Part 14
Federico iba a lanzarse hacia su abuela, vencido por la emoción, cuando le pareció oír ligero rumor, cierto rechinamiento en el cuartito inmediato, aquél que daba sobre el huerto. Pero no comprendió si eran las maderas sacudidas por el viento u otra cosa. Puso el oído alerta. La lluvia azotaba los cristales. El ruido se repitió. La abuela lo oyó también. “¿Qué es?”, preguntaba turbada después de un momento. “La lluvia”, murmuraba el muchacho. “Por consiguiente, Federico--dijo la vieja enjugándose los ojos--, ¿me prometes que serás bueno, que no harás llorar nunca a tu abuela...?”. La interrumpió nuevamente un ligero ruido. “¡No me parece la lluvia!--exclamó palideciendo--. ¡Vete a ver! Pero--añadió en seguida--no, quédate aquí”, y agarró a Federico por la mano. Ambos a dos permanecieron con la respiración en suspenso. No oían sino el ruido de la lluvia. Luego ambos se estremecieron. Tanto a uno como a otro les había parecido sentir pasos en el cuartito. “¿Quién anda ahí?”, preguntó el muchacho haciendo un esfuerzo. Nadie respondió. “¿Quién anda ahí?”, volvió a preguntar Federico, helado de miedo. Pero apenas había pronunciado aquellas palabras, ambos lanzaron un grito de terror. Dos hombres entraron en la habitación: el uno agarró al muchacho y le tapó la boca con la mano; el otro cogió a la abuela por la garganta; el primero dijo: “¡Silencio, si no quieres morir!”. El segundo: “¡Calla!”, y la amenazó con un cuchillo. Uno y otro llevaban un pañuelo obscuro por la cara con dos agujeros delante de los ojos. Durante un momento no se oyó más que la entrecortada respiración de los cuatro y el rumor de la lluvia; la vieja apenas podía respirar de fatiga; tenía los ojos fuera de las órbitas. El que tenía sujeto al chico le dijo al oído: “¿Dónde tiene tu padre el dinero?”. El muchacho respondió con un hilo de voz y dando diente con diente: “Allá... en el armario”. “Ven conmigo”, dijo el hombre. Le arrastró hasta el cuartito, teniéndole cogido por el cuello. Allí había una linterna en el suelo. “¿Dónde está el armario?”, preguntó. El muchacho, sofocado, señaló el armario. Entonces, para estar seguro del muchacho, el hombre le arrodilló delante del armario, y apretándole el cuello entre sus piernas para poderlo estrangular si gritaba, y teniendo la navaja entre los dientes y la linterna en una mano, sacó del bolsillo con la otra un hierro aguzado que metió en la cerradura, forcejeó, rompió, abrió de par en par las puertas, revolvió furiosamente todo, se llenó las faltriqueras, cerró, volvió a abrir, y rebuscó; luego cogió al muchacho por la nuca, llevándole donde el otro tenía amarrada a la vieja, convulsa, con la cabeza caída y la boca abierta. Éste preguntó en voz baja: “¿Encontraste?”. El compañero respondió: “Encontré”, y añadió: “Mira a la puerta”. El que tenía sujeta a la vieja corrió a la puerta del huerto a ver si sentía a alguien, y dijo desde el cuartito con voz que pareció un silbido: “Ven”. El que había quedado, y que todavía tenía agarrado a Federico, enseñó el puñal al muchacho y a la vieja, que volvía a abrir ya los ojos, y dijo: “Ni una voz, o vuelvo atrás y os degüello”. Y les miró fijamente a los dos. En el mismo momento se oyó a lo lejos, por la carretera, un cántico de muchas voces. El ladrón volvió rápidamente la cabeza hacia la puerta, y por la violencia del movimiento se le cayó el antifaz. La vieja lanzó un grito: “¡Monzón!”