Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
Part 15
AL final de 1822 la situación en España era desdichada. De un extremo a otro la Península ardía; las partidas absolutistas brotaban como del fondo de la tierra armadas y equipadas.
En el Norte, don Carlos España, Quesada y Abuin espiaban el momento de entrar con sus fuerzas camino de Madrid; don Santos Ladrón estaba entre Lumbier y Pamplona; Juanito el de la Rochapea, en las Cinco Villas de Navarra; Castelar y Guergué, en el Roncal; Uranga y el Fraile, en Alava, reclutando gente por los alrededores de Santa Cruz de Campezu. Además de estos, Antoñana y Gambarte campeaban en la ribera del Ebro, y Castor, Zabala, Gorostidi, Eraso, Uranga, y otros muchos, formaban partidas en los pueblos vasconavarros.
Contra estos cabecillas operaban constantemente los liberales; Torrijos había batido a Ladrón y a Uranga; Fermín Iriarte, Chapalangarra y López Baños no dejaban descansar a sus tropas.
Además de las columnas grandes había pequeñas partidas, como la de Leguía en Navarra, la de Mantilla en Alava y la de Arana en Logroño.
A mediados de invierno Torrijos entraba en Burguete y tomaba el fuerte de Irati, y Leguía desalojaba a los absolutistas de Valcarlos.
En Castilla se había vuelto a presentar Merino con sus antiguos partidarios. Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Inglés, Cuevillas, el Rojo de Valderas y otros, operaban en combinación con el Cura.
Entre Aragón y Valencia, y por la parte del Maestrazgo, andaban Chambó, Rambla, Capapé, la partida de los Chicos de Calatayud y otra porción de facciosos sueltos. Cada partida era perfectamente autónoma. Había algunas juntas realistas, como la Junta Suprema de Mequinenza, pero nadie la hacía caso.
De los más importantes cabecillas aragoneses era Capapé, que luego tuvo también importancia por una sublevación de carácter realista.
Capapé estuvo a punto de ser condenado a muerte, siendo brigadier, en 1824; pero se defendió mostrando dos cartas del infante don Carlos, en las que le incitaba a la rebelión.
Joaquín Capapé era un carretero de Alcañiz convertido en soldado durante la guerra de la Independencia.
Se le llamaba de apodo el _Royo_. Había querido ser oficial de los voluntarios liberales de Alcañiz, y como no pudo conseguirlo, se alistó entre los realistas.
Capapé estaba casado con la hermana de un fraile dominico llamado Garzón. Esta, Pepa Garzón, apodada la _Morena_, era una mujer un poco alborotada y escandalosa, que acompañaba al marido en sus empresas guerreras, y que murió en Alcañiz durante el cólera del 34.
Rambla y Ramón Cambó eran cabecillas ignorantes y bárbaros.
Respecto a la partida de los Chicos de Calatayud, la mandaba Mosén Manuel Oroz. Esta partida se disolvió después del 7 de julio, y Oroz apareció más tarde en Navarra con otra partida.
La Junta de Mequinenza la dirigía don Juan Adán Trujillo, que formó un batallón, que luego se incorporó a las tropas de Bessieres.
El Empecinado había luchado con las partidas de Aragón y había derrotado a Capapé en Almonacid de la Sierra, donde le cogió cerca de 400 prisioneros.
En la Mancha, Andalucía y Murcia, las partidas realistas eran más de bandolerismo que de facción.
Los compañeros del guapo Francisco Esteban de Davalillos y de Jaime el Barbudo se habían convertido de pronto en soldados de la Fe. En la Mancha alta Manuel Adame, el _Locho_, de chico porquero y luego basurero en Ciudad Real, ex guerrillero también de la Independencia, se había echado al campo, y llegó a tener mil quinientos caballos.
El _Locho_, un fraile capuchino teniente suyo y Palillos se pasearon por la Mancha con unas buenas mozas, y al entrar en Toledo se llevaron de las platerías toledanas unos tres millones de reales.
En Valencia merodeaban Rafael Sempere y el suizo Carlos Ulman.
En Cataluña abundaban los cabecillas facciosos como en ninguna otra región. La mayoría eran guerrilleros a quienes la vida tranquila y pacífica no seducía.
