My First Cruise, and Other stories

Chapter 2

Chapter 23,902 wordsPublic domain

De que la clase obrera alemana necesitaba, aunque sólo fuese por razones de propaganda, una organización, y de que esta organización, si no había de ser puramente local, tenía que ser necesariamente clandestina, incluso fuera de Alemania, no nos cabía la menor duda. Pues bien; en la Liga teníamos precisamente esa organización. Y si lo que habíamos tenido que reprocharles hasta entonces era abandonado ahora como erróneo por los propios representantes de la Liga, y éstos nos invitaban a colaborar en su reorganización, ¿podíamos nosotros negarnos? Claro está que no. Ingresamos, pues, en la Liga; Marx formó una comuna en Bruselas con nuestros amigos más cercanos, y yo asistía a las tres comunas de París.

En el verano de 1847, se celebró en Londres el primer Congreso de la Liga, al que W. Wolff acudió representando a las comunas de Bruselas y yo a las de París. En este Congreso se llevó a cabo, ante todo, la reorganización de la Liga. Se suprimió lo que quedaba todavía de los viejos nombres místicos de la época conspirativa; la Liga se organizó en forma de comunas, círculos, círculos directivos, Comité Central y Congreso, denominándose a partir de entonces Liga de los Comunistas. «La finalidad de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la supresión de la vieja sociedad burguesa, basada en los antagonismos de clase, y la creación de una nueva sociedad, sin clases y sin propiedad privada». Tal era el texto del artículo primero. En cuanto a la organización, ésta era absolutamente democrática, con comités elegidos y revocables en todo momento, con lo cual se cerraba la puerta a todas las veleidades conspirativas que exigen siempre un régimen de dictadura, y la Liga se convertía —por lo menos para los tiempos normales de paz— en una sociedad exclusivamente de propaganda. Estos nuevos estatutos —véase cuán democráticamente se procedía ahora— se presentaron a las comunas para su discusión, volviendo a examinarse en el segundo Congreso, que los aprobó definitivamente el 8 de diciembre de 1847. Aparecen reproducidos en la obra de Wermuth y Stieber, tomo I, pág. 239, apéndice X.

El segundo Congreso se celebró a fines de noviembre y comienzos de diciembre del mismo año. A este Congreso asistió también Marx, que defendió en un largo debate —el Congreso duró, por lo menos, diez días— la nueva teoría. Por fin, todas las objeciones y dudas quedaron despejadas, los nuevos principios fueron aprobados por unanimidad y Marx y yo recibimos el encargo de redactar el manifiesto. Así lo hicimos, inmediatamente. Pocas semanas antes de la revolución de febrero, enviamos el Manifiesto a Londres, para su impresión. Desde entonces, ha dado la vuelta al mundo, está traducido a casi todos los idiomas y sirve todavía hoy de guía del movimiento proletario, en los más diversos países. La vieja divisa de la Liga: «Todos los hombres son hermanos», fue sustituida por el nuevo grito de guerra: «¡Proletarios de todos los países, uníos!», que proclamaba abiertamente el carácter internacional de la lucha. Diez y siete años después, la nueva divisa resonaba en el mundo entero como el grito de batalla de la Asociación Internacional de los Trabajadores, y hoy aparece inscrito en las banderas del proletariado militante de todos los países.

Estalló la revolución de febrero. El Comité Central de Londres transfirió inmediatamente sus poderes al círculo directivo de Bruselas. Pero este acuerdo llegó en el momento en que Bruselas se hallaba ya, de hecho, en estado de sitio y cuando sobre todo los alemanes no podían ya reunirse en parte alguna. Como todos estábamos a punto de trasladarnos a París, el nuevo Comité Central acordó, a su vez, disolverse, transfiriendo todos sus poderes a Marx y autorizándole para constituir inmediatamente en París, un nuevo Comité Central. Apenas se habían separado las cinco personas que tomaran este acuerdo (era el 3 de marzo de 1848), cuando la policía irrumpió en la casa de Marx, deteniéndole y obligándole a salir al día siguiente para Francia, viaje que precisamente se disponía él a emprender.

