Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Part 11

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Si los anatomistas iberos no descubrieron su circulación, los reyes de armas han adornado su blasón, como nosotros a nuestros almirantes, con todo el primor del colorido heráldico. _Sangre azul_ es el licor de los semidioses que corre por las venas de los grandes y de los más nobles, cuyo orgullo consiste en ser «un verdadero hidalgo, sin mezcla de sangre de judíos o de moros», alarde que, al igual de muchos otros, necesita confirmación, pues en la mano de cualquier mujer está el contaminar la sangre de Carlomagno; y la naturaleza, que no puede ser mixtificada, ha estampado en sus semblantes la muestra del origen híbrido, y particularmente de estos mismos y aborrecidos linajes; y de este tinte de celestial azul proviene el llamar de _sangre azul_ en España a la flor y nata del universo, a la _haute volée_, que se encumbra sobre los vulgares mortales. La _sangre roja_ es la que corre por las venas de los hidalgos pobres y los segundones, y apenas se la tiene en cuenta, a no ser por las madres juiciosas que tienen hijas casaderas. La _sangre_, la _sangre ordinaria_ es la roja arcilla que colorea la mejilla del labrador y del plebeyo; y posee o debe poseer una incompatibilidad perfecta con el fluido mejor coloreado y una propiedad anti-amalgamadora, como el aceite o como el vinagre. Hay más diferencia, según dice Salario, entre esas sangres que entre el vino rojo y el del Rin. Pero estos y otros sueños son metáforas heráldicas, pues el rosado torrente, burlándose de heraldos y reyes de armas, corre inversa y perversamente; en las venas del fornido arriero la sangre es lava de salud y energía, mientras que en el memo barón o marqués se estanca en el torpe letargo de un colapso azul. Su noble sangre está virtualmente más empobrecida que sus rentas nominales, pues la operación de transmitir sangre saludable de unas venas jóvenes a un cuerpo viejo, tan practicada en otras partes, es demasiado refinamiento para la _sangre azul_ y los _Sangrados_ españoles; el fino fluido no se enriquece nunca con la adiposa heredera de un magistrado ni la decaída cepa genealógica es renovada por el dorado injerto de la hija única de un banquero. Los insignificantes grandes de España permitieron tranquilamente que Cristina hollase sus libertades patrias, y sólo protestaron cuando los hijos que ella tuvo del plebeyo Muñoz se interpusieron entre ellos y su nobleza, siendo, pues, indiferentes ante la degradación del trono y ridículamente puntillosos para los prejuicios de su clase. Esas damas peninsulares que tienen la sangre azul y la cabeza en blanco, son igualmente difíciles en lo que se refiere a la mezcla de ella, aunque sea por el himeneo; se cuenta que habiendo ocurrido que una de ellas mezclara, en un momento de debilidad, su color azul con otro algo pardusco, alegó en excusa que lo había hecho por salvar su reputación. «¡Qué disparate, señora mía!», fué la respuesta de su bella confidente; «diez bastardos no hubieran empañado tanto el brillo de vuestro linaje como un hijo legítimo habido en un matrimonio tan desigual».

Pero volvamos a nuestros colores: la _sangre negra_ es la ruin pez, infernal vileza que se encuentra en los esqueletos de los moros, judíos, gentiles, luteranos y otros herejes combustibles, cuyos cuerpos quemaba el Santo Tribunal por el bien de sus almas. Es más; en el caso de los hebreos se supone que, además, esta sangre negra hiede; de donde viene el que los judíos fueran llamados por los doctos latinistas _putos_, _quia putant_; y no se puede negar que en Gibraltar los hijos de Israel no huelen a rosas, aunque para narices heterodoxas o no heráldicas no huelan menos mal los creyentes frailes españoles. Recientemente se ha asignado el color _negro_ a la sangre de los enemigos políticos, y la constante panacea de todos los Sangrados militares ha sido un abundante «derramamiento de vil sangre negra». ¡Cómo se tocan los extremos! Así esta aristocracia del color que en la vieja y despótica España se sitúa en las venas, la coloca la joven y republicana América en la piel, porque, ¿cuál será el libre y sencillo yanqui que reconozca un hermano en un negro?