Uno de los más célebres fué el Trapense, Antonio Marañón, capitán de la guerra de la Independencia.
Marañón era un jugador y un perdido, y un día, pasada la guerra, desapareció en un convento de la Trapa. A los seis o siete años volvió a aparecer como cabecilla realista, montado en un caballo blanco, con un látigo en una mano y un crucifijo en la otra, y acompañado de una extranjera hermosa y valiente, Josefina Comerford. El Trapense, después de dejar un rastro de crímenes y de violencias, y de llegar a mariscal de campo, volvió desde Logroño, por orden del Gobierno, al convento de Santa Susana.
Guerrilleros célebres entre los catalanes eran Misas, Romagosa, el Jep d'Estany y Mosén Antón.
Misas, postillón de Figueras, había estado en una partida de guerrilleros de la Independencia capitaneada por un tal Pujol, que murió ahorcado.
Misas se llamaba así porque cuando era ladrón parte del producto de sus robos lo empleaba en decir misas. Misas tuvo su partida de bandidos, y estuvo en la cárcel varias veces, hasta convertirse en un jefe realista, que mandaba un núcleo de fuerzas importantes en el Ampurdán.
Romagosa, el carbonero de Labisbal, hombre muy fuerte y muy bruto, llegó a brigadier, y fué fusilado a principio de la guerra carlista por el general Llauder.
El Jep d'Estany, apellidado Bosons, era un individuo inquieto, turbulento y audaz. Poco después de la guerra de la Independencia fué enviado a galeras por Lacy. Estuvo siete veces condenado a muerte, hasta que fué preso y fusilado por orden del conde de Mirasol. En capilla, este defensor de la fe anduvo a bofetadas con el fraile que quiso confesarle. En la época constitucional tenía su centro de operaciones a orillas del Segre.
Mosén Antón Coll, cura de Vich, era el que en tiempo de la guerra de la Independencia había levantado a los estudiantes catalanes.
Además de éstos, campeaban por Cataluña Pablo Miralles, hombre inculto y bárbaro; Romanillo el _Aceitero_, de Castell-Fullit, violento y cruel, y otros de menos importancia, como el padre Orri, apodado el Padre Puñal, que blandía su acero a los gritos de «¡Viva la religión! ¡Muera la patria y la nación! ¡Viva el rey absoluto!» y «¡Mueran las leyes!»
Toda esta nidada de facciosos se había empollado al calor del fanatismo y del dinero enviado desde Madrid por Fernando VII.
Este siniestro Borbón hacía todas las maniobras imaginables para lanzar más absolutistas al campo y para comprar a los militares constitucionales.
Algunos de estos le inquietaban, sobre todo Mina, por quien tenía un odio profundo, sabiendo que era insobornable.
Mina, de capitán general de Cataluña, hacía una guerra terrible contra los facciosos, avanzaba, devastaba, fusilaba; todo hacía creer que, si seguía así, en poco tiempo ocuparía Urgel y Mequinenza, defendidos por Romagosa y Bessieres, y limpiaría las ciudades y los campos de enemigos.
Fernando sabía que Mina, por su nobleza, sus ideas y su vida en Francia entre conspiradores, no podía venderse al absolutismo; pero supuso, en cambio, que el Empecinado, como más rudo, sería fácilmente seducido, y le envió un emisario, que fué un tapicero de la Casa Real, llamado Mansilla, a ofrecerle de parte del rey un millón de reales y el título de conde de Burgos si se pasaba a los realistas.
--Diga usted al rey--contestó don Juan Martín vibrando de cólera--que si él no quería la Constitución que no la hubiese jurado; el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a su juramento.
Y después de decir esto volvió la espalda al emisario.
A pesar de la barbarie y de la incultura de los cabecillas facciosos, la guerra en los campos no era tan cruel como lo fué después en la primera carlista.
Parecía que el pueblo no había tomado aún el gusto de la sangre.
II
LOS EXTRANJEROS EN ESPAÑA
TODAS las revoluciones, por ser explosión de ideas generales, tienen cierta tendencia al internacionalismo.