Pronto volvimos a reunirnos todos de nuevo en París. Aquí, se redactó el siguiente documento, firmado por los miembros del nuevo Comité Central, documento que se difundió en toda Alemania y del que todavía hoy algunos podrían aprender algo:

REIVINDICACIONES DEL PARTIDO COMUNISTA EN ALEMANIA

1. Toda Alemania será declarada República una e indivisible.

3. Los representantes del pueblo serán retribuidos, para que también los obreros puedan formar parte del parlamento del pueblo alemán.

4. Armamento general del pueblo.

7. Las fincas de los príncipes y demás posesiones feudales, todas las minas, canteras, etc., se convierten en propiedad del Estado. En las fincas se organizará la explotación en gran escala y con los recursos más modernos de la ciencia, en provecho de la colectividad.

8. Las hipotecas sobre las tierras de los campesinos se declaran propiedad del Estado; los campesinos abonarán al Estado los intereses de estas hipotecas.

9. En las regiones en que esté desarrollado el sistema de arriendos, la renta del suelo o precio de arrendamiento se pagará al Estado en concepto de impuesto.

11. El Estado tomará en sus manos todos los medios de transporte: ferrocarriles, canales, barcos, caminos, correos, etc., convirtiéndolos en propiedad del Estado y poniéndolos a disposición de la clase desposeída.

14. Restricción del derecho de herencia.

15. Implantación de fuertes impuestos progresivos y abolición de los impuestos sobre los artículos de consumo.

16. Organización de talleres nacionales. El Estado garantiza a todos los trabajadores medios de subsistencia y asume el cuidado de los incapacitados para trabajar.

17. Instrucción pública general y gratuita.

En interés del proletariado alemán, de la pequeña burguesía y de los campesinos, laborar con toda energía por la implantación de las medidas que quedan apuntadas, pues solamente la aplicación de estas medidas asegurará a los millones de hombres, que hasta ahora venían siendo explotados en Alemania por una minoría insignificante y a los que se pretenderá seguir manteniendo en la opresión, los derechos y el poder que les pertenecen como creadores de toda la riqueza.

El Comité: K. Marx, K. Schapper, H. Bauer, F. Engels, J. Moll, W. Wolff

En París había por aquel entonces la manía de las legiones revolucionarias. Españoles, italianos, belgas, holandeses, polacos, alemanes se juntaban en partidas para ir a libertar sus respectivas patrias. La legión alemana estaba acaudillada por Herwegh, Bornstedt y Börnstein. Y como, inmediatamente después de la revolución, los obreros extranjeros, además de quedarse sin trabajo, se veían acosados por el público, acudían en gran número a las legiones. El nuevo gobierno vio en ellas un medio para desembarazarse de los obreros extranjeros, y les concedió l'etape du soldat, o sea, alojamiento en ruta y un plus de marcha de 50 céntimos por día hasta la frontera, donde luego el sensible ministro de Negocios Extranjeros, que tenía siempre las lágrimas a punto, el retórico Lamartine, se encargaría de denunciarlos a sus gobiernos respectivos.

Nosotros nos opusimos con la mayor energía a este intento de jugar a la revolución. En medio de la efervescencia reinante en Alemania, hacer una incusión en el país para importar la revolución desde fuera y a la fuerza, equivalía a socavar la revolución alemana, fortalecer a los gobiernos y entregar a los mismos legionarios —de esto se encargaba Lamartine— inermes en manos de las tropas alemanas. Más tarde, al triunfar la revolución en Viena y en Berlín, la legión ya no tenía ningún objeto; pero como se había comenzado el juego, se prosiguió.

