Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
Part 8
A alguno de los ladrones le sobresaltó ver el Cristo iluminado, y se arrodilló, tembloroso, devotamente. Los demás hicieron lo mismo, y cuando estaban así, salió el abad y les echó una plática, con lo cual los ladrones se fueron arrepentidos y contritos.
El procedimiento de Sanjuanena no era fácil que causara mucha impresión al Cura Merino, que estaba acostumbrado a tratar con confianza a santos y a cirios y con quien había que usar argumentos más contundentes.
Se debatió entre los reunidos la verosimilitud de la historia del _Lebrel_, y se dispuso la mayoría a tenderse de nuevo.
Desde el momento que Aviraneta supo que Merino y los suyos vigilaban el monasterio, comenzó a no poder estar en paz y a fraguar mil planes. El _Lebrel_, Diamante y Jazmín, al verle dispuesto a no dormir, se levantaron de al lado del fuego.
Aviraneta quería saber si los espiaban de cerca, y para esto se le ocurrió una estratagema.
Había visto en una cámara próxima a la sacristía una serie de figuras y muñecos de altar rotos, estropeados. Acompañado de Jazmín y de Diamante, con un farol en la mano, salió del archivo, bajó a la biblioteca, fué al patio, entró en el cuarto de las imágenes y paseó la luz de su farolillo por las estatuas.
Aquel _spolliarium_ era cómico de día y trágico de noche. Un santo con una túnica blanca parecía un fantasma; unos ojos de cristal brillaban con un fulgor misterioso, y algunas manos de madera se levantaban en el aire como pidiendo misericordia.
Había un San Martín con las piernas abiertas, en actitud de montar a caballo, y con un brazo de menos.
--Este muñeco nos va a servir--dijo don Eugenio.
--¿Para qué?--preguntaron Diamante y Jazmín.
--Ahora verán ustedes--replicó él.
Llevaron entre los tres el San Martín, cruzando el patio, hasta el zaguán, y allí lo dejaron en el suelo. En seguida desapareció Aviraneta y vino con un caballo viejo, ensillado.
--¿Qué quiere usted hacer?--le preguntaron.
--Vamos a montar a San Martín y a ver si lo podemos sujetar en la silla.
Subieron al muñeco de madera sobre el caballo, y Jazmín lo sujetó atándole cuerdas de esparto por todos lados. No era posible que el San Martín se sostuviera bien como un jinete; pero con poco tiempo que cabalgara le bastaba a don Eugenio.
Al tener al muñeco sujeto en el caballo, Aviraneta le plantó un sombrero en la cabeza y lo envolvió con una capa vieja.
--¡Lebrel! ¡Jazmín!--gritó luego.
--¿Qué manda usted?
--Aparejad los caballos y traedlos aquí.
Jazmín y Lebrel salieron, y, al poco rato, volvieron con cinco caballos al zaguán.
--Ahora--dijo Aviraneta a Diamante--, pónganse todos ustedes en las ventanas del archivo con el fusil preparado..., y atención. Si disparan a nuestro San Martín, que va a tomar el fresco..., fuego a los que disparen. Después, inmediatamente, todos aquí, al zaguán. Que suba el _Lebrel_ con usted, y cuando estén ustedes preparados, que venga a avisarme.
Comprendió Diamante de lo que se trataba, y el _Lebrel_ volvió al zaguán poco después, diciendo que todos estaban preparados. Aviraneta abrió la puerta, sacó el caballo fuera y dijo, como dirigiéndose a alguien:
--Adiós, don Eugenio; hasta la vuelta.
La noche se había tranquilizado; la luna brillaba en el cielo; el viento agitaba suavemente las copas de los árboles, y a lo lejos se oían ladridos de perros.
El caballo, con el bulto de madera en la silla, avanzó unos veinte metros, y de pronto se oyeron cinco tiros en el campo, seguidos de otros seis disparos hechos desde las ventanas del monasterio.
Inmediatamente bajaron todos los milicianos al zaguán, montaron a caballo y salieron al galope hacia el sitio de los disparos. Encontraron a un hombre herido, que intentaba escapar, y lo prendieron; después, dando una batida, registraron los alrededores sin encontrar a nadie, hasta toparse con ocho hombres de la Milicia Nacional de Vadocondes, dirigidos por Diego Campos, sargento retirado, que vivía en este pueblo y que había salido sabiendo que los realistas rondaban La Vid.