. “¡Maldita!--rugió el ladrón, reconocido--. Tienes que morir”. Y se volvió con el cuchillo levantado contra la vieja, que quedó desvanecida en el mismo instante. El asesino descargó el golpe. Pero con un movimiento rapidísimo, dando un grito desesperado, Federico se había lanzado sobre su abuela y la había cubierto con su cuerpo. El asesino huyó, empujando la mesa y echando la luz por el suelo, que se apagó. El muchacho resbaló lentamente de encima de la abuela, cayó, de rodillas ante ella, y así permaneció con los brazos rodeándole la cintura y la cabeza apoyada en su seno. Pasó algún tiempo; todo permanecía completamente obscuro; el cántico de los labradores se iba alejando por el campo. La vieja volvió de su desmayo. “¡Federico!”, llamó con voz apenas perceptible, temblorosa. “¡Abuela!”, respondió el niño. La vieja hizo un esfuerzo para hablar, pero el terror le paralizaba la lengua. Estuvo un momento silenciosa, temblando fuertemente. Luego logró preguntar: “¿Ya no están?”. “No”. “¡No me han matado!”, murmuró la vieja con voz sofocada. “No... estás salvada, querida abuela. Se han llevado el dinero. Pero padre... había recogido casi todo”. La abuela respiró con fuerza. “Abuela--dijo Federico de rodillas y apretándole la cintura--; querida abuela..., me quieres mucho, ¿verdad?”. “¡Oh, Federico! ¡Pobre hijo mío--respondió aquélla, poniéndole las manos sobre la cabeza--. ¡Qué espanto debes haber tenido! ¡Oh, santo Dios misericordioso! Enciende luz... No, quedémonos a obscuras; todavía tengo miedo”. “Abuela--replicó el muchacho--, yo siempre os he dado disgustos a todos...”. “No, Federico, no digas eso; ya no pienses más en ello; todo lo he olvidado; ¡te quiero tanto!”. “Siempre os he dado disgustos--continuó Federico, trabajosamente y con la voz trémula--; pero os he querido siempre. ¿Me perdonas? Perdóname abuela”. “Sí, hijo, te perdono; te perdono de corazón. Piensa si no te debo perdonar. Levántate, niño mío. Ya no te reñiré nunca. ¡Eres bueno, eres muy bueno! Encendamos la luz. Tengamos un poco de valor. Levántate, Federico”. “Gracias, abuela--dijo el muchacho, con la voz cada vez más débil--. Ahora... estoy contento. Te acordarás de mí, abuela... ¿no es verdad? Os acordaréis todos siempre de mí... de vuestro Federico”. “¡Federico mío”, exclamó la abuela maravillada e inquieta, poniéndole la mano en las espaldas e inclinando la cabeza como para mirarle la cara. “Acordaos de mí--murmuró todavía el niño, con la voz que parecía un soplo--. Da un beso a mi madre... a mi padre... a Luisita... Adiós, abuela...”. “En el nombre del Cielo, ¿qué tienes?--gritó la vieja palpando afanosamente al niño en la cabeza, que había caído abandonada a sí misma en sus rodillas; y luego, con cuanta voz tenía en su garganta gritaba desesperadamente: “¡Federico! ¡Federico! ¡Niño mío! ¡Cielo santo, ayúdame!”. Pero Federico ya no respondió. El pequeño héroe, el salvador de la madre de su madre, herido de una cuchillada en el costado, había entregado su hermosa y valiente alma a Dios.