Fundamos un club comunista alemán, en el que aconsejamos a los obreros que se mantuvieran al margen de la legión y retornaran individualmente a su país, para ponerse allí al servicio del movimiento. Nuestro viejo amigo Flocon, que formaba parte del Gobierno Provisional, consiguió para los obreros expedidos por nosotros las mismas facilidades de viaje que se habían ofrecido a los legionarios. De este modo, enviamos a Alemania de 300 a 400 obreros, entre ellos la gran mayoría de los miembros de la Liga.

Como no era difícil prever, la Liga resultó ser una palanca demasiado débil para encauzar el movimiento desencadenado de las masas populares. Las tres cuartas partes de los afiliados a la Liga, que antes residían en el extranjero, al regresar a su país habían cambiado de residencia, con lo cual se disolvían en gran parte sus comunas anteriores y ellos perdían todo contacto con la Liga. Una parte, los más ambiciosos, ni siquiera se preocuparon de restablecer este contacto, sino que cada cual se puso a organizar en su localidad, por su cuenta y riesgo, un pequeño movimiento por separado. Finalmente, las condiciones que se daban en cada pequeño Estado, en cada provincia, en cada ciudad, eran tan distintas, que la Liga no habría podido dar a sus afiliados más que instrucciones muy generales, y éstas podían hacerse llegar mucho mejor por medio de la prensa. En una palabra, desde el [197] momento en que cesaron las causas que habían hecho necesaria una Liga secreta, perdió también ésta su significación. Y a quienes menos podía sorprender tal cosa, era precisamente a los que acababan de despojar a esta Liga secreta del último vestigio de su carácter conspirativo.

Sin embargo, ahora se demostraba que la Liga había sido una excelente escuela de actuación revolucionaria. En el Rin, donde la "Neue Rheinische Zeitung" constituía un centro sólido, en Nassau, en el Hessen renano, etc., eran siempre afiliados a la Liga los que aparecían a la cabeza del ala extrema del movimiento democrático. Y lo mismo en Hamburgo. En el sur de Alemania estorbaba el predominio de la democracia pequeñoburguesa. En Breslau, trabajó hasta el verano de 1848 Wilhelm Wolff, con gran éxito, logrando ser nombrado candidato para representar a Silesia en el parlamento de Francfort La Asamblea de Berlín fue convocada en Berlín en mayo de 1848 para elaborar la Constitución «de común acuerdo con la Corona». Al haber adoptado esa fórmula como base de su actividad, la Asamblea renunció con ello al principio de la soberanía del pueblo; en noviembre, a base de un decreto del rey fue trasladada a Brandeburgo; fue disuelta durante el golpe de Estado en Prusia en diciembre de 1848. Finalmente, el cajista Stephan Born, militante activo de la Liga en Bruselas y París, fundó en Berlín una «Hermandad Obrera», que adquirió considerable extensión y duró hasta 1850. Born, joven de mucho talento, pero que tenía demasiada prisa por convertirse en un personaje político, «fraternizó» con los elementos más dispares, con tal de poder reunir en torno suyo un tropel de gente; y él no era, ni mucho menos, el hombre capaz de poner unidad en las más dispares tendencias y de hacer luz en el caos. Por eso, en las publicaciones oficiales de su asociación se mezclan, en abigarrado mosaico, las ideas defendidas en el Manifiesto Comunista con los recuerdos y los anhelos gremiales, fragmentos de Luis Blanc y Proudhon, el proteccionismo, etc.; en una palabra, se quería contentar a todo el mundo. Se organizaron, sobre todo, huelgas, sindicatos, cooperativas de producción, olvidándose de que lo más importante era conquistar, mediante victorias políticas, el terreno sin el cual todas esas cosas no podrían sostenerse a la larga. Y cuando, más tarde, las victorias de la reacción hicieron sentir a los dirigentes de la Hermandad la necesidad de lanzarse directamente a la lucha revolucionaria, aquellas confusas masas que se agrupaban en torno a ellos los dejaron, naturalmente, en la estacada. Born tomó parte en la insurrección de Dresde, en mayo de 1849, y pudo escapar con suerte. Pero la Hermandad Obrera se comportó frente al gran movimiento político del proletariado como una simple Liga particular, que en parte sólo existía sobre el papel y cuya importancia era tan secundaria que la reacción no consideró necesario suprimirla hasta 1850, sin meterse hasta varios años más tarde con aquellos retoños suyos que aún continuaban existiendo. Y Born, cuyo verdadero nombre era Buttermilch, no se convirtió en un personaje político, sino en un modesto profesor suizo, que ya no traducía a Marx al lenguaje gremial, sino al plácido Renán a su alemán almibarado.

