Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
Part 14
He seguido todas las pistas que me han indicado. Estoy convencido de que no hay nada serio organizado en París a nuestro favor.
Se podrán contar con los dedos los hombres que vayan voluntarios a España; no llegarán a mil. Todas las Ventas carbonarias de Francia excitan a que se hagan suscripciones y alistamientos; pero esto, si marcha, marcha muy despacio.
Convendría respetar las Ventas carbonarias de España, por pequeñas que sean, para que puedan servir de punto de reunión de los liberales y extranjeros.
No sé cuántas hay; me han dicho que Guillermo Pepé, a su paso por España, ha fundado algunas.
Como le digo a usted, no hay nada serio; todos son «Se dice...»
Se dice que el Ejército francés no tiene entusiasmo por servir a la Santa Alianza.
Se dice que no encontrará dinero para hacer la guerra.
Se dice que se mandarán banderas tricolores al Ejército constitucional español y que se pasarán los franceses.
Se dice que el banquero Lafitte dará dinero para formar una división, que mandará Lafayette.
Se dice que a mediados de otoño España habrá organizado un ejército de ciento ochenta mil hombres para oponerse a los franceses, el cual llevará por vanguardia una legión francesa con la bandera tricolor, y que esta legión estará mandada por el príncipe Eugenio de Beauharnais.
Se dice que el general Foy está en relación con los españoles, y que la Lamarque se ha ofrecido a Mina.
No me parece esto fácil, porque Foy y Lamarque dejaron en España un recuerdo de violencias y crueldades difícil de borrar.
De estos proyectos podría ser importante el que Lafayette viniese a España a luchar contra la Santa Alianza; pero dudo que lo haga.
Irán solamente los exaltados: Wilson, Fabvier, Caron, Cugnet de Montarlot, Armando Carrel, y no podrán hacer gran cosa.
Algunos están ya en camino; van por Perpiñán a luchar en Cataluña con Mina, en la legión extranjera de Pachiarotti. Entre los franceses van Carrel, Joubert y otros del complot de Belfort.
Entre los italianos marchan el general Regis, el teniente coronel Ansaldi y el oficial Sormami, alistados como soldados; otros se incorporarán en Gerona con el coronel Olini. El general Rossaroll, que fué el último que defendió la Constitución napolitana en Mesina, debe estar también en Barcelona. No hay organización liberal fuerte; la masa no responde; la Francia republicana está en un período de cansancio.
En cambio, los realistas se encuentran en un momento de entusiasmo. La Junta católica de España y el partido jesuítico de Francia organizan en París, Burdeos y Bayona escuadrones de caballería. Todo un regimiento de Dragones para el Ejército de la Fe va a salir de sus manos. El Gobierno francés prepara la guerra para corto plazo. Se están llevando baterías de Metz, de Estrasburgo y de Valencia del Ródano a la frontera. Los generales y oficiales piden mandos en las fuerzas de los Pirineos. No será para acabar con la fiebre amarilla de Barcelona.
Parece que un político francés ha dicho: «Estamos colocados en la alternativa de atacar a la Revolución española en los Pirineos o de ir a defenderla en las fronteras del Norte».
La elección para ellos no es dudosa. Están en contra nuestra todas las clases privilegiadas de Europa, y desean que Francia, el país de la Revolución, sea el que dé el golpe de gracia a la libertad española. Así Francia se purifica ante la Santa Alianza y se le perdona haber jugado con la cabeza de Luis XVI y de María Antonieta. Probablemente, del Congreso que ha de tener en Verona la Santa Alianza saldrá la guerra contra España.
Muchos esperan que falte dinero a última hora para la expedición y que no se pueda realizar.
He hablado con un militar francés; es liberal templado y no está afiliado a ninguna sociedad secreta. Me ha dicho esto:
--Creer, como creen algunos liberales cándidos, que si el Gobierno francés manda sus tropas a España, los liberales y republicanos harán la Revolución, es una tontería. Ni el ejército se negará a entrar en España, ni los revolucionarios intentarán nada. El ejército francés actual es un ejército de gente joven, en el que la inmensa mayoría no ha hecho las campañas de Napoleón. Los viejos del Imperio resellados están mostrándose más cortesanos que los nuevos. Nuestra generación es una generación tranquila, burocrática, de las que vienen después del cansancio de las grandes convulsiones. Lo que se le ordene lo cumplirá, quizá sin entusiasmo, pero lo cumplirá.
