Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823

Part 2

Chapter 23,960 wordsPublic domain

AVIRANETA pensó que para entrar en España le convenía un disfraz. Ciertamente, nadie o casi nadie le conocía.

La gente de Merino probablemente no estaría en las ciudades. El único contratiempo serio hubiese sido encontrarse con Cecilio Corpas, Freire o con alguna otra persona que hubiese intervenido en la conspiración del Triángulo.

Pensó Aviraneta si estaría bien marchar vestido de peregrino o de fraile; pero supuso que quizá fuera comprometido.

Luego vaciló en pasar por indiano rico o por vendedor de drogas y de artículos de perfumería, y se decidió por esto. Como su verdadero nombre, Aviraneta, no lo conocía nadie, se le ocurrió usarlo italianizado y llamarse Aviranetti. Un perfumista entrometido no es cosa que choque, y con el pretexto de vender sus pomadas, cosméticos y bandolinas pudo andar por todas partes.

Aviraneta compró en una perfumería varios frascos de aceites, perfumes y elixires, y mandó hacer etiquetas muy adornadas y elegantes, en donde ponía:

EUGENIO D'AVIRANETTI

PARFUMEUR DES ROIS

Sanz de Mendiondo, el _Manco_, proporcionó al _signor_ Eugenio d'Aviranetti un pasaporte visado por lord Wellington, y el perfumista de los reyes se dirigió a España. Tres días después estaba en Aranda, donde habló con el Empecinado, que se mostró dispuesto a todo por traer la Constitución. Al día siguiente llegó a Madrid y se instaló en una fonda de la calle de Preciados.

Hacía ya cerca de cinco años que Aviraneta había dejado la corte. En estos años, Madrid no había progresado nada. Era un poblachón sucio, polvoriento, destartalado. La Puerta del Sol, el sitio más céntrico, no llegaba a ser mas que una encrucijada con una fuente, en donde bebían hombres y burros.

El pueblo, a pesar de su corto número de habitantes, disfrutaba de diez y siete parroquias, cuarenta y dos conventos de frailes y treinta y dos de monjas. Las calles se veían cuajadas de frailes, legos, demandaderos, y esto, unido a los mendigos, cojos, tullidos, ulcerosos, paralíticos, que arrastraban las piernas, mudos, que tocaban una campanilla, y otros monstruos, más o menos pintorescos, daban a la ciudad un aspecto trágico y desagradable.

La corte ofrecía pocos atractivos: había muchas calles donde no se podía entrar; las posadas eran hórridas, y sus portales, un asilo de vagos y de ladrones. En el Prado andaban unos chiquillos andrajosos con mechas encendidas, formadas de trapos, ofreciendo fuego al que iba a encender un cigarro.

Aviraneta comenzó sus trabajos de exploración con su natural prudencia.

Habló en los comercios, fué a la Fontana de Oro, oyó las conversaciones de unos y otros. Todo el mundo estaba descontento; el país marchaba mal, y, a pesar de las prisiones y deportaciones ordenadas por el ministro don Bernardo Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida, se hablaba en las calles con audacia. Había gran incertidumbre entre la gente; machos deseaban un cambio radical en la política. El optimismo de la guerra de la Independencia había desaparecido. El tesoro estaba exhausto, el ejército desnudo y hambriento, los caminos infestados de partidas de bandidos.

--Esto no marcha--decían unos; pero no se atrevían a hablar de la Constitución, ni de un cambio de régimen.

Aviraneta comprendía que los resortes policíacos se debilitaban en las manos del ministro y que podía seguir impunemente en sus investigaciones.

Había por entonces una logia masónica en la calle del Barquillo, y un Oriente Escocés de señoras, que se reunía en la calle de la Puebla, cerca de San Antonio de los Portugueses; pero el Oriente y la logia eran igualmente anodinos.

Aviraneta no pensó en visitarlos, y fué a ver a uno de los recomendados por Manzanares, al coronel retirado, Miguel Ezquiaga, que vivía en la calle de Luzón.

El tal Ezquiaga, jugador empedernido, acudía a una timba de los Portales de Manguiteros, esquina a la calle de los Tintes. En aquella chirlata, en donde entraba la policía, se conspiraba, según dijo el coronel; pero Aviraneta no notó más sino que se hacían trampas y se levantaban muertos.

De esta chirlata enviaron a Aviraneta a otro rincón de la calle del Sordo, donde vivía _Paca la Valenciana_, y se jugaba al monte. Allí también se decía que se conspiraba y que el juego era el manto con que se envolvían intrigas políticas; pero más bien parecía lo contrario.

Aviraneta sabía que en estas supuestas conspiraciones suele haber parte de verdad en medio de la farsa y que no es prudente pensar que en ellas todo es mentira.

La _Valenciana_ era una mujer lista y bien informada de la vida de la corte. Por ella supo Aviraneta que Corpas hacía ya tiempo que no estaba en Madrid. En la conversación que tuvieron la _Valenciana_ y Aviraneta se barajaron los nombres de muchas personas conocidas, entre ellos el de madama Luisa Robinet, la ex ama de llaves del ministro Macanaz, que seguía viviendo en Madrid e intrigando.

Aviraneta se despidió de la _Valenciana_, fué a buscar al _Majo de Maravillas_, el chispero que tenía un taller de herrería en la calle de Segovia, y por medio de la gente que conocía éste fué enterándose de dónde vivían algunas personas a quienes no deseaba encontrar. Pronto pudo asegurarse que ni Corpas, ni Freire, ni Magaz, ni ninguno de los que habían intervenido en la intriga de la conspiración del Triángulo estaban por el momento en Madrid.

Aviraneta tenía el campo libre y se decidió a avanzar en su camino.

III

DOS MADAMAS FRANCESAS

NO cabía duda que se encontraba España en un período de mayor libertad práctica que en tiempo de la conspiración de Richart.

Ya no había tanto entusiasmo por Fernando VII; los liberales comenzaban a tomarle odio, y los absolutistas y el clero a considerarle poco celoso de la religión. Los curas ya no hacían aquellos sermones panegíricos, como el del padre Rodríguez Carrillo, en 1814, que se titulaba: _Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII_. Algunos empezaban a comprender que el rey tenía gran parte en todos los males; sólo el pueblo bajo, que experimentaba simpatía por la manera de ser plebeya y grosera del Borbón, se sentía fernandino.

Todo le hacía creer a Aviraneta que en las esferas oficiales no había la severidad de los primeros años de la reacción.

La camarilla de Fernando VII se había transformado: Chamorro, el ex aguador de la fuente del Berro, no tenía su antigua importancia, y Ugarte compartía el mando con el embajador ruso Tattischef, célebre en aquella época por haber mediado en la venta a España de unos cuantos barcos rusos completamente podridos. Ugarte y Tattischef habían formado una alianza que se imponía al Consejo de ministros.

Alrededor de Ugarte flotaba una nube de intrigantes: Ramírez de Arellano, el padre Manrique, un tal Jerónimo, un señor Páez y don Pascual Vallejo, gente que ayudaba a desgobernar España, pero que con sus maquinaciones contrarias conseguía que la arbitrariedad de los unos se neutralizara con la de los otros.

Toda corrupción produce, naturalmente, cierta libertad práctica; en Palacio se vivía en plena corrupción.

Chamorro seguía haciendo bufonadas en la camarilla, y el rey, que tenía alma de palafrenero o de mozo de mulas, le miraba encantado; Ugarte y Tattischef con su corte mandaban.

Los ministros y palaciegos eran grotescos. Lozano de Torres se había condecorado a sí mismo con la cruz de Carlos III, por haber sido el primero en publicar el embarazo de la reina, y a Elío le habían dado otra cruz por restablecer el tormento en Valencia.

Aviraneta fué a visitar a madama Luisa Robinet, con la intención de mixtificarla. Sabía de ella lo bastante por María Visconti.

Aviraneta sentía cierto amor por la farsa. El representar una pequeña comedia le gustaba; le daba la impresión de la elasticidad de su espíritu, la utilizaba para sus fines y era como la literatura de un hombre iliterato.

Madama Luisa tenía un taller de modas que le servía de pantalla para sus intrigas y citas. Madama Luisa, en un viaje que había hecho al mediodía de Francia, había intimado con una tal Carolina, aventurera, ex cortesana, a quien le quedaban unos miles de francos.

Las dos mujeres en sociedad instalaron su casa en la calle del Clavel, en un piso segundo.

Aviraneta fué a visitar a madama Luisa, y después de dar muchas explicaciones a una criada vieja al través de la rejilla de la puerta, le hicieron pasar a la sala.

Era éste un cuarto grande, con dos balcones, materialmente lleno de muebles, cuadros, joyas, miniaturas, estatuas antiguas, todo amontonado, como en una tienda de antigüedades.

Aviraneta se fijó en que las puertas eran nuevas y fuertes y tenían cerraduras y cerrojos.

Al poco tiempo se presentó la francesa madama Luisa, una mujer insignificante, fea, cargada de espaldas, vestida de una manera llamativa.

Aviraneta se dió a conocer como un mejicano que venía a España a vender perfumes y elixires, y elogió sus productos como un buen comisionista, diciendo que eran distintos a los demás.

--Ensáyelos usted--dijo Aviraneta, dejando tres frasquitos en un velador--; tengo la seguridad de que le gustarán. Si es así, como será, usted los recomendará a sus amigos, pues sé que tiene usted buenas relaciones, y yo le daré un tanto por ciento en la venta.

--¿Y cómo sabe usted que tengo buenas relaciones?--preguntó la francesa.

--Lo sé por Cecilio Corpas, que es amigo mío.

--¿Es usted amigo de Corpas?

--Sí, señora. Por cierto que hace mucho tiempo que no le veo.

--¡Claro, como que no está en Madrid!

--¿Qué le ha ocurrido?

--Que ha caído en desgracia. Está deportado.

--¿De veras?

--Sí.

--No lo sabía.

--Pues, sí.

--¡Lástima! Tiene mucho talento.

--¡Oh, sí tiene talento el señor de _Corpás!_--exclamó la francesa.

--Ahora aquí, para _inter nos_, yo creo que es un canalla--insinuó Aviraneta.

--Completo.

Esto para madama Luisa era un elogio.

--¿Y por qué le han deportado?

--Verá usted. El duque de San Carlos le había nombrado cónsul de Portugal; tenía una causa por suplantar títulos y honores; pero, a pesar de esto, seguía intrigando y entrando en el cuarto del rey; a un comerciante le sacó treinta mil reales por ofrecerle su protección; a un señor no sé cuánto por hacerle marqués.

--¿Y tenía poder para eso?

--Sí; porque conoce los secretos de Lozano de Torres, de Ugarte y de todo el mundo; pero como es un cínico que no tiene miedo a Dios ni al Diablo, es capaz de prometer una cosa, tomar el dinero y no hacerla. Eso no puede ser. Hay que tener seriedad.

Doña Luisa quería que hubiese cierta probidad dentro del chanchullo.

--¿Y qué ha producido su deportación?--preguntó Aviraneta.

--Pues que quiso amenazar al ministro León Pizarro, por medio de Arjona, diciéndole que hiciera lo que él exigía, porque si no, lo echaba del Ministerio. Pizarro, en este momento, tenía más fuerza que Corpas, y consiguió que a don Cecilio lo encerraran en el castillo de Badajoz.

--¿Y cómo lo abandonaron Ugarte y la camarilla?

--Fué un abandono provisional, mi querido señor. Dejaron al ministro que tuviera este triunfo pasajero; pero después, como sabrá usted, el que ha tenido que dejar la poltrona y huír ha sido Pizarro.

--¿Y cómo no ha vuelto Corpas?

--No sé. O ha reñido con Ugarte, o lo tienen en alguna comisión.

En este momento entró la otra francesa, Carolina. Madama Luisa la presentó y Aviraneta la saludó muy finamente.

Era ésta una mujer alta, rubia, a la que quedaban ciertas huellas de su belleza. Vestía de una manera exagerada, se teñía el pelo, se pintaba los ojos y llevaba los dedos llenos de sortijas.

Aviraneta no quiso insistir en sus preguntas, y cambiando de conversación se puso a hablar con volubilidad de sus cosméticos y de sus elixires.

--Tengo--dijo misteriosamente--, pero esto no lo puedo mostrar todavía, un elixir que es una cosa extraordinaria.

--¿Para qué sirve?--preguntó la Carolina.

--Sirve, sencillamente, para rejuvenecer.

--¿De verdad?

--Sí, pero no lo digan ustedes a nadie; puede ser un negocio tremendo.

--¿Y cómo lo ha encontrado usted!--preguntó la ex cortesana.

--Señora, yo no lo he encontrado, no conozco la química para eso. Es un secreto que me han confiado. Usted no sé si sabrá que un marino español, Juan Ponce de León, al llegar a la ínsula Florida, creyó encontrar la fuente de la Juventud, la Fuente de Juvencio.

--No.

--Pues bien, esa fuente no existe en la Florida; pero, en cambio, no muy lejos de ella, hay una planta cuyo jugo es una Fuente de Juvencio, y ese jugo, elaborado por unos indios y mezclado con sangre de niño forma mi elixir.

--¿Y lo tiene usted aquí?--preguntó Carolina.

--No; no, señora; no me he aventurado a ello. Las seis redomas, únicas que tengo, las he dejado guardadas en París en una caja de hierro depositada en un Banco.

--¿Y por qué no traerlas?

--No, no; hubiera sido un peligro; hubiera podido ser asesinado. Además, no tengo autorización de mis indios. Cuando la tenga y me manden cantidad entonces comenzaré a vender las redomas.

--¿Y serán muy caras?

--Cada redoma pequeña valdrá cincuenta duros, por lo menos.

--Mucho me parece.

--¿Mucho por la salud? ¿Por la juventud?

--Sí, es verdad, tiene usted razón; no es mucho.

--¡Si eso se hubiera conocido antes!--exclamó la ex cortesana, pensativa.

Aviraneta creyó que, para primer día, había conseguido su efecto; se levantó, saludó a las dos mujeres y se fué prometiendo volver.

Unos días después estaba de nuevo allí.

Madama Luisa quiso demostrar a Aviraneta que la fama que tenía su antiguo amante Macanaz de vender destinos era falsa. A Macanaz, según ella, no le habían sacado del ministerio y encerrado en el castillo de La Coruña por venalidades, sino por guardar copias de las cartas cruzadas entre Napoleón y Fernando.

Aviraneta dijo a la Robinet que a él le parecía muy mal que se vendieran destinos, vendiéndolos baratos, y con este motivo se estableció una corriente cordial de cinismo y de alegría.

Aviraneta se manifestó francamente desvergonzado y llegó a entusiasmar a Carolina y a Luisa, que comenzaron a pensar en una posible colaboración. Las dos francesas eran mujeres extrañas. La Carolina había rodado por el mundo y no creía en nada, excepto en aquellas cosas absurdas que no se pueden creer. Así pensaba que no había nadie capaz de resistirse al dinero, ni hombre honrado, ni mujer honesta; en cambio, tenía por verdades la magia, la quiromancia y otras necedades parecidas. Su credulidad por estas cosas era extraordinaria.

Madama Luisa, por su parte, era aduladora, insinuante y mucho menos lista de lo que se figuraba ella misma y de lo que se figuraban los demás. De la venalidad y el soborno realizados en colaboración con el ministro Macanaz, de quien había sido amante, había pasado a oficios celestinescos sin abandonar la alta intriga.

Adivinaba Luisa quién era la señora que necesitaba unos miles de reales y la relacionaba con un cortesano o con algún comerciante rico venido de las Indias. Madama Luisa tenía un odio furioso contra las demás mujeres, sobre todo contra las mujeres virtuosas, odio que fundía con un desprecio irónico por los maridos y los padres y un gran entusiasmo por los donjuanes, sobre todo si eran jóvenes, bonitos y ricos.

El campo en donde evolucionaban Carolina y Luisa era verdaderamente extenso; colaboraban en las intrigas palaciegas, hacían sus menesteres de terceras, prestaban a usura, echaban las cartas. Eran un poco anticuarias y chamarileras. Sobre todo Luisa sabía dónde había almonedas de muebles, cuadros, joyas; tenía amigas prestamistas. Hubieran vendido las dos amigas venenos y filtros de amor si se hubiese creído en ello. Pero todo esto no lo estimaba tanto Luisa como la intriga, la alta intriga política.

Carolina no quería mas que el dinero; a Luisa no le bastaba el dinero, deseaba el poder.

La ex ama de llaves había querido conquistar a algún personaje de la Camarilla y reunir en su casa una tertulia influyente; pero no lo había conseguido.

Sus dos ambiciones eran tener un salón con diez o doce personas de prestigio, en donde se intrigara y se jugase a las cartas, juegos franceses, y casarse.

Corpas, durante algún tiempo, la había visitado, dejándola maravillada con su cinismo y su audacia. La Robinet había esperado que fuese la primera adquisición de su tertulia, pero Corpas la abandonó pronto.

Aviraneta alentó las ambiciones de la francesa, y quedaron de acuerdo en escribirse y comunicarse datos acerca de lo que ocurría en Madrid.

IV

CÁDIZ

AVIRANETA sabía desconfiar de las ilusiones y de las desilusiones. Conocía por experiencia los cambios rápidos de los asuntos políticos. Comprendía que en las revoluciones, la mayoría de las veces nunca se está tan cerca de llegar como cuando ya se desespera de ello, y nunca tan lejos como cuando un acontecimiento parece estar al alcance de la mano de los revolucionarios.

Aviraneta dejó Madrid; estuvo en Sevilla dos días y se presentó en Cádiz poco antes de las Navidades. Había fiebre amarilla en la isla gaditana y la ciudad estaba casi despoblada.

El Ejército expedicionario, a causa de la epidemia, había abandonado por orden superior la costa y estaba acantonado en Cabezas, Arcos, y otras ciudades alejadas del litoral.

Aviraneta, al llegar a Cádiz, se instaló en una casa de huéspedes.

Hizo sus averiguaciones y supo que el centro revolucionario se encontraba en el comercio de los Istúriz.

Don Javier no estaba en Cádiz y Aviraneta fué a ver a don Tomás Istúriz, a quien le habían recomendado desde Bayona.

Los Istúriz tenían una gran casa, vivían espléndidamente, como unos pachás.

Don Tomás, después de hacerle esperar mucho tiempo, recibió a Aviraneta de una manera desabrida. Primero sospechó si don Eugenio sería un espía; luego, al saber que había tomado parte en la conspiración de Richart y Renovales, supuso que tenía delante un hombre cándido y quiso confundirlo a sarcasmos; pero éste era uno de los fuertes de Aviraneta, y después de resistir las burlas de Istúriz, se las devolvió con mucha más mordacidad e intención.

Al final de esta entrevista, don Tomás Istúriz miraba a Aviraneta con recelo y pensaba interiormente que convendría alejar de cualquier modo a aquel hombre corrosivo y jovial.

Istúriz habló de su hermano Javier, recomendó a Aviraneta que fuera a verle y que visitara también a algunos masones, como Alcalá Galiano, Moreno Guerra, etc. Aviraneta no quiso ir. Estos liberales de Cádiz, con sus aires aristocráticos y entonados, le resultaron poco simpáticos.

Una parecida reserva como la de don Tomás Istúriz encontró Aviraneta en todos los masones gaditanos. Unicamente un militar, Santiago Rotalde, y un comerciante, Mendizábal, le acogieron bien. Mendizábal le contó con detalles las ocurrencias de julio en el Palmar del Puerto de Santa María; la defección de Sarsfield y La Bisbal, y la situación en que se encontraban los coroneles y comandantes de los cuerpos expedicionarios presos por aquellos acontecimientos.

Mendizábal añadió que iba a reunirse con el comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, que estaba en Cabezas de San Juan.

--Yo voy con usted--dijo Aviraneta.

--Bueno, pero no bajamos juntos, podemos inspirar sospechas.

Aviraneta comprendió que no se quería nada con él y se decidió a obrar solo. Con un día de lluvia se embarcó para el Puerto de Santa María, tomó un coche allí, fué a Jerez, y después a Cabezas de San Juan.

Preguntó por el comandante Riego y se presentó en su casa. Habían hecho juntos el viaje desde Suiza hasta Londres. Creía que le recibiría afectuosamente.

Aviraneta encontró a Riego en un cuarto pequeño, blanqueado, con una cómoda con un niño Jesús encima y unos santos negros en la pared.

Riego tenía aire febril y se veían en su rostro las huellas de una larga enfermedad. Estaba acompañado del teniente coronel Fernando Miranda y del capitán Valcárcel. La acogida de Riego fué también muy fría. Todos recibían a Aviraneta como si éste viniera a quitarles algo, algo de influencia o de gloria, o de prestigio.

Riego no estaba al principio dispuesto a comunicar a Aviraneta sus propósitos; pero después pensó, sin duda, que el consejo de aquel hombre podría servirle y le explicó su proyecto. No tenía más plan que sublevarse con los batallones de Asturias y Sevilla, ir a Arcos de la Frontera con ellos y prender a los generales jefes de la expedición. La fecha fijada era la mañana siguiente, el primero de enero. Al mismo tiempo se levantaría Quiroga y marcharía sobre el puente de Zuazo con los batallones de España y la Coruña.

--El plan es sencillo y, por lo tanto, bueno--dijo Aviraneta--. ¿Qué grito van ustedes a dar?

--Este es uno de los puntos que me preocupan--contestó Riego--. Muchos de mis oficiales son partidarios de proclamar inmediatamente la Constitución del año doce; en cambio, Galiano y los de Cádiz no quieren.

--No tienen razón--dijo Aviraneta.

--¿Le parece a usted mejor proclamar la Constitución inmediatamente?

--Sin duda alguna.

Miranda y Valcárcel asintieron. Siguieron Aviraneta y Riego hablando largamente. Se discutieron una porción de cosas y se puso en evidencia la poca conformidad de las opiniones de Riego y Aviraneta.

Estaban de acuerdo en las soluciones y estaban en desacuerdo en los motivos de obrar.

Este desacuerdo en los motivos fundamentales es el que produce casi siempre mayor falta de estimación entre las personas.

Aviraneta, hombre de perspicacia y de intuición, veía desarrollarse ante sí el espíritu de Riego a medida que hablaba con él como un hombre que despliega un plano y va dándose cuenta de la geografía de un país.

Riego era un ambicioso, como lo era Aviraneta; pero Riego se movía más por motivos ideológicos que Aviraneta. En Riego había una noción central de la política, quizá no muy elevada, pero la había; en cambio, en Aviraneta, no. Aviraneta era liberal por odios, por simpatías, por intuiciones; Riego lo era por conceptos. Aviraneta era valiente siempre, por fuerza, por agilidad espiritual; Riego podía serlo en ocasiones por necesidad y por convicción. Riego era capaz del sacrificio por la idea; Aviraneta era capaz del sacrificio por la aventura.

Aviraneta tenía una resistencia física grande; Riego era enfermizo; Aviraneta contaba con su voluntad como con un muelle fuerte y tenso; Riego no contaba siempre con ella; Aviraneta hubiese expuesto la vida por una bagatela, por amor al peligro; Riego sólo por una cosa trascendental; Aviraneta era audaz por instinto, por contextura psicológica; Riego, por reflexión. Lo que para Aviraneta era fácil, para Riego significaba un esfuerzo.

Si cada individuo, como suponen algunos observadores, en vez de ser un yo, es un conjunto de yos obscuros y embrionarios, lo que hacía Aviraneta lo hacía con todos los Aviranetas de su alma; en cambio, lo que hacía Riego, lo hacía por el esfuerzo y la victoria de un Riego sobre los demás Riegos de su espíritu.

Riego era un héroe incompleto; Aviraneta era un aventurero perfecto. Ahora la perfección tiende a desdeñar la imperfección: Aviraneta desdeñó a Riego; Riego, en cambio, sintió una mezcla de desprecio y de temor por Aviraneta.

Aviraneta pensó: «Este pobre hombre quiere ser un héroe y no tiene energía para ello».

Riego se dijo: «Este es un aventurero peligroso, capaz de todo: de hacer la revolución y de vender la revolución. Este es un hombre inmoral».

Riego se engañaba. Aviraneta, para complicarse más, era hombre de probidad.

Aviraneta veía en Riego una aspiración a cerrar el paso a los demás y a ser el único; Riego, sin duda, quería que la libertad española se debiera exclusivamente a él; quería que su figura fuese predominante, que todo lo que se hiciera en sentido liberal tuviese conexión con su persona.

Así, la revolución de Riego tenía que estar vaciada en su espíritu; debía tener cierto carácter culto, no debía ser ni guerrillera ni demagógica, y sí estar sometida a una oligarquía vinculada en políticos y en oficiales de carrera.