EL ALBAÑILILLO MORIBUNDO
_Martes 28._--El pobre hijo del albañil está gravemente enfermo: el maestro nos dijo que fuésemos a verlo, y convinimos en ir juntos Garrón, Deroso y yo. Estardo habría venido también; pero como el maestro nos encargó la descripción del _Monumento a Cavour_, quería él verlo para hacerla más exacta. Sólo para probarle, invitamos al soberbio Nobis, que nos contestó: “No”, sin más. Votino se excusó asimismo, quizá por miedo a mancharse el vestido de cal. Nos fuimos al salir, a las cuatro. Llovía a cántaros. Garrón se detuvo de pronto, diciendo con la boca llena de pan: “¿Qué compramos?”. Y hacía sonar quince céntimos en el bolsillo. Pusimos otros diez cada uno, y compramos tres grandes naranjas. Subimos a la buhardilla. Delante de la puerta, Deroso se quitó la medalla y se la echó en el bolsillo; le pregunté por qué. “No sé--respondió--; para no presentarme así... Me parece más delicado entrar sin medalla”. Llamamos, nos abrió el padre, aquel hombrón que parecía un gigante; tenía la cara desencajada y estaba como espantado. “¿Quiénes sois?”, preguntó. Garrón respondió: “Somos compañeros de escuela de Antonio, a quien traemos tres naranjas”. “¡Ah, pobre Tono!--exclamó el albañil moviendo la cabeza--. ¡Tengo miedo de que no coma vuestras naranjas!”, y se limpiaba los ojos con el revés de la mano. Nos hizo pasar adelante, y entramos en un cuartillo abuhardillado, donde vimos al albañilito que dormía en una cama de hierro; su madre estaba apoyada en la cama con la cara entre las manos, y apenas se volvió para mirarnos; a un lado había colgadas brochas de encalar, picos y cribas para la cal; a los pies del enfermo estaba extendida una chaqueta de albañil blanqueada por el yeso. El pobre muchacho estaba flaco, muy pálido, con la nariz afilada, la respiración premiosa. ¡Oh, querido Tono, compañero mío, tan bueno y tan alegre, qué pena verte así! ¡Cuánto hubiera dado por verle poner el hocico de liebre, pobre albañilito! Garrón le dejó una naranja sobre la almohada, pegando con la cara: el perfume le despertó; la cogió, pero luego la abandonó, y se quedó mirando fijamente a Garrón. “Soy yo--dijo éste--, Garrón: ¿me conoces?”. Se sonrió con una sonrisa apenas perceptible, levantó con dificultad la mano y se la presentó a Garrón, que la cogió entre las suyas, apoyando contra ellas sus mejillas, y diciéndole: “¡Ánimo, ánimo, albañilito! Te pondrás bueno pronto y volverás a la escuela, y el maestro te pondrá cerca de mí: ¿estás contento?”. Pero él no respondió. La madre respondió entre sollozos: “¡Oh, mi pobre Tono! ¡Mi pobre Tono! ¡Tan guapo, tan bueno, y Dios me lo quiere arrebatar!”. “¡Cállate!--le dijo el albañil, desesperado--: ¡cállate, por amor de Dios, o pierdo la cabeza!”. Luego, dirigiéndose a nosotros angustiosamente: “Idos, idos, muchachos; gracias: idos: ¿qué queréis hacer aquí? Gracias; idos a casa”. El muchacho había cerrado los ojos y parecía muerto. “¿Necesita usted algún encargo?”, preguntó Garrón. “No, hijo mío, gracias--respondió el albañil--; idos a casa”. Y repitiendo esto, nos empujó hacia el descansillo de la escalera y cerró la puerta. Pero apenas habíamos bajado la mitad de los escalones, cuando le oímos gritar: “¡Garrón! ¡Garrón!”. Subimos a escape los tres. “¡Garrón!--gritó el albañil con semblante descompuesto--; te ha llamado por tu nombre; dos días hacía que no hablaba y te ha llamado dos veces; quiere que estés con él; ¡ven en seguida! ¡Ah, santo Dios! ¡Si fuera una buena señal!”. “Hasta la vista!--nos dijo Garrón--; yo me quedo”; y se entró en la casa con el padre. Deroso tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo le dije: “¿Lloras por el albañilito? Si ya ha hablado, se curará”. “¡Así lo creo!--respondió Deroso--; pero no pensaba ahora en él... ¡Pensaba en lo bueno que es y en el alma tan hermosa que tiene Garrón!”.