Mi opinión es la misma. Creo que los liberales franceses no harán nada, o casi nada; tienen fuerza para un complot, pero no para organizar batallones, y menos para una Revolución.
Creo que la guerra viene de prisa, y que el ejército francés, perfectamente organizado como está, se nos echa encima. Algunos españoles de aquí dicen: «Mejor era el ejército de Napoleón, y lo vencimos».
Primeramente, nosotros no vencimos solos a Napoleón, sino con ayuda de los ingleses; después, esto nos costó la ruina del país, y, por último, entonces los españoles éramos un solo cuerpo, absolutistas y no absolutistas unidos; hoy no tendremos los miles de hombres de Wéllington, y, lo que es peor, estamos desunidos; los liberales somos la minoría, y el país entero está contra nosotros.
Creo que los absolutistas españoles, ayudados por el dinero francés, van a poder organizar fuerzas enormes de guerrilleros; quizá cincuenta o sesenta mil hombres; quizá más.
El ejército constitucional luchará con un ejército poderoso, como el francés, y contra las partidas absolutistas españolas, que serán casi todo el grueso de las guerrillas de la Independencia.
Yo, si fuera Gobierno, ¿sabe usted lo que haría? Perdone usted que exponga mi opinión. Pues comenzaría, desde ahora, a arreglar las murallas de Cádiz y a artillar bien los alrededores. Si la guerra estallara inmediatamente, cogería al Rey y lo llevaría allí. Luego amontonaría en Cádiz la tropa más segura, dejando abiertas las demás ciudades. Y defendería Cádiz durante seis meses o un año, y si la cosa salía mal, cogería a nuestro repugnante Soberano y lo mandaría ahorcar.
Me vuelvo a España dentro de unos días, porque creo que no tengo ya nada que hacer aquí.
_A._»
XI
LOS SARGENTOS DE LA ROCHELA
AVIRANETA había aplazado la marcha a España al recibir aviso de la Alta Venta Carbonaria, de París, para que se quedara.
Iban a ejecutar a los cuatro sargentos de la Rochela, y el Comité director necesitaba todos los hombres de buena voluntad para intentar salvarlos.
Se había pensado en sobornar al encargado de su custodia, y éste pedía sesenta mil francos.
Al saberlo se hizo una suscripción, que encabezó Lafayette; se reunieron los sesenta mil francos, y en el momento mismo en que los agentes carbonarios entregaban el dinero al vigilante de la cárcel fueron sorprendidos por la policía.
Entonces el Comité director decidió salvar a los sargentos a viva fuerza cuando los llevaran al patíbulo.
El jefe de la intentona debía ser el barón de Fabvier. Aviraneta fué invitado a marchar en el grupo con el barón.
Era Fabvier hombre de mediana estatura, fuerte, ágil, atrevido y rápido; iba afeitado completamente; tenía la cara redonda y muy expresiva y parecía un actor.
Era Fabvier uno de los aventureros románticos de la época; había sido en Ispahan el amigo del shá de Persia y el instructor de sus tropas: había peleado en España a las órdenes de Marmont; conspiró en Francia contra los Borbones, y se distinguió después en la lucha de la independencia de Grecia.
Se citaron los carbonarios por la mañana, delante del reloj de la Conserjería. Habían sido trasladados a esta cárcel los cuatro sargentos. Se decía que conservaban la serenidad y que estaban convencidos de que el pueblo los salvaría.
Aviraneta se presentó armado con dos pistolas y un bastón de estoque a la hora de la cita, y formó en el Estado Mayor de Fabvier.
Algunos grupos de carbonarios se veían en medio de la bruma y se distinguían por sus pañuelos rojos anudados al cuello.
Al amanecer salió la carreta del muelle del reloj, y, atravesando el río, tomó la dirección hacia la plaza de la Greve, seguida de una enorme masa compacta.
El tiempo estaba brumoso y obscuro; las tiendas, cerradas.
