Cosas de España; tomo 2 (El país de lo imprevisto)

Part 10

Chapter 103,747 wordsPublic domain

Como en el día citado el cementerio se convierte en el sitio de recepción pública, muy a menudo parece más bien un alegre paseo de moda que un acto triste y religioso. La liviandad de los meros curiosos y de la multitud contrasta violentamente con la tristeza de los realmente acongojados. Pero la vida en este mundo se impone a la muerte y la alegría sigue de cerca al dolor; el sitio está lleno de mendigos, que apelan a la orden del día e importunan todos los piadosos recuerdos, pidiendo por el alma del llorado muerto. Fuera de los tristes muros todo es vida y alegría, pues hay un ruidoso comercio de dulces, castañas y chucherías, un estrépito de coches y caballos y un torrente y baraúnda de juramentos de los que cuidan de ellos, que seguramente no será del agrado de las _benditas ánimas_ del purgatorio, por las que todas las clases españolas manifiestan tanto interés y cariño.

Ya hemos visto cómo se da tierra al cuerpo del ortodoxo castellano; en cuanto al alma, si va al purgatorio, se considera desde luego salvada, pues es seguro su admisión en el Paraíso al expirar el término de castigo, es decir, «cuando está purificada de los crímenes cometidos en carne humana», como dice el fantasma en Hamlet, que no había olvidado su Virgilio. Si el docto objeta a un clérigo español que todo eso es pagano, se le contestará que puede ir más lejos y pasarlo peor. Tratándose de un verdadero católico, este plazo de trabajos forzados puede ser mucho más corto, pues esto puede hacerse por medio de misas, de las cuales pueden decirse todas las que se quieran, pagándolas previamente. El vicario de San Pedro tiene las llaves que siempre abre las puertas a los que ofrecen el áureo don con que Caronte fué sobornado por Eneas; y así, nada hay más fácil para un creyente rico y juicioso, suponiendo que crea al Papa contra la Biblia, que ir derecho al cielo; tampoco los pobres son completamente relegados al olvido, como puede verse por la infinidad de días de indulgencia que es fácil ganarse visitando cualquier altar de España practicando las más falsas rutinas. Lo único extraño es cómo cualquier creyente puede dejar de asegurarse el escapar de este presidio espiritual sin tener que ir a él para nada, o, por lo menos, sólo como un formalismo.

Un alemán exacto y laborioso calculó que un hombre activo, gastando tres chelines en coche, podía ganar en una hora, visitando varios altares privilegiados en Semana Santa, veintinueve mil seiscientos treinta y nueve años, nueve meses, trece días y tres minutos y medio de disminución de las penas del purgatorio. Estas mercedes fueron ofrecidas por los curas españoles en Sud América, en más grande estilo, adecuado a aquel colosal continente; por una misa sencilla en San Francisco de Méjico, el Papa y los prelados concedieron treinta y dos mil trescientos diez años, diez días y seis horas de indulgencias. Ello constituye un buen medio de sacar dinero; como dice una autoridad en asuntos mejicanos: «yo no daría esta sencilla institución de las misas por las ánimas benditas, por el poder de tributación que posea cualquier gobierno, puesto que no se necesita ningún recaudador y la contribución se paga con la mejor voluntad del mundo, porque, ¿quién no paga para librar a un pariente o a un amigo del fuego eterno?»

El purgatorio ha sido siempre una verdadera mina de oro de Golconda para Su Santidad, pues aun los más pobres tienen un albur, puesto que las personas caritativas pueden librar ánimas anónimas del purgatorio obteniendo un auto de _habeas animam_, esto es, pagándole al cura una misa. Para esto hay días especiales señalados en el almanaque y que conoce cualquier mozo de posada; pero, además, en las puertas de las iglesias se pone un cartelito con el letrero: _Hoy se saca ánima_. Por lo general, estos días son más numerosos en primavera, sin duda porque en invierno no es tan molesto estar cerca del fuego.

¡Pobres protestantes, que, no pagando el dinero de San Pedro, han cometido un nuevo acto de herejía, y el peor de todos, el que Roma nunca podrá olvidar! Estos rebeldes sólo pueden esperar salvarse por su fe y sus frutos las buenas obras; deben arrepentirse de sus amados pecados y comenzar una nueva vida, pues para ellos no hay cordón de San Francisco que les saque, si cayeron al pozo, ni rosario de Santo Domingo que les traslade, prontamente, a toda velocidad, del tormento a la felicidad eterna.

