My First Cruise, and Other stories
Chapter 1
F. ENGELS CONTRIBUCION A LA HISTORIA DE LA LIGA DE LOS COMUNISTAS
Con la condena de los comunistas de Colonia, en 1852, cae el telón sobre el primer período del movimiento obrero alemán independiente. Hoy, este período se halla casi olvidado. Y sin embargo, duró desde 1836 hasta 1852 y se desarrolló, dada la gran difusión de los obreros alemanes en el extranjero, en casi todos los países civilizados. Más aún. El movimiento obrero internacional de hoy es, en el fondo, la continuación directa del movimiento obrero alemán de entonces, que fue, en general, el primer movimiento obrero internacional y del que salieron muchos de los hombres que habían de ocupar puestos dirigentes en la Asociación Internacional de los Trabajadores. Y los principios teóricos que la Liga de los Comunistas inscribió en sus banderas con el Manifiesto Comunista, en 1847, son hoy el vínculo internacional más fuerte que une todo el movimiento proletario de Europa y América.
Hasta hoy, no existe más que una fuente importante para escribir una historia coherente de dicho movimiento. Es el denominado libro negro: "Las conspiraciones comunistas del siglo XIX", por Wermuth y Stieber, Berlín, 2 partes, 1853 y 1854. Esta elucubración, urdida de mentiras por dos de los más miserables granujas policíacos de nuestro siglo y plagada de falsificaciones conscientes, sirve todavía hoy de fuente a todos los escritos no comunistas sobre aquella época.
Lo que yo puedo ofrecer aquí no es más que un bosquejo, y aun éste circunscrito a la parte que afecta a la Liga misma; sólo lo estrictamente necesario para comprender las "Revelaciones". Espero, sin embargo, que algún día tendré ocasión de utilizar los abundantes materiales reunidos por Marx y por mí para la historia de aquella gloriosa etapa juvenil del movimiento obrero internacional. ------ De la Liga de los Proscritos, asociación secreta democrático-republicana, fundada en 1834 por emigrados alemanes en París, se separaron en 1836 los elementos más radicales, proletarios casi todos ellos, y fundaron una nueva asociación secreta, la Liga de los Justicieros. La Liga madre, en la que sólo continuaron los elementos más retardatarios, por el estilo de Jakobus Venedey, quedó pronto aletargada, y cuando, en 1840, la policía descubrió en Alemania el rastro de algunas secciones, ya no era más que una sombra. En cambio, la nueva Liga se desarrolló con relativa rapidez. Al principio, era un brote alemán del comunismo obrero francés, que se iba plasmando por aquella misma época en París y estaba vinculado a las tradiciones del babuvismo. La comunidad de bienes se postulaba como corolario obligado de la «igualdad». Los fines eran los de las sociedades secretas de París en aquella época. Era una sociedad mitad de propaganda y mitad de conspiración, y aunque no se excluía, ni mucho menos, si la ocasión se presentaba, la preparación de intentonas en Alemania, siempre se consideraba París como centro de la acción revolucionaria. Pero, como París era el campo de batalla decisivo, por aquel entonces la Liga no era, de hecho, más que una rama alemana de las sociedades secretas francesas, y principalmente de la "Société des Saisons", dirigida por Blanqui y Barbés, con la que estaba en íntima relación. Los franceses se echaron a la calle el 12 de mayo de 1839; las secciones de la Liga hicieron causa común con ellos y se vieron así arrastrados a la derrota común La sublevación del 12 de mayo de 1839, en París, en la cual desempeñaron el papel principal los obreros revolucionarios, fue preparada por la Sociedad de las Estaciones del Año; la sublevación, que no se apoyaba en las amplias masas, fue aplastada por las tropas gubernamentales y la Guardia Nacional.
