Corazón

Part 12

Chapter 123,964 wordsPublic domain

_Sábado 25._--Ayer tarde, al salir de la escuela, fuí a visitar al profesor, que está malo. El trabajo excesivo le ha puesto enfermo. Cinco horas de lección al día, luego una hora de gimnasia, luego otras dos horas de escuela de adultos por la noche, lo cual significa que duerme muy poco, que come a escape y que no puede ni respirar siquiera tranquilamente de la mañana a la noche; no tiene remedio: ha arruinado su salud. Esto dice mi madre. Ella me esperó abajo en la puerta de la calle; subí solo, y en la escalera me encontré al maestro de las barbazas negras, Coato, aquél que mete miedo a todos y no castiga a nadie; él me miró con los ojos fijos, rugió como un león (por broma) y pasó muy serio. Aún me reía yo cuando llegaba al piso cuarto y tiraba de la campanilla; pero pronto cambié, cuando la criada me hizo entrar en un cuarto pobre, medio a obscuras, donde se hallaba acurrucado mi maestro. Estaba en una cama pequeña de hierro: tenía la barba crecida. Se puso la mano en la frente como pantalla para ver mejor, y exclamó con su voz afectuosa. “¡Oh, Enrique!”. Me acerqué al lecho, me puso una mano sobre el hombro y me dijo: “Muy bien, hijo mío. Has hecho bien en venir a ver a tu pobre maestro. Estoy en mal estado, como ves, querido Enrique. Y ¿cómo anda la escuela? ¿Qué tal los compañeros? ¿Todo va bien, eh, aun sin mí? ¿Os encontráis bien sin mí, no es verdad? ¡Sin vuestro viejo maestro!”. Yo quería decir que no; él me interrumpió. “Ea, vamos, ya lo sé que no me queréis mal”. Y dió un suspiro. Yo miraba unas fotografías clavadas en las paredes. “¿Ves?--me dijo--. Todos estos muchachos me han dado sus retratos desde hace más de veinte años. Guapos chicos. He ahí mis recuerdos. Cuando me muera, la última mirada la echaré allí a todos aquellos pilluelos, entre los cuales he pasado la vida. ¿Me darás tu retrato también, no es verdad, cuando hayas concluido el grado elemental?”. Luego cogió una naranja que tenía sobre la mesa de noche y me la alargó diciendo: “No tengo otra cosa que darte: es un regalo de enfermo”. Yo le miraba, y tenía el corazón triste, no se por qué. “Ten cuidado, ¿eh?--volvió a decirme--; yo espero que saldré bien de ésta; pero si no me curase... cuida de ponerte fuerte en aritmética, que es tu lado flaco; haz un esfuerzo; no se trata más que de un primer esfuerzo, porque a veces no es falta de aptitud, es una preocupación o, como si se dijese, una manía”. Pero entretanto respiraba fuerte, se veía que sufría. “Tengo una fiebre muy alta...”. Y suspiró. “Estoy medio muerto. Te recomiendo, pues: ¡firme en la aritmética y en los problemas! ¿Que no sabes bien, a la primera, se descansa un momento y se vuelve a intentar! ¿Que todavía no sale bien? Otro poco de descanso y vuelta a empezar. Y adelante, pero con tranquilidad, sin afanarse, sin perder la cabeza. Vete. Saluda a tu madre. Y no vuelvas a subir las escaleras; nos volveremos a ver en la escuela. Y si no nos volvemos a ver, acuérdate alguna vez de tu maestro del tercer año, que siempre te ha querido bien”. “¡Inclina la cabeza!”, me dijo. La incliné sobre la almohada y me besó en los cabellos. Luego añadió: “Vete”; y volvió la cara del lado de la pared. Yo bajé volando las escaleras porque tenía necesidad de abrazar a mi madre.