Fuera del seno del Vaticano, sus almas no tienen redención, y dentro de las fronteras de España, difícilmente correrán los cuerpos mejor suerte, si muriesen en aquel ortodoxo país, donde los más avanzados liberales difícilmente tolerarían que se enterrasen los cadáveres de los herejes de negra sangre, pues el trigo no crecería al lado de sus tumbas. Hasta hace poco tiempo, en los puertos de mar se solía enterrar a los protestantes en un hoyo abierto en la playa, más allá de la línea de la marea baja; pero hasta esta concesión a los infieles ofendió a los pescadores semimoros que, en verdaderos creyentes y perseguidores, temían que sus lenguados se envenenaran; a pesar de lo cual no hay marinero ni sacerdote que se niegue a aceptar una moneda inglesa, porque dicen que: _El dinero es muy católico_.

Afortunadamente, las cosas han mejorado algo en estos últimos años, con respecto a los protestantes, y puede ser un consuelo para los enfermos que son enviados a España para cambiar de clima y que sean exigentes, el saber, en caso de ocurrirles una desgracia, que se permiten ahora cementerios protestantes en Cádiz, Málaga y otras pocas capitales. La historia de la concesión es curiosa, y que nosotros sepamos, nunca se ha contado. En tiempos de Felipe II, los luteranos eran peor tratados que los perros: si se les cogía vivos se les quemaba por orden del Santo Tribunal, y si muertos, los arrojaban al muladar. Cuando en 1622 envió nuestro cobarde Jaime I su pacífica y mal juzgada misión, por la cual se libraba a España de ulteriores humillaciones, Mr. Hole, el secretario del embajador lord Digby, murió en Santander. No se permitió que fuese enterrado y se colocó el cadáver en una caja y se echó al mar; pero apenas se marchó Su Excelencia, «los pescadores», según escribe Somers, «temiendo que mientras el cadáver de un hereje estuviese en el agua no tendrían pesca», lo sacaron, y «el cuerpo de nuestro hermano y compatriota fué abandonado en el campo para pasto de las aves de rapiña». En el tratado de 1630, el artículo 31 determina lo que ha de hacerse con los bienes de los ingleses que mueran en España, pero no dice nada de sus cuerpos. «Estos, dice un comentador de Rymer, tienen que quedar apestando en campo abierto, con el fin de que los perros los encuentren con seguridad». Cuando Mr. Wáshington, paje de Carlos I, murió en Madrid, en la época en que su señor estaba allí, Howell, que estaba presente, dice que, sólo como un favor especial al pretendiente de la Infanta, se permitió que el cadáver fuese enterrado en el jardín de la embajada, al pie de una higuera. Algunos años después, en 1650, fué asesinado Ascham, el enviado de Cromwell, y su cuerpo fué enterrado en un hoyo, sin ninguna ceremonia; pero el Protector era hombre con el cual no se podía jugar y que conocía perfectamente cómo debía tratar a un Gobierno español, siempre pusilánime y fanfarrón, del cual no se consigue nada con amabilidad y cortesía--cualidades que toma por debilidad--y, en cambio, concede inmediatamente lo que se le exige _atemorizándole_. Entonces _exigió_ que se estipularan y determinaran las condiciones en que se debía enterrar debidamente a sus súbditos, y el jactancioso Gobierno español accedió inmediatamente, figurando en el tratado de Carlos II, en 1664, y concediéndose después, en 1667, con sir Ricardo Fanshawe.

Sin embargo, nada figura en ninguna parte relativo a este asunto hasta 1796, en que lord Bute compró terreno para enterrar a los ingleses más allá de la puerta de Alcalá, en Madrid. Durante la guerra, cuando toda la Península era un cementerio para nuestros compatriotas, un digno señor madrileño se apropió esta parcela de terreno, no para sepultura suya precisamente, sino para cultivarlo bien y provechosamente. En 1831, míster Addington hizo algunas averiguaciones, encontrando los documentos que acreditaban la compra del terreno indicado en la _Contaduría de Hipotecas_ que la atrasada España tiene y que no posee la avanzada Inglaterra. El intruso fué desposeído, aunque con grandes protestas por su parte. Antes de la época de lord Bute, los ingleses eran enterrados de noche, sin ceremonia de ninguna clase, en el jardín del _Convento de los Recoletos_, y cuando el terreno adquirido por lord Bute tuvo valor, los piadosos frailes quisieron cambiarlo por el rincón que en un jardín tenían los ingleses; pero el trato no pudo hacerse, por la reciente ley que prohibía los enterramientos dentro de las ciudades.

