The Fate: A Tale of Stirring Times

Chapter 2

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Recorramos todas las tierras; ni una sola encontraremos en el mundo que sea extraña al hombre. Desde todas ellas se eleva nuestra mirada a igual distancia hacia el cielo; y el mismo intervalo separa las cosas divinas de las humanas. Mientras no se prive a mis ojos de este espectáculo de que no se sacian, con tal que se me permita contemplar la luna y el sol, sumergir mi vista en los demás astros, interrogar su salida y su ocaso, su distancia y las causas de su marcha, unas veces rápida, otras lenta; admirar durante las noches tantas brillantes estrellas, inmóviles unas, desviándose ligeramente otras, pero girando siempre en la órbita que tienen trazada, y en tanto que unas se lanzan de pronto, otras nos deslumbran con un rastro brillante como si fuesen a caer, o vuelan arrastrando en pos inflamada cabellera; con tal que viva en esta compañía, y me mezcle, en cuanto puede mezclarse el hombre, a las cosas del cielo; con tal que mi alma, aspirando a contemplar los mundos que participan de su naturaleza, se mantenga en las regiones sublimes, ¿qué me importa lo que piso? Y sin embargo, la tierra en que me encuentro no es abundante en árboles fructíferos o umbrosos; no la surcan ríos anchos y navegables; no produce nada que vengan a pedirla los otros pueblos, bastando apenas para sustentar a sus habitantes: no se labran aquí piedras preciosas, ni se registran venas de oro y de plata. Estrecho es el ánimo al que encantan las cosas de la tierra: volvámonos hacia aquellos que aparecen igualmente en todas partes, que en todas brillan lo mismo, y persuadámonos de que las otras, con los errores y preocupaciones que engendran, son obstáculo para la verdadera felicidad. Cuanto más largos hayamos hecho nuestros pórticos, cuanto más hayamos elevado nuestras torres, extendido nuestros dominios, ahondado nuestras grutas de estío y más atrevida sea la techumbre que cubra nuestra sala de festines, más habremos hecho para ocultarnos el cielo. La suerte te ha arrojado a un país donde el edificio más grande es una cabaña. Débil será tu corazón y muy bajo buscarás consuelos, si para vivir animosamente en ese asilo necesitas pensar en la cabaña de Rómulo. Di más bien: Este humilde tugurio es asilo de virtudes; y superior en magnificencia será a todos los templos, cuando se vea en él la justicia con la continencia, la sabiduría con la piedad, la ordenada observancia de todos los deberes con la ciencia de las cosas divinas y humanas. Ningún paraje es estrecho cuando puede contener esta multitud de grandes virtudes: no es penoso ningún destierro, cuando se puede ir a él con este acompañamiento. Bruto, en el libro que escribió sobre la virtud, dice que vio a Marcelo en el destierro de Mitilena, viviendo con cuanta felicidad es compatible con la naturaleza del hombre, y entregado con más entusiasmo que nunca a los estudios elevados. Así añade que, cuando iba a separarse de él, parecíale partir él mismo para el destierro, antes que dejar un desterrado. ¡Oh Marcelo, más dichoso cuando merecías las alabanzas de Bruto, que cuando tu consulado recibía las de la república! ¡Cuán grande fue aquel hombre a quien no se podía abandonar en el destierro sin creerse desterrado uno mismo; que se hizo admirar por un hombre que fue admirado hasta por el mismo Catón! Bruto refiere también que C. César no quiso detenerse en Mitilena, porque no podía sostener la presencia de aquel noble infortunio. El Senado impetró el regreso de Marcelo con preces públicas; y al ver su luto y su tristeza, se hubiese dicho que aquel día todos participaban del sentimiento de Bruto, y suplicaban, no por Marcelo, sino