EL CONDE DE CAVOUR
_Miércoles 29._--“Tienes que hacer la descripción del monumento del conde de Cavour. Puedes hacerla. Pero quién era el conde de Cavour, no lo puedes comprender por ahora. Sabe solamente lo siguiente: fué durante muchos años primer ministro del Piamonte; fué quien mandó el ejército piamontés a Crimea para levantar con la victoria de Cernaia nuestra gloria militar, caída en la derrota de Novara; fué quien hizo bajar de los Alpes ciento cincuenta mil franceses para arrojar a los austriacos de Lombardía; quien gobernó a Italia en el período más solemne de nuestra revolución; quien dió en aquellos años el más poderoso impulso a la santa empresa de la unidad de la patria con su claro ingenio, con su constancia invencible, con su laboriosidad fuera de los humanos límites. Muchos generales pasaron horas terribles sobre el campo de batalla; pero él las pasó más terribles aún en su gabinete, cuando su enorme empresa podía venirse a tierra de un momento a otro, como frágil edificio sacudido por un terremoto; pasó horas de lucha, noches de angustia, con la razón perturbada y la muerte en el corazón. Este trabajo gigantesco y tempestuoso le acortó veinte años la vida. Y, sin embargo, devorado por la fiebre que le debía llevar al sepulcro, luchaba todavía desesperadamente con la enfermedad para poder hacer algo por su patria. ‘Es extraño--decía con dolor, desde su lecho de muerte--; ya no sé leer, no puedo leer’. Mientras le sacaban sangre y la fiebre aumentaba, pensaba en Italia y decía imperiosamente: ‘Curadme; mi mente se obscurece, necesito todas mis facultades para poder ocuparme en graves asuntos’. Cuando estaba en sus últimos momentos, y toda la ciudad se agitaba, y el rey no se separaba de su cabecera, decía con angustia: ‘Tengo muchas cosas que deciros, señor: muchas cosas que haceros ver; pero estoy enfermo, no puedo, no puedo’; y se desconsolaba. Siempre su pensamiento febril volaba tras del Estado, a las nuevas provincias italianas que se habían unido a nosotros, a tantas otras cosas que quedaban por hacer. Cuando el delirio se apoderaba de él: ‘Educad a la infancia--exclamaba entre las angustias de la muerte--; educad a la infancia y a la juventud... gobernad con la libertad’. El delirio crecía; la muerte se venía encima, y él invocaba con ardientes palabras al general Garibaldi, con el cual había tenido disentimientos, y a Venecia y Roma, que todavía no eran libres; tenía vastas visiones del porvenir de Italia y de Europa; soñaba con una invasión extranjera; preguntaba dónde estaban los cuerpos de ejército y los generales; temblaba por nosotros todavía, por su pueblo. Su mayor dolor, ¿comprendes? no era que le faltase la vida, sino ver que se le escapaba la patria que aún tenía necesidad de él, y por la cual había consumido en pocos años las fuerzas desmedidas de su prodigioso organismo. Murió con el grito de batalla en la garganta, y su muerte fué grande como su vida. Ahora, piensa un poco, Enrique, qué es nuestro trabajo, que, sin embargo, nos parece tan pesado; qué son nuestros dolores, nuestra misma muerte, frente a los trabajos, a los afanes formidables, a las tremendas agonías de aquellos hombres sobre cuyo corazón pesa un mundo. Piensa en esto, hijo, cuando pases por delante de aquella imagen de mármol, y dile desde el fondo de tu corazón: ‘¡Yo te glorifico!’.--_Tu padre_”.
[Ilustración]
_Sábado 1.º_
Primero de abril. ¡Tres meses, tres meses todavía! Ha sido la mañana de hoy una de las más hermosas del año. Estaba contento en la escuela, porque Coreta me había dicho que iríamos pasado mañana con su padre a ver llegar al rey, que dice _que le conoce_; y también mi madre me había prometido llevarme el mismo día a visitar el asilo infantil de la Carrera Valdoceo. También lo estaba porque el albañilito está mejor, y porque ayer tarde, al pasar, el maestro dijo a mi padre; “Va bien, va bien”. ¡Y luego hacía una mañana tan hermosa de primavera! Desde las ventanas de la escuela se veía el cielo azul, los árboles del jardín todos cubiertos de brotes, y las ventanas de las casas abiertas de par en par, con los cajones y tiestos ya reverdecidos. El maestro no se reía, porque jamás se ríe; pero estaba de buen humor, tanto, que no se le veía la arruga recta que casi siempre tiene en medio de la frente, y explicaba un problema, en la pizarra, bromeando. Bien se notaba que sentía placer al respirar el aire del jardín que penetraba por las ventanas, lleno de fresco perfume de tierra y hojas, que hacía pensar en los paseos del campo. Mientras él explicaba, se oía en la calle inmediata a un maestro herrero que golpeaba sobre el yunque, y en la casa de enfrente una mujer que cantaba para dormir a un niño; lejos, en el cuartel de la Cernaia, sonaban las trompetas. Todos parecían contentos, hasta el mismo Estardo. En un momento, el herrero se puso a martillar más fuertemente, y la mujer a cantar más alto. El maestro cesó de explicar, y puso el oído atento. Luego, mirando por la ventana, dijo lentamente: “El suelo que sonríe, una madre que canta, un hombre honrado que trabaja, muchachos que estudian... ¡Oh qué cosas tan hermosas!”. Cuando salimos de la clase, vimos que todos los demás estaban también alegres; marchaban todos en fila marcando fuertemente el paso y cantando, como en víspera de vacaciones; las maestras jugueteaban; la de la pluma roja saltaba siguiendo a sus niños como una colegiala; los padres de los muchachos hablaban entre sí, riéndose, y la madre de Crosi, la verdulera, tenía en la cesta muchos ramitos de violetas, que llenaban de aroma el salón de espera. Yo nunca he sentido tanto contento al ver a mi madre que me aguardaba en la calle, y se lo dije según corría a su encuentro: “Estoy alegre: ¿qué ocurre para que esté tan contento hoy?”. Y mi madre me respondió, sonriendo, que era la bella estación y la conciencia tranquila.