LA CALLE

_Sábado 25._--“Te observaba desde la ventana esta tarde al volver de casa del maestro; tropezaste con una pobre mujer. Cuida mejor que ver cómo andas por la calle. También en ella hay deberes que cumplir. Si tienes cuidado de medir tus pasos y tus gestos en una casa, ¿por qué no has de hacer lo mismo en la calle, que es la casa de todos? Acuérdate, Enrique: siempre que encuentres a un anciano, a un pobre, a una mujer con un niño en brazos, a un impedido que anda con muletas, a un hombre encorvado bajo el peso de su carga, a una familia vestida de luto, cédeles el paso con respeto; debemos respetar la vejez, la miseria, el amor maternal, la enfermedad, la fatiga, la muerte. Siempre que veas una persona a la cual se le viene encima un carruaje, quítale del peligro, si es un niño; adviértele, si es un hombre; pregunta qué tiene al niño que veas solo llorando. Recoge el bastón al anciano que lo haya dejado caer. Si dos niños riñen, sepáralos; si son dos hombres, aléjate por no asistir al espectáculo de la violencia brutal que ofende y endurece el corazón. Y cuando pase un hombre maniatado entre dos guardias, no añadas a la curiosidad cruel de la multitud, la tuya; puede ser inocente. Cesa de hablar con tu compañero y de sonreír cuando encuentres una camilla del hospital, que quizá lleva un moribundo, o un cortejo mortuorio, porque ¡quién sabe si mañana no podría salir uno de tu casa! Mira con reverencia a todos los muchachos de los establecimientos benéficos que pasan de dos en dos: los ciegos, los mudos, los raquíticos, los huérfanos, los niños abandonados; piensa que son la desventura y la caridad humana las que pasan. Finge siempre no ver a quien tenga una deformidad repugnante, ridícula. Apaga siempre las cerillas que encuentres encendidas al pasar: el no hacerlo podría costar caro a alguno. Responde siempre con finura al que te pregunte por una calle. No mires a nadie riendo, no corras sin necesidad y no grites. Respeta la calle. La educación de un pueblo se juzga, ante todo, por el comedimiento que observa en la vía pública. Donde notes falta de educación fuera, la encontrarás también dentro de las casas. Estudia las calles, estudia la ciudad donde vives, que si mañana fueras lanzado lejos de ella, te alegrarías de tenerla bien presente en la memoria y de poder recorrer con el pensamiento tu ciudad, tu pequeña patria, la que ha constituido por tantos años tu mundo, donde has dado tus primeros pasos al lado de tu madre, donde has sentido las primeras emociones, abierto tu mente a las primeras ideas y encontrado los primeros amigos. Ella ha sido una madre para ti, te ha instruido, deleitado y protegido. Estúdiala en sus calles y en su gente; ámala, y cuando oigas que la injurian, defiéndela.--_Tu padre_”.

[Ilustración]

