Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823

Part 10

Chapter 103,942 wordsPublic domain

Los pueblos se encontraban en un estado lastimoso: las calles sucias, las fuentes cegadas, los caminos deshechos. Las pocas escuelas eran verdaderas mazmorras, y la viruela reinaba en todas partes que era un horror. Escario ofició al alcalde de Burgos para que enviase un cirujano provisto de vacuna; pero la gente de los pueblos no quería vacunarse.

Se hizo una suscripción voluntaria para plantar árboles en los bordes de las carreteras, y el jefe político, Aviraneta y otros varios dieron cada uno quinientos reales, y se comenzó la plantación en Arauzo de Miel; pero los primeros arbolitos puestos fueron en seguida arrancados.

Queriendo dejar un rastro civilizador por el sitio donde pasaban, se armó también un teatro en la sala del Ayuntamiento de Huerta del Rey. Un oficial, aficionado, pintó el telón.

La pintura era cómica, pero llena de intenciones. Una musa con un arpa en la mano se levantaba entre ruinas y cadenas y, volando por encima de ellas, marchaba hacia una escalinata verde, vigilada a un lado y a otro por dos damas: la Libertad, con su gorro frigio, y España, con su corona y un leoncito amarillo a los pies. Encima había un medallón con el retrato de Cervantes, coronado de laurel.

Seguramente, aquel telón hubiera parecido muy malo a un profesional; pero a los oficiales del Empecinado les pareció una obra maestra.

De Huerta del Rey se bajó a Aranda, y después de pasar unos días aquí, Aviraneta, con la columna del Empecinado, marchó a Valladolid. Se avanzó luego a Villalar, donde Aviraneta, por orden del Empecinado, escribió una proclama ardiente. Esta proclama terminaba diciendo: «Sigamos el ejemplo de los Comuneros de Castilla, que dieron su vida por las libertades patrias. Soldados, jurad conmigo: ¡Constitución o Muerte!»

LIBRO QUINTO

ENTRE ARANDA Y MADRID

I

ROSALÍA Y TERESA

DESPUÉS de esta campaña contra Merino, Aviraneta dejó el ejército y volvió a Aranda de Duero a seguir con sus cargos de regidor, de subteniente y de comisionado del Crédito Público.

Era la primavera de 1821.

Don Eugenio llegó muy de mañana a Aranda y se presentó en casa de su madre, que, como de costumbre, se había levantado temprano y se preparaba a ir a la iglesia.

La madre de Aviraneta seguía con su vieja Joshepa Antoni, sin enterarse gran cosa de lo que ocurría en el pueblo. Siempre con su cofia blanca en la cabeza y siempre haciendo calceta; para ella, el tiempo estaba ocupado principalmente por los pares de medias hechos.

El ama y la criada llevaban la misma vida en Madrid, en Irún o en Aranda; conversaban de lo que podía ocurrir en su pueblo y se preocupaban poco de lo demás.

Esta limitación voluntaria le producía a Aviraneta gran asombro.

En la calle, la criada del juez le contó lo ocurrido durante su ausencia en la familia.

Rosalía se había casado con un propietario rico de Aranda. Teresita asombraba al pueblo con su saber. Se decía que iba a aprender latín.

Su madre, doña Nona, estaba muy contenta con ella. El juez se encontraba enfermo; al chico, Juanito, querían hacerle estudiar para cura.

Aviraneta veía que desde que había entrado el cura don Víctor la casa se transformaba. El cura mandaba en rey y señor.

Así como había habido un principio de moda el año 1820 entre la gente distinguida, mujeres y hombres, en llamarse liberales y masones, en 1821 se volvía a la reacción religiosa, y los curas empezaban a tener no sólo el mismo, sino mucho más ascendiente que antes.

Aviraneta pudo hablar un momento a Teresita, y notó que las bromas que dirigió a la muchacha por su ciencia y su beatitud no fueron aceptadas. Teresita consideraba que cualquier alusión irónica dirigida acerca de puntos religiosos era horriblemente blasfematoria.

Aviraneta supo que el marido de Rosalía era tiránico y usurero, incapaz de dar un cuarto a nadie y celoso como un turco.

Unos días después vió a Rosalía flaca y triste.

Teresita se iba haciendo cada vez más religiosa, y empezaba a considerar que todo podía ser pecado.