Ya la guerra de la Independencia, considerada fuera de España como principio de la lucha de las nacionalidades contra el Imperio, además de hacer cruzar el suelo de la Península a dos ejércitos tan numerosos para la época como el francés y el inglés, atrajo a España a una serie de extranjeros, entre los que se señalaban los O'Donnell, los Bassecourt, los Saint-Marc, los Sarsfield, y otros muchos.
En la lucha de la libertad por el absolutismo, al restaurarse la Constitución en 1820, aparecieron también en España más extranjeros que en período normal.
En las filas constitucionales se vieron figurar a españoles llamados O'Donnell, Van-Halen, Rotten, Miniussir, Merconchini...
Al lado de estos españoles figuran en esta época franceses como Cugnet de Montarlot, Vaudoncourt, Nantil, el oficial de artillería que estudiaba la defensa de Bilbao; Delon, Fabvier, que luego se distinguió en Grecia; Armando Carrel y Caron; ingleses como Roberto Wilson, e italianos como Pacchiaroti, Ansaldi, Olini, y otros.
En los dos campos, en el absolutista y en el liberal, los extranjeros fueron quizá los más exaltados.
Entre los absolutistas extranjeros, el más célebre de todos, el conde de España, se distinguió por sus extravagancias y por sus crueldades en Barcelona.
A pesar de la fama bárbara y fanática del español, no deja de ser extraño que el hombre más representativo del terrorismo clerical fuera un francés, el conde de España.
Ni Fernando VII, ni Calomarde, ni Chaperon llegaron en sus extremos a la barbarie del conde francés.
El conde de España era un terrorista de la raza de los Carrier y de los Fouquier-Thinville.
Parecido a éstos en sus instintos, se diferenciaba de ellos en que tenía una ideología tradicionalista y clerical. El conde de España era un francés que se llamaba Carlos Espagne, hijo de un marqués titulado d'Espagne, según unos; d'Espagnac, según otros, y d'Espignac, según algunos.
Fernando VII, en su decreto, al hacerle conde, decía que España era descendiente de los señores de Cominges y de Foix.
Alguien en esta época quiso enterarse y averiguó que España era un bastardo, y que su verdadero nombre era Domingo Busaraca. Busaraca había escapado de Francia más que por odio a la Revolución Francesa por ser hijo natural no reconocido.
España fué durante la Independencia un general valiente y experto; pero luego se manifestó como un perturbado. Sus crueldades de Barcelona hicieron época. La muerte suya, cosido a puñaladas y tirado a un río, fué terrible.
Otro extranjero, francés, que dejó un rastro de pasión y de inconsciencia en España, fué Jorge Bessieres, que murió fusilado por su paisano el conde de España en Molina de Aragón.
La historia de Bessieres era curiosa. En 1809, el guerrillero catalán don José Manso supo que las tropas francesas de Barcelona forrajeaban en las cercanías de Hospitalet con una escolta de treinta a cuarenta caballos e igual número de infantes. Manso, al frente de su partida, se colocó en sitio estratégico, cortó la retirada a los franceses, hizo treinta y cuatro prisioneros y se apoderó de treinta y seis caballos. Cogió, además, un furgón con sus mulas y dos caballos del general Duhesme. El furgón iba guiado por un cochero llamado Jorge Bessieres.
Bessieres, prisionero de los españoles, se ofreció a asesinar al gobernador francés de Barcelona, Mauricio Mattieu. Había sido ordenanza de un ayudante del gobernador y pensaba valerse de su condición para acercarse al general Mattieu. Bessieres intentó el asesinato, pero no lo pudo realizar.
No se sabe si a consecuencia de estos atentados o si por alguna hazaña de guerrillero, Lacy lo hizo capitán. Después de la guerra de la Independencia, Bessieres quedó retirado, se estableció en Barcelona, se casó con una mujer llamada Juana Portas y ensayó varias industrias, entre ellas una tintorería.
Bessieres intervino en las conspiraciones de Barcelona, estuvo relacionado con Lacy, y en 1820 ayudó a proclamar la Constitución. Luego, en 1821, tomó parte en un complot republicano en Barcelona, en compañía de un fraile. Condenado a muerte y preso en la ciudadela, fué indultado por el general Villacampa. Se decía que la influencia de los comuneros, entre los cuales, como se sabe, había muchos espías reaccionarios, le salvó.
