Chapter 2
¿Cuánto más justo fue aquel que, dándole nuevas de la muerte de su hijo, pronunció una sentencia digna de un gran varón? «Cuando yo le engendré, supe que había de morir.» Verdaderamente no te admirarás de que naciese de éste el que había de tener valor para morir con fortaleza. No recibió la muerte de su hijo como nueva embajada; porque morir el hombre, cuya vida no es otra cosa que un viaje a la muerte, ¿qué tiene de nuevo? «Cuando yo le engendré, supe que había de morir.» Después de esto añadió una cosa de mayor ánimo y prudencia, diciendo: «Para esto le crié.» Todos nacemos para esto, y cualquiera que viene a la vida está destinado a la muerte. Regocijémonos, pues, todos con lo que nos da, y volvámoslo cuando nos lo piden. Los hados comprenderán a unos en un tiempo y a otros en otro, pero a nadie dejarán libre. Esté prevenido el ánimo y no tema; antes espere lo que es forzoso. ¿Para qué te he de referir muchos capitanes y toda su generación, y otros varones insignes por sus muchos consulados y triunfos que han acabado con inexorable suerte? Reinos enteros con sus reyes, y pueblos con sus ciudadanos, pasaron su hado. Todos y todas las cosas esperan el último día, aunque el fin de todas no es el mismo. A uno desampara la vida en el medio curso, a otro en la misma entrada, a otro fatigado en extrema esclavitud y deseoso de salir de ella apenas le deja. Unos vamos en un tiempo y otros en otro, pero todos caminamos a un lugar. No te sabré decir si es mayor necedad ignorar la ley de la mortalidad, o mayor desvergüenza rehusarla. Ven acá, torna en tus manos aquellas obras que están celebradas con mucho trabajo de tu ingenio; los versos, digo, de los dos autores que de tal manera tradujiste, que aunque no les quedó su composición les ha quedado su gracia; porque de tal suerte los pasaste de una lengua en otra, que (siendo cosa tan dificultosa) te siguieron en la ajena todas las virtudes. No hallarás en todos aquellos escritos libro alguno que deje de darte muchos y variados ejemplos de la humana variedad y de los inciertos sucesos y vanas lágrimas que, ya por esta, ya por aquella causa, se derraman. Lee lo que con gallardo espíritu en grandes cosas entonaste, y tendrás vergüenza de que con brevedad se haya de acabar y caer de tan grande altura de estilo. No hagas de modo que los que poco ha se admiraban de tus escritos pregunten: ¿cómo es posible que un ánimo tan frágil haya concebido cosas tan grandes y tan sólidas? Pasa la vista de estas cosas que te atormentan a las muchas que te consuelan, pon los ojos en tan buenos hermanos, ponlos en tu mujer y en tu hijo. Por la salud de todos éstos se convino contigo la fortuna con esta porción: muchos te quedan con que aquietarte.
Capítulo XII
Líbrate de esta nota, porque no entiendan todos que tiene en ti mayor fuerza un dolor que tantos consuelos. Ya ves que todos éstos están heridos juntamente contigo, y que no pueden aliviarse, y que antes esperan que tú los consueles; y así, cuanto menos hay en ellos de doctrina y de ingenio, tanto más es necesario que tú resistas al común mal. Parte de consuelo es dividir el dolor entre muchos, porque con esto será pequeña la parte que en ti haga asiento. No dejaré de traerte muchas veces a la memoria a César, porque gobernando el orbe y mostrando cuán más seguramente se guarda el Imperio con beneficios que con armas, y presidiendo él a las cosas humanas, no hay peligro de que sientas haber hecho pérdida alguna. Éste sólo te es suficiente amparo y consuelo. Esfuérzate, y todas las veces que las lágrimas se te vinieren a los ojos, ponlos en César; enjugaranse con la vista de aquella grande y clarísima majestad. Su resplandor los atraerá a que no puedan mirar a otra cosa, y los detendrá fijados en él. En éste, en quien pones tú la vista de día y de noche y nunca apartas de tu ánimo, has de poner el pensamiento, llamándole contra la fortuna; y no dudo, según es su mansedumbre y liberalidad para con todos sus allegados, que habrá ya curado esta tu herida con muchos consuelos, y que te habrá dado alguno que haya puesto estanco a tu dolor. ¿Cómo no ha de haberlo hecho? ¿Por ventura el mismo César, mirado solamente o imaginado, no te basta para gran consuelo? Los dioses y las diosas lo prestan por muchos días a la Tierra. Exceda los hechos y los años del divino Augusto; pero hagan de modo que el tiempo que fuere mortal no vea en su casa cosa mortal, y que con larga fe apruebe a su hijo para gobernador del Imperio romano, teniéndole antes por compañero que por sucesor. Sea muy tardío, y en tiempo de nuestros nietos, el día en que su gente le celebre en el cielo.
