Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)
Part 14
En 1833, una hermosa dama dió el nombre de su marido y dueño sin previo consentimiento de éste, como caballero en plaza, y al procurarle esta agradable sorpresa, cuentan que, para explicar su conducta, decía: «O matan a mi _marido_, y en ese caso me casaré de nuevo, o saldrá ileso y le concederán una pensión». Pero parece ser que le salieron fallidos estos admirables cálculos; ¡tal es la instabilidad de las cosas humanas! El terror de este infortunado _héroe malgré lui_, al que se había impuesto esta caballeresca misión, al verse expuesto a los cuernos del toro y del dilema por obra y gracia de su cara mitad, era altamente ridículo. Si hubieran sido otros cuernos, pase, ¡pero éstos! Fué herido al primer ataque, sobrevivió, pero no consiguió pensión alguna, pues a poco murió Fernando y son pocas las pensiones que se pagan en la Península desde que ha sido dotada de Constitución, Libertad y Gobierno representativo.
Recordamos ahora otra anécdota en la que también figura una dama, que seguramente será del agrado de nuestras bellas lectoras. La tomamos de una auténtica crónica antigua: «No dejaré de mencionar lo que ocurrió en presencia de Carlos I, de feliz memoria, que, siendo príncipe de Gales, se encaminó a la Corte de España, ya fuese para casarse con la Infanta, o con otro objeto que yo no puedo determinar. El caso es que las comedias, juegos y fiestas (entre las que figuraban las de toros en Madrid) que en su honor se organizaron, fueron lo más decorosas y magníficas posible para el más soberbio y majestuoso entretenimiento de tan espléndido príncipe. En una de ellas, después de haber matado tres toros, y saliendo el cuarto, aparecieron cuatro caballeros ataviados espléndidamente; a poco, una garrida dama, suntuosamente vestida, acompañada de personas de calidad y de tres o cuatro pajes, salió a la plaza y la recorrió a pie. Quedaron atónitos los espectadores, de que una persona del sexo débil se arrogase la inaudita intrepidez de exponerse a las furias del animal más fiero que puede verse, y que ya había vencido y medio matado a dos hombres forzudos, de gran valor y destreza. Incontinenti el toro se dirigió al rincón en que la dama y sus acompañantes se habían detenido: ella (después que los demás huyeron) sacó impasiblemente su daga, y agarrando al toro por un cuerno se la clavó muy diestramente en el morrillo, no necesitando más para realizar a la perfección su designio; después de lo cual, volviéndose hacia el balcón del Rey, le rindió pleitesía y se retiró grave y solemnemente».
En la jura de 1833 se mataron noventa y nueve toros: con uno más, la hecatombe hubiera sido completa. Esta carnicería al por mayor se ha repetido este año con motivo del casamiento de la misma _inocente_ Isabel[32], que no parece sino que los faustos sucesos de su vida son sentencias de muerte para los cuardrúpedos. Los toros en España representan el mismo papel que los banquetes de coronación en Inglaterra. En aquel hambriento y ascético país los toros se matan, pero no se comen, hecho singular que no escapó al sabio Justino en sus observaciones sobre las antibanqueteadoras coronadas testas de la vieja Iberia.
Estas típicas corridas de toros antiguas eran por extremo peligrosas y mortíferas; pero como el valor era considerado cosa de honra, no faltaban nunca caballeros que expusieran la vida en presencia de las crueles damas de sus pensamientos. Matar al monstruo de no ser muerto por él, ha sido, desde antes de Hudibras, el camino más seguro para conseguir el amor de las mujeres, que admiran más precisamente aquellas cualidades de que ellas carecen:
«The ladies’ hearts began to melt, Subdued by blows their lovers felt; So Spanish heroes, with their lances, At once wound bulls and ladies’ fancies.»[33]
La expulsión de los moros y la consiguiente disminución de los hábitos caballerescos, hizo que estos torneos cayeran en desuso. A la gentil Isabel I le disgustó tanto la fiesta de toros que vió en Medina del Campo, que hizo todo lo posible por prohibirlas; pero fueron inútiles sus esfuerzos, porque la fiesta y la monarquía estaban condenadas a morir juntas. La subida al trono de Felipe V inundó la Península de franceses. Las muñecas de París consideraron a los españoles y sus toros bárbaros y brutales, y sus _artistes_, desde entonces hasta hoy, prefieren el _bœufgras_ de los bulevares a rebaños enteros de magras vacas ibéricas. Así el espectáculo que había resistido a la influencia de la reina y a las bulas de los Papas cedió ante el despotismo de la moda. Los empelucados cortesanos abandonaron la liza, que era mirada fríamente por los Borbones, mientras que el pueblo, tenaz y enemigo--entonces como ahora--de los franceses y de las innovaciones, siguió aferrado a los deportes de sus antepasados. Pero ya se había dado un golpe de gracia a la fiesta: el arte antes practicado por los caballeros degeneró en la vulgar carnicería de toreros mercenarios que no luchaban por el honor, sino por bajo lucro; y así, al convertirse en la diversión del vulgo, pronto perdió todo prestigio caballeresco. Del mismo modo las fiestas de nuestros caballeros antepasados han degenerado en los vulgares boxeos de rufianes pugilistas.