Fabvier comenzó a dar órdenes a sus lugartenientes, mandándoles que al entrar en el puente rodearan la carreta de los condenados, y al conseguirlo, dieran un silbido. En el mismo instante todos los carbonarios se enredarían a puñaladas y a tiros con los soldados y gendarmes, se confundiría a los reos con la multitud, se les pondría trajes prestados y se les haría escapar.
Si hubieran podido mirar desde arriba, a vista de pájaro, hubiesen notado que a los lados de la carreta de las víctimas no se abría la masa de gente en un surco, sino que, acompañando al carro, iba un grupo compacto de hombres.
Los condenados miraban con anhelo a aquella multitud, de la que esperaban la salvación. Los cuatro eran jóvenes. Se decía que el mayor no tenía más de veinticinco años.
Al llegar la carreta al puente, la masa hizo que el cortejo fuera más despacio. Grupos de carbonarios de ocho o diez, a quienes se conocía por su tipo, avanzaban entre la gente como una cuña.
Fabvier esperó el movimiento ordenado por él; pero no se verificó.
--Vamos nosotros--dijo el barón a Aviraneta y a otros amigos.
Empujando a derecha e izquierda, metiendo los codos entre la masa, los treinta o cuarenta hombres, dirigidos por el barón, se acercaron a la carreta. Intentaron luego aproximarse a ella; fué imposible.
Más de trescientos gendarmes, vestidos de paisano, formaban un núcleo impenetrable alrededor del carro. Varios carbonarios que intentaron incrustarse en el grupo de gendarmes fueron hechos prisioneros.
--Estamos perdidos--murmuró Fabvier con angustia--; han tomado sus disposiciones mejor que nosotros. Vamos a ver si reunimos toda nuestra gente en la plaza de la Greve y atacamos allá.
--Convendría que alarmaran por el otro lado de la plaza para que nos lanzásemos nosotros en la confusión--dijo Aviraneta.
--Sí; estaría bien.
Fabvier llamó a un joven y le ordenó que un grupo de carbonarios marchara corriendo hacia el otro lado de la plaza de la Greve, y que, reunidos, gritaran: «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», con el objeto de atraer hacia ellos los gendarmes.
El joven salió de prisa; Fabvier se quedó solo con Aviraneta, marchando ambos detrás de la comitiva.
La orden de Fabvier era formarse en dos grupos en la plaza de la Greve y atacar inmediatamente a la tropa.
--¿Cuántos hombres cree usted que habrá?--preguntó Aviraneta.
--Se han comprometido doce mil. Yo espero que habrá seis mil, tres mil...
Aviraneta y Fabvier marcharon despacio entre la multitud, hasta desembocar en la plaza de la Greve.
El cortejo de los condenados iba avanzando por la plaza y acercándose al lugar de la ejecución. Sobre las cabezas de la multitud se veía la guillotina y la cuchilla, que brillaba pálidamente a la luz de la mañana.
Fabvier y Aviraneta quedaron asombrados al entrar en la plaza. En el punto indicado por el barón había hasta setenta u ochenta hombres afiliados a la Venta Carbonaria. Los demás habían desaparecido.
Fabvier y Aviraneta se unieron a ellos.
A pesar de su corto número, estaban todos dispuestos a intentar un ataque a la desesperada.
--Esperemos un momento--dijo Fabvier.
En esto, a lo lejos, se oyeron rumores y gritos. «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», se escuchaba distintamente.
Hubo algún movimiento entre la tropa.
Fabvier miró a los suyos.
--¿Estamos?--dijo--. Adelante.
Aviraneta desenvainó el estoque, dispuesto a abalanzarse sobre la tropa.
La gendarmería de a caballo se había dado cuenta del movimiento y se lanzó sobre los carbonarios. No hubo manera de resistir. El grupo quedó deshecho.
Aviraneta se encontró desarmado y solo.
--¿Qué hace usted aquí?--le dijo un guardia.
--Soy extranjero. He venido por curiosidad.
--Bueno. Vamos, vamos. A su casa.
Aviraneta avanzó por un puente. Un sol pálido iluminaba las guardillas de la orilla izquierda del río...
XII
DESPEDIDA
AL acercarse Aviraneta al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana vió, desde lejos, el pañuelo rojo atado al hierro del balcón. Era la señal de alarma.
