The Analysis of Beauty Written with a view of fixing the fluctuating ideas of taste

Chapter 2

Chapter 24,045 wordsPublic domain

Y en último caso, ¿por qué olvidas tanto tu condición como la general? Nacida mortal, has concebido mortales: ser corruptible y perecedero, sujeto a tantos accidentes y enfermedades, ¿esperabas que tu frágil materia engendrase la fuerza y la inmortalidad? Tu hijo ha muerto, es decir, ha llegado al término a que caminan todas las cosas, en tu opinión más dichosas que el fruto de tus entrañas. Allí se encamina con paso igual toda esa multitud que ves pleitear en el foro, sentarse en los teatros y orar en los templos. Y los que adoras y los que desprecias, no serán más que una misma ceniza. Este manda aquella voz que se atribuye al oráculo pythiano: Conócete. ¿Qué es el hombre? Vaso quebrantado, cosa frágil. No se necesita terrible tempestad, una ola basta para destruirlo; al primer choque quedará deshecho. ¿Qué es el hombre? Un cuerpo endeble, débil, desnudo, sin defensa natural, que mendiga el auxilio ajeno, blanco de todos los ultrajes de la naturaleza; que, a pesar de los esfuerzos de sus brazos, es pasto de la primera fiera, es víctima de cualquier enemigo; formado de materia blanda y fluida, que solamente tiene brillantez en el exterior; indefenso contra el frío, el calor, la fatiga, y en quien la inercia engendra la corrupción; temiendo a sus alimentos, cuya falta o exceso le matan; de ansiosa y aflictiva conservación, aliento precario, que no puede resistir, que se ahoga por repentino pavor o por inesperado ruido que hiere sus oídos; en fin, que para alimentarse, se destruye, se devora a sí mismo. ¿Podrá extrañarnos la muerte de un hombre cuando todos necesariamente han de morir? ¿Acaso se necesita mucho para destruirlo? Un olor, un sabor, el cansancio, la vigilia, los humores, la comida, todo lo que necesita para vivir, le es mortal. Cualquier movimiento le revela en seguida su debilidad: no puede soportar todos los climas; un cambio de aguas, un soplo desacostumbrado del aire, la cosa más pequeña basta para que enferme; ser de barro y corrupción, entra llorando en la vida, y sin embargo, ¿cuánto tumulto promueve este despreciable animal? ¿a cuántos ambiciosos pensamientos no le impulsa el olvido de su condición? Lo inmortal e infinito ocupan su mente, ordena el porvenir de sus nietos y biznietos, y en medio de sus proyectos para la eternidad, le hiere la muerte, siendo carrera de muy pocos años lo que se llama vejez.

XII

Tu dolor, oh Marcia, en el caso de que raciocine, ¿tiene por objeto tu desgracia o la de tu hijo, que ya no existe? ¿Lo que te aflige en esa pérdida, es que no has gozado de tu hijo, o bien que podías gozar más si se hubiese prolongado su vida? Si dices que no has recibido de él goce alguno, haces más soportable tu desgracia, porque se lamenta menos la pérdida de lo que no ha ocasionado placer ni felicidad. Si confiesas que has experimentado grandes regocijos, no debes quejarte de los que te han arrebatado, sino agradecer los que has recibido. Su educación misma te ha pagado suficientemente tus trabajos: si los que con tanto cuidado alimentan perros, pájaros o cualquier otro animal con los que gozan sus frívolos espíritus, experimentan cierto placer al verlos, al tocarlos, al recibir sus mudas caricias, es indudable que para los que crían hijos, la educación recibe recompensa en la educación misma. Así, pues, aunque sus conocimientos no te hubiesen producido y nada te conservase su cuidado, aunque su inteligencia nada te hubiera adquirido, haberlo poseído, haberlo amado, es bastante recompensa. «¡Podía, sin embargo, ser mayor y más duradera!» Siempre resultarás más gananciosa que si no hubieses conseguido ninguna: porque si se nos concediese elegir entre ser dichosos por poco tiempo y no serlo jamás, preferiríamos sin duda una felicidad pasajera a no disfrutar ninguna. ¿Hubieses preferido un vástago indigno, que solamente hubiera ocupado el puesto de hijo, que solamente hubiera llevado su nombre, en vez de uno excelente como lo fue el tuyo? ¡Tan joven y tan distinguido por su amor filial, esposo en seguida, en seguida padre, tan cuidadosamente ocupado desde luego en el cumplimiento de su deberes, tan pronto revestido con el sacerdocio; todos los honores conseguidos en tan corto tiempo!

