The Analysis of Beauty Written with a view of fixing the fluctuating ideas of taste
Chapter 3
Sé que dirás: «No me aflige mi quebranto, porque no merece ser consolado quien lamenta la pérdida de un hijo como la de un esclavo, cuando se tiene valor para considerar en un hijo otra cosa que el hijo mismo». ¿Pues por qué lloras, Marcia? ¿porque ha muerto tu hijo o porque no ha vivido mucho tiempo? Si lloras porque ha muerto, has debido llorar siempre, porque siempre has sabido que debía morir. Persuádete de que los muertos no experimentan ningún dolor. Ese infierno que tan terrible nos pintan es solamente una fábula: los muertos no tienen que temer ni tinieblas, ni cárceles, ni torrentes de llamas, ni el río del olvido: en aquel asilo de plena libertad no hay tribunales, ni reos, ni nuevos tiranos. Todas estas cosas son juegos de poetas que nos han agitado con vanos terrores. La muerte es la libertad, el término de todas nuestras penas; no traspasarán sus umbrales nuestras desgracias; ella es la que nos devuelve a aquella tranquilidad de que gozábamos antes de nacer. Si alguien llora a los muertos, que llore también a los que no han nacido. La muerte no es un bien mi un mal; porque para ser bien o mal, es indispensable ser algo; pero lo que nada es, lo que lo reduce todo a la nada, no nos impone ninguna de estas dos condiciones. Lo malo y lo bueno versan sobre algo. La fortuna no puede retener lo que la naturaleza abandona, y no es posible sea desgraciado el que ya no existe. Tu hijo ha traspasado los límites dentro de los cuales se es esclavo. En el seno de una paz profunda y eterna, no le atormenta ya el temor de la pobreza, el cuidado de las riquezas, las pasiones que estimulan nuestro ánimo con el acicate de la voluptuosidad: ya no envidia la felicidad ajena, ni es envidiado en la suya; jamás ofenderá la calumnia sus castos oídos; no tendrá que prevenir calamidades públicas ni privadas, ni habrá de atender al porvenir lleno de tristes inquietudes. Encuéntrase, en fin, en un asilo del que nada puede privarlo ni inspirarle temor.
XX
¡Oh, cuán ignorantes están de sus males los que no celebran la muerte como el mejor invento de la naturaleza! Ora ponga término a nuestro dolor, aparte el infortunio, extinga a un anciano cansado y disgustado de la a vida; ora nos arrebate en la juventud, cuando se esperaba porvenir mejor; ora llame a sí la infancia, antes de que se haga difícil el camino, la muerte es final para todos, para muchos remedio, deseo para algunos, y a nadie favorece tanto como a los que visita antes de que la invoquen. La muerte liberta al esclavo a pesar de su amo; rompe la cadena del cautivo; abre la prisión a los desgraciados que insolente despotismo impedía salir de ella: al desterrado, que incesantemente vuelve a la patria ojos y pensamiento, demuestra cuán poco importa entre quiénes será sepultado: si la fortuna ha repartido mal los bienes comunes a todos; si naciendo todos con derechos iguales ha querido que el uno posea al otro, la muerte restablece en todos la igualdad: ésta es la que nunca ha hecho nada por capricho de otro; nunca se avergonzó de su condición, nunca obedeció a nadie: tu padre, oh Marcia, la llamó con sus deseos. A ella se debe, repito, que no sea un suplicio el nacimiento; hace que no sucumba bajo las amenazas de la suerte y conserve íntegro mi ánimo y dueño de sí mismo. Sé dónde descansar. Allá veo cruces de muchos géneros, que varían según el capricho de los tiranos. Este pone cabeza abajo a los que quiere colgar, aquél los empala por los órganos genitales; este otro les extiende los brazos en el patíbulo. Veo los potros, las varas, y para cada miembro, cada músculo, un instrumento de tortura; pero también veo la muerte. Allí están los enemigos sanguinarios, ciudadanos soberbios; pero allí está también la muerte. La servidumbre no es penosa cuando, cansados del amo, con un solo paso se recobra la libertad: contra las injurias de la vida tengo el beneficio de la muerte.