por ellos mismos, desterrados si habían de vivir lejos de él: y sin embargo, el día más hermoso de su vida fue aquel en que Bruto no pudo abandonarle, cuando César no pudo verle en el destierro. Bruto se afligió, César se avergonzó de volver sin Marcelo. ¿Puedes dudar que aquel grande hombre se animó con estas palabras, para soportar tranquilamente el destierro: «Estar lejos de la patria no es una calamidad; te has imbuido bastante en la filosofía para saber que el sabio en todas partes encuentra su patria? ¿Cómo no? ¿el mismo que te desterró no estuvo por diez años privado de su patria? Verdad es que fue por ensanchar el imperio, pero no por eso dejo de estar privado de la patria. Helo ahora atraído por el África, que nos amenaza con nueva guerra; por España, que reaviva las partes vencidas y dominadas; por el pérfido Egipto, por el mundo entero atento para aprovechar nuestras conmociones. ¿Adónde acudirá primero? ¿A qué partido se opondrá? La victoria le paseará por toda la tierra. Que todas las naciones se postren para adorarle: tú vive contento con la admiración de Bruto». Marcelo soportó, pues, sabiamente su destierro, y el cambio de lugar no alteró nada en su alma, aunque tuviese por compañera la pobreza, en la que nada se encuentra penoso, cuando no se está cegado por esa locura que todo lo trastorna: la avaricia y el lujo. ¡Cuán poco basta, en efecto, para la conservación del hombre! ¿y qué puede faltar al que posee algo de virtud? Por lo que a mí toca, observo que no he perdido riquezas sino cuidados. Limitados son los deseos del cuerpo; quiere preservarse del frío, saciar con alimentos el hambre y la sed: todo lo que se apetece fuera de esto, es un trabajo que se toma para los vicios y no para las necesidades. No es indispensable registrar todos los Océanos, cargar el vientre con inmenso estrago de animales, ni arrancar conchas en las desconocidas orillas de los mares más remotos. Los dioses y las diosas confundan a aquellos cuyo desenfreno traspasa los límites de tan apetecido imperio. Quieren que se vaya a cazar más allá de Phaso para proveer a su ambiciosa cocina; atrévense a ir en busca de aves hasta entre los Parthos, de los que todavía no nos hemos vengado. De todas partes se hace venir lo que puede satisfacer las exigencias de su desdeñosa gula. De los últimos extremos del Océano se trae lo que apenas recibirá su estómago gastado por los placeres. Vomitan para comer; comen para vomitar: y desdeñan digerir los manjares que han pedido a toda la tierra. Al que desprecia todas estas cosas ¿qué daño le hace la pobreza? Y también aprovecha la pobreza al que la desea, porque cura a pesar suyo, y si no acepta los remedios que se ve obligado a tomar, al menos, durante este tiempo, lo que no puede hacer es como si no quisiera hacerlo. C. César, al que creo dio vida la naturaleza para mostrar lo que pueden los grandes vicios en la gran fortuna, comió en una sola cena diez millones de sextercios; y a pesar del auxilio de tantos genios inventivos, apenas pudo gastar en una comida la renta de tres provincias. ¡Desgraciados aquellos cuyo paladar no despierta sino con platos delicados, y no se los hace preciosos su sabor exquisito, ni nada de lo que agrada a las fauces, sino la dificultad de adquirirlos! Si recobraran la sana razón, ¿qué necesidad tendrían de poner tantas industrias al servicio de su vientre? ¿Para qué ese comercio? ¿Para qué ese estrago de bosques? ¿Para qué esos sondeos en los abismos? A cada paso se encuentran alimentos que la naturaleza ha sembrado en todas partes; pero como ciegos pasan a su lado; errantes van por todas las comarcas; cruzan los mares, y cuando con tan poco podían calmar el hambre, la irritan con grandes gastos.