Otros aseguraron que la conspiración de Bessieres iba dirigida más contra el Gobierno francés que contra el español, y que Villacampa conocía sus intenciones.
Bessieres, indultado, fué encerrado en el castillo de Figueras; de aquí huyó a Francia, y apareció poco después transformado en realista; los liberales dijeron que Bessieres se había hecho rico asesinando a su antiguo amo, que le trataba como a hijo más que como a criado; luego, cuando la reacción del 1823, se afirmó que Fernando VII estaba en relaciones con él ya desde la época de la conspiración republicana de Barcelona, y que le ascendió a general, a causa de documentos comprometedores que guardaba el ex tintorero.
Bessieres, al que algunos confundían con el general francés, duque de Istria, con quien no tenía parentesco alguno, era más que nada un atolondrado ambicioso, enloquecido por el éxito.
Nunca había sido creyente, y entre sus amigos decía que era republicano, a pesar de estar en las filas realistas. Desvalijaba las iglesias sin miedo, y en sus correrías por Castilla el año 23 bebía tranquilamente durante las comidas en el cáliz de la iglesia de Auñón, lo cual no deja de ser extraordinario, teniendo en cuenta que iba acompañado del fraile Bartolomé Talarn.
El final de Bessieres fué trágico: la Sociedad El Angel Exterminador, después del triunfo del absolutismo, puso a Bessieres en relación con el padre Cirilo y Calomarde. Estos y Fernando VII aconsejaron al revoltoso francés que se sublevara contra el predominio de los masones en el Gobierno.
La sublevación no tuvo éxito. Fernando VII, al saber su fracaso, envió, como a un perro de presa, al conde de España contra Bessieres.
Un francés contra otro francés.
La patrulla de don Saturnino Abuin, el _Manco_, fué la que capturó a Bessieres en Zafrilla.
Si Bessieres era hombre que cambiaba de casaca con facilidad, Abuin no lo era menos. Abuin había sido empecinado y antiempecinado, absolutista y liberal.
Abuin prendió a Bessieres y lo condujo, con sus oficiales, a presencia del conde de España a Molina de Aragón.
Bessieres, preso, se creía seguro; tenía una carta de Fernando VII, en la cual le ordenaba el alzamiento.
El conde de España trató a Bessieres como a un compañero y a un paisano; le convidó a cenar con él y estuvieron los dos hablando en catalán y en francés largo tiempo. A los postres, el conde preguntó a su comensal con gran amabilidad por qué se había sublevado, y Bessieres mostró la carta del rey.
El conde de España, tranquilamente, cogió la carta y la quemó en la llama de una bujía.
--¿_Qué feu_, general?--gritó Bessieres en catalán, abalanzándose al conde de España--. _Qu'en perdeu._
--_Oui peut-étre, mais je sauve le roy_--dijo el conde de España en francés, con una contestación a modo de Duguesclín.
España llamó a sus ayudantes e hizo que se llevaran a Bessieres.
Bessieres, al verse sin la carta del rey, comprendió que era hombre muerto.
Al día siguiente un Consejo de guerra sumarísimo condenaba a ser pasado por las armas al mariscal de campo don Jorge Bessieres y a sus compañeros. Pocas horas después de la ejecución, todos los papeles de Bessieres eran entregados a las llamas.
Al saber el desenlace de la aventura, el padre Cirilo, temeroso de que Fernando y Calomarde quisieran deshacerse de él, desapareció.
El conde de España fué premiado. Estas canalladas han constituído durante mucho tiempo la política.
La familia de Bessieres quedó en mala situación: su mujer acabó perturbada y alcohólica en Granada; un hijo suyo fué después a la facción carlista, y por su matrimonio tomó el título de conde de Cuba...
Un extranjero, liberal exaltado, intransigente, fué don Antonio Rotten, el suizo, amigo de Mina.
El general Rotten era anticlerical furibundo, y si hubiera podido hubiese limpiado de curas y de frailes toda España.
Su idea era que había que hacer la guerra sin cuartel. Rotten mandó saquear e incendiar San Lorenzo de Piteus, y se mostró con los absolutistas, sobre todo con la gente de iglesia, implacable.
