Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823

Part 12

Chapter 123,985 wordsPublic domain

Con el mismo fin parece que se ha presentado no hace mucho un personaje enigmático, el vizconde de Boisset. Este vizconde se daba mucha importancia como aristócrata de gran tono, y venía, según unos, con una misión particular del conde de Artois; según otros, de parte del ministro Villele.

Por lo que se cuenta, consultó con Eguía y con su secretario, Núñez Abreu, y, según los partidarios de Quesada y de Mataflorida, quedó convencido de que el general de la pastelería, con sus setenta y dos años, es un viejo _gagá_, es decir, un viejo chocho e inútil.

A pesar de las divisiones, el partido absolutista tiene cada vez más importancia, y la gente cree que triunfará, pues, a la corta o la larga, los franceses nos declararán la guerra.

El Gobierno francés da dinero a manos llenas. Según se dice, los oficiales y tropas del Ejército de la Fe, preparados para entrar en España, cobran sus sueldos religiosamente.

El cordón sanitario y los lazaretos establecidos en los Pirineos Orientales con el pretexto de la fiebre amarilla sirvieron de medios de comunicación entre los absolutistas españoles y el ejército francés.

Ahora, últimamente, se dice que se han enviado nuevas remesas de dinero, y que dentro de unos días Quesada y el Trapense entrarán en España.

Los rumores de guerra con Francia corren constantemente.

Ha habido día en que se han levantando los puentes levadizos y en que la guarnición de Bayona ha pasado la noche sobre las armas.

Se dice que se están enganchando los realistas y que los cónsules les dan pasaportes para entrar en España. Se asegura también que preparan un desembarco en la punta de Socoa, en San Juan de Luz.

La cuestión de los cónsules debía preocupar al Gobierno español; el de Bayona es, en política, un pastelero; el de Burdeos, un tal don Isidoro Montenegro, es uno de los agentes absolutistas más caracterizados.

Los encargados de defender al país son los que lo venden. ¡Qué vergüenza! ¡Qué prueba de incapacidad la nuestra!

_A._»

III

LA CONDESA DE RUPELMONDE

CONCLUÍDA su misión en Bayona, la Soledad y don Eugenio tomaron de nuevo la diligencia.

La admiración de la Sole crecía de punto al internarse en Francia. El viaje por tierra extranjera le parecía un sueño.

Las gentes que tomaban y dejaban la diligencia, los cochecitos con que se cruzaban en la carretera, los carros de los saltimbanquis, los gendarmes, las casas con flores, los jardines en donde jugaban unos niños o un señor gordo regaba, el castillo con sus torres y tejados puntiagudos y su camino enarenado, el río o el mar que se veía a los lejos, todas eran sorpresas para la Sole, todos descubrimientos que tenía que mostrar a don Eugenio.

De noche las impresiones eran para ella también admirables. Se llegaba a algún pueblo; paraba la diligencia en una callejuela tortuosa, delante de la puerta de una posada llamada el Dragón Azul, las Armas de Francia o el Buen Caballero; se cruzaba un patio mal iluminado, en donde se veían galeras, camiones, carrozas, tílburis, montones de heno, cajas de frutas, de ostras, de pescado seco, banastas de arenques y barricas de vino, y por una escalera, precedidos de una criada con una palmatoria en la mano, se llegaba a una galería que daba la vuelta al patio y se penetraba después en una sala iluminada con un candelabro, y una alcoba en el fondo adornada con cortinajes.

--¡Qué miedo tendría si viniera sola!--exclamaba la Soledad, y el sentirse protegida era para ella una de sus mayores satisfacciones.

Todo el viaje la muchacha fué así encantada.

Al llegar a Burdeos, Aviraneta se encontró con que uno de sus parientes de Méjico, don Pedro Pascual de Ibargoyen, se había instalado allá, en unión de un primo de Aviraneta, llamado Francisco Berroa.

Don Eugenio preguntó a sus parientes qué se hablaba allí de política española; pero éstos no se ocupaban mas que de sus negocios. No pudo encontrar en Burdeos grandes datos para cumplir la misión que llevaba, y Aviraneta con la Sole siguió inmediatamente a París. Llegaron por la mañana, con un calor sofocante. Tomaron un coche y fueron al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana.