EL ASILO INFANTIL
_Martes 4._--Mi madre, según me había prometido, me llevó ayer, después de almorzar, al asilo infantil de la Carrera Valdoceo. Iba para recomendar a la directora una hermanita de Precusa. Yo no había visto nunca un asilo. ¡Cuánto me divertí! Eran doscientos entre niños y niñas, tan pequeños, que los de la sección primera de nuestra escuela son hombres a su lado. Llegamos en el momento en que entraban formados en el refectorio, donde había dos larguísimas mesas con muchos agujeros redondos y en cada uno su escudilla negra, llena de arroz y judías, y una cucharilla de estaño al lado. Al entrar, algunos se caían y permanecían sentados en el suelo y allí se quedaban hasta que venía alguna maestra a ponerlos en pie. Muchos se paraban delante de una escudilla, creyendo que aquél era su sitio, engullían a escape una cucharada, cuando llegaba una maestra diciéndoles: “¡Adelante!”. Avanzaban tres o cuatro pasos, y vuelta a tragar otra cucharada; y adelante todavía, hasta que llegaban a su puesto, después de haber picado una media ración a cuenta de los demás. Finalmente, a fuerza de empujar y gritar: “¡Despachad! ¡Vamos pronto!”, les pusieron a todos en orden, y comenzó la oración. Pero los de la fila de dentro, que al rezar tenían que ponerse de espaldas a la escudilla, volvían la cabeza hacia atrás para no perderla de vista como si temiesen que se la cogieran, y así rezaban, con las manos juntas y los ojos al cielo, pero con el corazón en el plato. Luego se pusieron a comer. ¡Oh, qué espectáculo tan divertido! Uno comía con dos cucharas; otro se arreglaba con las manos; muchos separaban las judías enteras y se las metían en el bolsillo; otros las vertían en el delantalito y las golpeaban hasta hacer una pasta. No faltaba quien dejaba de comer, embobado, viendo volar las moscas, ni quien, al toser, lanzase una lluvia de arroz por su boca. Un gallinero, parecía aquel comedor. Pero, así y todo, el espectáculo era gracioso. Las dos filas de niñas hacían hermoso conjunto, con sus cabellos atados atrás con cintas rojas, verdes, azules. Una maestra preguntó a una fila de ocho niñas: “¿En dónde nace el arroz?”. Las ocho, abriendo de par en par la boca llena de comida, respondieron a una voz cantando: “Nace en el agua”. Luego la maestra mandó “¡manos en alto!”. Daba gusto ver entonces cómo de todos los bracitos, que dos meses antes estaban fajados, salían las manecitas, agitándose como si fueran otras tantas mariposas blancas o sonrosadas.