Generalmente nadie obtiene a la vez bienes grandes y duraderos; la felicidad que permanece hasta el fin, es la que llega lentamente. Los dioses inmortales que te daban tu hijo para poco tiempo, te lo dieron desde luego tal como pudieran haberlo formado muchos años. Tampoco puedes decir que los dioses te hayan elegido para privarte de los goces maternales. Recorre con la vista la multitud de los conocidos y desconocidos: en todas partes encontrarás aflicciones más terribles. Han caído sobre los grandes capitanes, sobre los príncipes; ni la fábula dejó inmunes a sus dioses, y creo fue para consolarnos en nuestros quebrantos al ver que sucumbían también los hijos de las divinidades. Mira bien, repito, a todos lados: no citarás ni una casa tan desgraciada, que no encuentre consuelo en otra casa más desgraciada todavía. Y a fe mía que no pienso mal de tus sentimientos, al creer que debes soportar con más paciencia tu infortunio si te presento considerable número de afligidos: mal consuelo es el que se busca en la multitud de desgraciados. Citaré, sin embargo, no para demostrarte que los quebrantos son habituales en los hombres, porque sería ridículo buscar pruebas de la mortalidad; sino para convencerte de que hubo muchos que suavizaron sus penas soportándolas con calma. Comenzaré por el más feliz. L. Sila perdió a su hijo, y esta pérdida no abatió ni su ardor bélico ni la cruel energía que demostró contra los enemigos y los ciudadanos, ni hizo suponer que había adoptado el dictado de feliz en vida de su hijo y no después de su muerte. No temía ni el odio de los hombres, cuyos males procedían de su excesiva fortuna, ni la ira de los dioses, para los que era crimen haber hecho dichoso a Sila. Pero dejemos entre las cosas no juzgadas aún qué hombre fue Sila: sus mismos enemigos confesaron que empuñó oportunamente las armas y las dejó con oportunidad; queda por lo menos demostrado lo que queríamos probar, esto es, que no es considerable el mal que cae hasta sobre los más afortunados.

XIII

No deben los Griegos admirar tanto a aquel padre que, en medio de un sacrificio, al saber la muerte de su hijo, se limitó a mandar callar al flautista, y quitándose la corona de la cabeza, terminó ordenadamente la ceremonia. Así lo hizo el pontífice Pulvilo cuando, al pisar el umbral del Capitolio que iba a consagrar, supo la muerte de su hijo. Fingiendo no haber oído, pronunció las palabras solemnes de la fórmula pontificia sin que un solo gemido interrumpiera la plegaria: oía el nombre de su hijo, e invocaba a Júpiter propicio. Comprenderás que su duelo había de tener término, puesto que el primer impulso, el primer arrebato del dolor, no pudo separar a aquel, padre de los altares públicos, ni de aquella invocación al dios tutelar. Digno era a fe mía de aquella memorable dedicación, digno de aquel sacerdocio supremo, quien no cesó de adorar a los dioses ni cuando se mostraban irritados contra él. De regreso a su casa, sus ojos lloraron y su pecho lanzó algunos gemidos; pero después de tributar los honores acostumbrados a los difuntos, recobró el semblante que tenía en el Capitolio. Paulo, por los mismos días de aquel nobilísimo triunfo en que llevaba encadenado detrás de su carro a Persio, aquel rey tan famoso, dio dos hijos en adopción, y vio morir a los que se había reservado. ¡Considera cuánto valdrían los que había conservado, cuando uno de los cedidos era Scipión! No sin conmoverse vio el pueblo romano vacío el carro de Paulo; sin embargo, éste arengó a la multitud, y dio gracias a los dioses por haber escuchado sus votos. Porque había rogado al cielo que si la celosa fortuna pedía algo por tan brillante victoria, se le pagase antes a sus expensas que a las del pueblo. ¿Y a quién podía conmover más aquel cambio? A la vez perdió sus consoladores y sus apoyos, y sin embargo, Persio no consiguió ver entristecido a Paulo.

