Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823

Part 11

Chapter 113,977 wordsPublic domain

Miñano era un periodista de mucha gracia y de muy mala intención. Sabía mortificar a una persona sin citarla, como hizo con Alcalá Galiano, en un artículo de _El Censor_, titulado «Defensa legal de la borrachera y de los borrachos».

Don Sebastián era todo un clérigo. Vivía con una señora, de la que tenía tres o cuatro hijos. Había sido masón, afrancesado, constitucional moderado, apostólico; fué amigo de Soult y de Calomarde y murió años después declarándose en su testamento protestante.

Con grandes relaciones con los hombres de _El Censor_, los constitucionales tibios publicaban _El Imparcial_ y _El Universal_, dirigidos por Javier de Burgos.

Los masones tenían _El Espectador_, que escribía San Miguel y Pidal. _El Espectador_ defendía la política de las logias de los ataques de los absolutistas y acusaba a los periódicos comuneros de exasperar los ánimos y hacer odiosa la libertad de imprenta.

Los comuneros tuvieron, poco después de fundarse, _El Eco de Padilla_, y al último, _El Zurriago_ y _La Tercerola_, que atacaban a derecha e izquierda con procacidades e insultos.

Cada fracción constitucional tenía su color predilecto: los liberales puros y sin mezcla, el verde; los masones, el azul, y los comuneros, el morado, que recordaba el color del pendón de Castilla.

De los hombres de la Revolución ninguno gozaba de completo prestigio. Argüelles, Martínez de la Rosa y Toreno lo habían perdido entre los exaltados; de Riego se hablaba entre los hombres de orden como de un botarate incapaz. Se daba como cierto el hecho de que en el teatro, en Madrid, se había puesto a cantar desde un palco el _Trágala_. Otros decían que no había sido él, sino un ayudante suyo. Aviraneta no había conocido a nadie que hubiese presenciado esta escena, y, sin embargo, la cosa pasaba como cierta, como uno de tantos detalles que desacreditaban a Riego y lo pintaban como un mequetrefe ridículo.

Liberales y absolutistas vivían en plena demagogia. Unos y otros tenían que adular al pueblo; unos y otros tenían que escamotear la voluntad popular a su gusto.

En los dos partidos se señalaban los caracteres de la demagogia populachera, el dogmatismo fanático, los celos entre las personas y, en último término, el culto a la fuerza militar.

El dogmatismo fanático provenía de la falta de benevolencia y de elasticidad del español, los celos entre los hombres del mismo partido, de la necesidad de lucirse ante la plebe, de la vida histriónica de los héroes de las masas democráticas y el culto a la fuerza, del convencimiento de que las palabras y los argumentos no tenían valor mas que para los ya convencidos.

La Revolución española fatigaba a todo el mundo; los absolutistas no veían en ella mas que el encono contra la religión; los liberales la encontraban demasiado torpe.

La gente comenzaba a poner la mirada en los militares. Ballesteros, Palarea, el Empecinado, O'Donnell, eran los hombres en quienes se esperaba para dominar la anarquía.

No había vigilancia alguna con los conspiradores. Aviraneta veía a Regato conferenciando con Cecilio Corpas, con Freire y con otros agentes de Quesada y de Ugarte.

Corpas trabajaba al mismo tiempo a favor de los Anilleros y de don Carlos y se entendía con Regato, que representaba su papel de liberal exaltado y no producía sospechas entre sus cándidos compañeros.

El oro de la Santa Alianza y de Fernando corría alegremente entre aquellos pícaros, y Aviraneta se indignaba al ver a sus amigos liberales tan desorientados y tan idiotas.

IV

OLLOQUI, EL FERRETERO

HABÍA ido a vivir Aviraneta con la Sole a una casa de huéspedes de la calle Mayor, próxima a la plaza de San Miguel.

La casa podía conocerse por este rótulo misterioso que había en la tienda:

SALC IC RÍA D FROI AN CANT

Cualquiera hubiera dicho que esta inscripción era de un idioma de Oriente o de Occidente, misterioso y obscuro; pero no, el letrero estaba puesto en castellano, sólo que se habían borrado unas cuantas letras, y quería decir, sencillamente: Salchichería de Froilán Cantos.

A la puerta de la salchichería del tal Froilán colgaban chorizos y cerdos raspados y embadurnados de pimentón.

