Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
Part 17
El 29 de enero, Aviraneta y él, con ochenta caballos, pasaron el Tajo a nado a media noche. Fueron flanqueando al enemigo, y a las dos de la mañana lo sorprendieron en la villa de Sacedón. Iba la pequeña partida en dos patrullas: en la primera marchaban el Empecinado y Aviraneta; la segunda la mandaba Antonio Martín y Francisco Van-Halen. Al llegar a las puertas de Sacedón picó el Empecinado las espuelas, y arrollando a los guardias, pasó adentro. Los realistas tenían una posición fuerte; pero creyéndose rodeados, la abandonaron y se dieron a la fuga.
Con aquella maniobra se facilitó el paso del puente fortificado sobre el Tajo a las fuerzas de O'Donnell, que entraron en Sacedón el día 30.
Por la mañana de este día se recogió la lápida de la Constitución derribada y se volvió a ponerla en el Ayuntamiento.
Los oficiales de Estado Mayor interinos don Carlos Peman, don Ramón Collantes y Aviraneta, hicieron formar una compañía delante del Ayuntamiento. Collantes arengó a las tropas, y después Peman se adelantó, y, quitándose el morrión, gritó:
--¡Soldados! ¡Libertad o muerte! ¡Viva España! ¡Viva la Constitución!
Un coro de aclamaciones frenéticas le contestó.
Se hicieron tres descargas, y la tropa marchó a su alojamiento.
Este acto, al parecer, no fué muy del agrado del general en jefe. Todos sabían que don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal, no tenía gran entusiasmo por la Constitución de Cádiz.
Ocupado Sacedón, los constitucionales se dispusieron a seguir persiguiendo al enemigo. Se había desencadenado un temporal horroroso.
El Tajo, en Sacedón, venía imponente, arrastrando tierra y troncos de árboles. El camino de Auñón estaba inundado.
El Empecinado y Aviraneta exploraron los alrededores de Sacedón, y tuvieron una escaramuza en la Puerta del Infierno.
El 4 de febrero O'Donnell estableció su cuartel general en Bellisca, y el 9 tuvo que detenerse en Garcinarro. El temporal había puesto los caminos imposibles.
Mientras que las fuerzas de O'Donnell estaban en Bellisca y por los alrededores de Alcázar y Loranca, Bessieres ocupaba Huete y lo iba fortificando. Huete era pueblo de recursos. Quedaban todavía allí muchos lienzos y cubos de muralla útiles, algunos conventos y casas de gruesas paredes, y se podía hacer una buena defensa, teniendo como tenía el caudillo realista cerca de cinco mil hombres, cuatro piezas de artillería y quinientos caballos.
Al acercarse los constitucionales a Huete, Bessieres, desde las murallas y desde el cerro del Canillo, los recibió con descargas de metralla y de fusilería desde sus trincheras. Esto, unido al temporal, obligó a los constitucionales a paralizar las operaciones y a limitarse a hacer reconocimientos.
El mismo día en que se llegó cerca de Huete se incorporó a las fuerzas de Labisbal el regimiento de Calatrava, que venía de Cuenca.
Aviraneta y el Empecinado se instalaron en un ventorro entre Buendía y Huete. Por la noche estaba Aviraneta en el ventorro cuando un pastorcillo se le acercó y le dijo:
--¿Es usted don Eugenio?
--Sí.
--¿El amigo del señor Empecinado?
--Sí.
--Pues tome usted esta carta.
Aviraneta cogió la carta, la abrió y la leyó. Decía:
«Amigo Aviraneta: Esta noche, a las nueve, si quiere usted, avance usted hacia el pueblo por la carretera. Le saldrá a recibir un sobrino mío con una escolta, que le traerá aquí y hablaremos.
JORGE BESSIERES».
Aviraneta, algo sorprendido, iba a preguntar al chico quién le había dado la carta; pero el pastorcillo había desaparecido.
Aviraneta enseñó la carta al Empecinado.
--Bueno, vete a ver qué quiere--dijo éste.
Aviraneta esperó a que se hiciera de noche, y después de cenar avanzó por la carretera.
Pasó la línea de centinelas y se detuvo.