LAS ESCUELAS DE ADULTOS

_Jueves 1.º_

Ayer me llevó mi padre a ver las clases de adultos de la escuela Bareti, que es la nuestra; ya estaban todas iluminadas, y los artesanos comenzaban a entrar. Al llegar, nos encontramos al director y a los maestros encolerizados, porque hacía poco habían roto a pedazos los cristales de una ventana; el bedel, echándose a la calle había atrapado a un muchacho que pasaba; pero en el mismo momento se presentó Estardo, que vive frente a la escuela, diciendo: “Éste no ha sido; yo mismo lo he visto con mis propios ojos; Franti ha sido el que ha tirado y me ha dicho: ‘¡Ay de ti si hablas!’; pero yo no tengo miedo”. El director añadió que Franti sería expulsado para siempre. Entretanto observaba a los operarios que llegaban juntos, de dos en dos o de tres en tres, y ya habían entrado más de doscientos. ¡Nunca había yo visto lo hermoso que es una escuela de adultos! Allí estaban mezclados muchachos desde doce años y hombres con barba que volvían del trabajo, con sus libros y sus cuadernos. Había carpinteros, fumistas, fogoneros con la gorra negra, albañiles con las manos blancas de cal, mozos de panadería con el pelo enharinado; se percibía olor de barniz, de cuero, de pez, de aceite, olores de todos los oficios. También entró una escuadra de obreros de la Maestranza de Artillería, de uniforme, con un cabo. Todos se metían presurosos en los bancos; quitaban el travesaño donde nosotros ponemos los pies, e inmediatamente inclinaban sus cabezas sobre los cuadernos. Algunos iban a pedir explicación a los maestros, con los cuadernos abiertos. Vi a aquel maestro joven y bien vestido, _el abogadillo_, que tenía tres o cuatro operarios alrededor de la mesa, y hacía correcciones con la pluma; también al cojo, que se reía grandemente con un tintorero que le llevaba un cuaderno manchado de tinte rojo y azul. Mi maestro, ya curado, se encontraba allí asimismo; mañana volverá ya a la escuela. Las puertas de la clase estaban abiertas. Me quedé admirado, cuando comenzaron las lecciones, al ver la atención que todos prestaban, sin mover siquiera los ojos. Y sin embargo, “la mayor parte, decía el director, por no llegar demasiado tarde, no habían ido a casa a tomar siquiera un poco de pan, y tenían hambre”. Los pequeños, al cabo de media hora de clase, se caían de sueño. Alguno se dormía con la cabeza apoyada en el banco, y el maestro lo despertaba haciéndole cosquillas con una pluma en la oreja. Los mayores no: estaban bien despiertos, oyendo la lección con la boca abierta, sin pestañear; nos causaba maravilla. Subimos al piso superior, corrí hacia la puerta de mi clase, y me encuentro con que mi sitio estaba ocupado por un hombre de grandes bigotes, que llevaba una mano vendada porque quizá se había hecho daño con alguna herramienta, y que, sin embargo, se ingeniaba para poder escribir muy despacio. Lo que más me agradó fué el ver que precisamente en el mismo banco, y en el mismo rinconcito donde se sienta el albañilito, se sienta también su padre, aquel albañil grande como un gigante, que apenas cabe en el sitio, con los codos apoyados en la mesa, la barba sobre los puños y los ojos fijos en el libro, y con una atención tan intensa, que no se le siente respirar. Y no fué pura casualidad, porque él fué precisamente quien dijo al director el primer día que asistió a la escuela: “Señor director, hágame el favor de ponerme en el mismo sitio que ocupa mi ‘carita de liebre’ (porque siempre llama a su hijo de esta manera)”. Nos detuvimos en la escuela hasta lo último, encontrándonos en la calle muchas mujeres con los niños abrazados al cuello, que esperaban a sus maridos, y que en cuanto salían hacían el cambio; los operarios cogían a sus hijos en brazos, las mujeres tomaban los libros y los cuadernos, y así llegaban a casa. Por algún tiempo la calle estaba llena de gente y de ruido. Luego todo quedó en silencio, y no distinguimos ya nada más que la figura larga y cansada del director, que se alejaba.