Pero volvamos a nuestro Fígaro. Es muy difícil confundir su tienda con otra, pues aparte de las señales exteriores que anuncian las finas artes que se practican dentro, su umbral es el punto de reunión de todos los desocupados, así como de los que desean limpiar sus caras del espeso rastrojo que en ellas ha crecido durante tres días. La barbería ha sido, desde los tiempos de Salomón y de Horacio, el centro de las noticias y de la murmuración, de la sátira y del epigrama, como lo fué la tienda de Pasquino, el sastre, en Roma. Es el círculo de las gentes humildes que se sitúan aquí y escuchan, liados en sus capas como romanos, a algún lector de la _Gaceta_ que, con su cigarro, representa a la moderna civilización, y se consuela con vanos humos. Es asimismo un cuadro de escándalo, pues todo el que haya vivido íntimamente algún tiempo entre españoles sabe lo aficionados que son a despellejar al vecino en cuanto vuelve la espalda, y que a veces las gentes bajas usan cuchillos más afilados aún que sus lenguas. También acuden jugadores que, sentados en el suelo con cartas de color de tierra, siguen las peripecias del juego, como si de él dependiera la vida, cosa que algunas veces ocurre, pues nunca falta un _guapo_ que llegue y, apoderándose de las cartas, diga: _Aquí no se juega más que con mi baraja_. Si los jugadores se acobardan, cada uno le da una perra chica; pero si uno de los desafiados es un espíritu rebelde, suele retarle diciendo: _Aquí no se cobra el barato sino con un puñal de Albacete_. Si el otro acepta el reto, contesta: _Vamos allá_; y entonces se acaba el juego y todos se disponen a presenciar un _écarté_ más interesante. Se han dado casos, cuando un bribón se encuentra con otro, de atarse los dos pies, que avanzan para luchar, y haber esgrimido el cuchillo y la capa durante un cuarto de hora antes de asestar el golpe. El cuchillo se empuña firmemente, apoyando el pulgar en línea recta contra la hoja, y calculándolo según sea para cortar o para pinchar.

La palabra _barato_ significa propiamente la propina que se da al mozo que trae una baraja nueva. Se deriva del árabe _baara_, «don _voluntario_»; por corrupción, _baratero_ viene a significar un don involuntario. El término legal inglés _barratry_ se deriva del medieval _barrateria_, que quería decir fullería en el juego. Cervantes sabía muy bien que _baratar_, en español antiguo, era cambiar de mala fe, escamotear, vender una cosa por menos de su valor, y por eso llamó _ínsula Barataria_ al imaginario gobierno de Sancho. El _baratero_ es una cosa peculiar de España, donde se da mucha importancia al valor personal, y los hay en todos los regimientos, en las cárceles, en los barcos y hasta entre los galeotes.

El interior de la barbería es, igualmente, una _cosa de España_. Su vecina puede jactarse de ir a la cabeza de Europa en las artes del peinado y de esquilar a los perros de agua; pero Fígaro se ríe de su civilización y no hay gato que tenga las orejas y el rabo mejor afeitados que el suyo.

Las paredes de su sala de operaciones están pulcramente blanqueadas; en una percha se ven colgados su capa y su sombrero de catite; la anaquelería está adornada con pintadas figuras de yeso de pintorescos truhanes, ataviados con todos los trajes andaluces: bandidos, toreros y contrabandistas, todos los cuales, especialmente los últimos, son más populares que cualquier enlevitado ministro. Animan las paredes toscas estampas de bailes de fandangos, milagros y corridas de toros, que deleitan tanto a las clases populares españolas; son muy aficionadas, como las nuestras, para las notabilidades del pugilismo y de los deportes. Y a menudo tampoco falta el retrato de su morena. Junto a éstas se ven imágenes de la Virgen (pues en España la religión se mezcla a todo), y los santos patronos, con pilitas de agua bendita y alumbrados constantemente por una lamparita de aceite. Antiguamente ningún barbero empezaba un trabajo, bien fuese sangrías, o afeitar, o sacar una muela, sin hacer la señal de la cruz. Santificados de esta manera, los utensilios para su arte están en perfecto orden; su espejo, jabón, toalla, correa, y la guitarra, que con la navaja constituyen el género barbero. Decía Don Quijote de estos notables que eran, o guitarristas, o copleros; o inventan coplas, o acompañan a los cantantes con la guitarra. Por eso Quevedo, en las _Zahurdas de Plutón_, castiga a los malos fígaros colgando cerca de ellos una guitarra, que les atormenta por no poder tocarla y se aleja cuando quieren cogerla.

