Comentario del coronel Francisco Verdugo, de la guerra de Frisia, en xiv años que fue gobernador y capitan general de aquel estado y ejercito por el rey don Felipe II, nuestro señor

Part 5

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Habiendo yo dado órden á Tassis que si entraba dentro, á la mesma hora pasase á la otra parte del rio y hiciese una trinchea, aunque fuese con las dagas ó uñas, y que pusiese guardia en ella, porque el enemigo no se amparase en aquel puesto, ocupado en el saco se descuidó de hacerlo, dexándolo para la mañana. El conde Herman de Berghes (que servia á los Estados) hallándose por allí con gente, vino y ocupó el sitio que yo deseaba que Tassis tomára, adonde hicieron un fuerte, que despues por mantenerle costó tanta sangre y trabajo como adelante diré. Por este descuido de Tassis se verá que en las cosas de la guerra, las que se pudieren hacer hoy no se han de dilatar para mañana, porque pequeños descuidos traen consigo tan grandes inconvenientes, como he dicho que habemos tenido, y la diligencia cierto es madre de todo buen suceso en semejantes casos. Luégo que supe esto, ordené á Tassis que se quedase allí por gobernador con alguna parte de la gente, y que la demas se me inviase luégo. Comencé á caminar hácia Gruninghen, por haber entendido que el de Nienoort se habia embarcado con la gente que habia levantado para el efecto que he dicho, y en el camino supe que habia tomado un dique entre Delfezijl y Reyden, en un lugar llamado Oeterdam, y cortándole de repente se reparó en aquel lugar, adonde acudió Mendo con mi compañía de caballos y la del capitan Willers, no pudiendo la infantería caminar tanto como ellos, que iban en navíos por agua. Yo me dí toda la prisa posible para llegar á Gruninghen, y fué tanta que todos los caballos de mi coche murieron del trabajo que por la diligencia hecha pasaron; luégo me partí para donde estaba el enemigo, y poniendo la gente en los puestos que me parecieron á propósito para estorbar que no entrase más adelante en el país, ni trabajase tan á su salvo en el fuerte que hacia, y por no tener él toda la comodidad que era necesaria para entretener sus soldados y sustentar la fortificacion, se le desmandaban y tomábamos muchos de ellos, á los cuales mandaba ahorcar luégo á la hora delante de su fuerte y echar en la mar, sino era á los de las compañías viejas, que con ellos venian algunos, y á éstos los dexaba ir por su paga, cosa que daba grandísimo descontento á los demas; híceles poner al rededor de su alojamiento algunos billetes en que les decia que hombres que no tenian sueldo, no merescian ser tratados como soldados, sino como ladrones, que el nombre del soldado venía del sueldo, y el que carecia de él no era soldado, que el que quisiese venir al servicio del Rey, sería bien venido, y el que irse á su tierra, se le daría pasaporte y dinero para su camino; muchos vinieron y los más de ellos se fueron á sus casas, con la comodidad que yo les habia prometido y dado. Yo procedia haciéndoles la guerra más rigurosa que podia, procurando deshacerlos por aquella via, no pudiendo por otra. Sucedió despues que el de Nienoort, viendo lo que pasaba de su gente y el poco medio que tenía para sustentarla, se determinó de entrar dentro del país, el cual, por las grandes aguas que caian, siendo el mes de Octubre y el tiempo tal, que con gran trabajo pude inviar tras él alguna gente, habiendo de ir por caminos profundísimos los dos, y él caminaba por el dique adelante hasta llegar á Wischoten, adonde dexó parte de su gente, y con la demas fué en persona á poner en contribucion la señoría de Wedden, que es del Conde de Arambergh, no sabiendo que los nuestros les seguian. Llegaron á Winschoten, y sitiaron en una iglesia la gente que el Nienoort habia dexado en ella. Y como él, volviendo de Wedden, supo lo que pasaba, viendo que le habian tomado el camino, rodeando por los prados adelante, vino á salir al mesmo puesto, donde en tiempo del Duque de Alba el Conde de Arambergh fué roto con el tercio de Cerdeña, pensando por aquella parte entrar dentro. Nuestra gente le salió al camino y le rompieron, dándole un arcabuzazo en una pierna, que le estorbaba el caminar. Mas viéndole allí un hijo suyo que estaba cerca, se abrazó con él diciendo que no le desampararia hasta la muerte; y permitió Dios por su buen celo que nuestros soldados, que