El campo comprado por lord Bute está ahora sin cercar y sin cuidar; afortunadamente, no se ha utilizado mucho, pues en los últimos treinta años sólo han muerto en Madrid quince protestantes. En noviembre de 1831, Fernando VII resolvió al fin esta grave cuestión, dando un decreto en el cual se concedía permiso para construír cementerios protestantes en todas las poblaciones en que residiese cónsul o un agente inglés cualquiera, aunque en las condiciones más degradantes. El primero que se hizo, en virtud de este decreto, firmado por el hombre que fué repuesto en el trono por la muerte de treinta mil ingleses, fué obra de míster Mark, nuestro cónsul en Málaga, el cual cercó un espacio de terreno en la parte este de la ciudad, colocando sobre la puerta una lápida con el decreto en cuestión, y encima una cruz como si clamara a los sentimientos dominantes en los españoles: su lealtad y su religión. Los malagueños no salían de su asombro al ver el símbolo de la cristiandad sobre la última morada de los perros luteranos, y exclamaban: «¡También estos judíos usan la cruz!» Hay que recordar que el término judío es el colmo del desprecio para un español. El primer cuerpo que se enterró en este primer cementerio fué el de míster Boyd, fusilado por el cruel Moreno con el desgraciado Torrijos y sus rebeldes compañeros.

Capítulo XIX

Ningún buen aficionado al _Quijote_ encontraría completa una pintura del cirujano español si no se mencionara al barbero, aun cuando sólo fuese a la ligera. Aunque los nombres de los dos doctos profesores han sido durante largo tiempo casi sinónimos en España, es mucho más preferible el barbero, por ser sus heridas mucho menos peligrosas y su conversación más agradable. El y el cura formaban la pacífica tertulia del Caballero de la Mancha, como el boticario y el vicario solían formar la de la mayor parte de nuestros señores provincianos de Inglaterra. Por lo tanto, que todos los que lleguen a Sevilla, ya sea un Adonis francés, barbudo como un leopardo, a pesar de su juventud, o una de nuestras bellas lectoras, igualmente libre de los dolores y penalidades del afeitado diario, hagan inmediatamente una peregrinación al santuario de San Fígaro. Su tienda (que como otras legendarias curiosidades locales hay que temer sea apócrifa) está situada junto a la catedral, y es tan famosa como la casa de Dulcinea, en el Toboso, o la torre de Gil Blas, en Segovia: tal es el mágico poder del genio. Cervantes y Le Sage han dado forma, cuerpo y albergue a las aéreas creaciones de su imaginación, como Mozart y Rossini, llenando el mundo con sus melodías, han hecho que en las orillas del Guadalquivir repercutan sus dulces invenciones.

Pero, incluso para los que no tienen música en sus almas, el tránsito de doctores a barberos es armonioso en un país donde las barbas fueron largo tiempo honradas como emblema del valor y la caballerosidad, y el afeitado fué el precursor de la cirujía; y aún hoy mismo, _la tienda del barbero_ está mucho mejor surtida de instrumentos cortantes y de pacientes que muchos hospitales de España. Diremos antes algo de las negras patillas de la morena España. No hay que confundirlas con los antiguos _mostachos_, palabra clásica, pero ahora rara, que los estudiantes salmantinos derivaban de μυστἁξ, el labio superior, y que hoy se llama _bigote_, el cual también tiene etimología extranjera, pues es una corrupción del alemán _bei gott_, y se formó en las circunstancias que vamos a contar, porque los apodos, que se pegan como sanguijuelas, sobreviven muchas veces a la historia que los origina. Los caballeros del séquito de Carlos V, que usaban estos tremendos atributos de la masculinidad, juraban como condenados y se daban un tremendo pisto, con mayor tremendo disgusto de sus camaradas españoles, que tenían una gran opinión de sí mismos y sentían olímpico desprecio por todos sus aliados extranjeros. Estos extraños mostachos impresionaron sus ojos, como los más extraños sonidos que salían de debajo de ellos impresionaron sus oídos, y como tenían un sentido muy fino del ridículo y un acierto completamente oriental y de chico de escuela para escoger los apodos, aplicaron el sonido a la substancia y bautizaron el formidable adorno peludo con el nombre de _bigotes_. Este proceso de la formación de palabras es muy conocido de los filólogos, quienes saben perfectamente que, en muchas ocasiones, una parte esencial de una cosa es tomada por el todo. Por ejemplo, el decir sombrero en conversación corriente en España equivale metafóricamente a grande de España, como _woolsack_ (asiento del gran canciller en la Cámara de los Lores) es en Inglaterra sinónimo de la dignidad de Lord Chancellor. Es, pues, natural que los incultos soldados, al oír un lenguaje que no entendían, señalaran a sus enemigos a manera de reproche con aquellas palabras que, al oírlas constantemente, imaginan que deben constituír los fundamentos de la hostil gramática. Así nuestras tropas llamaban a los españoles _los Carajos_, por sus terribles juramentos y terribles huídas. También los listos franceses designaban con el nombre de _les godams_ a aquellos «estúpidos» de chaquetas coloradas a quienes nunca podían vencer, pero continuaron dando ese significativo nombre a sus vencedores hasta que éstos les enseñaron muy cortésmente el camino más corto para atravesar los Pirineos y volverse a su casa.

