Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Part 15

Chapter 154,050 wordsPublic domain

Las localidades ocupadas por la chusma se llenan más rápidamente que nuestras galerías de a peseta y los «dioses» que las ocupan son igualmente ruidosos e impacientes. La ansiedad de los inmortales quiere matar el tiempo y el espacio y hace felices a los aficionados. Ahora su majestad el público reina triunfante, y ésta es la única reunión pública--fuera de las de las iglesias--que se permite; pero aún aquí, como en el continente, brillan las odiosas bayonetas, y el piquete de soldados recuerda que las diversiones inocentes no son libres, y que los cobardes déspotas siempre temen traiciones y estratagemas, incluso en el momento en que no hay en todo el mundo sino la idea de divertirse. Todas las clases sociales se confunden en una masa humana homogénea; su buenhumor es contagioso; todos dejan en casa penas y preocupaciones, y entran con un corazón alegre y un propósito de divertirse que desafía las inquietudes; las pullas y los chistes, no de los más finos, se cruzan de un lado para otro con elocuencia más enérgica que falta de adornos; se habla de las cosas y de las personas como para asustar a los perifrásticos gongoristas; hay una perfecta libertad de lenguaje, y todo se hace de un modo parlamentario, sin que nadie se sienta ofendido. Sólo están tristes los que no han entrado; los repudiados quedan fuera rechinando los dientes como las tristes sombras del otro lado de la Estigia, escuchando ansiosamente los alegres gritos de los tres veces bienaventurados que se encuentran dentro.

En Sevilla se reserva un escogido palco de sombra, a la derecha del de la presidencia, como sitio de honor para los canónigos de la Catedral, que asisten con traje talar; y se procura que los días de corrida sean aquellos en que no tienen ningún oficio importante que les impida asistir. El clero español ha sido siempre enemigo declarado del teatro, al que no asiste nunca; pero ni la crueldad ni el desenfreno de la plaza han despertado jamás el celo de los más elegidos o de los más fanáticos; por lo menos nuestros puritanos arremetieron contra las luchas de osos con perros, lo que indujo al caballero Hudibras a defenderlas; y nuestros metodistas denunciaron el acoso de toros con perros, que fué patronizado por el honorable W. Windham, en el memorable debate de 24 de mayo de 1802 sobre Mr. _Dog_ Dent. El clero español concede todo el debido respeto a los _bulls_[34] tanto papales como cuadrúpedos, y no les gusta que se les hable de ese asunto, sobre el que generalmente contestan: _Es costumbre; siempre se ha practicado así; son cosas de España_; que son, en resumen, las respuestas que dan los españoles cuando una cosa es incomprensible para los extranjeros, y que ellos no pueden o no quieren explicar. En vano escribió San Isidoro un capítulo contra el anfiteatro; a su _capítulo_ no le importa; en vano, Alfonso el Sabio prohibió que asistiera el clero a él. El sacrificio del toro ha figurado siempre en la religión romana antigua y en la española, antigua y moderna, en la cual se incluye entre las obras de caridad, puesto que contribuye a sostener a los enfermos y heridos; por esta razón todos los morenos paisanos de San Ignacio de Loyola se adhieren a la doctrina jesuítica de que el fin justifica los medios.

