The Fate: A Tale of Stirring Times
Chapter 1
{| align=center id=toc |- align=center | I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII |} __NOTOC__
I
Muchas veces, oh madre excelente, he sentido impulsos para consolarte, y muchas veces también me he contenido. Movíanme varias cosas a atreverme: en primer lugar, me parecía que quedaría libre de todos mis disgustos si lograba, ya que no secar tus lágrimas, contenerlas al menos un instante: además no dudaba que tendría autoridad para despertar tu alma, si sacudía mi letargo; y en último lugar temía que, no venciendo a la fortuna, venciese ella a alguno de los míos. Así es que quería con todas mis fuerzas, poniendo la mano sobre mi herida, arrastrarme hasta la tuya para cerrarla. Pero otras cosas venían a retrasar mi propósito. Sabía que no se deben combatir de frente los dolores en la violencia de su primer arrebato, porque el consuelo solo hubiese conseguido irritarlo y aumentarlo; así como en todas las enfermedades nada hay tan pernicioso como un remedio prematuro. Esperaba, pues, que tu dolor agotase sus fuerzas por sí mismo, y que, preparado por la dilación para soportar el medicamento, permitiese tocar y cuidar la herida. Además, al leer de nuevo las lecciones que nos dejaron los grandes genios acerca de los medios para contener y corregir la tristeza, no encontraba el ejemplo de alguno que hubiese consolado a los suyos, siendo él mismo causa de lágrimas para ellos. Con esta nueva duda, vacilaba y temía desgarrar antes tu alma que consolarla. ¿Acaso no necesitaba palabras nuevas, que nada tuviesen de común con los ordinarios consuelos del vulgo, aquel que, para consolar a los suyos, levantaba de la pira la cabeza? Y es muy natural que la intensidad de un dolor que excede de la medida común, prive de la elección de palabras cuando frecuentemente ahoga también la voz. Voy a intentar de la manera que pueda ser tu consolador, no porque confíe en mi ingenio, sino porque puedo ser para ti la consolación más eficaz. Al que nunca has negado nada, no te negarás ahora (aunque toda tristeza es contumaz), y espero poner término a tu pesar.
II
Ya ves cuánto me prometo de tu indulgencia: no dudo ser más poderoso para contigo que el dolor, que es omnipotente con los desgraciados. Así, pues, lejos de trabar combate bruscamente con él, quiero ante todo defenderle y alimentarle: despertaré todas sus causas y abriré de nuevo todas las heridas. Dirase: «Extraña manera de consolar, la de recordar las penas olvidadas; colocar el corazón en presencia de todas sus amarguras, cuando apenas puede soportar una sola». Pero reflexiónese qué males bastante peligrosos para aumentar a pesar de los remedios, se curan con los medicamentos contrarios. Voy, pues, a rodear tu dolor de todos sus lutos, de todo su lúgubre aparato; esto no será aplicar calmantes, sino el hierro y el fuego. ¿Qué conseguiré? Que te avergüence, después de haber triunfado de tantas miserias, no saber soportar una herida sola en un cuerpo cubierto de cicatrices. Lloren largamente y giman aquellos cuyos delicados ánimos enervó prolongada felicidad, abatiéndoles la contrariedad más ligera que cae sobre ellos; pero aquellos cuyos años han trascurrido entre calamidades, soportan los dolores más intensos con inquebrantable y firme constancia. La asiduidad del infortunio tiene algo bueno, y es que, atormentando sin descanso, concluye por endurecer. La fortuna no te dio ni un solo día sobre el que no hiciese pesar la desgracia, ni siquiera exceptuó el de tu nacimiento. Apenas nacida, perdiste a tu madre, o más bien, al venir al mundo, y en cierta manera fuiste arrojada a la vida. Creciste bajo una madrastra, y por medio de la dulzura y cariño que pueden encontrarse en una hija buena, la obligaste a trocarse en madre; sin embargo, nadie hay que no haya pagado caro madrastra aun siendo buena. A tu tío, que tanto te quería, tan excelente y esforzado, lo perdiste cuando esperabas la hora de su llegada. Y como si temiese la fortuna herirte menos dividiendo sus golpes, treinta días después llevaste al sepulcro un esposo al que amabas tiernamente y que te había hecho madre de tres hijos. Llorosa como estabas, vinieron a anunciarte nuevos quebrantos con la ausencia de tus hijos: parecía que todos los males se habían puesto de acuerdo para caer a la vez sobre ti, para no dejarte donde reposar tu dolor. Omito tantos peligros y temores, cuyos ataques has soportado y que se sucedían sin interrupción. En otro tiempo, sobre el mismo seno que tus tres hijos acababan de dejar, recogías los huesos de tus tres nietos. Veinte días después de haber dado sepultura a mi hijo, muerto en tus brazos y entre tus besos, oíste que te era arrebatado yo: todavía te faltaba llorar por los vivos.
