Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
Part 16
Poco después se unieron a Sempere el comandante Prats y el carretero Ramón Chambó.
Chambó tenía una partida de cien hombres en el Maestrazgo y había sustituído al cabecilla Rambla. Sempere, con un núcleo de fuerzas importantes, tomó Segorbe, donde cogió un botín importante, y después avanzó hacia Castilla para unirse a Bessieres.
Las tropas de Bessieres, Ulman y Sempere se unieron poco después con las de Capapé y las del ex coronel Nicolás de Isidro.
En conjunto formaron una hueste de más de cinco mil infantes y de cerca de mil lanceros.
El Gobierno destinó a la persecución de estas fuerzas a los generales don Manuel de Velasco, Carondelet y el Empecinado.
Cerca de Calatayud, Carondelet salió al encuentro de los facciosos, los atacó, y los rebeldes se retiraron, dejando unos cuarenta rezagados prisioneros.
El 11 de enero, Antonio Martín, capitán de caballería, hermano del Empecinado, volvió a atacar a la retaguardia de Bessieres, que se hallaba en las proximidades de Molina de Aragón, y le hizo algunos muertos y setenta y dos prisioneros.
A pesar de estos ligeros tropiezos, Bessieres iba avanzando hacia Madrid, cobraba contribuciones, requisaba ganado lanar y caballería para su tropa.
Del 16 al 17, Bessieres estaba en Medina Coeli y pedía al Ayuntamiento de Sigüenza que quitara de la plaza la lápida de la Constitución, símbolo de _irreligión y de licenciosidad_, según decía el antiguo republicano.
Al saber que los facciosos se hallaban ya en Medina Coeli y avanzaban hacia Guadalajara, el pánico en Madrid fué terrible. Se sabía que estaban reunidas las fuerzas de Bessieres, Ulman, Capapé, Chambó y el ex coronel Nicolás de Isidro. Tales datos hacían creer a la gente en contra del Gobierno, que aseguraba no llegar el número de los facciosos más que a tres o cuatro mil; que éstos ascendían al doble o quizá al triple.
El peligro era grande; la guarnición de Madrid, exigua, no bastaba para defender la ciudad; se sentía la ramificación reaccionaria con el movimiento de Bessieres que llegaba a Palacio, y se veía que algunos políticos influyentes colaboraban en el movimiento absolutista, paralizando en lo posible la acción del Gobierno.
La Milicia voluntaria de Madrid pidió a las Cortes, como favor especial, pues la disposición de la ley no le autorizaba a hacer este servicio fuera de la provincia, que se le permitiera marchar contra los facciosos. La petición se aprobó por unanimidad y se designaron los batallones 20, 22 y 24, por ser los menos incompletos, para que salieran a luchar. En Madrid se preparó una columna de dos mil hombres de infantería, quinientos caballos del regimiento de Alcántara y cinco piezas de artillería. Esta columna estaba mandada por don Demetrio O'Daly, comandante general de Castilla la Nueva y uno de los militares sublevados en Cabezas de San Juan, portorriqueño, de origen irlandés, muy católico y franc-masón.
El 16 de enero había salido de la corte O'Daly con sus fuerzas. Palarea, mientrastanto, tomaba medidas para la defensa de Madrid.
El día 20 de enero, Aviraneta presenciaba en la calle de Alcalá la partida de cuatro compañías de milicianos que marchaban a Guadalajara. Juntas con ellas iban partidas sueltas, a las órdenes de varios jefes populares, entre ellos Beltrán de Lis, que pensaban unirse a las fuerzas del Empecinado.
El Ayuntamiento de Madrid reunió todas las diligencias, tartanas, calesas y calesines que pudo encontrar para el transporte de los nacionales. El espectáculo era de lo más desordenado y lamentable; la gente del pueblo, la mayoría deseosa de que derrotasen a los milicianos, les dirigía bromas y burlas. Los milicianos se agitaban en la mayor confusión. Hablaban, reñían, disputaban en corrillos, sacaban a relucir antiguos resquemores, y la ancha calle de Alcalá, ocupada por la masa de público y por los milicianos discutidores y chillones, era como el símbolo de la sociedad y de la Revolución española.