Al volver Aviraneta y los suyos, vieron cerca de la puerta del convento el caballo que había llevado al San Martín, que arrastraba el muñeco y que de cuando en cuando se detenía a comer hierba.
El herido declaró que él había ido con la _Gaceta_ desde Aranda; que en Vadocondes se habían reunido con Merino y el Cura de Valdanzo y con otros dos que no conocía.
--A ese _manflorita_ de la _Gaceta_--dijo el Lobo--, cuando le eche la mano encima, le voy a poner como nuevo.
A la mañana siguiente, Aviraneta, Jazmín, el _Lebrel_, Diamante y los cuatro milicianos volvían a Aranda con el hombre herido, que dejaron en el hospital, y dos días después marchaban a Arauzo de Miel, a comenzar un nuevo inventario. En Arauzo de Miel estuvieron bastante tiempo e hicieron mucho trabajo, gracias a los esfuerzos del juez, don Angel González de Navas.
La terquedad de Aviraneta produjo una enorme indignación en Aranda. Diamante y él recogieron el odio popular. Diamante se consideraba feliz al sentirse odiado por la canalla.
--No acabará bien ninguno de los dos--decía la _Gaceta_ por todas partes.
Don Eugenio estaba convencido de que la suerte le mimaba, y el vaticinio de la _Gaceta_ no le inquietaba gran cosa.
A Frutos se le compadecía.
--El pobre Frutos tiene que soportar, por el sueldo, tan malas compañías--decía la _Gaceta_.
Esto la gente se lo explicaba; lo que no comprendía era la tenacidad de Aviraneta, porque el pueblo ve con facilidad los motivos personales de obrar, pero no los motivos políticos o de bien general.
X
EL DILEMA DE DOÑA NONA
DURANTE el invierno, Aviraneta siguió su vida habitual, trabajando mucho en sus tres cargos.
Por aquella época la Milicia tenía misiones de policía que cumplir, porque había muchos ladrones y malhechores en el campo.
Todos los días Aviraneta iba a casa del juez. Discutía mucho con don Francisco.
A ninguno de los dos le parecía bien las luchas que comenzaban a iniciarse entre los constitucionales del año 12 y los del 20. Esto, unido al predominio de las Sociedades patrióticas, que intentaban imponerse al Gobierno en Madrid, y a la anarquía mansa que corroía la Revolución española, daba una impresión poco tranquilizadora. El juez afirmaba que ya era tiempo de detenerse; Aviraneta creía que no: que era necesario avanzar más, proclamando la dictadura, para dar efectividad a la revolución, dominar al clero y a los absolutistas e imposibilitar proyectos reaccionarios, como los de El Escorial.
Desde hacía tiempo, doña Nona trataba con cierta sequedad a Aviraneta. Éste no se explicaba bien por qué; suponía si le habría ofendido.
Varias veces don Eugenio tomó la decisión de hacerle una pregunta, de insinuar una explicación; pero, al fin, no la hizo.
Era don Víctor, el cura, el que maniobraba contra él en la casa del juez. Don Víctor aconsejaba a doña Nona en su casa y en el confesonario, y de don Víctor partió la hostilidad contra Aviraneta.
Esta hostilidad la remachó doña Cleofé Navas, la beata, y luego, doña Nona arrastró a su marido y, en parte, a sus hijas.
De éstas, Rosalía estaba más bonita y más sonriente que nunca. Teresita, vivaracha y alegre. Aviraneta era muy amigo de ellas y las obsequiaba galantemente...
Al terminar el invierno se comenzó a hablar en Aranda de que el Cura Merino estaba de nuevo en armas en la Sierra y que organizaba sus fuerzas. Quién decía que tenía cien hombres; quién, que más de mil, y algunos aseguraban que diez mil.
La verdad era que por entonces podía disponer de unos mil quinientos hombres, y que toda la sierra de Burgos veía en él un redentor.
Al conocer estas noticias, Diamante habló a Aviraneta. Era necesario prepararse. Ellos, con su experiencia, podían prestar grandes servicios al país. Aviraneta contestó:
--Veremos a ver si nos llaman.