De los alemanes fueron detenidos, entre otros, Karl Schapper y Heinrich Bauer; el Gobierno de Luis Felipe se contentó con expulsarlos, tras larga prisión. Ambos se trasladaron a Londres. Schapper, natural de Weilburgo (Nassau), había militado en 1832, siendo estudiante de ciencias forestales en Giessen, en la conspiración organizada por Georg Büchner; el 3 de abril de 1833, tomó parte en el asalto contra la guardia del condestable en Francfort, huyó luego al extranjero y participó, en febrero de 1834, en la expedición de Mazzini contra Saboya. De gigantesca corpulencia, expedito y enérgico, dispuesto siempre a jugarse el bienestar y la vida, era el verdadero tipo del revolucionario profesional, tal como lo conocemos a través del papel que desempeñó en la década del treinta. Aunque un poco torpe de pensamiento, no era, ni mucho menos, hombre cerrado a la comprensión profunda de los problemas teóricos, como lo demuestra su misma evolución de «demagogo» a comunista, y, después que aceptaba una cosa, se aferraba a ella con tanta más fuerza. Precisamente por eso, su pasión revolucionaria chocaba a veces con su inteligencia; pero después advertía su error y sabía reconocerlo abiertamente. Era todo un hombre, y lo hecho por él para la fundación del movimiento obrero alemán nunca será olvidado.
Heinrich Bauer, natural de Franconia, de oficio zapatero, era un muchacho vivo, despierto e ingenioso, cuyo cuerpo menudo albergaba tanta habilidad como decisión.
Una vez en Londres, donde Schapper, que en París había sido cajista de imprenta, procuraba ganarse la vida dando clases de idiomas, ambos se dedicaron a reanudar los cabos rotos de la Liga, haciendo de Londres el centro de esta organización. Aquí, si ya no antes, en París, se les unió Joseph Moll, relojero de Colonia, de talla media, pero de fuerza hercúlea —¡cuántas veces él y Schapper apuntalaron eficazmente, con sus espaldas, la puerta de una sala contra centenares de asaltantes!—, hombre que igualando, por lo menos, a sus dos camaradas en energía y decisión, los superaba en inteligencia. No sólo era, como demostraron los éxitos de sus numerosas misiones, un diplomático innato; su espíritu era también más abierto a la penetración teórica. Los conocí a los tres en Londres, en 1843; eran los primeros revolucionarios proletarios que veía; y, a pesar de lo mucho que por aquel entonces discrepaban en cuanto al detalle nuestras opiniones —pues a su limitado comunismo igualitario oponía yo todavía, en aquella época, una buena dosis de soberbia filosófica, no menos limitada—, jamás olvidaré la formidable impresión que aquellos tres hombres de verdad me causaron, cuando yo empezaba precisamente a hacerme hombre.
En Londres, como en Suiza —aunque aquí en menor medida—, les favorecía la libertad de reunión y asociación. El 7 de febrero de 1840 ya había sido fundada la Asociación Educativa de Obreros Alemanes, que todavía existe. Esta Asociación servía a la Liga como zona de reclutamiento de nuevos miembros, y puesto que los comunistas eran, como siempre, los más activos y más inteligentes de la Asociación, fácilmente se comprende que la dirección de ésta se encontrase totalmente en manos de la Liga. La Liga pronto tuvo en Londres varias comunas o «cabañas», como todavía se llamaban por aquel entonces. Esta misma táctica, lógica y natural en aquellas condiciones, era la que se seguía en Suiza y en otros países. Donde era posible fundar asociaciones obreras, se las utilizaba del mismo modo. Donde las leyes lo prohibían, los miembros de la Liga ingresaban en asociaciones corales, gimnásticas, etc. El enlace lo mantenían casi siempre los afiliados que entraban y salían constantemente de los diversos países y que actuaban también, cuando hacía falta, como emisarios. Ayudaba eficazmente a la Liga en ambos aspectos la sabiduría de los gobiernos, convirtiendo a cada obrero indeseable —que en el noventa por ciento de los casos era un afiliado a la Liga—, mediante su expulsión, en un emisario.