Aviraneta veía a sus pies, con la indiferencia de un conquistador, aquellos cadáveres abiertos en canal.

Aviraneta visitaba a su hermana, y con ella solía ir con frecuencia de tertulia a una ferretería instalada en una planta baja de la calle de los Estudios.

Era el ferretero un alavés, de Aramayona, llamado Olloqui, que tenía una familia muy numerosa. Olloqui era hombre de unos cuarenta y tantos años, tenía un hijo ya crecido, que llevaba las cuentas de la ferretería, y tres hijas, muchachas, a cual más sonrientes y alegres. Olloqui era hombre muy entusiasta de su país; hubiera considerado una desgracia que sus hijos no supieran hablar vascuence, y a todos los había enviado al pueblo a que pasaran largas temporadas.

Las hijas de Olloqui, medio madrileñas, medio vascas, tenían un excelente carácter.

Muchas noches en que Aviraneta iba de tertulia a la ferretería, Olloqui traía la guitarra y cantaba él y cantaban sus hijas zortzicos.

Que no le preguntaran al ferretero qué opinión política tenía; él afirmaba que era cristiano, español y vascongado. De aquí no salía.

Para Olloqui, España era una balsa de aceite. Si le contaban que había disturbios, él replicaba que todo se arreglaría en seguida.

Aviraneta visitaba con mucha frecuencia a Olloqui, para librarse de la Soledad, que a veces se ponía muy pesada.

La Sole era demasiado mujer para Aviraneta; se manifestaba celosa sin motivo; lloraba, reía, tenía remordimientos, se sentía pecadora; era una mujer espectacular. Aviraneta odiaba todo lo que fueran gritos, lágrimas, tragedia...

Don Eugenio, huyendo de esta pequeña vida trágica, solía ir a refugiarse a la ferretería del alavés. Un día, al salir de la tienda de Olloqui, se encontró en la calle con el padre de Fermina. El viejo, medio paralítico, con la cabeza grande, los ojos salientes, los pies arrastrando y las manos temblorosas, pasó delante de él. El recuerdo de aquellos ojos animados de un sentimiento de venganza le producía a Aviraneta un gran malestar.

El viejo iba con sus dos satélites: Chatarra y Ezcabarte. Afortunadamente no le habían visto.

Al día siguiente les volvió a encontrar. Sin duda, vivían por allí cerca, y Aviraneta, que no quería encontrarse con ellos, dejó de acercarse a la ferretería y se fué a Aranda por unos días.

Rosalía estaba para dar a luz; Teresita iba haciéndose una muchacha bonita como su hermana, y creciendo en belleza y sabiduría.

A principios de 1822 el país marchaba muy mal; la guerra civil reinaba en todas partes. En Cataluña, Navarra y Castilla se levantaban partidas.

Merino no salía aún de su escondrijo, pero se movían sus secuaces en la sierra de Burgos. En Barbadillo del Mercado había aparecido una partida de trescientos hombres dirigida por uno a quien llamaban el Trajinero de Caraza, y hacia Salas merodeaba un grupo de paisanos mandado por Isaac el Ballenero.

Aviraneta se hubiera quedado a vivir en Madrid con la Sole, si el Empecinado no le hubiese llamado para que le acompañase en la persecución de las partidas de Aragón y Castilla, capitaneadas por Capapé, Rambla, Chambó, y otros jefes.

La Sole quiso convencer a don Eugenio de que no debía ir a la guerra.

--¡Podríamos vivir tan bien los dos juntos aquí!--le decía.

--Sí, es verdad--replicaba él--; pero, ¡qué quieres, hija mía!, no hay más remedio.

Dejando a la muchacha muy desconsolada, Aviraneta partió para Aragón a incorporarse a las fuerzas que peleaban contra los facciosos.

La lucha con estas partidas realistas era muy difícil. Empecinado con sus tropas hacía por aquellas tierras el mismo papel que los franceses durante la guerra de la Independencia; no disponía de buenos guías ni le daban informes exactos; por el contrario, le engañaban y le hacían perder el tiempo.

Esta sublevación de los campos, apoyada desde el Palacio Real de Madrid, era imposible de vencer si no se le hería en la cabeza.