Acosar en cualquier forma a los toros es algo irresistible para las bajas clases españolas, que desprecian los daños que puedan sufrir sus cuerpos y, lo que es peor, sus capas. La hostilidad contra el cornúpeto es innata y va creciendo conforme crecen, hasta formar (puesto que los hombres no son sino niños crecidos), una segunda naturaleza. Los golfillos en la calle juegan al _toro_, como los ingleses al paso; y llevan la representación con todas las reglas del arte, como hacen los chicos de las escuelas cuando luchan. Pocos serán los jóvenes españoles que, estando en el campo, vean pasar una manada de vacas sin que se despierte su afición y empiecen a provocar a los animales agitando ante ellos las _capas_, y de aquí viene la suerte que se llama _el capeo_. En los pueblos en que no pueden permitirse el gasto de una corrida de toros, se contentan con _novillos_ de un año y con _embolados_, o toros cuyos cuernos van protegidos por una bola. Estos inocentes pasatiempos son mirados con desprecio por la _afición_, pues como no hay exposición de la vida ni para los hombres ni para los animales, encuentran soso el tal espectáculo, que es una pura ficción. Gritan pidiendo _toros de muerte_, pues sólo la vista de la sangre calma su excitación. Desprecian la imitación de la corrida, del mismo modo que un gastrónomo la sopa de tortuga hecha con ternera, o un veterano un simulacro.
En los distritos menos poblados de Andalucía el poco ganado que se lleva al matadero va atado con largas cuerdas, y así puede ser toreado por los jovenzuelos de los pueblos que no pueden permitirse el lujo de corridas de toros formales. El gobernador de Tarifa solía permitir que en ciertos días se dejara un toro en libertad por las calles, y la diversión de los habitantes de la ciudad consistía en cerrar las puertas de sus casas y colocarse en las rejas para ver los apuros de los incautos o forasteros que se veían perseguidos por él en las estrechas callejas, sin medio de escapar. Aunque se perdían muchas vidas en esa diversión, un gobernador de nuestro tiempo, llamado Dalmau, que era un bienhechor del pueblo, perdió toda la popularidad de que gozaba por intentar abolirla. Cuando un Borbón, Felipe V, visitó por primera vez la plaza de Madrid, el populacho le pidió a gritos: _¡Toros, dadnos toros, señor!_ Se cuidaban muy poco de la ruina de la monarquía; pero cuando el intruso José Bonaparte ocupó el puesto de Rey de España, todas las discusiones del pueblo se limitaban a si prohibiría o no las corridas de toros. Y hoy, como siempre, el grito de la capital es: _Pan y toros_, que es lo que constituye los gajes de la moderna Corte, como en la antigua Roma fué _Panem et Circenses_. El ceño y el enojo nacional con que fué recibido Montpensier cuando su casamiento, se mitigó por un momento cuando los españoles notaron su fingida admiración por el espectáculo tauromáquico. Nada ha progresado más con las recientes grandes mejoras que ha habido en España, que las corridas de toros--se han hundido conventos, se han destruído iglesias, pero todos los días se construyen nuevas plazas de toros. La difusión de los conocimientos útiles y entretenidos como medio de promover la mayor felicidad del mayor número, ha obtenido de esta manera la mejor consideración de los patriotas y hombres de Estado que presiden los destinos de España; el toro es dueño del terreno que pisa. Este último y representativo resto de la nacionalidad española desafía al extranjero y a su civilización; es un _fait acompli_, que pisotea la _charte_, aunque el honrado Rey ciudadano jure que desde el momento actual es ya una _vérité_.
No hay duda en España del día y la hora a que comienzan las corridas, que suelen ser el lunes de Pascua por la tarde, cuando ha pasado el calor del mediodía.