Pocos son los españoles que se afeitan solos; lo consideran demasiado mecánico, y, como los orientales, prefieren la «navaja alquilada»; y como eso tiene que pagarse, es raro el que se permite el lujo de afeitarse a diario. Don Quijote advertía a Sancho, cuando fué a gobernar la ínsula, que se afeitara por lo menos un día sí y otro no, si quería tener apariencia de caballero. La palidez típica de los españoles se acentúa más por el contraste con las cerdas negras de la cara. El fígaro de hoy se viste con arreglo a la moda, en que aparece en los escenarios transpirenaicos; siguiendo los buenos consejos de Galeno, tiene cuidado de no alarmar a sus pacientes con un traje lúgubre. A su alrededor no hay nada negro ni que recuerde la sepultura: va lleno de borlas, tejuelos, colorines y bordados; a cada paso dice agudezas y cuchufletas; nunca está quieto; siempre inquieto, miente y enjabona, hace la barba o una zapateta, acá y acullá y en todas partes: _Fígaro la, Fígaro qua_. Si tiene un momento libre de rapar barbas o de liar pitillos, descuelga la guitarra y canta la seguidilla de moda, desechando así las preocupaciones, que son enemigas de la música alegre. Desempeña sus deberes profesionales mucho mejor que su rival el cirujano, y al mismo tiempo no descompone el cuadro si toma parte en una función de aficionados, pudiéndose decir que representan más funciones los barberos en Sevilla que en muchos teatros de Europa.

Según reza el proverbio: _Los barberos, o locos o parleros_, y por eso, el autócrata andaluz Adriano contestó cuando le preguntaron cómo quería que le afeitaran: «en silencio». El común de los mortales tiene que soportar la charla del fígaro mientras le sirve, sin ni siquiera poder responder, pues no es cosa fácil sostener una conversación sentado en el sillón de la barbería con las mejillas enjabonadas y las narices entre un índice y un pulgar. Según se dice, los barberos españoles aprenden su oficio en la cabeza de los hospicianos, y a aquel de que hablaba Marcial nada escapó de sus manos, a no ser un cauto macho cabrío. Los experimentos en las venas y en la boca de los pacientes son muchas veces cómicos, pero otras son bastante serios, como podemos afirmar por triste experiencia propia, pues tuvimos la poca precaución de dejar en España dos muelas de juicio como reliquias, recuerdos y trofeos de la implacable hazaña de Fígaro. No nos queda ya sino recordar su existencia y que eran de más valor que las perlas de las orejas de Cleopatra que disolvía en sus gazpachos. «Una boca sin muelas decía Don Quijote, es peor que un molino sin piedra». Y el caballero tenía razón.

Capítulo XX

Después de tratar de los medios más aceptados en España para viajar, vivir y ser enterrado, es natural que nuestros amables lectores deseen averiguar qué atractivo especial puede inducir a personas que viven con cierta holgura a aventurarse en esta tierra de pasa-trabajos, en la que, donde menos se piensa, saltan las _ratas_, no la liebre. «Lo digno de observación» es algo muy difícil de explicar, porque, ¿quién puede proveer a la infinita variedad de gustos, a las diferencias por las cuales la naturaleza da a cada carácter lo que la conviene? ¿Y quién se atrevería a decidir cuando los doctores no se ponen de acuerdo, como siempre les ocurre, en cuestión de gustos, ya que cada cual tiene su manera de ver las cosas y sus manías y predilecciones? No hay, pues, que decir que todo el mundo es un yermo ni empeñarse en hallar cizaña donde se crían flores. El buscar lo bueno es el camino más seguro de llegar a la excelencia, y el no apreciarlo donde está, es síntoma seguro de mediocridad. El esfuerzo constante por refinarse acostumbra a pensar, y, por la larga contemplación del bello mundo externo, se sorprenden trozos del bello mundo interno, y los pocos escogidos pueden permitirse una ojeada de los esplendores ocultos para el gran vulgo, que tiene ojos, pero no ve, y que apenas si observa las cosas de la naturaleza externa hasta que se le dice qué es lo que debe mirar, dónde se encuentra y cómo debe contemplarlo, con lo que se les concede un nuevo sentido, una segunda vista.