Piensa cuán bueno es morir oportunamente; a cuántos ha perjudicado vivir mucho. Si Cn. Pompeyo, honor y sostén de este imperio, hubiese sucumbido en Nápoles a la enfermedad, moría indudablemente el primero de los romanos: pocos días después le precipitaron desde la cumbre de su grandeza. Vio degolladas sus legiones en su presencia, y de aquella batalla en que el Senado mismo formaba la primera línea, ¡tristes restos! el jefe fue el único que sobrevivió. Vio al verdugo egipcio, y presentó a un satélite aquella cabeza sagrada hasta para los vencedores. Pero si se hubiese salvado, habría tenido que deplorar su salvación. Porque ¿habría algo más vergonzoso que Pompeyo vivo por merced de un rey? Si M. Cicerón hubiese muerto en el momento en que escapaba al puñal con que Catilina le amenazaba al mismo tiempo que a la patria, sucumbía salvador de la República a la que acababa de libertar: si hubiese seguido de cerca los funerales de su hija, entonces todavía hubiese podido morir dichoso. No hubiera visto brillar espadas desnudas sobre las cabezas de los ciudadanos, repartir entre los asesinos los bienes de las víctimas, para que ellas mismas pagaran los gastos de su muerte; no hubiese visto los despojos de los cónsules vendidos en subasta, los homicidios, ni los tratos públicos sobre latrocinios, la guerra, el pillaje y tantos Catilinas. Si M. Catón, al regresar de Chipre a donde había ido a arreglar la herencia de un rey, se hubiese hundido en el mar, hasta con aquel dinero que traía para pagar la guerra civil, ¿no hubiese sido inmenso bien para él? Al menos habría muerto con la idea de que nadie osaba cometer crimen delante de Catón. Algunos años más, y aquel hombre, nacido para ser libre, nacido para la libertad pública, se verá obligado a huir de César y a seguir a Pompeyo.
La muerte prematura no ha hecho, pues, ningún daño a tu hijo; antes al contrario, le ha libertado de todos los males. «Pero ha muerto demasiado pronto y antes de tiempo». Supón ante todo que ha sobrevivido; imagina la vida más larga que se concede al hombre. ¡Cuán poco es! nacidos para cortos instantes, preparamos esta posada, que muy pronto hemos de abandonar, para otros que vendrán a ocuparla en iguales condiciones. Hablo de nuestra vida que se desarrolla con increíble rapidez. Cuenta los siglos de las ciudades; verás que no han estado mucho tiempo de pie, ni siquiera aquellas que se envanecen con su antigüedad. Todo lo humano es breve y caduco, no ocupando nada en lo infinito del tiempo. Esta tierra, con todos sus pueblos, ciudades, ríos, su cinturón de mares, no es más que un punto para nosotros si la comparamos con el universo: nuestra vida es algo menos que un punto si se compara con el tiempo entero. La medida del tiempo es más grande que la del mundo, porque se pueden contar muchas revoluciones del mundo realizadas en el tiempo. ¿A qué conduce, pues, dilatar una cosa que, por grande que sea su prolongación, no pasa de nada? El único medio de haber vivido mucho, es haber vivido bastante. Cítame, si quieres, esos ancianos cuya longevidad nos refiere la tradición, hasta los que han alcanzado ciento diez años: cuando tu ánimo se fije en la eternidad, no verás diferencia entre la vida más larga y la más corta, si considerando el tiempo que cada cual ha vivido, lo comparas con el que no han vivido.
Además, tu hijo no ha muerto prematuramente; ha vivido cuanto debía vivir. No le quedaba nada más allá. No tienen todos los hombres igual vejez; ni los animales la tienen tampoco. Algunos agotan toda su vida en el espacio de catorce años: para éstos es la edad más larga la que es la primera para el hombre. Todos hemos recibido innegables derechos a la existencia, y no se puede morir prematuramente, puesto que no debía vivirse más de lo que se ha vivido. Cada cual tiene fijos sus límites, que permanecerán donde se establecieron, sin que haya atenciones ni favores que puedan hacerlos retroceder: no hubiese querido tu hijo perder en este vano trabajo su cálculo y cuidados. Hizo cuanto tenía que hacer,
Metasque dati pervenit ad Svi.