XIV

¿Te pasearé ahora entre innumerables ejemplos de grandes hombres para buscar desgraciados, como si no fuera más difícil buscar dichosos? ¿Cuántas casas se han conservado intactas hasta el fin en todas sus partes y sin ningún deterioro? Considera un año cualquiera, cita los cónsules: elige si quieres a M. Bibulo y a César; verás entre dos colegas profundamente enemistados una misma fortuna. Bibulo, varón más honrado que animoso, vio muertos a la vez sus dos hijos después de haber servido de pasto a la brutalidad de los soldados egipcios, para que no tuviese que llorar menos por aquella pérdida que por los matadores. Y sin embargo, aquel Bibulo que durante el año de su consulado, para hacer odioso a su colega, se había mantenido encerrado en su casa, salió a la mañana siguiente del anuncio de aquel doble quebranto, para desempeñar como de ordinario sus funciones públicas. ¿Podía dar menos de un día a sus dos hijos? ¡Tan pronto cesó de llorar a sus hijos el que no había cesado en un año de llorar su consulado! En el tiempo en que C. César recorría la Bretaña y ni el mismo Océano podía limitar su fortuna, supo la muerte de su hija que se llevaba consigo los destinos de Roma. Ya se presentaba a su vista Cn. Pompeyo, soportando difícilmente en la república un rival tan glorioso y queriendo poner término a triunfos que le pesaban hasta cuando participaba de sus resultados: sin embargo, pasados tres días, volvió a encargarse de los cuidados del mando, y triunfó de su dolor tan pronto como triunfaba de todo.

XV

¿Te citare otros quebrantos en la familia de los Césares, a la que creo ultraja de tiempo en tiempo la fortuna para que, hasta en sus desgracias, sea útil al género humano, demostrándole que ellos mismos, reputados hijos de los dioses, y muy pronto padres de dioses nuevos, no tienen en sus manos su propia suerte como tienen la del mundo? Habiendo perdido el divino Augusto a sus hijos y nietos, viendo extinguida la multitud cesárea, llenó por medio de la adopción su casa vacía. Soportó sin embargo con resignación aquellos reveses, como si se tratase ya de causa propia, estando profundamente interesado en que nadie se quejase de los dioses. Tiberio César perdió a su propio hijo y a su hijo de adopción; sin embargo, él mismo hizo en los rostros el elogio del segundo, y de pie, delante del cadáver, del que solamente le separaba el velo que debe ocultar a los ojos del pontífice la imagen de la muerte, cuando lloraba el pueblo romano, él no volvió el semblante: así demostró a Seyano, que estaba a su lado, con cuánta resignación podía perder a los suyos.

Ya ves cuán numerosos son los grandes hombres que no respetaron la suerte ante la que todo cede, a pesar de todas las cualidades de su alma, a pesar de tanto brillo y grandezas tantas públicas y privadas. Así también corre en el orbe el huracán, destruye y devasta ciegamente, como encontrándose en su dominio. Llama a cada uno a rendir cuentas: ninguno ha nacido impunemente.