III
La herida más grave de cuantas ha recibido tu pecho es esta última, lo confieso, porque no rasgó solamente la piel, sino que penetró en medio de tu corazón y de tus entrañas. Pero de la misma manera que los soldados bisoños vociferan a la herida más ligera, temiendo menos la espada que la mano del médico, mientras que los veteranos, aunque atravesados de parte a parte, se prestan pacientemente y sin gemir al filo del acero como si se tratase de cuerpo extraño; así también debes prestarte tú hoy a la operación. Rechaza de ti los sollozos, lamentos y agitadas manifestaciones que de ordinario lleva consigo el dolor de la mujer; porque habrás perdido todo el provecho de tantos males si no has aprendido aún a ser desgraciada. ¿Ves acaso que te trato con timidez? Nada he suprimido de tus males; todos te los he presentado ante los ojos, haciéndolo con resolución, porque pretendo triunfar de tu dolor y no atenuarlo.
IV
Y creo que lo venceré, si primeramente te demuestro que nada sufro que pueda hacerme pasar por desgraciado, y menos aún para hacer desgraciados a los que me tocan de cerca; si hablando en seguida de ti, te pruebo que tu suerte no es tampoco más deplorable, puesto que depende por completo de la mía. Te diré en primer lugar lo que tu cariño tiene prisa por saber: que no experimento ningún mal; y si no te convenzo, te demostraré hasta la evidencia que no me son intolerables las penas de que me crees agobiado. Si no pudieses creerlo, mayor razón tendría para felicitarme al encontrar la dicha en medio de cosas que ordinariamente forman la desgracia de los demás. No creas lo que otros te digan de mí: para libertarte de inquietudes por opiniones inciertas, yo mismo te aseguro que no soy desgraciado. Y añadiré, para tranquilizarte más, que ni siquiera puedo llegar a serlo.
V
Todos hemos nacido para la felicidad, si no salimos de nuestra condición. La naturaleza ha querido que para vivir felices no se necesite grande aparato: cada cual puede labrarse su dicha. Las cosas adventicias tienen poco peso, y no pueden obrar con fuerza en ningún sentido: la prosperidad no eleva al sabio, ni la adversidad puede abatirle, porque ha trabajado sin cesar en aglomerar cuanto ha podido dentro de sí mismo y en buscar en su interior toda su alegría. ¡Cómo! ¿quiero llamarme sabio? de ningún modo; porque si pretendiese serlo, no solamente negaría que soy desgraciado, sino que me proclamaría el más feliz de todos, siendo casi igual a Dios. Hasta ahora, y esto basta para dulcificar todos mis dolores, no he hecho más que entregarme en manos de los sabios: siendo demasiado débil para defenderme por mí mismo, he buscado refugio en el campamento de aquellos que fácilmente defienden su cuerpo y sus bienes. Estos son los que me han aconsejado permanecer constantemente de pie, como centinela; prever todas las empresas y ataques de la fortuna mucho antes de que se realicen. La fortuna agobia a aquellos sobre quienes cae de improviso: el que vigila constantemente la vence sin trabajo. Así el enemigo, al llegar, derriba a aquellos que encuentra desprevenidos; pero los que se prepararon antes de la guerra para la guerra próxima, dispuestos y ordenados, sostienen sin dificultad el primer choque, que es el más violento. Nunca confié en la fortuna, hasta cuando parecía que ajustaba paces conmigo. Todos los favores con que me colmaba, riquezas, honores, gloria, los he colocado en un paraje donde pudiese ella recobrarlos sin conmoverme. Intervalo muy grande he establecido entre esas cosas y yo, por cuya razón me las ha arrebatado sin arrancármelas. Los reveses solamente abaten al ánimo engañado por los triunfos. Los que se