Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
Part 13
Cugnet había pensado en nombrar comandantes a los militares extranjeros republicanos refugiados en España: a Nantil, oficial de artillería, de talento, que se encontraba en Bilbao; al barón Guillermo de Vaudoncourt, que estaba en Valencia; a Delon y a Fabvier, que se hallaban en Madrid, y a Pachiarotti, que acababa de llegar a Barcelona. Luego de organizar la columna, y en marcha, pensaba ofrecer el alto mando al general Riego.
Los militares franceses consultados escribieron a Cugnet pidiéndole detalles de la empresa, y éste contestó que todo iba preparándose y que se anunciaría el día de la reunión.
Vaudoncourt, que no tenía mucha confianza, escribió a Riego para advertirle la precipitación de Cugnet de Montarlot y rogarle que evitase un movimiento prematuro y parcial.
Le decía que la frontera del Rosellón era muy estrecha, obstruída de fortalezas, y que no sería fácil batir con pocos hombres las guarniciones de Perpiñán, Bellegarde, Prats de Mollo, Mont Louis, Collioure, etc.
Riego, enlazado con un compromiso con el Gobierno, contestó al requerimiento que le hicieron diciendo que no sería el primero; pero que si se hacía el movimiento invasor hacia Francia se uniría a él.
Cugnet siguió con sus preparativos; pero vió claramente que no tenía fuerza ni medios para organizar una columna de tres mil hombres, y entonces, abandonando este proyecto y en unión de los comuneros, ideó el plan de tomar Zaragoza con cuatrocientos hombres de infantería y cien de a caballo y proclamar la República. Cugnet fué a Madrid, volvió a Zaragoza, habló a todo el mundo de sus proyectos, y en esto el jefe político Moreda le mandó prender.
Al ir a echarle mano, un patriota le suministró un pasaporte y Cugnet se dirigió a Francia, y en el camino de Olorón, entre Jaca y Canfranc, le prendieron con cuatro o cinco compañeros y le encontraron unas proclamas absurdas, en las que se llama generalísimo y presidente del Gran Imperio. Cugnet estuvo unos meses en la cárcel, volvió a salir y fué al Languedoc.
Después de contarme sus aventuras, Cugnet me aseguraba que los oficiales franceses le habían denunciado al embajador de Francia en Madrid, monsieur de la Garde, y que éste había comprado al gobernador de Zaragoza, Moreda.
Yo le pregunté:
--¿Con qué individuos de la sociedad de los Comuneros se ha entendido usted?
--Con Morales, Romero Alpuente, Moreno Guerra y, sobre todo, con Regato, hombres sin tacha.
--Pues ahí tiene usted a los traidores. Esos le han tendido el lazo.
--¿De verdad?
--De verdad.
--¿Lo juraría usted?
--Por lo más sagrado.
Y le conté lo que sé de Regato y de algunos otros comuneros.
Cugnet ha dicho que si encuentra a Regato lo matará.
Cugnet marcha a España un día de estos. Piensa hacer lo posible para luchar contra la expedición francesa. Si entran los franceses en España formará una partida. Desde ahora cambiará de nombre, y en vez de Cugnet de Montarlot se llamará Carlos de Malsot. Convendría que se le protegiera y que la policía no le pusiera ninguna dificultad a su paso.
Un saludo de
_A_.»
VII
LOS CARBONARIOS Y EL COMPLOT DE BELFORT
«AMIGO S.: Se habla mucho en París--escribía Aviraneta al ministro--de esta nueva sociedad venida de Italia, y que se llama la Carboneria, y a sus afiliados los carbonari. La Carboneria tiene pocos ritos misteriosos, y a sus logias llama Ventas.
El objeto de esta sociedad es expulsar a los Borbones y derrotar a la Santa Alianza.
La Alta Venta Carbonaria de París pretende ser el centro de los liberales de España, de los radicales de Inglaterra, de los carbonarios de Italia y de los griegos sublevados contra los turcos. Hay comités para favorecer la revolución griega, española e italiana, y se intenta formar una Liga latina de los pueblos para oponerla a la Santa Alianza. Creo que el Gobierno español no debe desdeñar a esta sociedad, sino relacionarse con ella, aunque los masones se opongan. Los informes de los carbonari serán buenos, y sus hombres, como más jóvenes y decididos que los masones, pueden servir de mucho.