Dejando a Teresita, Aviraneta se fué al Ayuntamiento. Frutos San Juan no apareció por allá. Después de comer, Aviraneta se marchó a la _Casa de la Muerta_ y recibió a sus amigos.

Unos días más tarde estaba charlando con Diamante cuando se presentó a verle una muchacha muy bonita.

Esta muchacha quería hablar a solas con Aviraneta.

Aviraneta la conocía de verla en la plaza. Se decía de ella que andaba en malos pasos, y que era algo más que novia de Frutos San Juan. Don Eugenio supuso que vendría a quejarse de algo referente a su amante.

--¿Vienes a hablar de Frutos?--la dijo.

--Sí.

--Puedes hablar delante de Diamante. Es un amigo.

La muchacha contó que Frutos la había seducido y abandonado después. La voz pública había comenzado a tacharle a ella de ser la querida de Frutos, y su padre, un hombre severo, le había dicho varias veces que si lo que se murmuraba resultaba cierto la echaría de casa.

Ella veía que de un momento a otro se iba a averiguar la verdad, y, buscando una solución, había pensado en ir en solicitud de ayuda y de consejo a casa de Aviraneta. ¿Por qué a casa de Aviraneta y no a otra?

No lo sabía.

Sin duda había creído que el hombre más revolucionario de Aranda debía ser también el menos severo en asuntos de amor.

Aviraneta quedó perplejo al oír a la muchacha. La Soledad, así se llamaba, era una mujer verdaderamente bonita, con los ojos negros y tristes, la boca pequeña y la tez nacarada.

--¿Y qué piensas hacer?--la dijo Aviraneta.

--No sé--replicó ella--. Eso venía a preguntarle a usted.

--¡A mí! Si fuera un asunto municipal; pero una cuestión de amor... ¿Le has hablado a Frutos?

--Sí.

--¿Y qué dice?

--Que no tiene nada que ver; que me las arregle como pueda.

--Si quieres--exclamó Diamante de pronto--, ahora mismo lo traigo a Frutos de una oreja y lo pongo ahí, a tus pies, para que lo pises.

--No, no--murmuró ella--; yo le quiero...

--¿A ese mequetrefe?... ¿A ese miserable?--gritó Diamante--. Yo siento que no sea un hombre de valor, para matarlo en desafío con mi espada...

--Pero tú algo has pensado al venir a verme--dijo Aviraneta a la muchacha.

--Yo había pensado marcharme a Madrid.

--Es lo mejor.

--Sí; pero tengo mucho miedo a ir sola: qué sé yo lo que me puede pasar.

--Bueno, yo te acompañaré la semana que viene. Mientrastanto, ¿dónde podría ir a vivir esta chica?

--Que venga a mi casa--dijo Diamante.

--Van a hablar mucho de usted, licenciado.

--Que hablen; me tiene sin cuidado.

--Magdaleno se va a indignar.

--Le romperé la cabeza si se atreve a decir nada.

--Bueno, pues si ella quiere, que vaya a vivir a su casa. Y yo le avisaré cuándo partimos para Madrid.

Se habló mucho en el pueblo de este asunto; la Soledad, Aviraneta y Diamante dieron abundantísimo pasto a la murmuración.

Aviraneta, a quien la situaciones violentas no asustaban, se presentó en casa del padre de la Soledad, que era un botero.

El botero, hombre violento e impulsivo, quiso lanzarse contra Aviraneta; Aviraneta lo calmó, le contó la verdad, le dijo que iba a acompañar a la Sole a Madrid, sin más objeto que evitar una desgracia y un escándalo, y el botero y su mujer se amansaron. En la corte, la muchacha podía ponerse a trabajar, o a servir.

Unos días después, la Sole y Aviraneta tomaron la diligencia de Madrid. En el camino, desde Aranda a Buitrago, la muchacha, medio llorando, contó al revolucionario su vida y sus amores, y coqueteó un tanto con él. Desde Buitrago a Lozoyuela, Aviraneta echó un discurso a la Sole, hablándole de las excelencias de la moral, cosa que ella no entendió muy bien.

Entre Lozoyuela y Alcobendas merendaron, bebieron un vinillo blanco que llevaban en la bota, y la Sole se permitió reírse de don Eugenio.