estaban más cerca de él, tomaron una bandera, y poniéndose en contienda sobre ella, dieron lugar á que el hijo pudiese salvarle, aunque llevándole recibió tambien otro arcabuzazo; metiéronse en la iglesia con los que de aquella refriega habian escapado, y nuestra gente se descuidó aquella noche, y fué tan escura que se pudieron salir sin ser sentidos, tomando el dique que va á Bellinwolde, y de allí á Hoguebond tierra del Conde de Emden, donde el dique se acaba; embarcáronse aquí, y volviéndose á su fuerte sin haber efectuado cosa de lo que pretendian, padre é hijo, que iban mal heridos, murieron en él miserablemente, siendo ambos merecedores de muerte más honrada y en mejor ocasion y parte, el hijo por haber mostrado tan honradamente la aficion y obligacion que tenía á su padre, y el padre por ser caballero real, afable, de tanta cortesía y buenas partes, como se pudiera hallar en toda esta provincia, el cual, por sus deudas y mal tratamiento que los de la villa de Gruninghen le hacian, fué forzado á declararse por enemigo del Rey y serlo de ellos. Era hombre que se trataba con tanta grandeza, que comia á la real, con música, por lo cual vino á ser tan pobre, que al tiempo de la muerte dicen que no tenía siquiera un poco de cerveza que beber. Y con su fin se huia mucho más la gente que él habia traido. Y así los Estados se resolvieron de sacar la poca que quedaba y mantener ellos el fuerte, como lo hicieron, fortificándole con mucha costa, por batir la mar en él, que cada tormenta le hacia mucho daño, y por estar en tal parte era inacesible. Hícele algunos fuertes al rededor para estorbarles la entrada en el país del Holdam, territorio de la villa de Gruninghen; y hallándome un dia en uno de estos fuertes, vinieron algunos navíos cargados de municiones á entrar en el del enemigo, los cuales por falta de la marea se quedaron junto á él en seco. Y considerando yo, por el viento que hacia, que pegándoles fuego se podian tambien quemar las barracas de los soldados, que eran de paja, les batí con dos medios cañones que estaban en nuestro fuerte, para que viniendo la marea se hinchiesen de agua y no pudiesen entrar en el fuerte, y á la baxa marea acometerlos; y en siendo de noche invié al de Rinavelt, á cuyo cargo estaba el fuerte donde yo me hallaba, para que con una parte de soldados alemanes tomase la marina; y los valones, por junto al dique donde habia una cortadura, ganaron los navíos y pusieron fuego al más cercano, y si en aquel punto no se mudára el viento en contrario, sin duda se pegára fuego al fuerte y se ganára, no pudiendo estar el enemigo á la defensa, por estar las barracas pegadas al parapeto, no temiéndose de ser acometidos por mar. En este tiempo su Alteza me escribió que inviaba al regimiento de Mons de la Mota para que sirviese aquí, que por algunas causas entónces la Mota no estaba en su gracia y queria alexar de sí su regimiento, más por esto que por asistirme. Fué necesario partirme para hacerle pasar el Rin, y con él las compañías de mi regimiento que yo habia inviado con el Conde Cárlos, la de la guardia del Conde Mansfelt, la de Mons de Teves y la de Mario Martinengo. Hallándome con pena de no poder entretener esta gente, porque las contribuciones que se sacaban no eran suficientes, ni nunca lo han sido tanto que pudiesen sustentar la cuarta parte de ella por más diligencia que se hiciese en buscarlas. Y así me resolví, ya que no podia sacar más sustancia de mi gobierno, de entrar en el de Gheldres, en el país de la Veluva, pasando el rio por Zutphen, y así, aunque era invierno y hacia mal tiempo, lo puse por obra, caminando con la gente nueva que habia venido, y la demas que pude juntar. Tenian los enemigos un navío armado en el rio, á media hora de camino, tomando más alto el ponton de la villa, y habiendo puesto una cuerda más abajo de donde estaba este navío y más arriba de la villa, comencé á hacer pasar la gente, y ántes que fuese de dia, habia pasado una parte; y los del navío, viendo que habian pasado, y la cuerda en el rio, dexaron colgar una áncora para llevársela consigo; yo, temiendo esto, hice soltar de un lado la cuerda, y como hubo pasado el navío, torné á tirarla, y acabé de pasar la gente que quedaba, la cual se fué al país llamando á los villanos que viniesen á contribucion, sin hacerles otro daño. Yo me volví á la tierra, y con la guarnicion de ella, y