Capítulo XIII
Aparta, oh fortuna, tus manos de este varón, y no muestres en él tu potencia sino es por la parte que le has de ser provechosa. Permite que él remedie al género humano, que ha mucho tiempo está enfermo y fatigado. Permite que éste repare todo lo que la locura de su antecesor descompuso. Resplandezca siempre esta estrella, que salió a dar luz al orbe cuando estaba despeñado en el profundo y anegado en tinieblas. Pacifique éste a Germania, abra el paso de Bretaña, y lleve juntos los triunfos de su padre y los suyos. Su clemencia (que entre las demás virtudes suyas tiene el primer lugar) promete que he de ser yo uno de los que los vean; porque no me derribó de tal manera que deje de levantarme; antes debo decir que no me derribó, sino que, estando impelido de la fortuna, me sostuvo; y yéndome a despeñar, usando él de la moderación de mano divina, me depuso suavemente. Intercedió por mí al Senado; y no sólo me dio la vida, sino que la pidió. Determine en la forma que quisiere se juzgue mi causa, que su justicia la aclarará por buena, o su clemencia hará que lo sea. Por igual beneficio reconoceré el enterarse de que estoy inocente, o el declarar que lo soy. En el ínterin, es gran consuelo de mis trabajos el ver que anda esparcida por todo el orbe su clemencia; de la cual, cuando del rincón donde estoy encerrado sacare a muchos a quien derribó la ruina de los tiempos, no recelo me deje a mí solo. Él conoce la sazón en que debe socorrer a cada uno, y yo procuraré que no se arrepienta de que llegue a mí su favor. ¡Oh felicidad!, pues tu clemencia, César, hace que los desterrados de tu tiempo tengan más quietud de la que en el imperio de Cayo tuvieron los príncipes. No viven con temor ni esperanza de ver cada hora el cuchillo, ni se atemorizan con la venida de cualquier bajel. En ti conciben así el temperamento de la airada fortuna, como la esperanza de su mejoría y la quietud de la presente. Ten por cierto que son justísimos aquellos rayos que aun los heridos los veneran.
Capítulo XIV
O yo me engaño, o ese príncipe, que es consuelo de todos los hombres, habrá recreado tu ánimo, aplicando remedios eficaces a tan fuerte herida, y que de todas maneras te habrá alentado, y que con su tenacísima memoria te habrá referido todos los ejemplos con que recobres la igualdad del ánimo, y que con su acostumbrada elocuencia te ha representado los preceptos de todos los sabios. Así que ninguno mejor que él podrá tomar a su cargo el persuadirte. Las razones que por él fueren dichas tendrán diferente peso, y como salidas de un oráculo deshará a su divina autoridad la fuerza de tu dolor. Imagino que te dice: «No eres tú solo a quien la fortuna ha cogido para hacerle tan grande injuria. Ninguna casa ha habido ni hay sin algunas lágrimas. Dejaré los ejemplos vulgares, que aunque son menores, son admirables. Quiero llevarte a los fastos y anales públicos. ¿Ves todas estas imágenes que adornan el palacio de César? Ninguna de ellas fue insigne sin alguna descomodidad de los suyos. Ninguno de estos varones que resplandecieron para ornato de los siglos, dejó de ser afligido con muertes de sus deudos, o su muerte causó aflicción de ánimo a los suyos. ¿Para qué te he de referir a Escipión Africano, a quien llegó la nueva muerte de su hermano estando en destierro? Éste, que le libró de la cárcel, no le pudo librar del hado, siendo a todos manifiesto cuán impaciente fue el amor de Africano, pues sin sufrir la común ley, el mismo día que quitó a su hermano de las manos de los alguaciles se opuso, siendo persona particular, a la autoridad del tribunal del pueblo. Éste, pues, llevó la muerte de su hermano con el mismo valor con que le había defendido. ¿Para qué te he de referir a Esmiliano Escipión, que vio casi en un mismo tiempo el triunfo de su padre y el entierro de dos hermanos, y con ser mancebo, y en edad pueril, sufrió aquella repentina calamidad de su casa que cayó sobre el triunfo de Paulo, llevándola con tan grande ánimo como convenía a un varón que había nacido para que ni faltase a Roma un Escipión ni quedase en pie Cartago?»