¡Felices cien veces aquellos que han perdido las telillas de los ojos y que, en lugar de mirar puerilmente, han aprendido realmente a _ver_! Para ellos brota limpia, pura y abundante, una fuente de placeres desconocidos, según la proporción en que comprendan las formas, bellezas y colores infinitos con que la Naturaleza adorna cada una de sus obras, aunque sus más puros goces se revelan a los iniciados como premio reservado a los que se dirigen a su altar con sencillez de espíritu y se entregan a su adoración con toda su alma, su corazón y su entendimiento.

Con estas caritativas intenciones fué con las que nuestro buen amigo John Murray ideó primero las Guías, y luego las escribió él mismo, enseñando a los demás cómo mojar la pluma para escribir esos libros rojos, que enseñan a hombres, mujeres y niños lo que han de observar para acabar con los _laquais de place_, y anular a los autores de excursiones de verano. Pocos señores de los que publican notas de sus rápidos viajes por la Península mejoran sus superficiales diarios con estudios profundos de los que suelen tratar las Guías; resbalando, como golondrinas, por la superficie y persiguiendo insectos, ni atienden, ni distinguen las joyas que se esconden allá abajo, en el fondo; ven toda la paja y la escoria que flota en la superficie y apuntan en sus cuadernos todo lo que está podrido en España. De aquí la semejanza de algunas de sus obras; libros y bandidos se parecen unos a otros, llegando así los escritores y los lectores a encontrarse encerrados dentro de un círculo vicioso. Nada molesta tanto a los españoles como ver volúmenes y volúmenes acerca de ellos y de su país escritos por extranjeros que sólo han echado una rápida ojeada sobre un aspecto del asunto, y ése, precisamente, el que más avergüenza a los españoles, y lo consideran menos digno de atención. Este entrometimiento continuo en los defectos de la tierra, para hablar luego de ellos, ha aumentado el desagrado que sienten hacia la tribu del _Curioso impertinente_. Bien conocen ellos, y bastante lo sienten, la decadencia de su país; pero, igual que los hidalgos pobres, que sólo pueden enorgullecerse del pasado, ocultan con ansiedad estos secretos de familia hasta a sí mismos, y mucho más a la curiosidad de aquellos que casualmente son superiores a ellos, si no por la sangre, por las riquezas materiales. El temor de ser descubiertos agudiza su innata suspicacia, cuando un extranjero desea «observar» y examinar sus defectuosos arsenales e instituciones, confundiendo lo bueno y lo malo y anotándolo todo como Pablo Fisgón[24].

If there’s a hole in a’your coats, I rede ye tent it; A chiel’s amang ye, taking notes And faith! he’ll prent it[25].

Cuanto menos se observe y se diga acerca de las _cosas de España_, de los pingajos que ahora cuelgan de su antes altiva bandera, en la que nunca se pone el sol, más fácilmente, piensan ellos, se zurcirán porque: «_Sanan cuchilladas, mas no malas palabras_».

Y que ningún autor se imagine que por imparciales que sean sus observaciones, presentando a España tal cual es, y sin decir nada maliciosamente, pueda nunca complacer a un español; su orgullo y amor propio son tan grandes como la presunción y vulgar fachenda del americano: ambos son morbosamente sensibles y susceptibles y les perturba la idea de pensar que el mundo entero, que no se cuida para nada de ellos, no piensa en otra cosa y que conspiran conjuntamente contra ellos por envidia, celos o ignorancia; «veo que no nos entienden ustedes». La verdad, a no ser que tenga la forma de un cumplido, se la considera como una enorme calumnia y se la persigue como un embuste y una falsedad, desde el Estrecho hasta el Bidasoa; y un buen ejemplo es la historia de Napier. El español, que difícilmente se acostumbra a una prensa libre, o, más bien, licenciosa, y a la propensión de escarabajo con que en Inglaterra y en América hurga esa prensa en las cloacas de la vida privada y en las gangrenas de la pública, se disgusta de que se cuenten pormenores y le parece que los extranjeros no responden a la hospitalidad con que son recibidos. Considera, y con justicia, que no es prueba de buena crianza, de corazón o de inteligencia, el buscar defectos más bien que bellezas, y setas venenosas más bien que violetas; y desprecia a esos cicateros que ven motas más bien que luces en los bellos ojos de Andalucía. Las producciones de los extranjeros, sobre todo las de aquellos que viajan y escriben de prisa, tienen que adolecerse de la celeridad y de las fuentes de que han salido. Los que no conocen bien el idioma ni están en relación con la buena sociedad española, tienen necesariamente que ponerse en contacto con la vida y las costumbres de la clase más baja, y así resulta que sus informaciones son las que les proporcionan los postillones, posaderos y demás gentualla, que pueden ser divertidas para los que gusten de eso, pero que proporcionan opiniones bien pobres para discurrir sobre lo que más honre a un país, y datos poco sólidos para juzgar de su situación efectiva. ¿Cómo podía a nosotros gustarnos que los españoles se guiaran para juzgar a Inglaterra y los ingleses por los calendarios de Newgate, las narraciones de los cocheros o los anales de las cervecerías?

