A Woman's Journey through the Philippines On a Cable Ship that Linked Together the Strange Lands Seen En Route

Chapter 1

Chapter 13,812 wordsPublic domain

Constitución política Cuencana de 1820

(Decreto Legislativo Número 000. RA/ 1820 de 9 de Marzo de 1820)

Preámbulo

Independencia de Cuenca

Albor revolucionario

Las primeras manifestaciones de que Cuenca hace el espíritu de independencia son consecuencia del estudio, en unos, de la reflexión en otros, y del contagio de imitación en los demás, si bien en todos acusa una ansia nobilísima de mejoramiento.

Trátase de un hecho inevitable, previsto por los mismos políticos y publicistas peninsulares que con clarividencia estudian el problema, intrincado y complejo, que a fines del siglo XVIII presenta España en relación con sus colonias de América.

En vano, los Monarcas tratan de impedir la circulación de libros en los que la flámula (sic) revolucionaria ondea en cada página. En vano, inténtase reprimir con el argumento estulto (sic) de la fuerza los primeros conatos disimulados, al principio; más francos, después que estallan incontenibles.

Es no sólo el ejemplo dado por los hermanos mayores del continente; no solo la propaganda tenaz realizada por hombres consagrados a un apostolado de verdad, como el egregio Miranda; no sólo la expoliación ejercida por gobernantes despóticos y autoridades subalternas que, infatuados de orgullo, buscan lucro donde debieran ejercitar justicia o abril el ojo vigilante del buen administrador. Es todo eso; pero también es que las ansias reprimidas estallan, que la esperanza se abre a sazón en la conciencia de los americanos que por razón del tiempo y al influjo bienhechor de la cultura, que tarda, pero llega, a todo pueblo, han amanecido, al fin, a la plena actividad de los derechos a que está el hombre, que ciertamente, no es tal mientras no sea libre.

Los cuencanos, con altivez ingénita, nunca se sintieron bien con el más leve dogal. Ya en 1739 aprovechan de la sangrienta circunstancia del motín en que pierde la vida Don Juan Senierges para esgrimir improvisadas armas, atronando la ciudad con insistentes gritos de abajo el mal gobierno. Temeridad inaudita, si se considera la época; pero que pinta con exactitud el temple de alma de quienes en ella incurren.

También contribuye a generalizar el descontento en Cuenca las medidas represivas que, en bien de la sanidad moral de la población, pero con dureza propia de su enérgico temperamento, toma el Gobernador José Antonio de Vallejo. Tales motivos, unidos al deseo ya latente en muchos de conseguir la emancipación política, fomentada por los patriotas de Quito y otros lugares de importancia que sostienen desde entonces correspondencia con los de aquí, determinan que en la mañana del 21 de Marzo de 1975 aparezcan en ventanas y puertas de la ciudad letreros francamente subversivos.

Imposible narrar la extrañeza que producen tales carteles de desafío en el ánimo de las autoridades y de cuantos por un motivo u otro, por convicción, por deber o por conveniencia, se hallan obligados a manifestar adhesión a la Monarquía.

En la Plaza Mayor, no lejos de la morada del mismo Gobernador, se ha escrito en grandes y bien rasgados caracteres esto que, aunque apenas llega a verso, sobra para encerrar una amenaza:

Desde Lima ha llegado esta receta fiel; a morir o vencer conforme a nuestra ley.

Mano timorata de quien no quiere menoscabo a los fueros de su Majestad, pone restricciones a la estrofilla, y añade a su pie:

Menos los pechos del Rey

En el propicio lienzo de los muros conventuales, la urgencia de la convocatoria se hace más insistente:

Indios, negros, blancos y mulatos ya, ya, ya no se puede sufrir; como valerosos vecinos juntos a morir o vivir.