--¡Qué llamar! Hay que ir.
Unos días después Aviraneta recibió un oficio del jefe político de la provincia, don Joaquín Escario, en el cual le pedía le ayudase con su celo y conocimientos en las circunstancias apuradas en que se encontraba la comarca.
Acababa Aviraneta de leer este oficio cuando llegó un recado de doña Nona, diciéndole que hiciese el favor de pasarse por su casa.
--¿Qué querrá?--se preguntó Aviraneta.
Doña Nona estaba sola en la sala y preparada para decir algo grave a don Eugenio.
Doña Nona, de punta en blanco, con una voz muy insinuante, le dijo que su hija mayor tenía mucha simpatía por él; que estaba convencida de que era una persona honrada y buena; que haría un excelente padre de familia; pero que era indispensable, si quería seguir acudiendo a su casa, abandonase sus correrías y no tomara parte activa en la política.
--Pero, señora, ¿por qué?--preguntó Aviraneta.
--Porque nos está usted comprometiendo. La gente dice que mi marido será masón cuando es amigo de usted. El otro día nos tiraron piedras en el paseo. Hoy, en el sermón, ha dicho el padre Gabriel que no se deben tener relaciones de ninguna clase con los que no tienen religión.
--¿Y por eso me pone usted el puñal en el pecho?
--No; por eso, no; yo no le voy a obligar a creer en la religión. Pero, como le digo a usted, nos perjudica. Mi marido, como juez, no puede estar con los blancos ni con los negros. A usted, el pueblo no le puede ver ni en pintura. Le tienen a usted montado sobre las narices. Usted les vigila, les espía, les atropella, y sienten un gran odio por la Milicia Nacional y su compañía volante, y el día que puedan se vengarán de usted.
--¡Bah!
--Sí; porque, aunque ustedes no lo crean, la gente quiere a Merino y a los frailes, y les odia a ustedes, al Empecinado, a usted y a su amigo Diamante.
--No lo creo.
--Sí, sí, créalo usted; en Madrid tendrán ustedes partidarios; pero lo que es en los pueblos, ninguno.
--Pero, aunque así sea, ¿qué perjuicio les puedo causar a ustedes, doña Nona?
--Mucho. Hablemos claro. Yo sé que usted galantea a Rosalía y sé que es usted un caballero. Pues bien; yo, que siento un gran amor por mi hija, no quiero que tenga relaciones con un conspirador, con un hombre expuesto a ser preso o fusilado. Así es que usted renuncia a sus correrías y maquinaciones, y en ese caso puede usted seguir viniendo a mi casa y hablar con Rosalía, y cortejarla; o no renuncia usted, y en ese caso no aparezca usted por aquí.
--Señora, me mata usted.
--Ahora estamos a tiempo. Casar a mi hija con un hombre que hoy está expuesto a ser asesinado y mañana tiene que ir a la cárcel, no. Prefiero que se case con un peón del campo. O tranquilidad, y estarse quietecito en casa cuidando de la hacienda, o ruptura completa.
--Juzga usted las cosas de una manera...
--Es que para mí no hay mas que esas dos soluciones.
--¿Y ha preguntado usted a Rosalía?
--No; ni pienso preguntarle nada. Rosalía hará lo que sus padres manden.
Aviraneta quedó callado, mirando al suelo; quería encontrar una solución para resolver el conflicto, pero no daba con ella.
--¿Y en el caso de que Rosalía quisiese, no le parecería a usted bien, por ejemplo, que su hija y yo viviésemos en Francia, en un pueblo de la frontera, donde yo tengo familia?
--No, no.
--Así a ella no le podía ocurrir nada.
--A ella, no; pero a usted, sí. Vivir en el extranjero, con el marido perseguido, quizá preso, ¡bonita situación!
Doña Nona salía inmediatamente al quite. Aviraneta hubiese dado cualquier cosa por una idea mediana; pero no se le ocurría nada.
--Ya se lo he dicho a usted--terminó diciendo doña Nona--; no hay más solución que una de las dos. Le doy esta noche para decidirse.