Capítulo XV
«¿Para qué te he de referir la concordia de los dos Lúculos rompida con la muerte? ¿Para qué los Pompeyos, a quien aun no permitió la enojada fortuna que acabasen de una misma caída? Vivió Sexto Pompeyo, quedando viva su hermana, y con la muerte de ella se desataron los lazos de la paz romana, que estaba bien unida. Asimismo volvió después de muerto su buen hermano, a quien había levantado la fortuna para sólo derribarle de no menor altura de la que había derribado a su padre. Y con todo eso, después de estos sucesos, no sólo resistió al dolor, sino también a las guerras. Innumerables ejemplos socorren de todas partes de hermanos a quien dividió la muerte; antes apenas se han visto algunos pares que hayan llegado juntos a la vejez. Pero quiero contentarme con los ejemplos de mi casa, pues ninguno habrá tan falto de sentido y de entendimiento, que se queje de que la fortuna le acarreó lágrimas, si considerare que no ha reservado de ellas a César. El divo Augusto perdió a Octavia, su carísima hermana, y no le eximió la naturaleza de la necesidad de llorar, y la que le crió para el cielo no le privilegió en las lágrimas; antes estando afligido con todo género de muertes, perdió también el hijo de su hermana que estaba destinado para sucederle. Finalmente, para no contar todos sus llantos, perdió yernos, hijos y nietos; y ninguno de los mortales, mientras vivió entre los hombres, conoció más el serlo que él. Con todo eso, aquel su pecho, capacísimo de todas las cosas, aunque comenzó tantos y tan grandes lamentos, fue no sólo vencedor de las naciones, sino también de los dolores. Cayo César, nieto del divo Augusto, mi abuelo, en los primeros años de su mocedad, siendo príncipe de la juventud, perdió a su carísimo hermano Lucio, que era asimismo príncipe de la juventud en la prevención de la guerra pártica; siendo para él mayor esta herida del ánimo que la que después recibió en el cuerpo, habiendo sufrido entrambos golpes con virtud y fortaleza. César, mi tío, entre los abrazos y besos perdió a Druso Germánico, mi padre, hermano menor suyo, cuando estaba abriendo lo más cerrado de Alemania, sujetando al Imperio romano aquellas ferocísimas gentes. Pero no sólo puso término a sus lágrimas, sino a las de los otros y a todo el ejército, que no sólo estaba triste, sino atónito; y cuando pedía para sí el cuerpo de su Druso, le redujo a que el llanto fuese conforme a la costumbre romana, juzgando que no sólo convenía guardar la disciplina en el militar, sino también en el llorar. No pudiera enfrenar las lágrimas de los otros, si primero no hubiera reprimido las suyas.»