LA LUCHA

_Domingo 5._--Era de esperar: Franti, expulsado por el director, quiso vengarse, y aguardó a Estardo en una esquina, a la salida de la escuela, por donde había de pasar con su hermana, a quien todos los días va a buscar a un colegio de la calle de Dora Grosa. Mi hermana Silvia, al salir de su clase, lo vió y volvió a casa llena de espanto. He aquí lo que ocurrió: Franti, con su gorra lustrosa de hule, aplastada y caída sobre una oreja, corrió de puntillas hasta alcanzar a Estardo y, para provocarle dió un tirón a la trenza de su hermana; pero tan fuerte, que casi la tira en tierra hacia atrás. La muchachita lanzó un grito; su hermano se volvió. Franti que es mucho más alto y más fuerte que Estardo, pensaba: “O se aguantará, o le daré de cachetes”. Pero Estardo no se detuvo a pensarlo, y, a pesar de ser tan pequeño y mal formado, se lanzó de un salto sobre aquel grandullón y le molió a puñetazos; pero no podía con él, y le tocaban más de los que él daba. Nadie pasaba por la calle, sino algunas niñas; nadie podía separarles. Franti le tiró al suelo; pero él en seguida se puso en pie, y vuelta a echársele encima a Franti, que le golpeaba como quien golpea en una puerta: en un momento le arrancó media oreja, le hundió un ojo y le hizo echar sangre por la nariz. Pero Estardo no cejaba, duro con él; rugía: “Me matarás, pero te las he de hacer pagar”. Franti le daba puntapiés y puñadas; Estardo se defendía a patadas y empellones, y hasta con la cabeza. Una mujer gritaba desde la ventana: “¡Bravo por el pequeño!”. Otras decían: “Es un muchacho que defiende a su hermana. ¡Valor! Dale a puño cerrado”. Y a Franti le gritaban: “¡Porque eres mayor, cobarde!”. Pero Franti también se había enfurecido, le echó la zancadilla y Estardo cayó, y él encima: “¡Ríndete!”. “¡No!”. “¡Ríndete!”. “¡No!”. Y de un empujón se deslizó de entre sus manos y se puso en pie; se aferró a Franti por la cintura, y con un esfuerzo furioso lo tiró impetuosamente sobre el empedrado, echándole la rodilla al pecho. “¡Ah, el infame tiene una navaja!”, gritó un hombre que corría para desarmar a Franti. Pero ya Estardo, fuera de sí, le había cogido el brazo con las dos manos y dándole un fuerte mordisco, le hizo dejar caer la navaja; la mano le sangraba. Acudieron otros varios, los separaron y los levantaron: Franti echó a correr, malparado; Estardo permaneció en el sitio, con la cara arañada y un ojo magullado, pero vencedor, al lado de su hermana, que lloraba mientras otras niñas recogían los cuadernos y los libros desparramados por el suelo. “¡Bravo por el pequeño--decían alrededor--, que ha defendido a su hermana!”. Pero Estardo, que pensaba más en su cartera que en su victoria, se puso luego a examinar uno por uno de los libros y los cuadernos para ver si faltaba algo o se habían estropeado; los limpió con la manga, miró el cartapacio, puso en su sitio todo, y luego, tranquilo y serio como siempre, dijo a su hermana. “Vámonos pronto, que tengo que hacer un problema con cuatro operaciones”.

LOS PADRES DE LOS CHICOS

_Lunes 6._--Esta mañana estaba el grueso padre de Estardo esperando a su hijo, temiendo que se encontrase a Franti de nuevo; pero Franti dicen que no volverá más, porque lo meterán a la cárcel. Había muchos padres esta mañana. Entre otros se hallaba el revendedor de leña, el padre de Coreta, que es el retrato de su hijo: esbelto, alegre, con sus bigotes aguzados y un lacito de dos colores en el ojal de la chaqueta. Ya conozco a casi todos los padres de los muchachos de verlos siempre allí. Hay una abuela encorvada con capa blanca, que aunque llueva, nieve o truene, viene siempre cuatro veces al día a traer o llevarse un nietecillo suyo, que va a la clase de primaria superior, y a quien quita el capote, se lo vuelve a poner a la salida, le arregla la corbata, le sacude el polvo, le atusa, le mira los cuadernos: ¡se comprende que no tiene otro pensamiento y que no encuentra nada más hermoso en el mundo! Viene a menudo también el capitán de artillería, padre de Roberto, el niño de las muletas, aquél que salvó a otro niño de un ómnibus: y así como todos los compañeros de su hijo, al pasar por su lado le hacen una caricia, el padre devuelve la caricia o el saludo sin olvidarse de nadie; a todos se dirige, y cuanto más pobres y peor vestidos van, con mayor alegría se las agradece. A veces también se ven cosas tristes; un caballero que no venía ya, porque hacía un mes se le había muerto un hijo y mandaba a la portera a recoger a otro, volvió ayer por primera vez, y al ver la clase y a los compañeros de su pequeñuelo muerto, se metió en un rincón y prorrumpió en sollozos, tapándose la cara con las manos; el director lo cogió del brazo y lo llevó a su despacho. Hay padres y madres que conocen por su nombre a todos los compañeros de sus hijos, muchachas de la escuela inmediata y alumnos del Instituto, que vienen a esperar a sus hermanos. Suele venir también un señor ya viejo, que era coronel; y cuando algún muchacho deja caer un cuaderno o pluma en medio de la calle, él lo recoge. No faltan tampoco señoras elegantes que hablan de cosas de la escuela con pobres mujeres de pañuelo a la cabeza y cesta al brazo, diciendo: “¡Ah! ¡Ha sido terrible esta vez el problema! Esta mañana tenían una lección de Gramática que no se acaba nunca”. Si hay un enfermo en una clase, todas lo saben; y cuando está mejor, todas se alegran. Precisamente esta mañana había ocho o diez señoras y artesanos que rodeaban a la madre de Crosi, la verdulera, para preguntarle noticias de un pobre niño de la clase de mi hermano que vive en su patio y está en peligro de muerte. Parece que la escuela hace a todos iguales, y amigos a todos.

