o implora perdón, se le condena a una muerte infamante, pues ningún verdadero español ruega por su vida ni perdona la de su enemigo, cuando está en su poder; entonces se pide a gritos la _media luna_, y la petición implica un insulto; su uso es equivalente al de fusilar a los traidores por la espalda. Esta _media luna_ es exactamente el antiguo y cruel instrumento oriental para desjarretar al ganado; además, es el mismo y viejo bidente ibérico, o sea, una afilada media luna de acero colocada en un largo palo. El cobarde golpe se asesta por detrás, y cuando el pobre animal queda lisiado por rotura de los tendones, de las piernas y se arrastra agonizante, un asistente le clava la aguda puntilla en la médula espinal, que es la manera corriente que tiene el carnicero de matar el ganado en España. Todas estas viles operaciones están consideradas como inferiores a la dignidad de un _matador_, algunos, sin embargo, matan al toro clavándole la punta de la espada en la vértebra, y como la difícil operación es cosa peligrosa, no resulta degradante.
Tal es la lidia de un toro, que se repite ocho veces con otros tantos, aumentando la excitación del público con cada concesión; después de un corto lapso, el nuevo toro despierta nuevos deseos y el fiero deporte se renueva y sólo la noche puede terminarlo. Es más, a menudo cuando la realeza está presente, se pide a gritos un noveno toro, que siempre es graciosamente concedido por el signo de concesión del monarca, que es un tirón de su real oreja; en realidad, el populacho es aquí el autócrata, y su majestad la multitud no sufriría una negativa. La corrida termina cuando el día muere, como un delfín, y la cortina del cielo colgada sobre el sangriento espectáculo está color de carne y teñida de carmesí; este glorioso final se ve en toda su perfección en Sevilla, cuya plaza, por no estar terminada, queda abierta del lado de la catedral, lo cual proporciona un fondo moro al pintoresco primer término. En ciertas ocasiones se decora este lado con banderas. Cuando el flameante sol se pone sobre la roja torre de la Giralda, enciende sus bellas proporciones como si fuera una columna de fuego, la fresca brisa vespertina se levanta y las lánguidas banderas ondean triunfalmente sobre el fenecido espectáculo; entonces, cuando todo ha terminado, como con todas las cosas humanas ocurre, la congregación parte, con algún menor decoro que al salir de la iglesia; y todos se apresuran a sacrificar el resto de la noche a Baco y a Venus, rindiendo un pasajero homenaje al cuchillo, si los críticos difieren demasiado calurosamente respecto al mérito de alguna suerte de la corrida.
Para concluír: las opiniones de los hombres, como la Cámara de los Comunes en 1802, están divididas acerca de los méritos de las corridas de toros: los Wilberforces[38] aseguran (especialmente los extranjeros, que, no obstante, rara vez dejan de autorizar la plaza con su presencia) que se embotan los mejores sentimientos; que la pereza, el desorden, la crueldad y la ferocidad se fomentan a expensas de una gran cantidad de vida humana y animal con esos pasatiempos; los Windhams sostienen que la lealtad, el valor, la presencia de ánimo, la resistencia al dolor y el desprecio a la muerte se inculcan en esta fiesta, y mientras que en el teatro es todo ficticio y en la ópera todo afeminamiento, el espectáculo nacional es varonil y todo verdad, y repitiendo las palabras de un panegirista indígena, «eleva el alma a aquellos grandiosos actos de valor y heroísmo que durante muchos siglos han hecho de los españoles la nación mejor y más valiente del mundo».