Aquí y allá, multiplicada, asoma también la frase de confianza en la empresa por intentar, como si algún tácito compromiso tuviera que cumplirse:

Unánimes hemos de ser

Iguales anónimos se arrojan durante la noche por los intersticios de las puertas de calle de las casas de los principales vecinos, que con medrosa curiosidad los leen más tarde, viendo que en todos ellos hácese esta terminante advertencia:

El que rompiere su vida perder quiere

Naturalmente, el primero en rechazar tan osada prevención es Vallejo, quien manda destruir los papeles y luego perseguir a sus autores. Aparentemente, estos no son poetas ni literatos, si nos atenemos a su obra, pues aún la letra empleada en los anónimos parece de persona de escasa cultura si bien se advierte que se ha tenido cuidado de disfrazarla haciéndola semejante a la de imprenta.

Por tal causa, los primeros en sufrir las iras de la ciudad, los cuales justifican su inocencia, ya que si conocen y dibujan todo el alfabeto y aún saben de aritmética y gramática, no por eso siéntense capaces de agitar alas en la mente para arrancar con tan alto vuelo de pensamiento.

Luego la acusación se endereza contra Don Juan Sánchez Cubillús y Don Jacinto Espinoza; mas, en vista de los acontecimientos posteriores, nada parece justificar este aserto, nacido únicamente de la sospecha que en sus enemigos pone Vallejo.

Esos renglones consonantados, donde solo la ingrandiosa del movimiento emancipador que así comienza a encrespar su oleaje que poco después, se levanta iracundo y vencedor, todo el recamado de brillo por la incandescencia del sol.

La Revolución de 1809

Como si se escogiese la más alta tribuna para que la voz de un pueblo halle repercusión, el primer grito de libertad dado en el Continente americano estalla en Quito, en la ciudad viril que sabe encumbrar sus acciones a la misma altura del pensamiento que las impulsa.

El Manifiesto en que los patriotas el 10 de Agosto de 1809 exteriorizan sus sentimientos, resume en frase impresionante y dolorosa toda la ignominia de la situación; «No se nos ha tenido por hombres, dice, sino por bestias de carga destinadas a soportar el yugo». Y larga enumeración de abusos, vejámenes e ilegalidades, confirmando la verdad, justifica plenamente la osadía del hecho.

Golpe de luz en lo sensible de las conciencias, repercute aquí el grito heroico. Con la celeridad que entonces permiten los caminos de pesadilla, casi al cabo de una semana, el día 16, circula en Cuenca la noticia del acontecimiento, que en unos pone duda o ira, en otros regocijo y entusiasmo, en todos desconcierto y sobresalto.

Las autoridades miran con asombro un pliego que nadie osa abrir, pues que por encima del nema (sic) ostenta rótulo a primera vista sospechoso de irrespeto para el poder Real: «Presidencia de la Junta Suprema de Quito», léese en claros caracteres, que parecen agrandarse como en desafío a los timoratos. Vista la gravedad del caso, acuérdase convocar a los vecinos más notables del lugar para que dicten los arbitrios convenientes.

En efecto, esa misma tarde, en presencia de pocas personas que acuden al llamamiento, se conoce la comunicación dirigida por el Marqués de Selva Alegre, participando la formación de la Suprema Junta Interina de Quito y pidiendo, al mismo tiempo, que el Cabildo de Cuenca designe representante ante ella.

Ojos urgidos a estupefacción, primero: voces en vendaval de protesta, luego; al fin impone su criterio el Gobernador Aymerich, quien opina en el sentido de desconocer a la mencionada Junta, debiendo contrarrestarla por medio de las armas, para lo cual ordénase poner en pie de guerra cien hombres.

Sin mayor dilación, al día siguiente sesiona la Junta Real de Hacienda, asistiendo a ella el Coronel Aymerich, el Asesor de Gobierno Don Juan López Tormaleo, el Tesorero don Antonio Soler, el Contador Don Francisco Calderón y el abogado Defensor de Hacienda don Nicolás Mosquera. Los tres primeros, españoles, están en mayoría porque se disponga de los caudales públicos para equipar la tropa que salga por los fueros del Monarca; los dos restantes, cubano benemérito el uno y quiteño el otro, opónese a tal medida, principalmente Calderón, que con firme insistencia rehúsa acceder a lo mandado; altivo proceder que pronto espía con el confiscamiento de sus bienes, con el exilio y finalmente con la muerte que lo unge de gloria en 1812.