X

Decirles deseo: ¿Por qué lanzáis naves al mar? ¿por qué armáis vuestras manos contra los animales y contra los hombres? ¿por qué corréis con tanto tumulto? ¿por qué amontonáis riquezas sobre riquezas? ¿No queréis pensar en lo pequeño que es vuestro cuerpo? ¿No es la última locura y el error más grande tener tanta avidez cuando se tiene tan poca capacidad? Aunque aumentéis vuestro censo y ensanchéis vuestros límites, nunca, sin embargo, aumentaréis vuestro cuerpo. Que haya prosperado vuestro comercio, que la guerra os haya producido grandes utilidades, que se amontonen en vuestra mesa manjares traídos de todos los países, no tendréis donde colocar todo ese aparato. ¿Por qué correr en pos de tantas cosas? ¡Sin duda nuestros antepasados, cuya virtud forma todavía el vigor de nuestros vicios, eran muy desgraciados, puesto que con sus propias manos preparaban sus alimentos, tenían por lecho el suelo, sus techos no brillaban aún con el oro, ni centelleaban en sus templos las piedras preciosas! Pero entonces se respetaban los juramentos hechos ante dioses de arcilla, y por no faltar a su fe, el que los había hecho regresaba a morir al campo del enemigo. ¡Sin duda vivía menos feliz nuestro dictador, que prestaba oídos a los enviados de los Samnitas, condimentando por sí mismo en el hogar un alimento grosero, con aquella mano que más de una vez ya había derrotado al enemigo y colocado el laurel del triunfo sobre las rodillas de Júpiter Capitolino; menos dichoso que vivió en nuestros días aquel Apicio que, en una ciudad de donde en otro tiempo se expulsaba a los filósofos como corruptores de la juventud, puso escuela de glotonería, infestando su siglo con vergonzosas doctrinas! Pero conviene referir su fin. Habiendo gastado en la cocina un millón de sextercios y disipado en comidas los regalos de los príncipes y la inmensa renta del Capitolio, agobiado de deudas, viose obligado a examinar sus cuentas, y lo hizo por primera vez: calculó que solamente la quedaban diez millones de sextercios, y creyendo que vivir con diez millones de sextercios era vivir en extrema miseria, puso fin a su vida con el veneno. ¡Cuánto desorden el de aquel hombre para quien diez millones de sextercios eran la miseria! Considera ahora si es el estado de nuestro caudal y no el de nuestra alma el que importa para nuestra felicidad.