CAPÍTULO XXII

Cuando la fijada y tan deseada hora llega, la Reina o el _corregidor_ ocupan el puesto de honor en un espléndido palco central, después de haber expulsado previamente a la chusma del redondel, operación que se llama el _despejo_ y que resulta muy divertida, por la resistencia que el populacho ofrece a ser sacado de allí. Luego, a una señal convenida, comienza el espectáculo con un desfile de lidiadores, precedidos por _alguaciles_, o sea policías vestidos a la antigua usanza española y que son los encargados de detener a cualquiera que trate de infringir las severas leyes porque se rige el espectáculo. Detrás van los _picadores_, a caballo, con las picas. Sus originales sombreros de ala ancha van adornados con cintas de colores, y la chaquetilla, de seda con bordados, contrasta por su ligereza con la pesada protección de las piernas, forradas de hierro y cuero, que les da el desgarbado aspecto de un postillón francés; pero esa precaución es necesaria para defenderlas de los cuernos del toro. Siguen luego los _chulos_, ataviados como Fígaro en la ópera, y llevan además capas de seda de alegres colores. Los _matadores_ van detrás de ellos, y, cerrando el cortejo, un tiro de mulas, ricamente enjaezadas, destinado a arrastrar a los toros muertos fuera del redondel. En cuanto a los toreros, al que muere en la plaza, si no puede confesarse, se le niega el entierro en sagrado. Como suelen proceder del populacho, son muy supersticiosos, y van cargados de reliquias, talismanes y otros amuletos papales. Un cura, sin embargo, está de guardia con los sacramentos, para el caso de que haya que dar _Su Majestad_ a un torero herido mortalmente.

Después de saludar a las autoridades, se retiran todos y suena el clarín fatal; entonces el presidente echa la llave de la puerta por donde ha de entrar el toro, a uno de los _alguaciles_, que debe recogerla en el sombrero. Cuando la puerta se abre, el digno funcionario galopa todo lo que puede, entre los silbidos y gritos de la multitud, no porque monte como un ministril, sino por la instintiva enemistad con que la chusma distingue al servidor de la ley, igual que los pajarillos gustan de chillarle a un halcón; y más de mil amables corazones le desean que el toro le alcance y le cornee. Mientrastanto, el brillante ejército de lidiadores se derrama como una granada que revienta, y ocupa sus respectivos sitios, con la misma regularidad con que los hacen nuestros jugadores de _cricket_.

Y en este punto comienza el verdadero espectáculo, que consta de tres actos. Cuando se levanta el telón es un momento muy emocionante; todos los ojos están pendientes de la primera aparición del toro en este escenario, porque nadie puede decir cómo ha de comportarse. Al darle salida de su negra celda parece al principio pasmado de la novedad de su situación; arrancado de sus pastos, prisionero y expuesto al público, atolondrado por el ruido, mira un instante alrededor, a la muchedumbre, al resplandor y a los pañuelos que se agitan, ignorante del destino que inevitablemente le aguarda. En el morrillo lleva clavada una cinta, _la divisa_, que es la marca del ganadero, y el picador trata de arrancársela para ofrecérsela como trofeo a su novia. El toro está condenado a muerte sin remisión, ya se porte bien, ya se resista desesperadamente; toda la tragedia tiende y se precipita a este desenlace, que aunque obscuramente bosquejado de antemano, como en una tragedia griega, no disminuye el interés, puesto que todos los cambios y suertes intermedios son inciertos; de ahí la excitación sostenida porque la acción puede pasar, en un instante, de lo sublime a lo ridículo, de la tragedia a la farsa.

Apenas el toro recobra sus sentidos, cuando su furia espléndida, semejante a la de Aquiles, enciende todos sus miembros, y con cerrados ojos y abatidos cuernos se precipita contra el primero de los tres picadores, que están colocados a la izquierda, junto a las _tablas_, o sea, la barrera de madera que rodea el anillo. El jinete se mantiene sobre su tembloroso Rocinante, con la pica bajo el brazo derecho, tan firme y valiente como Don Quijote. Si el animal no es muy bravo, la afilada punta detiene su acometida, porque recuerda bien esta _garrocha_ con que le han educado e impuesto disciplina los vaqueros, y un picador hábil aprovecha este momento para volver el caballo a la izquierda y librarse del bruto. Los toros, aun cuando irracionales, saben al momento si sus enemigos son valientes y diestros, y les disgustan particularmente las picas. Si huyen y no dan cara al picador, se les grita como a viles malhechores que quieren defraudar al público, y se les insulta llamándoles «cabras» o «vacas», cosa al parecer muy ofensiva para ellos; estos criminales son, además, fuertemente apaleados cuando pasan cerca de la barrera por bosques de palos que el populacho lleva ya a prevención; el que usan los _majos_ para ir a los toros es especialmente típico y se llama _la chivata_; tiene de cuatro a cinco pies de largo y termina en un bulto o porra; la empuñadura es ahorquillaba, y en ella se mete el pulgar; va pelado o pintado, en anillos alternados, negros y blancos o rojos y amarillos. La gente baja se conforma con un vulgar garrote, pero prefiriendo siempre los que tienen un nudo al final, para que el golpe que con él se dé sea más eficaz. Este instrumento se llama _porro_, por ser pesado y grueso.