adhieren a los dones de la fortuna como a bienes personales y duraderos, y por ellos quisieron se les rindiera homenaje, se abaten y afligen cuando su alma, vana y frívola, que no conoce los placeres sólidos, queda privada de esos goces engañosos y pasajeros. Pero aquel a quien no hincha la prosperidad, no queda consternado por los reveses, oponiendo a la favorable y adversa fortuna ánimo invencible y probada firmeza, porque en la prosperidad ensaya sus fuerzas contra la desgracia. Por esta razón he creído siempre que no hay nada de verdadero en esas cosas que todos los hombres desean: las he encontrado vacías, adornadas con exterioridades seductoras y engañosas y sin tener nada en el fondo que correspondiese a las apariencias. En lo que llaman males, no encuentro todo lo espantoso y terrible con que me amenazaba la opinión vulgar. La palabra misma, tal es la preocupación sobre la cual todos están de acuerdo, llega con aspereza al oído, siendo cosa lúgubre que no se escucha sin horror: así lo quiso el pueblo; pero muchos acuerdos del pueblo los derogan los sabios.
VI
Removido, pues, el juicio de la multitud, que se deja arrastrar por la primera impresión de las cosas, tales como aparecen, veamos qué es el destierro: en su última expresión, no es más que cambio de lugar. Parecerá que le suprimo sus angustias y que le quito todo lo que tiene de más doloroso, porque acompañan a este cambio cosas muy desagradables, la pobreza, el oprobio, el desprecio., Después contestaré a estos pretendidos males: entretanto quiero examinar primeramente la amargura que en sí encierra este cambio de lugar. «Intolerable es carecer de la patria». Considera esa multitud a la que apenas bastan las grandes mansiones de la ciudad. Más de la mitad de ella está fuera ete su patria. De sus municipios, de sus colonias, de todos los rincones del mundo afluyen aquí. Trae a los unos la ambición, a los otros los deberes de un empleo público, a aquéllos un cargo de embajadores, a éstos el libertinaje que busca una ciudad opulenta, cómoda para sus vicios; a esotros el amor a los estudios liberales; a algunos los espectáculos; atrayendo a otros la amistad, o la actividad que encuentra vasto teatro para mostrarse en todo lo que puede; traen unos su venal belleza y otros su venal elocuencia. No existe especie de hombres que no venga a esta ciudad, donde tan alto se aprecian las virtudes y los vicios. Manda que a todos ellos se les llame por sus nombres, y pregunta a cada cual de qué familia procede: verás que casi todos han abandonado su morada para venir a esta ciudad grande y bella sin duda, pero que sin embargo no es la suya. Ahora deja esta ciudad, que en cierta manera puede llamarse la patria común: recorre todas las otras; ni una existe cuyos habitantes no los forme, en su mayor parte, multitud extranjera. Después aléjate de esas orillas, cuyo encanto y delicia atrae a la muchedumbre; ven a estas desiertas playas, a estas islas salvajes, Sciathum y Seriphum, Gyarum y Córcega; no encontrarás ningún destierro donde no habite alguno por su gusto. ¿Dónde hallar paraje más desolado, más abrupto, que este peñasco? ¿más desprovisto de recursos, habitado por gentes más indómitas, erizado de asperezas más amenazadoras y bajo cielo más inclemente? Y sin embargo, aquí se encuentran más extranjeros que ciudadanos. Tan cierto es que el cambio de lugar nada tiene de penoso, que se abandona la patria para venir a esta isla. He conocido a algunos que dicen existir en el hombre cierta necesidad natural de cambiar de asiento y trasladar sus penates. Y verdaderamente, al hombre se ha dado alma inquieta y movediza; nunca permanece tranquila; extiende