El amo del hotel era desde antiguo amigo de Aviraneta, y estaba afiliado a la masonería.

Llevó a don Eugenio y a su compañera a un saloncito de lectura, y después de hacerles descansar y de charlar un momento con ellos, les acompañó a ver los cuartos.

El hotel era estrecho y estaba repleto; tenía una escalera angosta, en la que se respiraba un vaho de comida y de agua de fregar caliente; en los rincones, obscuros, había bujías encendidas.

Aviraneta no quiso quedarse en los pisos bajos y pidió un cuarto en lo más alto, adonde no llegaba el tufo de la casa y donde se respiraba un aire más limpio.

Hubo que hacer varios cambios, y la Sole y Aviraneta se instalaron, por fin, en un cuarto bastante grande, en el último piso, con dos balcones a la calle. La habitación tenía pretensiones de elegante: estaba tapizada con un papel con dibujos, tenía una chimenea de mármol y encima de ella un gran espejo dorado. En los balcones había tiestos de enredaderas. Desde allí arriba se veía un panorama de guardillas y de tejados, y un bosque de chimeneas de todas clases, de ladrillo, de barro, de hierro, agrupadas como tubos de órgano, aisladas, torcidas, derechas, en zig-zag, terminadas en caperuzas, cascos, mitras, morriones, sombreros de teja, sombreros de obispo y gorros de dormir.

La Sole quedó un poco sorprendida de esta vista sobre París a vuelo de pájaro, y comenzó a sacar su ropa del baúl.

Aviraneta escribió a González Arnao y a otros amigos pidiéndoles hora para verles.

--Bueno--le dijo a la Sole--; me voy.

--¿Te vas?

--Sí; vendré a la hora de comer.

Aviraneta marchó a dejar en su destino el encargo de Etchepare. Era un paquete pequeño, cuadrado, envuelto en un papel, con esta dirección:

«A la señora condesa de Rupelmonde.--Calle del Infierno, 23, hotel.»

¿Qué demonio tendría que ver el republicano Etchepare con aquella condesa?

Aviraneta tomó un coche a la puerta de su hotel, cruzó el Sena por el puente de las Artes, y luego, por un laberinto de vías estrechas y sucias, llegó a una calle próxima al Val de Grace, la calle del Infierno. Aviraneta pagó al cochero, y antes de llamar en el hotel estuvo contemplando la calle, desierta y abandonada, entre cutre cuyas piedras nacían manchones de hierba. Miró al reloj: eran las diez y media. Le pareció que quizá sería demasiado temprano para visitar a una dama de la aristocracia, y pensó en hacer un poco de tiempo, paseando. Esta calle del Infierno, donde estaba la casa, terminaba en la plaza d'Enfer, plaza irregular que se continuaba por la barrière d'Enfer.

El barrio aquel era de conventos. A un lado estaba el Val de Grace, convento de Benedictinas fundado por Ana de Austria; cerca, el convento de Port Royal, notable por la protección que dispensaron las monjas a los jansenistas; a un paso, las Ursulinas, las _Feuillantines_...

Aviraneta recorrió el barrio y se acercó de nuevo al hotel de la calle del Infierno. Era éste pequeño, de piedra, con dos pabellones de color negruzco; el tejado, puntiagudo, y las ventanas, sin maderas.

Aviraneta llamó; sonó a lo lejos una campana, y poco después apareció un criado viejo, que le preguntó en voz baja qué deseaba. Aviraneta le explicó que traía un encargo para la condesa de parte del señor Etchepare de Bidart.

--Etchepare... Bidart...--murmuró el viejo--. Espere usted un momento.

Entró Aviraneta en el portal, se sentó en un banco y esperó unos minutos. Volvió el criado, pasaron una puerta vidriera y subieron una gran escalera de mármol, alfombrada en el centro.

El criado hizo pasar a Aviraneta a un saloncito en donde había una señora de pelo blanco como la nieve, vestida de luto.

Esta señora, de aire imponente, tenía el rostro joven, a pesar de la blancura del pelo, y la mirada llena de brillo.