Otros mártires ocasionan también aquí el movimiento del 10 de agosto, pues en parte alguna alcanza este mayor resonancia que en Cuenca, lo que se explica fácilmente, puesto que los gestores de Quito, gentes letradas, de cultura que se adelanta a la general de su época, en eficaz tarea de propaganda, mantienen activa correspondencia con personas de igual condición de las demás ciudades principales de la Audiencia. Para entonces, ya Cuenca alberga en su seno buen número de personas doctas y de notable ilustración, que influyen decisivamente para que el ansia de independencia cobre arraigo definitivo, a pesar de la hostilidad del medio. La historia lo comprueba así, pues resulta caso ejemplar el que Cuenca, por espacio de trece años, de 1809 a 1822, entre reveses y momentáneos regocijos de triunfo, mantenga el espíritu cada vez más enbiesto (sic) y encendido para la libertad, hasta conseguirla con la noble moneda del sacrificio, entregando en aras de su ideal, sin escatimarlos en ningún momento, tanto los recursos de su suelo como la vida generosa de sus hijos.

El Gobernador Aymerich pronto encuentra otras víctimas que acompañen al ilustre Calderón, acusadas del mismo crimen de haber reconocido, legitimidad en la Junta Suprema de Quito. Ellas son: Ignacio Tovar, don Miguel Fernández de Córdova, don Juan Antonio Terán, don Vicente Melo, don Manuel Rivadeneira y don Blas Santos. En nuestro concepto, estos hombres debieran ser recordados con tanta o mayor veneración que los de los próceres del 3 de noviembre de 1820, pues más aportan a la gran empresa de la emancipación los que sufren por ella en las horas iniciales de prueba, que quienes después se lanzan, ciertamente, con denuedo, pero en senda ya bien preparada, a segar lauros y recompensas.

Aquellos, en cambio, no alcanzan más corona que la del castigo y el suplicio.

Aymerich no tiene valor de castigar con propia mano a quienes juzga culpables. Los envía lejos para que lo haga un energúmeno, prevalido de su cargo de Gobernador del Guayas, don Bartolomé Cucalón, nacido para verdugo antes que para autoridad. En dolorosa caravana salen de Cuenca aquellos varones integérrimos, ancianos unos, enfermos otros, respetabilísimos todos. No obstante su condición y la inclemencia de los lugares que deben recorrer hasta llegar a su destino, los llevan maniatados, con grillos, sin permitirles siquiera que cubran del sol, del viento y de la lluvia sus frentes pensativas. Así, descubierta la cabeza, oprimido y lastimado el cuerpo, injuriados, maltratados, trasponen las heladas cumbres del Cajas para luego comenzar interminable descenso por la terrible vereda que arrastra, antes que conduce, a Naranjal de donde los transportan míseros fardos humanos a la insalubre Guayaquil. Allí con la terrible complicidad del clima tropical, Cucalón los somete a mayores tormentos. Encerrados en calabozo lóbrego, como gavillas hacinadas para que las consuma el fuego, se los asegura por los tobillos contra los maderos del cepo colocado en su punto más alto, de tal modo que los infelices solo asientan en tierra parte mínima de la espalda y la cabeza congestionada por la postura inverosímil. Y se los tiene así ochenta días de eternidad, en desamparo, sin variárseles de actitud ni por un momento, envueltos en sus propias inmundicias y en un ambiente de infección insoportable; heroico aprendizaje de muerte, donde la agonía se saborea con sorbo largo, profundo, como de inmortalidad.