La _plaza_ es una cosa completamente distinta de las plazas de Londres, esos recintos de desmedrados y ennegrecidos arbustos, cercados con empalizadas de hierro para proteger a las niñeras aristocráticas del contacto con la plebe. Es algo más clásico y más divertido al mismo tiempo. La plaza de Madrid es muy espaciosa: tiene unos 1.100 pies de circunferencia y caben en ella 12.000 espectadores. Desde el punto de vista arquitectónico, esta plaza de la corte es inferior a muchas de provincias: no hay en ella el menor intento arquitectónico, ni de pilastras, ni de columnas vitruvianas; nada que recuerde el Coliseo romano: el exterior es desnudo y liso, como hecho de propósito; el interior está lleno de bancos de madera y no es mucho mejor que un matadero; en realidad, no es otra cosa, y tiene aquello un aire utilitario y homicida, que demuestra el espíritu antiestético godo-hispánico, que no siente la necesidad de ninguna manifestación artística, y sólo desea contemplar espectáculos de sangre y de muerte. No tiene necesidad de estimulantes externos; la _réalité atroce_, como observa un extranjero sensible, «les basta, pues es la diversión del salvaje y lo sublime para las almas vulgares».
El recinto está perfectamente ideado para ver, y éste es un espectáculo enteramente para los ojos. El abierto local está completamente iluminado por la luz del sol, que es siempre más brillante que el gas o que las bujías. El interior está tan falto de adorno como el exterior, y tiene un aspecto realmente mezquino cuando está vacío; alrededor de la arena hay unos bancos de madera para las clases humildes, y sobre ellos, una hilera de palcos para las damas y los caballeros elegantes; pero apenas la plaza se llena de gente, desaparece toda la mezquindad y adquiere una apariencia verdaderamente soberbia.
Al penetrar en la plaza, cuando está llena, el extranjero se encuentra transportado a diez y ocho siglos atrás, a la Roma de los Césares, y en verdad que es realmente espléndido el espectáculo de esta asamblea de miles de españoles con sus trajes típicos, la novedad de espectáculo, que asociamos con nuestros estudios clásicos, y realzados por el azul del cielo que se extiende sobre ella como un dosel. Hay algo en estas diversiones al aire libre _à l’antique_ que impresiona hondamente a los frioleros ciudadanos del Norte, donde el clima contribuye tan poco a la felicidad del individuo. Todos los buenos aficionados bajan al redondel y se mezclan con el populacho, para ocupar los sitios en donde estén más cerca de los toros y los toreros. Lo «clásico» es sentarse al lado de una de las entradas, lo cual permite al elegante mostrar sus bordadas polainas y el buen corte de su pierna. Aquí es donde se critica científicamente la calidad del toro y los buenos lances y el comportamiento del torero.
El redondel tiene un dialecto especial suyo, ininteligible para la mayor parte de los mismos españoles, pero que expresa con intención muy exacta los chistes de los aficionados andaluces, análogamente a lo que ocurre con la jerga y tecnicismo de nuestros boxeadores. Generalmente, los periódicos dan al siguiente día cuenta muy detallada de la corrida, describiendo científicamente cada lance en un estilo imposible de traducir, pero que, redactado por un Boz español, es de lo más deleitoso para todo el que puede entenderlo; la nomenclatura laudatoria o de vituperio se determina con la más exacta precisión de lenguaje, y los más delicados matices de carácter se distinguen con la sutileza de las subdivisiones frenológicas. El fundamento de esta jerga es germanía gitana, metáforas y palabras de doble sentido, y dominarla no es cosa fácil. A un distinguido diplomático y filólogo tauromáquico, a quien nos enorgullecemos en llamar nuestro amigo, le era difícil a menudo comprender el sentido exacto de ciertos términos sin consultarlos con el difunto duque de San Lorenzo, que mantenía con igual dignidad su carácter de embajador español en Londres y de torero en Madrid, y que era un diccionario viviente de _caló_. Pero que ningún estudiante desista ante las dificultades, pues finalmente verá compensado su esfuerzo cuando pueda saborear por completo la _sal andaluza_ con que están sazonadas las revistas, aunque debamos confesar que no tiene mucho de ática. Que no escatime ni el tiempo ni los esfuerzos; no hay calzada real para Euclides; y la vida, dicen los españoles, es demasiado corta para aprender el arte del toreo. Esto quizá parezca extraño, pero los señores ingleses piensan otro tanto de la caza de la zorra.