Capítulo XVI
«Marco Antonio, mi abuelo, a nadie inferior, sino a aquel de quien fue vencido, oyó la muerte de un hermano en la sazón que, adornado con la potestad triunviral y sin reconocer cosa que le fuese superior, excepto los dos compañeros, teniendo por inferiores a todos los demás, estaba formando la república. (¡Oh desenfrenada fortuna, que de los humanos males haces deleites para ti!) Al tiempo que Marco Antonio era árbitro de la vida o muerte de sus ciudadanos, en ese mismo tiempo fue llevado un hermana suyo al suplicio, y sufrió esta tan grave herida con la misma grandeza de ánimo con que había sufrido otras adversidades, y sus llantos fueron hacer las exequias a su hermano con la sangre de veinte legiones. Pero dejando muchos ejemplos y callando en mí otros entierros, la fortuna me ha acometido dos veces con muertes de dos hermanos, y entrambas ha conocido que, aunque ha podido ofenderme, no ha podido vencerme. Perdí a mi hermano Germánico, a quien amaba como podrá entender el que supiere cómo se aman los buenos hermanos. Pero de tal modo gobernó los afectos, que ni dejé de hacer cosa de las que deben hacer los buenos hermanos, ni hice alguna que fuese reprensible en un príncipe.» Advierte, Polibio, que el padre de todos es el que te ha referido estos ejemplos, y que él mismo te ha mostrado que para la fortuna no hay cosa sagrada ni reservada, pues se atrevió a sacar entierros de la familia de donde había de sacar dioses. Así, que nadie se admire de lo que le ve hacer inicua y cruelmente. ¿Podrá, por ventura, esperarse que tenga alguna piedad y modestia con las casas particulares aquella cuya crueldad ensució con muertes los tálamos imperiales? Aunque más injurias le digamos, no sólo con nuestras lenguas, sino con las de todos, no por eso se muda; antes con las quejas y con los ruegos se engríe. Esto ha sido la fortuna en las cosas humanas, y esto será siempre. Ninguna cosa ha dejado intacta y ninguna dejará; irá siempre más violenta en todas las cosas, atreviéndose, como lo tiene de costumbre, a entrar con injuria en aquellas casas a que se entra por los templos, vistiendo de luto las puertas laureadas.
Capítulo XVII
Esto sólo alcancemos de ella con votos y plegarias públicas: que si no tiene hecha resolución de destruir el linaje humano, y si todavía mira con ojos propicios el nombre romano, se complazca de tener a este príncipe por sacrosanto, como todos los mortales le tienen, por ser dado para el reparo de las cosas humanas, que tan caídas estaban. Aprende de este piadosísimo príncipe la clemencia y la suavidad. Debes, pues, poner los ojos en todos aquellos que están referidos, que o están ya en el cielo, o cercanos a entrar en él; y con esto podrás sufrir con igualdad de ánimo las injurias de la fortuna que alarga hacia ti sus manos, pues no las aparta de aquellos por quien juramos. Debes imitar la firmeza de César en sufrir y vencer los dolores, caminando (en cuanto es lícito a los hombres) por las huellas divinas. Aunque hay en otras cosas gran diferencia de dignidades, la virtud siempre está en medio, sin desdeñar a ninguno de los que se juzgan dignos de ella. Irás bien si imitares a los que, pudiendo indignarse de no verse exentos de este mal, no tuvieron por injuria, sino por derecho de mortalidad, el ser iguales a los demás hombres, y llevaron los sucesos no con demasiada aspereza y enojo, ni baja ni afeminadamente. «El no sentir los males no es de hombres, y el no sufrirlos no es de varones.» Habiendo referido todos los Césares a quien la fortuna quitó hermanos y hermanas, no puedo pasar en silencio al que debiera ser repelido del número de los Césares, por haberle criado la naturaleza para acabamiento y afrenta del linaje humano; aquel que dejó el Imperio de todo punto perdido para que le recrease la clemencia de nuestro piadosísimo príncipe. Habiéndosele muerto a Cayo César su hermana Drusila, debiendo por su muerte tener antes gozo que dolor, huyó de la vista y trato de sus ciudadanos, y no se halló en las exequias de su hermana ni pagó las obligaciones, antes se fue a su Albano. ¿Aligeró, por ventura, el dolor de la acerbísima muerte asistiendo al tribunal, oyendo a los abogados, o con otros negocios de este género? ¡Oh afrenta del Imperio, que en la muerte de una hermana hayan sido los dados el consuelo de ánimo de un príncipe romano! Este mismo Cayo con la loca inconstancia anduvo, ya con barba y cabello descompuesto, ya midiendo sin concierto las costas de Italia y Sicilia, sin jamás tenerse certeza si quería que su hermana fuese llorada o venerada. Porque en la misma sazón que determinaba edificarle templos y altares, castigó con cruelísima demostración a los que vio estaban poco tristes. Porque con la misma destemplanza de ánimo sufría los golpes de sucesos adversos, con que, levantado de los prósperos, se ensoberbecía fuera del humano modo. Apartemos lejos de cualquier varón romano este ejemplo de quien, o desechó de sí el llanto con intempestivos juegos, o le despertó con la fealdad de trajes asquerosos y sucios, alegrándose con ajenos males y con humanos consuelos. Tú no tienes que mudar en tu costumbre, porque siempre te resolviste amar aquellos estudios que levantan la felicidad con templanza y disminuyen las adversidades con facilidad. Y estos estudios, junto con ser grande adorno de los hombres, son asimismo grandes consuelos.