Más tarde fueron a jugar; pero antes todos iban cogiendo sus cestitas con la merienda, que estaban colgadas en las paredes. Salieron al jardín y se desparramaron, sacando sus provisiones; pan, ciruelas pasas, pedacitos de queso, un huevo cocido, manzanas, puñaditos de cereza, un ala de pollo. En un momento quedó cubierto el jardín de migajas, como si se hubieran esparcido granzas para bandadas de pájaros. Comían de las maneras más extrañas, como los conejos, como los topos y como los gatos, bien royendo, lamiendo o chupando. Había un niño que sostenía de punta, contra el pecho, una rebanada de pan y la untaba con un níspero, como si estuviese sacando brillo a una espada. Niñas que estrujaban en la mano requesones frescos, que escurrían por los dedos, como si fuera leche, hasta meterse por entre las mangas, y apenas si lo advertían ellas. Corrían y se perseguían unos a otros, con las manzanas y los panecillos entre los dientes, como los perros. Me chocó ver tres niñas que agujereaban con un palito un huevo duro; creyendo que en su interior había un tesoro, le desparramaban por el suelo, y luego iban recogiéndolo poco a poco con gran paciencia, como si fuesen perlas. Al que tenía en su cesto algo extraordinario, le rodeaban ocho o diez, con la cabeza inclinada para mirar, como habrían mirado la luna dentro de un pozo. Lo menos había veinte alrededor de cierto arrapiezo, como un huevo de alto, que tenía en la mano un cucurucho de azúcar, y todos iban a hacerle cumplidos para que permitiera mojar el pan allí; él daba permiso a unos y a otros a fuerza de súplicas, mas sólo concedía que le chupasen un dedo después de haberlo metido en el cucurucho.
Mi madre en esto, había vuelto al jardín, y acariciaba ya a uno, ya a otro. Muchos la seguían y se le echaban encima pidiéndole un beso, como si mirasen a un tercer piso, abriendo y cerrando la boca, como para pedir la papilla. Uno le ofreció un casco de naranja mordida ya; otro una cortecita de pan; una niña le dió una hoja; otra le enseñó con grande seriedad la punta del dedo índice, donde, mirando bien, se veía una ampollita microscópica que se había hecho el día antes tocando la llama de la luz. Le ponían ante sus ojos como grandes maravillas los insectos pequeñísimos, que yo no sé cómo los veían y los recogían, tapones de corcho partidos por la mitad, botoncitos de camisa, florecillas que cortaban de los tiestos. Un niño con una venda por la cabeza, que quería que a toda costa le oyesen, le contó no sé qué historia de una voltereta, de que no pude comprender ni palabra; otro se empeñó en que mi madre se inclinase, y le dijo al oído: “Mi padre hace escobas”. En el entretanto mil desgracias ocurrían en todas partes, que hacían acudir a las maestras: niñas que lloraban porque no podían deshacer un nudo del pañuelo; otras que se disputaban a arañazos y gritos dos semillas de manzana; otro niño que se había caído boca abajo sobre un banco derribado, y sollozaba sin poder levantarse.
Antes de salir mi madre, cogió en brazos a tres o cuatro, y entonces de todos lados vinieron corriendo para que también los cogiera, con las caras manchadas de yema de huevo y de zumo de naranja; quien la agarraba de las manos; quien le cogía un dedo para ver la sortija; quien le tiraba de la cadena del reloj, y quien se esforzaba por tocarle las trenzas. “¡Por Dios!--decían las maestras--; ¡le estropean a usted todo el vestido!”. Pero a mi madre le importaba nada el vestido y siguió besándoles, y ellos echándose encima, los primeros con los brazos extendidos como si quisieran trepar, los más distantes tratando de ponerse en primera fila, metiéndose por entre todos. “¡Adiós!, ¡Adiós!”, todos gritaban. Por fin mi madre pudo escaparse del jardín. Todos fueron corriendo a asomarse por entre los hierros de la verja para verla pasar y sacar los brazos fuera saludándola, ofreciéndole todavía pedazos de pan, bocaditos de nísperos, cortezas de queso, y gritando a unísono: “¡Adiós!, ¡Adiós!, ¡Adiós! ¡Vuelve mañana! ¡Que vengas otra vez!”. Mi madre, al salir, todavía acarició a aquellas cien manecitas, pasando la mano por ellas como sobre guirnaldas de rosas, y una vez en la calle, toda cubierta de migajas y de manchas, ajada y descompuesta, con una mano llena de flores y los ojos llenos de lágrimas, se sentía contenta como si saliera de una fiesta. Aún se oía el vocerío de dentro, cual gorjeo de pajarillos que dijeran: “¡Adiós!, ¡Adiós! ¡Ven otra vez, _señorita_!”.
EN CLASE DE GIMNASIA