El origen de esta sociedad es un tanto fantástico. Unos suponen que procede del tiempo en que los hombres del partido gibelino, de Italia, tenían que refugiarse en los bosques; otros aseguran que la fundó San Tibaldo o Teodobaldo, monje, de Sarrebruck. Los masones aseguran que la secta carbonaria es moderna, pues su parte de mitos religiosos se inspira en el cristianismo, y no en el judaísmo, como la masonería.
Los carbonari, que no han suprimido los mitos simbólicos, llaman al Gran Oriente, Gran Firmamento; Gran Elegido, al Gran Maestre, y tienen sus iluminados y sus venerables. Para ellos, Ausonia es el bosque feliz; los corderos son los buenos, y los lobos los tiranos.
Todo este simbolismo primitivo ha desaparecido en la adaptación francesa.
El origen de la adaptación es éste:
Durante la Restauración aparecieron en Francia muchas sociedades secretas. En su principio, todas eran militares y bonapartistas, como formadas por oficiales del Imperio. Luego, más tarde, estas sociedades fueron creciendo con el concurso de paisanos masones, partidarios en su mayoría de la República.
En 1820 existían dos sociedades importantes: Los Caballeros de la Libertad y los Amigos de la Verdad.
Tras de una conspiración tramada por esta última, la mayoría de sus socios escapó de Francia, y un oficial llamado Dugied fué a Nápoles y se hizo carbonario.
Volvió Dugied a París con la idea de que había que implantar aquí el carbonarismo, y habló de esto a todos sus amigos, hasta que los convenció.
Tres jóvenes tomaron la iniciativa: un estudiante de Medicina apellidado Buchez, hombre tosco y de energía; un periodista, Amando Bazard, fundador de la Sociedad Los Amigos de la Verdad, y otro muchacho llamado Flotard.
El 1.º de mayo del año pasado estos tres jóvenes se reunían en la mesa redonda de una casa de huéspedes miserable de la calle de Copeau, casa pobre de un barrio de los más pobres de París.
Se discutió entre los tres amigos la proposición del oficial Dugied y los estatutos de los carbonari italianos que tenían sobre la mesa.
Después de una larga discusión, se llegó a varios acuerdos, que eran éstos:
Primero. Los estatutos de los carbonari italianos no responden ni al carácter ni a las inclinaciones de los franceses; por lo tanto, hay que cambiarlos.
Segundo. Al fundar la Carboneria desaparecerán todas las sociedades de carácter político liberal.
Bazard habló al Consejo administrativo de Los Amigos de la Verdad, que se mostró conforme; se escribieron los nuevos estatutos y se fundó la sociedad. Se suprimió en ella todo carácter místico.
Los siete fundadores del carbonarismo en Francia fueron: Bazard, Flotard, Buchez, Dugied, Carriol, Joubert y Limperani.
Los deberes del carbonario francés son: tener un fusil y cincuenta cartuchos, estar pronto al sacrificio y obedecer ciegamente a las órdenes de jefes desconocidos.
Las sociedades carbonarias son civiles y militares.
En la calle, los carbonarios se saludan unos a otros llevando la mano a la frente, a la manera militar; luego se cruzan las manos sobre la espalda y se quedan en esta actitud hasta que la persona a la cual se dirige uno tiende también la mano derecha; entonces se aprieta fuertemente la mano y después el antebrazo.
Los italianos se reconocen diciendo al dar la mano:
--Fe, Esperanza y Ca... ri... dad...
La palabra Caridad la dicen recortándola, y en la palma de la mano de quien saludan trazan con el pulgar una C y una N.
Los carbonarios nunca escriben nada; se comunican de viva voz y se reconocen por monedas partidas o por tarjetas cortadas de una manera irregular.
Al militar que va a un pueblo de guarnición se le da un trozo de moneda y a la Venta del pueblo se envía otro.
Una vez constituída la sociedad carbonaria, arraigó rapidísimamente. En seguida se extendió por los cuarteles y por las escuelas.