EL NÚMERO 78

_Miércoles 8._--Ayer tarde presencié una escena conmovedora. Varios días hacía que la verdulera, siempre que Deroso pasaba a su lado, lo miraba y remiraba con una expresión de afecto muy grande, porque Deroso, después de hacer el descubrimiento del tintero del presidario número 78, ha tomado cariño a Crosi, su hijo, el de los cabellos rojos, el del brazo paralítico; le ayuda a hacer los trabajos en la escuela, le indica las respuestas, le da papel, plumas y lápiz; en suma: le trata como a un hermano, como para compensarle de aquella desgracia de su padre, que le ha cabido en suerte y que él no conoce. Habían pasado varios días en que la verdulera miraba a Deroso, pareciendo querérselo comer con los ojos, porque es una buena mujer que no vive más que para su hijo, y como Deroso es el que le ayuda, y gracias a él hace buen papel en la escuela, siendo Deroso un señor y el primero de la clase, le parece a ella un rey, un santo. Sus ojos daban a entender que quería decirle algo, pero le daba vergüenza. Ayer mañana, por último, se armó de valor, y le detuvo delante de una puerta: “Dispénseme, señorito: usted, que es tan bueno y quiere tanto a mi hijo, hágame el favor de aceptar este pequeño recuerdo de una pobre madre”; y sacó de su cesta de verdura una cajita de cartón blanca y dorada. Deroso se puso como la grana, y la rechazó, diciendo amable, pero resuelto: “Désela usted a su hijo... no acepto nada”. La mujer quedó contrariada y pidió perdón, balbuceando: “No creía ofenderlo... ¡Si no son más que caramelos!”. Pero Deroso repitió la negativa, meneando la cabeza. Entonces ella sacó tímidamente de la cesta un manojo de rabanillos, y le dijo: “Acepte al menos éstos, que son frescos, para llevárselos a su madre”. Deroso sonrió, contestando: “No, gracias, no quiero nada; haré siempre lo que pueda por Crosi, pero no debo aceptar nada; gracias de todos modos”. “Pero ¿no se ha ofendido usted?”, preguntó la pobre mujer con ansiedad. Deroso le dijo sonriendo: “¡Bah! No”; y se fué, mientras ella exclamaba con alegría: “¡Oh! ¡Qué muchacho tan bueno! ¡Nunca he visto otro tan guapo!”. Todo parecía concluido; pero he aquí por la tarde, a las cuatro, en lugar de la madre de Crosi se le acerca el padre, con su cara mortecina y melancólica. Detuvo a Deroso, y en la manera de mirarlo se comprendía en seguida su sospecha de que Deroso conociese su secreto; lo miró fijamente, diciéndole con voz triste y afectuosa: “Usted quiere mucho a mi hijo... ¿por qué le quiere tanto?”. Deroso se puso encendido. Hubiera querido responder: “Lo quiero tanto porque ha sido desgraciado; porque también usted, su padre, ha sido más desgraciado que culpable, expiando noblemente su delito, siendo un hombre de corazón”. Pero le faltaron los ánimos para decirlo, porque en el fondo sentía temor y casi repugnancia ante aquel hombre que había derramado la sangre de otro y había estado seis años preso. Éste lo adivinó todo, y bajando la voz, dijo al oído y casi temblando a Deroso: “Usted quiere bien al hijo, pero no quiere mal... no desprecia al padre, ¿no es verdad?”, “¡Ah, no, no!”, exclamó Deroso en un arranque del alma. El hombre hizo entonces un movimiento impetuoso como para echarle un brazo al cuello, pero no se atrevió, contentándose con coger con dos dedos uno de sus rizos; lo estiró y lo dejó libre en seguida: luego se llevó su propia mano a la boca y la besó, mirando a Deroso con los ojos humedecidos, como para decirle que aquel beso era para él. Después cogió a su hijo de la mano, y se fué con paso rápido.