Aviraneta volvió sobre sus pasos, entró en un restaurante a comer, y se dirigió después a la librería Eymery, de la calle Mazarina.
Preguntó si había alguna carta para él; no había ninguna, y fué a dar un paseo por el jardín del Luxemburgo. A media tarde volvió por la librería, y el dependiente salió a entregarle una carta. Era de la Sole. Aviraneta se puso a descifrarla, hasta que lo consiguió. Decía así:
«Mi querido don Ugenio: Esta es para adbertirle que an benido muchos onbres de la calle de Jerusalén con el Espión a buscarle a usted y que me boy con el señor marqués de Vieuzac porque no puedo bibir así y tengo mucho miedo don Ugenio y usted no me quiere y si usted me quisiera yo no me hiría, aunque me dieran todo el oro del mundo y un palacio, pero usted no me quiere, por que quiere a la Teresita la hija de don Francisco el juez de Aranda y yo deseo que se case usted con ella y sean felices. A usted no le importará pero estoy llorando a todas oras porque boy a bibir con un francés. Don Ugenio, le agradezco mucho lo que a echo por mi y si usted me ubiera querido un poco, yo ubiera bibido con usted siempre, siempre, por que usted es bueno, aunque dicen que no y que es usted enemigo de dios y de la rreligión.
»Adios don Ugenio adios adios. Ya rezaré todos los días por usted para que sea feliz. Los pañuelos planchados de usted los han traido oy y están en el armario a la izquierda. Perdone usted la letra.--Su segura serbidora, _Soledad Castrillo_.»
Aviraneta, al leer la carta, quedó sorprendido y entristecido. La Sole era una muchacha buena y simpática, a quien iba tomando cariño.
--En fin--murmuró--, es lo mejor que le podía pasar. ¿Quién sabe si dentro de unos años veremos a la Sole hecha una madame Cabarrús?
Aviraneta escribió al dueño del hotel de Embajadores diciéndole que iría a buscar su equipaje de noche, pues le andaba persiguiendo la policía.
Lo hizo así, y por la mañana tomó la diligencia para España.
XIII
EL JARDÍN DE ETCHEPARE
AL llegar a Bidart, Aviraneta supo que Etchepare había muerto. El caserío Iturbide estaba cerrado.
Aviraneta se acercó a una casa próxima que se llamaba Beguibelchenea, y la mujer de este caserío salió con las llaves a abrir las puertas de Iturbide.
--¿Es usted el sobrino del señor Gastón?--le preguntó la mujer.
--Sí.
--¿Qué piensa hacer con esta casa?
--¿Yo?
--¿Pues no sabe usted que es el heredero?
--No, no lo sabía.
--Vaya usted a ver al notario, a San Juan de Luz; le tendrán que leer el testamento.
--Iré después.
La de Beguibelchenea y Aviraneta entraron en Iturbide. Aviraneta recorrió las habitaciones, estuvo en la biblioteca y luego bajó al jardín donde paseaba su tío.
El jardín de Etchepare era muy hermoso. Estaba en declive, orientado al mediodía, sobre una duna próxima al mar. Tenía alrededor una tapia más alta hacia el norte y el oeste para proteger las plantas del viento frío y marino.
Etchepare, como jardinero, había buscado el defender su huerto del aire del mar; pero quería, sin duda, gozar de su vista, y en un ángulo de las dos tapias altas había construido hacía años un pequeño cenador, como una garita. El cenador estaba ya deshecho, con las maderas podridas; únicamente parecía sostenerle el tronco de una glicina añosa, que le estrujaba como una serpiente con sus anillos.
Desde el cenador se dominaba la costa. Se veía avanzar en el mar las rocas de Hendaya; luego, el cabo Higuer, con su faro, que de noche brillaba, y más lejos, la costa vasca de España, la isla de Guetaria y el cabo de Machichaco.
Por el lado de tierra se veía el comienzo de los Pirineos; cerca se destacaba solitario el monte Larrun, y tras él se alargaban en la niebla las montañas de Navarra.
A todo lo largo de la tapia, que daba hacia el mar, los pinos y los cipreses formaban una cortina contra el viento.
En la parte baja del jardín, la más templada, tenía Etchepare sus hortalizas.