Tovar encuentra allí mismo la amable misericordia de la muerte. Para Salazar y Piedra, el cuencano más ilustre de cuantos sacrifícase por la idea de una patria libre, está reservado aún más cruel martirio; lo conducen, mísero guiñapo de hombre con rumbo a Quito. En el trayecto cae de la cabalgadura que lo lleva, la cual, espantada con el ruido que producen las cadenas que sujetan al venerable prócer, lo arrastra por largo trecho, acribillándole con los guijarros de la senda las carnes allagadas, magullándole el rostro, fracturándole el cráneo; pero dejándolo todavía con aliento para que la ignorancia de un curandero, en el afán de hacerle una sangría, lo degüelle a mansalva: apoteosis de suplicio digna de tan esclarecido varón.

Con cuanta largueza da Cuenca su contingente de heroicidad para la gesta de Agosto.

La campaña de Aymerich

Don Melchor de Aymerich Gobernador de Cuenca desde 1803 hasta 1819, es un personaje de aplastante mediocridad, cuya figura en ningún momento resplandece con la más leve chispa de superioridad, así en sus actos de Magistrado como en los que ejecuta durante su carrera militar.

Cuando la revolución de Quito, pone en evidencia aquí lo endeble de su espíritu y la cobardía que él reside. Una noche, la del 24 de Agosto de 1809, los patriotas cuencanos hacen circular por toda la ciudad el rumor de que llegan los quiteños en son de guerra. Cree el Gobernador la falsa noticia. Busca por todas partes a su inspirador, el señor Obispo Quintián Ponce, y enterado de que este ha emprendido vergonzosa fuga hacia cercana hacienda, pierde la cabeza, no atina con el mando, corre a su casa, se encierra en ella, custodiado por buen contingente de tropa, y deja todo en alarma y desgobierno. La carcajada que suscita en los burlones atempera sus nervios, y entonces sale a usanza de varón.

Si Aymerich consigue reunir en Cuenca cerca de dos mil hombres para emprender ataque contra Quito, se debe a la asombrosa actividad del Obispo Quintián, quien valiéndose de todos los medios que le da su posición y aún extralimitándose de ellos, reúne cuanto se necesita para subsistencias, armas, ropa y más recursos del caso.

El Gobernador de Cuenca no llega a Quito, ni menos conquista los laureles con que se engríe ordenar sus sienes. Contra su voluntad, mal humorado, fracasadas sus ambiciones, regresa al punto de partida, porque así se lo ordena con insistencia el Conde Ruiz de Castilla, quien acepta las capitulaciones propuestas por los patriotas, asumiendo nuevamente el cargo, por cuanto le delatan y todo lo hace así prever que Aymerich, en caso de triunfo, se proclamaría Presidente de la Real Audiencia, traicionándolo arteramente. (sic)

Sin atenernos a los inmensos perjuicios particulares que ocasionan la organización y movilización de las tropas, sólo tomando en cuenta el dinero proporcionado por la Caja de la Real Hacienda de Cuenca, la campaña de Aymerich, en el espacio de menos de cuatro meses, viene a costar la suma de noventa y cuatro mil, doscientos trece pesos, cuatro reales y medio.

Emancipación de Cuenca

En el esconce (sic) que forman la calle Real o del Sagrario con la que baja el Chorro, donde de un lado se levanta el templo de San Agustín (hoy San Alfonso) y del otro la Tesorería de Hacienda (ahora el Banco del Azuay), allí, muestra su mole imponente la residencia de don Paulino Ordóñez, (en la actualidad la casa de propiedad de la Caja del Seguro), toda ella circuida de balcones voladizos capaces de contener crecida copia de curiosos si es que bajo ellos desfilan las muchedumbres devotas en las procesiones de Corpus o en las de Navidad. Las puertas monumentales, que de ordinario sólo tranquean el postigo, dan acceso al amplio zaguán por el que se penetra al interior de esa morada que en patios y corredores, en alcobas y salas recibe en abundancia la milagrosa dádiva del sol.