EL CHIQUITÍN MUERTO

_Lunes 13._--El niño que vive en el patio de la verdulera, que pertenece a la sección primera superior, como mi hermano, ha muerto. La maestra Delcato vino el sábado por la tarde llena de aflicción a dar la noticia al maestro; inmediatamente Garrón y Coreta se ofrecieron para llevar el ataúd. Era un muchachito excelente: la semana anterior había ganado la medalla; quería mucho a mi hermano, y le había regalado una hucha rota; mi madre le hacía caricias siempre que lo encontraba. Usaba una gorra con dos tiras de paño rojo. Su padre es mozo de estación. Ayer tarde, domingo, a las cuatro y media, fuimos a su casa para acompañarle hasta la iglesia. Viven en un piso bajo. Ya había en el patio muchos niños de su sección con sus madres, y cinco o seis maestros con cirios, y algunos vecinos. La maestra de la pluma roja y la Delcato habían entrado dentro y las veíamos por una ventanita abierta, que estaban llorando, y a la madre del niño, que sollozaba fuertemente. Dos señoras, madres de dos compañeros de escuela del muerto, habían llevado sendas guirnaldas de flores. A las cinco en punto nos pusimos en camino. Iba delante un muchacho que llevaba la cruz, luego el cura, luego la caja, una caja muy pequeña, ¡pobre niño!, cubierta de paño negro, y sujetas alrededor las guirnaldas de las dos señoras. A un lado del paño negro habían prendido la medalla y tres menciones honoríficas que el muchacho había ganado aquel año. Conducían el ataúd Garrón, Coreta y dos muchachos del patio. Detrás de la caja venía, en primer lugar, la Delcato, que lloraba como si el muerto fuera hijo suyo; detrás otras maestras, y luego los muchachos, entre los cuales había algunos muy pequeños, con sus ramitos de violetas en la mano, y miraban al féretro absortos, dando la otra mano a sus madres, que llevaban las velas por ellos. Oí que uno de éstos decía: “¿Y ahora ya no vendrá más a la escuela?”. Cuando la caja salió del patio un grito desesperado salió de la ventana: era la madre del niño, a quien hicieron retirar al interior en seguida. En la calle encontramos a los muchachos de un colegio, que iban de dos en dos, y al ver el féretro con la medalla y las maestras, se quitaron todos sus gorras. ¡Pobre chiquitín! ¡Se fué a dormir para siempre con su medalla! Ya no veremos más su gorrilla con las tiras rojas. Estaba bueno, y a los cuatro días murió. El último hizo un esfuerzo para levantarse y poder escribir su trabajo de Gramática, y se empeñó en que le habían de poner la medalla sobre la cama, temiendo que se la cogiesen. ¡Nadie te la quitará ya, pobre niño! ¡Adiós, adiós! ¡Siempre nos acordamos de ti en la sección Bareti! ¡Ángel, duerme en paz!

LA VÍSPERA DEL 14 DE MARZO