Y en verdad que esta paliza no parece inmerecida, pues las cualidades que ennoblecen la tauromaquia son el valor, la destreza y la energía, y, cuando faltan, la carnicería con todos sus incidentes repugnantes resulta repulsiva para el extranjero; pero para él sólo, pues las emociones más suaves de piedad y compasión, que rara vez mitigan ningún asunto de la dura Iberia, están aquí completamente desterradas del corazón de los naturales; entonces sólo tienen ojos para las manifestaciones de destreza y de valor, y apenas si advierten esos crueles incidentes que embargan y horrorizan al extranjero, el cual, por su parte, también está ciego para aquellas excelencias que redimen el espectáculo y en las que sólo está puesta la atención de los espectadores. Ahora se ha vuelto la tortilla para el extranjero, cuya imaginación estética puede ver la poesía y belleza de los pintorescos harapos y las derruídas aldeas españolas, y está ciego para la pobreza, miseria y falta de civilización, que es lo único a que atiende el español de las clases cultas, en cuya alma exaltada resplandecen los futuros bienestares que le proporcionará el algodón.

Cuando el toro sale de la acometida del primer picador, pasa por los otros dos, que le reciben con la misma cordialidad. Si el animal es dominado por la destreza y valor de los picadores, se celebra la victoria del hombre con atronadores aplausos, y si, por el contrario, vence al jinete y al caballo, entonces--pues la distribución de elogios y censuras se hace con la más perfecta justicia--las aclamaciones son para el fiero señor de la arena y se grita con entusiasmo: _¡Bravo toro! ¡viva el toro!_, deseándole una larga vida los miles de espectadores, que saben que ha de morir antes de veinte minutos.

Un animal valiente no se acobarda por una herida de una pulgada, sino que, acorneando al caballo en el flanco, se anima y cobra coraje con el «bautismo de sangre», progresando en su carrera de honor, de sangre y de gloria. Los picadores están muy mal montados por lo general, pues los caballos los proporciona al más bajo precio posible un contratista, el cual corre el riesgo, sean muchos o pocos los que se matan. Son, en realidad, la única cosa que se economiza en este lujoso espectáculo, y son unos pencos propios solamente para la perrera de un señor inglés o para el carruaje de un _pair_ extranjero. Esta circunstancia aumenta el riesgo en que se halla el jinete, pues en los combates antiguos se utilizaban caballos sumamente ligeros y vivos que, rápidos como el relámpago, al menor contacto escapaban a la mortal acometida. Los pobres caballejos, que no verían tranquilos acercarse la muerte, llevan los ojos vendados como los criminales al dirigirse al lugar de la ejecución y no pueden ver la fatal acometida del cuerno que ha de acabar con su vida de miseria.