Bazard trabajó en París y consiguió que, más o menos claramente, se afiliaran los generales Lafayette, Lamarque, el diputado Manuel, Dupont de l'Eure, el general Thiars. Se comenzaron a pasar revistas por la noche, y los afiliados hacían el ejercicio en los desvanes, cubiertos de paja.
Mientras Bazard trabajaba en París, Flotard estaba en el Oeste, Dugied en Borgoña, Joubert en Alsacia y los demás repartidos por Francia.
Al año consiguieron cubrir Francia de ventas. La primera conspiración carbonaria se fraguó entre los alumnos de Saumur, y tenía que estallar el 22 de diciembre de 1821. Fracasó, y pocos días después, el 1.º de enero de 1822, abortaba el complot de Belfort.
La conspiración ésta abortó por varias razones: la principal por querer poner a la cabeza de gente ardiente y joven hombres viejos y experimentados.
Se tenía la tropa comprometida en Belfort, Colmar, Estrasburgo, Metz, Epinal y Mulhouse. Había cinco regimientos completos en la conspiración y varias compañías y batallones de la zona. En la línea del Rhin, las ventas carbonarias tenían cerca de diez mil afiliados.
El movimiento había de ser por el estilo del nuestro de Cádiz.
El Comité directivo lo formaban: Lafayette, Manuel, Dupont de l'Eure, Voyer d'Argenson, Jackes Koechlin, el general Thiars, Merilhou y Chevalier.
La gente de acción que iban a dirigir la conspiración eran: entre los civiles, Bazard, Flotard, Buchez, Joubert, los pintores Ary Scheffer y Horacio Vernet y otros carbonarios; entre los militares estaban: el general Dermoncourt, los coroneles Caron, Fabvier, Pailhés, y los oficiales de menos graduación, Rusconi, Roger, Armando Carrel, etc.
La indecisión del Comité director fué una de las causas principales del fracaso.
Caron, el mayor, después de abortar el movimiento de Belfort, fué engañado por la policía.
El coronel Caron intentaba levantar los regimientos en Colmar.
Los jefes del ejército ordenaron a los oficiales y suboficiales que dieran aparentemente oídos a las proposiciones revolucionarias del coronel. Caron, ilusionado, salió de Colmar con un escuadrón de falsos cómplices; fué de pueblo en pueblo descubriendo él mismo dónde tenía sus amigos, y al último, preso por sus subalternos, atado y en una carreta, lo llevaron a Estrasburgo, donde lo fusilaron.
Al mismo tiempo que el complot de Belfort se preparaba una segunda conspiración en Saumur, con fuerzas mandadas por el general Berton y por el teniente de artillería Delon. Al saber el fracaso de Belfort se pensó en abandonar el proyecto; pero Berton, como hombre decidido y terco, no quiso cejar. Decidió comenzar el movimiento en Thonars, y fué allí el 22 de febrero de este año vestido de general, montó a caballo, enarboló la bandera tricolor y, seguido de algunos cientos de guardias nacionales, intentó entrar en Saumur.
La tropa le salió al encuentro, y Berton tuvo que dar la orden de retirarse a su columna. Todos los cómplices desaparecieron; Berton no quiso hacerlo y, descubierto, ha sido preso y será guillotinado.
Por esta misma época se encontraron tarjetas cortadas y otros papeles comprometedores a los cuatro sargentos de la Rochela. En su proceso se demostró que estaban afiliados al carbonarismo.
Estos fracasos de Belfort y Saumur tienen mucha importancia para nosotros, porque nos privan de fuerzas que podían venir en nuestro auxilio. Muchos militares están en la cárcel. Ahora mismo se está celebrando el juicio contra el general Berton y la conspiración de Saumur, y el fiscal acusa a los liberales, a Manuel, a Foy y a otros de pertenecer a sociedades secretas. Se intenta amedrentarlos.
Dentro de unos días se va a guillotinar a los cuatro sargentos de la Rochela. Los carbonarios dicen que los salvarán, que tendrán doscientos mil hombres en las calles de París. Ya veremos.
_A._»
VIII
LA AYUDA EXTRANJERA
AL día siguiente de escribir esta carta, Aviraneta, acompañado de uno de los hermanos Bonaldi, fué a casa de un fondista llamado Rossel, de la calle de Rivoli. En esta fonda había vivido, durante algún tiempo, uno de los jefes carbonarios, Flotard, y seguía viviendo todavía un amigo suyo, estudiante de Medicina.