V

ENTREVISTA CON SAN MIGUEL

EL verano de 1822 todo el mundo tenía la evidencia de que el Gobierno liberal acababa. La esperanza en Riego, presidente entonces de las Cortes, se desvanecía; el Trapense había tomado la Seo de Urgel, y la Regencia absolutista contaba ya con una base de operaciones.

En esto se supo en España lo ocurrido el 7 de julio en la capital. El Empecinado y Aviraneta se hallaban en Sigüenza y decidieron marchar a la corte unos días después.

Aviraneta fué a Aranda a visitar a su madre, y a principios de agosto estaba en Madrid.

La Sole había presenciado desde el balcón de su casa los jaleos de los días anteriores, y contó a don Eugenio, con mil detalles, lo sucedido.

La muchacha estaba aterrorizada.

Aviraneta salió en seguida a ver a la gente.

Todavía quedaba el entusiasmo por la victoria de los liberales, que había hecho borrar durante unos días las divisiones entre masones y comuneros; pero se iniciaban de nuevo las diferencias.

A mediados de agosto Aviraneta recibió en la calle Mayor la visita de don Juan Martín.

Quería el Empecinado escribir a don Evaristo San Miguel, alma del nuevo Ministerio, ofreciéndose.

Don Evaristo había estado siempre muy amable y atento con don Juan Martín.

Aviraneta escribió a San Miguel, y el ministro contestó citando al Empecinado en su secretaría.

Al Ministerio San Miguel se le consideraba masón; el Empecinado pertenecía a la sociedad de los comuneros; pero don Juan posponía las pequeñas enemistades de las sociedades rivales al triunfo de la causa liberal.

--Bueno, nos presentaremos al ministro--dijo Aviraneta.

--¿Cuándo vamos? ¿Mañana?

--Sí, mañana por la mañana.

Se citaron al día siguiente delante del Palacio Real y estuvieron los dos contemplando las ventanas abiertas del edificio.

--¿Qué hará ahora nuestro despreciable soberano?--dijo Aviraneta--. ¿A quién estará engañando?

--Sí, yo también temo que sea un miserable--repuso el Empecinado--. ¡Qué chasco nos hemos llevado!

Entraron en el Palacio, y Aviraneta preguntó a un portero por la Secretaría de Estado. Indicó el portero dónde se hallaba y siguieron avanzando.

El Empecinado estaba cohibido.

--No sea usted así, don Juan--le dijo Aviraneta--; usted vale más que toda esta gente junta.

Entraron en una antecámara, donde Aviraneta vió a Juan Van-Halen, que había venido a Madrid desde Cataluña, de parte de Torrijos, a recibir órdenes del Gobierno.

Al anunciarse el Empecinado y Aviraneta, el ministro les pasó inmediatamente a su despacho y les recibió con gran amabilidad. Era don Evaristo hombre chiquito, vivo, miope, con un aire de poeta más que de militar.

--Tengo verdadero placer en saludar a don Juan Martín en el Ministerio--dijo--. ¡Ah! No pueden ustedes figurarse lo desagradable que es ser ministro. No hace uno mas que recibir peticiones, memoriales... Este es un país de mendigos.

San Miguel, como todos los militares de carrera, no era amigo de los guerrilleros, pero hacía una excepción en favor del Empecinado por su carácter popular. Todos los sublevados del año 20 eran de carrera; se tenían a sí mismos por cultos y distinguidos, y consideraban a los guerrilleros como gente levantisca e intrusa en el ejército. Ni el Empecinado, ni Mina, ni Jáuregui, ni don Tomás Sánchez se salvaron de esta animadversión.

Don Evaristo, al ofrecimiento del Empecinado, hecho por boca de Aviraneta, dijo:

--Puesto que vienen ustedes ambos a ofrecer sus servicios al Ministerio, permitan ustedes que el Ministerio, representado por mí en este momento, separe los miembros de la Sociedad Empecinado-Aviraneta, y a cada uno de ustedes dé una misión aparte.

--Usted manda--dijo con sencillez el Empecinado.

--A usted, don Juan Martín--dijo don Evaristo--, le enviaremos a Aragón y a Castilla a luchar contra los facciosos. Ya hablaremos López Baños y yo, para ver la manera de reforzar las columnas, y ordenaremos a Zarco del Valle que se aviste con usted, para que los dos obren en combinación.

--Está bien. Estoy siempre a las órdenes del Gobierno. Donde me llamen para defender la Libertad allá estaré.