Así, pues, debes rechazar la abrumadora idea: «Hubiese podido vivir largo tiempo». No ha sido interrumpida su vida; nunca intervino el acaso en el curso de nuestros años; lo que a cada uno se le prometió, se le pagó: los destinos marchan por su propio impulso; nada añaden ni quitan a sus promesas, poco importan nuestros deseos ni pesares. Cada uno recibirá lo que le fue asignado desde el primer día: desde el instante en que por primera vez vio la luz, entró en el camino de la muerte, ha adelantado un paso hacia la muerte; y esos mismos años con que se enriquecía su juventud, empobrecían su vida. Nos extravía el error de no pensar que nos inclinamos hacia la tumba sino cuando ya estamos viejos y cascados, cuando toda edad, la infancia y la juventud, nos empuja a ella. Los destinos, que continúan su tarea, nos quitan el sentimiento de nuestra destrucción; y para ocultar mejor su marcha, la muerte se esconde bajo el nombre de vida. La primera edad pasa a ser infancia, la infancia pasa a ser pubertad, a la pubertad la absorbe la juventud, a la juventud la vejez. Considerándolo bien, cada progreso es una pérdida.
XXI
¿Preguntas, oh Marcia, por qué no ha vivido tu hijo tanto corno podía? Pero ¿cómo sabes que podía vivir más, o que no le ha favorecido mucho la muerte? ¿A quién encontrarás hoy cuyos negocios tan bien ordenados estén y sobre cimiento tan sólido que nada tenga que temor de la marcha del tiempo? Las cosas humanas se derrumban y caen, y ninguna parte de nuestra vida está tan descubierta y es tan débil como la que nos agrada más. Por esta razón debe desearse la muerte a los más felices, porque en la inconstancia y confusión de las cosas, nada hay cierto mas que lo pasado. ¿Quién te asegura que aquel hermoso cuerpo de tu hijo, que bajo la vigilancia de severo pudor se mantuvo puro en medio de las lúbricas miradas de una ciudad lujuriosa, hubiese escapado a las enfermedades y llevado sin ultraje hasta la vejez el honor de su belleza?
XXII
Piensa en las mil manchas del alma; porque ni los ánimos más rectos se conservan hasta la ancianidad como prometían en la adolescencia, sino que con frecuencia se depravan. O les invade una lujuria tardía y por lo mismo más afrentosa, moviéndoles a deshonrar sus nobles principios; o bien, entregados en la juventud a la taberna y al vientre, su cuidado más importante es saber lo que van a comer y a beber. Añade los incendios, las ruinas, los naufragios, las laceraciones de los médicos que buscan los huesos bajo las carnes palpitantes, meten las manos en nuestras vísceras y aumentan el dolor para curarnos enfermedades vergonzosas. Además de esto, el destierro; no fue tu hijo más inocente que Rutilio: la prisión; no fue más sabio que Sócrates: la muerte voluntaria que desgarra el pecho; no fue más virtuoso que Catón. Considerando todo esto, comprenderás que la naturaleza se ha mostrado generosa poniendo muy pronto en lugar seguro a los que la envidia reservaba tal estipendio. Nada hay tan engañoso como la vida humana; nada hay tan pérfido; y a fe mía, nadie la aceptara si no se nos diese sin saberlo nosotros. Si pues la felicidad más grande es no nacer, considera como la segunda ser libertado pronto de la vida, para entrar en la plenitud del ser. Recuerda los crueles tiempos en que Seyano entregó tu padre, como regalo, a su cliente Satrio Segundo. Estaba irritado por algunas palabras algo atrevidas que Cremucio no había podido callar, como éstas: «No se coloca a Seyano sobre nuestras cabezas, él mismo sube». Habíase, decretado alzarle una estatua en el teatro Pompeyo, cuyo incendio reparaba César. Cordo exclamó: «Ahora se destruye verdaderamente el teatro». ¿Y quién no hubiese estallado al ver colocar a un Seyano sobre las cenizas de Pompeyo, y consagrado el nombre de un soldado pérfido sobre el monumento de aquel insigne capitán? Sin embargo, consagrado