Los picadores sufren tremendas caídas: el toro, muchas veces, da en el suelo con caballo y jinete juntos, y cuando sus víctimas caen con estrépito al suelo, sacia su furia en sus postrados enemigos. El picador, siempre que puede, procura caer del lado contrario al en que esté el toro, y de este modo el caballo le sirve de barrera y de muralla entre él y el toro. Cuando ocurren estas mortales luchas en que la vida pende de un hilo, en todas las cabezas que pueblan el anfiteatro pueden verse reflejados la ansiedad, la impaciencia, el miedo, el horror y la satisfacción en los agresivos rostros: si la felicidad consiste en la cualidad, intensidad y concentración de sentimientos más que en la duración de ellos, y así es en efecto, estos momentos de excitación son mucho más preciosos que años enteros de plácido, insípido y uniforme estancamiento. Estos sentimientos alcanzan un grado máximo de excitación cuando el caballo, enloquecido por las heridas y el terror, sumergido en la lucha mortal, con sus rojas cicatrices veteando su cuerpo cubierto de espuma y de blancuzco sudor, huye del furioso toro, que sin cesar le persigue y acornea; en este punto es cuando se pone de relieve el valor, la presencia de ánimo y la maestría del diestro y sereno picador. Es realmente un lastimoso espectáculo el ver a los pobres y lacerados caballos pisoteándose las entrañas, y, sin embargo, sacando valientemente ilesos a sus jinetes. Pero, así como en los sacrificios paganos, los palpitantes intestinos, temblorosos de vida, eran los presagios más propicios (¿con qué no nos familiarizará un hábito precoz?), del mismo modo a los españoles no les afecta más la realidad que a los italianos el abstracto _tanti palpiti_, de Rossini.

Cuando el miserable caballo está muerto, es sacado a rastras, marcando su paso con un reguero de sangre en la arena, como los lechos de los ríos en las llanuras áridas de Berbería se señalan por una roja franja de floridas adelfas. En estos terribles momentos, todas las simpatías están de parte del picador: los hombres se ponen en pie, las mujeres gritan; pero pronto se tranquiliza todo; y el picador, si está herido, se le saca fuera y se le olvida, porque _a muertos y a idos, no hay amigos_; nadie le echa de menos; otro le reemplaza, la batalla sigue con encarnizamiento, las heridas y la muerte están a la orden del día, y como surgen nuevos incidentes, no hay lugar para la lástima ni para la reflexión. Recordamos haber visto en Granada a un matador terriblemente acorneado por un toro; le sacaron de la plaza como muerto e inmediatamente ocupó su puesto su hijo, con la misma sangre fría con que un vizconde hereda los estados y el título del conde, su padre. Carnerero, el músico, murió tocando el violín en un baile, en Madrid, el año 1838, y ni los demás músicos ni los bailarines se detuvieron un momento. El valor de los picadores es grande. Francisco Sevilla, en una ocasión, había sido derribado por el toro y se hallaba caído debajo de su caballo agonizante, y cuando el toro le embistió, agarró al bicho por las orejas, y volviéndose al público, se echó a reír; pero, en realidad, los largos cuernos del toro no le permiten fácilmente acornear a un hombre que está en el suelo; generalmente le olfatea y no permanece largo tiempo ocupado con su víctima, porque su atención es desviada por los brillantes capotes de los _chulos_, que acuden instantáneamente al quite. Con todo, puede asegurarse que pocos picadores, aunque sean de bronce, tiene una costilla sana en su cuerpo. Cuando uno es retirado aparentemente muerto, pero vuelve inmediatamente montado en un nuevo caballo, la atronadora ovación del público domina el mugido de mil toros. Pero si se diera el caso de que el herido no volviese, _n’importe_, pues por muy cortejado que esté fuera de la _plaza_, ahora se le considera como al gladiador entre los romanos, poco menos que a una bestia, o algo así como a un esclavo bajo la perfecta igualdad y derechos del hombre de la república modelo.