Al poco rato se acercó una patrulla de jinetes:
--¡Aviraneta!--gritó una voz.
--Soy yo.
Era el sobrino de Bessieres y lugarteniente suyo, llamado Portas.
Marcharon todos al trote largo hasta llegar a una casa de la carretera. En un cuartucho se hallaba Bessieres con el francés Delpetre, que después en la guerra carlista anduvo con Merino. Estaba también el fraile Talarn, que tenía un brazo vendado. Bessieres era un hombre fuerte, moreno, de buena figura, con ese rictus sardónico de los mediterráneos acostumbrados a lo que ellos llaman la _railla_. Tenía una mirada de suspicacia y un gesto, al hablar, de exaltado y de matón. Era éste catalán, hombre turbio, atrevido, audaz, que iba viviendo y avanzando entre dos paralelas: la muerte en el patíbulo, por un lado, y la gloria y el poder por otro. Bessieres era un hombre intrépido, que despreciaba a los demás y amaba el éxito y el dinero.
Sabía disimular su capacidad y su inteligencia con formas bruscas y brutales; hablaba una jerga medio catalana, medio francesa, medio española, y la adornaba con toda clase de juramentos, blasfemias y exclamaciones.
Bessieres recibió amablemente a Aviraneta.
--Ahora, cuando nos quedemos solos, hablaremos.
Era una indirecta bien clara a los que estaban allí para que se marchasen; pero Delpetre y Talarn no parecieron entenderla.
Bessieres, de pronto, se incomodó y dijo a estos dos:
--Perdonen ustedes; tengo que hablar con este señor.
Delpetre salió; pero el fraile Talarn no lo hizo; se entretuvo en atar de nuevo el pañuelo en donde apoyaba el brazo en cabestrillo, con una gran lentitud.
Cuando terminó, se marchó dando un portazo:
--Cochino _frare_--dijo Bessieres--. Algún día le voy a cortar las orejas.
Cuando quedaron solos Bessieres, Portas y Aviraneta en el cuarto, el francés pareció estar más tranquilo.
Bessieres quería sonsacar a Aviraneta, preguntarle el efecto que había hecho en Madrid la derrota de Brihuega. Aviraneta contestó con ambigüedades.
Bessieres habló largo rato. Había en el aventurero francés el fondo resbaladizo del que cambia de nacionalidad y de principios. Como hombre voluble y traidor, tenía muchos rencores y animosidades. Sentía por los franceses un gran odio: había peleado como guerrillero contra ellos; abominaba de los aristócratas realistas españoles, por haber sido obrero e industrial; despreciaba a los curas y frailes con quienes convivía, y guardaba por los liberales moderados la hostilidad del republicano.
Bessieres era un hombre anárquico, un demagogo que podía tomar cualquier actitud política; pero que siempre había de sentirse rebelde.
Para él el orden, la jerarquía, la disciplina, no podían tener valor.
--¿Qué dicen en Madrid de mí?--preguntó Bessieres.
Aviraneta le contestó que los realistas y los frailes estaban muy contentos con él; que los liberales y carbonarios decían que era traidor.
--¡Yo traidor!--exclamó Bessieres--. Yo soy más republicano que Robespierre; sí, diga «ustet» en «Madrit» que si desenmascaran a los traidores como Ballesteros y Labisbal, si echan a esos _lladres_ a patadas, yo, yo, Jorge Bessieres--y se dió fuertes puñetazos en el pecho--, iré a sacrificarme por la _llibertat_.
Aviraneta estaba un poco sorprendido. La mirada de Bessieres le daba la impresión de que se las había con un truchimán listo; la voz y el gesto eran de un exaltado o de un loco.
Bessieres añadió que los españoles tenían que unirse para combatir a los franceses, si éstos intentaban entrar en España.
--¿Es un cuco o es un loco?--pensó Aviraneta.
De pronto, Bessieres llamó a su lugarteniente:
--¡Eh, tú, noy!
--¿Qué?--preguntó Portas.
--Los copones--indicó Bessieres.
Portas abrió una maleta y sacó unos magníficos cálices de oro. Bessieres puso uno delante de Aviraneta y otro delante de él.
--Echa vino, tú--dijo Bessieres.
Portas sacó una botella y llenó de vino los vasos.