Las corridas de toros se anuncian por medio de carteles multicolores, que se pegan en todas las paredes. Lo primero que debe hacerse es procurarse con tiempo un buen sitio mandando por un _boletín de sombra_; y como lo importante es evitar el resplandor y el calor, los mejores sitios están al norte, o sea en la sombra. El tránsito del sol por la plaza, el progreso zodiacal hacia Tauro es, sin duda, la observación astronómica mejor calculada de España. La línea de sombra en la arena se marca por una gradación de precios. Tanto éstos como las localidades están detallados en los anuncios con los nombres de los toreros y los colores de las diferentes ganaderías.
El día antes de la corrida, los toros destinados al espectáculo son conducidos a la ciudad, llevándoles a pastar a un prado cercano, reservado para ellos. Los buenos aficionados no dejan de salir a caballo a ver el ganado, lo mismo que los entendidos en caballos van a Tattersall el domingo por la tarde, en lugar de acudir a los oficios divinos. Según Pepe Hillo, que era hombre muy práctico y el primero que arregló al estilo moderno la plaza, de la que era su más brillante ornamento, y en la que murió lleno de gloria, «la afición a los toros es innata en el hombre, especialmente en el español, en cuyo glorioso pueblo siempre ha habido corridas desde que hubo toros, porque los españoles son más valientes que los demás hombres, lo mismo que sus toros son más bravos que los demás toros». Ciertamente, estos animales que se han criado en llanuras enormes completamente en libertad, tienen que ser más salvajes que los de John Bull, pero en cuanto a belleza y fuerza, serían rechazados en una exposición inglesa de ganado: un toro inglés de raza, con su cuello ancho y sus cuernos cortos, daría buena cuenta de los caballos y los toreros de España; sus «lanzas» no serían de menos efecto que las bayonetas de nuestros soldados, o las picas de nuestros braceros, de los que se calcula por los economistas que tres y tres octavos de ellos comen más carne y hacen más obra que cinco y cinco octavos de igual material extranjero. Digamos de paso que la correcta palabra castellana para nombrar los cuernos del toro es _astas_, del latín _hastas_, lanzas. La palabra _cuernos_ no se debe usar nunca entre la buena sociedad española, porque su significación figurada puede implicar grave ofensa a los presentes: las alusiones a las calamidades comunes no se deben hacer nunca ante oídos bien educados: en cambio, entre gente vulgar es lo más corriente nombrar las cosas por sus impropios nombres y hasta gritarlos, como en tiempo de Horacio: _Magnâ compellens voce cucullum_.
No todos los toros sirven para la plaza y sólo se escogen los más fieros, a los que se prueba varias veces desde que son muy jóvenes; los mejores son los de Utrera, cerca de Sevilla, y de los mismos prados donde aquel ganadero, el viejo Gerión, criaba aquellos bueyes maravillosos que a los cincuenta días reventaban de gordos y que fueron «retirados» por el invencible Hércules. El señor Cabrera, Gerión moderno, sintió tanta amistad, o tanto miedo, por José Buonaparte, que le ofreció cien toros como una hecatombe para alimentar a sus tropas, que, más valientes y hambrientas que Hércules, no hubieran vacilado en seguir el ejemplo del semidiós.
El toro manchego, pequeño, de mucho poder, y vivo, se considera como la raza española original: a ella pertenecía _Mancheguito_, el favorito del vizconde de Miranda, un noble taurómaco de Córdoba, que solía entrar en el comedor, pero un día mató a un huésped, y entonces lo mataron, a pesar de la insistencia del vizconde, que tuvo que rendirse ante las órdenes terminantes del príncipe de la Paz.
A Madrid suelen llevarse los toros criados en la vega del Jarama, cerca de Aranjuez, que son célebres, de tiempo inmemorial. De aquí salió aquel _Harpado_, el magnífico bruto de la magnífica balada mora de Gazul, que indudablemente fué escrita por un torero experto y en el mismo lugar; los versos brillan de luz y de color local como un Velázquez, y son tan minuciosamente exactos como un Paul Potter, mientras que la «corrida de toros» de Byron es la invención de un poeta extranjero y está llena de pequeñas inexactitudes.
El _encierro_, o sea la conducción de los toros a la plaza, es una faena peligrosa: van rodeados de bueyes mansos por un camino especial, resguardado por los dos lados y conducidos a toda velocidad por vaqueros expertos armados de pica. Es un espectáculo excitante, original y pintoresco, y los pobres que no pueden permitirse el lujo de asistir a la corrida, arriesgan sus vidas y sus capas para tener los primeros lugares y el albur de un achuchón _en passant_.