El verdadero mostacho español, tal como lo llevaban los legítimos don Whiskerandoses[22], hombres de capas y bolsas más escasas que barbas y tizonas, hace mucho tiempo que ha sido cortado como los rabos de las pelucas de nuestros monarcas y ministros. Pero sus _méritos quedan conservados en metáforas_ más durables que esa obra maestra en bronce, con la que Mr. Wyatt, ebrio de Fidias, ha adornado al rey Jorge y a Charing Cross. Así, pues, un _hombre de mucho bigote_ significa en España ser un personaje de muchas pretensiones, un mozo liberal y bien plantado; todo lo contrario, en suma, a un santito con respecto al vino, a las mujeres o a la teología. Los primitivos mostachos españoles han sido, del mismo modo que los rabos de las pelucas inglesas, inmortalizados por las bellas artes e insuperablemente pintados por Velázquez, que con su creador pincel no necesitaba rizarlos con tenacillas. Retorcidos por puro iracundo y marcial instinto, se les llamaba _bigotes a la Fernandina_, y su rápido crecimiento era atribuído a la eterna humareda del cañón enemigo, en la que nadie podía evitar que sus valerosos propietarios hurgasen con sus caras. En estos tiempos de degeneración ha disminuído este lujo, a menos que la _Historia de la Guerra de la Península_, de Napier, esté escrita, como dicen los españoles, con un espíritu de envidia y de celos hacia sus heroicos ejércitos, que, solos, abatieron las águilas invencibles de Austerlitz.

Así como entre los egipcios la jerarquía de los dioses y sacerdotes se manifestaba por la forma de llevar cortada la barba, en España se distingue el militar, el paisano y el clérigo por sus formas, claramente determinadas. La carlista o imperial, como llamamos al mechón de pelos en la mitad del labio inferior (palabra derivada o del rey Carlos o del emperador, su tocayo), se llamaba en España _el perrillo_[23], al que se le cortaba la cola, que aunque va muy bien en los animales o en los bronces, no casaba del todo con la elegancia castellana.

En la época medieval de la grandeza de España no se usaban patillas, sino barba; y como entre los orientales y antiguos, era considerada como atributo de sabiduría y cualidades militares; el cortarlas suponía un insulto y una injuria, poco menos que la decapitación, y se llevaba este pundonor hasta más allá de la tumba. El cadáver sentado del Cid--así lo cuenta su historia--dió de puñadas a un judío que tuvo la osadía de tirar al viejo león de la barba; la cual, como saben todos los filósofos naturales, tiene vida independiente y crece, quiera o no quiera el dueño, y esté vivo o muerto. Cuando los insolentes galos tiraron de estos colgantes ornamentos de los ancianos senadores romanos, éstos, que habían presenciado con imperturbable dignidad cómo el mariscal Breno robaba sus cuadros y sus vajillas, no pudieron tolerar este último y más grande ultraje. El cambio natural de los tiempos y de la moda hizo que perdiera valor la barba española, que, siendo llevada solamente por los frailes mendicantes y por los chivos, fuese considerada como poco distinguida, siendo substituída entre los caballeros por el bigote a la italiana, colocándose entonces el honor español debajo de la nariz, ese sensitivo centinela.

Hallándose una vez el famoso duque de Alba necesitado de dinero, ofreció uno de sus bigotes como garantía para un préstamo, y un solo bigote fué considerado como garantía suficiente por los Rothschilds del día, que recordaban demasiado bien qué difícilmente había escapado su antecesor, para reírse de nada relacionado con la barba de un héroe; _nous avons changé tout cela_. Ahora, todos los judíos unidos de París y de Londres no darían seguramente un céntimo por ninguno de los aditamentos capilares de Narváez o de Espartero, ni aun cuando a ellos se añadieran los mostachos reglamentarios de Montpensier y un manojo de legítimas barbas borbónicas, garantizadas.