Al llegar a las proximidades de Madrid, Aviraneta estaba perplejo. No sabía qué hacer con la muchacha.

Le dijo que le buscaría una casa de huéspedes. La Sole preguntó: ¿Para qué? Aviraneta pensó que quizá ella daría la solución.

Aviraneta bajó de la diligencia y fué, como de costumbre, a una casa de huéspedes de la calle Mayor. La Sole le siguió y se instaló allí. Aviraneta dijo:

--Indudablemente, es el destino.

II

UNA NUEVA SOCIEDAD

MUCHAS veces Aviraneta decidió ocuparse únicamente de sus asuntos personales. Pensaba así responder al olvido en que le tenía la gente de Madrid.

Este olvido le irritaba. Había trabajado tanto como el que más por el triunfo de la Constitución y de la Libertad; expuesto la vida; empleado parte de su dinero; acudido siempre al primer llamamiento, y, a pesar de esto, nadie se acordaba de su persona.

Aviraneta veía en todas partes cierta hostilidad en contra suya. Sus trabajos, sus esfuerzos, su desinterés, no se apreciaban, no tenían valor. Las recompensas saltaban al llegar a él. Se hubiera creído que alguien tenía la constante intención de anularle, de achicarle.

Los masones no se ocupaban para nada de Aviraneta; éste recibía el periódico inspirado por ellos, _El Espectador_, y colaboraba en él; pero jamás se les había ocurrido llamarle para algo.

En Madrid, Aviraneta se enteró del proyecto de conspiración y de la muerte del Cura Vinuesa en la cárcel; de la revolución de Nápoles, ahogada inmediatamente por los austriacos; de la conspiración republicana, fraguada en Málaga por el aventurero Mendialdúa, y de los sucesos a las puertas de Palacio, en que intervinieron los guardias de Corps.

Aviraneta suponía que se seguiría conspirando por los absolutistas. Había perdido el deseo de intervenir en las intrigas políticas del momento cuando recibió un aviso, sin firma, citándole en la Fontana de Oro. Dentro de la carta le enviaban una tarjeta cortada que le serviría de contraseña.

Aviraneta, que se creía harto de complicaciones y de intrigas, pero que en el fondo estaba deseando meterse en nuevos líos, decidió acudir a la reunión.

La Sole, los días anteriores, le había pedido que le acompañase y le enseñara Madrid, y don Eugenio hizo de cicerone y la llevó también por los barrios en donde había correteado de chico y había hecho mil barbaridades con sus amigos.

Por la noche, después de cenar con la Sole, Aviraneta se presentó en la Fontana de Oro. Estaban allí Salvador Manzanares, Félix Mejía, Remigio Morales, Mac-Crohon, José Joaquín Mora, Romero Alpuente, el francés Bessieres, con un amigo suyo apellidado Lobo, el ex fraile Patricio Moore y dos italianos, uno llamado Gipini, que era dueño del café de la Fontana de Oro, y el otro, un cantante de ópera, con unos bigotes como dos escobillones.

Aviraneta se presentó en la reunión y entregó el trozo de tarjeta, que coincidía con otro que guardaba el cantante italiano.

Aviraneta saludó a los conocidos y se sentó.

Estaba hablando Mac-Crohon y contaba anécdotas de su amigo el abate Marchena, que acababa de morir hacía poco tiempo.

Entre varias cosas que contó dijo que, durante una época, Marchena vivió con un jabalí que tenía domesticado y que hacía dormir a los pies de su cama.

Un día el jabalí, al salir a la escalera, se cayó y se le rompieron las patas. Marchena mandó matarlo y dió un banquete a sus amigos con la carne del animal, y después leyó un epitafio en su honor.

Se celebró la humorada del abate, y cuando concluyó de hablar Mac-Crohon, Aviraneta paseó la mirada por el grupo del café como preguntando por qué le llamaban.

Romero Alpuente tomó la palabra y explicó el motivo de la llamada.

Romero Alpuente, que se las echaba de Robespierre, era un viejo ridículo, alto, seco, con la cara arrugada y una estúpida sonrisa.

El ciudadano Romero Alpuente usaba patillas cortas, gorro negro y anteojos de hierro; hablaba de una manera pesada, pedantesca y monótona. Se creía un hombre genial. Sus argumentaciones de patán mixto de leguleyo asombraban a sí mismo.