XI

Alguien se encontró que tuvo miedo a diez millones de sextercios; y lo que otros piden con toda la fuerza de sus deseos, él lo huyó por medio del veneno: aquella poción fue, sin duda, la más saludable que tomó aquel hombre de alma tan depravada. El veneno lo comía y lo bebía cuando no solamente se deleitaba en sus inmensos festines, sino que se gloriaba de ellos, y cuanto más ostentaba sus desórdenes, más atraía toda la ciudad a la contemplación de su desenfreno, más invitaba a imitarle a una juventud naturalmente inclinada al vicio sin necesitar malos ejemplos. Esto sucede a los que no ordenan las riquezas por la razón, que tiene límites fijos, sino por costumbre perversa, cuyos caprichos son inmensos e infinitos. Nada basta a la avidez, y muy poco basta a la naturaleza. No es, pues, desgracia la pobreza en el destierro; porque no hay paraje tan estéril que no produzca abundantemente lo necesario para la subsistencia del desterrado. -¿Pero deseará un vestido, una casa? -Si solamente los desea para el uso, no le faltará seguramente lecho ni traje; porque se necesita tan poco para cubrirle como para alimentarle. La naturaleza, al imponer necesidades al hombre, no se las impuso onerosas. Si desea un vestido teñido de púrpura, tejido con oro, esmaltado con diversos colores, trabajado de diferentes maneras, no es a la fortuna sino a sí mismo a quien debe acusar de su pobreza. Aunque le devuelvas lo que has perdido, nada ganarías; porque después de esta restitución, más le faltará aún lo que desea, que le faltó en el destierro lo que poseía. Si desea brillantes vasos de oro, vajilla de plata ennoblecida con el sello de un artista antiguo; esos platos de bronce, considerados preciosos por el capricho de algunos; un rebaño de esclavos, capaz de hacer estrecho el palacio más grande, bestias de carga dispuestas con fingida gordura, pedrerías de todas las naciones; en vano reunirás todo esto para él, porque no conseguirá satisfacer su alma insaciable. De la misma manera, no bastará ninguna bebida para calmar un deseo que no nace de una necesidad, sino de un fuego que abrasa las entrañas; porque ya no es sed, es enfermedad. No acontece esto solamente con el dinero y los alimentos: igual carácter tienen todos los deseos que no proceden de la naturaleza, sino del vicio: por mucho pasto que les deis, no pondréis fin a la avidez, sino que le daréis un aliciente más. Cuando nos contenemos en los límites de la naturaleza se desconoce la miseria; cuando se traspasan, la pobreza nos sigue hasta en la cumbre de la riqueza. El mismo destierro basta para lo que nos es necesario, y los imperios mismos no bastarían para lo superfluo. El alma es la que hace la riqueza: ella es la que sigue al hombre al destierro, y la que, en los desiertos más áridos, mientras encuentra con qué sostener el cuerpo, goza y abunda en sus bienes. Nada importa la riqueza al alma, de la misma manera que a los dioses inmortales, cosas que admiran espíritus oscurecidos y demasiado esclavos de sus cuerpos. Esas piedras, ese oro, esa plata, esas mesas pulimentadas y de vastos contornos, productos son de la tierra, a los que no puede adherirse un alma pura y que tiene presente su origen: ligera y libre de todo cuidado, y dispuesta a remontar a las sublimes moradas, mientras espera este momento, no obstante el peso de sus miembros y de la ruda envoltura que la rodea, recorre el cielo con las rápidas alas del pensamiento. Así es que nunca puede condenarse al destierro esta alma libre, formada de la divina esencia que abraza los mundos y las edades. Su pensamiento recorre todo el cielo, el tiempo pasado y el venidero. Este cuerpo, prisión y lazo del alma, va agitado de aquí para allá: sometido está a suplicios, latrocinios y enfermedades, pero el alma es sagrada, es eterna, y no es posible que nadie ponga mano en ella.

XII

Y no creas que para alejar los disgustos de la pobreza, penosa tan sólo para los que la imaginan, acudo exclusivamente a los preceptos de los sabios. Considera, en primer lugar, cuánto más numerosos son esos pobres que en nada verás más tristes ni más inquietos que los ricos; y lo que es más, ignoro si se encuentran tanto más alegres, cuanto menos cargado está de cuidados su ánimo. Pero dejemos a los pobres: vengamos a los ricos. ¡Cuántas veces en su vida se parecen a los pobres! En viaje tienen que reducir su saco, y cuando se ven obligados a caminar de prisa, tienen que despedir su numerosa comitiva. En guerra, ¿qué tienen de todo cuanto poseen, prohibiendo la disciplina militar todo aparato? Y no solamente la condición de los tiempos o la esterilidad de los parajes les pone al nivel de los pobres; ellos mismos tienen días en que, hastiados de sus riquezas, cenan en el suelo, comen en platos de barro, prescindiendo de la vajilla de oro o de plata. ¡Locos! lo que desean por algunos días lo temen para siempre. ¡Qué ceguedad! ¡qué ignorancia de la verdad! ¡Huyen de lo que imitan por placer! Por mi parte, cuando recuerdo los ejemplos antiguos, me avergüenzo de buscar consuelos contra la pobreza; porque en nuestro tiempo, de tal manera se ha exagerado el exceso del lujo, que hoy pesa más el equipaje de un desterrado que antes el patrimonio de un personaje. Homero solamente tuvo un siervo, tres Platón, ninguno Zenón, de quien procede la rígida y viril sabiduría de los estoicos; y sin embargo, ¿quién osará decir que vivieron miserablemente, sin hacerse considerar él mismo como el mayor miserable? Menenio Agripa, aquel mediador de la paz entre el Senado y el pueblo, fue sepultado a expensas del público; Atilio Régulo, mientras combatía a los Cartagineses en África, escribía al Senado que su esclavo había huido dejando abandonadas sus tierras; y el Senado, en ausencia de Régulo, las hizo cultivar a sus expensas. La pérdida de un esclavo le valió tener por colono al pueblo romano. Las hijas de Scipión recibieron su dote del tesoro público, porque su padre no les había dejado nada. Justo era sin duda que el pueblo romano pagase una vez tributo a Scipión, cuando anualmente recibía el tributo de Cartago. ¡Dichosos los esposos de aquellas hijas a quienes sirvió de suegro el pueblo romano! ¿Consideras más felices a los que casan a sus mímicos con un millón de sextercios, que a Scipión, cuyas hijas recibieron en dote del Senado, su tutor, una pesada moneda de cobre? ¿Despreciará alguien la pobreza que tan ilustres ejemplos tiene? ¿Se indignará porque algo le falte en el destierro, cuando falta dote a Scipión, mercenario a Régulo, y a Menenio dinero para sus funerales? Estos abogados no solamente hacen respetar, sino amar la pobreza.