y pasea su pensamiento en todos los parajes conocidos y desconocidos, vagabunda, impaciente de reposo, aficionada a la novedad. No te admirará esto, si consideras su primer origen. No está formada de este cuerpo terrestre y pesado; desciende del espíritu celestial, y naturaleza es de todo lo celestial encontrarse siempre en movimiento y huir arrebatado por rápida carrera. Contempla los astros que iluminan el mundo; no hay uno que se detenga; sin cesar caminan y pasan de un punto a otro; a pesar de que giran con el universo, gravitan sin embargo en sentido inverso; sucesivamente atraviesan todos los signos, y siempre se mueven, siempre viajan. Todos los astros están en revolución continua, en continuo tránsito, y, según ha dispuesto la imperiosa ley de la naturaleza, en perpetua traslación. Cuando hayan recorrido sus órbitas, pasado el número de años que la misma naturaleza ha fijado, comenzarán de nuevo el camino que ya han seguido. Pues bien, considerando esto, no podrás creer que el alma humana, formada de la misma sustancia que las cosas divinas, soporta a disgusto los viajes y emigraciones, cuando la naturaleza de Dios encuentra en perpetuo y rápido cambio su placer y conservación. Pero dejando las cosas celestes, vuelve a las de la tierra. Verás que los pueblos y naciones han cambiado de patria. ¿Qué significan esas ciudades griegas en medio de países bárbaros? ¿qué significa esa lengua macedónica hablada entre la India y la Persia? La Scitia y toda esa región de naciones feroces e indómitas nos muestran ciudades de Acaya construidas en los litorales del Ponto. Ni los rigores de perpetuo invierno, ni las costumbres de los habitantes, tan salvajes como su clima, han impedido que trasladen muchos allí su morada. El Asia está llena de Atenienses; Mileto ha derramado ciudadanos en setenta y cinco ciudades diferentes. Toda la costa de Italia, bañada por el mar inferior, fue la Grecia mayor. El Asia reivindica a los Toscanos; los Tirios habitan el África; los Cartagineses, la España; los Griegos se han introducido en la Galia; los Galos, en la Grecia; los Pirineos no cierran ya el paso a los Germanos; la movilidad humana paseó por soledades impracticables y desconocidas. Estos pueblos llevaban consigo sus niños, sus mujeres y sus padres abrumados por la edad. Unos, después de perderse en grandes rodeos, no decidieron por elección el paraje de su morada, sino que se detuvieron por cansancio en el más inmediato; otros se apoderaron por las armas de las tierras ajenas; algunos que navegaban hacia playas desconocidas quedaron sepultados en el abismo, y otros, en fin, se fijaron en las riberas donde les depositó la falta de lo necesario. No tenían todos iguales razones para abandonar y buscar una patria. Algunos, después de la ruina de sus ciudades, escapando al hierro de sus enemigos, fueron arrojados a extrañas tierras, quedando despojados de lo suyo; a los otros les expulsaron disensiones intestinas; emigraron éstos para aliviar sus ciudades sobrecargadas de población; a los otros les arrojó la peste, los terremotos frecuentes u otro insoportable azote de una región desgraciada; el renombre de una comarca fértil y muy celebrada sedujo a los unos, y todos, en fin, abandonaron sus moradas por causas diferentes. Evidente es que nada permanece en el punto en que nació: el género humano se mueve continuamente, y todos los días cambia algo en este vasto conjunto. Échanse los cimientos de ciudades nuevas; otras naciones aparecen, cuando mueren o cambian de nombre las antiguas, incorporadas a los pueblos vencedores. Y estas traslaciones de los pueblos ¿qué otra cosa son que destierros públicos?