Aviraneta se despidió de doña Nona, marchó a casa de su madre, cenó, se metió en su cuarto y se dedicó a hacer borradores de cartas explicando a Rosalía lo que había ocurrido en su conversación con doña Nona.
Aviraneta proponía a la muchacha, si le tenía afecto, que dejara a su familia y se casara con él.
Aviraneta fué a buscar a una vieja criada de doña Nona para que al día siguiente le diera la carta a Rosalía.
Por la mañana recibió la respuesta. Rosalía le decía que antes que nada era cristiana, y que estaba dispuesta, para en adelante, a no tener relaciones de amistad mas que con personas que fueran religiosas y tuvieran el santo temor de Dios.
Aviraneta, al leer la carta, la estrujó entre sus manos con furia. Allá andaba la mano de don Víctor, el cura, y de doña Cleofé, la beata.
Aviraneta, furioso, se marchó al Ayuntamiento a trabajar.
Poco después fueron a buscarle Diamante y el _Lobo_.
Les dijo que había recibido el oficio de Escario, pero que creía que no debían precipitarse a acudir a luchar contra Merino, pues les iba a pasar como la vez anterior, que no les hicieron caso, ni siquiera les dieron las gracias.
--Está usted en un error, Aviraneta--dijo Diamante hablando con serenidad--; usted y yo y todos nosotros nos encontramos ya tan unidos al estado actual de cosas que es imposible que nos separemos, a no hacer traición. ¿Es que cree usted que si la Constitución termina nos van a dejar vivir aquí tranquilos? ¡Ca! Saben quiénes somos, nos conocen muy bien, y si triunfan seremos nosotros los que tengamos que echarnos al campo o escapar. Así que aquí no hay más solución: libertad o muerte.
--Eso es: libertad o muerte--exclamó el _Lobo_ con furia.
--Ahora mismo debemos marcharnos--indicó Diamante.
--Sí, ahora mismo--replicó el _Lobo_.
--Bueno. Si les parece a ustedes está bien. Ahora mismo--añadió Aviraneta--; preparad los caballos, yo voy a redactar unas cartas.
Aviraneta escribió rápidamente a la mujer del juez un billete buscando el modo de aplacarla en estos términos:
«Mi estimada señora y amiga: He estado pensando con angustia en el dilema que me ha planteado usted. Así expuesto no tiene solución. ¿Cómo voy a abandonar en la obra a mis amigos, con los cuales estoy ligado por una serie de lazos de colaboración, de responsabilidad y hasta de complicidad? No me puedo decidir por el reposo que usted exige de mí. Si las circunstancias cambiaran y llegaran para los liberales tiempos adversos, y en este momento viera a un camarada en peligro a quien quizá yo había impulsado a la lucha, ¿le iba a volver la espalda para que su desgracia no turbara mi tranquilidad? ¿Le iba a dejar sin socorro para no comprometerme? No, imposible. Sería para mí el mayor bochorno. Familia, mujer amante, no bastarían para endulzar mi amargura y borrar mi vergüenza.
»A pesar de que como usted pone el dilema no tiene solución, si Rosalía no me olvida, yo encontraré una.
»Es de usted atento s. s., q. b. s. p.--_E. de Aviraneta._»
Después escribió una esquela a Rosalía.
Cerradas y lacradas las cartas, Aviraneta se las entregó al _Lebrel_; luego marchó a avisar a su madre que se ausentaba por unos días, y al bajar hacia su casa se encontró con Diamante, el _Lobo_ y los dos criados, que venían con los caballos de las riendas.
Aviraneta montó en el suyo, y todos juntos comenzaron a galopar camino de Burgos.
LIBRO CUARTO
EL EMPECINADO CONTRA MERINO
I
DON JUAN MARTÍN Y SALVADOR MANZANARES
EL jefe político de Burgos, don Joaquín Escario, conferenció con Aviraneta para comenzar la nueva campaña que había que emprenderse contra el Cura Merino. Las fuerzas dispuestas eran ya considerables; dos batallones de infantería y dos escuadrones de caballería. El jefe político no podía dar mando a Aviraneta; así que éste tendría que ir como delegado del Gobierno con los comandantes Osorio y Suero. Diamante y el _Lobo_ no podrían tampoco ingresar en los escuadrones del ejército regular.