--Tenemos una buena vajilla--dijo riendo sarcásticamente el francés--. Este--y tomó un cáliz--lo cogimos en Auñón; el otro es de aquí, de Huete. Si ese asqueroso fraile lo supiera, me denunciaría... Lo tengo que matar. Beba usted.
Aviraneta temió un momento que el vino estuviera preparado; examinó los dos cálices, y por si acaso bebió en el que había puesto Portas delante de Bessieres.
Bessieres bebió en el otro.
--Usted es un hombre consecuente, Aviraneta--dijo Bessieres--; usted es un _lliberal_. ¿Con que esos _lladres_ de _Madrit disen_ que yo he hecho la _porcá_ de _haserme_ absolutista? Ya verán lo que ha de hacer Bessieres. Usted ha de ver, Aviraneta, la sorpresa que voy a dar yo.
Bessieres estaba dispuesto a seguir bebiendo; quería, quizá, emborrachar a su huésped; pero Aviraneta le advirtió que tenía que volver al campamento. Bessieres quedó displicente y murmuró:
--Bueno, bueno. ¡Adiós! Aun nos tenemos que entender.
--Si usted se pasa a nuestro campo, al momento--contestó Aviraneta.
--¿Me reconocerían los grados?
--No sé, yo creo que sí.
Bessieres alargó la mano y Aviraneta se la estrechó.
Portas acompañó a Aviraneta hasta doscientos pasos de los centinelas constitucionales.
Al día siguiente, por la noche, Bessieres abandonaba Huete, clavando antes la artillería. De Huete se dirigió por la villa de Peraleja hacia las sierras de Priego, cruzó la provincia de Cuenca y apareció en Poveda de la Sierra.
El ejército constitucional se destacó en su persecución, y en Almonacid se prendió a algunos rezagados, entre ellos a Pepa Garzón, la mujer de Joaquín Capapé, mujer guapetona y de buen trapío.
IX
HACIA ARAGÓN
EL día 15 de febrero los constitucionales llegaron al Puente de Priego, encontrándolo tan bien fortificado que no pudieron forzarlo.
Aviraneta habló a unos pastores, indicándoles que si le enseñaban un vado próximo les daría lo que le pidiesen. Uno de los pastores se presentó a la noche diciendo que él le conduciría si le daba cinco duros.
Se le dieron, y a las tres de la mañana del día siguiente, completamente a obscuras, atravesaron el río Aviraneta, el Empecinado y Van-Halen, cuatro o cinco caballos y cincuenta infantes. Esta pequeña fuerza marchó paralelamente al río, se acercó al Puente de Priego y comenzó el fuego.
Los facciosos se creyeron cortados por la división completa del Empecinado, y abandonando sus trincheras del puente se retiraron en dispersión.
Esta ocurrencia produjo la desmoralización de los realistas, que comenzaron a dividirse en partidas. Bessieres, con la suya, intentó penetrar en Cuenca, y rechazado marchó hacia Sigüenza y luego a Aragón; Chambó se dirigió al Maestrazgo, y Ulman y Capapé, camino de Valencia.
La persecución no fué del todo activa. Al llegar los realistas al Tajo en Poveda se hundió el puente y parte de la retaguardia no pudo pasar.
El fraile Talarn, con más de quinientos hombres, tuvo que dirigirse a Peralejo de las Truchas, y atravesó el río por allí sin que nadie le saliera al encuentro.
Así como entre los liberales se habló de traición a raíz de la derrota de Brihuega, se habló de traición entre los absolutistas después de la retirada de Huete.
La Junta de Mequinenza ordenó a Bessieres que fuera de nuevo a Madrid, y como el francés no hiciera caso, Adán Trujillo, que se titulaba gobernador de Mequinenza, lo acusó de traidor y publicó un bando en el que ofrecía dos mil duros por la cabeza de Bessieres, a quien llamaba masón y republicano.
El 21 de febrero el Empecinado entró en Sigüenza. Se decía que Capapé, con mil infantes y cien caballos, estaba en las proximidades del pueblo deseando entregarse; pero no resultó la noticia cierta. También se aseguraba que Bessieres había reñido con sus oficiales y que, separándose de la columna, quería abandonar las filas realistas.
El Empecinado continuó la persecución de las partidas; llegó el 24 de febrero, al anochecer, al Burgo de Osma, donde entró con Aviraneta y cuatro soldados. Se siguió avanzando por Soria y la serranía de Yanguas hasta cerca de Agreda, en cuyas inmediaciones el enemigo se dispersó en pequeños grupos.
Desde Agreda, el Empecinado y Aviraneta volvieron a Sigüenza, y de aquí marcharon a Aranda, en donde estuvieron un día.
X
VUELTA A MADRID
AL llegar a Aranda Aviraneta dejó al Empecinado en compañía de Moreno, su administrador, que vivía en la plaza del Trigo, y él se fué a hacer algunas diligencias.
Contrató con un arriero el porte de los muebles que quería llevar a Madrid, y al atardecer, embozado en la capa, para que nadie le conociera, se acercó a la _Casa de la Muerta_.
Una turba de chiquillos había tomado posesión de la encrucijada donde se hallaba la casa, y jugaban allí; habían pintado en las paredes letreros y figuras con yeso y amontonado delante tierra y arena.
Cuando llegó Aviraneta dos chicos tiraban piedras a una ventana, y una mozuela con una criatura en brazos daba golpes con el aldabón.
Aviraneta esperó a que obscureciera y que se fueran los chiquillos. Entonces se acercó a la puerta, abrió el postigo y entró en el zaguán. Encendió una vela y subió al primer piso.
Los chicos, y quizá también la gente de la vecindad, habían roto los cristales a pedradas. La casa estaba fría e inhospitalaria.
Aviraneta recogió algunos papeles que tenía allá y llenó un cestillo de cubiertos y objetos de plata. Hecho esto bajó al zaguán, buscó entre un manojo de llaves hasta que encontró una y abrió la bodega. Era ésta un sitio obscuro, sin ventilación, en cuyo fondo se veían derechos grandes tinajones para el vino.
Aviraneta cogió una palanca, fué a un rincón y levantó una losa del suelo sin gran trabajo. Hecho esto volvió al zaguán, y en un cántaro metió sus cubiertos y sus papeles. Tapó la boca del cántaro con un corcho, la cubrió después de lacre y la enterró en el agujero; puso la losa encima y salió de la bodega. Se cepilló la ropa, se lavó las manos y se fué.
Marchó hacia la Plaza Mayor. Todavía el relojero Schültze estaba delante del cristal del escaparate con el lente en un ojo, trabajando. La confitería de doña Manolita se hallaba abierta, y don Eugenio entró y compró un gran paquete de dulces.
Aviraneta pasó por delante de la casa de Teresita, subió rápidamente por la reja, hasta el piso primero, y dejó el paquete colgado en el hierro del balcón con una cinta.
Al bajar se encontró con el Tío Guillotina, el loco, que le miraba atento.
--Hola, Guillotina--le dijo Aviraneta.
--Hola. ¿De dónde vienes?--le preguntó el mendigo.
--De arriba.
--De arriba tienen que bajar los buenos a cortar la cabeza a estos canallas... Sí, canallas..., todos son unos canallas. República y guillotina... Al río todas las cabezas de los malos de Aranda... Al río... ¡Canallas, bandidos! He de beber vuestra sangre.
El loco se encontraba en un estado horrible, febril, desencajado; tenía la frente abierta de una pedrada, con la herida que manaba sangre, y un ojo hinchado por algún golpe; su traje estaba cubierto de barro, y las plumas de gallo de su tricornio, caídas.
Era una ruina, un verdadero harapo humano.
Aviraneta intentó calmarlo y lo quiso meter en el mesón del Brigante; pero el loco se le escapó y se marchó corriendo, vociferando.
Aviraneta volvió acompañado por el sereno hasta el alojamiento de don Juan Martín, de la plaza del Trigo.
Al día siguiente, el Empecinado con su escolta se dirigió a Madrid.
Había mejorado el tiempo; un hermoso sol brillaba en el cielo. Aviraneta, con la perspectiva de estar una temporada sin trabajar, se sentía perezoso, cansado.
Al llegar a Madrid pasó unos días en la cama.
Escribió varias veces a Teresita, y ella le contestó de este modo:
«Mi estimado don Eugenio: Cogí el paquete de dulces del balcón y en seguida me figuré que era de usted. No sé para qué hace usted esos gastos.
He leído su carta, y me da mucha pena ver que lleva usted una vida tan arrastrada y que pasa usted tantos trabajos y fatigas. ¡Mi pobre don Eugenio, le veo a usted muy mal!
Ese Empecinado es un monstruo. ¿Qué furia le ha entrado a don Juan Martín de arreglar el mundo cuando debía estar en Castrillo trabajando su tierra? ¿No ven ustedes que toda España está contra ustedes? ¿Cómo no lo comprenden? Habrá que decir como dice mi tía: «Herradura que chacolotea, clavo le falta». Y a ustedes les falta algún clavo o algún tornillo. ¿No escarmentará usted, don Eugenio? ¿Por qué no someterse a la razón? ¡Qué afán de cambiar y de trastornarlo todo. Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos. Tenga usted fe. Olvide usted la vanidad. ¿Qué le importa a usted lo que le digan sus amigotes?
Me figuro que no ha de hacer usted caso de mis palabras y que seguirá usted erre que erre hasta llegar a la América o al Polo Norte.
Nosotros hemos tenido este invierno nuestros achaquitos; mi padre está con una tos que se ahoga; Rosalía engorda y no tiene ganas de comer, y yo, que como muy bien, estoy cada vez más flaca.
¡Adiós, don Eugenio, cuídese usted y que no se le revuelva más esa olla de grillos que lleva usted en la cabeza! Muchos recuerdos a su madre. Su amiga, que desea verle,
TERESA.»
XI
LOS CARBONARIOS DE MADRID
LA pasividad de don Eugenio desapareció un día que fueron a verle el _Majo de Maravillas_ y un miliciano nacional a quien llamaban el miliciano Fachada, que había querido matar al infante don Carlos de una cuchillada en Aranjuez.
El _Majo_ y Fachada eran carbonarios, y se habían convencido, desde la asonada del 19 de febrero, de que Regato era un agente absolutista. Todos los carbonarios tenían ya esta evidencia y habían dispuesto vengarse.
En el mes y medio que faltaba Aviraneta de Madrid, la sociedad carbonaria había hecho algunos adelantos.
Parte de ella se había relacionado con los comuneros, y visitaba la casa de éstos; parte quiso permanecer independiente.
Aviraneta, hacía tiempo había presentado un plan de organización carbonaria. Este plan se discutió largamente y se llegó a aprobar.
Algunos de los italianos no querían que se desposeyese a la sociedad carbonaria de su simbolismo, que en el proyecto de Aviraneta desaparecía por completo.
Aviraneta era hostil a estas mojigangas.
--Si nos llamamos unos a otros _buenos primos_ y hablamos del firmamento, la gente se va a reír de nosotros--dijo don Eugenio varias veces.
En el plan de Aviraneta había cuatro clases de ventas. Cada una estaría constituída por veinte hombres. Veinte hombres de la primera venta tendrían un delegado. Veinte delegados de las primeras ventas formarían la segunda venta; nuevos veinte delegados de las segundas ventas formarían la tercera, y otros veinte delegados de las terceras, la Alta Venta. Para no quitar todo aliciente a la imaginación, se dispuso que las primeras ventas se llamasen manípulas; las segundas, centurias; las terceras, cohortes, y la cuarta, legión o Alta Venta.
Cada venta tendría su autonomía, y no conocerían sus individuos a las de las otras.
El procedimiento para impedir las traiciones estaba basado en el triángulo de Weishaupt; lo que en éste eran individuos, en el carbonarismo eran grupos de veinte.
El plan de Aviraneta se aprobó estando él fuera.
Se llegó a reunir una centuria, es decir, veinte grupos de a veinte, y para la reunión de esta centuria se alquiló un local en la calle del Pozo, en el piso bajo de una casa próxima a la Fontana de Oro.
Aviraneta encontraba muchos defectos a las sociedades secretas; defectos que había ido comprobando en la práctica, en la masonería.
Primeramente, la gente no sabía callar, y el secreto, la táctica de protección común, no se respetaba. A esto había que añadir que la confianza en los miembros era muy escasa, que no se aceptaba de buen grado una jerarquía, y que no había hombres capaces de obedecer sin discutir ni comprender.
Otro peligro grande era la entrada de traidores en la sociedad, lo que podía transformar una institución liberal en un instrumento de absolutismo, como pasaba con los Comuneros.
A pesar de su desconfianza, Aviraneta fué con asiduidad a la venta carbonaria creada bajo sus inspiraciones.
La casa en donde se había instalado la venta tenía tres entradas: se podía llegar a ella por un portal estrecho de la calle del Pozo, por una taberna próxima y por un pasadizo que comunicaba con la Carrera de San Jerónimo.
Desde esta misma casa, desde los balcones de la Carrera, se proyectó matar a Espartero y a O'Donnell, después de su triunfo en la Revolución de 1854, por unos cuantos republicanos, y Aviraneta, que estaba en el Saladero, convenció a los directores del complot, también presos, de la inutilidad del atentado.
En el portal de la calle del Pozo se había instalado un despacho de memorialista, que servía para que el conserje de los carbonarios vigilara la calle y advirtiera la llegada de la policía.
La venta carbonaria disfrutaba de una instalación paupérrima. El local tenía un cuarto bastante grande, que era el salón de juntas, con otros dos o tres pequeños, y varios pasillos. En el salón grande había una mesa, unos bancos y un armario. Sobre la mesa, un velón de aceite.
Formaban la centuria carbonaria veinte miembros, que se llamaban por su número.
Eran: Gipini, el dueño de la Fontana; Cobianchi, el joyero; Nepsenti, el ex fraile Moore, Cugnet de Montarlot, que estaba en Madrid; Aviraneta, uno de los hermanos Bonaldi, barítono de fama; el _Majo de Maravillas_, el miliciano Fachada, el capitán Rini, piamontés huído de su país; el ex coronel Latorde, dos napolitanos, el uno llamado Monteleone y el otro apodado _il Re di Faccía_, y otros más, hasta los veinte.
Al saber que Regato era el organizador de la algarada del 19 de febrero, que había dejado al Gobierno sin fuerza, como tiempo antes preparó la silba a las Embajadas de la Santa Alianza, muchos liberales no tuvieron más remedio que pensar que Regato estaba vendido a Fernando VII, como desde hacía tiempo se decía.
En aquella época, como más tarde, la característica de los liberales españoles era una credulidad tan necia que, en la mayoría de los casos, confinaba con la estupidez.
El fetichismo por la palabra sonora y por el orador escultural producía, y ha seguido produciendo en el español progresista, una extraña incapacidad para enterarse del fondo de las cuestiones, de la realidad de los hechos y de la exactitud de las ideas.
Aviraneta, que desde hacía tiempo perseguía a Regato, dió infinidad de detalles a la centuria carbonaria para convencerla de la traición del comunero.
Aviraneta propuso citar a Regato de noche, en un rincón cualquiera, y ahorcarlo, o, por lo menos, pegarle una paliza. La venta carbonaria de Madrid incubó otro plan más misterioso y novelesco.
Entre los italianos se decidió tomar un acuerdo con Regato, terrible, y fué marcarle en la frente, con un hierro candente, la palabra _Traidor_.
Aviraneta no era partidario de procedimientos tan medievales, y prefería un sistema más sencillo de deshacerse de Regato: pegarle una puñalada o dos tiros en un callejón obscuro.
Sin embargo, creía que uno de los modos de dar fuerza al carbonarismo hubiera sido comenzar con un crimen siniestro y complicado. Seguramente, la disgregación y la falta de tensión de la sociedad carbonaria se hubieran evitado así.
La complicidad hubiera apretado los lazos de la centuria carbonaria, de la cual Aviraneta comenzaba a sospechar. ¿Eran todos los afiliados fieles? No era fácil asegurarlo.
Se pusieron a discusión varios proyectos para castigar a Regato, y el de los italianos prevaleció en la reunión.
Covianchi se encargó de traer, dos días después, un hierro con la palabra _Traidor_ grabada en relieve y sujeto en un mango.
Ya, decidida la forma de la venganza, con el mayor sigilo se comenzaron los preparativos.