Otro suizo, éste absolutista, que tuvo alguna importancia en la época, fué Carlos Ulman, amigo del conde de España. Los liberales decían que Ulman había sido mozo de un pastelero y que vino huyendo a España.
Ulman hizo la correría absolutista del año 23 por Castilla. Luego llegó a mariscal de campo y a gobernador de la plaza de Ceuta, donde se distinguió por su crueldad con los liberales. Cuando suponía que algún preso guardaba dinero, solía sacar el sable y pasar la punta arañando la espalda y el abdomen del preso, por si llevaba interiormente algún cinturón con dinero.
También extranjera y también absolutista fué Josefina Comerford, la amiga del Trapense.
Esta Josefina se distinguió, en la lucha constitucional, por sus ideas clericales; quizá fué la única mujer que llegó a destacarse en el campo absolutista.
No deja de ser extraño que en un país tan retrógrado como España, en donde se habían distinguido muchas mujeres en la guerra de la Independencia, no llegara a señalarse ninguna por su entusiasmo absolutista en el período constitucional. La única que se destacó fué esta Josefina, inglesa fanática y arrebatada.
III
LAS CARTAS DE TERESITA
ESTABA Aviraneta en Madrid desde hacía tiempo presenciando con pena y con desprecio la tarea de masones y de comuneros de desacreditar la libertad y echar abajo la Constitución.
Aviraneta, que nunca había tenido entusiasmo por los masones, porque su comedia místicoarquitectónica no era de su gusto, y no quería nada con los comuneros, porque le constaba que muchos eran agentes del absolutismo, se inclinó hacia la naciente sociedad de carbonarios.
El ver la influencia que en París tenía el carbonarismo, había inclinado a Aviraneta a esta sociedad.
Siempre que podía acudía a la Fontana de Oro, a una reunión de carbonarios establecida allí; pero el carbonarismo había venido tarde a España, cuando el entusiasmo liberal estaba decayendo y no tomaba impulso.
Solamente algunos extranjeros, italianos o franceses, se presentaban en el grupo carbonario con sus tarjetas cortadas.
Aviraneta iba ya muy poco a Aranda. Había abandonado su cargo de regidor y esperaba que viniesen mejores días para volver a continuar su vida normal.
Aviraneta, a fin de olvidar las amarguras de Madrid, escribía a su madre y a Teresita.
Teresita, la hermana de Rosalía, había pasado una grave enfermedad; al saber que estaba ya mejorada y en la convalecencia, don Eugenio le envió una caja de dulces por la diligencia.
Teresita le contestó a los pocos días esta carta.
«Mi buen amigo don Eugenio. Recibí la suya, tan afectuosa, y el cajoncito de dulces, que ahora me los iré comiendo con más gusto, porque empiezo a tener apetito, gracias a Dios. La tarta estaba monísima y muy exquisita; el tarrito de la jalea y las naranjas en dulce, deliciosas. Todavía no tengo fuerzas para salir de casa; así, que he pasado el día de Santa Teresa en un sillón, y ayer no me encontré con ánimos para escribir a usted. Hoy, que estoy algo mejor, lo hago para darle las gracias por su recuerdo y su felicitación. Ruego a la Virgen para que me devuelva la salud y para que le lleve Dios a usted por buen camino y tranquilice su cabeza, que me parece sigue como una olla de grillos. ¿Por qué no ha de ser usted una buena persona? ¿Por qué andar así, de la Ceca a la Meca, pudiendo vivir tranquilo?
Su madre me indica que le diga a usted que está buena; pero que le parece muy larga la ausencia de usted del pueblo.
Aquí, en Aranda, dicen ahora que es usted carbonario o carbonero: una cosa muy negra; lo peor de lo peor... Yo no lo creo.
Muchos recuerdos de su amiga,
TERESA.»