quedó por una inscripción; y aquellos perros devoradores que alimentaba con sangre humana, con objeto de hacerlos mansos para él solo y feroces para los demás, a su mandato persiguieron con sus ladridos al condenado. ¿Qué hacer? Si quería vivir, había de suplicar a Seyano; si morir, a su bija: siendo los dos inexorables, decidió engañar a su hija. Tomando, pues, un baño para debilitarse más, retirose a su cámara como para tomar algún alimento, y, despidiendo a sus esclavos, arrojó por la ventana parte de los manjares para hacer creer que había comido. En seguida renunció la cena como si se encontrase satisfecho. El segundo y el tercer día realizó lo mismo, pero al cuarto le hizo traición la debilidad de su cuerpo. Abrazándote entonces, dijo: «Hija querida, oye lo único que te he ocultado hasta ahora: he entrado en el camino de la muerte, y ya he recorrido más de la mitad. No me detengas, porque no debes ni puedes hacerlo». En seguida mandó cerrar todas las entradas a la luz, y se sepultó en las tinieblas. Conocida su resolución, causó público regocijo ver que se arrancaba aquella presa a las ávidas fauces de tan hambrientos lobos. Acusadores excitados por Seyano, se presentan en el tribunal de los cónsules: quéjanse de que Cordo se deja morir, y le acusan de un acto al que le obligan: ¡tanto temían que Cordo se les escapase! Cosa grave era saber si la muerte del acusado les privaba de sus derechos. Mientras deliberaban, mientras insistían los acusadores, él mismo se había absuelto. ¿No ves, oh Marcia, como asaltan de improviso las vicisitudes en los tiempos de iniquidad? ¿Lloras porque tu hijo tuvo necesariamente que morir, cuando apenas permitieron lo mismo a tu padre?
XXIII
Además de que todo lo futuro es incierto y solamente es cierto en cuanto a ofrecer males más grandes, el camino hacia las regiones superiores es mucho más fácil para los que abandonan pronto el comercio humano; porque arrastran consigo menos lodo, menos peso: libres antes de mancharse, antes de mezclarse con demasiada intimidad a las cosas terrestres, suben más ligeros al punto de su origen y se desprenden con mayor facilidad del elemento tosco e impuro. Por esta razón nunca es agradable a las grandes almas prolongada permanencia en el cuerpo; desean salir y buscar la luz: soportan con trabajo esta estrecha prisión, acostumbradas como están a remontar en vuelos sublimes y a contemplar desde lo alto las cosas humanas. He aquí por qué exclama Platón: el alma del sabio se inclina por completo a la muerte, la desea, piensa en ella, y la muerte es la que le alienta en su constante pasión de salir del cuerpo. Y tú, Marcia, cuando veías en un joven la prudencia senil, un alma victoriosa de todas las voluptuosidades, purificada y libre del vicio, buscando las riquezas sin avaricia, los honores sin ambición, los placeres sin molicie, ¿creías que podía conservarse largo tiempo? Todo lo que llega a la cumbre, está cerca de caer. La virtud perfecta se sustrae y oculta a nuestros ojos, y el fruto que madura temprano no espera al otoño. Cuanto más resplandece la llama, tanto más pronto se extingue, siendo más permanente cuando lucha con materias duras y lentas para inflamarse, y ahogada por el humo, brota su luz como de una nube; porque la misma causa que alimenta pobremente a la llama, la hace vivir mucho tiempo. Así también los genios que brillan más, pasan con mayor rapidez. Porque cuando falta lugar al progreso, se toca a la decadencia. Fabiano refiere un caso que presenciaron nuestros padres: un niño de Roma que había llegado a la estatura de un hombre alto; pero vivió poco tiempo, y ni una sola persona prudente había que no le presagiara próxima muerte, porque no podía llegar a una edad a que había precedido. Es, pues, indicio de próxima descomposición la madurez, acercándose el fin cuando se han realizado todos los desarrollos.