XVI

Sé lo que me dirás: «Has olvidado que consuelas a una mujer; solamente citas ejemplos de hombres». Pero ¿quién osará decir que la naturaleza ha tratado con poca generosidad el corazón de las mujeres y limitado las virtudes para ellas? Tan fuertes son como nosotros, créeme; tan capaces de acciones honestas, si les agrada: con la costumbre, soportan lo mismo que nosotros el trabajo y el dolor. ¿En qué ciudad, oh dioses, estoy hablando? En la que Lucrecia y Bruto derribaron los reyes que pesaban sobre las cabezas romanas: Bruto, a quien debemos la libertad; Lucrecia, a la que debemos Bruto. Aquí donde Clelia, despreciando el enemigo y el río, mereció por su insigne audacia que se la colocara por encima de los hombres. Sentada sobre su corcel de bronce, en la vía sagrada, paraje celebérrimo, Clelia reprueba a nuestros jóvenes montados en su litera, que entren así en una ciudad en la que hasta a las mujeres hemos dado caballo. Si quieres que te cite ejemplos de mujeres valerosas en sus quebrantos, no iré a preguntar de puerta en puerta: en una sola familia te mostraré a las dos Cornelias: hija la primera de Scipión, madre de los Gracos, ésta tuvo doce hijos y vio pasar otros tantos funerales. Y si se dice que no debió costarle mucho mostrar fuerzas en cuanto a aquellos que ni por su nacimiento ni por su muerte conmovieron a la ciudad, observaremos que vio a Tiberio Graco y a Cayo, a los que si se niega que fueron buenos, no se negará que fueron grandes, muertos y privados de sepultura: y sin embargo, a los que la consolaban y compadecían su desgracia, contestó: «Nunca cesaré de llamarme dichosa por haber dado vida a los Gracos». Cornelia, esposa de Livio Druso, había perdido a su hijo, joven ilustre, de noble ingenio, que seguía las huellas de los Gracos, y que antes de aprobarse tantas leyes propuestas, fue asesinado en sus mismos penates, sin que nunca se haya sabido quién fue el autor del homicidio: sin embargo, aquella madre opuso a la muerte cruel e inesperada del hijo tanta energía cuanta tuvo él para proponer las leyes.

Reconciliada te encuentras ya con la fortuna, oh Marcia, puesto que hirió a los Scipiones y a las madres de los Scipiones, puesto que lanzó contra los Césares los dardos que también ha lanzado contra ti. Llena e infestada de muchos males está la vida, con los que no puede haber larga paz, y apenas tregua. Eras madre de cuatro hijos, oh Marcia, y dícese que ninguna flecha deja de herir cuando se lanza contra apretadas filas. ¿Es acaso sorprendente que familia tan numerosa no haya podido seguir en la vida sin provocar los envidiosos reveses de la suerte? «Pero la fortuna es tanto más injusta, cuanto que no solamente ha arrebatado, sino elegido mis hijos». No, jamás podrás considerar injusto que el más fuerte tenga igual suerte que el más débil: dos hijas te ha dejado, y de estas hijas dos nietos; y ese mismo hijo que tan amargamente lloras, olvidada del primero: no te los ha arrebatado por completo. Dos hijas te quedan de él, carga pesada si desfalleces, y si no, poderoso consuelo. La fortuna te las ha dado para que, al contemplarlas, recuerdes a tu hijo, no tu dolor. Cuando el campesino ve caer al suelo sus árboles arrancados por el viento o tronchados al repentino choque del torbellino, cuida atentamente los retoños que quedan: con plantas o semillas reemplaza los árboles que ha perdido, y en un momento (porque el tiempo no es menos rápido y veloz para reparar que para destruir) los retoños crecen más vigorosos que los primeros. Reemplaza a tu Mitilio con esas hijas, y llena así el vacío de tu casa. Alivia un dolor solo con este doble consuelo. Natural es a los mortales no encontrar nada que les agrade como lo que han perdido, y que el sentimiento de lo que hemos perdido nos haga injustos con lo que nos queda; pero si quieres apreciar cuánto te favorece la fortuna hasta al maltratarte, comprenderás que posees aún más que consuelos. Mira en derredor tuyo tantos nietos y dos hijas.

XVII

Di esto también, Marcia: «Me dejaría conmover si la suerte de cada uno estuviese en relación con sus costumbres; si el mal no persiguiese nunca a los buenos; pero veo que buenos y malos son indistintamente víctimas de los reveses. Sin embargo, es muy doloroso perder a un joven que se ha educado y que ya era para su madre y para su padre apoyo y honor». Imposible negar que es desgracia cruel, pero humana. Has nacido para perder, para temer y desear la muerte, y lo que es peor, para perecer, para esperar, para inquietar a los otros y para no saber nunca cuál es tu condición.