En los rincones, en los ángulos de las tapias, en los sitios sombríos, Etchepare había plantado rosales, enredaderas, madreselvas, que cubrían las paredes y las llenaban de hojas verdes y de campanillas ligeras de varios colores.
En un extremo del jardín se levantaba una alta magnolia, con una gran flor blanca; en el otro, uno de esos arbustos que llaman Júpiter, casi redondo, se ofrecía a los ojos en aquel momento, con sus mil flores, como una bola roja llena de pompa y de riqueza.
Al pasear por aquellos caminos, Aviraneta comprendió el gran amor del viejo Etchepare por la tierra, su culto vagamente panteísta por las hierbas, los árboles y las flores.
¡Qué vida la de Etchepare! Sin ambición, contemplativo, enamorado de la Naturaleza, había pasado allí una existencia tranquila y feliz.
Quizá todavía quedaba en su alma el recuerdo vivo de un viejo amor; quizá sentía la voz querida en el murmullo del viento, y la figura amada, en la forma vaga de una nube o en la espuma del mar.
Etchepare, viejo pensativo, paseaba mucho por el acantilado de la costa. No tenía relaciones sociales. Sus amigos eran los árboles, las rosas, una nube que sonreía en el cielo, un faro que guiñaba a lo lejos su roja pupila...
La mujer de Beguibelchenea, que estaba rabiando por hablar, le contó a Aviraneta los últimos momentos de Etchepare. El viejo soldado de la República había muerto dulcemente una tarde de sol. La gran dama, venida de París, estuvo acompañándole los últimos días.
Al principio quiso obligarle a confesarse; pero al último ella transigió. La mujer de Beguibelchenea solía ver a los dos hablando constantemente en el huerto, sentados en el banco, debajo del árbol rojo.
El otoño había sido delicioso, templado, con todo el esplendor de los otoños vascos. Al caer las hojas, suavemente, había partido el viejo solitario para su último viaje.
Al morir, la gran dama lloraba, y solamente el médico y un guarda, que fué soldado en tiempo de la Revolución, se presentaron en la casa.
Al día siguiente enterraban a Etchepare y la gran dama desaparecía.
Aviraneta salió de Iturbide, y después, a la caída de la tarde, entró en el cementerio de Bidart a ver la sepultura de su tío.
El tiempo estaba espléndido. En el cielo azul brillaban grandes y espléndidas nubes rojas.
Aviraneta buscó la sepultura y la encontró. La tierra estaba recién removida, y en la losa nueva se leía:
AQUÍ YACE
GASTON D'ETCHEPARE
SOLDADO DE LA REPÚBLICA
1760-1822
El rebelde había tomado su puesto entre los demás convecinos; allí aguardaría su cuerpo hasta convertirse su substancia en la verde hierba, en las amarillas flores que tanto había amado.
XIV
AL ENTRAR EN ESPAÑA
AL día siguiente, Aviraneta fué a San Juan de Luz, adonde se había trasladado la viuda de Arteaga. Mercedes le dijo que su padre vivía en Laguardia con su hermano mayor, que estaba casado y con hijos. Ella no quería ir ni a Pamplona ni a Laguardia.
Después de saludar a Mercedes y de besar a Corito, Aviraneta se dirigió a España.
Estaba la frontera llena de partidas realistas; en Irún era Aviraneta conocido y no le pareció muy prudente entrar por allá llevando papeles en la maleta. Así que, desde San Juan de Luz, a caballo, entró en España por Vera de Navarra.
La primera persona con quien se topó en Vera fué el teniente Leguía, que, según le dijo, iba a salir, a la mañana siguiente, camino de Elizondo con su tropa.
Fermín Leguía le habló de una cuenta pendiente que tenía con el prior del convento de capuchinos de Vera y con el párroco de la iglesia. Leguía estaba dispuesto a perseguirlos y a no dejarlos en paz hasta aplastarlos.
Fermín le dijo que por aquellos contornos se repetía, como un refrán, este dístico en vascuence:
Veraco, Fermín Leguía, alderaco, contraco baño obía.
(Fermín Leguía, el de Vera, mejor para amigo que para enemigo.)
Fermín andaba con una partida de ciento sesenta hombres; ochenta de la cuarta compañía del batallón ligero de cazadores de Pamplona, cincuenta a sesenta de Hostalrich y Bailén y veintitantos del resguardo oficial.