Preguntaron Bonaldi y Aviraneta por él, y les pasaron a un cuartucho pequeño que daba a un patio, en donde vieron a un hombre todavía joven, pero completamente calvo, que estaba leyendo un libro y que tenía delante una calavera llena de nombres y de rayas azules, sin duda marcada según el sistema de Gall. El estudiante escuchó lo que le dijeron, y advirtió que había que llamar a un comisionista que vivía también en la casa.
--Este comisionista--dijo el estudiante--tiene la especialidad de que fecha o nombre que se le dice no se le olvida. Lo cual me choca, porque no tiene la protuberancia que Gall señala para la memoria.
--¿Y eso qué importa?--dijo Bonaldi.
--Importa mucho para la ciencia.
--Sí; pero, en fin, nosotros somos políticos, no entendemos de eso. Decía usted que tiene una gran memoria.
--Sí, y como los carbonarios no son amigos de escribir, este muchacho les servía de libro de señas.
El estudiante llamó al comisionista y le explicó en pocas palabras el deseo de Aviraneta. Era el comisionista un joven muy rubio, de aire insignificante, a pesar de su memoria prodigiosa.
--Si se trata de algo con relación a España--dijo el comisionista--, lo sabrá Chevalier, coronel de la Guardia Imperial, que vive calle Saint-Dominique d'Enfer, en el hotel del Escudo de Francia. Allí le encontrarán, y si no, vayan ustedes a un taller de planchadoras de la calle Lourcine, núm. 23, y pregunten ustedes por él.
El estudiante quiso hacerles esperar un momento a Bonaldi y a Aviraneta, y explicarles por qué el joven comisionista no tenía la protuberancia de la memoria señalada por Gall; pero ellos tenían prisa.
Bonaldi y Aviraneta tomaron un coche y se presentaron en el taller de planchado de la calle Lourcine.
La calle era sucia y negra, y el taller, obscuro y digno de la calle. Preguntaron a una mujer gorda por el coronel Chevalier; ella les preguntó a su vez quién les enviaba; Bonaldi contestó que venían de casa de Flotard, y les pasaron a un secadero de ropa, donde hablaban dos hombres; el uno era el coronel Chevalier, de la Guardia Imperial, hombre alto, buen mozo; el otro, el coronel Dentzel, un señor bajito, rubio y cano.
Bonaldi, con cierta ceremonia teatral de italiano y de cómico, hizo las presentaciones y explicó la misión que llevaba Aviraneta del Gobierno español.
Chevalier no conocía nada de asuntos relacionados con España. Dentzel sabía algo por haber oído hablar en casa del general Schramm, donde se reunían los generales Esteve y Solignac, pues se discutía allá la posibilidad de un movimiento en defensa de los liberales españoles. También había oído decir que el ex coronel Bourbaki, después de avistarse con el embajador de España, el duque de San Lorenzo, iba a salir de París hacia Navarra.
El coronel Dentzel dijo que sus datos eran muy vagos, pero que no tenía otros. Luego, después, recordó que había un miniaturista español llamado Pastor, muy relacionado con Lafayette, que vivía en la calle Bergere, y añadió que quizá éste supiera algo.
Salieron del secadero del taller de plancha, y Bonaldi y Aviraneta volvieron a la otra orilla.
El miniaturista Pastor tenía un estudio muy pobre. Era un hombre afeitado, flaco, alto, con unos anteojos de lentes gruesos, vestido de negro, lleno de manchas.
Este miniaturista, a creerle a él, lo sabía todo; hablaba en tono de confidencia y de misterio. Su conversación era un continuo aparte. Seguramente, cuando este hombre iba a las tiendas de comestibles, decía al dueño: «En confianza, que no nos oiga nadie. Deme usted una libra de queso».
Pastor dijo que se habían visto en París en la semana pasada los generales Lafayette, Foy, Clausel, Lamarque y el coronel Fabvier para tratar asuntos de España. El general Lamarque había estado con su mujer en el hotel de Estrasburgo, de la calle de Richelieu.
--¿Y se va a hacer algo?--preguntó Aviraneta.
