Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823

Part 7

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--No. El gobernador lo prohibió terminantemente. Si hubiese tenido a mis órdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al llevar el Cura a Burgos, con el pretexto de que se quería escapar, le hubiesen pegado cuatro tiros en el camino...; pero no había gente terne.

--¡Qué lástima!--exclamó Diamante.

Diamante pretendió fusilar a Barrio y a los principales de la partida capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos; pero tampoco se aceptó la idea, y se decidió llevarlos en dos grupos.

La columna, cruzando campos, tomó la calzada de Soria a Burgos, y llegó a esta ciudad a entregar los presos.

El gobernador preguntó a Aviraneta qué recompensa deseaba. Éste le dijo que si conseguía alguna medalla para Diamante y para Frutos se lo agradecería.

El gobernador mandó un parte al Gobierno elogiando el servicio prestado por Aviraneta, y al día siguiente los tres jefes de los tercios de Aranda volvían a esta villa.

V

HOSTILIDAD POPULAR

TODO Aranda se enteró bien pronto de lo que habían hecho Aviraneta y sus amigos; los liberales y milicianos alabaron al Tirano, y los absolutistas consideraron que había cometido una violencia y hasta un sacrilegio al prender al Cura Merino.

El charlatán del pueblo, voceador de los absolutistas, la _Gaceta_, añadió al suceso detalles de su invención para pintar más odiosos a Aviraneta y a Diamante.

Se habló de nuevo del despotismo y de la intransigencia de los liberales, y don Juan Caspe, latinista e historiador, amigo del señor Sorihuela, disparó a Aviraneta una carta impresa, con este título:

«Epístola a un Avioncete tirano (pajecillo masónico de Marte).»

La carta estaba fechada en la Caverna de Abi-Hiram, año primero de la Libertad de Disparatar, y tenía como lema esta frase en latín:

_Crocodilus, invictum alioquin et perniciosum animal, tamen Tentyritas adeo metuit, ut at voces etiam expavescat: ita tyranni cum omnes contemnant, tamen Eruditorum litteras timen (Ex Erasmi Paraboli)._

El cocodrilo, animal por otra parte invencible y pernicioso, teme tanto a los Tentiritas, que sólo al oír sus voces se llena de pavor; no de otra suerte los tiranos: aunque a todos desprecian, temen, sin embargo, las cartas de los eruditos.

(De las parábolas de Erasmo.)

En su carta, el clérigo derrochaba erudición, pedantería y gracia zumbona, de esa que siempre ha tenido la gente sacristanesca.

La _Gaceta_ llevó la carta dedicada al Avioncete tirano por todas partes; la gente se rió de los chistes de don Juan Caspe, y Aviraneta, deseando vengarse, contestó imprimiendo otro escrito, que no tenía la erudición ni la gracia de la del cura, pero sí mayor precisión y brutalidad. Se titulaba:

«Epístola al clérigo Caspa (licenciado en Baco y en Sodoma).»

La carta estaba dirigida desde la Caverna de Abi-Hiram a la taberna de la Cochambre, año primero de los Malos Usos y Costumbres.

El escrito de Aviraneta indignó a la mayoría de la gente.

--Eso es una grosería, un disparate--dijeron las personas de orden, y todos echaron la culpa a Aviraneta, sin indicar que la provocación había partido del cura.

La réplica quitó las ganas al clérigo de seguir satirizando a don Eugenio.

El fiel de fechos Santa Olalla hizo una denuncia en el Juzgado por aquel papel infamatorio; pero la denuncia no progresó. Aviraneta continuó su vida ordinaria.

Pasaba la mañana en el despacho, y después marchaba a su casa, para la que había traído una buena colección de libros. Luego comía con su madre, trabajaba de nuevo, daba por las tardes un paseo en la Acera, visitaba la confitería de doña Manolita y la relojería del suizo, y por las noches, después de cenar, iba de tertulia a casa del juez, donde hablaba y bromeaba con Rosalía y Teresita.

Los domingos, al amanecer, solía ir a cazar con el _Lebrel_, y volvía para la hora de comer.

VI

LA VID

A principio de invierno Aviraneta recibió orden del Ministerio de Hacienda para que pasara al próximo convento de La Vid a hacer el inventario de las propiedades monacales.

La Vid es una aldea o barriada formada principalmente por una manzana de casas unida al antiguo monasterio de Premonstratenses instalado en las márgenes del Duero.

La Orden francesa de los Premonstratenses, fundada por San Norberto, en Premontre, cerca de Laon, en la isla de Francia, tenía varias casas en España, entre ellas la de Santa Cruz de Rivas, en Palencia; Aguilar de Campóo, La Vid, y alguna otra en Cataluña.

Las fundaciones premonstratenses procedían en España de su casa matriz Santa María de Retuerta y habían sido protegidas por Alfonso VII.

La Vid estuvo sometida a Retuerta por orden de Alfonso el Emperador hasta el año 1532, en que Clemente VII estableció que este monasterio tuviese abades trienales y fuese cabeza de congregación.

El monasterio de La Vid era un gran edificio fuerte, de gruesos muros, asentado a orilla del Duero. Tenía un puente largo y estrecho de piedra, de nueve ojos, sobre el río, y magníficas propiedades, prados, campos, bosques y dehesas.

El monasterio estaba muy bien conservado. La iglesia ostentaba una fachada recargada y barroca y una espadaña de varios pisos.

Por dentro era grande y ofrecía la particularidad de ser un cuerpo de tres naves con el techo sólo de una, como la catedral de Coria.

Lo mejor de la iglesia era la capilla mayor, obra realizada a expensas del cardenal arzobispo de Burgos, don Iñigo López de Mendoza, y de don Francisco de Zúñiga y Alella, conde de Miranda, desde el año 1552 hasta el 1562.

El condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Velasco, testamentario del cardenal Mendoza, en unión del conde de Miranda, extendieron en 1.º de enero de 1552 el nombramiento de mayordomo de la obra de la capilla a favor de Hierónimo de Quincoces, a condición de que había de residir en el monasterio mientras durase aquélla, tener un libro de cuenta y razón donde constara lo que recibiese y gastase, y correr con el acopio de materiales, ajuste a los maestros, oficiales y peones, asignándole para su salario y acostamiento diez y ocho mil maravedises al año, a contar desde la fecha.

Duró Quincoces en su mayordomía hasta el año 1558, en el cual le sustituyó Diego Daza, que terminó las obras en 10 de junio de 1562.

En el convento, de sólida construcción, lo más notable era el claustro, el coro y las escaleras.

Las antiguas viviendas de los frailes se señalaban por lo grandes, cómodas y espaciosas, y la cocina y el refectorio se veía que había sido lo más trascendental en aquella santa casa.

Aviraneta supuso que como en todas partes encontraría oposición en los colonos de La Vid para comenzar el inventario de los bienes de la comunidad, se hizo acompañar por Jazmín, el _Lebrel_, Diamante y cuatro milicianos de Aranda, ex guerrilleros del Empecinado, entre ellos, el sargento Lobo.

El convento de La Vid no tenía en este tiempo el número de frailes que la ley votada en Cortes exigía para que pudiera existir como agrupación religiosa. Había únicamente cuatro o cinco monjes que gozaban dignidad de canónigos y que vivían en las casas del pueblo por no poder habitar el monasterio, entre ellos un tal don Manuel Castilla, hijo de un labrador de Vadocondes.

Como suponía Aviraneta, al llegar él y sus amigos a La Vid, a reclamar las llaves al que hacía de administrador y avisar algunos colonos para que viniesen a declarar como testigos, vió claramente que todos estaban dispuestos a oponerse al inventario por cualquier medio.

El fraile don Manuel Castilla se presentó con muchos humos e insultó a los milicianos. Aviraneta le recomendó que se reportara, porque estaba dispuesto a emplear todos los medios para amansarle, desde darle una paliza hasta pegarle cuatro tiros.

Los colonos de La Vid, al oír las razones de Aviraneta, vacilaron.

No era solamente virtud y entusiasmo por la religión los que movían a los aldeanos a protestar del inventario; la causa principal era que los vecinos de las noventa casas del pueblo se aprovechaban como de cosa propia de los bienes, casi abandonados, del monasterio.

Aviraneta y Diamante hicieron como que no se enteraban, y Aviraneta comenzó a catalogar cuadros, estatuas, joyas, y a medir campos y bosques.

La indignación cundió en las tres barriadas de La Vid; llovían amenazas anónimas e insultos; se dispararon varios tiros a las ventanas.

La _Gaceta_ apareció por allá a intrigar con sus chismes y sus embustes.

Aviraneta, Diamante y sus guerrilleros fingían que no se daban cuenta de la cólera de los vecinos.

Todas las maniobras del inventario se hacían por procedimientos militares. Se ocupaba un prado como si se tuviera que atacar al enemigo; se tomaban las medidas, y a casa.

Aviraneta no había querido desperdigar sus hombres; todos ellos vivían en el monasterio, en la misma sala. Se hacía la comida en la cocina de la portería y se dormía en el archivo, que estaba encima de la biblioteca.

La biblioteca era un salón alto, con el techo abovedado y pintado. La bóveda tenía en medio una gran composición con figuras desconchadas, y en los cuatro ángulos, los evangelistas con sus atributos.

Cinco ventanas grandes con rejas iluminaban la sala, y cerca del techo, en la misma bóveda, se abrían en las gruesas paredes unas claraboyas, por las cuales se veía el cielo y las cumbres de los árboles próximos.

Una fila de armarios de nogal, llenos de libros y papeles, formaba un zócalo en la biblioteca. Encima de los armarios se veían algunos lienzos viejos y desgarrados, con retratos de frailes, y dos globos terráqueos hechos de madera y hierro.

En medio del salón había una mesa maciza y grande.

El suelo era de baldosas blancas y negras, y estaba cubierto de esteras de cordelillo, ya rotas y apolilladas. En un ángulo de la sala había en la pared una fuente, que representaba una cabeza de Medusa.

De esta biblioteca se salía a varias habitaciones estrechas y obscuras, y de una de ellas partía una escalera que iba a otro departamento destinado a archivo. Era este cuarto, al que se bajaba de un descansillo por tres escalones, muy grande, muy claro, bajo de techo, y con el piso de madera.

Tenía una fila de ventanas en una pared, y en la de enfrente, una gran chimenea de piedra. Alrededor, dejando los huecos, había armarios de nogal llenos de papeles, y encima, algunas vistas y planos viejos, negros del polvo y de las moscas.

Este local fué escogido por Aviraneta como habitación para su gente. Era el cuarto más defendido, y daba hacia la entrada del monasterio.

Desde él se podía mirar quién venía por el puente.

El antiguo archivo sirvió de cuartelillo. Allí se colocaron las camas de paja para los milicianos.

Por las noches se cerraban las maderas; luego, una puerta pesada y sólida de cuarterones, y se echaban a dormir mientras uno hacía de centinela arma al brazo.

VII

AUTO DE FE

UNA noche que hacía más frío que de ordinario, los milicianos intentaron encender la chimenea del archivo.

Habían ya quemado toda la leña y las astillas en una cocina de la portería, donde se hacía la comida, y no querían gastar la paja que tenían para las camas.

--Pues aquí no nos puede faltar papel--murmuró Aviraneta.

Y echó mano del primer tomo que tuvo a mano, en la estantería del archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los capítulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.

--Esto no arderá--murmuró Aviraneta--. ¡Eh, muchachos!

--¿Qué manda usted?

--A ver si encontráis por ahí tomos en papel.

Jazmín, el _Lebrel_ y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron cada uno una espuerta de libros.

--Buena remesa--dijo Aviraneta--. Usted, Diamante, que ha sido cura.

--¿Yo cura?--preguntó el aludido con indignación.

--O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qué se puede quemar de ahí. Una advertencia. Si alguno desea un libro de éstos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por mí, patrocina la cultura... He dicho.

Diamante cogió el primer volumen al azar.

--_Aurelius Augustinus_--leyó--. _De Civitate Dei. Argumentum operis totius ex-libro retractationum._

--San Agustín--exclamó Aviraneta--. Santo de primera clase. ¿No lo quiere nadie?--preguntó--. ¿Nadie? Bueno, al fuego. Adelante, licenciado.

--San Jerónimo: Epístolas.

--¿Nadie está por las epístolas? Al fuego también.

--Santo Tomás: _Summa contra gentiles_.

--Santo Tomás--dijo Aviraneta con solemnidad--, el gran teólogo de... (no sé de dónde fué)... ¿Nadie quiere a Santo Tomás? Son ustedes unos paganos. ¡A ver esos papeles!

--_Carta de Alfonso VII, el Emperador_--leyó Diamante--, otorgada en unión de su hijo don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores la propiedad del lugar que se llama Vide, entre término de Penna Aranda y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos, con la condición de que _ibi sub beati augustini regula comniorantes abbatiam constituatis_.

--Bueno; eso se puede dejar por si acaso--dijo Aviraneta--. Sigamos.

--Fray Juan Nieto: _Manojitos de flores_, cuya fragancia descifra los misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos, enseña a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...

--Don Eugenio--dijo uno de los milicianos sonriendo.

--¿Qué hay, amigo?

--Que yo me quedaría con ese _Manojito_.

--Dadle a este ciudadano el _Manojito_--exclamó Aviraneta.

--¿Para qué quiere esa majadería?--preguntó Diamante.

--Es un deseo laudable que tiene de instruírse con el _Manojito_. ¡A ver el _Manojito_! Necesitamos el _Manojito_. La patria es bastante rica para regalar a este ciudadano ese _Manojito_.

Se entregó al miliciano el libro, y Diamante siguió leyendo:

--Aquí tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San Anselmo.

--¿No las quiere nadie?--preguntó Aviraneta.

--Tienen buen papel, buenas hojas--advirtió Diamante.

--¿Nadie? A la una..., a las dos..., a las tres. ¿Nadie?... Al fuego.

--Otra carta de donación otorgada por el Rey Alfonso VIII al Monasterio de Santa María de La Vid y a su abad Domingo de _meam villam que dicitur Guma_, con todas sus pertenencias y términos de una y otra parte del Duero, _et inter vado de Condes et Sozuar_.

--Dejémoslo. Adelante, licenciado.

--Fray Feliciano de Sevilla: _Racional campana de fuego_, que toca a que acudan todos los fieles con agua de sufragios a mitigar el incendio del Purgatorio, en que se queman vivas las benditas ánimas que allí penan.

--Al fuego inmediatamente.

--Otra donación de Alfonso VIII y de su mujer Leonor al Monasterio de La Vid, de la Torre del Rey, Salinas de Bonella, y varias fincas, y marcando los límites de Vadocondes y Guma.

--Diablo con los frailes, ¡cómo tragaban!--exclamó Aviraneta.

--Otra donación de Alfonso VIII al Monasterio y a su abad don Nuño de las villas de Torilla y de Fruela, a cambio de mil morabetinos alfonsinos.

--Esto de los morabetinos sospecho que no le debió hacer mucha gracia a don Nuño--dijo Aviraneta.

--Augustinus: _De proedestinatione sanctorum_.

--Al fuego. Siga usted, licenciado.

--_Confirmación de una concordia sobre la división de los términos de Vadocondes y Guma_, hecha «en el anno que don Odoart ffijo primero e heredero del Rey Henrric de Inglaterra rrecibio cavalleria en Burgos. Estuvieron presentes en la confirmacion don Aboabdille Abenazar Rey de Granada, don Mahomat Aben-Mahomat Rey de Murcia, don Abenanfort Rey de Niebla, y otros vasallos del Rey».

--¿Tenemos moros en la costa? Bueno; eso también hay que dejarlo.

--Un censo al Concejo y vecinos de Cruña de la granja de Brazacosta, mediante el canon de doscientas fanegas de pan terciado por la medida toledana «e un yantar de pan e vino e carne e pescado, e cebada para las bestias que traire el dicho Abad con los frayles que con él viniesen».

--Siempre comiendo esa gente--dijo Aviraneta.

--Otro censo--leyó Diamante--a los vasallos de la granja llamada de Guma, con la condición de morar en ella, pagar cien fanegas de pan terciado, doscientos maravedises juntamente con los diezmos, ochenta maravedises de martiniega y una pitanza al abad y monjes.

--Bueno, bueno; basta ya--exclamó Aviraneta--; nos vamos a empachar. Todo lo que esté manuscrito dejarlo, y lo que esté impreso, ya sea un libro sencillo de oraciones o de Teología, puede servir para calentarnos.

Así se hizo, y montones de papel llenaban el hogar de la chimenea todas las noches.

VIII

NOCHEBUENA EN LA VID

EL día de Nochebuena Aviraneta y sus compañeros lo pasaron espléndidamente en el convento.

Se comió bien, se cenó bien, se bebió un vino ribereño excelente, y después de cenar y de cerrar las puertas con cuidado, se quedaron todos delante de la chimenea del archivo, al amor de la lumbre. Habían llevado los sillones más cómodos del convento y los tenían colocados alrededor de la chimenea, formando un semicírculo.

El _Lobo_ y su gente amontonaron leña de roble y de encina, y en un rincón, grandes brazados de jara, de retama y de sarmientos.

Tenían allí provisiones de combustible para toda la velada.

Diamante, como oficial, pensaba no debía descender a ciertas cosas, y no se ocupaba de detalles vulgares.

Aquella noche hacía mucho viento. Sus ráfagas impetuosas parecían frotar con violencia las paredes del monasterio. El aire silbaba y entraba por la chimenea y hacía salir el humo como una gruesa nube redondeada, que rebasaba el borde de la campana y se metía en el cuarto.

Una constelación de pavesas flotaba en el aire, y unas caían a las piedras del hogar y otras subían rápidamente en el humo.

Se oía el murmullo del río, que parecía cantar una canción monótona; sonaba el tic-tac de un reloj de pared, y a intervalos, solemnemente, llegaban con estruendo las campanadas del reloj de la torre, que daba las horas, las medias horas y los cuartos.

Aviraneta, hundido en su sillón, miraba las vigas grandes, azules, del techo, que se curvaban en medio, y el escudo que adornaba la chimenea.

Este escudo era del cardenal don Iñigo López de Mendoza, arzobispo de Burgos y abad comendador del convento de Premonstratenses de La Vid.

En el silencio se oían las ratas, que corrían por los armarios royendo las maderas y los pergaminos.

--Hablemos, contemos algo--dijo Aviraneta.

--¡Qué vamos a contar!--murmuró Diamante.

--Contemos la mejor y peor Nochebuena que hemos pasado cada uno en la vida.

--Pues empiece usted--dijo Diamante.

Aviraneta contó su mejor Nochebuena en Irún, de joven, y la peor, guarecido en una cueva del Urbión, en la época en que estaba en la partida de Merino.

Diamante no recordaba ni las noches buenas ni las noches malas que había pasado.

El _Lobo_ dijo:

--Yo recuerdo una Nochebuena, en tiempo de la guerra de la Independencia, que todavía al pensar en ella se me ponen los pelos de punta.

--¿Qué fué?

--Verán ustedes. Esto pasó hacia la Sierra de Albarracín. Fué un año de mucho frío. Habíamos salido de Priego, camino de la Muela de San Juan, persiguiendo a unos franceses; estábamos en una aldea cuando los franchutes se volvieron contra nosotros y nos obligaron a dispersarnos. No conocíamos aquel terreno; la noche estaba obscura y el suelo lleno de nieve. Después de desperdigarnos por el campo quisimos reunimos; pero fué imposible. Al revés, nos fraccionamos más; el uno decía por aquí; el otro, por allá. No quedamos mas que tres juntos.

Llevábamos más de una hora de marcha cuando salió la luna, y nos encontramos rodeados de franceses. Quisimos escapar, pero fué imposible. Nos cogieron a los tres y decidieron lo que iban a hacer con nosotros. Ya comprendíamos que se les ocurriría una judiada; pero, en fin, al principio, cuando supimos lo que habían pensado, no nos pareció tanta. Nos agarraron y nos ataron fuertemente a unos pinos. Después se fueron riéndose y diciendo de cuando en cuando: _le lup, le lup_. Los tres presos nos hablábamos de árbol a árbol para animarnos un poco, cuando vimos unos puntos brillantes entre las matas.