El 13 de junio de 1849 en París, la derrota de las insurrecciones de mayo en Alemania y el aplastamiento de la revolución húngara por los rusos pusieron fin a todo un período de la revolución de 1848. Pero el triunfo de la reacción no era todavía, ni mucho menos, definitivo. Se imponía la reorganización de las fuerzas revolucionarias dispersas, y por tanto también las de la Liga. Las circunstancias venían a vedar, como antes de 1848, toda organización pública del proletariado; había que volver a organizarse, pues, secretamente.

En el otoño de 1849, volvieron a reunirse en Londres la mayoría de los miembros de los antiguos comités centrales y congresos. Sólo faltaba Schapper, encarcelado en Wiesbaden, y que se presentó después de absuelto, en la primavera de 1850, y Moll, quien después de haber cumplido una serie de misiones peligrosísimas y de varios viajes de agitación —el último, para reclutar en el seno mismo del ejército prusiano, en la provincia del Rin, artilleros montados para las baterías del Palatinado— se enroló en la compañía de obreros de Besancon, del destacamento de Willich, muriendo de un tiro en la cabeza en la batalla del Murg, delante del puente de Rotenfels. En cambio, apareció en escena Willich. Este era uno de aquellos comunistas sentimentales que tanto abundaban desde 1845 en el occidente de Alemania, y que ya por ese solo hecho abrigaba una hostilidad secreta instintiva contra nuestra tendencia crítica. Pero él era todavía más; era un perfecto profeta, convencido de su misión de mesías predestinado del proletariado alemán, y, como tal, aspirante directo a la dictadura política, lo mismo que a la dictadura militar. Y así, junto al comunismo basado en el cristianismo primitivo, predicado antes por Weitling, surgió una especie de Islam comunista. Pero, por el momento, la propaganda de esta nueva religión quedó circunscrita al cuartel de refugiados cuyo mando tenía Willich.

Se procedió, pues, a organizar de nuevo la Liga, se ido a la luz el Mensaje de marzo de 1850, publicado en el apéndice (IX, Nº 1) y se envió a Alemania como emisario a Heinrich Bauer. El Mensaje, redactado por Marx y por mí, tiene todavía hoy interés, pues la democracia pequeñoburguesa sigue siendo aún el partido que en la próxima conmoción europea, que no tardará en producirse (pues el intervalo entre las revoluciones europeas —1815, 1830, 1848-1852, 1870— es, en nuestro siglo, de 15 a 18 años), será, necesariamente, el primero en empuñar el timón de Alemania, como salvador de la sociedad frente a los obreros comunistas. Por tanto, muchas de las cosas que decimos allí todavía siguen teniendo aplicación hoy. La misión de Heinrich Bauer fue coronada por un éxito completo. Aquel bravo zapaterillo era un diplomático innato. Volvió a incorporar a la organización activa a los antiguos miembros de la Liga —algunos de los cuales se habían desligado de ella y otros operaban por su cuenta—, y en particular a los dirigentes de la Hermandad Obrera. Y la Liga comenzó a desempeñar un papel predominante en las asociaciones obreras, campesinas y gimnásticas, en proporciones superiores a las de antes de 1848, hasta el punto de que ya en el siguiente Mensaje trimestral dirigido a las comunas en junio de 1850, se pudo hacer constar que el estudiante Schurz, de Bonn (el que más tarde había de ser ex ministro en Norteamérica), que había viajado por Alemania al servicio de la democracia pequeñoburguesa, «se ha encontrado ya con que todos los elementos útiles están en manos de la Liga». (véase el apéndice, IX, Nº 2). Esta fue, indudablemente, la única organización revolucionaria alemana de importancia.