Capítulo XVIII
Engólfate, pues, en esta ocasión más hondamente en tus estudios; cércate ahora con ellos, poniéndolos por defensa del ánimo. No halle el dolor por parte alguna entrada en ti. Alarga asimismo la memoria de tu hermano en alguna obra de tus escritos; porque en las cosas humanas sólo ésta es a quien ninguna tempestad ofende y ninguna vejez consume. Todas las demás, que consiste o en labores de piedras, o en fábricas de mármol, o en túmulos de tierra levantados en grande altura, no durarán mucho tiempo, porque están sujetas a la muerte. La memoria del ingenio es inmortal; dale ésta a tu hermano, colocándole en ella; mejor es que con tu duradero ingenio le eternices que no que con vano dolor le llores. En cuanto toca a la fortuna, no está ahora para que pase ante ti su causa, porque todo lo que nos dio nos es aborrecible con cualquier cosa que nos quita. Trataráse esta causa cuando el tiempo te hiciere más desapasionado juez de ella, y entonces podrás volver a estar en su amistad, porque tiene prevenidas muchas cosas con que enmendar esta injuria y no pocas con que recompensarla. Y, finalmente, todo lo que ella te quitó, te lo había dado. No quieras, pues, usar contra ti de tu ingenio, ni ayudar con él a tu dolor. Puede tu elocuencia calificar por grandes las cosas pequeñas, y atenuar y abatir las mayores; pero estas fuerzas resérvalas para otra ocasión, y ahora ocúpense todas en su consuelo. Atiende también a que no parezca flaco este dolor, que aunque la naturaleza quiere haya alguno, es mayor el que se toma por vanidad. Yo no te pediré que dejes de todo punto las lágrimas, aunque hay algunos varones, de prudencia más dura que fuerte, que afirman no ha de llorar el sabio. Parece que los que esto dicen no han llegado a semejantes sucesos; que de otra manera, la fortuna les hubiera despojado de esta arrogante sabiduría, forzándolos a confesar la verdad contra su gusto. No hará poco la razón si cercenare al dolor lo superfluo y superabundante; porque querer que de todo punto no se consienta alguno, ni se puede esperar ni desear. Guardemos, pues, tal temperamento que ni mostremos desamor ni locura, conservándonos en traje de ánimo amoroso y no enojado. Corran las lágrimas, pero tenga fin la corriente. Salgan gemidos de lo profundo del pecho, pero también tengan límite. Gobierna tu ánimo de tal manera que te aprueben los sabios y tus hermanos. Procura que frecuentemente te ocurra la memoria de tu hermano para celebrarle en las conversaciones y para tenerle presente con la continua recordación. Conseguiráslo si hicieres que su memoria te sea agradable y no dolorosa, porque es cosa natural el huir siempre el ánimo de aquello a que va con tristeza. Pon el pensamiento en su modestia; ponle en la taza que para todas las cosas tenía; ponle en la industria con que las ejecutaba y, finalmente, en la constancia de lo que prometía. Cuenta a otros todos sus dichos, celebra sus hechos acordándote de ellos. Acuérdate qué fue y lo que se esperaba había de ser; porque de tal hermano, ¿qué cosa no se podía esperar con seguridad? Estas cosas he compuesto en la forma que he podido con mi ánimo desusado y entorpecido en este tan apartado sitio; y si pareciere que satisfacen poco a tu ingenio o que remedian poco tu dolor, considera que no socorren con facilidad las palabras latinas al que atruena la descompuesta y pesada vocería de bárbaros.
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