Eran los ojos de los lobos. Había una manada. Entonces comprendimos la crueldad que habían hecho los franceses con nosotros. Los lobos, al principio, se asustaron algo de nuestros gritos; pero luego se lanzaron a atacarnos y a mordernos. Yo me veía sofocado, desgarrado, cuando uno de mis compañeros apareció libre. Sin duda, los lobos habían mordido y roto una de las cuerdas que le sujetaban. El compañero se acercó a mí; yo llevaba un cuchillo en el bolsillo del pantalón, y se lo indiqué; él lo sacó y me cortó las cuerdas que me oprimían. El otro compañero estaba muerto; los lobos le habían estrangulado.

Aquellos furiosos animales nos habían dejado a los dos que estábamos vivos y se habían echado sobre el guerrillero muerto. Sentíamos crujir sus huesos. No quisimos escapar ni correr, creyéndolo más peligroso. Mi compañero había oído decir que encendiendo fuego no se acercaban los lobos, y con gran esfuerzo logró hacer arder unas matas. Yo corté una vara larga de un árbol y até en la punta, con un bramante, mi cuchillo.

Toda la noche estuvimos oyendo el crujir de los huesos del muerto y defendiéndonos cuando se nos acercaban los lobos. Al amanecer nuestra situación fué peor, porque la hoguera se consumió y no teníamos ramas para alimentarla. Entonces, mi compañero ató a una cuerda un tizón encendido y trazaba círculos en el aire; yo pinchaba, si podía, al lobo que se acercaba. Así estuvimos la noche entera, y así nos llegamos a salvar.

--Un Lobo contra otros lobos--dijo Aviraneta.

--Eso es.

--Fué una Nochebuena superior esa.

Estaban ya otra vez los hombres adormilados; se comenzaron a echar en sus camas de paja uno tras otro cuando se oyó un aldabonazo en la puerta.

El _Lebrel_, que estaba de guardia, se asomó a la ventana.

--¿Quién es?--preguntó.

--¿El señor don Eugenio de Aviraneta?

--Aquí es.

--Traigo una carta para él.

--¿De quién?

--Del señor González de Navas, juez de Arauzo.

--Ahora vamos.

Aviraneta, acompañado del _Lebrel_ y de Jazmín y alumbrando el camino con una linterna, bajó al portal. Los demás se levantaron y tomaron sus fusiles.

Aviraneta abrió el postigo e hizo entrar al hombre que por él preguntaba. Luego cerró, dejó el farol en un poyo de piedra, tomó la carta y la leyó. Decía así:

«Estimado Aviraneta: Sé que hay varios hombres bien portados y montados de noche y de día en los alrededores de La Vid que le esperan a usted para matarle. Uno de ellos parece que es el Cura Merino; el otro, el cura de Valdanzo. Los demás son dos o tres absolutistas de Vadocondes y algunos colonos de La Vid. No salga usted solo, sobre todo de noche.--_González de Navas_».

--¿Va usted a volver a Arauzo?--preguntó Aviraneta al propio.

--Sí, pero no tengo prisa.

--Entonces, quédese usted aquí. Estará usted más seguro.

--¿Por qué?

--Porque hay gente acechando en el campo y le pueden confundir a usted con uno de nosotros.

--Entonces, me quedo.

IX

SAN MARTÍN CON SU CAPA

VOLVIÓ Aviraneta con sus compañeros al archivo. Se habló del posible ataque de Merino, y el _Lebrel_, que era de Vadocondes, explicó cómo se había salvado un antiguo abad del convento de La Vid de un ataque de los ladrones, que querían robar la iglesia.

--Esto era en tiempo de la guerra de la Independencia--contó el _Lebrel_--, mejor dicho, unos meses después.

Estaba de abad un navarro que se llama don Pedro de Sanjuanena.

--Lo conocí--dijo Aviraneta.

--Pues estaba el abad solo, con un criado, cuando supo que una partida de ladrones rondaba el monasterio. No podía defenderse, y se le ocurrió esto: fué a la iglesia, descorrió la cortina del altar mayor, donde había un gran crucifijo; luego cogió todos los candeleros, con sus cirios y velas, los encendió y formó una calle que iba desde la puerta de la iglesia al altar mayor.

A media noche forzaron los ladrones la puerta de la iglesia, entraron, y al ver aquella carrera de luces, avanzaron por en medio hasta llegar al altar mayor.