Al parecer, de Italia, pasando primero por Francia--explicó Romero Alpuente--, había llegado a España una nueva sociedad secreta llamada de los Carbonari. Esta sociedad tenía menos ritos que la masónica y era esencialmente política. Su objeto era limpiar el bosque de lobos o, dicho en lenguaje más claro, acabar con los tiranos. El carbonarismo comenzaba a avanzar en España; pero la masonería, recelosa de sus progresos, había acordado exigir a los masones juramento de no formar parte de otra sociedad secreta.

Entonces, unos cuantos, encontrando en el carbonarismo un principio de acción más útil y más práctico que en la masonería con sus misterios ridículos, y al mismo tiempo, viendo que su simbolismo de ventas, barracas y florestas no respondía a nada, al menos en España, habían pensado en aceptar un pensamiento de don Bartolomé José Gallardo y formar una sociedad titulada los Comuneros, en donde el simbolismo fuera más español y caballeresco.

En la proyectada sociedad todo tendría aire guerrero. Las logias y puntos de reunión se llamarían, según su importancia, casas fuertes, torres, fortalezas, etc.

Después de oír la explicación del proyecto, Aviraneta, con bastante frialdad, dijo que no le parecía mal, y añadió que, para él, las palabras y las fórmulas simbólicas no tenían valor.

--¿Quiénes son los que van a afiliarse?--preguntó Aviraneta.

--Por ahora--contestó Mejía--está Torrijos, Palarea, Ballesteros, Díaz del Moral, Moreno Guerra, el Empecinado, todos nosotros, Regato...

--¿Regato también?

--Sí.

--Entonces yo no entro en la sociedad.

--¿Por qué?--preguntó Romero Alpuente.

--Porque tengo la seguridad de que Regato es un hombre vendido a la policía.

--Engaña a la policía--aseguró el viejo Romero Alpuente con una sonrisa de estupidez senil, mostrando sus dientes podridos.

--Yo tengo la evidencia--contestó Aviraneta--de que nos denunció cuando la conspiración de Renovales.

No se pusieron de acuerdo. Mejía y Morales afirmaron que la mala opinión que se tenía de Regato la habían echado a volar los masones al saber que éste iba a separarse de ellos. Con tal motivo se enzarzaron todos en una discusión en que nadie se entendía. Mejía y Morales y los que vivían en Madrid usaban una serie de palabras cuyo significado exacto que se les prestaba en el momento sólo ellos conocían. Hablaron repetidas veces de pasteleros, renegados, de los del gorro negro, serviles, servilones, hipócritas, pancistas, fanáticos, feotas, anarquistas, tragalistas, descamisados, anilleros, camarilleros, moderados, exaltados, afrancesados, verdaderos ciudadanos, nacionales puros, nacionales sospechosos. Además se refirieron al señorito, al marqués, al maestro.

Aquello era un lío que nadie lo entendía.

Después de la inútil discusión se acabó quedándose cada uno con su idea anterior: la mayoría, dispuesta a seguir lanzando la Sociedad de los Comuneros; los dos italianos, Bessieres y Lobo y el ex fraile Patricio Moore, creyendo más útil el carbonarismo, y Aviraneta, asegurando que él con Regato no iba a ninguna parte.

Terminada la entrevista, Aviraneta y Manzanares salieron de la Fontana y fueron a la pastelería de Ceferino, de la calle de León.

--Amigo Aviraneta--dijo Manzanares--, haces mal en no entrar en esta nueva sociedad.

--¿Por?

--Porque hay que ir siempre en compañía de alguien para hacer algo.

--¿Aunque sea en compañía de granujas?

--Sí. ¿No te parece que sería mejor un Gobierno de pillos y de granujas listos que el que tenemos?

--Seguramente. Pero es que estos hombres como Regato no son grandes pillos que tienen ambición. Son pilletes que se venden por dos cuartos. ¡Ah! Si tuviéramos un político ambicioso e inteligente, aunque fuera un granuja, yo lo serviría con gusto.

--Y yo también, siempre que fuera liberal.

--¡Ah, claro!, condición indispensable. Necesitábamos un Dantón...; aunque fuera un Fouché nos bastaría.

--Lo malo es que estos hombres no se improvisan. Además hay que tener en cuenta--dijo Manzanares--que los pillos, naturalmente, se inclinan a los Gobiernos fuertes, bien constituídos y bien despóticos, porque son los que pueden dar más dinero, más cargos y más honores.

--¡Y, claro!--añadió Aviraneta--. Nada hay tan goloso de honores como un granuja que necesita reforzar la responsabilidad suya, que por dentro no siente.

--¿Sabes tú quién podría ser nuestro hombre?

--¿Quién?

--Tú.

--¡Bah! No soy bastante granuja para eso.

--Creo que sí. Eres un granuja honrado. Tú no robarás para ti; pero tú mandarías asesinar a uno si estorbara al país.

--¡Ah, seguramente!

--Nada, nada. Tú eres el hombre.

--No, no. Me faltan muchas cosas. Primeramente no sé hablar; es decir, no sé mentir con efusión. Yo no creo que la oratoria sea una cosa positiva; me parece un arte que puede tener un valor cuando se traduce en hechos; pero aquí en España se considera la oratoria como si tuviera objeto en sí misma... La charlatanería triunfa, y yo no soy charlatán... Para mí eso es imposible: decir mentiras o vulgaridades con calor y entusiasmo está por encima de mis fuerzas. No puedo ser un farsante.

--Lástima. Porque tú tienes madera de político.

--¿Tú crees?

--Sí. ¿Sabes tú lo que debías hacer?

--¿Qué?

--Esperar. Orientarte, ver qué marcha lleva esto sin significarte demasiado. Al mismo tiempo estudiar, dominar una especialidad, irte preparando.

--Me parece que sería tiempo perdido. Yo creo que no sirvo mas que para una cosa.

--¿Para qué?

--Para mandar.

--¡Tiene gracia! ¡Es posible que hubieras sido un gran ministro de un tirano, o un secretario de Estado del Papa!

--Sí; creo que sí.

Manzanares se echó a reír. En esto entraron en la pastelería unos cuantos señores.

--La redacción de _El Censor_--dijo Manzanares.

Era la junta de abates afrancesados y sus amigos. Estaban Reinoso, Lista, Hermosilla, Miñano, Narganes, Javier de Burgos y otros.

Comenzaron a hablar, burlándose de las necedades y exageraciones de los exaltados con cierta gracia erudita y clerical. Sobre todo, don Sebastián Miñano se distinguía por su crítica satírica.

--¡Es gente que me molesta!--exclamó Manzanares en voz alta--. Si para valer un poco necesita uno ser un canalla, realmente no se gana en el cambio. Se burlan de nosotros. ¿Pero qué hacen ellos? Han servido a Bonaparte; ahora son absolutistas y enemigos de la Constitución; mañana serán cualquier cosa, si les pagan.

Miñano miró a Manzanares con impertinencia, y Salvador dijo:

--Estos clérigos renegados me repugnan. ¡Vámonos!

Dicho esto, Manzanares y Aviraneta salieron de la pastelería.

III

CONFUSIÓN

AUNQUE sin dar gran importancia al consejo amistoso de Salvador Manzanares, Aviraneta quiso, durante algún tiempo, tomar el pulso a Madrid y ver si de la baraúnda de opiniones de unos y otros se sacaba algo en limpio.

Pronto pudo ver que no se sacaba nada. La agitación producida por el movimiento revolucionario era todavía superficial: no llegaba a la gran masa del pueblo; únicamente la clase media y parte del ejército aceptaban las ideas liberales. Además, entre éstos había muchos constitucionales y asiduos asistentes a las logias y a las sociedades patrióticas por motivos de medro personal.

Los directores del movimiento eran todos oradores y de una mentalidad semejante.

Es indudable que en los períodos políticos de trascendencia de un país los tipos representativos se parecen. El momento presta a los hombres una fisonomía moral casi idéntica.

¿Es que la naturaleza tira en algunas épocas una edición numerosa de ejemplares humanos, o es que estos ejemplares existen siempre, pero no tienen ocasión favorable de desarrollarse mas que en determinadas circunstancias? No lo sabemos. El caso es que, en este período, todos los tipos salientes estaban cortados por el patrón del militar o del orador. Cierto que entre ellos había gente de talento y de inventiva; pero eran los que tenían menos influencia. Pesaba demasiado la tradición y la costumbre, para que las lucubraciones de un político original influyeran en el medio ambiente.