--Mi tío, el señor Etchepare--dijo Aviraneta--, me manda con este encargo para usted.

--¡Ah! ¿Es usted sobrino del señor Etchepare?--preguntó ella dando muestras de gran sorpresa.

--Sí, señora.

--¿Vascofrancés?

--No, señora; soy español.

--Un momento.

La señora se acercó a un costurero, sacó unas tijeras y abrió el paquetito de Etchepare. Aviraneta, que estaba lleno de curiosidad, vió que encerraba unos papeles y una miniatura.

La dama se quedó contemplándolos absorta.

--No comprendo por qué me manda esto el tío de usted--dijo la señora con voz temblona--. ¿Le pasa algo? ¿Es que está enfermo?

--Sí, muy enfermo.

--¿Grave?

--El cree que durará poco, unos días solamente.

--¿Quién le cuida?

--Una mujer de un caserío próximo le lleva la comida y le saca al jardín. Luego queda solo.

--¡Pobre amigo!--exclamó la condesa--. ¿Sabe usted si se ha reconciliado con la Iglesia?

--Creo que no, señora.

La dama quedó pensativa. Aviraneta dió dos pasos para retirarse.

--Espere usted un momento--dijo la condesa--. ¿Necesita usted en París alguien que le guíe?

--No, señora. Muchas gracias. Conozco la ciudad.

--Sin embargo, no le perjudicará a usted tener una persona conocida.

--¡Ah, claro que no!

La condesa tocó una campanilla, y apareció el criado viejo.

--Dile al señor abate que venga.

Aviraneta esperaba de pie.

--Siéntese usted, caballero--dijo la señora.

Aviraneta se acercó a la mesa y miró la miniatura... La conocía. Era la que le había enseñado Etchepare hacía muchos años al contarle su historia.

Al mirar de nuevo a la condesa de Rupelmonde comprendió que era la sobrina de Guzmán, de la que había estado enamorado Etchepare en su juventud.

Pasaron así unos minutos, sentados frente a frente, la señora y Aviraneta, sin hablarse, hasta que llegó el criado en compañía de un abate.

La condesa presentó al abate Dumanoir a Aviraneta; después dijo que tenía que ausentarse por unos días de París, y se despidió.

El abate Dumanoir era un hombre de treinta a cuarenta años, charlatán, ceremonioso y muy amigo de dogmatizar.

Tenía el aspecto de un hombre del antiguo régimen, jugaba con un lente de oro colgado del cuello por una cinta, y usaba una tabaquera de concha, que llevaba siempre en la mano.

Dumanoir le interrogó a Aviraneta acerca de los asuntos de España, y le llevó al jardín de la casa. Este jardín había sido de mademoiselle la Valliere; allí había paseado en sus últimos tiempos la favorita de Luis XIV.

Dumanoir le mareó a Aviraneta a preguntas; quería sonsacarle, saber sus opiniones políticas.

El fingir que no comprendía bien unas veces y el hacer que no tenía facilidad de expresarse en francés otras, le salvaba de descubrirse como liberal.

De cuando en cuando, el consejo de Sanguinetti le venía a la memoria.

--Mio caro, studiate la matematica.

Después de enterarse bien de la política española, el abate Dumanoir habló de sus teorías políticas. Era partidario de las doctrinas de Maistre y de Bonald. El despotismo del Gobierno, según él, debía estar por encima de la voluntad de los individuos, y el despotismo de la Iglesia, por encima de todos los gobiernos.

Aviraneta le dejó hablar, y luego le preguntó su opinión acerca de la posible guerra con España. El abate estaba convencido de que la intervención se iba a verificar; pero no dijo los motivos que tenía para creerlo.

Aviraneta inventó una ocupación urgente, se despidió del abate y salió del hotel.

A la puerta esperaba un coche. ¿Iría la condesa a ver a Etchepare?

IV

TRABAJOS DE LOS ABSOLUTISTAS

AL volver Aviraneta al hotel se encontró a la Sole, que estaba llorando a mares.

--¿Qué pasa?--le preguntó.

Realmente, no pasaba nada. La Sole, viéndose en el cuarto de un hotel y en una ciudad desconocida, había creído lo más conveniente ponerse a llorar.

Aviraneta se rió de este llanto, y la Sole le dijo que era muy desgraciada y que deseaba morirse.

--Bueno--replicó don Eugenio--; son las doce y media. Yo tengo que escribir unas cartas. Te esperaré abajo, en el salón de lectura. Te doy media hora para dejar de llorar, olvidarte de Frutos y de su pelo rizado, vestirte, ponerte guapa y venir conmigo a comer al restaurante.

La Sole protestó; dijo que se acordaba tanto de Frutos como de la luna y se arregló para hacer su tocado en media hora, y salieron los dos del hotel. Comieron en la fonda de los Hermanos Provenzales y dieron un paseo por los bulevares.

La Sole, con su mantilla de casco, tuvo en la calle un gran éxito. Llamaba la atención allí por donde iba.

--Creo que Aranda está quedando a una gran altura--la dijo Aviraneta.

--Sí; es verdad--contestó ella riendo.

La Sole se había dado cuenta de la expectación que despertaba, y el instinto femenino le hizo inventar nuevas armas para exacerbar esta expectación.

Aviraneta no podía acompañarla con frecuencia, entregado, como estaba, a sus investigaciones, y se decidió que la muchacha saliera sola, y que para volver, si no sabía el camino, tomara un coche.

Después de cenar iban los dos a los cafés y a los teatros, y andaban por los bulevares y por las calles, estrechas y llenas de gente.

A los pocos días de llegar Aviraneta, escribió al ministro.

«Amigo S.: Estoy comenzando mis trabajos de información, que, como comprenderá usted, no son fáciles.

González Arnao se muestra pesimista. Me ha dicho que el delegado de la Regencia de Urgel, Martín Balmaseda, ha venido hace días a París con pliegos para la familia real.

Tuvo una consulta con el conde de Artois y con los duques de Berry y de Angulema. Naturalmente, a todos les parece bien que se vaya contra esos bandidos españoles que quieren vivir con el _mínimum de frailes_.

Se sabe que el conde de Artois y su corte del pabellón Marsan patrocinan la idea, y con él el partido jesuíta y los periódicos _La Bandera Blanca_, _La Cuotidiana_, la _Gaceta de Francia_, etc.

En las consultas de Balmaseda con los políticos no ha habido unanimidad; los moderados Villele, Montmorency y Chateaubriand se inclinan a que España tenga una Carta al estilo de Francia. Consideran que si Toreno, Morillo y Martínez de la Rosa ceden en su entusiasmo por las doctrinas liberales, estarán en el fiel de la balanza.

Si existen en España organizados los Anilleros, quizá se intente una reacción en este sentido para traer la Carta con dos cámaras; pero creo que los partidarios de esas ideas se han de encontrar chasqueados, porque la avalancha absolutista los ha de tragar a todos. La gente clerical odia lo mismo, o quizá más, al liberal moderado que al más rabioso.

Ugarte anda por París intrigando; tiene por aquí centros absolutistas franceses, a donde concurre, y está en correspondencia en Madrid, con Miñano, Corpas y con amigos de Martínez de la Rosa.

No sé qué contubernio afrancesado, apostólico, moderado, preparan. Los absolutistas franceses trabajan con un gran entusiasmo por la causa clerical española. La Sociedad de Beneficencia de los Conservadores de la Legitimidad, sociedad jesuítica que tiene una policía muy bien montada, organiza los Dragones Ligeros del Ejército de la Fe.

Muchos aristócratas realistas y vendeanos se preparan para entrar en España.

Esta sociedad de Beneficencia legitimista, ayudada por el partido del pabellón Marsan, hace una terrible campaña contra nosotros. Los periódicos absolutistas subvencionados por el Gobierno, como la _Bandera Blanca_, elogian a los guerrilleros feotas, y la _Foudre_, otro periódico clerical, pagado por el Ministerio y escrito por saineteros, pintaba hace días al Trapense vestido de fraile, sobre una escalera y con un látigo en la mano, subiendo la muralla de la Seo de Urgel y haciendo huír a los liberales.

La mayoría de la gente de posición es hostil a los españoles. Creen que de un día a otro vamos a colgar al rey y a su familia. ¡Ojalá!