XXIV
Comienza a apreciar a tu hijo por sus virtudes y no por sus años, y bastante habrá vivido. Quedando huérfano, permaneció bajo la vigilancia de sus tutores hasta los catorce años, bajo la tutela de su madre toda la vida, y aunque tuvo sus penates, no quiso separarse de los tuyos. Joven a quien su estatura, su belleza y demás atractivos de un cuerpo robusto parecían destinar a los campamentos, renunció a las armas por no separarse de tu lado. Considera, Marcia, cuán raro es para las madres conservar sus hijos cuando habitan casas separadas; considera cuántos años pasan en la ansiedad cuando los tienen en los ejércitos, y verás qué espacio ocupa el tiempo del que nada has perdido. Nunca se alejó tu hijo de tus miradas; bajo tu vista se formó en los estudios aquel ingenio superior, que hubiese igualado al de su abuelo, a no retenerle la modestia que frecuentemente sepulta en el silencio los progresos del genio. Joven, con belleza poco común, arrojado en medio de esas mujeres dedicadas a corromper a los hombres, no se prestó a las esperanzas de ninguna; y cuando la impureza de alguna llegó hasta provocarlo, ruborizose de haber agradado, como si hubiese pecado. Esta pureza de costumbres le valió, apenas salido de la infancia, que le considerasen digno del sacerdocio; sin duda le apoyaba el voto maternal, pero ni su misma madre podía triunfar más que por un candidato excelente. Por la contemplación de sus virtudes únete a tu hijo como si ahora te perteneciera más. Nada puede ya separarle de ti; nunca será para ti causa de inquietud y sobresalto. Has derramado todas las lágrimas que debías a tan buen hijo: el porvenir, libre de accidentes, está lleno de encantos, con tal de que sepas gozar de tu hijo, con tal de que comprendas lo más precioso que existía en él. Solamente has perdido la imagen de tu hijo, e imagen que se le parecía muy poco. Pero él, eterno en adelante, en posesión de un estado mejor, libre de extrañas ligaduras, se pertenece por completo a sí mismo. Esos huesos que ves rodeados de nervios, esa piel que los cubre, ese rostro, esas manos, ministros del cuerpo, y toda esta envoltura exterior, solamente son para el alma trabas y tinieblas. Agóbianla, la oscurecen y la manchan, llevándola lejos de lo verdadero, lejos de sí misma para hundirla en lo falso: todas sus luchas son con esta carne que le pesa, que querría encadenarla y abatirla: aspira a las regiones de donde salió; allí espera eterno reposo, y venciendo el caos y la oscuridad, contemplará la verdad en todo su esplendor.
XXV
Así, pues, no tienes para qué correr al sepulcro, de tu hijo, donde no encontrarás mas que repugnantes restos, huesos y ceniza, que no formaban más parte de él que sus vestidos. Sin perder nada, sin dejar nada suyo en la tierra, emprendió su vuelo, se ocultó todo entero, y después de permanecer algún tiempo sobre nuestras cabezas, para purificarse, para lavarse de la mancha de los vicios inherentes a toda vida mortal, elevose a lo más alto de los cielos, donde se cierne en medio de las almas dichosas, admitido en el grupo sagrado de los Scipiones y de los Catones, héroes despreciadores de la vida y libertados por el beneficio de la muerte. Allí tu padre, oh Marcia, aunque en aquella región todos son parientes, se dedica a su nieto, encantado con aquella luz nueva: enséñale la marcha de los astros que le rodean; complácese en revelarle los misterios de la naturaleza, no según conjeturas, sino en conformidad con la ciencia de todas las cosas, aprendida en los manantiales de la verdad. Y de la misma manera que es un encanto para el extranjero recorrer con su huésped las maravillas de una ciudad desconocida, lo es también para tu hijo interrogar acerca de las causas celestes a un intérprete familiar. Gusta de dirigir su vista a las profundidades de la tierra, y se complace en considerar desde lo alto las cosas que ha dejado. Así, pues, oh Marcia, obra como delante de un padre y de un hijo que te contemplan; no los que tú conocías, sino seres perfectos habitantes de las moradas sublimes: ruborízate de todo pensamiento bajo y vulgar; ruborízate de llorar a los tuyos en su dichosa mutación. Lanzados a la eternidad de las cosas por los vastos y libres espacios, no les detienen las barreras de las olas, ni la altura de las montañas, ni las profundidades de los valles, ni los movibles escollos de las sirtes: llanos caminos tienen por todas partes, y movibles y expeditos en todo, penétranse mutuamente y se entremezclan con los astros.