--Gracias, don Juan, en nombre de España.

--De mí pueden servirse para todo, siempre que sea en bien del país.

--¡Gracias! ¡Gracias! ¿Usted, Aviraneta, quiere ir a París?

--Si me manda usted, ¿por qué no?

--Bien. Irá usted a París en seguida. Se pondrá usted al habla con los liberales y revolucionarios de allá. Me dirá usted si están dispuestos a hacer algo, si tienen fuerza y pueden trabajar contra la intervención que Francia piensa ejercer aquí, impulsada por la Santa Alianza.

--Está bien.

--Si puede usted averiguar qué agentes tienen los absolutistas en Madrid, me lo comunicará usted.

--Bueno.

--Convendría que enviara usted la correspondencia a algún amigo de la frontera, y que de la frontera la pasaran a San Sebastián. Aquí la entregarán al jefe político, y éste me la remitirá.

--Todo eso se hará como usted indica--dijo Aviraneta.

--Bueno; pase usted mañana por aquí y le daré el dinero necesario y los papeles.

--Muy bien.

--¡Señores, hasta la vista!--exclamó el ministro, y tendiendo las dos manos al mismo tiempo, estrechó las de Aviraneta y el Empecinado y volvió a su trabajo.

LIBRO SEXTO

PARÍS EN 1822

I

DE MADRID A BIDART

MUCHAS veces Aviraneta se quejaba de no tener una obra que realizar. El Gobierno le abandonaba, no le había encomendado nada, no le había aceptado como militar. Sin embargo, pensando en su vida no tenía más remedio que reconocer que cuando se cerraba un camino ante él inmediatamente se abría otro nuevo.

A pesar de esto, siempre temía que, al cerrarse uno de los caminos, su vida quedara sin objeto y sin plan.

Aviraneta buscó recomendaciones para cumplir bien su misión; Gipini, el dueño de la Fontana de Oro, le llevó a casa de Gaspar Colombi, un milanés que vivía en Madrid dedicado a negocios de relojería. Colombi era carbonario y estaba muy relacionado en Francia e Italia, y pensaba también marchar a París.

Colombi y Aviraneta se citaron para una semana después en París, en el café Foy, del Palais Royal.

Aviraneta recogió el dinero del Ministerio y advirtió a la Sole que se marchaba.

--¿A París?--preguntó ella.

--Sí.

--¡Ah! Yo también--dijo ella.

--No digas locuras.

--No, no. Si tú vas a París, yo voy contigo. A mí no me dejas sola.

--Pero eso es absurdo.

--Lo que tú quieras; pero si tú vas a París, yo voy contigo.

Aviraneta, sorprendido de sí mismo, cedió. Luego pensó que así el viaje sería más divertido. Se dispuso que ella marchara un día antes y que se reunieran en Valladolid.

Aviraneta estuvo en Aranda unos momentos. Fué a ver a su madre, habló con Teresita y después con el _Lobo_ y Diamante.

Diamante le dijo que el joven Frutos trabajaba ya descaradamente por los absolutistas. Diamante estaba deseando que hubiera un alboroto para trincarlo y fusilarlo sobre la marcha.

Dejó Aviraneta Aranda y se reunió con la Sole en Valladolid, y siguieron los dos a la frontera sin más obstáculos en el camino que el ser detenidos un momento en Salinas.

La policía obligó a mostrar sus papeles a don Eugenio, por sospechas de complicidad con don Juan Ignacio de Aizquibel, a quien habían preso en Escoriaza días antes por organizar en Vitoria un movimiento anticonstitucional.

La detención obligó a perder unas horas; mas se pudo recuperarlas pronto, porque el gobernador puso a la disposición de Aviraneta y de su supuesta señora una silla de postas, en la que llegaron en pocas horas a la frontera.

La Sole iba admirada y encantada de su viaje; los pueblos que se cruzaban, las casas de posta, las posadas de Castilla, el trágico desfiladero de Pancorbo, las aldehuelas vascas, los gritos de los postillones, todo era para ella nuevo y extraordinario.

En Hendaya tomaron asiento en la diligencia francesa hasta Bidart.

En este corto trayecto se encontró Aviraneta sorprendido con un español que parecía navarro, que de cuando en cuando gritaba: «¡Viva el rey! ¡Viva Dios!»