Cierto que los doctrinarios liberales no quieren hablar de guerra, y los que se llaman independientes, como Foy, Manuel, Lafayette, luchan contra ella; pero no podrán evitarla.

Por ahora, lo más importante me parece explorar el ánimo de los militares. A esto me voy a dedicar durante unos días.

Ayer comencé mi campaña. Hay en mi hotel un judío francés, Ben Assag, que tiene un almacén de vinos en Bayona, en el barrio de Saint-Esprit.

Este judío ha venido a París a solicitar del Gobierno una contrata para el futuro ejército de la Fe, que probablemente nos hará la guerra. Le he dicho yo que conocía a Basterreche, y el judío me ha indicado que Basterreche, a pesar de ser republicano, como diputado tiene buenas amistades en el ejército, y que podría servirle. El judío me ha prometido un tanto por ciento de beneficios si le consigo algo; le he acompañado a la calle de Montmartre, 148, donde vive Basterreche, a quien he puesto al corriente de la misión que tengo, y luego los tres hemos visitado a un general, empleado en el Ministerio de la Guerra.

Este general, que, al parecer, antes tenía fama de republicano, nos ha hablado como un perfecto monárquico de la fidelidad a sus reyes, del respeto a su señor...

El general ha indicado al judío que vuelva de nuevo para hablar con él.

Basterreche me ha dicho que el alto mando en el ejército está cortado por este patrón. Todos los oficiales son burócratas y de tendencia jesuítica y servil.

De los generales en activo hay poco que esperar. Veremos qué piensan los subalternos. Intentaré averiguarlo.

_A._»

V

DE LA LOGIA A LA VENTA CARBONARIA

HABÍA por entonces, como siempre, una colonia de españoles en París, gente llegada allí como los restos de los naufragios a las playas. Estos náufragos habían echado su ancla en alguno de los negros callejones de la gran ciudad. La vida de aquellos emigrados era una vida extraña. Habitaban los últimos pisos de casuchas hórridas, en calles estrechas, húmedas y malsanas, en la más espantosa miseria, pensando siempre en su país. De pronto, un día, cambiaba el Gobierno de Madrid y se encontraban invitados a cenar en un palacio, y poco después eran nombrados para ocupar un alto cargo en España o en Cuba, y entonces su suerte cambiaba como en una comedia de magia.

Este contraste de la extrema miseria con el extremo lujo explicaba aquella floración de romanticismo enfermizo de la época. Todavía hace años en París existía un recuerdo mitigado de este romanticismo con el nombre de bohemia.

Poco a poco, al desaparecer los contrastes, se ha ido perdiendo ese sentimiento. El aire, la luz y los árboles han acabado con el romanticismo allí y en todas partes.

Por entonces, muchos de los españoles que vivían en París eran realistas que esperaban a que se movilizara el Ejército de la Fe para entrar en España.

Aviraneta se reunió con algunos de ellos. Iban al café Ambroisie del bulevar Montmartre, y algunos solían comer en un restaurante de la calle de Petits Champs.

Estos militares realistas no sabían nada de cierto de cuanto pasaba en España; creían que Madrid estaba ardiendo en clubs, y, además de las dos sociedades de masones y comuneros, suponían que había otras muchas: la Joven España, el Centro Universal, la Santa Hermandad, la de los Carbonarios, la de los Europeos Reformados.

Aviraneta oyó decir que los asesinos del cura Vinuesa habían formado la Orden de los Caballeros del Martillo, y que estos ciudadanos tenían por insignia un pequeño martillo de oro pendiente de una cinta, y que se presentaban con ella por todas partes.

Las cosas que se ignoraban en Madrid se sabían en París. Claro que todo era invención fantástica.

Al séptimo día de estancia en París, Aviraneta, que se había citado con Gaspar Colombi en el café Foy, se encontró con él. Colombi era un milanés dedicado a negocios de relojería y afiliado a los Carbonarios. Aviraneta le explicó con detalles la misión que tenía del Gobierno, y Colombi le llevó a casa de otro lombardo, llamado Cobianchi, antiguo ayudante del general Pepé, y uno de los _Buon cugino_ de la Venta Carbonaria de París.