Pero la función que esta organización hubiese de desempeñar, dependía muy esencialmente de que se realizasen o no las perspectivas de un nuevo auge de la revolución. En el transcurso de 1850, estas perspectivas fueron haciéndose cada vez más inverosímiles, y hasta imposibles. La crisis industrial de 1847, que preparara la revolución de 1848, había sido superada; había comenzado un nuevo período, hasta entonces nunca visto, de prosperidad industrial: quien tuviese ojos para ver y los usase tenía que convencerse de que la tormenta revolucionaria de 1848 se iba disipando poco a poco.

«Bajo esta prosperidad general, en que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desenvuelven todo lo exuberantemente que pueden desenvolverse dentro de las condiciones burguesas, no puede ni hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución sólo puede darse en aquellos períodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción, incurren en mutua contradicción. Las distintas querellas a que ahora se dejan ir y en que se comprometen recíprocamente los representantes de las distintas fracciones del partido continental del orden, no dan, ni mucho menos, pie para nuevas revoluciones; por el contrario, son posibles sólo porque la base de las relaciones sociales es, por el momento, tan segura y —cosa que la reacción ignora— tan burguesa. Contra ella chocarán todos los intentos de la reacción para contener el desarrollo burgués, así como toda la indignación moral y todas las proclamas entusiastas de los demócratas».

Así escribíamos Marx y yo en la "Revista de mayo a octubre de 1850" de la "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue", cuaderno V-VI, Hamburgo, 1850, pag. 153.

Pero esta manera fría de apreciar la situación era para mucha gente una herejía en aquellos momentos en que Ledru-Rollin, Luis Blanc, Mazzini, Kossuth y los astros alemanes de menor magnitud, como Ruge, Kinkel, Gögg y qué sé yo cuántos más, se reunían en Londres para formar a montones los gobiernos provisionales del porvenir, no sólo para sus países respectivos, sino para toda Europa, y en que sólo faltaba recibir de los Estados Unidos el dinero necesario, a título de empréstitos revolucionarios, para llevar a cabo, en un abrir y cerrar de ojos, la revolución europea, y con ella, naturalmente, la instauración de las correspondientes repúblicas. ¿A quién podía extrañarle que un hombre como Willich se dejase arrastrar por esto, que Schapper se dejase también llevar de su vieja comezón revolucionaria, y que la mayoría de los obreros que en gran parte vivían como refugiados en Londres les siguiesen al campo de los fabricantes democráticoburgueses de revoluciones? El caso es que el retraimiento defendido por nosotros no era del gusto de estas gentes, empeñadas en que nos lanzásemos al deporte de hacer revoluciones. Y, como nos negamos a ello del modo más enérgico, sobrevino la escisión; lo demás lo verá el lector en las Revelaciones. Luego vino la detención en Hamburgo, primero de Nothjung y después de Haupt, quien traicionó a sus compañeros, denunciando los nombres de los que formaban el Comité Central de Colonia; él era el que había de servir en el proceso de testigo principal de cargo; pero sus parientes no quisieron pasar por esa vergüenza y lo expidieron a Río de Janeiro, donde más tarde se estableció como comerciante, llegando a ser, en pago de sus méritos, primer cónsulo general de Prusia y después de Alemania. En la actualidad, vuelve a estar en Europa.