Comenzaban a marchar las primeras calesas con los milicianos calle abajo, cuando un mozo de la Fontana de Oro se acercó a Aviraneta:
--¿Qué pasa?--preguntó don Eugenio.
--En el café hay dos lanceros que le andan buscando.
Estos lanceros traían una carta del Empecinado. Aviraneta abrió la carta. Don Juan Martín le decía que necesitaba de él; que le nombraba secretario de campaña y ayudante de campo; que pidiera un caballo en el Ministerio de la Guerra, y que saliese inmediatamente para Torija.
Aviraneta pidió el caballo, y poco después, entre los dos lanceros, pasaba por la Puerta de Alcalá, alcanzaba a los milicianos y seguía adelante.
V
CASPUEÑAS Y BRIHUEGA
SALIERON Aviraneta y los dos lanceros de Madrid, y, poniendo sus caballos al trote corto, se dirigieron, por la carretera de Alcalá, hacia las Ventas del Espíritu Santo. Pasaron las Ventas y avanzaron hacia Canillejas. Había dejado de llover un poco; el cielo seguía negruzco y amoratado; los campos, llenos de agua; un viento furioso retorcía los pocos arbolillos raquíticos del camino.
A veces, el avanzar constituía una verdadera lucha. A otro que no hubiera sido Aviraneta le hubiera dado una impresión melancólica aquellas llanuras tristes, monótonas, debajo del cielo tormentoso, morado y negruzco, con resplandores de cobre. Sólo algunos rebaños de ovejas blancas y negras, seguidos de los pastores, cubiertos de largas capas, se veían recorrer los campos.
Un poco antes de pasar por el puente de San Fernando arreció tanto la lluvia, que Aviraneta y sus acompañantes, desviándose del camino, se acercaron a una casa terrera para cobijarse en ella. Había dentro un hombre, un pastor, con quien Aviraneta entró en conversación. No sabía quiénes eran los realistas, ni los constitucionales, ni si estaban lejos o cerca.
Cuando amainó la lluvia don Eugenio y los lanceros volvieron a salir y a ponerse en marcha. Por el camino pasaban galeras de seis o siete mulas con la cabeza baja.
Al anochecer comenzó a cambiar un poco el tiempo y el paisaje; se destacaron unas colinas peladas en el horizonte y poco después apareció la silueta de Alcalá.
Se despidió Aviraneta de los lanceros, se fué a una posada y, por la mañana, en compañía de otros dos soldados, y montado en un caballo nuevo, se puso en marcha.
Abandonaron Alcalá, cuyas iglesias de ladrillo, con sus torres puntiagudas de tejados plomizos, brillaron ante un rayo de sol pálido que salió entre nubes, y tomaron los tres el camino de Aragón.
Al mediodía comenzó a llover; comieron por la tarde en Guadalajara, y Aviraneta siguió el camino hasta Torija, en donde entró calado hasta los huesos.
--Es un buen comienzo de expedición--murmuraba entre dientes.
Aviraneta se presentó en la casa donde estaba el Empecinado, y se le trajo, por orden del general, un jergón y una manta para aquella noche.
El Empecinado se manifestaba furioso contra el Gobierno y el ministro. Don Juan Martín había advertido desde Sigüenza que no tenía fuerzas bastantes para luchar con Bessieres, y el ministro, como si nada le importase que derrotaran al Empecinado, insistió en que atacase.
Entonces don Juan Martín, sin hacer caso de las órdenes del ministro, esquivando un encuentro que hubiera sido desastroso, se presentó en Torija a esperar refuerzos. Lo mismo había hecho el general Velasco en Aragón para no ser derrotado estúpidamente.
Al levantarse Aviraneta comenzó sus trabajos. No tenía el Empecinado arriba de cuatrocientos hombres.
Estos se hallaban descalzos, faltos de camisa, devorados por parásitos: en una verdadera miseria.
El Empecinado había pedido efectos a Madrid, y los estaba esperando.
El 21 llegaron algunos milicianos de la corte y las partidas sueltas que iban a unirse con el Empecinado. Con estas tropas vinieron carros con ropas y municiones.
La gente del Empecinado mejoró pronto de aspecto.
Los soldados que enviaba Madrid no eran de toda confianza: abundaban los majos y manolos, los estudiantes calaveras y otros tipos maleantes, a los cuales no era fácil imponer con rapidez la disciplina necesaria.