Vaciló en aceptar Aviraneta; pero al asegurarle el jefe político que el Gobierno había despachado una orden al Empecinado para que tomase el mando de las tropas de la provincia, aceptó. Debían acompañar al Empecinado los oficiales don Jacobo Escario, hermano del gobernador, don Florencio Ceruti y don Salvador Manzanares.
Se decidió formar una compañía volante dirigida por Aviraneta, que haría el servicio de información, y en esta compañía se alistaron Diamante, el _Lobo_ y Jazmín.
La compañía volante y las fuerzas regulares salieron al campo en seguida.
En las dos semanas que operaron no tuvieron ningún éxito; por el contrario, varias veces se hallaron a punto de caer en trampas preparadas por Merino. Unicamente en Arauzo de Miel llegaron a tiempo para sorprender y poner en fuga a una parte de la gente del Cura.
La primera fuerza que entró en Arauzo fué la partida volante de Aviraneta. Los facciosos acababan de saquear la casa del juez don Angel González de Navas. Todos los expedientes del Crédito Público de venta de bienes nacionales se habían quemado en la plaza por los absolutistas, con gran entusiasmo del pueblo.
Aviraneta pudo ver páginas escritas con su letra entre los montones de papel quemado. Casi toda su labor de burócrata acababa en aquel momento de ser pasto de las llamas.
Salieron de Arauzo los constitucionales en persecución de la partida del Cura; pero no dieron con ella.
Unos días después se ordenó a Aviraneta y a sus amigos que fueran a Lerma y se presentaran al Empecinado.
El Empecinado acogió a Aviraneta con grandes extremos: le abrazó, le dió golpecitos en la espalda, le hizo dar dos o tres vueltas sobre sí mismo, mirándole como a un objeto curioso. El viejo guerrillero le tenía cariño.
Don Juan Martín Díez, el Empecinado, caballero de la militar Orden Nacional de San Fernando y mariscal de campo de los Ejércitos nacionales, parecía en la época constitucional tan abandonado de indumentaria, tan campesino, tan sencillote como en tiempo de la guerra de la Independencia.
Sin embargo, el que le hubiera conocido a fondo, hubiese comprendido que la identidad era superficial y que el guerrillero no sólo no era el mismo, sino que había cambiado por completo.
Los seis años pasados en la soledad, en su finca de Castrillo de Duero, enseñaron mucho al Empecinado.
Don Juan Martín había leído y pensado sobre las cosas y había perdido la fe. Ya no rezaba el rosario, por las noches, ni frecuentaba apenas la iglesia.
El pueblo, que lo sabía, iba trocando el amor que le profesaba por el desvío.
El Empecinado, en éste tiempo, era un anarquista de la época: odiaba a los curas y a los ricos.
Vivía con una mujer, con quien no estaba casado, y sentía un gran desprecio por todas las jerarquías.
Abrazado a la causa constitucional por entusiasmo y por agradecimiento, trabajaba por ella como si fuera cosa propia, de vida o muerte. Estuvo de gobernador militar de Zamora, y en este tiempo descubrió y deshizo todas las conspiraciones de los absolutistas. No dormía ni descansaba un momento vigilando. El Gobierno, quizá por influencia de los realistas, lo trasladó a Valladolid, y nombró comandante general de Castilla la Vieja al conde de Montijo, y segundo cabo, al Empecinado.
Era una de estas disposiciones clásicas españolas la de poner a las órdenes de un botarate miserable, como Montijo, adulador del rey, delator de los liberales en 1814, a un hombre valiente y heroico como el Empecinado.
Al poco tiempo, don Juan Martín se encontró destituído, y supo que el Gobierno había nombrado segundo cabo de Castilla la Vieja al general Santocildes.
Éste llegó a Valladolid, y sin avisar ni presentarse al Empecinado intentó posesionarse del mando.
Santocildes tenía antecedentes realistas; había contribuído a derrocar la Constitución en 1814, en La Coruña, y firmado la sentencia de muerte de Lacy en el Consejo de guerra de Barcelona.
Sin embargo, el Gobierno liberal le prefería al Empecinado. El uno era militar de carrera; el otro, guerrillero.