He aquí, para la mejor inteligencia de lo que sigue, la lista de los acusados de Colonia: 1) P. G. Röser, obrero cigarrero; 2) Heinrich Bürgers, que había de morir siendo diputado progresista en la Dieta; 3) Peter Nothjung, sastre, muerto hace pocos años en Breslau, siendo fotógrafo; 4) W. J. Reiff; 5) el Dr. Hermann Becker, actualmente alcalde de Colonia y miembro de la cámara alta; 6) el Dr. Roland Daniels, médico, que murió pocos años después del proceso, de resultas de una tuberculosis adquirida en la cárcel; 7) Karl Otto, químico; 8) el Dr. Abraham Jacoby, [201] actualmente médico en Nueva York; 9) el Dr. J. J. Klein, actualmente médico y concejal de Colonia; 10) Ferdinand Freiligrath, que por entonces estaba ya en Londres; 11) J. L. Ehrhand, viajante; 12) Friedrich Lessner, sastre, actualmente en Londres. De éstos, fueron condenados por tentativa de alta traición, después de la vista del proceso ante el jurado, que duró desde el 4 de octubre hasta el 12 de noviembre de 1852, los siguientes: Röser, Bürgers y Nothjung a seis años; Reiff, Otto y Becker a cinco años, y Lessner a tres años de reclusión en una fortaleza. Daniels, Klein, Jacoby y Ehrhard fueron absueltos.

Con el proceso de Colonia termina el primer período del movimiento obrero comunista en Alemania. Inmediatamente después de la condena disolvimos nuestra Liga; pocos meses más tarde fenecía también el Sonderbund de Willich-Schapper. ------ Entre aquella época y la de hoy, media toda una generación. Entonces, Alemania era un país de artesanado y de industria casera, basada en el trabajo manual; hoy, es un gran país industrial, sujeto todavía a una continua revolución industrial. Entonces había que andar buscando uno a uno a los obreros conscientes de su situación como obreros y de su contraposición histórico-económica con el capital, pues esta misma contraposición estaba todavía en mantillas. Hoy, hay que someter a todo el proletariado alemán a leyes de excepción, para entorpecer, aunque no sea más que un poquito, el proceso de la formación total de su conciencia de clase oprimida. Entonces, los pocos hombres que habían sabido comprender el papel histórico del proletariado tenían que reunirse secretamente, que agruparse a escondidas en pequeñas comunas de 3 a 20 individuos. Hoy, el proletariado alemán ya no necesita de ninguna organización oficial, ni pública, ni secreta; basta con la simple y natural cohesión que da la conciencia del interés de clase, para conmover a todo el imperio alemán, sin necesidad de estatutos, de comités, de acuerdos ni de otras formas tangibles. Bismarck es el árbitro de Europa al otro lado de las fronteras de Alemania; pero dentro de Alemania se alza, cada día más amenazadora, la figura atlética del proletariado alemán que Marx pronosticara ya en 1844, el gigante a quien los estrechos muros del edificio imperial, levantados a medida de los filisteos, le vienen demasiado pequeños, y cuya talla imponente y fornidas espaldas siguen desarrollándose mientras llega el momento en que bastará con que se levante de su asiento para que salte hecha añicos toda la estructura del imperio alemán. Más aún. El movimiento internacional del proletariado europeo y americano [202] es hoy tan fuerte, que no sólo su primera forma estrecha —la de la Liga secreta—, sino su segunda forma, infinitamente más amplia —la pública de la Asociación Internacional de los Trabajadores—, se ha convertido en una traba para él, pues hoy basta con el simple sentimiento de solidaridad, nacido de la conciencia de la identidad de su situación de clase, para crear y mantener unido entre los obreros de todos los países y lenguas un solo y único partido: el gran partido del proletariado. Las doctrinas sostenidas por la Liga desde 1847 hasta 1852 y que entonces podían ser tratadas despectivamente por los sabios filisteos, como quimeras salidas de unas cuantas cabezas locas y exaltadas, como doctrinas misteriosas de algunos sectarios sueltos, cuentan hoy con innumerables partidarios en todos los países civilizados del mundo desde los condenados de las minas de Siberia, hasta los buscadores de oro de California; y el fundador de esta teoría, el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo, Carlos Marx, era, cuando murió, el consejero siempre solicitado y siempre dispuesto del proletariado de ambos mundos.

Londres, 8 de octubre de 1885

Publicado en el libro: Karl Marx.