Tan mansión, una de las mejores, entonces, en Cuenca es, desde 1809, punto obligado de cita de cuantos simpatizan con el movimiento revolucionario iniciado en Quito el 10 de Agosto. Allí acuden, entre otros, don José María Borrero y Baca, Don Fernando de Salazar y Piedra, el doctor Joaquín Chiriboga, don Juan Antonio Terán, don Joaquín Tobar, don Manuel Rivadeneira y el ilustre cubano don Francisco Calderón.

Desde esa época, en que arrecia la persecución a todos los sindicados de patriotas, la casa de don Paulino Ordóñez presta refugio a varios de ellos, sirviéndoles como de cuartel general en que se depositan o envían comunicaciones y en que se reciben o imparten órdenes.

Tal situación se prolonga por largos años. Tomando mil precauciones, después de la hora de queda, aprovechando de la soledad o de lo oscuro de las calles, llegan, unos tras otros, los nobles conjurados, que allí son recibidos con entusiasmo por el dueño de casa, por su esposa, doña Margarita Torres, heroína que debe ser de inolvidable memoria para los azuayos, por don Tomás, su hijo carnal, y por el doctor Joaquín de Salazar y Lozano, su hijo político, esposo de doña Francisca Ordóñez de Torres.

Los conspiradores entran y salen sigilosamente: sólo alcanzan a verlos los ojos noctámbulos de las lechuzas que dicen su mal augurio en lo alto de la cercana iglesia. Sin embargo, a veces, en pleno día, desde la mansión vecina, viene un niño de gallarda apostadura que, debido a lo escaso de su edad, no despierta ninguna sospecha de las autoridades; es Abdón Senén Calderón, el futuro héroe del Pichincha, que ya desde temprano hace asiduo aprendizaje de las lecciones de libertad dadas por sus padres.

De este modo, corriendo mil peligros, al par que burlando la estricta vigilancia sobre ellos ejercida, van atrayendo poco a poco numerosos adeptos entre los que tienen en el cerebro la convicción de las necesidades de la independencia política y en el pecho la resolución de sacrificarse por ese ideal.

El Clero, que tanto influjo ejerce sobre las masas, comparte en buen número tales pensamientos. Del de clausura, distínguese mercedarios y dominicos. En el movimiento de Agosto de 1809 se condena como a peligrosos insurgentes a los cuencanos Fray Antonio Samaniego, Fray Francisco Cisneros y Fray Joaquín Astudillo, pertenecientes a la Orden primeramente nombrada, y a Fray José Mantilla y Fray José Clavijo, de la de Predicadores. A los franciscanos acúsase también de haber participado decididamente en igual fervor.

Para 1820, las ideas de libertad gozan ya de franca popularidad entre los criollos. Habiendo llegado en esos días a Cuenca el Dr. Cayetano Ramírez Fita, sacerdote inteligente y hombre de carácter impetuoso, contribuye enormemente a soliviantar los ánimos, lanzando proclamas incendiarias, que, en valiente alarde, escríbelas con propia mano; tan decidida actitud sólo puede explicarse en una ciudad cuyo ambiente es favorable en su mayor parte a la doctrina revolucionaria.

Otra prueba de ello: el movimiento del 3 de Noviembre se lleva a cabo casi sin armas, sólo por la insistencia en la agresión, que, a decir, verdad, no se la repele como podía haberlo hecho una guarnición no del todo escasa y que cuenta para defenderse hasta con piezas de artillería. Como explicar esto: únicamente razonando que las tropas realistas no resisten el ataque con decisión, al ver que la ciudad en masa les es contraria. También es significativo que el Gobernador, Teniente Coronel don Antonio Díaz cruzado, a pesar de ser español, admite prestamente no sólo la insinuación de que ceda el mando en favor de uno de los comprometidos, sino que él mismo piensa ponerse al frente de la conjuración, como hubiera sucedido de no descubrirse su plan. Caso de efectuarse este, tendríamos que considerar a Díaz Cruzado, como a héroe epónimo de nuestra emancipación. Cuanto significa en los caminos de la historia el fracaso de un hecho, que por más constancia que de él quede y por noble que haya sido la intención que lo guíe.