La eficacia de tales deportes para mantener el espíritu marcial queda negada por la degeneración de los romanos, precisamente en los momentos en que los espectáculos sangrientos estaban más en boga. Y tampoco puede decirse que sean la valentía y la humanidad las características colectivas de los aficionados españoles, sin que por esto queramos nosotros decir que las riñas y homicidios, y las palizas y muertes de mujeres puedan achacarse a las corridas, cuya influencia moral ha sido exagerada y mal interpretada. No puede negarse que sea una cosa cruel y perfectamente de acuerdo con la inherente e inveterada ferocidad del carácter ibero, pero ello es más bien efecto que causa, aunque indudablemente con cierta acción recíproca; y es muy discutible si la corrida de toros _original_ no tenía más tendencia a humanizarse que los juegos olímpicos. Ciertamente la _Fiesta real_ de las edades feudales, combinaba las ideas de religión y lealtad, y los combates caballerescos, llevaban en sí un fino sentimiento de honor personal y de respetuosa galantería para la mujer, que eran desconocidos de los refinados griegos y los guerreros romanos; y muchos de los rasgos más hermosos del carácter español han degenerado desde la cesación de la lucha original, que era mucho más sangrienta y fatal que lo es hoy.
Cuando se critican las corridas de toros, los españoles siempre sacan a relucir nuestro boxeo como justificación de aquéllas, como si el _tu quoque_ fuera una razón; pero bueno será decir en descargo nuestro que las luchas de boxeadores están desaprobadas por las gentes buenas y respetables, y anatematizadas legalmente como perturbadoras del orden público; aun cuando degradadas por la bestial borrachera, la brutal vulgaridad, el ruinoso juego y las apuestas, de que la plaza española está libre, pues a nadie se le ha ocurrido aún apostar si un toro matará o no tantos caballos; nuestras luchas, sin embargo, están basadas en un espíritu de juego limpio, que no suele ser el principio fundamental de la política púnica, la guerra o los toros en España. En este país, la plaza está protegida por la Iglesia y el Estado, sobre quienes en justicia debe recaer la responsabilidad de las malas consecuencias que pueda traer consigo. La representación es dirigida con gran ceremonial, combinando muchos elementos poéticos, bellos y sublimes, tanto que un autor español dice con gran orgullo: «Cuando la innúmera asamblea está honrada por la presencia de nuestros augustos monarcas, queda el mundo _pasmado de admiración_ ante el majestuoso espectáculo que ofrece el pueblo más feliz de la tierra, gozando con arrobamiento de un espectáculo peculiar suyo, y rindiendo a sus idolatrados soberanos el debido homenaje de la más verdadera y más acrisolada lealtad»; y es imposible negar el magnífico _coup d’œil_ que presenta la plaza, y en tan difíciles circunstancias hay que apartar la mirada para no ver ciertos penosos detalles que se pierden en la poética ferocidad del conjunto, porque el interés de la tragedia de la muerte real es innegable, irresistible y completamente absorbente.
Los españoles parece que no se dan cuenta de la crueldad de los detalles que resultan más molestos para el extranjero. Están acostumbrados a ellos, ni más ni menos que nosotros a las sangrientas carnicerías que desfiguran nuestras alegres calles, y que producirían indecible desagrado si se las viese por primera vez. En la plaza reina el mismo espíritu que en las cacerías, ese residuo del salvaje, y la humanidad nunca ha sido muy amable ni tierna de corazón para los sufrimientos de los animales, cuando está bajo la influencia de los instintos destructores. En Inglaterra no se siente ninguna compasión por la caza: ave, pescado o carne; ni por los bichos: armiño, milano o cazador furtivo. El objeto del deporte es la muerte; la diversión está en que dé _juego_, en que sea una _buena_ batida, como se llama a la prolongación de los sufrimientos del animal en el tierno vocabulario de los Nemrodes; los sufrimientos de la agonía no se miden por el tamaño de la víctima, y además al toro se le liberta pronto de sus padecimientos, sin exponerle nunca a los miles de muertes lentas de la pobre liebre herida; no debemos, pues, ver el toro en el ojo ajeno y no ver la zorra en el propio, ni
Compound for vices we’re inclined to By damning those we have no mind to[39].