El uso del _bigote_ en España es obligatorio para los militares, la mayor parte de cuyos generales--su nombre es legión--cuidan tiernamente de sus perillas, temiendo a la navaja tanto como a la espada. Cuando el infante Don Carlos escapó de Inglaterra, la dificultad mayor fué hacerle quitar el bigote, pues casi hubiera preferido perder la cabeza como su real _tocayo_ inglés. Cuando el valeroso Drake quemó en Cádiz la flota de Felipe, llamó sencillamente a esta acción nelsoniana «chamuscar las barbas al rey de España». Zurbano consideraba suficiente castigo para algunos traidores vascos cortarles los bigotes y dejarlos luego en libertad, como ratones sin rabo, _pour encourager les autres_. Y, ciertamente, es una privación. Así, Majaval, el pirata asesino, que por la gloriosa ambigüedad de las leyes inglesas no fué ejecutado en Exeter, cuando llegó a Barcelona ofreció en acción de gracias a la libradora Virgen la barba que le había crecido en la prisión.

Muchos paisanos y comerciantes españoles, a imitación de los _Calicots_ transpirenaicos, que usan mostachos en tiempo de paz y lentes en tiempo de guerra, les dejan crecer de tal manera, que Fernando VII fulminó un Real decreto con objeto de amputarles de la faz de la Península, del mismo modo que la Sublime Puerta está descolando a sus verdaderos creyentes: tal es el progreso de la moderna e imberbe civilización. La intención de cortar las capas de Madrid por poco cuesta la corona a Carlos III, y este desmochador decreto de su amado nieto fué obedecido como generalmente se obedecen los decretos en España: durante un mes menos veintinueve días; pues estos decretos, como los tratados solemnes, las constituciones, los certificados de mercancías, etc., se usan más principalmente para encender los cigarros. Pero ahora que los moro-españoles tienen a gala imitar el verdadero lustre parisiense, el aire nacional va así desapareciendo, con gran pesadumbre y desdoro del pobre Fígaro.

En cuanto a su tienda y hogar, nadie puede dejar de encontrarle sin necesidad de cicerone, pues el exterior se distingue desde lejos por los emblemas de su antigua y honrosa profesión: primeramente, y ante todo, hay colgado a la puerta un reluciente y metálico yelmo de Mambrino, con una primorosa hendedura semicircular, cortada en su reborde, donde se coloca el cuello del paciente durante la operación del enjabonamiento, que se hace siempre con la mano y muy copiosamente. Junto a la bacía cuelgan enormes muelas, que en cualquier museo inglés pasarían por colmillos de elefantes, y por los de San Cristóbal en las iglesias españolas, donde la anatomía comparada es rechazada como herética en asuntos de reliquias, y es cosa extraña (y ningún teólogo español pudo nunca darnos la razón de ello) que este santo no sea el «patrón especial» contra los dolores de muelas; de éstos, Santa Apolonia es la calmante patrona. Al lado de esos molares se exhiben terribles emblemas flebotómicos y rudas representaciones de sangrías; pues en España, tanto en la iglesia como fuera de ella, la pintura sustituye a la imprenta para los muchos que tienen ojos pero no pueden leer. La pértiga del barbero, con su pintado vendaje, que servía de apoyo para mantener extendido el brazo, no se ve en el umbral de los fígaros españoles, porque la sangría se hace generalmente en los pies, pues así se supone que se mantiene el equilibrio de la circulación. Las muestras suelen representar un pie de mujer, elegido, sin duda, por el artista por ser objeto, y muy razonablemente, de gran devoción en España, aun cuando también tiene en ello influencia la tradición, pues antes se solía sangrar con regularidad a las morenas, como aun se hace con las terneras, para lograr blancura en la carne y hermosear el cutis; y como era costumbre que, con ocasión de la sangría, el novio restaurase a la agotada paciente por medio de un regalo, las bolsas de los galanes llevaban el mismo paso que el agotamiento venoso de las señoras de sus pensamientos. Los _Sangrados_ españoles, sean o no profesionales, han sido siempre muy partidarios del derramamiento de sangre inocente, y pocos pueblos en el mundo son más cuidadosos de la pureza genealógica de su sangre ni más aficionados a verterla como si fuera agua, tanto la de las propias venas como la de los demás; y digamos una palabra de este vital fluido, con el que se riega demasiado a menudo la desgraciada España durante sus discordias intestinas.