La Liga restaurada tuvo una difusión considerable, sobre todo en Suiza, donde Weitling, August Becker (una magnífica cabeza, pero que se echó a perder, como tantos alemanes, por falta de estabilidad interior) y otros, crearon una fuerte organización, más o menos identificada con el sistema comunista weitlingiano. No es éste el lugar indicado para hacer la crítica del comunismo de Weitling. Pero en lo que se refiere a su importancia como primer atisbo teórico independiente del proletariado alemán, puedo suscribir todavía hoy las palabras de Marx en el "Vorwärts" de París, en 1844:
«¿Dónde podía ella (la burguesía alemana), incluyendo a sus filósofos y escribas, presentar una obra relativa a la emancipación —política— de la burguesía, como las "Garantías de la Armonía y la Libertad" de Weitling? Si se compara la insípida y pusilánime mediocridad de la literatura política alemana con este sublime y brillante comienzo de los obreros alemanes; si se comparan estos gigantescos zapatos de niño del proletariado con las proporciones enanas de los desgastados zapatos políticos de la burguesía, hay que profetizar a esta Cenicienta una talla de atleta».
Este atleta lo tenemos hoy ante nuestros ojos, y eso que aún no ha llegado, ni con mucho, a la plenitud de su desarrollo.
En Alemania existían también numerosas secciones de carácter fugaz, como correspondía al estado de cosas, pero las que surgían compensaban con creces a las que desaparecían. Sólo a los siete años, a fines de 1846, la policía pudo descubrir rastros de la Liga en Berlín (Mentel) y en Magdeburgo (Beck), sin que le fuese posible seguirlos.
Weitling, que en 1840 se encontraba todavía en París, reagrupó también aquí, antes de trasladarse a Suiza, a los elementos dispersos.
El contingente central de la Liga lo formaban los sastres. En Suiza, en Londres, en París, por todas partes había sastres alemanes. En París, el alemán se había impuesto hasta tal punto como idioma de esta rama industrial, que en 1846 conocí allí a un sastre noruego que había venido a Francia en viaje directo, por mar, desde Trondhjem, y que al cabo de 18 meses apenas sabía una palabra de francés, pero en cambio había aprendido magníficamente el alemán. En 1847, de las tres comunas de París, dos estaban formadas, predominantemente, por sastres y la tercera por ebanistas.
Al desplazarse de París a Londres el centro de gravedad de la organización, pasó a primer plano un nuevo factor: la Liga, que era una organización alemana, se fue convirtiendo, poco a poco, en una organización internacional. En la asociación obrera se congregaban, además de los alemanes y los suizos, todas aquellas nacionalidades a quienes el idioma alemán sirve preferentemente para entenderse con los extranjeros; es decir, principalmente, escandinavos, holandeses, húngaros, checos, sudeslavos y también rusos y alsacianos. En 1847, era huésped asiduo de la asociación, entre otros, un granadero de la guardia inglesa, que venía de uniforme. La asociación no tardó en tomar el título de Asociación Educativa Comunista Obrera, y en los carnets figuraba la divisa de «Todos los hombres son hermanos» en veinte idiomas por lo menos, aunque con alguna que otra falta de ortografía. Al igual que la Asociación pública, la Liga secreta revistió también en seguida un carácter más internacional; al principio, en un sentido limitado todavía: prácticamente, por la diversa nacionalidad de sus miembros, y teóricamente, por la conciencia de que toda revolución, para triunfar, tenía que ser una revolución europea. Entonces no se pasó de aquí, pero había quedado sentada la base.
Manteníase estrecho contacto con los revolucionarios franceses a través de los refugiados de Londres, compañeros de armas en los combates del 12 de mayo de 1839. También se mantenía contacto con los polacos más radicales. Los emigrados polacos oficiales, al igual que Mazzini, eran, naturalmente, más bien adversarios que aliados. A los cartistas ingleses se les dejaba a un lado como elementos no revolucionarios, por razón del carácter específicamente inglés de su movimiento. Más tarde, los dirigentes de la Liga en Londres entraron en relación con ellos a través de mí.