alguna más de la que habia traido, sitié el fuerte. Este paso se hizo el dia de los Reyes, viniendo el rio tan crecido, que entró en el fuerte por estar en parte baxa, haciéndome retirar de las trincheas y forzado á los soldados, no pudiendo estar en sus barracas por ir creciendo el rio de hora en hora, á meterse encima del terrapleno, y viendo que no podia acometerle de otra manera, me fuí á la tierra, de donde con la artillería les hice mucho daño, y así se rindieron á mi voluntad, y quitándoles tres banderas y las armas, los invié el rio abaxo á Deventer. Todavía crecia el rio, de manera que habia entre la villa y lo seco, donde las barcas iban á llevar las vituallas, una hora de camino. Nuestra gente caminó hácia Utrecht, y puso tanto espanto allí y en Holanda, que el Príncipe de Orange hizo juntar toda la gente que pudo de Bravante y otras partes, é invió al Conde Holac, al Conde Herman y á sus hermanos contra la nuestra. Sabido esto, la invié á llamar, y como no era posible volver á repasar por haber crecido tanto el rio, se puso á la lengua del agua. Los enemigos se juntaron y vinieron hasta Arnem, y alguna de su infantería se amotinó contra el Conde Holac, amparándose en una casa, donde el Conde con la demas gente los sitió, y rindiéndosele, hizo ahorcar á algunos de ellos, y luégo comenzaron á marchar contra nuestra gente, con órden de pelear con ella. Quiso Dios que en este tiempo comenzó á baxar el rio, y un soldado de los nuestros, caballo ligero, se metió á nado por él, buscando paso, y vino hasta el fuerte donde yo estaba entónces para el mismo efecto; hallóse el paso, aunque malo, y así ordené á nuestra gente que á la mesma hora se viniesen adonde yo estaba, haciéndolos guiar por los mesmos que habian reconocido los pasos, y así se vinieron derechos al fuerte, estando ya el enemigo á vista de ellos, tan superior de gente, que traia bien cuatro para uno. El Príncipe de Orange, habiendo entendido lo que sucedió, invió al Conde Holac á sitiar el fuerte y tomarle si pudiese, porque no queria que nuestra gente entrase á inquietarle en Holanda; y así como acabó de baxar el rio, el Conde se acercó para hacerlo. Yo, dexando al Tassis toda la infantería que pude, y desiñándole unas alas para asegurar más el fuerte, y el paso de la villa á él, porque si no se hiciera se arrimara á él de manera que nos fuera imposible la entrada y la salida de él; y que el un cuerno de estas alas se diese á los capitanes de mi regimiento, y el otro á los de Mons de la Mota, con ayuda de algunas picas alemanas; en cada parte trabajaron estos soldados tan animosamente, y el Conde venía tan poco á poco aguardando sus comodidades, que ántes que llegase estaban ya las alas en defensa. Acometiólas, y plantó artillería á la de Mons de la Mota, y á la de mi regimiento vino con zapa y mina, lo cual podia hacer fácilmente por ser el foso seco y arenisco. Yo me fuí á Oldenzel para proveer lo necesario, é invié á decir á Tassis que hiciese una mina que saliese al foso, para poderle mejor defender. El Conde batió la ala que llamaban de la Mota y se llegó con trincheas hasta el foso, y allí, con la grande comodidad de faxina que tenía, quiso henchirle y dar el asalto, y ansí comenzó á echar faginas dentro desde su trinchea. Tassis, desde la mina que habia hecho, sacaba toda la que ellos echaban, y con ella fortificaba lo batido por el enemigo, en que hubo de ambas partes muchos muertos y heridos. Y considerando el Conde que en las alas habia mucha gente, y que el fuerte hacia traves tanto por de dentro como por de fuera de ellas, y que no podia dar asalto sin perder mucha gente, se resolvió de tomarle por hambre, lo cual no podia hacer sino sitiando la villa, que no estaba bien proveida, y para hacerlo invió de la otra parte del rio al de Wilers, Maestro de Campo general del Príncipe de Orange, con la caballería, que era mucha y buena, y con ella al Conde Herman; y aunque tenian muy apretada la villa, me aventuraba siempre á meter alguna cosa, é inviando una vez al capitan Mario Martinengo con su compañía, llevando cada soldado á las ancas un saco de pólvora, topó con una emboscada que le tenía hecho el de Wilers con más de dos mil caballos; mas el capitan llevaba tan recogida su compañía, retirándose, que no le osaban acometer hasta que, llegando á un bosque, los soldados comenzaron á desmandarse y separarse por él sin