--Claro que sí. Se organizará una legión francesa en Zaragoza y una legión inglesa en Galicia; las tropas francesas estarán mandadas por los generales Gourgaud, Carnot y Lallemand, y las inglesas, por sir Roberto Wilson.
--Esto se dice. La cuestión es que se pueda hacerlo--dijo Aviraneta.
--Por otro lado, Pepé está en relaciones con Lafayette--siguió diciendo Pastor--. Le escribe firmando miss Wright, y la intermediaria es la señora Hutchison, que vive en la calle de Clichy, 28.
--¿Y qué puede hacer Pepé?
--Organizar una legión italiana. Fabvier también está con nosotros. Fabvier, con el nombre de Cabillo Torres, ha escrito varias cartas al banquero Haguerman, desde Barcelona, explicando a Lafayette la situación. Fabvier va otra vez a España, desde Londres, con una mujer que toma el nombre de Sorting, y que es una criada de lady Holland. Ahora Fabvier está en París.
--Sí. Fabvier estará con nosotros y Pepé y algunos otros; pero son hombres, no batalladores--dijo Aviraneta.
A Pastor parecía preocuparle poco la realidad de lo que contaba. Le bastaba con hablar y entusiasmarse.
--El que va a venir con fuerzas perfectamente equipadas es el gran sir Roberto Thomas Wilson. Wilson es de ideas republicanas, diputado de la Cámara de los Comunes; está en París en el hotel de Londres, de la plaza de Vendome.
--¿Pero trae gente?
--Sí, le acompañan Antonio Adolfo Marbot, hijo del general Marbot; John Braandon y John Hickes, radicales ingleses, y dos carbonarios italianos, Santini y Rossi.
--Los conozco--dijo Bonaldi.
--Por último--exclamó Pastor--, tengo una noticia importantísima.
--¿Y es?
--Que los liberales franceses van a enviar a Benjamín Constant a España.
De la charlatanería del miniaturista, Aviraneta quedó convencido de que no sabía nada, probablemente porque no había tampoco nada preparado.
IX
LA SOLEDAD
LA situación entre la Sole y Aviraneta iba haciéndose cada día más extraña. Aviraneta se entendía bien con ella; pero su vida era tan agitada y movida, que no tenía apenas tiempo de hablarla.
La Sole, por su parte, era muy mimosa, y necesitaba que alguien se ocupara constantemente de ella.
Don Eugenio defraudaba sus esperanzas; la dejaba sola durante largo tiempo; si ella le hablaba, él sonreía distraídamente, siempre pensando en sus enredos políticos.
La Sole hubiera llegado a querer a Aviraneta si éste hubiese sido como las demás personas; pero don Eugenio no paraba en nada: su imaginación estaba siempre en movimiento.
La Sole comenzó a unir la desilusión de no atraer al hombre con quien vivía con el miedo.
Al principio, no; pero poco después comenzaron a presentarse en el hotel tipos de malas trazas a preguntar por Aviraneta. Eran de la policía. Algunos no se contentaron con hacer preguntas al portero, sino que fueron a interrogar a la Soledad.
La muchacha quedó aterrada.
El jefe de aquellos hombres era uno a quien Pantanelli llamaba el Espión, y la Soledad, también, creyendo que éste sería su nombre. El Espión era un tunante de unos cuarenta años, fuerte y rojo. Tenía la cara irónica y juanetuda, los ojos hundidos y las patillas rojas. Vestía levita larga, chaleco negro, corbata de muchas vueltas y sombrero de copa de alas anchas, a la Bolívar. Gastaba un garrote, sobre el que se apoyaba en una actitud cínica y desafiadora. A las órdenes del Espión andaban dos hombres que, según dijo el mozo del hotel, eran dos finos sabuesos de la policía: el padre Chicard y Gargouille.
El padre Chicard era un viejo pálido y muy pequeño, tan rapado, que no tenía apenas cuerpo. Vestía una hopalanda desteñida y andaba deslizándose como una sombra. El padre Chicard solía estar tan ensimismado, que nadie le hubiera tomado por un espía. A veces su mirada se iluminaba con una sonrisa irónica y aguda.