También en otros aspectos había cambiado el carácter de la Liga, al cambiar los acontecimientos. Aunque se siguiese considerando a París —y entonces con toda razón— como la patria de la revolución, no se dependía ya de los conspiradores parisinos. La difusión de la Liga contribuyó a elevar su propia conciencia. Percibíase que el movimiento iba echando cada vez más raíces entre la clase obrera alemana y que estos obreros alemanes estaban históricamente llamados a ser los abanderados de los obreros del norte y del este de Europa. La clase obrera alemana tenía en Weitling un teórico del comunismo que se podía comparar sin miedo con sus competidores franceses de aquella época. Finalmente, la experiencia del 12 de mayo había enseñado que ya era hora de renunciar a las intentonas. Y si se seguía interpretando cada acontecimiento como un signo de la tormenta que se avecinaba y se mantenían vigentes los antiguos estatutos semiconspirativos, había que achacarlo más bien a la tozudez de los viejos revolucionarios, que comenzaba ya a chocar con la razón serena, a medida que ésta iba abriéndose paso.
En cambio, la doctrina social de la Liga, con todo lo vaga que era, adolecía de un defecto muy grande, pero basado en las circunstancias mismas. Los miembros de la Liga, cuando pertenecían a la clase obrera, eran, de hecho, casi siempre artesanos. El hombre que los explotaba era, por lo general, incluso en las grandes capitales, un pequeño maestro. Hasta en Londres, estaba todavía en sus comienzos, por aquella época, la explotación de la sastrería en gran escala, lo que ahora se llama industria de la confección, surgida de la transformación del oficio de sastre en una industria a domicilio por cuenta de un gran capitalista. De un lado, el explotador de estos artesanos era un pequeño maestro, y de otro lado, todos ellos contaban con terminar por convertirse, a su vez, en pequeños maestros. Además, sobre el artesano alemán de aquel tiempo pesaba todavía una masa de prejuicios gremiales heredados del pasado. Y es algo que honra muchísimo a estos artesanos —que no eran aún proletarios en el pleno sentido de la palabra, sino un simple apéndice de la pequeña burguesía, un apéndice que estaba pasando a las filas del proletariado, pero que no se hallaba aún en contraposición directa a la burguesía, es decir, al gran capital—, el haber sido capaces de adelantarse instintivamente a su futuro desarrollo y de organizarse, aunque no tuviesen plena conciencia de ello, como partido del proletariado. Pero, era también inevitable que sus viejos prejuicios artesanos se les enredasen a cada paso entre las piernas, siempre que se trataba de criticar de un modo concreto la sociedad existente, es decir, de investigar los hechos económicos. Yo creo que no había, en toda la Liga, nadie que hubiese leído nunca un libro de Economía. Pero esto no era un gran obstáculo; por el momento, todas las montañas teóricas se vencían a fuerza de «igualdad», «justicia» y «fraternidad».
Entretanto, se había ido formando, junto al comunismo de la Liga y de Weitling, un segundo comunismo, sustancialmente distinto de aquél. Viviendo en Manchester, me había dado yo de narices con el hecho de que los fenómenos económicos, a los que hasta allí los historiadores no habían dado ninguna importancia, o sólo una importancia muy secundaria, son, por lo menos en el mundo moderno, una fuerza histórica decisiva; vi que esos fenómenos son la base sobre la que nacen los antagonismos de clase actuales y que estos antagonismos de clase, en los países en que se hallan plenamente desarrollados gracias a la gran industria, y por tanto, principalmente, en Inglaterra, constituyen a su vez la base para la formación de los partidos políticos, para las luchas de los partidos y, por consiguiente, para toda la historia política. Marx, no sólo había llegado al mismo punto de vista, sino que lo había expuesto ya en los "Deutsch-Französische Jahrbücher" en 1844, generalizándolo en el sentido de que no es el Estado el que condiciona y regula la sociedad civil, sino ésta la que condiciona y regula el Estado, y de que, por tanto, la política y su historia hay que explicarlas por las relaciones económicas y su desarrollo, y no a la inversa. Cuando visité a Marx en París, en el verano de 1844, se puso de manifiesto nuestro completo acuerdo en todos los terrenos teóricos, y de allí data nuestra colaboración. Cuando volvimos a reunirnos en Bruselas, en la primera de 1845, Marx, partiendo de los principios básicos arriba señalados, había desarrollado ya, en líneas generales, su teoría materialista de la historia, y nos pusimos a elaborar en detalle y en las más diversas direcciones la nueva concepción descubierta.