A la tarde siguiente la multitud acude en tropel a la _plaza de toros_. No hay que preguntar por el camino: basta con lanzarse a la corriente, que en estas cosas le arrastrará seguidamente consigo. No hay nada que pueda compararse a la alegría y brillantez del público español que va ansioso y engalanado a la corrida. No se moverían más de prisa si fuesen corriendo de algún peligro. Las calles y los alrededores de la plaza aparecen llenos de gente, ofreciendo al extranjero ese espectáculo, pues la verdadera España se ve y se estudia mejor en las calles que en los salones. Ahora, al viajero inglés no puede caberle duda de que se encuentra fuera de su casa y en un nuevo mundo; alrededor de él todo es una perfecta bacanal; todas las clases están confundidas en una corriente de seres humanos, un cruel pensamiento inflama todos los corazones y un mismo corazón late en diez mil pechos; cualquier otro asunto está olvidado; el amante abandona a su amada si ella no quiere acompañarle; el médico y el abogado renuncian a sus enfermos, a sus escritos y a sus honorarios; la ciudad dormida se despierta, y todo es vida, ruido y movimiento, donde al día siguiente reinará calma y el silencio de la muerte; la inclinada línea de la _calle de Alcalá_, que a diario es ancha y triste, como la plaza de Portland, constituye en ese momento la aorta de Madrid, y resulta estrecha para la enorme circulación; va entonces llena de una masa densa, de abigarrados colores, que culebrea como una pintada serpiente que va en busca de su presa. ¡Qué polvo y qué baraúnda! La alegre multitud lo es todo, y, como el coro griego, siempre está en escena. ¡Qué típicos los trajes de la gente del pueblo!, pues sus superiores sólo van a la moda del bulevar o del último figurín inglés. ¡Cuánta manola! ¡Cuánto amarillo y rojo! ¡Qué de flecos y volantes! ¡Qué enjambre de pintorescos vagabundos arremolinándose alrededor de las _calesas_, cuyos salvajes caleseros corren al lado de ellas dando latigazos, gritando y blasfemando! Esta clase de vehículos, de forma y de color napolitanos, están ¡ay! llamados a sacrificarse en aras de la civilización, para sustituírlos con el vulgar ómnibus y el coche de punto.
La _plaza_ es el foco de un fuego que sólo con sangre puede extinguirse: lo que las reuniones públicas y los banquetes son para los ingleses, las revistas y las «razzias» para los galos, y la misa o la música para los italianos, es la absorbente corrida de toros para los españoles de todas clases, sexos y condiciones, pues su alegría es muy contagiosa; y, sin embargo, una espina asoma entre estas rosas; cuando el deslumbrante resplandor y el ardiente sol africano calcinan la tierra y los cielos, enardece a hombres y animales hasta la locura, una rabiosa sed de sangre asoma a los fulgurantes ojos y a la irritable y pronta navaja, y la pasión del árabe triunfa de la frialdad del godo. La excitación sería terrorífica, de no ir encauzada al placer; y no hay ciertamente sacrificio, aun el de la castidad, ni renuncia, aun la de la comida, que no se sientan dispuestos a hacer para encontrar dinero con que asistir a la corrida: es el lazo con que el diablo coge a muchas almas masculinas y femeninas.
Los hombres van lujosamente vestidos con sus galas de _majo_; las señoras se ponen mantillas blancas de encaje, y cuando se sofocan, parecen, como decía el humorista andaluz Adriano, salchichas envueltas en papel blanco; todas lucen su _abanico_, que es tan necesario como lo fuera en tiempo de los romanos. Los venden a la puerta de la plaza por una bicoca, y está hecho de papel basto pegado a un mango de caña o de palo, y los morenos galanes los regalan como una delicada atención para el cutis de sus trigueñas _queridas_; mientras que las clases más modestas, especies de salamandras, soportan en esta ocasión el fuego mejor que en la guerra, y preferirían achicharrarse vivos _a lo auto de fe_ que perder estas tórridas fiestas.
Las _plazas_, como los _mataderos_ del continente, están situadas en las afueras de la población, tanto con objeto de disponer de más terreno, cuanto porque cuando se conduce a los toros por entre calles es muy fácil estropearlos, a semejanza de lo que ocurre en la City en los días de mercado, como no ignora el alcalde de Londres.