Gargouille era un pequeño monstruo: tenía una cara de sátiro alegre y cómica, una nariz como una trompeta, por encima de la cual se pasaba los dedos como para quitarla el polvo o espantar una mosca, y un paso grotesco, como el de los cómicos de melodrama y los cantantes de ópera.
El padre Chicard y Gargouille solían estar los dos en frente del hotel de Embajadores a la puerta de una casquería, en la que había unas cabezas de ternera muy pálidas y melancólicas en el escaparate.
Un día se presentó un joven rubio, elegante, que sabía algo de español. Este joven era secretario del Ministerio del Interior, y tuvo una conferencia con la Sole. El joven le dijo que Aviraneta era un carbonario, que tenía una misión secreta y espantosa; que lo mejor que podía hacer era abandonarle. La Sole se echó a temblar.
--¡Qué voy a hacer yo, Dios mío!--dijo llorando.
--Una mujer tan bonita como usted siempre encontrará quien la ofrezca, no una morada, sino un trono--le dijo el joven.
La Sole le miró por entre sus lágrimas y no contestó.
Al despedirse, el joven dejó su tarjeta, en donde Soledad pudo leer:
EL MARQUÉS DE VIEUZAC
El marqués pidió a la Soledad permiso para escribirla, y la Sole se lo concedió.
El saber que Aviraneta era un bandido no aminoró en nada la simpatía que tenía por él la Soledad.
Esta no le habló de la visita del marqués, empleado en el Ministerio; le dijo únicamente que había gente que preguntaba por él en la portería y que le espiaba.
--La gente de la calle de Jerusalén--dijo Aviraneta, como si el hecho no tuviera importancia.
--¿Quién es esa gente?
--La policía--contestó él con indiferencia.
La Sole quiso convencerle de que debía dejar los asuntos tenebrosos en que estaba metido, y Aviraneta escuchó estas palabras riéndose.
--No tengas miedo; ya dentro de unos días nos volveremos a España--dijo.
--¿Y por qué no en seguida?
--Hay que esperar hasta el veintiuno de septiembre.
--¿Para qué?
--Porque ese día van a ejecutar a cuatro sargentos, y nosotros los vamos a salvar.
--¿Quiénes sois vosotros?
--Nosotros, los revolucionarios.
La Soledad comenzó a llorar, pidiendo a Aviraneta que no se mezclara en estos asuntos, porque le iban a cortar la cabeza. Aviraneta se rió y tranquilizó a la muchacha.
Unos días después volvieron los de la policía y pasaron largo tiempo en el portal.
Aviraneta no quería encontrarse con ellos, y le dijo a la Sole que, cuando estuvieran los hombres de la calle de Jerusalén en acecho, atara un pañuelo blanco en el hierro del balcón. Entonces él le mandaría un aviso diciéndole en dónde le podía encontrar.
Si en vez de esperarle nada más los de la policía, querían prenderle, la Soledad pondría un pañuelo rojo, y en seguida escribiría una carta diciéndole lo que pasaba a la librería de Eymery, y la enviaría por el mozo del hotel.
La Soledad tenía mucho miedo al Espión y a los hombres de la calle de Jerusalén; pero prometió hacer las señales que le pedía don Eugenio.
Un día Aviraneta se enteró por el dueño de la fonda que el joven rubio entraba en su cuarto. Un domingo por la mañana, en que Soledad se preparaba para ir a misa, Aviraneta se hizo el dormido, y cuando se fué la muchacha saltó de la cama, abrió con el cortaplumas un armario donde ella tenía su ropa y encontró dos cartas del marqués de Vieuzac. En una de ellas el marqués le hacía grandes protestas de amor; en la otra le decía que no tuviera miedo a Aviraneta, porque si ella quería, él contaba con medios para prenderle, formarle un proceso y enviarle deportado para siempre.
Aviraneta castañeteó los dedos, y murmuró:
--¡Diablo!
Don Eugenio esperó a que volviera la muchacha, para tener una explicación con ella.
Entró la Soledad una hora después, y Aviraneta le dijo lo que había descubierto. Ella, llorando, le confesó que era verdad; pero que no le quería al marqués; que lo que estaba deseando era volver cuanto antes a España, y que él dejara aquellos asuntos políticos tan peligrosos.
X
ÚLTIMA CARTA
DOS días después, Aviraneta escribía al ministro:
«Amigo S.: