Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
Part 3
Aviraneta comprendía que así pensaba Riego. Riego, a su vez, veía que Aviraneta era un hombre osado, capaz de cualquier cosa; hombre para quien las jerarquías no significaban nada, para quien las dificultades no tenían valor. Riego suponía en el visitante un espíritu de audacia y de libertinaje desarrollado en las aventuras de la vida guerrillera; pensaba que aquel hombre podía estorbarle, truncarle un éxito, arrebatarle la popularidad, y esto le bastaba para ponerse en guardia contra él.
Muy entrada la noche, Aviraneta se fué a dormir con el convencimiento de que Riego sería desde entonces enemigo suyo.
¿Tendría éxito? ¿No tendría éxito el comandante de Asturias en su empresa?
Por un lado, Aviraneta se hubiera alegrado de su fracaso; por otro, no; pues el triunfo de la Revolución le llevaría a él a una vida más intensa.
Estos complots militares, a veces, aciertan cuando menos se lo figura uno.
Aviraneta se marchó a su casa y durmió hasta muy entrada la mañana.
Al despertarse supo que Riego se había sublevado y proclamado la Constitución del año doce.
Por lo menos, la primera parte del plan de Riego había tenido éxito.
La segunda parte del proyecto consistía en avanzar con las tropas sublevadas a Arcos de la Frontera, donde se encontraba el Cuartel general, y prender a los jefes.
Los batallones de Asturias y Sevilla salieron de Cabezas de San Juan a las tres de la tarde, y a las dos de la mañana se presentaron delante de Arcos.
El teniente Bustillo estaba encargado del arresto del general en jefe, Calderón; Miranda, del general Fournas, y Valcárcel, del general Salvador.
Mucho tiempo se perdió delante de Arcos. Se había decidido que Asturias entrara por un punto, y Sevilla por el contrario; ya comenzaba a clarear y no habían llegado los de Sevilla.
Riego, impaciente, mandó cinco compañías y ordenó la prisión inmediata de los generales. Se hicieron las prisiones, se dispararon unos cuantos tiros, que mataron a dos soldados de la guardia de los generales, y cuando no se sabía qué hacer apareció en Arcos el batallón de Sevilla, que venía de Villamartín y se había perdido en el camino.
Difícilmente se podía comprender que un movimiento tan mal planteado y dirigido acabara con tanto éxito.
--¡Qué suerte tiene esta gente!--murmuró Aviraneta con cierto despecho.
Posesionado de Arcos el ejército rebelde, se proclamó la Constitución y se nombraron alcaldes.
El batallón de Guías fraternizó con los sublevados.
Por la noche, Riego envió a varios oficiales con una columna, formada por compañías de los tres batallones que habían iniciado el levantamiento, a que se acercaran a los pueblos de la bahía de Cádiz para anunciar el triunfo de la Revolución.
Aviraneta, pasado el momento de despecho, quiso ayudar a la obra revolucionaria. Se había enterado de que en Bornos estaba de oficial un amigo suyo de Azcoitia, Félix Zuaznavar, afiliado a la masonería y complicado en la conspiración de Renovales.
Aviraneta marchó a Bornos a hablar a Zuaznavar y no necesitó convencerle. Zuaznavar se reunió con él en seguida, y fueron juntos a Arcos, a presentarse a Riego.
Era Zuaznavar un hombre alto, fuerte, huesudo, entusiasta de las ideas revolucionarias. Había luchado en la guerra de la Independencia y estaba inflamado de ardor liberal y patriótico. Zuaznavar aseguró que si se presentaba Riego, el batallón segundo de Aragón, que estaba en Bornos, se uniría a él.
Riego escuchó las proposiciones de Zuaznavar y decidió salir a las tres de la mañana, a pesar de hallarse enfermo, camino de Bornos, con un destacamento de trescientos hombres.
Se dió la orden de marcha, y al alba se llegó al pueblo. Se colocó la tropa desplegada en batalla sobre una altura y se esperó.
Aviraneta, Zuaznavar y otros dos oficiales vascos, Arribillaga y Sorrozábal, marcharon al pueblo a sublevar la tropa. Un teniente del batallón, llamado Valledor, detuvo al comandante del regimiento de Aragón, lo hizo prisionero y se lo entregó a Riego, que avanzaba hacia el pueblo, montado a caballo, al lado de su asistente y de dos ordenanzas de infantería.
Poco después comenzaron a sonar los tambores, y el batallón entero, tocando generala, salió de sus alojamientos de Bornos dando gritos de «¡Viva la Libertad!», «¡Viva la Constitución!».
Se volvió a Arcos, y dos días después, todas las tropas reunidas marcharon a Jerez. Al día siguiente se proclamaría la Constitución en esta ciudad.
Aviraneta fué al cuartel donde se encontraban los oficiales amigos suyos, y no le dejaron entrar. Por la tarde vió que estaba vigilado. Aviraneta se presentó a Zuaznavar y al capitán Sorrozábal, dispuesto a pedir explicaciones a Riego; pero éstos le convencieron de que en aquellas circunstancias sería lamentable.
Riego tenía una idea falsa de él.
Zuaznavar y Sorrozábal añadieron que lo que les parecía mejor era que Aviraneta fuese al Puerto de Santa María a reunirse con otro vasco, el capitán Roque Arizmendi, que había ido allí escoltando a los generales prisioneros.
Aviraneta pasó varios días en el Puerto en la inacción, con un tiempo desdichado de lluvias; presenció la entrada de Riego y Quiroga, y después fué a San Fernando.
Se había reunido aquí mucha tropa; Aviraneta tenía entre los oficiales amigos y conocidos, entre ellos Valdés, Iñurrigarro y Arizmendi. Habían nombrado general en jefe a Quiroga, y Aviraneta fué a verle y a ofrecerse a él; pero Quiroga era un galleguito ordenancista que creía que el movimiento era únicamente militar y que los paisanos nada tenían que hacer en él.
En el fondo existía cada vez más fuerte la rivalidad entre los guerrilleros y la tropa de línea, que había estallado después de la guerra de la Independencia, y bastaba que alguien se diese a conocer como guerrillero para producir desconfianza entre los militares de carrera.
Aviraneta tuvo que servir de testigo de las marchas y contramarchas de aquellas tropas, en las cuales seguramente no había ningún Napoleón.
Aviraneta ya no tenía nada que hacer allí, y, recordando el encargo de Salvador Manzanares, le escribió una larga carta, contándole con detalles cómo se había verificado el movimiento revolucionario. Esta carta se la entregó a un contrabandista de Ronda que marchaba a Gibraltar.
Al final de enero Aviraneta presenció la salida de Riego camino de Málaga, con una columna de unos mil quinientos hombres y algunos caballos.
Toda una turba de cantineros, busconas y viejas celestinas de Jerez, el Puerto de Santa María, Puerto Real y San Fernando se movilizó detrás de la columna, con una impedimenta de caballos, mulas y borriquillos.
V
EL EMPECINADO
AVIRANETA quedó en San Fernando, y viendo que con aquellos militares de carrera no podía simpatizar ni colaborar, abandonó la isla gaditana y se marchó a Sevilla.
De Sevilla tomó la diligencia para Madrid. Visitó a madama Luisa, que le dió noticias de la gente palaciega, que estaba muy asustada con las noticias de la Revolución, y fué a ver a los amigos masones, a quienes encontró muy reservados y timoratos.
En vista de que Madrid tampoco respondía, don Eugenio se dirigió a Aranda y fué a buscar al Empecinado en su finca de Castrillo de Duero. El Empecinado le dijo que había pensado en dar un golpe para proclamar la Constitución en Valladolid y que llegaba oportunamente.
La buena acogida de don Juan Martín hizo olvidar a Aviraneta sus fracasos de Andalucía.
Al saber que ya había algo preparado y organizado, Aviraneta quiso contribuír a la empresa, y equipó y montó por su cuenta diez hombres, que se unieron a los del Empecinado.
Éste contaba con bastante gente, entre ellos un joven de Peñafiel a quien llamaban el Licenciado Mambrilla.
Entre el Empecinado y Mambrilla habían ideado sorprender Valladolid con cien infantes y cincuenta caballos.
Tenían en la ciudad algunos partidarios, entre éstos, un padre filipino, el padre Giménez, y su sobrino Santos.
El plan consistía en meter en el convento del padre Giménez cien hombres armados, y después, por la noche, presentarse a las puertas de Valladolid con cincuenta jinetes. Los cien hombres saldrían del convento, abrirían las puertas de la ciudad y se proclamaría la Constitución.
Preparada la sorpresa, probablemente hubo algún soplo a la policía, porque los primeros hombres que se acercaron al convento armados y embozados en sus capas fueron detenidos y presos. Al mismo tiempo la guardia de las puertas fué reforzada.
En vista del fracaso de la expedición a Valladolid, el Empecinado, Aviraneta y Mambrilla decidieron comenzar de nuevo la empresa apoderándose de una ciudad pequeña como Aranda. Tenían gente comprometida en los pueblos de la orilla del Duero, habían hecho imprimir una proclama en Nava de Roa, y no les faltaba mas que fijar día. Era a principios de marzo. La expedición de Riego en Andalucía se daba por muerta.
En esto se supo que las tropas sublevadas por el coronel don Félix Acevedo en La Coruña habían ocupado toda Galicia; luego se habló de la entrada de Mina con sus amigos de Bayona, Manzanares y Mendiondo por el Pirineo, y del pronunciamiento de O'Donnell en Ocaña. En vista de ello, el Empecinado precipitó la entrada en Aranda y proclamó la Constitución. Las alocuciones impresas se extendieron por la provincia.
La revolución triunfaba, las tropas se unían a los constitucionales, y Fernando VII, de buen o mal grado, tenía que aceptar el nuevo régimen.
Pocos días después el Empecinado comisionó a Aviraneta para que se avistase con los individuos de la Junta revolucionaria de Madrid y ofreciese la cooperación del general.
¿Qué iban a hacer? El Empecinado volvería al ejército. Había sido nombrado segundo cabo de la Capitanía General de Castilla la Vieja, que residía en Zamora; Aviraneta, según don Juan Martín, tenía que prepararse para ser diputado. Se establecería en Aranda, lo nombrarían regidor primero, organizaría la Milicia Nacional y, cuando dominara el país, se le enviaría a las Cortes.
Aviraneta escribió a su madre, que estaba en Irún, si le gustaría quedarse a vivir una temporada en Aranda. Su madre le contestó que sí, que viviría en Aranda o en otro lado cualquiera, y Aviraneta alquiló para los dos una casa pequeña en la plaza del Trigo.
LIBRO SEGUNDO
EL TIRANO DE ARANDA
I
LOS MILICIANOS
EL mismo día en que se dió el bando en la Plaza de Aranda acerca de la partida levantada por el canónigo de la Colegiata de San Quirce don Francisco Barrio, poco después de comer empezaron a reunirse en una explanada del pueblo que se llama plaza del Palacio o del Obispo grupos de milicianos, de uniforme. Había maniobras.
A las tres comenzó la formación y se pasó lista. Anteriormente habían tenido los milicianos una época de continuo y diario ejercicio, y el grueso de las fuerzas voluntarias se hallaba bien adiestrado.
En toda España, al mismo tiempo, los liberales se dedicaban a empuñar las armas. El Gobierno quería contar con una fuerza capaz de sofocar cualquier tentativa absolutista.
Comenzó el ejercicio en la plaza del Obispo. La mayoría de los milicianos había pasado las primeras dificultades y estaba en la esgrima de la bayoneta y del fusil, y sólo algunos torpes, en pequeños pelotones, habían quedado empantanados en las evoluciones de la marcha y en dar media vuelta a la derecha y a la izquierda.
El Tío Guillotina solía ir con los chicos delante de los pelotones que evolucionaban por la plaza, agitándose y moviendo los brazos.
La Milicia voluntaria y reglamentaria de Aranda estaba formada por dos compañías de infantería y una de caballería. Las primeras eran incompletas, pues ninguna de las dos contaba con los ciento veinte soldados que ordenaba la ley del 24 de abril de 1820.
La compañía de caballería la formaban sesenta y dos hombres.
Cada compañía de infantes tenía capitán, teniente, subteniente, sargento primero, cinco segundos, seis cabos primeros, dos tambores y un pito. La fuerza de a caballo se dividía en tres tercios de a veinte hombres.
Cada tercio tenía un subteniente, un sargento, un cabo primero y uno segundo, y se dividía en dos escuadras de a cada diez hombres cada una.
La Milicia de caballería la formaban los que por su oficio o por su posición poseían un caballo.
Todas las fuerzas reunidas de infantería y caballería de Aranda las mandaba un comandante, un médico que había acompañado en otro tiempo al Empecinado.
Algunos oficiales querían implantar en la Milicia una disciplina severa, lo cual no era fácil por muchas razones: la mayoría de los soldados y oficiales, acostumbrados a sus despachos y mostradores, no querían aceptar la rigidez formalista de los militares; además, aunque había en las filas gente decidida, abundaban también los tímidos y los perezosos. La mayoría de los soldados de la Milicia voluntaria en los pueblos no eran personas distinguidas. En Aranda no se habían alistado los Verdugo, ni los Mansilla, ni los Miranda, ni algunos otros.
En muchas aldeas y ciudades, los liberales con ínfulas aristocráticas, antiguos afrancesados más o menos vergonzantes, se lamentaban de que las personas de respetabilidad y prestigio no se lanzaran francamente por la senda constitucional, como había dicho Fernando VII.
La pretensión era absurda. En las esferas donde germinan las ideas nuevas no hay que esperar encontrarse con hombres de gravedad y de peso; en los nuevos caminos es más fácil toparse, entre locos, perdidos y granujas, con algún santo o con algún héroe.
Aviraneta contaba con ello y exigía poco en general; pero lo que exigía lo hacía con firmeza. A pesar de esto se le consideraba intransigente. Todo el mundo suponía que la organización de la Milicia de Aranda dependía de aquel hombre, cuya vida anterior se ignoraba y del cual no se sabía mas que acababa de venir al pueblo y había sido impuesto como jefe por el Empecinado.
Aviraneta unía al cargo de regidor primero el de subteniente de uno de los tercios de que se componía la tropa de caballería. Además era el presidente de la logia masónica.
La gente sabía que Aviraneta era el verdadero jefe, el organizador de las fuerzas de la Libertad, como se decía entonces con el énfasis de la época. Aviraneta se ocupaba sin descanso en los asuntos de la Milicia Nacional, resolvía las dificultades y escribía las proclamas con recuerdos de Roma y de los comuneros de Castilla.
Sabía don Eugenio, por su aprendizaje con Merino, el resultado que daba la disciplina y hacía lo posible por inculcarla. Se cobraba a los exentos de la Milicia voluntaria y se ponían multas pequeñas a los milicianos que faltaban a las guardias, y estas multas no se perdonaban.
Aviraneta, al comenzar la organización de la Milicia, formó su tercio con guerrilleros del Empecinado; tenía una docena de caballos y los prestó a los amigos. Al poco tiempo el tercio suyo estaba completo y presentaba un aspecto decidido y marcial.
Los absolutistas de Aranda, que se reían de los milicianos de infantería, casi todos gordos, pesados y arlotes, miraban con disimulado terror estos tercios de ex guerrilleros que galopaban por la plaza del Obispo asustando al público y daban cargas a galope tendido...
Transcurrida una hora u hora y media de ejercicio se dió descanso a la tropa, y los jefes se reunieron formando un grupo en una taberna, con honores de café, a tomar un refresco.
El tabernero había sacado una mesa fuera de la tienda y se había entretenido en regar con un botijo haciendo ochos y otros arabescos en el suelo polvoriento.
El comandante de las fuerzas, don José Díaz de Valdivieso, el médico, era un hombre de mucho aspecto y de poca inteligencia, a quien se le había otorgado el mando precisamente por su nulidad.
Era un viejo guapo, de pelo blanco y de aspecto decorativo. Don José hacía lo que le indicaba Aviraneta, y no pasaba de ahí.
De los oficiales de la Milicia de infantería ninguno valía gran cosa. Entre ellos se distinguía el señor Castrillo, el farmacéutico, hombre amable, gran jugador de dominó y ajedrez, liberal tibio y un tanto volteriano, que se reía de sí mismo al verse vestido con uniforme y morrión; un guarnicionero, bajito, rubio, furibundo en sus ideas liberales, pero poco inteligente, y un maestro de escuela, viejo, el maestro Sagredo.
Sergio Sagredo era un entusiasta de las ideas nuevas y se hallaba animado de un deseo de saber verdaderamente raro. Este hombre había aprendido él solo el latín y el griego y estaba estudiando el francés y el alemán con Schültze, un relojero suizo, de Zurich, establecido en la Plaza Mayor y que era también miliciano.
Los demás oficiales, un vinatero, un dueño de una tienda de comestibles y un recaudador de arbitrios municipales, eran gentes de poca monta que tomaban muy en serio su representación social y se llamaban uno a otro: ciudadano teniente, ciudadano sargento, etc.
Los ex guerrilleros del tercio de Aviraneta eran, entre los milicianos, los más aguerridos y fieros.
El lugarteniente de Aviraneta era uno apodado el _Lobo_. El _Lobo_, antiguo soldado del Empecinado, se distinguía como hombre fanático y violento. El _Lobo_ tenía una posada en la calle del Aceite, donde trabajaba de herrador. A la posada del _Lobo_ la llamaban la posada del Brigante, y los enemigos, la posada del Fanfarrón.
El _Lobo_ estaba casado con una mujer muy guapa, de un tipo griego, a quien apodaban la _Loba_.
Era un matrimonio de dos fieras. Alguno que otro lechuguino se había acercado a la _Loba_, a galantearla, pero pronto había tenido que huír prudentemente.
El _Lobo_ era hombre malhumorado, dispuesto siempre a echarlo todo por la tremenda y deseoso de saltar.
Dos muchachos jóvenes, Jazmín y el _Lebrel_, que eran criados de Aviraneta, formaban también el tercio.
II
DIAMANTE
LOS tercios de caballería los mandaban: uno, Aviraneta; el otro, un joven llamado Frutos San Juan, y el tercero, un tal Diamante.
Estos dos últimos oficiales habían sido nombrados por don Eugenio.
Alejandro López Diamante era todo un tipo: alto, moreno, huesudo, de cráneo pequeño y seco, la nariz corva, el bigote gris, la piel tostada por el sol, las manos sarmentosas.
Tendría unos cincuenta años. Había sido estudiante de cura y vivido con un tío suyo casi toda la vida.
Diamante era solterón, cazador y avaro. Su gran pesar databa de la guerra de la Independencia, por no haber podido tomar parte en ella. Su tío juró varias veces desheredarle si se marchaba, y Diamante, entre el dinero y la guerra, optó por el dinero. Era su gran dolor.
Diamante era resistente e insensible. Cuando iba de caza dormía en las matas, recibiendo el sol o la lluvia sobre su cuerpo amojamado. No sentía el frío ni el calor, ni el hambre. Un poco de pan, un poco de agua y una piedra o un manojo de hierbas para apoyar la cabeza le bastaban.
Diamante tenía una casa pequeña y unos majuelos heredados de su tío.
Diamante apenas comía por no gastar; llevaba siempre ropas remendadas y viejas, y aseguraba que las usaba por comodidad.
Diamante vivía con un criado llamado Magdaleno, uno de los hombres más cazurros del pueblo.
Magdaleno tenía facha de sacristán; una cabezota grande, la nariz chata y la cara redonda, en la que las barbas le salían negras y duras como pinchos a la media hora de afeitarse.
Diamante no pagaba nada a Magdaleno, ni aun siquiera la comida; le daba sólo la casa y la luz--la luz del sol--. Amo y criado se llamaban de tú, aunque no en público; disputaban, se insultaban y cada uno se hacía la comida.
Diamante no era sensible mas que en cuestiones de dignidad; en puntos de honor, jerarquía o derecho no cedía jamás.
Unido a esto tenía una arbitrariedad indignante.
No había modo de que enmendase una injusticia o una antipatía inmerecida. Se sentía infalible como el Papa. Daba su fallo y ya no volvía de su acuerdo.
Había en el pueblo un comerciante catalán que se llamaba Catá; él decidió llamarle Cantá, y aunque el interesado asegurase llamarse Catá, Diamante seguía convencido de que su verdadero nombre era Cantá.
Según Diamante, unos lo merecían todo; otros, nada; que no le pidieran explicaciones, porque no las daría.
Para exagerar su severidad, el maestro Sagredo le había prestado los libros de Salustio, Tito Livio y Tácito, y Diamante, cuya buena memoria recordaba muy bien lo leído, quería ajustar todo lo de la época a aquellas narraciones romanas.
Si se encontraba entre gente indocta abusaba de su erudición.
--A mí me gusta ser pedante con estos brutos--decía.
Lo que más despreciaba Diamante era el sentimentalismo.
--Ñoñerías, chiquilladas ridículas--solía repetir con desprecio, y añadía con entusiasmo--: Diamante es duro como su apellido.
Diamante era un bloque, si no de carbono puro cristalizado, de algo parecido; se mostraba ordenancista y severo como nadie.
Aviraneta recomendó a Diamante creyéndole hombre útil para la organización de la Milicia; después se convenció de que no servía para gran cosa; pero, a pesar de esto, le gustaba oírle y hablar con él.
El Licenciado Diamante, como le llamaba don Eugenio, era un hombre pintoresco. Sórdido las más de las veces, generoso en ocasiones, arbitrario siempre, Diamante podría ser tenido por un ejemplar extraño de la especie humana. Diamante, además de su avaricia normal, tenía un orgullo vidrioso, un deseo de gloria que le producía un sentimiento de postergación y de tristeza.
Para él era imposible estar contento. Algunas veces por cuestiones de jerarquía inició disputas con Aviraneta y con Frutos San Juan, pero Aviraneta y Frutos cedían.
Diamante no quedaba satisfecho y solía refunfuñar largo tiempo.
--Con esa indiferencia que tiene usted--le decía a Aviraneta--, no se puede hacer nada bueno.
Aviraneta reía, y Diamante tan pronto le admiraba como le odiaba, y estaba tentado de sacar el sable y darle un sablazo. A veces, como si la diosa Minerva se posesionase de su cerebro, Diamante hablaba con una gran cordura y discreción.
Realmente no es una cosa muy moral el contemplar en otro hombre cómo se desatan las malas pasiones; pero para la mayoría de los humanos el espectáculo de un espíritu borrascoso es interesante y divertido.
El jefe del otro tercio, un joven de Aranda llamado Frutos San Juan, era algo así como el familiar de Aviraneta.
Frutos, hijo de una viuda pobre, estaba de escribiente en el Ayuntamiento, cuando Aviraneta le tomó como secretario y le nombró oficial de la Milicia de caballería.
El joven Frutos era muy solapado, muy hipócrita. Tenía mucho éxito con las mujeres, y esto quizá le había hecho cauteloso, pues no sólo se dedicaba a las solteras, sino también a las casadas.
Frutos era guapo, moreno, de pelo ensortijado y ojos negros, brillantes; se las echaba de modesto y de discreto; pero, a pesar de esto, le gustaba deslumbrar con joyas falsas y con sonrisas tan falsas como sus joyas.
Frutos había sido monaguillo y recibido una educación sacristanesca.
Este joven aprovechado vivía en una continua ansiedad. En el fondo de su alma, las ideas recibidas por él pugnaban con las nuevas que oía exponer a Aviraneta y a sus amigos. Le maravillaba, sobre todo, el poco temor de don Eugenio por los curas y frailes. Él, en su interior, temblaba; los altares, las imágenes, las lámparas misteriosas eran señales claras de la divinidad. Los retablos le parecían de oro macizo; la campanilla del viático sonaba para él de otra manera que una corriente; las voces del órgano las tenía por sobrenaturales.
De día, el joven Frutos se sentía valiente y capaz de manifestarse enemigo de los frailes; pero de noche y en la soledad, temblaba, y cada impiedad suya la sentía como espada de Damocles sobre su cabeza de pelos rizados. Cuando no pasaba ninguna catástrofe se maravillaba.
Frutos traicionaba, sin notarlo, a Aviraneta; hacía favores a los enemigos del jefe y sostenía amistades con el bando contrario.