Si se dijese a uno al partir para Siracusa: «Voy primeramente a darte a conocer todas las incomodidades y satisfacciones de tu próximo viaje; después embárcate. Podrás admirar, en primer lugar, la isla misma, separada de Italia por estrecho canal, cuando consta que antes estuvo unida al continente; pero repentina irrupción del mar

Hesperium Siculo latus abscidit:»

en seguida (porque podrás pasar rozando el insaciable torbellino) verás la fabulosa Caribdis, tranquila mientras no la agita el austro, pero al primer viento fuerte que sopla en aquellas regiones, devorando las naves en sus abiertos y profundos abismos. Verás la fuente Aretusa, celebrada por los poetas, tan limpia y trasparante, derramando fresquísimas aguas, sea que nazcan allí, sea que devuelva un río que, ocultándose debajo de los mares, reaparece libre de toda mezcla con ondas impuras. Verás un puerto, el más tranquilo de cuantos ha formado la naturaleza o construyó la mano del hombre para resguardar las armadas, y tan bien abrigado que no lo alcanza el furor de las tempestades más violentas, Verás dónde se estrelló el poder de Atenas; donde, bajo rocas socavadas hasta profundidades infinitas, tuvieron muchos millares de cautivos las canteras por prisión. Verás la inmensa ciudad, cuyas torres se extienden más lejos que los confines de otras muchas ciudades; en la que los inviernos son tan templados, que no transcurre día sin sol. Pero cuando hayas contemplado todas estas cosas, estío pesado y nocivo emponzoñará los beneficios del cielo de invierno. Allí encontrarás a Dionisio el tirano, verdugo de la libertad, de la justicia, de las leyes; ávido del poder, hasta después de la lecciones de Platón; de la vida, hasta después del destierro: entregará unos a las llamas, otros a las varas: hará decapitar a aquellos por la menor ofensa; llamará a su lecho a los hombres y a las mujeres, y en medio del asqueroso rebaño preparado para las regias intemperancias, le parecerá poco desempeñar dos papeles a la vez. Ya sabes lo que puede atraerte y lo que puede contenerte; parte o quédate». Después de estas advertencias, si alguno dijere que quiere ir a Siracusa, ¿de quién sino de sí mismo podría quejarse, cuando no habría caído en aquella ciudad sino llegado voluntaria y conscientemente a ella?

La naturaleza nos dice a todos: «A nadie engaño: si tú das hijos a luz, podrás tenerlos hermosos, pero también feos: y si por acaso tienes muchos, uno podrá salvar la patria, otro venderla. No desesperes de que lleguen algún día a gozar de tanto favor que nadie, por causa de ellos, se atreva a ofenderte; mas piensa también que de tal manera pueden mancharse, que hasta su nombre sea un ultraje. No es imposible que te presten los últimos honores y que pronuncien tu elogio; y sin embargo, debes estar dispuesta a depositarlos en la pira, niños, hombres o ancianos, porque los años no importan nada, no habiendo funerales que no sean prematuros cuando la madre los acompaña». Después de estas condiciones, convenidas de antemano, si engendras hijos, libras de toda responsabilidad a los dioses, que nada te han prometido.

XVIII

Refiramos a esta imagen la entrada del hombre en la vida. Deliberabas ir a Siracusa; te he demostrado lo que podía deleitarte y disgustarte en el viaje. Supón que se me llama en el día de tu nacimiento para aconsejarte. Vas a entrar en la ciudad común a los dioses y a los hombres, que todo lo abraza sujeto por leyes fijas y eternas, donde en sus revoluciones realizan los astros su infatigable ministerio. Allí verás innumerables estrellas, y ese astro maravilloso que todo lo llena por sí mismo, ese sol cuyo cotidiano curso marca los intervalos del día y de la noche y cuya carrera anual divide igualmente los estíos y los inviernos. Verás la nocturna sucesión de la luna, tomando de los rayos fraternales dulce y templada luz, en tanto oculta, en tanto mostrando al mundo su faz completa, creciendo y decreciendo sucesivamente, y distinta siempre de como era el día anterior. Verás cinco planetas siguiendo diferentes rumbos, y en su contraria marcha resistiendo a la fuerza que arrastra al mundo: de sus menores movimientos depende la fortuna de los pueblos: allí se deciden las cosas más grandes y las más pequeñas según se presenta astro propicio o adverso. Admirarás las nubes amontonadas, las aguas que caen, los oblicuos rayos y el fragor del cielo.