XIII

Podrán contestarme: «Procedimiento artificioso es el de separar desgracias que en singular pueden soportarse, y no pueden serlo reunidas. El cambio de lugar es tolerable, si efectivamente solo se cambia de lugar: la pobreza es tolerable si no lleva consigo la ignominia, que es la que puede abatir el ánimo». Si se pretende asustarme con la multitud de males, contestaré con estas palabras: Si tienes bastante fuerza en ti mismo para rechazar un ataque de la fortuna, debes tenerla también para rechazarlos todos: una vez que la virtud ha endurecido el ánimo, le hace invulnerable por todos lados. Si se libertó de la avaricia, el azote más pernicioso del género humano, no tardará en abandonarle la ambición. Si no consideras el último día como castigo, sino como una ley de la naturaleza, cuando hayas lanzado de tu corazón el temor a la muerte, no dará entrada a ningún terror. Si consideras que no se han dado al hombre los placeres sensuales para la voluptuosidad, sino para la propagación de la especie, el que no se encuentre manchado con este mal que tan hondamente penetra en nuestras entrañas, verá todas las demás pasiones deslizarse delante de él sin alcanzarle. La razón no rechaza separadamente cada vicio, sino todos a la vez, venciendo con un esfuerzo solo. ¿Crees que el sabio puede ser sensible a la ignominia, cuando encerrándolo todo en sí mismo se separa de las opiniones vulgares? Más aún que la ignominia es la muerte ignominiosa. Y sin embargo, considera a Sócrates, con aquel sereno rostro que en otro tiempo contuvo la insolencia de más de treinta tiranos, entra en su prisión, a la que también debía purgar de ignominia, porque no podía haber cárcel allí donde se encontraba Sócrates. El que tiene cerrados los ojos para contemplar la verdad, ¿por qué considera ignominioso para Catón haber sido rechazado dos veces, cuando pedía en una la pretura y en otra el consulado? La ignominia fue para el consulado y la pretura, a los que Catón hubiese honrado. Solamente es despreciado por los demás el que se desprecia a sí mismo. El ánimo vil y rastrero es el único que puede recibir esta afrenta; pero al que se hace superior a los reveses más grandes de la fortuna, al que domina las desgracias que abaten al vulgo, le protegen las mismas miserias como cintas sagradas: y puesto que así somos, nada debemos admirar tanto como un hombre desgraciado con valor. Llevaban en Atenas Arístides al suplicio: cuantos lo encontraban, bajaban los ojos y gemían como si se llevase a perecer no a un hombre justo, sino a la misma justicia. Sin embargo, uno hubo que le escupió en el rostro: Arístides podía indignarse, porque sabía que ninguna boca pura se hubiese atrevido a aquello; pero se enjugó el semblante, y dijo sonriendo al magistrado que lo acompañaba: «Advierte a ése que en adelante no escupa con tanta descompostura». Esto era afrentar a la misma afrenta. Bien sé que algunos consideran como lo peor de todo el desprecio, pareciéndoles preferible la muerte. A éstos diré que el mismo destierro está con frecuencia exento de todo desprecio. Si el hombre grande cae, grande es también caído, y no debes considerarle más despreciado que esas ruinas de sagrados templos, que se pisan, pero que las personas religiosas veneran como si todavía permaneciesen en pie.