Cobianchi vivía en este momento en el Faubourg-Poissoniere, y para despistar a la policía se hacía llamar conde de Clermont. Por lo que dijo Cobianchi, Pepé le escribía asiduamente bajo el nombre de Bucelli.

Colombi explicó a Cobianchi la misión que tenía Aviraneta, y el ayudante de Pepé dijo que hablaría a los Buenos-Primos de la Venta Carbonaria de París para que le facilitaran todos los datos necesarios.

Aviraneta dió las señas de su casa, y los siguientes días fueron varias personas a informarle. Entre ellos, los dos hermanos Bonaldi, cantores de ópera, afiliados a los Carbonarios y que llevaban la misión de fundar _ventas_ en Barcelona; un tal Lugo, antiguo cónsul de España en París, dueño de un café de un pueblo de los Pirineos, que se ofrecía a servir de intermediario; un tal Pérez, español, que vivía enfrente del Banco y visitaba mucho a Lafayette, y un señor, Grandmaison, negociante de la calle de Nuestra Señora de Loreto, que enviaba paraguas, sombrillas y abanicos a España.

Aviraneta no descuidó el presentarse en el Gran Oriente masónico del rito escocés. Tuvo que pasar por todas las clásicas ceremonias, un poco cómicas, de la masonería: marchar con los ojos vendados, estar tendido debajo de una tela negra, sentir las dos hojas puntiagudas de un compás en el pecho, viajar, arrodillarse, ir de Oriente a Occidente y pronunciar la palabra del pasado _Milbihg_ y la palabra sagrada _Mac Benak_.

Después de estas mojigangas Aviraneta supo que en la logia estaba lo más ilustre de Francia: Lamarque, Raspail, Aragó, Lafitte, Armand Carrel...

Como en París no había hostilidad entre masones y carbonarios, Aviraneta se presentó en la Venta Carbonaria y fué desde entonces uno de los Buenos-Primos.

VI

CUGNET DE MONTARLOT

AVIRANETA necesitaba un escribiente para su gran correspondencia, y pidió uno en la Venta Carbonaria. Le enviaron un viejo italiano, José Pantanelli, que sabía el español, el francés y el inglés. Pantanelli era un viejecillo pequeño, de ojos azules y pelo blanco. Era de Cremona. Estaba afiliado al Carbonarismo; pero no parecía un hombre muy terrible.

La Sole y él se conocieron y se entendieron muy bien. El viejo era muy ceremonioso, y llamaba a la muchacha Excelencia. Se contaron mutuamente su vida, y Pantanelli llevó a su nieta al hotel de Embajadores para que le viera la Soledad.

La Sole tendía hacia el aristocratismo rápidamente; se vestía cada vez mejor, arreglaba su cuarto con mucho gusto, con las chucherías y estampas que le compraba don Eugenio, y se iba haciendo una damisela elegante.

Aviraneta no se fijaba en nada. Estaba en su elemento, en la acción. Marchaba como un búfalo a través de las selvas, embriagado por sus aventuras.

Unos días después de presentarse en la Venta Carbonaria, Aviraneta escribió al ministro:

«Amigo S.: Me he enterado de que se encuentra aquí un oficial del Imperio, Cugnet de Montarlot, y me he propuesto verle. Cugnet, como quizá no ignore usted, ha sido fundador de sociedades secretas en Francia y ha dado que hablar últimamente con una supuesta conspiración tramada por él en Zaragoza hace unos meses. Cugnet, ahora, ha ingresado en el Carbonarismo, y por sus colegas he sabido que la manera de comunicarse con él es dejarle un recado en casa de un administrador de coches de París a Saint-Denis, que vive en la calle de Saint-Denis, 374.

Se ha avisado a Cugnet, y por la noche ha venido a verme a casa.

Me ha dicho lo que ocurrió en Zaragoza el año pasado. Cugnet estaba al servicio de algunas sociedades francesas liberales que luego han entrado en el Carbonarismo, y había ideado el plan de formar una columna republicana de tres mil hombres con españoles, franceses y napolitanos y entrar con ella en Francia por el Rosellón, ocupando plazas fuertes y defendiéndose en éstas.