Al pobre caballo se le aprecia aún menos y es de todos los actores el que más vivo interés despierta a los ingleses, verdaderos aficionados y criadores del noble animal, y por mucho que esté habituado a las corridas de toros, nunca podrán reconciliarse con sus sufrimientos y malos tratos. Los corazones de los picadores están tan desprovistos de sentimiento como sus piernas forradas de hierro; sólo piensan en sí mismos y tienen un tacto exquisito para conocer cuándo es o no mortal una herida. Por consiguiente, si la cornada ha herido algún órgano vital, apenas el enemigo se dirige contra una nueva víctima, el picador experimentado desmonta tranquilamente, recoge la silla y las bridas, y, andando torpemente, se retira pidiendo como Ricardo otro caballo[35]. Cuando se despoja de estos avíos al pobre animal, tiene un aspecto de lo más derrotado, tambaleándose de aquí para allá como un borracho hasta que el toro le acomete de nuevo y le tumba; entonces queda moribundo e ignorado en la arena, o si se le presta atención, es sólo para servir de mofa al populacho; y al estremecerse su cola en las agonías de la muerte, se oye decir en tono de guasa: _¡Mira, mira qué cola!_ Estas palabras y esta escena las tenemos aún grabadas profundamente por ser las primeras que impresionaron nuestros inexperimentados ojos y oídos en la primera embestida del primer toro de nuestra primera corrida. Cuando estábamos contemplando la escena, totalmente abstraídos del mundo, sentimos que nos tiraban de los faldones de la levita, como un sollo voraz cuando pica en el anzuelo, y era que había pescado, o más bien me había pescado una venerable bruja cuya rápida percepción había adivinado en mí a un novato, a quien su benevolencia impulsaba a aleccionar, pues aun en las cenizas viven los fuegos habituales; un brillante y fiero ojo fulguraba lleno de vida en una cara arrugada y muerta, a la que las malas pasiones habían surcado como a las laderas agostadas por la lava de un volcán apagado, y desecada, como gato emparedado muerto de hambre, en huesos cubiertos de pellejo de la que, con perdón sea dicho, el sexo había desaparecido. Si la herida recibida por el caballo no es instantáneamente mortal, el sangriento boquete es taponado con estopa y la fuente de la vida atascada por unos minutos. Si la ijada sólo está parcialmente rota, se empujan para dentro los salientes intestinos--no hay operación de hernia que se realice la mitad de bien por los cirujanos españoles--y se cose la raja con una aguja y bramante. Así se prolonga la existencia para que sufra nuevas torturas y se ahorran unos cuantos duros para el contratista; pero ni la muerte ni las laceraciones excitan la menor piedad, al contrario, cuanto más sangriento y fatal es el espectáculo se le considera más brillante. Y es inútil protestar, o preguntar por qué los heridos pacientes no son piadosamente matados en seguida; el utilitario español no gusta de ver interrumpido el orden del espectáculo y estropeado por lo que considera como remilgos extranjeros y como simplezas. _¡Qué, eso no vale ná!_; eso en el caso de que condescienda a responder a vuestros _disparates_ con algo que no sea un encogimiento de cortés menosprecio. Pero los gustos nacionales son diferentes. «Señor--decía un regidor al doctor Johnson--, por pretender escuchar vuestros largos discursos y daros una breve respuesta me he tragado dos pedazos de tocino crudo sin tomarles el gusto. Os ruego, pues, que me dejéis gozar de mi actual felicidad en paz y en gracia de Dios.»

El toro es el héroe del espectáculo, pero como Satán en el Paraíso perdido, está predestinado: nada puede salvarle del destino que le aguarda, sea bravo o sea cobarde. Los pobres bichos tratan en vano algunas veces de escapar, y tienen refugios favoritos a los que escapan, o bien saltan la barrera, entre los espectadores, originando una gran guasa y alboroto, derribando a aguadores y elegantes, poniendo en fuga a guardias y a viejas y proporcionando un infinito deleite a los que se sientan tranquilamente en los palcos, porque, como dice Bacon: «es un placer estar en la ventana de un castillo y ver una batalla y sus riesgos allá abajo». Los toros que demuestran esta cobarde actividad son insultados: suenan gritos de _fuego_ y _perros_, y son condenados a que les lancen los perros. Como los perros españoles no son ni con mucho tan denodados como los agresores ingleses de toros, tardan más en su cometido y muchos de ellos son destrozados.