Aviraneta celebró la carta de su amiga y la contestó otra larga y seria, hablándola de la situación política de España y de las esperanzas que guardaba de que todo se iba a arreglar. Teresita le contestó a los pocos días:
«Mi buen don Eugenio: ¡Conque todo se va a arreglar! Ya, ya. Aquí, al menos, las noticias son cada vez peores. Dicen que los realistas vienen de Aragón y que van a entrar en Madrid. En Aranda hay mucha miseria, y todo el mundo asegura que la culpa la tienen ustedes, los liberales. En los pueblos no pueden vivir. Los hombres de la familia de nuestra criada han venido de cerca de Roa, a ver si encuentran trabajo, y se quedan a dormir en la cocina y en el pajar. ¡Siete hombres grandes y fuertes como castillos y sin poder ganar una peseta! Van a concluir marchándose al campo con los realistas. Y de todo esto tienen ustedes la culpa, los liberales. ¡Qué disparates no hacen ustedes! El otro día subió al púlpito, en Santa María, un sabio capuchino, y dijo que son ustedes un hato de ignorantes, atrevidos, vanidosos y burros, que merecen un ronzal; que no saben ustedes nada de latín ni de historia, y yo creo que tiene razón. Porque, ¡cuidado que hacen ustedes tonterías! Y no los otros, sino usted, don Eugenio. Como aquí, cuando estaba usted en la Milicia de caballería, que tenía usted que pagar el caballo, el uniforme, el asistente, y muchas veces los caballos, los uniformes y los asistentes de los demás. Usted está algo trastornado, don Eugenio. Ha andado usted peleando y exponiendo su vida, y quiere seguir en la lucha, y no es usted militar, porque no tiene grado, ni sueldo, ni nada, ni nadie se acuerda de usted. ¡Parece mentira que un hombre listo sea tan tonto!
Su madre me dice que está fastidiada con los milicianos, que van todos los días a su casa a decirle que por qué no viene usted, que entre los liberales hay divisiones.
Su madre no sabe qué contestarles. Por un lado, se alegra de que usted no esté en Aranda. Si ha de seguir usted así, lo mejor será que se la lleve usted a Madrid, porque si no, aquí le van a dar un disgusto.
Su amiga,
TERESA.»
Aviraneta se había acostumbrado a esta correspondencia, y todas las semanas escribía a Teresita una larga carta y le enviaba algún regalo. Por las Navidades, y siguiendo el consejo de Teresita, acompañó a su madre a Madrid.
IV
EL AVANCE ABSOLUTISTA
A principios del año 1823, Jorge Bessieres, obligado por Mina a salir de Cataluña, se dirigió a Aragón y entró en Fraga y en Mequinenza. La Regencia de Urgel le había dado el mando de esta ciudad. Organizó Bessieres en ella, en colaboración con el padre Talarn, su tropa, que ascendía a unos tres mil hombres, y se dispuso a seguir camino de Madrid.
Durante su estancia en el pueblo aragonés, sus diferencias con Adán Trujillo, el presidente de la Junta Suprema de Mequinenza, estuvieron a punto de producir choques y que ambos jefes viniesen a las manos.
Adán Trujillo mandaba a la Regencia de Urgel informes contra Bessieres; le acusaba de masón, de tener relaciones con los liberales, y de no darse prisa en la organización de sus fuerzas. La Regencia ordenó a Bessieres que saliera lo antes posible de Mequinenza y se acercara a Madrid alarmando los pueblos.
Bessieres se aproximó a Zaragoza el 4 de enero e intimó la rendición de esta ciudad el 5, intimación que fué despreciada; hizo otra tentativa inútil sobre Calatayud y comenzó a internarse en Castilla.
Bessieres no tenía en su viaje un fin claramente concebido. Pensaba llegar hasta donde pudiese; pero si la casualidad hacía que fuera de éxito en éxito y de fortuna en fortuna, entonces pensaba entrar en Madrid, apoderarse del rey y de su familia, ponerlo a la cabeza de las tropas y marchar hacia el Norte.
Fernando VII estaba enterado del proyecto y lo aprobaba.
En su marcha se incorporaron a Bessieres Carlos Ulman, que llegaba de Peñíscola con más de mil hombres y doscientos caballos, reclutados en Castellar, y Rafael Sempere.
Sempere se había levantado primeramente en Benazal con sesenta hombres, y después de varios encuentros, afortunados para él, con los liberales, su partida había crecido hasta formar una brigada.