Siendo como son muchas las cosas dignas de estudio en España, no pocas de las cuales sólo allí pueden verse, bueno será advertir las que no han de encontrarse, pues no hay cosa que haga perder más tiempo que el darse uno cuenta de eso por sí mismo después de perder el tiempo y el esfuerzo. Los que quieran ver arsenales bien provistos, librerías, restaurantes, instituciones literarias o de caridad, canales, ferrocarriles, túneles, puentes colgantes, maquinaria, ómnibus, fábricas, politécnicos, cervecerías y semejantes instrumentos y pertenencias de un alto estado de civilización política, social y comercial, harán bien en no moverse de su casa. En España no hay administración de peajes, ni tribunales trimestrales, ni tribunales de _justicia_, de acuerdo con la significación real de la palabra, ni ruedas de castigo, ni consejos parroquiales, ni presidentes, directores, jueces extraordinarios del tribunal de cancillería, ni comisarios de beneficencia, ni mítines contra el tabaco y el alcohol, ni sociedades para ayudar a los misioneros, ni para ayudar a las paridas y reciénnacidos; nada, en suma, que valga la pena de atraer la atención de un curial algo distinguido, a menos que sienta cierta predilección por el estudio de la ley de quiebras. España no es país para el economista político, salvo como un ejemplo de la decadencia de la riqueza de las naciones, y como un buen tema para estudiar los errores que deben evitarse, así como para teorías experimentales y planes de reforma y mejora. En España impera la Naturaleza, que la ha dotado pródigamente con su suelo y su clima magníficos, dones que los españoles parece como que han tratado de inutilizar durante los últimos cuatro siglos con su culpable negligencia de discursos y banquetes agrícolas y no distribución de premios a los verracos y garañones más grandes y a los labradores con más familia.

El terrateniente de la Península es poco más que un hierbajo del suelo; nunca ha observado ni apenas permitido que otros observen el gran partido que podría y debería sacarse de las cosas; parece como si hubiera puesto a España en manos de la curia; tal es la general dilapidación. El país es casi una tierra incógnita para los geólogos, naturalistas y todas las demás ramas de ólogos y de alistas. Por todas partes es allí el material tan superabundante, como deficientes los braceros y artesanos. Todas estas interesantes ramas de investigación, sanas y agradables por ser estudios al aire libre, que ponen al aficionado en contacto directo con la naturaleza, ofrecen a los autores noveles deseosos de originalidad, asuntos más dignos que las viejas historias de bandidos, toreros y ojos negros. Los aficionados a lo romántico, lo poético, lo sentimental, lo artístico, lo arcaico, lo clásico, en una palabra, a las líneas bellas y sublimes, encontrarán tanto en el pasado como en el presente de España bastantes asuntos al recorrer con lápiz y cuaderno esta nación singular suspendida entre Europa y Africa, entre la civilización y la barbarie; este país de los verdes valles y las montañas peladas, de las inmensas llanuras y las quebradas sierras; aquellos jardines paradisíacos llenos de vides, olivos, naranjos y áloes; aquellos vastos eriales, silenciosos, sin caminos, sin cultivos, herencia de la abeja silvestre; y al huír de la insulsa uniformidad, de la pulida monotonía de Europa, la aromática frescura de este original e inmutable país, donde la antigüedad le pisa los talones al presente, donde el paganismo le disputa el altar al cristianismo, donde los excesos y el lujo reinan junto a las privaciones y la pobreza, donde la negación de todo sentimiento generoso y humanitario va de la mano con las más heroicas virtudes, donde las violentas pasiones africanas conviven y emparejan con la más fría crueldad, y donde la ignorancia y la erudición se presentan en violento y notable contraste.