XXVI
Considera, oh Marcia, que desde aquella bóveda celeste desciende la voz de tu padre, que tuvo sobre ti tanta autoridad como tenías tú sobre tu hijo: no es ya aquel triste ingenio que reprobaba las guerras civiles y condenaba a sus proscriptores a eterna proscripción; su lenguaje es tanto más sublime, cuanto de más alto habla. «¿Por qué, hija mía, te entregas a tan larga tristeza? ¿Por qué cierras con tanta obstinación los ojos a la verdad, y crees injustamente tratado a tu hijo porque disgustado de la vida se retiró por sí mismo con sus antepasados? ¿No conoces los huracanes con que la fortuna trastorna todas las cosas? ¿que a nadie se presenta risueña y agradable sino a aquellos que tienen menos que agradecerlo? ¿Habré de citarte los reyes que hubieran sido los más felices de la tierra, si la muerte hubiese acudido más pronto a sustraerles de las desgracias que les amenazaban? ¿Y aquellos capitanes romanos a cuya grandeza nada hubiese faltado a suprimirles algo de su vida? ¿Y aquellos nobles y esclarecidos varones que tuvieron que inclinar la cerviz bajo la espada de un soldado? Mira a tu padre y a tu abuelo: aquél fue entregado a manos extrañas. Yo no he dado a nadie derecho sobre mi vida, y, absteniéndome de toda alimentación, he mostrado cuánto me alentaba el valor que dictó mis escritos. ¿Por qué se ha de llorar más en nuestra casa al que muere más dichoso? Aquí todos formamos uno solo, y, sin estar rodeados ya de profunda oscuridad, vemos que nada tenéis, según vuestra creencia, deseable, nada grande, nada espléndido; sino que todo es ahí bajeza, miseria, ansiedad; careciendo, como carecéis, de nuestra luz. ¿Habré de añadir que aquí no tenemos ejércitos que choquen con mutuo furor, ni armadas que se destrocen en el mar; que aquí no se medita ni se trama el parricidio; que no resuenan los foros con procesos durante días interminables; que nada es oculto, estando todas las mentes abiertas, patentes todos los corazones, viviéndose en público y delante de todos, y viéndose el pasado y el porvenir de todas las edades? Gloriábame de escribir los hechos de un siglo solo, realizados por unos pocos y en un rincón del mundo; ahora puedo contemplar todos los siglos, la continuación y encadenamiento de las edades y toda la suma de los años; puedo también prever el origen y ruina de los imperios, la caída de las grandes ciudades y las nuevas incursiones del mar. Si puedes encontrar consuelo a tu dolor en el destino común, persuádete de que nada permanecerá erguido en el sitio en que está: el tiempo ha de derribarlo todo, arrastrarlo todo, y no solamente a los hombres (porción pequeñísima entregada a lo fortuito), sino que también a los parajes, regiones y partes del mundo; arrasará las montañas y hará brotar entonces nuevos peñascos; absorberá los mares, separará de su cauce a los ríos, y destruyendo el comercio de las naciones, dispersará las sociedades del género humano. En otra parte sepultará las ciudades en profundas simas, las quebrantará con temblores, y de lo más profundo hará surgir vapores ponzoñosos y cubrirá con inundaciones todo lo habitado: en el orbe sumergido perecerá todo ser viviente, y en vasto incendio quedarán abrasadas todas las cosas mortales. Y cuando llegue el tiempo en que el mundo haya de destruirse para renacer, todas las fuerzas se destruirán por su propio impulso; chocarán los astros con los astros; toda la materia se inflamará, y todo lo que actualmente brilla con tanto orden, se abrasará a la vez. En cuanto a nosotros, almas dichosas, gozando de la eternidad, cuando plazca a Dios realizar estas cosas en medio del universal trastorno, restos pequeñísimos de la gran ruina, nos confundiremos en los antiguos elementos. ¡Feliz tu hijo, oh Marcia, que ya conoce este secreto!».