Este descubrimiento, que venía a revolucionar la ciencia histórica y que, como se ve, fue, esencialmente, obra de Marx, sin que yo pueda atribuirme en él más que una parte muy pequeña, encerraba una importancia directa para el movimiento obrero de la época. Ahora, el comunismo de los franceses y de los alemanes y el cartismo de los ingleses ya no aparecían como algo casual, que lo mismo habría podido no existir. Estos movimientos se presentaban ahora como un movimiento de la moderna clase oprimida, del proletariado, como formas más o menos desarrolladas de su lucha históricamente necesaria contra la clase dominante, contra la burguesía; como formas de la lucha de clases, pero que se distinguían de todas las luchas de clases anteriores en que la actual clase oprimida, el proletariado, no puede llevar a cabo su emancipación, sin emancipar al mismo tiempo a toda la sociedad de su división en clases, y por tanto, de la lucha de clases. Ahora, el comunismo ya no consistía en exprimir de la fantasía un ideal de la sociedad lo más perfecto posible, sino en comprender el carácter, las condiciones y, como consecuencia de ello, los objetivos generales de la lucha librada por el proletariado.
Nuestra intención no era, ni mucho menos, comunicar exclusivamente al mundo «erudito», en gordos volúmenes, los resultados científicos descubiertos por nosotros. Nada de eso. Los dos estábamos ya metidos de lleno en el movimiento político, teníamos algunos partidarios entre el mundo culto, sobre todo en el occidente de Alemania, y grandes contactos con el proletariado organizado. Estábamos obligados a razonar científicamente nuestros puntos de vista, pero considerábamos igualmente importante para nosotros el ganar al proletariado europeo, empezando por el alemán, para nuestra doctrina. Apenas llegamos a conclusiones claras para nosotros mismos, pusimos manos a la obra. En Bruselas, fundamos la Asociación obrera alemana y nos adueñamos de la "Deutsche-Brüsseler Zeitung", que nos sirvió de órgano de prensa hasta la revolución de febrero. Con el sector revolucionario de los cartistas ingleses estábamos en relaciones por medio de Julian Harney, redactor del "Northern Star", órgano central del movimiento cartista, en el que yo colaboraba. También formábamos una especie de coalición con los demócratas de Bruselas (Marx era vicepresidente de la Asociación Democrática) y con los demócratas socialistas franceses de "La Réforme", periódico al que yo suministraba noticias sobre el movimiento inglés y alemán. En una palabra, nuestras relaciones con las organizaciones y los periódicos radicales y proletarios eran las que se podían apetecer.