El tal navarro vivía en Pamplona. Los pamplonicas son un poco pedantes, y aquél, que lo era en grado sumo, creía que su grito «¡Viva Dios!» era un hallazgo.

Cuando lo daba miraba a todos los viajeros, como diciendo: ¡Eh! ¿Qué les parece a ustedes mi adquisición?

Un francés gordo y mofletudo, con patillas y un sombrero a la Bolívar, lo contemplaba de cuando en cuando con unos ojos abultados de rodaballo.

Aviraneta se cansó de este grito desafiador, y le preguntó al pamplonica:

--¿Qué grita usted tanto?

--Grito: ¡Viva Dios! ¿Está mal?

--¡Pse! No sé.

--¿Cómo que no sabe usted?

--No. Yo no conozco a ese ciudadano.

El pamplonica miró a Aviraneta, asombrado, indignado, en el colmo del estupor.

Aviraneta contó al francés gordo y apoplético del sombrero a la Bolívar lo ocurrido, y a éste le hizo una gracia tal, que empezó a ponerse rojo y a reírse con un hipo estruendoso. El navarro, enfurruñado, miraba a Aviraneta y al francés con horror.

El navarro era uno de los milicianos de Pamplona, que habían escapado de la ciudad después de un choque que tuvieron con la tropa, en donde los soldados gritaban: «¡Viva Riego! ¡Viva la Libertad!»; y los milicianos contestaban: «¡Viva el Rey! ¡Viva Dios!» De este choque resultaron veinte muertos y treinta heridos, y la disolución de la Milicia Nacional. Aquel navarro era uno de los ¡Viva Dios!, de Pamplona.

Al llegar a Bidart, Aviraneta bajó con la Sole de la diligencia, y dejando a la muchacha en la posada, se dirigió en línea recta al caserío Iturbide, propiedad de Etchepare.

Etchepare estaba gravemente enfermo de hidropesía. Se encontraba, como de costumbre, solo en su jardín, envuelto en una manta. Una mujer de un caserío de al lado le llevaba el alimento necesario y le sacaba en un sillón con ruedas a tomar el aire. Etchepare, al ver a Aviraneta, le preguntó cómo seguía la revolución en España, y escuchó con gran detenimiento lo que le contó su sobrino. Después oyó la explicación de los proyectos que Aviraneta llevaba a Francia.

--Y usted, ¿cómo está?--dijo de pronto Eugenio.

--Yo tengo vida para pocos días.

--¡Bah! No tenga usted aprensión.

--No tengo aprensión; estoy malo, muy malo, y ya que estás aquí y vas a París te voy a hacer un encargo. Llévame hasta casa.

Aviraneta empujó el sillón de ruedas y llevó a su tío hasta la entrada de la casa, y pasó el sillón adentro. Etchepare se acercó a una mesa, sacó un paquete, donde escribió algo, y entregándoselo a su sobrino, dijo:

--Cuando llegues a París lleva este paquete a su destino. Ahí encima están escritas las señas.

--¿Nada más?

--Nada más. Ahora sácame de nuevo al jardín.

Aviraneta lo hizo así, y continuaron tío y sobrino la conversación. Poco después vino el médico que visitaba a Etchepare, un viejo mayor del ejército imperial, retirado en Bidart. Aviraneta se despidió de Etchepare.

--Hasta la vista, tío--le dijo.

--Probablemente, si no vienes muy pronto, hasta siempre. Cuando vuelvas, yo no viviré.

--No diga usted eso.

--Lo verás.

Aviraneta estrechó la mano de su tío y salió mal impresionado.

El médico le dijo que, efectivamente, Etchepare tenía ya para poco tiempo.

II

LOS ABSOLUTISTAS DE BAYONA

AL llegar a Bayona, Aviraneta marchó a la fonda de Francia con la Sole, y desde allí comenzó sus gestiones para averiguar lo que ocurría. La Soledad quería saber cuál era la misión de Aviraneta, y don Eugenio se la explicó, y en vista de que ella quería colaborar en sus intrigas, Aviraneta le envió a varias tiendas donde se hablaba castellano a que se enterase de lo que se decía. Por la noche, don Eugenio se encerró en su cuarto y escribió al ministro:

«Amigo S.: Comienzo mis indagaciones en Bayona. Los absolutistas españoles, instalados aquí, trabajan mucho; pero como buenos españoles, se hallan divididos; los más ilustrados y transigentes siguen a Mozo de Rosales (Mataflorida), y los más clericales, los más puros, como se llaman ellos, van con don Francisco de Eguía.