Don Juan Martín se mantuvo en Valladolid algún tiempo, hasta que le ordenaron que tomase el mando de las tropas que debían luchar con Merino, y se presentó en Lerma.
Dos oficiales de graduación acompañaban al Empecinado: Escario y Salvador Manzanares.
Escario era buen muchacho. Salvador Manzanares, como Torrijos, Van-Halen y algunos otros militares jóvenes, representaba el tipo alegre de _dandy_ de la Revolución española.
Salvador Manzanares era un oficial de artillería, hijo de un médico muy nombrado en la Rioja, don Francisco de Sales Manzanares.
Salvador, educado por su padre en las doctrinas del liberalismo, había conspirado en tiempo de Renovales. Fué de los que entraron con Mina en Santisteban a proclamar la Constitución en 1820, y de los expulsados de Madrid en compañía de Riego, en septiembre del mismo año. Manzanares era entonces teniente coronel, después llegó a ser general y ministro de la Gobernación. Cuando la entrada de los franceses con Angulema, Manzanares se escapó a Gibraltar.
Desde entonces estuvo en la emigración, hasta que en febrero de 1831 se acercó a Gibraltar con Minuisir, Díaz Morales y Epifanio Mancha, y desembarcó con un puñado de hombres en la sierra de Ronda, esperando el levantamiento de Cádiz.
El movimiento abortó; Salvador, reducido a veinte hombres, en una situación angustiosa, se dirigió a dos cabreros, dándoles una carta para Marbella. Los cabreros le hicieron traición y le entregaron a la policía. Al ver a los dos hombres, en quienes se había confiado, seguidos de las tropas, Salvador, furioso, sacó el sable y de un tajo cortó la cabeza a uno de los cabreros; así siguió atacando con rabia hasta que le dispararon un tiro y lo dejaron muerto.
La hermana de Salvador, Casimira Manzanares, mujer muy inteligente y muy hermosa, fué perseguida en Logroño por el trapense, el padre fray Antonio Marañón, que había sido nombrado comandante general de la Rioja.
El trapense no se contentó con robar la casa que tenían los Manzanares en San Millán de la Cogolla, sino que al encontrar a Casimira en la iglesia de Logroño intentó violarla. Casimira pudo salvarse gracias a la protección de una señora y a la de la querida del fraile, la por entonces célebre amazona apostólica Josefina Comerford. Un general del ejército de Angulema denunció las tropelías del padre Marañón, y el Gobierno le ordenó que se retirara de nuevo a la Trapa, lo que hizo, llevándose varias acémilas cargadas con el botín obtenido en sus robos.
Los Manzanares reclamaron después al convento las sumas robadas; pero los trapenses de Santa Susana, donde estaba fray Antonio, contestaron que el rey les había hecho donación de todo el botín llevado por su compañero, y que, a pesar de su voto de pobreza, lo guardaban para mayor gloria de Dios.
El sino de la familia Manzanares fué triste. El padre de Salvador, que pasaba su vejez en Escoriaza, en Guipúzcoa, fué hecho prisionero y fusilado en 1836 por el general carlista Villarreal.
Se le atribuía el ser masón y el haber escrito un Credo y una Salve liberales. Esto fué motivo bastante para fusilar a un viejo de ochenta y dos años, demostrando lo verdaderamente digna de admiración que es la piedad de los defensores de la Iglesia, nuestra madre.
II
EN LERMA
TARDÓ bastante en organizarse la división del Empecinado, con la que se pensaba batir a los soldados de la Fe, capitaneados por Merino.
Se habían reunido a los batallones de Ossorio y Suero, y a algunas partidas de nacionales, el regimiento de Jaén y los de caballería de Calatrava y Lusitania; pero las compañías de los batallones estaban incompletas y algunas en cuadro. El Gobierno no tenía medios: la situación iba haciéndose apurada. Merino se paseaba impunemente por donde quería, sin que se le pudiera batir.
Aviraneta explicó al Empecinado los datos que tenía acerca de la insurrección feota y los medios y recursos con que contaba.
Esta era completamente clerical, engendrada en los obispados y arzobispados, y tenía sus focos en las sacristías de los pueblos. Mientras el Gobierno no obrara con energía contra el clero faccioso, Aviraneta pensaba que sería muy difícil dominar la situación.