Nuestras relaciones con la Liga de los Justicieros eran las siguientes: conocíamos, claro está, la existencia de esta Liga; en 1843, Schapper me había propuesto ingresar en ella, cosa a la que, por supuesto, me negué en aquel entonces. Pero no sólo manteníamos asidua correspondencia con los londinenses, sino que estábamos en contacto todavía más estrecho con el doctor Ewerbeck, dirigente por aquella época de las comunas de París. Sin preocuparnos de los asuntos interiores de la Liga, estábamos informados de cuanto de importante ocurría en ella. Además, influímos de palabra, por carta y a través de la prensa en los juicios teóricos de los miembros más destacados de la Liga. También utilizamos para ello diversas circulares litografiadas dirigidas por nosotros a nuestros amigos y corresponsales del mundo entero, en ocasiones especiales, cuando se planteaban problemas internos del Partido Comunista en gestación. Estas circulares afectaban también, a veces, a la Liga misma. Así, por ejemplo, un joven estudiante westfaliano llamado Hermann Kriege, habíase presentado en Norteamérica como emisario de aquella organización, asociándose con el loco Harro Harring para revolucionar la América del Sur por medio de la Liga, y había fundado un periódico en el que predicaba, en nombre de la Liga, un comunismo dulzarrón basado en el "amor", saturado de amor y desbordando amor por todas partes. Salimos al paso de esto con una circular que no dejó de surtir su efecto, y Kriege desapareció de la escena de la Liga.
Más tarde se presentó en Bruselas Weitling. Pero ya no era aquel joven y candoroso oficial de sastre que, asombrado de su propio talento, se esforzaba en descubrir cómo iba a ser la futura sociedad comunista. Era el gran hombre que se creía perseguido por los envidiosos de su superioridad, el que veía en todas partes rivales, enemigos secretos y celadas; el profeta acosado de país en país, que guarda en el bolsillo la receta para hacer descender el cielo sobre la Tierra y se imagina que todos quieren robársela. Ya en Londres, había andado a la greña con las gentes de la Liga, y en Bruselas, donde Marx y su mujer lo acogieron con una paciencia casi sobrehumana, no pudo tampoco entenderse con nadie. En vista de eso, pronto se marchó a América, para probar allí el oficio de profeta.
Todas estas circunstancias contribuyeron a la callada transformación que se había ido operando en la Liga, y sobre todo entre los dirigentes de Londres. Cada vez se daban más cuenta de cuán inconsistente era la concepción del comunismo que venía imperando, tanto la del comunismo igualitario francés, de carácter muy primitivo, como la del comunismo witlingiano. El intento de Weitling de retrotaer el comunismo al cristianismo primitivo —a pesar de los detalles geniales que se contienen en su "Evangelio de los pobres pecadores"—, había conducido, en Suiza, a poner el movimiento, en gran parte, primero en manos de necios como Albrecht y luego de aprovechados charlatanes como Kuhlmann. El «verdadero socialismo» difundido por algunos literatos, traducción de la fraseología socialista francesa al mal alemán de Hegel y al amor dulzarrón (véase el punto del "Manifiesto Comunista" que trata del socialismo alemán o «verdadero» socialismo), y que Kriege y las lecturas de las obras en cuestión habían introducido en la Liga, tenía forzosamente que despertar, aunque sólo fuese por su babeante impotencia, la repugnancia de los viejos revolucionarios de la Liga. Frente a las precarias ideas teóricas anteriores y frente a las desviaciones prácticas que de ellas resultaban, los de Londres fueron dándose cuenta, cada vez más, de que Marx y yo teníanos razón con nuestra nueva teoría. A que esto fuese comprendido contribuyó indudablemente la presencia, entre los dirigentes de Londres, de dos hombres que superaban considerablemente a los mencionados en cuanto a capacidad teórica: el miniaturista Karl Pfänder, de Heilbronn, y el sastre Georg Eccarius, de Turingia.
Resumiendo, en la primavera de 1847 se presentó Moll en Bruselas a visitar a Marx, y en seguida en París a visitarme a mí, para invitarnos nuevamente, en nombre de sus camaradas, a ingresar en la Liga. Nos dijo que estaban convencidos, tanto de la justeza general de nuestra concepción, como de la necesidad de liberar a la Liga de las viejas tradiciones y formas conspirativas. Que si queríamos ingresar, se nos daría la ocasión, en un congreso de la Liga, para desarrollar nuestro comunismo crítico en un manifiesto, que luego se publicaría como manifiesto de la Liga; y que nosotros podríamos contribuir también a sustituir la organización anticuada de la Liga por otra nueva, más adecuada a los tiempos y a los fines perseguidos.