«Up to the stars the growling mastiffs fly And add new monsters to the frighted sky[36].»

Cuando, por fin, el pobre bruto es vencido se le hiere en el espinazo, como si sólo fuera bueno para el matadero, por ser un buey paisano y no un toro militar. Todos estos procedimientos son considerados como mortales insultos; y cuando más de un toro muestra esta condición cobarde, frustrando más altas expectativas, se levanta entonces al grito de: _¡Cabestros a la plaza!_, lo cual es una mortal afrenta para la _empresa_, pues supone que ha presentado animales más propios del arado que del circo. La indignación del populacho es terrible, pues si queda defraudado en su deseo de ver correr la sangre de los toros, querrá lamer la de los hombres.

Algunas veces el toro es molestado con figurones rellenos de paja con los pies emplomados, que se levantan cada vez que los derriba. Un autor antiguo dice que en tiempo de Felipe IV «algunas veces se montaba a un villano sobre un penco exponiéndole así a la muerte». Otras veces, para divertir al populacho, se saca al ruedo un mono atado a una pértiga. Este arte de atormentar ingeniosamente es considerado por ciertos enérgicos filosimios extranjeros como un homicidio injustificable; y lo cierto es que todos estos episodios son despreciados como irregulares _hors d’œuvres_ por la verdadera afición.

Al cabo termina el primer acto, cuya duración varía mucho. Algunas veces es de lo más brillante, pues ha salido toro que ha matado una docena de caballos y ha limpiado la _plaza_. Entonces se le adora, y conforme anda de un lado para otro, dando resoplidos, dueño y señor por donde quiera que pisa, es el único objeto de adoración de diez mil aficionados. A la señal del presidente y sonido de una trompeta, comienza el segundo acto con las habilidades del _chulo_, palabra que en árabe significa un chaval, un tíovivo, como en nuestras ferias. El deber de esta división ligera, de estos guerrilleros, es apartar al toro del _picador_ cuando estos están en peligro, cosa que hacen con sus capotes de colores; su destreza y agilidad son sorprendentes, pues se deslizan sobre la arena como relucientes colibríes, sin tocar apenas la tierra. Van vestidos con calzón corto y sin polainas, como Fígaro en la ópera del _Barbero de Sevilla_. Llevan el cabello recogido por detrás en un moño y metido en la antiguamente universal _redecilla_--el mismo _reticulum_--de que tantos ejemplos se ven en los viejos vasos etruscos. Ningún torero llega al final de su carrera sin haber antes sobresalido en su aprendizaje; entonces aprenden cómo atraerse al toro, la manera cómo éste embiste y cómo se dan los quites. El momento más peligroso es cuando los _chulos_ se aventuran hasta el medio de la _plaza_ y el toro les persigue hasta la barrera. Tiene ésta un pequeño estribo sobre el cual apoyan el pie para saltar al otro lado, y ya dentro de la barrera hay una estrecha abertura por la que se escurren. Es maravilloso cómo escapan y se libran por un pelo; a veces van seguidos tan de cerca por el toro, que parece verdaderamente como si los cuernos de éste le ayudasen a saltar la barrera. En la segunda parte, los _chulos_ son los únicos actores; su papel consiste en colocar a cada lado del cuello del animal unos dardos puntiagudos que se llaman _banderillas_, y están adornados con papel cortado de diferentes colores; alegre ornato que oculta su crueldad. Los _banderilleros_ van derechos al toro cogiendo las flechas por el mango y dirigiendo las puntas al toro; y justamente cuando el animal se agacha para cornear a sus enemigos se las clavan en el cuello y se escapan a un lado. Esta suerte parece más peligrosa de lo que es en realidad, pero requiere mucha vista y pies y manos muy ligeros. Las _banderillas_ deben ponerse justamente en el mismo sitio a cada lado del cuello. Cuando están bien puestas dicen los españoles que son _buenos pares_, y los franceses con su instinto peluquero llaman a esto _coiffer le taureau_.