Un grupo reducido, compuesto solo de nueve personas, ataca a la escolta militar que solemniza el bando pregonando órdenes reales. Poca resistencia ofrecen los soldados, pues únicamente el Teniente Tomás Ordóñez recibe leve herida, que no le imposibilita para jornadas posteriores. El armamento así logrado consiste en pocos fusiles que, unidos a lanzas de más fácil adquisición y a garrotes y piedras, forman el mísero arsenal de guerra de los patriotas.

En cambio, los realistas comandados por el Jefe de la Plaza, Coronel don Antonio García Trelles, disponen de ciento nueve veteranos a órdenes del Teniente Jerónimo Arteaga, con todo lo necesario para todos los menesteres de la lucha, incluso un número de cañones que el doctor Alberto Muñoz Vernaza hace subir a veintiuno: exageración, acaso, pues inclinámonos a creer que solo serían los cuatro construidos once años antes en Cuenca, bajo la dirección del doctor Tomás Borrero y de don Paulino Ordóñez. Con semejante aparato de fuerza no logran imponerse en dos días y una noche, en que los acosa una muchedumbre tan resuelta como poco provista de armamento. Al contrario, en la noche del 3 de Noviembre o se retiran o se rinden, punto no esclarecido aún, pues ambas cosas se afirman, de una y otra parte, cediendo sus posiciones al enemigo. No obstante lo prolongado de la refriega, esta, puede decirse, resulta incruenta, ya que la aseveración de Vásquez de Novoa, al dar cuenta de lo ocurrido al General Santander respecto a derramamiento de «la sangre de los patriotas», más parece expresión general contra los españoles o baladronada propia de aquel abogado chileno, que dato cierto sobre los hechos de entonces. La tradición, que en suceso de tanta monta hubiérase preocupado de transmitir los principales detalles, no recuerda hecatombe alguna, ni siquiera un solo nombre de prócer victimado, salvo el de Ordóñez, que apenas si recibe bautizo de gloria.

Los realistas, sin más refugio que el edificio de su cuartel ni más campo de actividad que las cuatro calles de la plaza en que aquel se halla situado, tienen en contra todo el vecindario. Aún de los pueblos cercanos llegan contenedores, como sucede con los labriegos de Chuquipata que, presididos por su propio párroco, don Javier Loyola, irrumpen en las postrimerías de la tarde del día 4, en que se decide la victoria. Contribuye también a ella la resuelta conducta de otros dos sacerdotes; al doctor Juan María Ormaza y Gacitúa que con arrebatada palabra enardece a la multitud, y el doctor José Peñafiel, cura de San Sebastián, que merece ser considerado uno de los promotores de nuestra independencia.

No lo arrollador de las fuerzas, que casi no cuentan con más arma que el entusiasmo, la popularidad del movimiento decide el triunfo de los patriotas.

En la justipreciación de los que merecen mayor encomio por conseguir tal resultado, destácase un quiteño y un cuencano: el Dr. Joaquín de Salazar y Lozano y el Teniente Tomás Ordóñez y Torres. El uno, cerebro que vislumbra y prepara la senda; el otro, brazo ejecutor que la desbroza y limpia para el paso majestuoso de la libertad.

Jura de la Independencia

En la misa de acción de gracias celebrada en la Iglesia Catedral a la mañana siguiente, 5 de Noviembre de 1820, sube a la tribuna sagrada el doctor Andrés Beltrán de los Ríos, orador de florida elocuencia y decidido propugnador de la emancipación, que ha dejado pruebas innegables de su valer literario y lucida actuación cívica.

Tras el cálido discurrir de tan distinguido sacerdote, tiene lugar el solemne acto de la jura de la independencia, que la muchedumbre de patriotas allí congregada la hace, emocionada y reverente, en voz firme y diestra en alto, prometiendo ante Dios y los hombres ir a la muerte y el sacrificio para sustentar y defender la patria nueva.