XIV

Así pues, madre querida, como en lo que a mí toca, nada hay que deba hacerte derramar eternas lágrimas, resulta que solamente tus propios sentimientos te hacen llorar. Estos pueden reducirse a dos: porque te afliges, bien porque crees haber perdido un apoyo, o porque no puedes soportar el dolor de su ausencia. En cuanto a lo primero, muy poco he de decir: conozco tu corazón, y sé que no amas a los tuyos más que por ellos mismos. Aléjense esas madres que ejercen el poder de los hijos con su impotencia femenil; que, porque su sexo las excluye de la vida de los hombres, son ambiciosas por medio de ellos, disipan y captan su patrimonio y fatigan su elocuencia en favor de los demás. Tú te has regocijado profundamente de la fortuna de tus hijos, usando parcamente de ella: tú impusiste siempre límites a nuestra liberalidad, mientras que no los ponías a la tuya: tú, en patria potestad aún, aumentabas el caudal de tus hijos, que ya eran ricos; tú te has mostrado en la administración de nuestro patrimonio tan activa como si hubiese sido tuyo, cuidadosa como si hubiese sido ajeno; nada recibiste de todos nuestros honores más que regocijo y gasto; tu cariño no pensó jamás en el interés. No puedes, pues, en ausencia de tu hijo, desear lo que en presencia suya nunca consideraste como tuyo.

XV

Todos mis consuelos deben dirigirse hacia aquel lado de donde brota con toda su fuerza el dolor maternal: «Estoy privada de los abrazos de mi amado hijo; no gozo de su presencia, de su palabra: ¿dónde está aquel cuyo rostro disipaba la tristeza del mío, en el que depositaba todas mis penas? ¿dónde aquellos coloquios de que me mostraba insaciable? ¿dónde aquellos estudios a los que asistía con más gusto que una mujer, con más familiaridad que una madre? ¿dónde aquellos encuentros y aquella alegría infantil al ver a la madre?» Te representas aún los sitios de nuestros regocijos y expansiones, y no puedes olvidar las impresiones de nuestra reciente conversación, tan a propósito para oprimir tu alma. Porque la fortuna te reservaba todavía esta pena cruel: la de hacerte regresar tranquila y sin sospechar tu desgracia tres días antes de que descargase el golpe. Oportunamente nos había separado la distancia; oportunamente ausencia de muchos años te había preparado para este infortunio: regresaste, no para encontrar alegría al lado de tu hijo, sino para no perder la costumbre de los dolores. Si hubieses partido mucho tiempo antes, habrías sufrido menos; la distancia misma habría suavizado el sentimiento: si no hubieses partido, habrías tenido al menos como último consuelo el placer de ver a tu hijo dos días más. Hoy, gracias a la crueldad del destino, no has estado presente a mi infortunio y no has podido acostumbrarte a mi ausencia. Pero cuanto más terrible es esta desgracia, más indispensable te es recoger todo tu valor, mayor ardimiento necesitas para combatir, hallándote al frente de un enemigo conocido y frecuentemente vencido. No brota tu sangre de cuerpo intacto; has sido herida en tus mismas cicatrices.

XVI