que el capitan lo pudiese remediar, y visto por los enemigos, cerraron y prendieron cuasi todos los soldados sin matar ninguno, no escapándose sino los tres oficiales de la compañía y dos ó tres soldados que los siguieron. Contra el fuerte no hacia el Conde otra cosa sino seguir la zapa y la mina, y los nuestros defendérsela; y un dia, que hicieron una salida contra su artillería, rompieron la guardia y llegaron hasta el cuartel del enemigo, donde los soldados se pusieron á saquear, que, á no hacer más de intentar solamente la artillería, la ganáran sin ninguna duda, y la pudieran sustentar por estar fortificada, mas como se detuvieron, cargando el campo del enemigo, los hicieron retirar. Hallóse en esta salida Maximiano du Bois, capitan de caballos, á quien yo habia dexado de guarnicion con su compañía en la villa, fué preso herido de un mosquetazo en un muslo, de que murió despues. Conociendo el mal punto en que las cosas de Zutphen estaban, suplicaba continuamente á su Alteza que me socorriese con alguna gente para poder yo darle á nuestros sitiados; y así, no hallando su Alteza otra más á la mano que la que servia en la guerra de Colonia, invió al capitan Juan de Castilla á procurarla con el Elector, el cual la concedió luégo, y vino á cargo de D. Juan Manrique, cabeza de la gente de guerra de su Majestad, que servia allí, y con ella venía tambien la del Elector. Aloxé esta gente en Winterswyck, lugar grande junto á Bredevord y una legua de Grol, donde yo estaba, y entre tanto que llegaba, hice aparejar los carros y vituallas que se habian de llevar, y alguna artillería que habia sacado de Linghen. En este tiempo el Conde y la Condesa de Berghes, padre y madre de los tres condes, procuraban que sus hijos viniesen al servicio de su Maestad; y su Alteza, avisándole yo dello, me lo habia remitido, y para este efecto andaba conmigo un criado suyo, que era Drosarte de Buxmer, á quien dixe que estaba resuelto de socorrer la tierra ó perderme, y que creia que no sería sin pelear, que hiciese con estos señores que no se hallasen dentro por no dificultar su reconciliacion. Respondióme que no sabía cómo se pudiesen retirar con su honra, porque les sería mal contado si en tal ocasion lo hiciesen, ni ménos alcanzaba qué color dar para ello. Respondíle que diciendo que su madre los inviaba á llamar porque su padre estaba muy malo. Ella lo hizo así, y teniendo todas las cosas ya á punto para socorrer la tierra, comencé á marchar de esta manera. Hice de los carros cargados de vituallas y municiones dos hileras guiadas por dos provostes, y que los caballos de ellos llevasen unos cabestros ó cuerdas para que, en tocándose arma, los atasen á la trasera de los carros, cada uno al que le iba delante; entre estas dos hileras de carros, iba primero toda la caballería, y de los valones que habia traido D. Juan Manrique, guiados por sus capitanes, poniendo sus banderas en el escuadron de los alemanes, hice dos mangas que fuesen pegadas con la caballería, que iban de avanguardia con D. Juan Manrique y Nicoló Basta, y para si fuese menester algunas picas con ellos, hice un escuadron volante de ellas, llevando consigo dos piezas de campaña, este escuadron iba en medio de las dos mangas de arcabuceros, un poco atras; á éste seguian otras dos mangas pequeñas de mosqueteros, cerca de los dos cuernos de un gran escuadron de picas alemanas de la gente del Elector con su coronel Herlach, suizo de nacion, delante. Tras este escuadron iba otro casi tan grande como el de la gente de esta provincia, quedando detras otras dos mangas de arcabuceros de la resta del regimiento de Mons de la Mota y del mio con la compañía de arcabuceros á caballo del capitan Leecola, con órden de ir recogiendo toda la retroguardia porque nadie se quedase atras ni se apartase de la tropa sin órden; tambien de que, en tocándose arma, cerrasen por detras las dos hileras de los carros y se encerrasen dentro de la del gran escuadron de alemanes; donde el coronel Herlac y yo íbamos, iba una culebrina reforzada de quince libras de bala que yo habia sacado de Linghen para mejor alcanzar los escuadrones de los Herreruelos y la demas caballería enemiga, que era mucha, pero ménos infantería que la nuestra. Toda esta gente iba en medio de las dos hileras de carros con la órden que he dicho, y así caminábamos por campaña rasa hácia el villaje de Holguel. Tomé