La Revolución española era como un carro pesado tirado por mariposas; no podía avanzar.

Algunos de los oradores célebres de la época conocían a fondo las bases del sistema constitucional; otros muchos hablaban de oídas, y sus discursos tenían el aire de improvisaciones de estudiantes traviesos. A cada paso se oía citar a Rousseau, a Montesquieu, a Maquiavelo, y los que no estaban muy seguros de sus citas se defendían hablando de la Constitución, código inmortal de las libertades patrias; de la Prensa, esa palanca del progreso; del ejército, brazo defensor de la soberanía nacional, etc., etc.

Los más jóvenes citaban con preferencia a Benjamín Constant y a Jeremías Bentham, que iban tomando en España una fama inmensa entre los eruditos y doctrinarios de la política liberal.

Con tanta oratoria, más o menos elocuente, la confusión era completa, un verdadero caos; había orador de la Fontana y de la Cruz de Malta que defendía tesis ultrarrealista, creyendo defender las ultraliberales, y el público, que se tenía por liberal, sin poder distinguir unas de otras, las aplaudía con entusiasmo.

Para mayor lío y obscuridad, surgía la división entre masones y comuneros, que se dedicaron a desacreditarse mutuamente.

Los comuneros abominaban de los masones, a quienes llamaban pasteleros:

Aunque se disfracen esos pasteleros, ya los conocemos.

Los masones acusaban a los comuneros de estar protegidos por los absolutistas, y de recibir dinero de Fernando y de la Santa Alianza.

Desde el negro profundo al rojo más subido, había una porción de grupos y sociedades medio públicas, medio secretas. La primera en las filas de los feotas era El Angel Exterminador, sociedad absolutista y teocrática, que duró hasta la muerte de Fernando VII y que, unas veces valiéndose de denuncias y otras por medio de sus hombres, produjo miles de víctimas. La Concepción, otra sociedad teocrática, no llegó a tener la importancia del Angel Exterminador.

En septiembre de 1825, El Angel Exterminador celebró una gran junta en el monasterio de Poblet, dirigida por el arzobispo Creux, a la que asistieron 127 prelados y el vicario general de Barcelona. Esta junta tenía por objeto organizar matanzas de liberales en Cataluña. Según informe dado a la Audiencia de Barcelona, desde 1823 al 25, El Angel Exterminador había producido la muerte de 1.828 liberales en las posadas y en los caminos. Esta sociedad fué también la que provocó el levantamiento de Jorge Bessieres, en la Alcarria; la de los Agraviados, en Cataluña; la que tendió un lazo a Torrijos y a sus compañeros, por intermedio del general González Moreno, y la que se alió con Calomarde para traer a Don Carlos.

Después de los absolutistas clericales de El Angel Exterminador y de La Concepción venían los carlistas, en donde los partidarios de la teocracia pura estaban mezclados con los cortesanos; luego, los absolutistas fernandinos, y, por último, los absolutistas afrancesados, que más tarde inventaron la frase del absolutismo ilustrado.

Entre los constitucionales, los más tímidos eran los Sabios o los del Anillo. Estos, que, como los jovellanistas de años después, no se sabe si llegaron a estar constituídos en sociedad o no, querían modificar la Constitución, convirtiéndola en una Carta otorgada por el rey, suprimiendo la Cámara única y reemplazándola por dos; tras ellos venían los liberales moderados, entonces dirigidos por el Gran Oriente, que eran, en su mayoría, masones; luego, los liberales exaltados, entre los que había masones y comuneros; por último, estaban algunos comuneros republicanos y el grupo de los carbonarios, formado por Gipini, Nepsenti, el ex coronel Latorde y algunos oficiales extranjeros.

Además de éstas se decía que existía una sociedad, dedicada al cultivo de la pornografía, llamada La Bella Unión. Es muy posible que la tal sociedad fuera algún alarde de inmoralismo de la época o una invención de los clericales.

Los absolutistas exaltados no tenían, por entonces, periódicos importantes; publicaban folletos y papeles. Los afrancesados escribían _El Censor_, redactado por Miñano, Lista y Hermosilla, que se dedicaba a satirizar a masones y a comuneros y a burlarse de los oradores de las sociedades patrióticas.