Fermín recorría el Bidasoa y el Baztán; pensaba atacar a los absolutistas que se habían apoderado de Valcarlos, y pegar fuego el mejor día al convento de capuchinos de Vera, a la parroquia y hasta al pueblo.
Leguía invitó a Aviraneta a cenar con él, y por la noche fueron los dos a una taberna de Alzate, donde se reunían sus amigos. Hablaron largo rato, tomaron café y aguardiente, y Leguía, animado, le dijo a uno de sus amigos:
--¡Berécoche!
--¿Qué?
--¿Tienes la filarmónica en casa?
--Sí.
--Pues tráela. Vamos a dar serenata a los amigos.
Berécoche salió de la taberna; Aviraneta y Leguía siguieron hablando y bebiendo hasta que llegó Berécoche con el acordeón.
Berécoche era hombre intrépido y jovial, que hablaba por apotegmas. Trajo un acordeón nuevo con un letrero en marfil, donde se leía: «Altemburgia», y comenzó a tocar en él.
Leguía se puso una boina y se embozó en la capa.
--¡Hala! Vamos todos al convento--dijo Leguía--. Eh, tú, Errotachipi, Errotari, Chamburne. ¡A formarse! Uno... dos... ¡Adelante!; y cogiendo su palo como una batuta, marcó el compás, y cuando Berécoche comenzó con un pasodoble, dió media vuelta y siguió andando.
Luego se acercó a Aviraneta.
--Me tienen un odio terrible en el pueblo--le dijo riendo--; les estoy dominando por el terror.
Al son del acordeón, los diez o doce hombres, formados, llegaron hasta el convento de capuchinos, y Leguía mandó a Berécoche que tocara el _Himno de Riego_. Berécoche lo tocó.
--«¡Viva la Libertad! ¡Viva Riego! ¡Viva Mina!»--gritaron los amigos de Leguía.
El convento, grande y negro, parecía agazapado en la obscuridad. Uno de los amigos de Leguía cogió una piedra y la disparó con toda su fuerza. La piedra dió en una de las ventanas, y se oyó una voz que gritaba:
--¡Granujas! ¡Miserables!
--Ahora al pueblo--dijo Leguía.
Comenzó de nuevo a tocar el acordeón, y los amigos de Leguía, saltando y brincando, llegaron a Vera. Entraron en otra taberna y volvieron de nuevo a Alzate hartos de vitorear a Riego, a Mina y a la Libertad.
Aviraneta se retiró a su posada a dormir.
Al día siguiente Fermín le preguntó a Aviraneta si necesitaba algún guía, y habiéndole dicho que sí, le prestó dos hombres para que le acompañaran: Errotachipi y Arroschco.
Errotachipi era flaco y huesudo; Arroschco, grueso y redondo; pero los dos eran fuertes y marchaban más de prisa que el caballo que montaba Aviraneta.
Salieron de Alzate los tres, cruzaron el puente de San Miguel, y por la orilla del Bidasoa salieron a Zalaín y comenzaron a subir Baldrun y después Escolamendi. Al medio día llegaron para comer a la ermita de San Antón, en el límite de Navarra y Guipúzcoa, enfrente de la Peña de Aya.
Era el sitio verdaderamente desierto y salvaje; la Peña de Aya se levantaba allá como una pared cortada a pico, de quinientos o seiscientos metros de alta, y en el fondo del valle, estrecho, dominado por la enorme muralla de granito, se veían unas cuantas ferrerías abandonadas y derruídas.
La ermita de San Antón tenía adosada una venta, y en ella entraron Errotachipi y Arroschco a encargar el almuerzo. El ventero los conocía y era amigo suyo, y en un cuarto, de techo bajo y con una gran mesa en medio, les sirvió la comida.
Después de comer siguieron los tres de nuevo la marcha; pasaron por Arichulegui, y por la tarde llegaron a Oyarzun, y allí se despidieron de Aviraneta Errotachipi y Arroschco.
Al día siguiente, Aviraneta tomó de nuevo la diligencia para Madrid, donde se presentó a don Evaristo San Miguel, que le dió las gracias por sus servicios.
LIBRO SÉPTIMO
EL INVIERNO
I
LA SITUACIÓN