esta manera de marchar por más segura, aunque tuviese el enemigo mayor número de caballería, por llevar la gente junta, porque caminando por camino que era estrecho, los carros tomáran grande espacio, y el enemigo podia por una y otra parte hacernos daño, sin podernos socorrer los unos á los otros, por estar alojado en un sitio donde habia mucha arboleda y podia venir cubierto con ella hasta dar en nosotros; y por evitar este gran inconveniente, invié al capitan Leecola con algunos soldados sacados de todas compañías á reconocer los caminos y bosques por donde el enemigo podia venir, dexando su compañía con su teniente, en retroguardia para el efecto que he dicho, fué siempre caminando delante á nuestra vista hasta llegar al villaje de Ingle, adonde encontró al Conde Herman de Berghes, con treinta ó cuarenta caballos, que iba á ver á su padre, habiéndole la madre dado á entender que estaba muy malo, sin que él supiese otra causa de su llamada, ni entendido que nosotros marchábamos; y como vió entre los soldados de nuestra tropa diversas casacas, conoció de cierto estar allí toda nuestra gente, se volvió con buena órden á su alojamiento y dió cuenta á Mons de Wilers de lo que habia visto. Yo, entendiendo que habian descubierto enemigos, pensando que eran más, habia hecho caminar apriesa los carros y los escuadrones por ocupar el lugar que está en sitio fuerte ántes que el enemigo le tomase. Estando allí, traté con D. Juan Manrique, Nicoló Basta, Juan de Castilla, Suartzemburgh, cabo de la caballería del Elector, y con el coronel Herlach, que sería bueno que dexando alguna gente con los carros é inviando á llamar á Tassis, como ya lo habia hecho con diligencia, con la gente que podia sacar de la villa, á recibir el socorro y llevarle dentro; y que nosotros con todos los demas siguiésemos al enemigo, que nuestros corredores decian se retiraba, segun se via por los fuegos de su alojamiento; y la mayor parte de ellos me respondieron que no eran de aquel parecer, y que mejor sería ir derecho á la villa y socorrerla, pues habiamos venido para aquel efecto; yo alegaba que el socorro podia marchar seguramente, ya que nosotros habiamos de marchar entre el enemigo y él. Con todo esto y mis ruegos, no pude hacer que se hiciese, que algunas veces en los consejos de guerra contrarian algunos á la opinion de otros, más con pasion y mostrar poder ó saber más, que con razon. Quedámonos aquella noche en aquel lugar, y al amanecer llegó Tassis con la gente, y así marchamos todos hácia la villa, y el enemigo se fué á las puertas de Deventer, pasó el rio y juntóse con el demas exército que estaba delante del fuerte. Ya la villa estaba á lo último de victuallas, y se hubiera perdido si no fuera por estar los trigos en la campaña casi maduros, que las mujeres y niños iban á cortar las espigas, con quien Mons de Wilers usó de gran crueldad, segun se dixo, enterrando vivos algunos y cortando á otros las narices y orejas, y así despues le pagó Dios, como adelante se verá. Aquella noche se ordenó de dar una encamisada á los fuertes que el enemigo habia hecho al rededor del nuestro; hacia un tiempo muy áspero de agua, viento y escuridad, y aunque lo intentó no pudo efectuar nada. Proveyendo la tierra de lo más necesario que habia menester, nos volvimos hácia Grol, por no consumir las victuallas que habiamos traido; y caminando D. Juan Manrique con la gente delante, supo que cerca de allí habia un castillo llamado Hackfort, donde estaba una compañía de la gente que habia quedado del regimiento de Nienoort; se fué allá sin haberme avisado dello, pensando tomarle luégo, y no pudo hacer más que perder gente, por no tener artillería, que la poca que habiamos traido, se habia dexado en la tierra; retiróse y retirámonos todos sin tomarle, pero despues, con mi órden, Tassis la sacó, batió y tomó el castillo, haciendo matar toda la gente que habia dentro. Don Juan recogió su gente, y yo la de mi gobierno, de donde se retiró él hacia Colonia, y yo á Oldenzel. Los enemigos, viendo que habiamos socorrido la villa y que en su campo comenzaba á haber falta de todas las cosas por la muerte que entónces sucedió del Príncipe de Orange, hicieron siete ú ocho fuertes al rededor del nuestro y de nuestras alas, y dexándolos proveidos de gente, se retiraron con la demas á sus presidios.

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