Cuando, saciados con tal espectáculo, se vuelvan tus ojos a la tierra, verán otro orden de cosas y otras maravillas. Aquí inmensas llanuras se extienden hasta lo infinito; allá las nevadas cumbres de soberbias montañas se alzarán hasta las nubes: ríos derramándose por las praderas; otros, partiendo de la misma fuente, van a regar el Oriente y Occidente: sobre las altas cimas mecen sus copas los bosques, y las selvas se extienden con sus rieras y el variado concierto de sus aves. Allá se alzan ciudades diferentemente situadas; naciones separadas por inaccesibles fronteras, retiradas sobre las altas montañas, otras aprisionadas por ríos, lagos, valles y pantanos; allí hay campos cultivados, arbustos fértiles sin cultura, arroyos que corren blandamente por las praderas, bellos golfos, riberas que se ahondan para formar puertos; innumerables islas sembradas por los mares interrumpiendo sus vastas soledades. Allí están las piedras, las brillantes perlas y los torrentes que en su impetuosa carrera arrastran partículas de oro mezcladas con su arena, y esas columnas de fuego que brotan del seno de la tierra hasta en medio de las olas; y el Océano, ese lazo del mundo que se reparte en tres mares para dividir las naciones, y salta sobre su lecho sin freno ni medida. Allí ves las ondas siempre inquietas, moviéndose en la calma de los vientos. Verás animales enormes, que sobrepujan en magnitud a los terrestres; unos cuya pesada masa necesita guía que la dirija; otros ágiles y más rápidos que nave empujada por vigorosos remos; algunos aspirando y lanzando las amargas aguas con gran peligro de los navegantes. Más allá verás naves que van en busca de tierras que no conocen, y nada encontrarás que no haya intentado la audacia humana, testigo a la vez que laborioso asociado de estos grandes esfuerzos. Aprenderás y enseñarás las artes, las que entretienen, las que embellecen y las que dirigen la vida.

Pero también encontrarás mil azotes del cuerpo y del alma, guerras, latrocinios, envenenamientos, naufragios, huracanes, enfermedades, prematura pérdida de los nuestros, y la muerte, tal vez dulce, tal vez llena de dolores y tormentos. Delibera contigo mismo, y pesa bien lo que deseas; una vez entrado en esta ciudad de maravillas, por aquí hay que salir. ¿Responderás que quieres vivir? ¿por qué no? Pero considero que no consientes en la vida, puesto que te quejas de que te quiten algo. Vive, pues, según lo convenido. Pero nadie, dices, nos ha consultado. Nuestros padres consultaron por nosotros; conocían las leyes de la vida y nos engendraron para soportarlas.

XIX

Mas, para venir a los consuelos, veamos primeramente qué males hay que curar, y después, de qué manera. Te hace derramar lágrimas la pérdida de un hijo amado. Pero esta pérdida es tolerable por sí misma. No lloramos a los ausentes mientras viven, a pesar de encontrarnos absolutamente privados de su trato y presencia. La idea es, pues, lo que nos atormenta, y nuestros males no pasan de la medida que les concedemos. El remedio está en nuestra mano. Consideremos los muertos como ausentes, y no nos engañemos a nosotros mismos: les hemos dejado partir, o mejor aún, les hemos hecho partir delante para seguirlos. Todavía lloras, cuando dices: «¡No tengo quien me defienda, quien me liberte de la injuria!». Consuélate; porque si es vergonzoso, no es menos cierto que en nuestra ciudad se gana viendo morir a los hijos más respeto que se pierde. En otro tiempo era ruina del anciano quedar solo; ahora lleva al poder, hasta el punto de que se muestra odio a los hijos, se niegan y se vacían las casas por medio del crimen.