La Junta Realista, dirigida por Mataflorida y subvencionada por Luis XVIII, hace ya mucho tiempo que funciona aquí.

Con Mataflorida están Eroles, Podio, Queral, Martín Balmaseda, y otros; con Eguía, el arzobispo de Tarragona, el obispo de Urgel, don Juan Bautista Erro, don Antonio Calderón...

El partido de Mataflorida es más culto, razón para que no tenga simpatías. Se le acusa a Eroles de estar en relaciones con los constitucionales, como Toreno y Martínez de la Rosa. Mataflorida, que es el hombre intrigante y activo de siempre, no descansa; según parece, trabaja mucho.

Morejón, enviado de Fernando, quiso poner de acuerdo a Calderón y a Mataflorida; pero no lo consiguió, y siguen las dos fracciones absolutistas divididas.

El partido de Eguía se dedica a murmurar y a rezar.

Se dice que Mataflorida asegura que ha estado a punto de ser envenenado por sus enemigos en Tolosa de Francia, y se dice también que a don Pedro Podio se le acusa, con datos, de haber querido asesinar a los individuos de la Regencia absolutista en el mismo Urgel, proyectando enterrar después sus restos en los fosos de las murallas.

Cualquiera averigua lo que hay de cierto en todo esto.

Una de las cosas que aquí se comenta más es la vida del general don Francisco Eguía, el célebre viejo maniático, caprichoso y absurdo, a quien conocemos por Coletilla.

El gran Coletilla vive en un cuartito de una pastelería de los Arcos, y la pastelera, que es una francesa lagartona, de historia, conocida mía, la Delfina, es la que aconseja al general.

La trastienda de la pastelería se ha convertido en la antecámara de Palacio. Allí Coletilla da audiencia a los absolutistas, asesorado por Delfina la pastelera, cosa que a los españoles que se las echan de aristócratas indigna.

Según dicen, la pastelera ha convencido al viejo general de que le quieren asesinar y de que ella será un Argos para impedirlo.

Por lo que oigo, el secretario de Eguía, Núñez Abreu, no es extraño a la maniobra.

Delfina, la pastelera, ha encontrado una mina en Coletilla; pero la ganga mayor la ha pescado Núñez Abreu, el ayudante de Coletilla, que, según parece, se beneficia de la pastelería, de la pastelera y del dinero del viejo general, que ha recibido, para impulsar la causa realista, la friolera de doce millones.

A pesar de esto, Núñez Abreu ha llegado a insultar al general y a tratarle de vieja momia.

Además de estos dos grupos de que le hablo, hay otros de jefes militares que forman rancho aparte. El más importante es el de Quesada, que aspira a anular a los anteriores. Quesada tiene en Madrid varios agentes: Cecilio Corpas, Freire y el capellán de las Comendadoras de Madrid, un tal Solera, a quienes tienen ustedes que echar el guante, si pueden.

Me dicen que en Madrid, en la calle de la Luna, 12, se reúnen los principales agentes realistas. De paso debían ustedes encargar a la policía que hiciera un padrón de sospechosos.

Otros de los presuntos jefes del absolutismo es el conde de España, que en Verona, en donde está, ha inventado un proyecto de contrarrevolución, que, según dicen, ha sido aprobado por Francia y Rusia, y que consiste en que estos países presten su ayuda a Fernando para combatir la Constitución, a cambio de una parte del Perú. Don Antonio de Vargas Laguna ha enviado, desde Luca, otro plan por el estilo. También quisiera mandar en el cotarro el general Longa, aunque nadie le hace mucho caso, y, por último, Jorge Bessieres, el de la tentativa republicana de Barcelona, ahora convertido al absolutismo, comienza a ser uno de los directores de este tinglado realista.

El Gobierno francés apoya los trabajos de todos e intenta impedir que se separen en grupos.

Constantemente, los absolutistas reciben emisarios de la familia real de Francia. Hará un mes que estuvo aquí el secretario de la Embajada, Eduardo Lagrange, y dió en la fonda de San Esteban una audiencia a los partidarios de Quesada.