Aviraneta y el Empecinado discutieron qué sería mejor, si mezclar los unos con los otros o formar compañías aparte.
Por fin se decidieron por esto último. Buscaban el que cada grupo tuviera responsabilidad clara en lo que hiciese...
Desgraciadamente, el tiempo estaba malo; la lluvia representaba mucha fatiga y molestia para soldados bisoños. No había alojamientos. Pasaron los del Empecinado y las partidas madrileñas un día en Torija mal que bien, y el 22 llegaron más compañías de los batallones de Trujillo, Cuenca, Mallorca, milicianos de Madrid y caballería de Calatrava.
En conjunto se habían reunido unos dos mil hombres y trescientos caballos. La fuerza era heterogénea y difícil de mandar. No se cabía en el pueblo.
Las órdenes del Gobierno fueron confusas y contradictorias. El día 22, entre dos y tres de la mañana, se ordenó al Empecinado fuera a Guadalajara con sus tropas, adonde llegaron con una gran nevada. El día 24, a las cinco de la mañana, con un tiempo horrible de deshielo y de lluvia, se tomó el camino de Aldeanueva. Se descansó una hora y media en esta aldea y se siguió a Caspueñas recibiendo aguaceros. A las dos de la tarde se llegó delante del pueblo. Se dispuso que las guerrillas estuvieran a la vista de las tropas. Ya frente a Caspueñas se recibió nueva orden de dejar este pueblo y avanzar hacia Brihuega, por el camino de herradura de Valdesaz, y esperar allí en los altos a O'Daly.
Seguía lloviendo de una manera terrible; el cielo, negruzco, amoratado, vomitaba el agua a torrentes; toda la tropa estaba mojada hasta los huesos, y los soldados llevaban el fusil debajo del capote para conservarlo útil en un momento dado.
Al acercarse a Caspueñas, el Empecinado se encontró con el pueblo ocupado por las fuerzas del cabecilla Ulman, en número de mil quinientos hombres. No se habían dado cuenta los facciosos de la llegada de las tropas del Gobierno por la niebla y el mal tiempo.
¿Qué se iba a hacer?
Don Juan Martín consultó con sus oficiales, y todos estuvieron de acuerdo en considerar imprudente el dejar un pueblo con tanta tropa enemiga a la espalda. Se decidió atacar.
El Empecinado hizo que sus fuerzas de infantería, en guerrillas muy abiertas, se acercaran a Caspueñas sin disparar. Se reunió en seguida un pequeño escuadrón de unos doscientos hombres con soldados del regimiento de Calatrava, nacionales de Madrid y patriotas oficiales de la guerra de la Independencia, y se les dió orden de avanzar.
Se puso al frente el Empecinado y a su lado Aviraneta, y el escuadrón marchó al trote, acercándose al pueblo. Al llegar a él, don Juan Martín mandó cargar, y al galope se entró en la primera calle. Las guerrillas constitucionales comenzaron el fuego contra los realistas, que salieron a defender la entrada de la aldea. Algunos grupos quisieron detener la marcha del escuadrón; pero éste, arrollando todo a su paso, acuchillando a derecha e izquierda, hizo poner en fuga a los absolutistas, dejando en el campo treinta y seis muertos, y en poder del Empecinado, la música, los equipajes y noventa y siete prisioneros.
El mismo Ulman quedó herido y tuvo que huír a la desesperada con su gente.
Después de ocupado Caspueñas y de batir a los facciosos, se tomó el camino de herradura de Valdesaz, y de Valdesaz se dirigieron las tropas a Brihuega. Aquella jornada fué otra senda de martirio. La tarde estaba horrible; caía el agua a torrentes. El camino, lleno de barro, se ponía resbaladizo. El terreno era monte bajo, quemado para hacer carbón.
Obscureció en seguida y se siguió marchando hasta llegar sobre Brihuega a las nueve de la noche, sin haber descansado un momento.
En las alturas que dominan el pueblo formaron en orden de batalla los batallones que constituían la división y comenzaron a extenderse las guerrillas. El Empecinado ordenó el ataque. Una patrulla enemiga apareció por un camino y comenzó a tirotearse con los liberales. El Empecinado, mandó a don Francisco Van-Halen que, con doscientos infantes y treinta caballos, la contuviera. Se esperaba a O'Daly, y O'Daly no venía. El Empecinado no sabía que mientras él ocupaba con éxito Caspueñas, O'Daly había sido batido y rechazado en Brihuega.
La situación era mala: seguía lloviendo; la mayoría de los fusiles estaban mojados y no se podía disparar.
El Empecinado, que siempre quería salir de sus apuros a fuerza de valor, mandó a uno de los batallones de milicianos de Madrid que formara en columna cerrada, y, a paso de carga, por un camino muy pendiente, se dirigiera al pueblo.
Él pensaba atacarlo por el lado contrario. El batallón de milicianos llegó cerca de Brihuega; pero fué recibido por los facciosos, que, parapetados y en la obscuridad, le hicieron continuas descargas.
Aviraneta, con una patrulla, se acercó al río Tajuña, a atravesarlo por un puente, cuando se le acercaron varios fugitivos de la división de O'Daly, que le contaron el desastre sufrido por ellos. Aviraneta corrió a dar cuenta del suceso al Empecinado y se decidió la retirada. Se recogieron los fugitivos de las tropas batidas por la tarde, se recobraron dos piezas pequeñas de artillería de las abandonadas por O'Daly y se dió la orden de marcha. El grueso de la fuerza tomó por el camino de Valdeavellano y el teniente coronel Van-Halen por Atanzón. Con barro hasta la rodilla, sin comer y sin descanso, muertos de frío, mojados, a la una de la noche, después de diez y ocho horas de marcha, llegaron Aviraneta y el Empecinado a Valdeavellano, donde se tendieron como pudieron en un pajar. Al día siguiente, las fuerzas del Empecinado volvían a Guadalajara, y don Francisco Bringas, oficial de la Milicia Nacional voluntaria de caballería, llevaba setenta y dos prisioneros, que entregó en Madrid, de los noventa y siete hechos por el Empecinado en Caspueñas.
VI
LO OCURRIDO A O'DALY
DON Demetrio O'Daly era el comandante general de Castilla la Nueva. El Gobierno, al saber el avance de Bessieres, le encomendó la tarea de batir a los realistas, operando en combinación con las fuerzas del Empecinado.
O'Daly participaba del odio de los militares de carrera por los guerrilleros y del desprecio de los masones por los individuos afiliados a la Comunería. Además de esto, O'Daly, como todos los criollos, se creía aristócrata. No era extraño que no quisiera ponerse en relación con el Empecinado, guerrillero, comunero y plebeyo. Las fuerzas con que contaba O'Daly no eran bastantes para batir a los realistas; pero O'Daly quería a todo trance atacar solo con sus tropas.
La noticia de que Ulman se había separado del grueso de los realistas y marchado a Caspueñas, y de que Bessieres, en compañía del ex franciscano Talarn, no tenía mas que unos dos mil hombres cerca de Brihuega, alentó a O'Daly a marchar solo contra los facciosos.
El día 24, por la mañana, sin avisar al Empecinado, salió con su columna en marcha hacia Brihuega.
El avance fué difícil y penoso por las lluvias y el barro del camino.
Al mediodía la columna de O'Daly se encontró a la vista de los facciosos.
Estaban los realistas en los cerros, escalonados en trincheras, en número de unos dos mil, y en la orilla del Tajuña tenían unos mil hombres con quinientos caballos.
O'Daly dispuso un movimiento de flanco con objeto de envolverlos, y mandó avanzar al regimiento de milicia activa de Bujalance y a las compañías de Guadalajara.
A unos y a otros, al entrar en fuego, se les vió sin ánimos, sin más deseo que hacer como que cumplían.
Los absolutistas, que estaban a orillas del río, se dieron cuenta en seguida de lo que pasaba; cruzaron el puente sobre el Tajuña, a las órdenes del fraile Talarn, avanzaron con rapidez a la bayoneta, y los milicianos y voluntarios de O'Daly, volviendo la espalda, tiraron los fusiles y echaron a correr. Al ver esto, la caballería facciosa salió en persecución de los fugitivos. La infantería realista, saltando de sus trincheras, corrió a envolver al enemigo, se extendió en anfiteatro e hizo un copo de las tropas constitucionales. Estas se entregaron a discreción, y los realistas cogieron prisioneros a un brigadier, a siete jefes, veintisiete oficiales, mil doscientos soldados con sus fusiles, y cinco piezas de artillería con sus carros de municiones.
No quedaron todas las fuerzas de O'Daly prisioneras, porque a media tarde un escuadrón del regimiento de Alcántara, mandado por el coronel Pintado, dió una carga contra los facciosos, rompió el cerco y salió de él. En la carga cayeron heridos a lanzadas Talarn y varios oficiales de Bessieres.
Se hizo de noche y las fuerzas derrotadas pudieron retirarse a Caracena.
A pesar de que O'Daly tenía medios de comunicar lo ocurrido al Empecinado, no lo hizo por despecho, y éste, después de batirse en Caspueñas, se presentaba a las nueve de la noche en Brihuega, pretendiendo entrar en la villa.
Los realistas, desde las fortificaciones, se defendieron y destacaron una columna exploradora, pero no se atrevieron a salir y aceptar la batalla, quizá pensando que la fuerza que les atacaba era mayor.
La noticia de la derrota de Brihuega hizo un efecto desastroso en Madrid. Los masones dijeron que la culpa había sido del Empecinado por no haber secundado a O'Daly; los comuneros, que era de O'Daly, por no haber avisado al Empecinado.
O'Daly había sido culpable; su vanidad, su deseo de vencer solo, ocasionó aquella derrota, que contribuyó a desmoralizar a los liberales.
VII
EN GUADALAJARA
DESPUÉS de la derrota de Brihuega, el Gobierno tuvo que echar mano de todos sus recursos; nombró capitán general de Castilla la Nueva a don Francisco Ballesteros; gobernador militar de Madrid, a Zarco del Valle, y concluyó de organizar una fuerza de tres mil hombres de infantería y cuatrocientos caballos, que puso a las órdenes de otro prestigio, el general don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal.
Los realistas, por su parte, no se durmieron; la misma noche del triunfo de Brihuega, Bessieres hizo ingresar en sus filas algunos de los prisioneros constitucionales, y a los demás los soltó.
Al día siguiente del encuentro, por la mañana, Bessieres y el ex coronel de ejército, don Nicolás de Isidro, con un pelotón de lanceros, salieron de Brihuega; llegaron a Horche, donde se reunieron con unos doscientos infantes, y juntos se acercaron a Guadalajara y entraron hasta el palacio del Infantado. Intimaron su rendición, que no fué atendida por el gobernador civil, que estaba en el palacio, y siguieron adelante hasta ocupar el pueblo.
Al mediodía, el gobernador pudo mandar aviso al batallón de Bujalance, que se encontraba fuera de la ciudad, de que Bessieres había entrado en Guadalajara con pocos hombres.
Las tropas de Bessieres y de Isidro se posesionaron del pueblo; pero al anochecer, temiendo un ataque, se retiraron hacia el puente. El momento y la obscuridad lo aprovecharon los del batallón de Bujalance para entrar en Guadalajara y distribuír fuerzas en el palacio del Infantado y en algunos otros puntos estratégicos.
El mismo día de la entrada de Bessieres y de Isidro llegaba O'Donnell a Alcalá de Henares, y saliendo inmediatamente, ocupaba el 26 Guadalajara.
Se habían reunido en esta ciudad tropas de Labisbal, de O'Daly, de Velasco y del Empecinado. En conjunto, cerca de ocho mil hombres.
Labisbal, al llegar, llamó al Empecinado, con quien tuvo una larga entrevista acerca de lo ocurrido en Brihuega; después avisó a O'Daly, y a los dos juntos les dijo:
--Ha sido una mala inteligencia la que ha producido el tropiezo de Brihuega. No creo que ninguno de ustedes tendrá inconveniente en servir a mis órdenes.
--Yo, por mi parte, no--dijo el Empecinado.
--Ni yo tampoco--añadió O'Daly.
--Pues entonces prepárense ustedes. Ahora mismo vamos a desalojar a los enemigos del puente de Guadalajara y a dispersarlos.
El Empecinado contó a Aviraneta lo ocurrido, y se dieron las órdenes para el ataque.
Llovía de una manera desastrosa. Guadalajara, que es de por sí un lugarón pobre, envuelto en aquel continuo chubasco parecía más mísero y triste.
Bessieres, con sus hombres, se había atrincherado en el puente sobre el Henares y en algunas casas inmediatas.
Se reunieron en la plaza, delante del palacio del Infantado, unos trescientos hombres, cien caballos y dos piezas de artillería. Labisbal dispuso que se tomaran posiciones en la cabeza del puente que da a la ciudad. Lo hicieron así, y comenzó el tiroteo.
Al cabo de media hora se ordenó que se colocaran dos piezas de artillería a orillas del río, cerca de unas colinas terrosas y amarillentas, a las que va desmoronando el Henares en sus crecidas.
Tras de una hora de fuego de fusil y de cañón, O'Donnell dispuso que una compañía desplegada en guerrilla avanzara por el puente.
Bessieres estaba fortificado en un molino y en dos o tres casas de la otra orilla, y había mandado construír un parapeto de un lado a otro del puente, uniendo los dos baluartes en el ángulo saliente que tiene en medio.
El Henares venía ancho, crecido, turbio, de color de ocre. No era posible atravesarlo por ningún vado. Al entrar la columna en el puente, comenzó un fuego muy vivo. Los dos cañones disparaban simultáneamente y destrozaron una casa baja de ladrillo, desde donde los realistas tiroteaban por las ventanas.
Los soldados constitucionales avanzaron hasta el centro del puente, y antes de que se entablara la lucha cuerpo a cuerpo, los realistas retrocedieron. Pronto se dieron cuenta los liberales que los de Bessieres no se defendían con valor, y notando la debilidad del adversario hicieron un esfuerzo y desalojaron de las casas y del molino a los realistas, donde se habían guarecido.
Cuando se pasó a la orilla opuesta, se vió que los realistas se retiraban rápidamente. El triunfo de Brihuega quedaba algo contrarrestado, y Bessieres y los suyos no se atrevieron a seguir camino de Madrid.
Se puso una compañía vigilando el puente, y Labisbal y el Empecinado volvieron a Guadalajara.
Seguía lloviendo. Aviraneta se fué a la posada de los Mandambriles, donde había varios oficiales que estaban jugando al monte. Uno de ellos, oficial de O'Daly, le dijo que Labisbal se inclinaba a defender a O'Daly y a echar la culpa al Empecinado por lo de Brihuega.
--No me choca nada--dijo Aviraneta--. Son los dos de origen irlandés. Se las echan de aristócratas, y tienen el odio de todos los militares de escuela por los guerrilleros.
--Eso no es cierto--dijo el militar.
--Sí lo es. ¡Bah! ¡Ya lo creo!
--Tienen mucha vanidad estos guerrilleros.
--Hombre, nosotros no tenemos la culpa de que ganáramos acciones mientras el ejército español perdía batallas.
--Eso es un insulto.
--No; únicamente es un hecho.
La discusión hubiera tenido malas consecuencias, si no la hubiese interrumpido la entrada de otros oficiales.
VIII
PERSECUCIÓN DE BESSIERES
DON Enrique O'Donnell era hombre de una perpetua doblez, histrión inconsciente que jugaba siempre con dos barajas. Aviraneta sabía que había estado comprometido en varias conspiraciones militares, principalmente en la de Richart y la de Lacy.
Se aseguraba que entre los papeles cogidos a los insurrectos de Barcelona, cuando lo de Lacy, se habían encontrado monedas acuñadas, en cuyo reverso se leía: «Enrique I, cónsul de la República española».
La conducta de O'Donnell en el Palmar y después en Ocaña reveló el fondo de inconsciencia y deslealtad de su alma.
Al comienzo del año 23 se decía que O'Donnell tenía relaciones con los absolutistas, aunque otros opinaban que sus simpatías estaban por los constitucionales moderados o del Anillo.
Desde su reunión en Guadalajara, O'Donnell buscaba las ocasiones de que O'Daly se rehabilitara; en cambio, no llamaba al Empecinado cuando pudiera lucirse.
O'Daly, que era falso, como buen criollo, e hipócrita, como hombre iglesiero, trabajó para desacreditar al Empecinado.
Don Juan Martín, que tenía mucho amor propio, buscó la forma de operar solo, ayudando al grueso de la división.