VII
Mas ¿por qué te llevo por tan largo rodeo? ¿habré de citarte a Atenoro, que construyó a Patavium; a Evandro, que colocó en la orilla del Tíber los reinos de los Árcades; a Diomedes y a todos los otros a quienes la guerra de Troya, vencedores y vencidos a la vez, dispersó por ajenas tierras? El Imperio romano lo fundó un desterrado, que huyendo de su patria conquistada, y llevando consigo exiguos restos, en busca de lejano asilo, la necesidad y el miedo al vencedor lo arrojaron a las costas de Italia. Y más adelante, ¿cuántas colonias mandó este pueblo a todas las provincias? Donde el romano vence, habita: para estos cambios de domicilio se alistaban voluntariamente sus hijos, y abandonando su altar doméstico, les seguía al otro lado de los mares el anciano convertido en colono.
VIII
No necesito para mi propósito mayor número de ejemplos; uno, sin embargo, añadiré porque salta a la vista. Esta misma isla ha cambiado muchas veces ya de habitantes. Para no remontarme a épocas que la antigüedad oscurece, dejando la Phocida, los Griegos que actualmente habitan Marsella se establecieron en las orillas de esta isla. Ignórase quién les obligó a ello; si fue la insalubridad del clima, el formidable aspecto de Italia o la índole de un mar impetuoso. Debe creerse que no fue causa de su partida la ferocidad de los naturales, puesto que vinieron a mezclarse con los pueblos que eran entonces los más rudos e indómitos de la Galia. Después vinieron a esta isla los Ligurios; los Españoles llegaron después, como atestigua la semejanza de costumbres; conservando hoy de los Cántabros el gorro con que se cubren la cabeza, el calzado y algunas palabras; porque todo su idioma primitivo está alterado por el comercio con Griegos y Ligurios. Más adelante vinieron dos colonias de ciudadanos romanos, una con Mario y otra con Sila. ¡Tantas veces ha cambiado la población de este peñasco espinoso y árido! En fin, difícilmente encontrarás una tierra que esté habitada aún por sus indígenas: todas las cosas se han mezclado y están amontonadas unas sobre otras; unos pueblos han sucedido a otros. Este ha deseado lo que desdeñaba aquél: el uno fue desterrado de donde lanzó al otro. El hado ha dispuesto que nada en la tierra pudiese fijar para siempre la fortuna. Para soportar estos cambios de lugar, descartando los demás inconvenientes que lleva consigo el destierro, Varrón, el más docto de los Romanos, juzga que nos basta gozar, donde quiera que nos encontremos, de la naturaleza misma. Según M. Bruto, es suficiente para aquellos que parten para el destierro poder llevar con ellos sus virtudes. Si se cree que cada remedio de éstos, considerado separadamente, no es bastante eficaz para consolar al desterrado, necesario es confesar que empleados a la vez tienen poderosa fuerza. ¡Qué poco vale lo que perdemos! Dos cosas excelentes nos seguirán a donde quiera que vayamos: la naturaleza que es común a todos, y la virtud que nos es propia. Así lo quiso, créeme, aquel, sea quienquiera, que dio la fortuna al universo; sea un Dios, señor de todas las cosas, sea una razón incorpórea, arquitecto de estas obras maravillosas, sea un espíritu divino repartido con igual energía en los cuerpos más grandes y en los más pequeños, sea un destino y encadenamiento inmutable de las cosas ligadas entre sí; así, pues, lo repito, lo ha querido, para no dejar caer en arbitrio ajeno otra cosa que lo más despreciable de nuestros bienes. Lo más excelente del hombre está fuera del poder humano; no se le puede dar ni quitar: hablo del mundo, la creación más bella y brillante de la naturaleza; de esta alma hecha para contemplar y admirar el mundo, del que ella a su vez es la parte más magnífica; esta alma que nos pertenece en propiedad y para siempre, que debe durar tanto como duremos nosotros. Marchemos, pues, contentos, erguidos y con paso firme a donde nos llevo el hado.
IX