No parece claro que tomados en conjunto los sufrimientos del animal predominen sobre su felicidad. El toro vaga por amplios pastos, pasando una juventud y una madurez libres de trabajos, y al morir en la plaza sólo anticipa en pocos meses la suerte del prisionero, ultracansado y mutilado buey.
En España, donde no abundan los capitales y la persona y la propiedad no tienen seguridades (males que no están completamente corregidos por las últimas reformas democráticas), nadie quiere aventurarse a la especulación de la cría de ganado en gran escala, pues la retribución es muy remota, sin la segura demanda y la venta que las corridas proporcionan; y como sólo una pequeña parte de los animales que se crían reúnen las condiciones necesarias, el resto y las hembras se destinan al arado o al matadero y pueden venderse más baratos por el beneficio que proporcionan los toros. Algunos hacendistas españoles _demostraron_ que en la plaza se estropeaban muchos animales buenos; pero su teoría cayó por la base al verse que, cuando las corridas de toros se suprimieron, disminuyó notablemente el abasto de ganado. Una cosa semejante ocurre con la cría del caballo, aun cuando en menor escala; sin embargo, los que se venden para la plaza no habría quien los comprase para ningún otro uso. Con respecto a la pérdida de vidas humanas, en ninguna parte vale menos un hombre que en España, y más regidores ingleses resultan muertos indirectamente por las tortugas, que picadores andaluces directamente por los toros; y en cuanto al _tiempo_, estos espectáculos son casi siempre en día de fiesta, en que aun los industriosos britanos se embriagan de vez en cuando en tabernas, y los perezosos españoles se dedican invariablemente a fumar al sol en _dolce far niente_. La concurrencia, además, de espectadores ociosos, previene la ociosidad de las numerosas clases empleadas directa o indirectamente en preparar y realizar este costoso espectáculo.
Es una filosofía pobre y falta de lógica el juzgar las costumbres extranjeras por los propios hábitos, prejuicios y opiniones convencionales; un extranjero frío, sin preparación y calculador llega libre de los lazos de asociaciones anteriores y critica y se fija en minucias que pasan inadvertidas para los naturales del país en su entusiasmo por el conjunto. Se horroriza con detalles a que los españoles han llegado a acostumbrarse tanto como las enfermeras de hospital, cuyas más finas y simpáticas emociones de piedad han quedado embotadas con la repetición.
Es cosa dificilísima el cambiar antiguos usos y costumbres a los que estamos habituados desde nuestros primeros años y que han llegado a nosotros unidos a recuerdos queridos. Tardamos en convencernos de que pueda haber algo malo o que pueda causar daño en tales prácticas; nos molesta mirar cara a cara los hechos evidentes y nos aterra una deducción que requeriría el abandono de una diversión que hemos mirado como inocente, y que nosotros, así como antes nuestros padres, no hemos tenido escrúpulo en permitirnos. Los niños, _l’age sans pitié_, no paran mientes en la crueldad, ya sea de echar perros a los toros o de coger nidos, y los españoles son llevados a las corridas desde su infancia, cuando son demasiado ingenuos para especular sobre cuestiones abstractas, sino que asocian con la plaza todas sus ideas de galardón por su buena conducta, de gala y de día de fiesta. En un país donde las diversiones son pocas, sienten el contagio del placer, y, guiándose por el instinto de imitación, aprueban lo que ven aprobado por sus padres. Después de la fiesta vuelven a sus casas lo mismo que salieran de ellas, juguetones, tímidos o serios, sin que sus sentimientos sociales y cariñosos hayan sufrido lo más mínimo: ¿dónde son los lazos filiales o paternos más afectuosamente alimentados que en España? ¿Y dónde están las nobles cortesías de la vida, el amable, considerado y digno comportamiento tan manifiestos como en la sociedad española?
Las sucesivas sensaciones que experimentan la mayoría de los extranjeros son admiración, compasión y cansancio físico. Lo primero se comprende fácilmente, como también que los novicios no pueden contemplar los sufrimientos de los caballos sin sentir compasión: «En realidad, era más una lástima que un entretenimiento», escribía el heraldo de Lord Nottingham. Pero estos sentimientos los provocan los animales que se ven obligados a sufrir heridas y muerte; los hombres rara vez interesan tanto, pues como se exponen voluntariamente al peligro, no tienen derecho a quejarse. Estos héroes de clase modesta son aplaudidos, están bien pagados y el riesgo que corren es más aparente que real; nuestros sentimientos británicos de juego limpio nos hace más bien estar del lado del toro que lucha desigualmente, pues respetamos la valentía de su inferioridad. Ese debe de ser siempre el efecto que se nota en los que no están educados y habituados a tales escenas.
Así Tito Livio cuenta que, cuando el espectáculo de los gladiadores fué introducido en Asia por los romanos, produjo más bien susto que agrado, pero que pasándoles de los simulacros a las luchas reales, llegaron a gustar tanto de ellas como los mismos romanos. La sensación predominante en nosotros fué de _aburrimiento_ al ser la misma cosa repetida y repetida, y ya excesivamente. Pero eso ocurre con todo en España, donde las procesiones y las profesiones son interminables. Plinio, el joven, que no era un aficionado, se quejaba de la monotonía de lo que bastaba con verlo una vez; justamente como el doctor Johnson, después de presenciar una carrera de caballos, observaba que no había una prueba más evidente de la escasez de los placeres humanos que la popularidad de tal espectáculo. Pero la vida de los españoles es uniforme, y sus sensaciones, como no están embotadas por la saciedad, son intensas. Para ellos las corridas de toros son siempre nuevas y excitantes, pues cuanto más se cultiva la afición, mayor es la capacidad adquirida para gozar de sus encantos; ven mil detalles de belleza en el carácter y en la conducta de los combatientes, que escapa a la mirada superficial e indocta de los no iniciados.
Las mujeres españolas, contra las que se desatan en invectivas los emborronadores de cuartillas, se sustraen al aburrimiento por el constante y siempre despierto afán de ser admiradas. No van a esas fiestas por predilección abstracta ni pasifaica; las llevan a los toros antes de que aprendan a leer, ni sepan lo que es amor. No sabemos que esto las haya hecho especialmente crueles, salvo algunas viejas y malvadas hembras de la clase baja. Las más jóvenes y sentimentales gritan y se afectan extraordinariamente en todos los verdaderos momentos de peligro, a pesar de su larga familiaridad. Su principal objeto al ir a la plaza no es, después de todo, ver los toros, sino dejarse ver ellas y sus trajes. Las de clases más finas se tapan la cara con el abanico para no ver los incidentes más penosos, y no demuestran falta de sensibilidad. Las de la clase baja, por lo general, permanecen tan serenas como las de otros países en las ejecuciones u otras escenas semejantes, donde acuden en tropel con los chicos en brazos. Las mujeres inglesas son un caso aparte. Han oído condenar las corridas de toros desde su infancia, y van a ellas, ya mayores, llevadas principalmente por curiosidad a un espectáculo del que tienen la confusa idea de que el placer se mezcla en él al dolor. La primera impresión es agradable; sus mejillas encendidas traicionan una satisfacción que casi se avergüenzan de confesar; pero en cuanto la sangrienta tragedia comienza, se echan a temblar, molestas y desencantadas. Pocas pueden presenciar más de un toro y menos aún son las que vuelven a acudir a la plaza:
The heart that is soonest awake to the flower Is always the first to be touched by the thorn.[40]
Es muy probable que una mujer española puesta en las mismas circunstancias, obrase de manera semejante y que si presenciase por primera vez una lucha de boxeo, recibiera también una impresión desagradable. Pero sea de ello lo que quiera, está lejos de nosotros y de nuestros amigos esa fingida filosofía, que sacaría la consecuencia de que en sus bellos ojos, que disparan los dardos de Cupido, brillaría una sonrisa menos por haber visto esas más piadosas _banderillas_.
Capítulo XXIII